Arbitró Alejandro José Hernández Hernández, del comité canario. En el VAR estuvo Prieto Iglesias.
En la primera parte estuvo bien. En la segunda, bastante insoportable. Pitando cualquier cosita, faltitas tiquismiquis y desesperando hasta a Carlo Ancelotti.
En los primeros 45' se pidieron dos manos de Militão en el área blanca, pero ninguna era sancionable. Además, debió sacar amarilla a Guedes por un pisotón a Arda. Por último, el gol de Joselu fue dado por válido al estar ligeramente atrasado respecto a Bailly.
En lo disciplinario, justo antes del descanso Alberto Moreno fue amonestado por agarrar a Güler. En la segunda parte, se unieron al lateral andaluz, Camavinga por sujetar a Gerard, Traoré por entrada a Ceballos y el mismo sevillano por protestar. Por la misma razón también se fue con tarjeta Marcelino. En cambio, se olvidó de una a Albiol por dura falta a Rodrygo.
Para concluir, nos quedaremos con las ganas de ver la repetición de la falta de Lucas a Terrats que terminó con Rüdiger enviando el balón a la red. Poca cosa pareció en directo. Pitó peligro.
Hernández Hernández, REGULAR.
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Lunin: 6,5. Tras cuatro goles, tiene mérito decir que tuvo una buena actuación.
Lucas: 7. Está en un gran momento de forma.
Militão: 3. No está para la final. Superado por Sorløth de manera muy cruel.
Rüdiger: 5. Más suave y desconcentrado que de costumbre.
Fran: 5,5. Siempre está intenso, pero sufrió en la segunda parte.
Valverde: 5,5. Jugó en cuarta marcha.
Ceballos: 4. No está dando el nivel.
Modric: 7. Su primera parte fue realmente buena. Celebrando la renovación.
Güler: 9. Sus dos goles siguen demostrando la facilidad que tiene este jugador para marcar diferencias.
Brahim: 6,5. Gran acción en el tercer gol, aunque algo menos participativo que en los últimos partidos.
Joselu: 6. Un gol, pero muy desasistido en el segundo tiempo.
Nacho: 6. Entró para poner orden.
Camavinga: 6. Le dio consistencia al equipo.
Rodrygo: 6,5. Lo intentó en varias ocasiones desde la izquierda, pero su mejor jugada fue por la derecha.
Mario Martín: sin tiempo.
Ancelotti: 6. Decisiones lógicas.
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El Madrid empató 4-4 ante el Villarreal tras una segunda parte de siesta que no debe hacer olvidar la exhibición del primer tiempo.
Ancelotti optó por la unidad B con la inclusión de Valverde en el lugar de Camavinga. El objetivo era no cargar de minutos a un jugador que probablemente jugará de titular en Londres ante la baja de Tchouaméni.
La primera parte del Madrid fue de una fluidez que asusta. La movilidad de los madridistas era continua; un equipo absolutamente líquido e indetectable para el Villarreal que, no olvidemos, se jugaba estar en Europa. Sin embargo, la primera ocasión fue de los locales: Lunin hizo una estirada impensable hasta para el árbitro, que no vio el córner.
Poco después llegó el primer gol de Güler tras una gran combinación que le permitió recibir en una posición en la que el turco no perdona nunca.
A los pocos minutos, Lucas puso un centro de lujo para que Joselu rematara de cabeza a placer y abrir más brecha en el marcador. En un visto y no visto, el Madrid había dejado casi sentenciado el partido.
Un fallo de Ceballos en la zona en la que no se pueden cometer, propició que el Villarreal recortase gracias a un cabezazo de Sorløth.
Pero el Madrid no cambió su hoja de ruta e hizo el tercero tras una gran jugada de Modric y Brahim, que derivó en un pase que Lucas aprovechó con su zurda.
El cuarto, segundo de Güler, fue justo cuando parecía que el partido ya llegaba al descanso. Lucas vio el desmarque del turco, que disparó con una naturalidad que asusta.
El segundo tiempo comenzó con Sorløth acercándose al pichichi. Militão perdió el duelo de cabeza.
Y poco después Militão volvió a perder otro duelo con el delantero del Villarreal, que hizo el tercero de los locales y de repente el partido se apretó de una forma inesperada.
El partido se había vuelto una locura y Sorløth hizo el cuarto, de nuevo con la complicidad de Militão, aunque no era el único culpable. La relajación del equipo blanco era absoluta.
Entraron Camavinga y Nacho por Valverde y Militão. El partido había servido para comprobar que el central no debería jugar la final de titular.
En el 67', Brahim dejó su sitio a Rodrygo. Precisamente el brasileño dejó una gran jugada en el 79', pero tras el enésimo regate su disparo se fue al palo.
En el 80' Mario Martín entró por un Modric que se retiró ovacionado. Casi en la jugada siguiente, Sorløth estuvo a punto de hacer el quinto. Cerca del 90', fue Lunin el que tuvo que detener un disparo de Traoré. El Villarreal buscaba el gol a la desesperada y el Madrid no recibir el quinto. Solo Güler parecía rebelarse ante el empate. El partido terminó 4-4 y el Madrid sacó una importante lección.
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Ese grito, entre simple e inocente, era el cántico que la afición del Real Madrid (y la del Barcelona, Atlético de Madrid, etc.) pregonaba a los cuatro vientos cada vez que nuestro equipo ganaba el Campeonato Nacional de Liga.
A mis 62 años, he tenido la suerte de vivir 22 alirones del glorioso Real Madrid. Y pudieron ser, como bien sabéis, bastantes más.
Mis primeros recuerdos futbolísticos se remontan a 1969, por lo que la primera victoria en Liga fue la de 1972. Inolvidable. El Madrid tenía que vencer en la última jornada al Sevilla, que a su vez se jugaba el descenso. Goleada 4-1, con goles de Santillana, Amancio y dos de mi gran ídolo, Pirri. ¿Lo que más recuerdo de aquel 14 de mayo? Mi padre, más blanco que don Santiago Bernabéu, asomado en el balcón de mi casa, lanzando y recibiendo parabienes de toda la legión de madridistas que pasaban por la céntrica calle Lope de Vega de mi pueblo, Vélez-Málaga.
Por la noche, en los estudios del incipiente Estudio Estadio, presentado por Pedro Ruiz, decenas de seguidores blancos cantando el alirón.
Satisfacción infinita de un niño de 10 añitos.
Así pasamos a 1975, tras el paso de un tornado llamado Johan Cruyff de la temporada anterior. El 27 de abril, a falta de nada más y nada menos que 5 jornadas, alirón en San Sebastián con golazo desde fuera del área del inconmensurable Pirri. Hasta el público donostiarra se rindió a los jugadores, que lucieron de azul aquella primaveral tarde. El gol lo escuché a través de la radio, claro está, en el programa Domingo Deportivo Español de RNE.
Un año más tarde, nos vamos a la preciosa capital de la Alhambra. Penúltima jornada de Liga. El equipo había sucumbido ante el Barça una semana antes con la habitual polémica incluida, llegaba la segunda oportunidad de cantar el alirón y los del yugoslavo Miljan Miljanic no fallaron. Victoria 1-2, con goles de Pepe Macanás y Paul Breitner. Por cierto, en la celebración en el terreno de juego de Los Cármenes se coló una joven que ha pasado a la posteridad de las fotografías de aquel partido del 9 de mayo de 1976.
Dos años más tarde, nuevo alirón de un Real Madrid en el que debutaron Juanito, Stielike y Wolff. El 16 de abril de 1978, cumpleaños número 53 de mi queridísimo padre, alirón descafeinado, con victoria 2-0 ante el Cádiz, a falta de tres jornadas para el final; goles de Wolff y el inevitable Carlos Santillana. En el banquillo merengue, don Luis Molowny, el Señor de los Milagros, como lo bauticé en un anterior artículo en esta amada Galerna.
Al año siguiente, 1979, más sosería aún. Alirón a pesar de caer derrotado 2-1 en el Sánchez Pizjuán, gracias a la derrota del rival por el título, el Sporting de Gijón.
El alirón de 1980 fue especial y, este sí, emocionantísimo. En la penúltima jornada había caído la hasta entonces invicta Real Sociedad en Sevilla, ante un rival con 9 futbolistas. Por tanto, la ocasión la pintaban calva. Bastaba con vencer en el último partido en el Santiago Bernabéu al Athletic de Bilbao, entrenado por el austríaco Senekowitsch. ¡Si hasta me perdí la romería de mi pueblo por escuchar por la radio aquella última jornada! Los goles de Ángel, Juanito y Pirri (3-1) certificaron el título de Liga número 20 del Real Madrid.
Llegó la travesía del desierto de las ligas vascas y el Barcelona de Venables.
Y, por tanto, llegamos al Domingo de Ramos de 1986, con don Ramón Mendoza ya en la presidencia. A falta de cuatro jornadas, victoria in extremis con gol de Jorge Valdano en el 84' y gol anulado al Real Valladolid en el último minuto, para darle más emoción. Estaba viendo los tronos de la Semana Santa malagueña y hasta se me descompuso el vientre cuando marcó el Valladolid. Al final, vuelta de honor en el Bernabéu con Mendoza corriendo como un futbolista más y aterrizaje en el centro del estadio de un helicóptero con los veteranos Pirri y Benito bajando del mismo. Las cosas de "Butanito" José María García, ya en Antena 3 Radio. Un espectáculo.
Estábamos en plena eclosión de la Quinta del Buitre y los alirones se sucedían año tras año. El alirón de 1987 (liga del play-off), llegó en La Romareda; 1-3 al Real Zaragoza, con tantos de Butragueño en dos ocasiones y "Chucho" Solana". Eran días de vino y rosas. Sólo faltó la ansiada Copa de Europa.
