El miércoles el Madrid fue eliminado de la Champions. 15 de abril, y nuestra temporada finalizada, salvo sorpresa final en la liga, cosa muy improbable. Es muy duro. Toca analizar y preparar desde ya la próxima temporada.
En el análisis de la eliminatoria ante el Bayern, creo que tenemos que tener un poquito más de estilo que los culés y no ampararnos en el arbitraje, y me explicaré. Sabéis de sobra mi opinión de Mugrienta Liga Negreira y el CTA, no lo voy a repetir, pero esto es Champions. Mi opinión sincera es que, aunque no nos beneficiaron las decisiones arbitrales, ni en la ida ni en la vuelta, la derrota es por deméritos futbolísticos, a pesar de haber dado la cara y plantado batalla hasta el minuto 88. Lo argumentaré, por supuesto.
Si analizamos los cuatro tiempos de 45 minutos de esta eliminatoria, el Real Madrid solo compitió a gran nivel en el segundo tiempo del Bernabéu. Debemos analizar el fútbol en profundidad, no quedarnos en los goles, porque en ese segundo tiempo en casa metimos un gol, aunque merecimos más, y en la primera parte en el Allianz Arena metimos tres, pero jugamos peor.
El partido en Munich empezó con una cantada impropia de Neuer que Güler metió a la jaula de forma magistral. Por poner un ejemplo: Valverde pudo hacer lo mismo en el Etihad Stadium al principio del partido con el City y la tiró fuera. Ese gol del turco, no fue producto de nuestro juego, si no de un fallo garrafal e insual de Neuer. Después tuvo otro Lunin y, para no quedarse la noche en empate, Neuer volvió a fallar en el gol de falta de Arda nuevamente. Parece que quiere parar el balón con una mano y quedárselo ahí para iniciar el contraataque y mide mal y se mete entero en la portería él mismo. El Madrid no hizo méritos de juego para esos dos goles. Para el tercero, sí.
El gol que nos metió Kane, en cambio, es producto de lo mal plantados que estábamos. Con decir que la sube Upamecano, y que Kane la mete al cuarto intento de ataque en dicha jugada, queda al descubierto lo mal que se estaba defendiendo. Aunque Rüdiger y Militao jugaron muy bien, y Mendy también, la defensa no estaba haciendo el trabajo que debía, y el equipo no supo realizar una lectura correcta del partido: estábamos hundidos, cuando el Bayern estaba renunciando a jugar por fuera en banda, y estaba esperando replegado que les atacáramos. Lo que tenía que haber hecho la defensa blanca era empujar a los hombres más adelantados del Bayern, y forzar así que Valverde y Jude apretaran también a los hombres del medio campo para que recularan.
Creo que la elección de Brahim como titular no fue correcta. Hubiera sido mejor Thiago y que en los minutos finales entrara Brahim.
Las pocas jugadas en las que el Madrid tocó varias veces atrás de un lado a otro, el Bayern se perdió, no fue capaz de defenderlo, y era ahí, en campo propio, donde debimos ganar el partido, desorganizándoles para atacar rápido con ellos fuera de sitio. El choque se puso de cara completamente porque creo que Kompany hizo un mal planteamiento, y Arbeloa una mala lectura. El Madrid pudo ganar fácil si hubiera hecho lo que debía, y no debemos dejarnos llevar por los goles metidos y analizar los partidos sólo en función de ello. Sacábamos balones largos desde atrás, no presionamos desde la defensa a la primera línea cuando atacaba el Bayern, y nos hundimos en nuestro campo desde inicio. El Bayern nos dejaba libertad para atacarles y nos atacaba mal, pero no lo aprovechamos.
no puede ser que a los dos minutos de que te expulsen a un jugador te metan gol. No es achacable a la expulsión, sino a no saber jugar con inteligencia ante la adversidad
Mendy, a pesar de jugar muy bien, tampoco hizo ninguna cosa descomunal: Olise hizo un tiro que se fue lamiendo la escuadra, hizo otro tiro con intervención buena de Lunin, y terminó metiendo un gol. El Bayern no supo atacar al Madrid, porque fue incapaz de doblar por fuera, por banda, y doblaba por dentro. Laimer y Stanisic no atacaban bien la defensa, y el Bayern perdía fuelle en los ataques por atacar deficientemente. Ni tan siquiera Davies lo hizo al entrar.
