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Historia de los madridistas heterodoxos: Breitner

Historia de los madridistas heterodoxos: Breitner

Escrito por: Antonio Valderrama13 julio, 2021
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Quizá el fundador de la heterodoxia madridista, al menos la estética, sea Paul Breitner. Yo no vi jugar a Breitner pero en todos los libros de historia gráfica del Madrid su figura me llamaba poderosamente la atención: melena a lo afro, patillas rocieras extraordinarias y una perilla de Jesucristo que le afilaba un rostro lleno de ángulos único, de vikingo. Famoso desde siempre por ser el madridista maoísta, su subversión, sin embargo, tenía también que ver con el momento histórico en el que llegó a España, la primera mitad de los setenta, en el que el fútbol español empezaba a abrirse al talento extranjero y las cosas, desde luego, estaban a punto de darse la vuelta por completo. En mi casa se cuenta que en la España castiza de entonces quien tenía un «niñato de pelo», o sea, un hijo al que le daba el aire de dejarse la melena, o la barba, era una desgracia, sobre todo para el cabeza de familia: los hombres, como era sabido, debían andar por el mundo «afeitados y limpios», pues era conocido que quienes no se afeitaban nunca eran los comunistas. Breitner era barbudo y en efecto comunista. En plena Guerra Fría, con Vietnam ardiendo, apareció por la España del tardofranquismo como un guerrillero sandinista y con el Libro Rojo de Mao bajo el brazo, el arquetipo de «elemento indeseable» de la mente colmena popular española de aquel tiempo.

Paul Breitner

Además, Breitner era lateral izquierdo en una época en la que los laterales eran mostrencos sin sutileza alguna, verdaderos bigardos con los tobillos cuadrados. “El Madrid nunca ha fichado un lateral. ¿Cómo vamos a fichar un lateral?”, dice en una entrevista en El País que le dijo un directivo del Madrid a Miljanic, el entrenador que lo pidió. «¡No tenéis ni puta idea!», fue la respuesta del hasta entonces seleccionador de Yugoslavia, selección a la que la Alemania de un jovencísimo Breitner había apeado en cuartos del Mundial de 1974. Breitner ganó ese Mundial anotando el empate en la final de Múnich, nada menos que a la Holanda de Cruyff. El año antes, Cruyff pasó del acuerdo al que el Ajax había llegado con Bernabéu y se fue al Barcelona, inaugurando una nueva era en el fútbol español. El patriarca quería un golpe de efecto y quería a Breitner, quien con 22 años ya había ganado también la Eurocopa con Alemania y la primera de las tres Copas de Europa seguidas (al Atlético) con las que el Bayern finiquitó la dinastía del Ajax. “¿Usted quiere a ese comunista? ¡Señor Miljanic! ¡Usted quiere que fichemos a un maoísta! ¡Eso nunca!” Pero Bernabéu acabó rápido con esa cháchara: «Señor Miljanic: ¿Tiene usted amigos en Alemania? Nosotros no tenemos ni idea de la persona. A mí no me interesa si es comunista o si es lateral. Me interesa saber qué clase de persona es él».

Bernabéu: «A mí no me interesa si Breitner es comunista o si es lateral. Me interesa saber qué clase de persona es él»

Pero para Bernabéu, sus pelos, su aspecto de black panther, su personalidad «difícil», eran, al revés que para la mayoría, un atractivo. «¡Paul!, eres cojonudo. Estoy seguro de que harás honor a tu aspecto: jugarás por el Madrid como un guerrero». Lo fue. El Madrid reformó su equipo en torno a los alemanes, ganando dos ligas seguidas que fueron los cimientos de una dominación nacional que, sin el título liguero del Atlético de Madrid en 1977, podía haber enlazado seis campeonatos seguidos, un récord histórico. Aquel equipo terminó muriendo en la orilla de otra final de la Copa de Europa, la del 81, verdadero objetivo de Bernabéu cuando fue primero a por Cruyff y luego a por Netzer y Breitner. Pero en aquella final de París no estuvieron ni don Santiago, ni él.

Netzer y Breitner

El Madrid ya tenía un alemán, Netzer, el primero de su historia, campeón del mundo también con Breitner en el verano del 74. El Barcelona se holandizaba y el Madrid se germanizaba, sumándose a la nueva ola que desplazaba el centro de gravedad del fútbol europeo desde la Eredivisie a la Bundesliga. Alemania recuperaba la corona del fútbol mundial veinte años después con una generación que también empalmaría con otra final de la Eurocopa, la del 76, perdida ante la Checoslovaquia de Panenka. Bernabéu, que vislumbraba el final de su vida, quería hacer lo mismo con la hegemonía madridista en el fútbol de clubes: el Madrid llevaba una década lejos de su copa, el Mediterráneo había perdido la iniciativa ante el norte y en los mundiales los sudamericanos ya no eran los primeros. Breitner, como Netzer antes, respondían a esa necesidad tradicional del madridismo de renovarse para seguir ganando. En consecuencia la liga española se europeizaba.