El alirón de 1988 llegó tras la noche triste de Eindhoven. 6-0 al Real Betis para resarcirse. Hasta Rafa Gordillo, más bético que el Benito Villamarín, participó de la goleada.
El alirón de 1989 siempre será recordado por la espantá de otro de mis grandes ídolos, Míchel, que cogió las de Villadiego y se marchó al vestuario antes del descanso. Se habló más de este episodio en la prensa que del 3-0 al Español y el correspondiente título de Liga.
El de 1990, con un increíble 0-0 en Valladolid, casi ni se celebró, tal era la costumbre, y más en aquel equipazo que, liderado por Butragueño y Hugo Sánchez, marcó 107 goles.
De nuevo, travesía en el desierto entre atraco y atraco de las ligas de Tenerife, de cuyo nombre no quiero acordarme. Estuve en 1993 en Santa Cruz de Tenerife y no vi ni de lejos el "maldito" Heliodoro Rodríguez López. Cosas de un madridista irredento.
Y así, llegamos a 1995, con un servidor de ustedes en el Santiago Bernabéu con la Peña Real Madrid de Vélez-Málaga. Partido emocionante y un gol de Iván Zamorano en el 85', justo debajo de mi localidad, que nunca olvidaré. ¡Hasta me dio un corte de digestión tras el partido! Nada que no subsanara un agua tónica y mi inmensa satisfacción.
Estuve a punto de ir al partido del alirón de 1997, nuestro siguiente capítulo, pero al final me quedé en tierra. Victoria 3-1 ante el Atlético de Madrid en partido televisado, con tantos de Raúl, mi paisano Fernando Hierro y Pedja Mijatovic.
Cuatro años más tarde, ya en el nuevo siglo, el alirón de 2001 me pilló en una boda en Nerja; 5-0 al Alavés (¿les suena?) y los contrayentes eran los primeros en preguntarme cómo iba el partido, eso sí, en el convite, no en la Iglesia. Qué noche la de aquel día.
Dos años más tarde, con los Galácticos en plena ebullición, alirón desagradable por lo ocurrido en cuanto acabó el partido, último de liga, con 3-1 (dos goles de Ronaldo y uno de Roberto Carlos) y penosa celebración, que dio en los estertores de la misma con los huesos de Fernando Hierro y Vicente Del Bosque en la puñetera calle. Las cosas de la grandeza del Real Madrid, que a veces te impiden hasta disfrutar de los triunfos.
...Y se fueron los Galácticos y llegó Ramón Calderón a la presidencia y con él, una de las ligas más emocionantes de todos los tiempos. La liga del clavo ardiendo culminó en aquel 2007 con un guion que ni Steven Spielberg hubiera escrito. Tras el tamudazo de la penúltima jornada, gol del Real Mallorca en el Bernabéu y de nuevo en aquella liga, a remar contracorriente. Lesiones de Beckham y Van Nistelrooy, pasaban los minutos y nada, no entraba la pelota. Hasta que salió José Antonio Reyes q.e.p.d. y lo arregló junto con Diarra. Euforia total en casa de mi jefe, Francisco Montoro, que me invitó a verlo en la pantalla gigante de su casa, y a la vuelta a casa, bocinazos con el coche y algún que otro "recuerdo" para nuestro eterno rival.
El alirón de 2008, pese a faltar tres jornadas para el final del campeonato, fue salvaje. Vi el Osasuna-Real Madrid en un local público y con 1-0 en contra y jugando con 9, surgió el Madrid imperial de toda la vida, con golazos en los últimos minutos de Robben e Higuaín. Menuda alegría, y pasillo tres días más tarde del Barça de Rijkaard y Leo Messi. ¿Qué más se podía pedir?
El alirón de 2012 tuvo el preludio del 1-2 en el Camp Nou el 21 de abril, con el tanto de la victoria de Cristiano Ronaldo con aquel recordado "calma, calma". Pero no se certificó hasta el miércoles 2 de mayo, con un partido portentoso (televisado) y tres golazos de Higuaín, Özil y, cómo no, Cristiano Ronaldo.
Fue la Liga de Mourinho y de los récords, cuya principal consecuencia fue la marcha de Pep Guardiola, que terminó claudicando ante el poderío sereno e inmisericorde del Real Madrid, campeón de campeones.
Los últimos alirones son muy recientes. El de 2017, en La Rosaleda (aún no entiendo por qué no acudí) en la última jornada, 0-2 con goles de Cristiano y Benzema.
El de la pandemia, en 2020, lo viví en el bar de Pepe Hierro (hermano de Fernando) al lado de casa, con 2-1 al Villarreal. Y ya el de 2022, 4-0 al Español, con Ancelotti luciendo por primera vez puro y gafas de sol en la celebración. Y el del otro día, cuando tras vencer 3-0 al Cádiz, hubo que esperar dos horas para el enésimo fracaso del Barça de Xavi "jardinero" Hernández.
Y colorín colorado, la historia de mis 22 alirones de Liga se ha acabado. Esperando no haberles aburrido, haberles refrescado la memoria y ansiando cantar otro alirón, pero de Europa, el próximo 1 de junio, si Dios quiere.
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Buenos días, amigos. Xavi se va pero se queda pero le echan pero al final no (o sí). El culé-bron (como lo bautizó Pepe Herrero) prosigue su intrigante recorrido. Ríete tú de Ripley, la fascinante miniserie de misterio de Netflix que os recomienda el consejo de redacción de La Galerna, muy especialmente John Falstaff. Ripley era un piernas al lado de Laporta y sus turbios manejos, de los que ahora hablaremos, y para los que este asunto del despido no consumado de Xavi no es más que una pantalla de humo. El bueno (es un decir) de Jan nos distrae con el razzle-dazzle de la (no) marcha y la (no) permanencia y el (no) despido del de Terrassa para que no se hable de sus presuntas corruptelas y las de otros miembros de la junta directiva.
"Tengo la confianza del presi y de Deco", suelta Hernández. No nos importa porque, insistimos, es una maniobra de distracción que busca apartar el foco de los presuntos chanchullos de quien Xavi llama "el presi". Es necesario hacer constar que estamos utilizando el adjetivo "presuntos" con el único y exclusivo objetivo de evitar ir a prisión.
Ahí lo tenéis, amigos. Esto es de lo que Laporta no quiere que hablemos, y para evitarlo nos tiene aquí comentando la eterna partida/despido de Xavi con freno y marcha atrás.
Así que los directivos del Barça crean una cuenta conjunta que, pese a ser personal, es utilizada para acoger pagos de proveedores del club. Se suponía que era una cuenta para gastos personales de gestión de un aval (que alcanzan los 1,8 millones). Una cuenta a nombre de todos los directivos y presidente, Es decir, una cuenta PRIVADA, para gastos PRIVADOS, a la que sin embargo van a parar ingresos que en teoría son para el club, presumiblemente como pago por amistosos. Es decir, pagos al Barça que van a parar a los bolsillos de los directivos.
Hmmmh...
El club y los proveedores aseguran que ese dinero ingresado en la cuenta es un préstamo. Pero no hay ninguna devolución o pago de los titulares de esas cuentas a los presuntos prestamistas, pese a que ya han pasado tres años desde el ingreso, ni ningún registro de préstamo en ningún lado.
De esto es de lo que Laporta no quiere que hablemos, y a tal fin nos distrae con lo de Xavi. Es una presunta (ya establecimos antes por qué usamos este adjetivo) chorizada que, a diferencia del asunto Negreira, no tiene nada que ver con la cosecha deportiva del club y que por lo tanto a nosotros, como madridistas que somos, no nos afecta. Sí los socios del Barça permiten a este sujeto y sus adláteres hacer lo que quieran con el patrimonio de su club, allá ellos. Pero es necesario que Laporta sepa que nos damos cuenta de todo, y que no volveremos a caer (ya lo hicimos, y nos disculpamos ante nuestros lectores) en sus urdimbres distractivas.
Por lo demás, hoy juega el Madrid en Villarreal, con la vista puesta en Wembley y la alegría de las presumibles prontas renovaciones de Kroos y Modric. Buena ocasión para ver en acción a los menos habituales, entre ellos un Arda Güler que deslumbra cada vez que le dan una oportunidad para hacerlo.
Pasad un buen domingo.
Hay recuerdos que jamás se olvidan. El fútbol nos permite nutrirnos de todos los que nos proporciona nuestro equipo. El partido de vuelta de semifinales es uno de esos recuerdos imborrables que nos ha dejado este Real Madrid. Una vivencia insólita, que ya casi empieza a ser costumbre, pero que hace no tanto no era posible. Nuestra memoria suele olvidarse de los malos recuerdos. Es un mecanismo defensivo.
Pero yo sí recuerdo esas noches de fracasos y frustraciones. Lo que hoy vivimos como una realidad era entonces un sueño. Un anhelo. Recuerdo ese pasado de un Real Madrid que era eliminado en octavos de final de la Champions League. Recuerdo muchas noches amargas de derrotas y humillaciones en Champions, sabiendo que nuestro equipo era inferior a los rivales. Y recuerdo el camino hasta llegar a donde estamos hoy.
Tengo en mi memoria un recuerdo exacto donde sentí toda esa tristeza y frustración a la vez. Llevaba años con esa pesada carga. Pero ahora sé que ese momento fue necesario para llegar al ahora. El rival era el mismo que en la pasada semifinal, el Bayern de Múnich, y la fecha en el mismo mes, un 25 de abril del 2012.