El Madrid debió empujar debidamente con nuestros centrales, como he dicho antes, y así Kane no hubiera jugado con la libertad que jugó de medio organizador, y no hubiera metido el gol que metió libre de marca.
Por último, es cierto que lo que hizo Camavinga no da para tarjeta amarilla, pero es no saber leer un partido y no tener madurez. El árbitro había sacado una tarjeta amarilla surrealista a Rüdiger por indicarle que Güler había recibido un codazo. Un jugador, cuando está metido en una eliminatoria, tiene que tener esto en cuenta, y Eduardo siempre está fuera del partido. La primera tarjeta se la sacan porque se le va Musiala y tiene que agarrarlo, y no se le puede ir un jugador con esa facilidad recién salido al campo con ese físico que tiene. Se le va porque pierde la posición y le tiene que agarrar. Siempre pasa lo mismo, en menos de diez minutos tiene tarjeta, y ya te echas a temblar. Después agarra la pelota en el minuto 86 para llevársela cuatro metros. Viendo lo que había hecho el árbitro ya con Rüdiger, eso es no saber leer un partido, no saber competir.
También me pregunto por qué fue el elegido Eduardo para salir, cuando tenías a Thiago en el banquillo, que te iba a aportar más que el francés. Hasta Ceballos podría haber dado más.
El Madrid defendió fatal la jugada, y el Bayern lo leyó enseguida
Lo más importante: no puede ser que a los dos minutos de que te expulsen a un jugador te metan gol. No es achacable a la expulsión, sino a no saber jugar con inteligencia ante la adversidad. Todos los campeones de Champions atraviesan por adversidades. Que nos lo digan a nosotros en 2024. Pero volved a mirar la jugada del empate del Bayern, y tened esto en cuenta: un gol de cualquiera de los dos equipos le daba el pase a semifinales sin que el rival tuviera tiempo de reaccionar. Era el minuto 86 cuando expulsan a Eduardo.
La forma correcta de defender tras la expulsión era con dos líneas de cuatro, dejando a Kylian arriba liberado de defender, por más que algunos se empeñen en que debía estar defendiendo también. Al Madrid no le interesaba una prórroga con Jude, Ferland y Eder sin ritmo habitual de 90 minutos, así que debes dejar a tu jugador más rápido arriba. Si hay un fallo, puedes lanzársela para ver si puede resolver antes del 90 y evitar 30 minutos más en inferioridad. Había que evitar la prórroga con esas dos líneas de cuatro.
Mirad de nuevo como defendió el Madrid tras la expulsión del francés: hizo una línea de cinco defensas, metiéndose Valverde. Vinicius bajó a defender, pero no estaba muy pendiente de su par, y Jude estaba en segunda línea de un lado para otro, saltando a varios jugadores. No es de recibo esa defensa. Deberían estar en dos líneas de 4 como estacas, con un radio de acción limitado cada uno de los 8. El Bayern se dio cuenta rápido de la situación, y metieron piezas en la frontal para tener superioridad en segunda línea, y movieron el balón hacia la izquierda, donde Luis Díaz la terminó metiendo, mientras sus compañeros descolocaban a la zaga. Si os fijáis, Laimer estaba libre en la derecha para meterse al área. Si no hubiera tirado Díaz, tenía ese pase a placer. El Madrid defendió fatal la jugada, y el Bayern lo leyó enseguida.
El Madrid no supo cómo jugar con diez desde el momento que expulsan a Camavinga. Eso se entrena. El Bayern supo cómo atacarle cuando vio el error. Eso se entrena también.