Era un enfant terrible y gustaba de cultivar esa fama de outsider, de vivir al margen del sistema, de rebelde. Avanzó los pantalones de campana de Del Bosque y con Netzer llenó la caseta de Chamartín de secadores de pelo, de peines, de artilugios de peluquería de señoras

Era un enfant terrible y gustaba de cultivar esa fama de outsider, de vivir al margen del sistema, de rebelde. Avanzó los pantalones de campana de Del Bosque y con Netzer llenó la caseta de Chamartín de secadores de pelo, de peines, de artilugios de peluquería de señoras. Eran absolutamente setenteros. El aspecto, la vestimenta, formaban parte del mensaje, hablaban por los futbolistas. Todo aquello ayudaba a orear la habitación de aquella España a punto de transformarse. Años después, su comunismo terminó con un contrato de 150 mil marcos por afeitarse el bigote en un anuncio de maquinillas de afeitar. Pero ya había quedado la impronta, el mundo empezaba a moverse por la imagen y no por el texto: lo fundamental era dejar un icono que pudiera reproducirse y dar la vuelta al planeta entero.

Paul Breitner

Aunque con el tiempo ha abandonado «la militancia», Breitner llegó a España en el esplendor de su «compromiso social». Estudiaba la carrera de Psicología, de Filosofía y de Pedagogía para minusválidos («subnormales» los llamaba la prensa de la época) cuando dejó el Bayern por la blanca y por una vida de marajá en España: «me gusta cambiar de actividad cada dos horas», dijo hace poco, y en España todo le venía regalado. «Hasta tenía seis o siete semanas de vacaciones en verano». En su primera pretemporada con el Madrid se fue unas semanas a rodar un western. Era un icono pop, el primero que tenía el Madrid en diez años. Lo que sirvió para convencer a Bernabéu de su fichaje fue saber que a entrenadores y presidentes del Bayern sólo les decía «no» y «por qué». A los patriarcas les gustan los perfiles contestatarios que son capaces de sostener los órdagos poniendo la cara, algo que, la verdad, es puritita ortodoxia madridista. Breitner había estudiado Humanidades en uno de aquellos famosos «gymnasiums» de Austria y Alemania, aprendió español a base de recordar el latín. En el campo era lo que hoy son casi todos los futbolistas más demandados, un virtuoso técnicamente que puede jugar en todas partes rayando a un nivel superior. En la España aún cerrada que empezaba a agitarse, llegaban los hippies europeos introduciendo el dinamismo posicional, la flexibilidad mental, la frescura intelectual de la Europa vibrante de aquel momento. El fútbol, como la sociedad, cambiaba. Se abandonaban las posiciones rígidas, los planteamientos estáticos. Breitner, que en el fondo de su corazón no quería ser lateral, llegó a cambio de un millón y medio de dólares, algo siempre escandaloso y más tratándose del Madrid. Mandó enmarcar un cuadro de Mao y pagó de su bolsillo un millón de pesetas para la caja de resistencia de los obreros huelguistas de la metalúrgica Standard, algo que según la leyenda no gustó al club. «Breitner es muy dueño de emplear su dinero como quiera», respondieron entonces desde el Madrid como recoge una nota de El País del año 76. «El Madrid no se mete en relación con las ideas religiosas o políticas de sus jugadores». Como Cruyff, se negó luego a ir al Mundial de Argentina. No se cortó un pelo a la hora de motejar a sus compañeros que sí fueron de «eunucos» y con 31 años, después de hacerlo todo en el fútbol, colgó las botas como los toreros se cortan la coleta, de un día para otro, tras jugar otra final de la Copa del Mundo, en el Bernabéu, y con un cheque en blanco del Bayern sobre la mesa.

Para Bernabéu, sus pelos, su aspecto de black panther, su personalidad «difícil», eran, al revés que para la mayoría, un atractivo. «¡Paul!, eres cojonudo. Estoy seguro de que harás honor a tu aspecto: jugarás por el Madrid como un guerrero»