El Real Madrid de Mourinho, el mejor Madrid que habíamos visto en muchos años, ya superado el complejo con el Barcelona, y olvidado el periodo de entreguerras de los octavos, tras 6 años de fracaso, tenía la oportunidad de meterse en una final de Champions 10 años después de la 9ª. El recuerdo de la volea de Zidane empezaba a estar lejos en el tiempo, y la presión por volver a estar en la cúspide del fútbol europeo se avivaba. La ocasión anterior, el club había sufrido una travesía en el desierto durante 32 eternos años.
Este Real Madrid es heredero de aquel equipo de mou. Y vive del recuerdo de aquellas semifinales perdidas. Y de aquella amarga tanda de penaltis perdida en las semifinales contra el Bayern. Tres penaltis fallados por Cristiano Ronaldo, Kaká y Ramos, tres especialistas que fallaron en el peor momento. Un clásico del fútbol
Pero esta vez era diferente. Estábamos en el camino de vuelta. El Real Madrid de la liga de los 100 puntos nos había hecho olvidar el chorreo de Liverpool, las derrotas contra el Lyon y los recuerdos de un pasado peor. El momento era aquel. Enfrente, el rival temible de siempre, el Bayern de Múnich, nuestro particular ogro alemán. La vieja aristrocracia del fútbol frente a frente. En la final, el invitado inesperado, el Borussia de Dortmund, el mismo que acude ahora, 12 años después, curiosamente.
Aquel día, miles de madridistas se congregaron en el estadio y en sus televisiones para ver al Real Madrid volver a acudir a una final de Champions League. La presión, no obstante, era otra. Era el peso muerto de una década sin llegar. El dolor de un año tras otro viendo la Copa de Europa de lejos. Sin poder mirarla de cerca, sin poder tocarla.
Pero, aquel año, el equipo tenía a los jugadores adecuados, al entrenador capaz, la calidad necesaria y la mentalidad apropiada para ser campeón. O eso
pensábamos. El año anterior, el equipo, todavía algo verde, había sucumbido ante el Barcelona en unas semifinales agrietadas por la expulsión de Pepe.
No se había visto al verdadero Real Madrid de Mourinho. Aquel equipo, que entonces las crónicas califican como un equipo que jugaba a la contra, de manera despectiva, era en realidad una maquina de jugar al fútbol. Un engranaje, que por momentos parecía cuasi perfecto, con la combinación exacta de jugadores, la mayoría en edades todavía tempranas.
Un equipo todavía sin Modric ni Kroos. Este último figuraba como manija de ese Bayern de Múnich, que llegaba al Bernabéu con una ventaja de 2-1. Pero el Real Madrid era un equipo repleto de talento, con la pareja de centrales Ramos y Pepe, con Xabi Alonso llevando el timón y con jugadores como Marcelo, Ozil o Di María, más tres cracks como Kaká, Cristiano Ronaldo y Benzema. Un equipo diseñado para ganar la Champions.
Y así lo intuimos miles de cientos de madridistas, que vimos cómo el equipo se adelantaba en el Bernabéu, por dos goles, clasificándose en ese momento. Una primera parte fantástica, seguida por el miedo a ganar de la segunda, en eliminatorias donde todavía se aplicaba el valor doble de los goles.
El Real Madrid se dejó empatar la eliminatoria con el definitivo 2-1, llevándonos a una prórroga agotadora, con la “lotería” de los penaltis en el horizonte. En aquel partido no hubo goles milagrosos en los últimos minutos, como ahora. Era el mismo club heredero de las grandes remontados del Madrid de Juanito, Santillana y la quinta del Buitre. Y, sin embargo, no tenía todavía esa capacidad para remontar con la facilidad actual y convertir lo imposible en fácil. Ni tampoco tenía todavía ese control del juego y de la competición que mostraría años después,
Eso se adquiriría después, poco a poco. Se iría fraguando esa seña de identidad gracias a partidos como aquel. O a eliminatorias como la perdida al año siguiente, precisamente contra el Borussia de Dortmund, donde el equipo se quedó a un solo gol de remontar el ignominioso 4-1 de la ida.
Ese día, este Real Madrid podrá cerrar definitivamente el círculo que comenzó aquel 25 de abril de 2012. Doce años más tarde se enfrentará al mismo rival que le esperaba entonces. La que tendría que haber sido la Décima, ahora podría ser la Decimoquinta
Fueron tres semifinales consecutivas perdidas, a escasos metros de la ansiada final, a un penalti no errado, a un gol marcado o a una expulsión injusta no pitada. Aquel Real Madrid conoció el dolor de no llegar a lo más alto, la frustración normal en un equipo destinado a lo más grande, que se quedaba a las puertas. Tenía todos los ingredientes para ser campeón, pero faltaba ese último escalón. Esa mezcla de competitividad extrema y suerte de los campeones.
Este Real Madrid es heredero de aquel equipo. Y vive del recuerdo de aquellas semifinales perdidas. Y de aquella amarga tanda de penaltis perdida en las semifinales contra el Bayern. Tres penaltis fallados por Cristiano Ronaldo, Kaká y Ramos, tres especialistas que fallaron en el peor momento. Un clásico del fútbol.
Aquel día no lloré. O quizá si. Pero sí recuerdo ver volar el penalti de Ramos hacia el cielo con infinita tristeza. Sali del estadio con el resto de la marabunta, con la cabeza agachada, con una sensación de dolor que ha perdurado todos estos años. Los análisis futbolísticos, la rabia, la frustración deja paso en esos momentos a la tristeza, a la sensación de oportunidad única perdida. Mi mente ha ido borrando muchos recuerdos y solo ha quedado esa tristeza en forma de cicatriz perenne.
Pero aquel día se empezó a construir el equipo de hoy. Días más tarde de la derrota, aceptando ya el porvenir y con la visión de un optimista perenne, un madridista, valga el sinónimo, comentaba con la persona con la que fui al estadio, un gran amigo, que volveríamos a ganar y que lo veríamos juntos. Tras el dolor de la derrota, tocaba fortalecerse. No hay victoria ni éxito sin sufrimiento y esfuerzo. Y ese fue el mensaje que me quedó días después.
De igual manera, aquella derrota empujó a todos aquellos jugadores a ser mejores, a tener una mentalidad más fuerte, a ser más rápidos, más fuertes y a no fallar en los momentos clave.
Han sido 12 años de grandes éxitos desde entonces. Un camino recorrido desde la amargura de la derrota a la gloria absoluta con la décima. El éxtasis total dejó paso a tres Champions consecutivas, que por momentos parecieron protocolarias. Para concluir con otra Champions inesperada, la última, que empezó a dar paso a una nueva generación.
Ha sido una década de construcción de un equipo campeón a otro que también lo puede ser. Una herencia que han ido legando todos esos grandes jugadores. Un recorrido que ahora parece vertiginoso, pero que tiene en el próximo 1 de junio, en Wembley, otra fecha clave.
Ese día, este Real Madrid podrá cerrar definitivamente el círculo que comenzó aquel 25 de abril de 2012. Doce años más tarde se enfrentará al mismo rival que le esperaba entonces. La que tendría que haber sido la Décima, ahora podría ser la Decimoquinta.
La semifinal ganada contra el Bayern de Múnich me ha ayudado a cicatrizar aquella herida. Pero necesitamos cerrar definitivamente el círculo con la victoria contra el Borussia de Dortmund en la final. Un recorrido de 12 años que espero cerrar con mi gran amigo madridista en Wembley y que debería poder fin a esta maravillosa etapa. Quizá la mejor etapa de nuestras vidas futbolísticas. Como las 5 Copas de Europa consecutivas logradas por Gento, Di Stefano y compañía, esta etapa será recordada durante décadas.
Ahora toca un last dance, o quién sabe si será solo el penúltimo baile, que es algo que solo puede hacer el Real Madrid. Prometer un último baile y volver a la pista con más energía. De los grandes jerarcas que guiaron al Real Madrid a lo más alto, a esta generación de jóvenes talentos. Un camino de éxito total en una década prodigiosa, a la espera de lo que nos pueda proporcionar esta nueva generación y que promete ser también apasionante.
Un largo camino, que ahora podría parecer sencillo, como las tres Copas Copas de Europa ganadas tras la Séptima. O como las cinco más una Copas de Europa del inicio de la competición. Pero todo lo bueno suele acabarse y hay que valorar enormemente lo logrado y disfrutar del momento. Y de este Real Madrid. Un equipo que ha sido capaz de convertir los sueños más imposibles en recuerdos y en vivencias reales. Sueños convertidos en momentos, que una vez sucedieron y que podremos rememorar en nuestra mente. Ojalá que la final contra el Borussia de Dortmund sea solamente el penúltimo recuerdo del éxito.
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Una obra de teatro en tres actos
Personajes:
(Escenario: Una sala de reuniones elegante, con una mesa de conferencias en el centro. En las paredes, hay fotos históricas de ambos clubes. Solón está sentado en su escritorio, revisando documentos. La puerta se abre y entra Sísifo con una actitud arrogante).
Sísifo: (Entrando con una sonrisa de autosuficiencia) Solón, viejo amigo, es un placer volver a verte en persona. El exilio me ha hecho más fuerte, más sabio. ¿No estás de acuerdo?
Solón: (Sin levantar la vista de sus documentos) Sísifo, qué sorpresa. No esperaba verte tan pronto.
Sísifo: (Sentándose sin ser invitado) Oh, claro, la gente me ha extrañado. Sabes cómo es,
¿verdad? Siempre preguntando por mí, siempre pendientes de mis movimientos.
Solón: (Indiferente) La gente siempre tiene algo de qué hablar.