El Madrid fue eliminado porque no tiene fútbol suficiente para estar en la siguiente ronda. Fin de la historia. No seamos como los culés, quejándonos de árbitros cuando no toca. El árbitro lo hizo muy mal,pero nosotros lo hicimos peor sin saber leer el partido en todo momento. En LaLiga es muy distinto, el árbitro aparece hasta cuando sabes leer los partidos para hundirte, y ese no es el caso de la Champions. No nos vayamos al extremo, por favor, hablemos de fútbol mientras podamos, y en esta competición debemos hacerlo.
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Los presagios de muchos madridistas finalmente se confirmaron: la tragedia fue inevitable en Múnich. Salvo que medie un milagro en la liga, son dos temporadas consecutivas sin títulos, un back-to-back para el olvido que, puntual y cínicamente, tiñe aún más de blanco a nuestro querido Real Madrid.
Hemos visto, en esos dos años, un Primer Equipo que no ha sido capaz de motivarse… ni de motivarnos, independientemente de que el timonel fuese Ancelotti, Xabi o Arbeloa. Un variado elenco de entrenadores que no logró comprometer a sus jugadores con el esfuerzo y la intensidad necesarios (del juego hablaremos otro día).
A simple vista, se diría que muchas de las especulaciones en torno a las carencias de la plantilla no estaban del todo fundamentadas. Si bien el equipo es mejorable en determinadas posiciones —más creatividad y organización en el mediocampo, o la presencia de un delantero centro puro en el once inicial—, se ha comprobado empíricamente que los 25 jugadores que han conformado el vestuario blanco esta temporada eran capaces de competir y ganar a cualquiera. Eso sí, poniendo sobre el césped lo indispensable en cada partido.
Y la prueba se vio ante el Bayern. En el Allianz, ante decenas de miles de aficionados alemanes acostumbrados a ver a su equipo arrasar rivales como un ciclón incontenible, el Real Madrid mostró su cara más europea: la más temible para cualquiera que se cruce con nosotros en nuestra competición fetiche, la Champions. Contra todo pronóstico, logró infundir el miedo en el cuerpo a jugadores, suplentes, cuerpo técnico, aficionados y directivos de un Bayern espectacular en su imponente Allianz Arena.
Desde mi humilde punto de vista, la explicación radica en la falta de implicación de los jugadores, así como en la limitada capacidad —o los escasos recursos— de los entrenadores para motivarlos a implicarse
No fue hasta que el “hombre de negro” —nunca mejor dicho— intervino de forma decisiva que la eliminatoria dejó de depender exclusivamente de sus protagonistas. Y con ello no solo se diluyeron las aspiraciones del Madrid de volver a sorprender al mundo con una de sus gestas imposibles, sino también la posibilidad de que el Planeta Fútbol disfrutara de un desenlace natural para una eliminatoria que, en su capítulo final, rozó lo épico.
En cualquier caso, a lo que quiero llegar es a que el Real Madrid sí tenía plantilla para competir en Europa ante cualquiera, independientemente de que fuese mejorable. Y, por una regla de tres razonable, también la tenía para firmar una Liga mucho más digna que la que finalmente nos ha dejado, salvo imprevistos en las últimas jornadas.
Desde mi humilde punto de vista, la explicación radica en la falta de implicación de los jugadores, así como en la limitada capacidad —o los escasos recursos— de los entrenadores para motivarlos a implicarse. La dopamina y el cortisol resultan críticos en la máxima competencia. Cuando todo se iguala, como ocurre en el fútbol de élite, la motivación y la serenidad se convierten en virtudes indispensables para marcar diferencias que no siempre son notables a simple vista. La neurociencia del rendimiento demuestra que los niveles adecuados de dopamina influyen directamente en la predisposición al esfuerzo, mientras que un exceso de cortisol deteriora la precisión en momentos críticos. En la élite, donde la diferencia técnica es mínima, gestionar estos estados internos puede marcar la diferencia entre competir… o simplemente participar.
Del mismo modo que, en las tandas de penaltis decisivas, el control del estrés resulta vital para no fallar, cuando determinados partidos no despiertan por sí solos la motivación del jugador, el entrenador debe saber generar los estímulos adecuados que reactiven el compromiso competitivo de sus futbolistas.