Su predilección por el gran tirano chino hizo que Bernabéu quisiera «reconducirlo», como reseña Alberto Cosín en La Galerna. Pero su relación con don Santiago se parecería más a la de un pupilo aventajado con su maestro. Confiesa que fue «el único sabio en mi vida», un «hombre justo, la persona más justa que conocí. Trataba con gran respeto a cada empleado: igual a un directivo que a un jardinero». En España, nada más llegar, le pusieron El Abisinio, el nombre que le daban los sublevados del bando nacional a los milicianos republicanos en la Guerra Civil, en honor de los combatientes etíopes que luchaban entonces contra la Italia fascista. El Abisinio confesó también que le había dado un ataque de pánico después de la final contra Holanda, al imaginar que fallaba el penalti que finalmente metió. Siempre condujo su vida como un personaje de Dino Buzzati. «En el momento en que el árbitro señaló el penalti, en la final, fui consecuente. Desde pequeño escuché que en situaciones así nacen los héroes o los grandes perdedores». Se fue del Madrid porque se aburría, acostumbrado a «hacer cosas» fuera del fútbol. En España no podía estudiar y vivía «demasiado bien», pero dos años después de su marcha se abrió un tiempo nuevo que quizá le hubiera cambiado, como aquel penalti del 74, la vida. Estuvo cerca de llegar a la final de la Copa de Europa de 1976 pero el Bayern estaba completando su ciclo victorioso y él no pudo jugar por lesión. «Jugar en el Madrid es lo más grande que le puede pasar a un futbolista», reconoció mucho después, lamentando el haberlo abandonado demasiado pronto.

 

Fotografías Imago.

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

8 comentarios en: Historia de los madridistas heterodoxos: Breitner

  1. Don Santiago Bernabéu, un sabio. Con sus peculiaridades, como todas las personas, incluso los sabios, Los culetufos no podían ni verlo, aunque estuviera callado y pescando.

  2. Yo empecé a ver partidos en el Bernabéu la temporada del fichaje de Günter Netzer.
    Netzer llegó al Madrid un año antes que Paul Breitner, y si no recuerdo mal, sólo coincidieron una temporada juntos en el Madrid.
    Netzer había deslumbrado con su juego en una Copa de Europa de naciones que ganó la Alemania Occidental, entonces RFA. Bernabéu decidió ficharlo, y así lo hizo. Dejó perenne recuerdo con su cabellera rubia y larga y sus pases larguísimos y en profundidad a los extremos.
    Breitner era el lateral izquierdo del Bayern y de la selección. Era un lateral distinto a lo que se veía por entonces en España. Con una enorme influencia en el juego de ataque. Pero en Madrid, con Miljanic, jugó como centrocampista. Esa posición ya no la abandonaría en su carrera.
    Mi recuerdo es que Netzer vino cuando ya había dado lo mejor de su fútbol, y que lo mejor del fútbol de Breitner se vio después de dejar el Madrid, cuando volvió al Bayern.
    Siempre pensé que el rendimiento de Breitner en el Madrid fue menor de lo que podía dar. No solo por él, sino porque no terminaba de encajar en aquel equipo del Madrid.
    En cuanto a su aspecto, desde luego, fue rompedor para la época. Recordemos que lo fichó Bernabéu y que eran esos años en los que, en el Pardo, todavía estaba encendida la lucecita del flexo por las noches.
    Breitner era distinto, heterodoxo, por su aspecto y por sus ideas.
    Pecadillos de juventud.
    Saludos.

  3. Con todos sus defectos, fue y es un madridista de primer orden. Pocos tan bravos como él sobre el césped. Genio y figura. Celebro que La Galerna le haya dedicado estas magníficas lineas.

  4. Como anécdota, recuerdo un gol suyo en el Sánchez Pizjuán que nunca se pudo verificar si entró o no por fuera de la red. Creo que Breitner pudo haber tenido mayor implicación en el club, como después sí sucedió con Stielike.

    1. Yo no vi jugar a Breitner en el Madrid (le recuerdo básicamente del Mundial 82) pero los comentarios de mi padre en cuanto a su rendimiento en nuestro equipo no eran los mejores del mundo. Si que pude disfrutar de Uli Stielike y de este sí que tengo un concepto altísimo. A un jugador que lo deja todo en el campo no se le puede pedir más, y Uli lo hacía (y con dosis de calidad pues no era un tuercebotas, ni mucho menos).

  5. Lo vi en Sarria, con Netzer aquel año que coincidieron, eran impresionantes... quince o dieciséis años tenía yo..... bueno todo el Madrid era una máquina, lastima qué duraron poco en el Real.Gunter ya tenía sus años y Paul volvió muy rápido a Alemania....
    Por cierto, ganamos 0-2 y los dos goles los marcó Gunter Netzer (golazos). Qué tiempos aquellos.....
    Un recuerdo muy especial para los hombres que me acompañaron (Bobi y Narbona....Q.E.P.D)
    Saludos.

  6. El debut de Netzer en el Bernabéu fue contra el Real Murcia. Primer partido de la Liga de esa temporada. El partido se atascó pero, en un momento (creo que cerca del final), se señaló un penalty contra los pimentoneros. Lo tiró Gunther Netzer y… lo falló.
    Cuentan que Bernabéu fichó al alemán, enfadado con Manolo Velázquez porque se le enfrentó en una ocasión en el vestuario. Netzer, gran jugador, no dio todo lo que tenía o ya no tenía tanto para dar. Siempre preferí a Velázquez. Mucho mejor que el teutón en el Real Madrid.

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