Sísifo: (Con entusiasmo) ¡Exactamente! Y ahora que estoy de vuelta, todos los ojos estarán en nosotros, en nuestros clubes. Tenemos que demostrar quién está realmente en la cima.
Solón: (Levantando la vista brevemente) ¿Nosotros? Estoy más interesado en el trabajo que en las opiniones.
Sísifo: (Riéndose) Ah, Solón, siempre tan pragmático. Pero debes admitir que la percepción lo es todo en nuestro negocio. La imagen es poder.
Solón: (Volviendo a sus documentos) La realidad tiene más peso que la percepción, Sísifo.
Sísifo: (Insistiendo) La realidad es lo que la gente cree que es. Y te aseguro que, ahora mismo, todos creen que estoy de vuelta para reclamar lo que es mío.
Solón: (Con frialdad) ¿Y qué es exactamente lo que crees que es tuyo?
Sísifo: (Sonriendo con suficiencia) El respeto, el control, la admiración. Todo lo que he trabajado para conseguir y que nunca he dejado de merecer.
Solón: (Suspirando y apartando los documentos) Sísifo, me temo que estás obsesionado con sombras y espejismos. Aquí, trabajamos con hechos y resultados.
Sísifo: (Levantándose, tratando de imponer su presencia) Los resultados se ven afectados por lo que la gente cree. Y ellos creen en mí.
Solón: (Finalmente levantándose y enfrentándolo) Sísifo, tu tiempo de impresionar con palabras ha pasado. Esta mesa ya no es para ti. Es demasiado grande para tus ilusiones.
Sísifo: (Confundido y ofendido) ¿Qué estás diciendo?
Solón: (Señalando la puerta) Te estoy diciendo que no te sientes aquí. Esta mesa y este despacho te quedan grandes. Te sugiero que busques un lugar más acorde a tus... nuevas circunstancias.
(Solón abre una puerta lateral, revelando un pupitre de juguete. Sísifo mira con incredulidad y furia contenida.)
Sísifo: (Con los dientes apretados) Esto no quedará así, Solón.
Solón: (Con indiferencia) Hasta luego, Sísifo.
(Sísifo sale, mirando el pupitre de juguete con desprecio antes de irse. Solón vuelve a sus documentos sin más preocupación.)
(Escenario: Un salón de actos lleno de periodistas y aficionados. En el escenario, Sísifo está de pie ante un micrófono, con una pantalla gigante detrás de él.)
Sísifo: (Sonriendo ampliamente) Señoras y señores, es un honor para mí anunciar las últimas innovaciones de nuestro club. Hemos adquirido el congelador más avanzado del mundo, capaz de enfriar las bebidas de nuestros jugadores veinte veces más rápido.
¡Imaginen la frescura y la comodidad! (Pausa para el aplauso, que es moderado.)
(Con entusiasmo) Pero eso no es todo. Presentamos nuestro nuevo césped que cambia de color cuando se marca un gol. ¡Verde para el juego normal y dorado para cada gol! Una experiencia visual sin precedentes para nuestros aficionados.
(Pausa para el aplauso, que sigue siendo moderado.)
Periodista: ¿Y de fútbol?, ¿van a innovar algo que tenga que ver directamente con el fútbol?
Sísifo: ¿Es que no puede ver todo lo que estamos haciendo ya? ¡Tenemos al jugador más joven de la historia de la competición con nosotros! ¡Y bebe agua congelada 20 veces más rápido y, cuando marca un gol, el césped se ilumina! Si no lo quiere ver, es su problema.
(Silencio en la sala.)
Sísifo: (Confiado) Estas innovaciones son solo el principio. Estamos liderando el futuro del fútbol con cada paso que damos. Nuestro club está destinado a ser el más avanzado y admirado del mundo.
(Pausa, esperando aplausos más fuertes, pero los aplausos son solo corteses.)
(Visiblemente irritado pero tratando de mantener la compostura) Muchas gracias por su atención. Pronto verán los frutos de estas increíbles mejoras.
(Sísifo se retira del escenario, con una mezcla de arrogancia y desilusión en su rostro.)
(Escenario: Un despacho mucho más grande y elegante que el anterior de Solón. Sísifo entra con una actitud triunfante, esperando ver a Solón.)
Sísifo: (Entrando con confianza) Solón, ven a ver lo que hemos logrado. Este despacho tuyo nada tiene que ver con lo mucho que nosotros hemos avanzado.
(Solón está sentado al fondo, en una silla sencilla, con una expresión impasible.)
Solón: (Levantando la vista lentamente) Sísifo, veo que has invertido mucho en la apariencia.
Sísifo: (Sonriendo ampliamente) ¿No es impresionante? El congelador, el césped... todo está diseñado para que entiendan nuestra grandeza.
Solón: (Con indiferencia) ¿Y los resultados en el campo? ¿Han mejorado?
Sísifo: (Vacilando) Bueno, eso tomará tiempo. Pero la percepción ya está cambiando. La gente habla de nuestras innovaciones.
Solón: (Con frialdad) La gente siempre habla, Sísifo. Pero hablar no gana partidos.
Sísifo: (Desesperado) ¡Pero mira todo esto! ¡Todo lo que hemos hecho!
Solón: (Levantándose y caminando hacia la puerta) Has gastado tiempo y recursos en cosas que no importan. La mesa sigue siendo demasiado grande para ti.
Sísifo: (Con furia contenida) No entiendes la visión...
Solón: (Abriendo la puerta, revelando el pupitre de juguete) No es la visión lo que te falta, Sísifo. Es la sustancia. Ahora, por favor, no pierdas más el tiempo aquí.
Sísifo: (Mirando el pupitre, derrotado) Esto no puede ser el final...
Solón: (Con indiferencia) Adiós, Sísifo.
(Sísifo sale lentamente, mirando el pupitre de juguete con resignación. Solón vuelve a su escritorio, sin inmutarse. Tiene una nueva Champions que conquistar).
Joselu le hizo el 2-1 al Bayern y la locura se desató una vez más en el Bernabéu. Aunque sólo duró dos segundos, los que pasaron hasta que se escuchó el silbato de Marciniak: fuera de juego. El gol se fue al limbo del VAR y la alegría quedó en suspenso durante una interminable revisión. Finalmente se concedió el tanto y el templo madridista volvió a explotar, un éxtasis que no será olvidado jamás por ninguno de quienes lo experimentaron. Pese a ello el Wolverhampton, primer club en solicitar formalmente la revocación del VAR, alega que “por un pequeño aumento de la precisión se atenta contra el espíritu del juego" y esgrime, entre otros muchos argumentos, que desvirtúa “la pasión y el impacto en la celebración de los goles”.
No fue desde luego el caso aquella mágica noche en el Bernabéu ni está sucediendo en otros estadios y contextos. Siempre será mejor saltar de júbilo con retraso que llorar y lamentar impotente una injusticia en tiempo real. Seis años después de la implantación del videoarbitraje en el Mundial de Rusia, profesionales y aficionados ya se han acostumbrado a cantar algunos goles dos veces. Y no parece importarles demasiado siempre que suceda justo así. Los que llevamos ya unas décadas viendo fútbol sabemos, porque lo hemos experimentado, que no pasar a una final porque te anulen un gol en posición claramente legal, bajar a Segunda división por un desmayo dentro del área candidato al Óscar o caerte de la disputa de un título porque te han marcado un gol metro y medio fuera de juego, eran anomalías que no pertenecen, ni nunca lo han hecho, a la esencia ni al espíritu del fútbol. Intrusos.
Sin embargo, los Wolves arremeten contra el VAR. Lo llevan a votación en la Premier League y si 14 de los 20 equipos votan por su supresión, será eliminado en la principal liga del planeta. Se marcarían un VARXIT, volviendo a permitir que el votante decida y se equivoque sobre un asunto trascendental. Esta pataleta con olor a naftalina, probablemente cimentada sobre varias decisiones arbitrales negativas hacia este club, especialmente en Copa de la Liga ante el Liverpool, llega en un punto de inflexión en la historia del fútbol, enfrentado a nuevos y numerosos desafíos. También para la Premier, pesando como pesan 115 irregularidades financieras sobre su buque insignia, el Manchester City de Abu Dabi, algo que debería preocupar y ocupar por encima de otras cuestiones a 19 de los 20. Afortunadamente, parece que este movimiento anti-VAR no va a ir más lejos según información de Sky Sports: la moción no va a prosperar y seguirá habiendo tecnología arbitral tanto en la cuna del fútbol como en todo el planeta.
El VAR es irreversible y se defiende solo. Cancelarlo sería como eliminar Internet argumentando que ha desnaturalizado a la sociedad. Una ocurrencia temeraria que provocaría el caos desde las primeras horas de su ejecución. Hemos adoptado un avance necesario que mejora indudablemente el arbitraje de un partido de fútbol y no hay vuelta atrás. Nadie va a aceptar ya aberraciones arbitrales y fácilmente detectables a través de una pantalla. Resulta estridente de hecho ver en la actualidad un partido de competiciones donde no hay videoarbitraje. Tiene hasta tintes de chabacanería.