Existen herramientas para ello, muchas de ellas fundamentadas en el establecimiento creativo de objetivos que vayan más allá de los evidentes. Por ejemplo, en lugar de apuntar únicamente a esos tres puntos aparentemente “asequibles”, pueden fijarse metas alternativas: superar una racha de victorias consecutivas, encadenar porterías a cero, alcanzar un registro inédito de goles en un partido, mejorar el índice de recuperación del balón tras pérdida… Pequeños desafíos que mantienen encendida la tensión competitiva. Objetivos a corto plazo que son más visibles para los jugadores que los que están aún demasiado lejos como para ser motivantes.
Cuando el contexto no invita a la motivación por sí solo, los objetivos individuales y colectivos que el cuerpo técnico sea capaz de diseñar pueden marcar la diferencia entre un equipo plenamente comprometido en cada partido y otro que se pasea sin colmillo, viendo escapar puntos aparentemente sencillos que, de repente, terminan costando una Liga.
Ojalá quienes comandan nuestra histórica institución hayan tomado buena nota de estas dos últimas temporadas “blancas” y tengan meridianamente claro lo que no puede volver a suceder
Asimismo, el sistema de rotaciones también influye en el mantenimiento de la motivación, independientemente del atractivo intrínseco del partido. Disponer de jugadores menos habituales enchufados y preparados para rendir ofrece una garantía adicional para que, incluso en escenarios menos seductores para quienes están acostumbrados a medirse con la élite europea, el once que salte al terreno de juego satisfaga siempre las justas expectativas del madridismo, al menos en términos de garra e intensidad (dando por supuesta la calidad de los futbolistas del Real Madrid).
Y, como último apunte, también considero que la filosofía del Madrid —fundamentada en el orgullo, la fe inquebrantable y la lucha sin tregua “hasta el final”— garantiza su presencia competitiva si en la alineación contamos con jugadores que la lleven grabada en el alma y en la piel, como nuestros canteranos. No se trata de alinearlos por decreto, sino de recordar que este factor puede no ser menor cuando se analiza la pérdida de puntos derivada, aparentemente, de la falta de motivación y compromiso.
En situaciones como esta, lo mejor es mirar hacia el futuro, pasar página y, eso sí, evitar el pecado de repetir los mismos errores. Fallar nos acerca a la excelencia… pero solo cuando somos capaces de aprender de nuestros fallos.
Ojalá quienes comandan nuestra histórica institución hayan tomado buena nota de estas dos últimas temporadas “blancas” y tengan meridianamente claro lo que no puede volver a suceder.
¡Hala Madrid!
Buenos días. Es muy difícil que haya alguna afición que obtenga más alegrías con lo que hace un equipo que no es el suyo que las que obtienen los madridistas con lo que hace el Atleti. Y no es porque los madridistas odien al equipo colchonero (no lo odian: tienen cosas más importantes en las que ocuparse), sino porque de este modo pueden resarcirse del odio (esta vez sí, y absolutamente irracional) que los colchoneros les profesan a ellos.
En medio de una temporada de auténtico horror (si bien nos aferramos aún a las remotísimas posibilidades en liga), los blancos debemos agradecer a los vecinos capitalinos la cantidad de alivios (menores, pero alivios) que nos están brindando. Más, desde luego y por desgracia, que nuestro propio equipo.
Hace tan solo unos días, el equipo del Cholo llevaba a cabo una labor higiénica muy agradecible: eliminar de la Champions al club que se compró el sistema arbitral durante un mínimo de 17 años, emputeciéndolo todo. Antes, los había eliminado también de la propia Copa del Rey, en otra labor de limpieza que ni Mr. Proper, aka D. Limpio. Es por ello que ahora, ante una nueva desdicha propia del proverbial Pupas, ante esta dolorosísima derrota ante la Real, nos sentimos moderadamente felices, si bien también razonablemente culpables por ello. Al fin y al cabo, les estamos eternamente agradecidos por el daño practicado esta temporada al club cliente de Negreira. Y tampoco podemos gozarlo del todo al ser el ganador un club que acoge en su afición un buen porcentaje de cafres que no son capaces ni de respetar un himno.