Pero el aullido de los Wolves debe ser escuchado. Hay que refinar con urgencia su funcionamiento. Para el club wanderer, cito textualmente, el VAR se extralimita, frustra, confunde, está mal comunicado, erosiona la responsabilidad del árbitro de campo, comete errores continuos, interrumpe el ritmo, genera polémicas que eclipsan al mismo partido y alimenta acusaciones de corrupción. No son pocos defectos los que se denuncian. Y los compartimos sin duda la práctica totalidad de los que nos sentimos cercanos al Deporte Rey. Pero no son del VAR, que no deja de ser un monitor, una cámara y un cable, generalmente japoneses, que permiten al árbitro escrutar desde diversos ángulos y a distintas velocidades la legalidad de todas aquellas jugadas clave que pueden decidir un partido. Son de las personas que lo regulan y manejan. Lo que está fallando, o al menos es sustancialmente optimizable, es su utilización, como ha manifestado la voz autorizada, experimentada y siempre sagaz de Jürgen Klopp. Se está desperdiciando (o malversando, según qué casos) el tremendo potencial de una valiosa herramienta para impartir justicia. El VAR ha supuesto un avance inequívocamente positivo que hace del fútbol, deporte a diferencia de otros donde cada tanto incide dramáticamente en el resultado final, algo más justo. Y en un futuro próximo incluso la IA detectará en fracciones de segundo y sin apenas margen de error si hay fuera de juego o hasta podría llegar algún día a dictaminar si un penalti lo es o, al menos, cifrar la probabilidad de que lo sea. Las posibilidades en el futuro son infinitas.
FIFA tardó pocas horas en reaccionar anunciando su intención de darle dos oportunidades o ‘challenges’, como sucede en otros muchos deportes, a cada entrenador para pedir la revisión de un lance en concreto, gastando una solicitud si no tiene razón y conservándola si la tuviera, algo que mucha gente ha exigido desde el día 1. También existe la voluntad de desechar los fueras de juego milimétricos. Hay cierto consenso en que los offside por márgenes demasiado estrechos están desvirtuando una regla ancestral, fijada desde la acertada introducción de esta infracción en el reglamento: si el atacante está en línea, está en posición legal. Un trazo más ancho podría ser la solución. Seguiría habiendo polémicas cuando hubiera que medir microposiciones de los jugadores en los bordes de esa línea gruesa. Siempre las habrá. Pero cuando el delantero estuviera en lo que siempre hemos conocido como “en línea”, su posición quedaría validada.
Siempre será mejor saltar de júbilo con retraso que llorar y lamentar impotente una injusticia en tiempo real. Seis años después de la implantación del videoarbitraje en el Mundial de Rusia, profesionales y aficionados ya se han acostumbrado a cantar algunos goles dos veces
Otro de los elementos en tela de juicio es la arbitrariedad con la que el VAR interviene. Por qué, ante acciones idénticas, a veces lo hace y en otras ocasiones se inhibe. Quedará parcialmente solucionado con esas dos oportunidades que tendrá cada entrenador de mandar al árbitro al monitor. También debería existir un cuerpo de árbitros especializado en el videoarbitraje, ingenieros específicamente formados para dar más precisión y velocidad al proceso de revisión, audios abiertos y sin editar para aportar transparencia, una mayor calidad y diligencia de los protocolos. Por supuesto, el Ojo de Halcón es obligado aunque al muy millonario Javier Tebas de momento le parezca caro. Hay muchas áreas en las que esta valiosa herramienta debe evolucionar.
Una de ellas merece una mención especial. El reglamento o las orientaciones generales hacia jugadas interpretables, como manos o agarrones, debería ser mucho más preciso e inequívoco. Más científico. Exacto, incluso. Pero siempre he sospechado que a los estamentos federativos les ha convenido mantener un margen de actuación respecto al arbitraje de un partido porque es una fuente irrenunciable de poder y presión sobre los clubes que, con más o menos intensidad o disimulo, todas han utilizado en algún momento de la historia o emplean en la actualidad para someter a clubes díscolos y sofocar, amenazar o escarmentar todo vestigio de rebeldía. Sólo así se explicaría que toda la vida hubiéramos tenido claro qué manos o agarrones eran o no penalti, o qué fueras de juego posicionales lo eran, hasta precisamente la implementación del VAR.
En su primer año dije una mañana en Radio Marca que estaba en pañales y había que “afinarlo”. Más de un culé reaccionó con jolgorio, denunciando que ya queríamos controlarlo en el Madrid porque con él no volveríamos a ganar en España y menos en Europa. La acusación ha quedado ridiculizada por hechos que no hace falta ni citar, este texto no tiene el propósito de loar la mejor época de la historia del Real Madrid ni la ilusión que tenemos todos los madridistas por el futuro. Pero sigue siendo una evidencia: hay que afinar el instrumento y pedir más pericia a los intérpretes.
El VAR es irreversible y se defiende solo. Cancelarlo sería como eliminar Internet argumentando que ha desnaturalizado a la sociedad. Una ocurrencia temeraria que provocaría el caos desde las primeras horas de su ejecución. Hemos adoptado un avance necesario que mejora indudablemente el arbitraje de un partido de fútbol y no hay vuelta atrás. Nadie va a aceptar ya aberraciones arbitrales y fácilmente detectables a través de una pantalla
Esta arremetida de los Wolves debe servir para despertar a los clubes, que por otro lado tras la sentencia favorable de Luxemburgo hacia la Superliga, son cada día más conscientes de que el fútbol es suyo y han ganado fuerza para renegociar posiciones ante FIFA, UEFA y las diferentes federaciones nacionales. Atravesamos una etapa en la que, como decíamos antes, se va a decidir el futuro del fútbol, y entre otros frentes abiertos como el de los clubes Estado, las multipropiedades, las nuevas formas de ocio y consumo o el reparto del dinero, está la transparencia arbitral.
En España bastante tenemos con lo nuestro. Este artículo pretende ser una defensa del VAR, no de los árbitros. Los culpables de que el VAR esté cuestionado, particularmente en este país. Aquí tendrá sus derechos durante los cuatro próximos ejercicios Mediapro, empresa en manos de un culé como Tatxo Benet, que ha llegado a justificar los pagos sostenidos, furtivos e injustificados del Barcelona al vicepresidente arbitral y, no lo olvidemos, también de su socio Jaume Roures, el gran mecenas azulgrana. Porque, hasta donde yo sé, sigue siendo un relevante accionista de Mediapro. De hecho, resultó tan incomprensible como conveniente su destitución por parte de los propietarios chinos escasas semanas antes de que, casualidad del destino, se anunciara esta nueva y sorprendente adquisición comercial que supone un flagrante conflicto de interés, aunque parezca no importarle a nadie.
El desesperado “os puedo ayudar con el VAR” de Negreira, bien relacionado con Clos Gómez, a Bartomeu, cuando este tras el cambio de régimen en la RFEF le cierra el grifo de los millones, aclara mucho de lo que ha pasado en el fútbol español los últimos lustros y de lo que sucede también desde 2018, fecha a partir de la cual el Madrid ha asistido atónito a nuevos y estrambóticos perjuicios. Desde aquel inaugural “todo OK, José Luis” hasta innovaciones de fantasía esta misma temporada como aquella contra permitida y después cancelada por peligrosa en el Pizjuán, o el pitido final en Mestalla cuando Bellingham se disponía a marcar, pasando por líneas grotescas, pies deformados, imágenes sesgadas y una interminable lista de decisiones sospechosas. Es lo único que han podido hacer Sánchez Arminio en su día y Medina Cantalejo hoy para torpedear la firme oposición del Real Madrid a sus atropellos mientras la entidad de Concha Espina, puñetera como ella sola, responde con vídeos y victorias.
Uno piensa que, con la destreza adquirida en el CTA con el VAR, si lo suprimes ahora serían capaces incluso de bajar a Segunda al Madrid de Mbappé, Vini y Bellingham en la jornada 30. Así que, por suerte, parece que ni La Liga ni sus 42 asociados se plantean eliminar el VAR. Sería en balde, en cualquier caso. La Justicia o la tecnología no sólo forman parte de la esencia del fútbol, sino de toda sociedad civilizada. Las cámaras de seguridad pueden acarrear alguna incomodidad a mucha gente, pero sólo disgustan profundamente al ladrón.
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Buenos días, queridos amigos. Xavi se va, como nos dijo en marzo. Pero se queda, como anunció en abril. Sin embargo, sabemos que se va, según las portadas. Lleva meses jugando al gato de Schrödinger: sabemos que está vivo (deportivamente hablando) porque lo vemos en los banquillos y las ruedas de prensa, pero a la vez es un cadáver andante que, entre su numeroso séquito llamado “equipo técnico”, cuenta con un tipo totalmente vestido de negro con el aspecto de La Muerte en El séptimo sello de Bergman.
Las portadas de hoy se centran casi unánimemente en el entrenador o exentrenador del Barça, o entrenador de futuro de día y entrenador despedido de noche, pero preferimos comenzar con las noticias alegres del día, y la que rompe esa unanimidad “portadil” es la del diario As, que anuncia:
Modric 2025, gran noticia. Modric no dijo que se iba, ni tampoco que se quedara. Durante meses pareció que saldría, lo que provocó cataratas de lágrimas entre los que lo idolatramos, mas ahora todo hace indicar que asume su nuevo rol y que se quedará, de lo cual nos alegramos enormemente. A falta de la confirmación oficial, en la redacción de La Galerna ya hemos descorchado media docena de botellas de champán para celebrarlo. Porque para abrir una botella no somos muy de experimentos “Schrödingerianos”.
No hay jugador en la actualidad que pueda ofrecer un rendimiento como el del croata para cambiar el curso de un partido en un momento complicado. Si hace falta clarividencia, control, nuevos recursos para atacar la defensa rival, ahí estará siempre el bueno de Luka para ofrecernos toda su experiencia. Y piernas, como se demostró en la contra del Bayern que desmontó Modric en la vuelta de semifinales. “Solo” venía de sacar el córner, un pequeño sprint de ochenta metros para desbaratar lo que pudo ser la sentencia de la eliminatoria.
Hemos visto tantos fichajes en las portadas de los diarios que preferimos no creernos nada aún. No sabemos si podríamos soportar la idea de que se quedara para luego saber que se va. Una frase que nos vale para Modric tanto como para Xavi, quien, según la portada de As, “está sentenciado”. Por su parte, el diario Marca alberga alguna duda al respecto:
Antes de pasar al técnico culé, o extécnico exculé se nos ha ocurrido pegar un repaso a los numerosos ejemplos del experimento del alemán de nombre impronunciable: por un lado, tenemos a Isco, que no iba a la Euro, pero luego sí, y finalmente será que no por culpa de una lesión. Por otro, una mención a nuestros eternos Kroos y Modric, que se iban hace un día y ahora soñamos con la posibilidad de que ambos se queden. Más abajo encontramos una mención al surrealista episodio del golfista Scottie Scheffler, detenido por la mañana antes de entrar al campo en el torneo de la PGA y que, cuando parecía que no podría competir, volvió para marcarse un tarjetón de 66 golpes. Y en el faldón superior de la portada, el hombre Schrödinger por excelencia: Pedro Rocha. Estuvo tantas veces fuera que no nos sorprende verlo ahora dentro, dentrísimo, hasta madrugando un domingo para entregar trofeos. Es “la escuela de la vida”, como le dijo al juez. Tan creíble como la frase con la que se presenta en la portada.
Y vamos ya con nuestro entretenimiento favorito hasta la final de la Champions: el futuro del entrenador del Barça. “Su futuro pende de un hilo”. Nos parece un titular de lo más cachondo, con la misma seriedad y fiabilidad que el célebre “Se queda” de Piqué para referirse a un Neymar que ya tenía las maletas hechas. Llevamos varios años jubilosos en los que todo lo que ocurre en el Barça es de una falta de seriedad apabullante. Basta con leer algunos de los titulares para comprobar que son susceptibles de mejorar cada día lo publicado el anterior. Por ejemplo, Xavi pende de un hilo y aparece el excuñado de Laporta para convencer al técnico de que se vaya.
Pero entonces, en un giro imprevisto de los acontecimientos, Xavi Hernández se defiende con unos lacrimógenos mensajes de guasa, perdón, de guasap:
Le das todo esto a un pésimo guionista y no te escribe una cosa tan mala. En Mundo Deportivo se ponen dramáticos, con fondo negro y un papel rasgado y dan por “Roto” algo. ¿La relación? Sería “Rota” en ese caso. Algo se ha “roto”, el acuerdo para continuar, el amor mutuo que se profesaban hace semanas, el entendimiento, el ojete…
No sabemos si la rotura tiene posible arreglo, y lo cierto es que cualquier solución nos vale. ¿Que se queda? Estupendo para nosotros. ¿Que se va? Pues 20 kilotones menos que tendrá el Barça para mejorar su plantilla. Qué tranquilidad nos da ver a Joan Laporta al frente de esa entidad, gracias por estos momentos. Terminamos con la portada de Sport, que se pone aún más melodramático y emula a María Jiménez para concluir que:
“Se acabó” sobre una foto del acaramelamiento reciente. Las miradas de ambos son sumamente explicativas: la del vendedor de humo y la del que se sabía ya en mitad de un paripé. La mejor explicación a todo lo sucedido nos la dio nuestro Javi Kollins hace unos días:
Xavi ha dicho la verdad en Barcelona, y eso resulta intolerable.
No podemos dejar el Portanálisis de hoy sin mencionar (y felicitar) a los chicos de Chus Mateo, que ayer sentenciaron la eliminatoria de playoff frente al Dreamland Gran Canaria y ya pueden centrarse en el próximo gran objetivo: la Final Four de Berlín. Mucha suerte para los nuestros.
Que paséis un gran día. O no. O sí. O sí y no al mismo tiempo.
La jornada se presentaba larga, con numerosos testigos. “Aún más larga, y aún más tediosa”, pensó el juez Aguilar para sus adentros. Se tomó su segundo café de la mañana mientras presenciaba por la ventana la llegada de los testigos y el remolino de periodistas. Apuró los últimos sorbos a la taza, guardó la carpeta que acababa de repasar en el único cajón que cerraba con llave y se puso la toga. “Vamos allá”, se dijo con escasa convicción.
Ahora que empezaba a entender algo de fútbol, tras las (para él, por momentos, insufribles) sesiones previas, se dio cuenta de que entraba en la sala del juzgado secundado por sus oficiales como si de un equipo arbitral se tratara. Todos los asistentes a la sala estaban pendientes de sus movimientos y aparentaban un respeto que, como en un estadio de fútbol, era más aparente que real. Sacó su célebre libreta, las copias del expediente y miró a derecha e izquierda.
A la izquierda, el banquillo de los acusados, en el que, sorprendentemente, estaban todos sentados, Negreira padre incluido tras despachar sus labores mingitorias. A su derecha, el banquillo con los nueve miembros del jurado. El juez iba a anunciar el inicio de la sesión cuando volvió la vista de nuevo al jurado. ¿Era cierto lo que estaba viendo o solo lo imaginaba? Al menos dos de los miembros del jurado que habían estado departiendo con Joan Laporta en la jornada previa llevaban un pin con el escudo del Barcelona en la solapa. ¿Tendrían la poca delicadeza de no disimular? ¿Un problema de falta de inteligencia? ¿O es que la sensación de impunidad que tanto se estilaba en la ciudad condal, tanto entre la clase política como en la directiva culé, se extendía como un manto de inmundicia por el jurado que se suponía debía ser imparcial? El veterano juez prefirió apartar sus pensamientos e hizo un ademán al abogado defensor para que procediera con su interrogatorio.
[Nota del Autor: este narrador no quiere aburrir al lector con lo que sin duda fue —o será, dado que este falso documental está ambientado en otoño de 2025— una jornada como la que el juez Aguirre presumía, “aún más larga y aún más tediosa” que las precedentes. En mi ánimo siempre ha estado hacer entretenida esta bazofia, incluso amena, pese a la gravedad de lo contado, mas, llegado a este punto, me veo en la necesidad de resumir las declaraciones de los primeros testigos para poder extenderme en las verdaderas estrellas de la jornada, que aparecerán más adelante.]
Durante las primeras horas de la vista, aparecieron por la sala los siguientes árbitros en activo: César Soto Grado, Javier Alberola Rojas, David Medié Jiménez, Iñaki Vicandi Garrido y Óliver de la Fuente.
Todos ellos fueron interrogados en primer lugar por el abogado de la defensa, cuyas cuestiones fueron:
A la primera pregunta, todos ellos respondieron afirmativamente, con importes que iban desde los 1.100 euros de Medié Jiménez y los 1.400 euros de Jaime Latre hasta los 7.400 de Alberola Rojas o los llamativos 14.200 euros de Óliver de la Fuente, árbitro de Segunda División.
A la segunda pregunta, todos ellos contestaron que fueron servicios de coaching, para “superar sus miedos” o reponerse de “malas actuaciones arbitrales anteriores”.
En cuanto a la tercera pregunta, todos ellos lo negaron. Alberola Rojas y Jaime Latre ya eran árbitros de Primera cuando comenzaron a pagar al acusado. Iñaki Vicandi descendió de categoría a pesar de haber contratado a la empresa de Enríquez Romero y Óliver de la Fuente. Pese a sus reiterados pagos, hasta 26, seguía en Segunda.
El señor Scotto se dirigió a la audiencia con satisfacción y pronunció en voz alta y clara:
—Señorías, miembros del jurado, por mucho que les hayan contado, por mucho que hayan podido escuchar o leer en los medios, aquí no hay más que una relación comercial de lo más habitual en los negocios hoy en día.
El fiscal mostró poco interés en los testigos y se limitó a preguntar a los sucesivos intervinientes:
A la primera pregunta, las respuestas fueron:
“Pues claro que sí”.
“Por supuesto”.
“Era el hijo del jefe, como para no saberlo”.
A la segunda pregunta, todos ellos contestaron que “por supuesto conocían los servicios que prestaba este chico”, como lo llamó alguno de ellos. Otro dijo que en aquella concentración con los árbitros en Santander sintió “vergüenza ajena”, pero que aun así lo contrató porque los servicios que ofrecía eran otros, como la preparación emocional o el acompañamiento al estadio cuando arbitraban en Barcelona. Hubo otro que dijo que le venía bien porque le enseñaba a comportarse cuando le estaban mirando, algo que valoraba desde que participaba en programas televisivos de citas con jovencitas de buen ver.
Ni uno solo de ellos se atrevió a decir que lo hacían para ganarse el favor de Enríquez Negreira. En el banquillo de los acusados, Enríquez padre miraba de vez en cuando a Enríquez hijo y se le escapaba una sonrisa, mezcla de orgullo y de despelote por el chiringuito que habían logrado crear y mantener durante tantos años.
A la tercera pregunta, todos contestaron que dejaron de pagar los servicios de Enríquez Romero sencillamente porque dejaron de ofrecérselos, no porque el padre ya no mandara nada en los comités. De hecho, había pasado ya un año desde que fuera cesado en el cargo y ellos siguieron pagando los servicios.
En cuanto a la última pregunta, sobre las presiones o las recompensas por contratar a “Negreirita”, todos ellos contestaron de modo infantil, pero no en el sentido de “relativo a los niños”, sino de Infanta: “no lo sé”, “no me consta”, “no lo recuerdo”. El fiscal repreguntó a todos ellos con la conversación que explicó el colegiado Fernández Estrada sobre las presiones recibidas de Javier Aguilar, asistente de Clos Gómez en el colegio aragonés de árbitros:
“—Xavi, me dice el hijo de Enríquez Negreira que tu progresión como colegiado va así —extendió la mano en una situación horizontal, levemente inclinada hacia arriba—. Si haces coaching con él, volarías.