En fin. El caso es que el Cholo, entrenador mejor pagado del orbe, sigue siendo un serial loser que no ofrece la menor señal de ser capaz de reinsertarse al mundo de los triunfadores. Sin embargo, de manera pasmosa, ni él ni su equipo encajan críticas jamás. Ayer fueron derrotados por un equipo animoso al que triplican en presupuesto, pero lo del presupuesto solo lo sacan a colación cuando juegan contra el Madrid.
Diego Pablo Simeone, amigos, se levanta 200 millones al años. Esta es su cosecha de títulos.

Bien es verdad que aún tiene a su equipo en liza en la Champions, nada menos que en semifinales, pero está facturando una liga de mierda, y las posibilidades de alzarse con el gran entorchado europeo, andando por medio nada menos que PSG, Bayern y Arsenal, son francamente magras.
Las primeras planas del día reflejan, de manera en general edificante, el triunfo de la Real, que se sustentó sobre la base de un gran esfuerzo colectivo y del acierto en los penaltis del guardameta Unai Marrero. Julián Álvarez lanzó el suyo a un solo toque esta vez, pero no por ello la mandó a la red. En el consejo de redacción de La Galerna hay un par de filorrealistas con corazón blanquiurdín por cuya alegría nos alegramos. Cabe ser del Madrid y de otro mientras se sea del Madrid. Nada que objetar, y felicitaciones.
De lo que no hablan las portadas del día, ni señala tampoco ningún gran medio en letra pequeña, es del manifiesto doble criterio del atroz Arberola Rojas. Ayer sí pitó penalti por un manotazo de Musso en área atlética, en una de esas jugadas que todo el mundo llama “residual”. No obstante, en partido también copero del año pasado, también con la Real pero con el Madrid de adversario, el mismo colegiado no se dignó a indicar el punto fatídico por una bofetada idéntica de Remiro a Bellingham.

En fin, amigos. El negreirato aplica políticas diferentes al Real Madrid y al resto de equipos, tal vez porque, en el fondo, nadie considera que el Real Madrid merezca realmente justicia y equidad arbitral. Es el que más dinero tiene y el que más títulos ha ganado, y por tanto ha de joderse si se le aplican las normas de manera distinta, con lo que queremos decir siempre más perjudicial.
El negreirato, por supuesto, no es el único motivo por el cual la temporada va como va (aún no ha terminado). Hay otros, que tienen que ver con el propio equipo. Sobre lo endógeno podremos opinar, aunque probablemente sepamos menos que todas las partes implicadas dentro del club. Sobre lo exógeno, en cambio, sabemos todos los mismo, es decir, que disputamos cada año una competición corrupta, organizada por enemigos del Real Madrid y arbitrada por sus tentáculos en el CTA, donde a juzgar por lo que vemos no sería de extrañar que siguiera medrando e influyendo un nuevo Negreira.
Pasad un buen día.
¿Les gusta de verdad su profesión? Porque con Angus Young no hay duda, pero con los de blanco, sí
Buenos días. No quedará ahí fuera nadie que no sepa que esta noche se juega la final de la Copa de SM el Rey, cuyos contendientes serán el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. Sobre tal evento, y en preparación del mismo, versan la mayor parte de las portadas del día, por ejemplo la de Marca.
Al celebrarse la final en Sevilla, como es tradicional, Marca ha tenido la ocurrencia de vestir la Torre del Oro de rojiblanco y txuriurdin. La foto es pura IA, por supuesto, o sea, nadie se ha subido al emblemático edificio a orillas del Guadalquivir para poner esas banderas, y menos mal, porque los sevillanos son muy suyos con sus cosas (y no digamos que hagan mal con serlo, cuidado). El caso es que, con todo el respeto y como se comprenderá, nosotros nos fijamos más en el faldón del diario marquista, donde constan sus referencias al Madrid.