Y acompañó sus palabras subiendo el brazo y haciendo el ruido de un avión”.
A esta repregunta, todos ellos continuaron en modo infanta, perdón, infantil, por lo que el fiscal dio por concluido el interrogatorio:
—No haré más preguntas, señoría —concluyó Estuardo.
La abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez, no mostró ningún interés por los testigos y se limitó a hacer uso de su turno de palabra al final de todas las declaraciones para pronunciar el siguiente discurso:
—La acusación particular no ve especialmente relevante el testimonio de los testigos. Estamos tratando un caso de corrupción deportiva y pagos de casi ocho millones de euros por parte del Fútbol Club Barcelona al vicepresidente de los árbitros para la obtención de favores, y llevamos varias horas escuchando a unos señores hablar de pagos de 200 y 300 euros a cambio de que les den lecciones de cómo respirar para no ponerse nerviosos. Lo único que ha quedado claro con estos testimonios es que el Comité Técnico de Árbitros funcionaba como un clan mafioso y que Enríquez Negreira era el capo que iba colocando a su hijo por todas partes, ya fuera en la Federación, en el propio CTA, u ofreciendo servicios particulares a sus subordinados. Y aquí estamos juzgando los pagos de un club de fútbol a ese mismo capo para controlar todo el sistema, no desvirtuemos el caso, por favor.
El juez Aguilar escuchó el alegato con atención, miró la hora y se quedó en silencio durante unos segundos. A continuación, encendió el micrófono y dijo:
—Ha sido una mañana intensa, pero aún nos quedan dos testigos. Haremos un receso de treinta minutos —golpeó con el mazo—. Se suspende la sesión. Vuelvan todos… a la una y cuarto.
No había terminado la última frase cuando Enríquez Negreira saltó con una agilidad impropia de su edad hacia la puerta del servicio. A punto estuvo de chocar con Joan Laporta, que iba en la misma dirección y también con una falta de agilidad impropia de su edad.
Costó algún esfuerzo que media hora después se hiciera de nuevo el silencio y todos los intervinientes ocuparan sus asientos. Durante varios minutos siguieron entrando espectadores en la sala, la mayoría de ellos periodistas deportivos, a varios de los cuales aún les quedaban migas de pan del bocata por la comisura de los labios. Se les distinguía porque hablaban en voz muy alta, estallaban en risotadas cada dos por tres, tras las cuales no se disculpaban, y tardaban una eternidad en aposentar sus nalgas sobre las sillas.
El siguiente testigo llamado por la defensa fue José María Sánchez Martínez, del colegio murciano de árbitros. El juez Aguilar no era aficionado al fútbol, pero sí a los toros, y al verlo entrar, sintió un pálpito instantáneo. Enseguida comprendió a qué diestro le recordaba.
El abogado de la defensa planteó el interrogatorio de manera diferente a la realizada con sus anteriores compañeros, mas este narrador se tomará la licencia de saltarse los preliminares e ir directamente al grano:
—Así que usted afirma no haber pagado los servicios de coaching al señor Enríquez Romero.
—Así es —contestó el lorquino.
—Y sin embargo, usted accedió rápidamente a la categoría de internacional.
—Efectivamente, fui propuesto al finalizar la temporada 2015-16.
—Lo cual demuestra —concluyó Scotto— que los pagos realizados a la empresa del señor Enríquez Romero eran irrelevantes en sus carreras como colegiados de Primera.
—Bueno, supongo que sí. En mi caso, desde luego que sí.
—No haré más preguntas, señoría —terminó Scotto con una sonrisa de oreja a oreja.
El fiscal se levantó y tomó la palabra desde su misma mesa, sin moverse hacia el testigo ni acercarse hacia el estrado del juez.
—La fiscalía considera irrelevante el testimonio de este testigo, señoría, como la de los anteriores. No vemos ningún hecho que aclare el caso que nos ocupa acerca de estos señores —pronunció con el brazo extendido hacia el banquillo de los acusados.
Dicho lo cual, volvió a tomar asiento. En esta ocasión, quien sí se acercó hacia el testigo fue la abogada del Real Madrid, Luisa Ramírez.
—Señor Sánchez Martínez, ¿tuvo algún contacto durante su etapa de colegiado con el señor Enríquez Romero?
—Sí, claro, todos los árbitros lo conocíamos por las jornadas anuales que organizaba el comité.
—Ya, y aparte de esas jornadas en las que hacían carreras de sacos y juegos de construcción infantiles aleccionados por el contrastado coach aquí presente, ¿algún contacto más directo, más cercano? Le refresco la memoria: ¿en el hotel de concentración, antes de algún partido?
—Sí, bueno… —balbuceó—, una o dos veces, era habitual en los partidos que pitábamos en Barcelona. Lo hacíamos muchos colegiados, nos reuníamos en el hotel con Enríquez Romero, nos acompañaba al estadio y conversábamos antes del partido, nos daba algunas claves que podían venirnos bien.
—Usted ha dicho que fue propuesto como internacional al concluir la temporada 2015-16, ¿no es así?
—Cierto, fui propuesto en julio y mi nombramiento se hizo oficial en diciembre —respondió el colegiado.
La abogada rebuscó en una carpeta, “a ver si lo encuentro… aquí está”, y sacó un papel que mostró al testigo.
—Se lo aclaro, es la clasificación de la Liga 2015-16.
—El Real Madrid concluyó aquel campeonato a un punto de su máximo rival —prosiguió la abogada—, el club cuyos presidentes se encuentran hoy aquí sentados por los pagos realizados a ese otro señor —señaló a Enríquez Negreira—, padre de ese otro acusado —su mirada se fue hacia Negreira Jr.—, con quienes ustedes charlaban amistosamente antes de los partidos que pitaban al club que les pagaba.
—Eeeeh, no exactamente, también hablábamos antes de los partidos con el Espanyol.
—Ah, cierto, es verdad, el otro gran rival del club cuyos presidentes se encuentran hoy aquí sentados por los pagos realizados a ese otro señor… ¿necesita que se lo repita de nuevo?
Sánchez Martínez negó con la cabeza.
—Bien, volvamos a la temporada 2015-16. ¿Recuerda alguna decisión polémica o controvertida que tomara usted en aquel campeonato que, recuerdo a todos los aquí presentes, se decidió por un solo punto?
—Son muchos partidos —respondió el árbitro—, compréndalo, no puedo recordar todos los lances. Pero siempre ocurre que cuando se arbitra a los grandes todo se magnifica, pasa a un primer plano y la polémica está ahí, aunque nosotros queramos mantenernos al margen.
—Pues le voy a ayudar un poco. Jornada 18, enero de 2016, apenas unos meses antes de su “internacionalidad”. Mestalla, Valencia-Real Madrid. El Real Madrid le reclama a usted tres penaltis. Podríamos pensar que su nivel como árbitro era el de pitar casos solo muy claros. Dejar jugar, no pitar cualquier contacto, pero es que en la misma jugada en que no señala esta zancadilla a Gareth Bale, ¡pita usted penalti contra los visitantes por un contacto mucho más leve!
—Pité lo que vi, supongo. Siempre que se señala algo en contra del Real Madrid, uno corre el riesgo de salir en las portadas —fue la única respuesta que encontró.
—Ya. Entiendo, la caverna, la “central lechera” y todas esas cosas.
“¡El madridismo sociológico!”, se escuchó a Laporta, como en todas las sesiones previas.
—Síííí, el madridismo sociológico —repitió la abogada con sorna—. Unas críticas que no encuentra cuando sus errores se producen con el Barça. Le refresco de nuevo la memoria: jornada 30. Marzo de 2016, mire, seguía haciendo méritos para llegar a internacional. Villarreal-Fútbol Club Barcelona. ¿Había charlado previamente al partido con Enríquez Romero?
—No, si se jugó en Villarreal, ya le digo que no.
—Cierto, disculpe. En aquel partido perdonó la segunda amarilla a Gerard Piqué. Nada, solo dio dos veces al balón con la mano, pero suponemos que en el coaching de Enríquez Romero se daban esas instrucciones porque no hemos visto nunca a un defensa con mayor número de manos no pitadas en su carr…
—¡Protesto! —exclamó Scotto.
—Se admite —contestó el juez—. Señoría, limítese a preguntar al testigo, evite las suposiciones.
—Disculpe, señoría, tiene razón. Las respuestas de los testigos me ponen… Proseguiré. En aquel mismo partido, usted señaló un penalti más que discutido a favor del Fútbol Club Barcelona, un penalti que solo vio usted y que sirvió para que el Barcelona se marchara de aquel campo con un empate.
—Pité lo que vi en directo. Y cuando posteriormente vi las imágenes en casa, entendí mi decisión, es lo que vi en ese momento.
Luisa Ramírez negaba con la cabeza. Resopló, tomó aire y finalizó su interrogatorio:
—Señor Sánchez Martínez, un punto separó al Barça y al Real Madrid en la clasificación al final de la temporada. El Fútbol Club Barcelona pagaba al responsable de los ascensos, descensos y candidatos a internacional para obtener beneficios deportivos, en palabras del juez instructor. ¿De verdad no influían en usted esas charlas con el hijo de quien puntuaba a los árbitros?
—De verdad, nosotros somos honestos en nuestro trabajo. A Negreira apenas lo veíamos una o dos veces al año, no sabíamos exactamente qué hacía.
—Claro, eso dicen todos ustedes. Una última pregunta, señor Sánchez Martínez, ¿podría indicarnos quién le comunicó su ascenso a Primera?
—Sí, sin probl… —se calló antes de finalizar la frase. Miró al banquillo de los acusados—. Fue el señor Enríquez Negreira.