“Solo un milagro salvaría a Arbeloa”, no suelta el gallardismo, con melodramatismo digno de mayor causa. A este respeto, nuestro editor Jesús Bengoechea ya mostró ayer, en esta misma tribuna, su opinión favorable a la continuidad del técnico salmantino. En La Galerna siempre hemos sido muy de milagros, y en el madridismo en general. Hágase este, especialmente si Arbeloa es capaz de culminar con dignidad lo que queda de liga. ¿Cabe incluso soñar aún con una alineación planetaria que desemboque en ganarla? ¿Es ese el milagro del que habla Marca? ¿Es pecado soñar con un par de batacazos culés que les pongan nerviosos antes del mal llamado clásico que está en el horizonte? La liga está en una lengua que mezcla etrusco, sánscrito y chino mandarín, razón por la que no conviene perder de vista la opción de ganarla, a despecho de tantas cosas, incluido el propio Madrid.
Junto a la foto de Arbeloa, se nsa informa de la noticia que ayer pintó una sonrisa en las mustias caras del madridismo, a saber, la clasificación para la final de Youth League por parte del equipo blanco de la categoría. El partido fue tremendo, digno de concitar el orgullo y la confianza en el futuro gracias a los chicos, y tuvo por protagonista indiscutible al portero Javi Navarro.
Apunten ese nombre, madridistas. No solamente paro tres penaltis en la tanda, los cuales os recomendamos encarecidamente que repaséis en los extractos que se encuentran en las redes sociales. Todo su partido fue memorable, con paradas estratosféricas y transmitiendo a sus compañeros una sensación de seguridad muy notable. Fíchese a este chico. (Ah, no, que ya lo tenemos fichado, y menos mal, que así podemos resarcirnos un poco de los pormenores lúgubres de una temporada insalubre).
As elige para su portada hispalense un monumento distinto, en este caso la Plaza de España, lugar donde se rodaron algunos pasajes de algunas de las entregas más lamentables del serial Star Wars. Para Guerra de las Galaxias, la que se le presenta al Real Madrid en el próximo mercado de fichajes con la necesidad de mejorar su plantilla en un contexto de petrodolarismo. Dios nos proteja.
As pone la copa en el centro de la plaza y titula “Busca Rey”. La Copa se llama Copa del Rey, y por eso te enseñan la Copa y sugieren que le falta un Rey, o sea, suponemos que un campeón. Es un juego con el nombre de la competición, ¿lo pilláis, o no sois tan brillantes como los portadistas del medio prisaico?
El que nos consta que lo ha pillado ha sido Felipe VI, a quien no le ha hecho mucha gracia que en As hagan como si la Copa no tuviera ya Rey designado, monarca que además da nombre al torneo. Tampoco sabemos qué tal sentarán a Felipe los previsibles silbidos y abucheos, tradicionales también cuando uno de los finalistas es un equipo de la periferia vascocatalana. La defensa de los símbolos nacionales quedará a cargo, en este caso, de la otra afición, entre quienes se encuentran, paradójicamente, firmes partidarios de otra versión de la bandera, con otro escudo, digamos. Se harán notar a buen seguro.
Por supuesto, en La Galerna apelamos a la conciencia cívica (si la hubiere) de la radicalidad para que se respeten los símbolos patrios y todo sea edificante. Sean originales y métanse con el Madrid. Dejen en paz a Felipe VI, quien, a diferencia del club blanco, estará presente y podrá defenderse. Canten mejor contra el Madrid, que ya sabemos que es lo que más les gusta y desahoga. Bastante nervioso estará ya Felipe, anhelando la victoria de su equipo. Métanse mejor, por ejemplo, con Vinícius. Lo que el racismo ha unido que no lo separe la Copa.
Concluimos con la prensa cataculé, que está a sus cositas pero le dedica un recuadro sañudo a Vinícius a través de Sport.
Desde lejos da toda la sensación de que el portadista de Sport se ha quedado con las ganas de continuar más allá en su enumeración de catastróficas desdichas de Vinicius, de las que parece obtener un placer casi lindante con lo sexual. "Cada día más discutido, en la cuerda floja, sin ofertas, y además le ha dejado la novia y le han quitado el bocadillo en el colegio¨. Nos cuentan que llegó a escribirlo tal cual, en pos del orgasmo, pero luego hubo de editarlo porque no cabía. Pajillus interruptus. Otra vez será.
Y poco más, amigos. La liga hay que seguir combatiéndola por cuasimposible que esté. Al término matemático de su disputa, habrá que empezar a pensar muy seriamente qué hacemos con este Madrid.
O, mejor, empecemos ya.
Pasad un buen día.
En la ida de la final de la Copa Intercontinental de 1960 se midieron el mejor equipo de Europa, el Real Madrid, y el de Sudamérica, los uruguayos de Peñarol. Pepe Santamaría llevaba tres años en el conjunto blanco, y esta competición le permitía regresar a jugar a su tierra. El defensa tuvo diferentes actuaciones de leyenda en su etapa blanca en encuentros contra el Atlético de Madrid, Atlético de Bilbao, F.C. Barcelona o en la final de la Copa de Europa de 1958 contra el AC Milan. Pero aquella contra Peñarol concentró numerosos elogios en analistas, periodistas y medios de ambos continentes.
Santamaría se había hecho futbolista en las filas de Nacional y su gran rival deportivo siempre ha sido Peñarol, por lo que el partido suponía un desafío especial para el zaguero. A lo largo de su vida declaró siempre su amor por el cuadro carbonero, y es que cada partido contra su eterno adversario era una gran batalla. Como habló en la revista Túnel en 2016, la rivalidad entre ambos conjuntos uruguayos “es muy grande y va más allá de lo que sucede en el campo”. También en la revista uruguaya Estrellas Deportivas alabó esos partidos porque como ese “no hay otro en el mundo. Nuestra rivalidad es insuperable. Vivimos todo el año pensando exclusivamente en esos encuentros y ello provoca un estado tan especial que el jugador necesita mucha frialdad para superar con éxito ese compromiso. Los uruguayos, desde que nacemos, los de Nacional queremos ganarle a los de Peñarol y estos a los otros. Y así la tensión es cruel. El jugador llega a mortificarse y hay que estar realmente muy bien templado para superar ese ambiente”.
Santamaría se había hecho futbolista en las filas de Nacional y su gran rival deportivo siempre ha sido Peñarol, por lo que el partido suponía un desafío especial para el zaguero
Peñarol conquistó la primera edición de la Copa Libertadores en 1960 ante Olimpia de Asunción, y con la creación de la Copa Intercontinental desafió al cuadro madridista que ya era pentacampeón de Europa. El equipo carbonero contaba con una delantera excepcional que en Sudamérica había demostrado un nivel sobresaliente. El quinteto estaba formado por los uruguayos Cubilla, Hohberg y Borges, el argentino Linazza y el ecuatoriano Alberto Spencer. A Hohberg y Borges el central madridista los conocía bien, puesto que había compartido momentos con ellos en la selección uruguaya y los tres acudieron con La Celeste al Mundial de Suiza’54.
El partido se programó para el 3 de julio, nada más acabar la temporada en España, pero con Peñarol en pleno apogeo de su curso futbolístico. Apenas dos semanas antes habían levantado la Libertadores, mientras que los madridistas perdían en la final de la Copa ante el Atlético de Madrid. También era importante el factor climatológico, con una España recién entrada en el verano a la vez que en Montevideo comenzaba el invierno.
El equipo blanco viajó el 29 de junio, en un vuelo de 14 horas con escala en Buenos Aires, hasta llegar a Montevideo. Su recibimiento en el hidropuerto fue apoteósico, con las instalaciones abarrotadas de aficionados e hinchas que querían ver de cerca a los madridistas. Todos los periódicos abrían con información del partido y dos jugadores acaparaban la atención. Uno, Di Stéfano, el mejor jugador del mundo, al que todos querían ver en directo; y el otro, Santamaría, por volver a la ciudad que nació y enfrentarse a Peñarol, el gran adversario del equipo cuya camiseta se había enfundado durante una década en Uruguay hasta su fichaje por el Real Madrid.