—No haré más preguntas, señoría —finalizó la abogada.
Mientras se volvía a su sitio, el juez Aguilar tomó unas notas y miró el reloj. Luego se quitó las gafas y se masajeó el entrecejo. El testigo dejó el asiento libre y, antes de que el juez abriera la boca, el abogado de la defensa se adelantó:
—Señoría, teníamos un testigo más, otro árbitro en activo, pero se ha hecho tarde y creemos que podríamos prescindir de su declaración.
—No, no, tenemos un rato más, estoy expectante —contestó el juez, “y deseoso de pegarme un tiro”, pensó para sus adentros—, podemos concluir con su testimonio y retirarnos a nuestros aposentos, que a partir de hoy se viene un puente que nos vendrá muy bien a todos para reflexionar.
—Sea —contestó Scotto de un modo que sonó a “pues venga, de perdidos al río”—. La defensa llama a declarar a don Ricardo de Burgos Bengoetxea.
En la sala entró otro tipo de aspecto parecido al anterior testigo, cercano a los cuarenta años, delgado, cara afilada y con aspecto saludable, como el de quien pasa varias horas al día al sol. Se sentó en el banco de los testigos y Scotto comenzó su interrogatorio con desgana. Había salido escaldado de varios de los testigos que él mismo había citado a declarar y, tras el anterior, había comprendido que era un error traer a uno de estos tipos con iniciales repetidas: Hernández Hernández, González González, Martínez Munuera, Munuera Montero… ahora Burgos Bengoetxea. Quería pasar de soslayo por el interrogatorio, así que se limitó a hacer preguntas similares a las realizadas a los anteriores colegiados, a las cuales BB respondió del siguiente modo:
—Sí, claro que conocía a Enríquez Romero, había dado formaciones en algunas jornadas de árbitros y todos sabíamos quién era.
—No, nunca contraté sus servicios de coaching y no los necesité para promocionar a internacional.
—Mi contacto con él se limitó al acompañamiento al estadio del Fútbol Club Barcelona una o dos veces.
Scotto confiaba en que ahí quedara todo, mas se temía que no iba a ser así. Para su desgracia. El fiscal se levantó y se acercó al testigo.
—Señor De Burgos Bengoetxea, en efecto, usted promocionó a internacional. ¿Podría decirnos qué plaza ocupó usted al acceder a la internacionalidad?
—Ocupé la plaza que dejaba libre Carlos Clos Gómez, que se jubilaba en ese año 2017 —contestó el colegiado vasco.
—En efecto, buena memoria. Miren, señorías, miembros del jurado, si algo ha quedado claro a lo largo de todas las sesiones de este juicio es que en el Comité Técnico de Árbitros nada se deja al azar, todo funciona de manera coordinada atendiendo a una jerarquía en la que Sánchez Arminio era su presidente y Enríquez Negreira, su brazo ejecutor. Y como nada se deja al azar, la sucesión tampoco: Clos Gómez se jubiló en una final de Copa en 2017 y el cuarto árbitro aquel día era Hernández Hernández. Jugaba el Barça y no bastaba con designar a un culegiado, perdón, colegiado, con el que el equipo que pagaba a Enríquez Negreira no había perdido nunca. Por si acaso se lesionaba, tenían previsto hasta al suplente. Y la plaza de internacional quedó para otro de los afines al sistema.
—Todo eso son sus elucubraciones —se defendió el primo del fundador de La Galerna.
—Sí, pero quiero dejar estos dos nombres en el aire. Usted y Hernández Hernández, que tanto monta, como de tanto en tanto se lo montan. A su compañero y a usted, “casualmente” los designaban siempre para los partidos más importantes del año, mientras que sus compañeros internacionales de la categoría Élite se quedaban con las ganas. Última jornada de la temporada 2016-17, el Barcelona y el Real Madrid llegan con opciones a la última jornada: supongo que fue otra casualidad que su compañero HH pitara al Barça y usted al Real Madrid.
—Estábamos bien considerados en el Comité, no veo nada extraño —contestó el colegiado.
—Ya. Otro ejemplo. El Clásico con más tensión que se haya celebrado nunca, el de diciembre de 2019 tras el aplazamiento del partido de octubre en Cataluña. Recuerde la situación, estaba muy reciente el 1-O y había mucha tensión. Otra feliz coincidencia: Hernández Hernández en el campo y usted en el VAR. Entre los dos se comieron dos penaltis al Real Madrid e invalidaron un gol a Gareth Bale. Parece que su designación fue de nuevo un acierto.
—Pitamos lo que vimos en aquel momento.
—Me va a permitir que lo dude, señor. Usted no estaba en el campo, con los nervios de la tensión y los jugadores protestándole, como en aquel partido de la Supercopa en el que expulsó a Cristiano Ronaldo en el Camp Nou y se inventó un penalti tras un piscinazo de Suárez, ¡usted estaba en la sala del VAR viendo cómodamente todas las imágenes! Es imposible que no lo viera.
—Gestionar el VAR tampoco es sencillo —se justificó el trencilla—. Se dice que hay mucho compañerismo entre los árbitros y que el del VAR no quiere intervenir para corregir a su colega, pero no es cierto. Yo quiero que me corrijan si me equivoco.
—Seguro que no es sencillo si les hurtan imágenes, pero ese asunto no es de este juicio. Mire, lo que me llama la atención es que en usted se aprecia una cierta tendencia, una predisposición a equivocarse en un mismo sentido, que coincide con el gusto del jefe de los árbitros —señaló a Enríquez Negreira con el brazo extendido—, el que corrige los informes arbitrales, “el dedo índice corrector” o corruptor, y seguramente eso fue lo que le catapultó a la internacionalidad.
—¡Protesto! —exclamó Scotto—. Nuevamente está dando por válidas sus hipótesis.
—Se admite —dijo el juez.
—De acuerdo —continuó Estuardo—. Seguramente son mis hipótesis, señor juez. Pero déjeme que le haga una pregunta.
Hurgó entre su carpeta, buscó una foto de gran formato y se la entregó al juez.
—¿Qué ve usted aquí, señoría?
— Así, a simple vista, yo veo un rodillazo en la cara —contestó Aguilar.
—Gol y tres puntos para el Barça. Con este señor al silbato —concluyó Estuardo—. No haré más preguntas, señoría.
Mientras Estuardo se volvía a su asiento, el juez se quedó mirando la foto y pensando: “¡vaya hostia!”. La abogada Luisa Ramírez se levantó y volvió a la carga:
—Señor De Burgos Bengoetxea, dice usted que le gusta que le corrijan desde el VAR si se equivoca.
—Así es, aunque el VAR me resulta a veces muy frío, ver una sola imagen a través del vídeo, creo que hay que vivir el contexto del partido.
—Puede que tenga razón. Quizás por esa razón no intervino en las jugadas del Barça—Real Madrid que le hemos comentado, porque no tenía el contexto. O quizás porque le faltaba contexto tampoco quiso avisar a su compañero en este derribo a Benzema. ¿Con lo del “contexto” se refiere al marcador en ese momento?
—Los árbitros que están en la sala VAR tienen que trabajar bajo presión y tomar la decisión en segundos, a veces tienen entre 16 y 20 cámaras y tienen que seleccionar cuatro para seguir el juego —contestó De Burgos—. No es fácil.
—Seguro que sí, pero usted no quiso corregir a su compañero de campo, pese a lo claro de las imágenes, y sin embargo no tuvo ningún problema para avisar a otro para que expulsara a Luka Modric en Balaídos. Que tampoco es que fuera una jugada flagrante.
A De Burgos Bengoetxea se le estaba poniendo cierta cara de cabreo al escuchar a la abogada del Real Madrid, una cara que algún periodista dijo por lo bajinis que ya le había visto en alguna otra ocasión, como cuando tenía que morderse la lengua para no soltar un improperio:
—Mire, solo puedo decirle —contestó el colegiado con la máxima tranquilidad que pudo— que espero y deseo que el caso Negreira se cierre cuanto antes y se limpie la imagen de los árbitros. Es lo que más ha dañado al entorno arbitral de los últimos años. Yo duermo muy tranquilo y pueden investigarme todo lo que quieran, no tengo mala conciencia de nada.
—No lo dudo. Aunque me va a permitir que le recuerde una última intervención suya que vio todo el mundo y de la que no creo que se sienta especialmente orgulloso: cuando usted expulsó a Vinícius tras sufrir una agresión de varios rivales.
—Yo hice lo que pude por ayudar al jugador y por protegerlo. Él se quería marchar del campo y yo lo entendí —se defendió el árbitro.
—Extraño modo de defenderlo —respondió la abogada—, fue tan grave el caso que el Comité de Competición retiró la roja al brasileño.
—Luego se confirma que los señores del CTA, del VAR, del VOR y de todo el fútbol español manipulan la competición, que es lo que venimos diciendo desde el primer día.
Luisa Ramírez dirigió su mirada hacia el banquillo de los acusados.
—No haré más preguntas, señoría.
El juez estaba exhausto y cerró la sesión con celeridad. Le esperaba un largo puente en compañía de sus nietos en la casa de campo familiar. Si alguno de sus hijos o yernos le hablaba de poner el partido de fútbol el sábado, lo arrojaba por la ventana. Por la del tercer piso.
Capítulos anteriores:
Anatomía de un negreirato (Prólogo)
Capítulo 1 (Los alegatos previos)
Capítulo 4 (Ángel María Villar)
Capítulo 5 (Puedo ayudaros con el VAR)
Capítulo 6 (Las pruebas periciales)
Capítulo 8 (Iturralde González)
Capítulo 9 (Árbitros en activo (I))
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