La lluvia caída en la capital uruguaya durante las horas previas al partido y también en el transcurso del juego fue abundante, y afectó de manera decisiva al césped del estadio Centenario de Montevideo. El terreno de juego fue un auténtico barrizal en el que practicar un buen fútbol se hizo imposible. Pese al mal tiempo la expectación por el choque había causado sensación en Montevideo y, aunque la cifra de entradas vendidas de manera oficial era de más de 71.000, en las gradas, según las crónicas, se superaron los 80.000 espectadores.
Santamaría compartió zaga madridista con Pachín y Marquitos. El partido en general para los cronistas fue pobre en calidad, pero muy alto en cuanto a intensidad. Hubo varias ocasiones por ambos bandos y terminó empate a cero al imponerse las defensas a los ataques. Si en el aspecto ofensivo los elogiados por parte merengue fueron Di Stéfano y un Del Sol que sorprendió a muchos que no le conocían, en defensa se agigantó la figura de Santamaría, que recibió fantásticas críticas y loas a su actuación siendo clave, además, sacando un balón bajo palos. Al final del duelo habló con la prensa de su país y recalcó que “dentro de un conjunto como el aurinegro, que sabe jugar con el balón, se destacaron sobre sus demás compañeros los integrantes de la defensa, en particular Gonçalves y Salvador”. Agregó luego que “en España las posibilidades de ambos resultan más o menos como aquí en Montevideo”.
"Santamaría salía siempre victorioso. En el bloque defensivo español destaca. Es más jugador que el resto”
En España, en la crónica del diario Marca firmada por Nemesio Fernández Cuesta tuvo la mejor nota (de 3 puntos) junto a Di Stéfano, y su labor fue valorada como “eficiente conteniendo la ofensiva dirigida por Spencer”. En Pueblo, escribió Gilera que Santamaría lideró la “seguridad firme” en defensa. En el diario Ya destacaban que “taponó brechas y numerosos españoles aquí residentes aplaudieron su espléndida colocación”. En el diario Arriba el enviado especial Jaime Campmany ponía el foco en que “Santamaría fue un puntal del bloque defensivo”. Por su parte, en 7 fechas apuntaron que “destacó la figura de Santamaría brillando a gran altura”. Por último, la Agencia Mencheta en una crónica telefónica desde Montevideo describió el juego del central como “un auténtico control de la defensa, atento a su cometido y al de sus compañeros de línea”.
En publicaciones del viejo continente, como la revista francesa Football Magazine, se pudo leer que “la calidad defensiva del defensa central poderoso Santamaría progresa en cada partido”. Mientras que el famoso periódico italiano La Gazzetta dello Sport señaló que “el juego efectivo del central Santamaría era de todo menos extraño”.
Al otro lado del océano también se puso en valor el juego, la aptitud defensiva y el nivel de Santamaría, que se coronaba como el mejor defensa del mundo. En el periódico uruguayo El Bien Público este fue el comentario sobre su actuación individual: “Lo mejor de la defensa fue el rubio exzaguero tricolor. Lució mucho en el juego por elevación, y por bajo quitó siempre, siendo el ‘alma’ de esa defensa. Aunque su modalidad haya sido cambiada tiene la misma efectividad y un gran estado físico”. Por otro lado, en la revista argentina Goles le evaluaron como “barrera infranqueable como colaborador de su propia defensa y como paciente y agudo elaborador de ataques y generador de apoyo”. En otra publicación mítica del mismo país, El Gráfico, la crónica de Ernesto Lazzatti exaltaba al hispano-uruguayo en estos términos: “Santamaría, un número cinco que juega como zaguero centro, hace zona, no va tras la marcación de un jugador determinado sino que espera en las inmediaciones de su arquero a quien se proyecte como peligro inminente. En su función emplea movilidad, es dúctil en la obstrucción y el quite y cuando le dan tiempo trata de salir jugando”. En Chile, por ejemplo, la revista Estadio que “la delantera local no tenía entradas como las del rival porque Santamaría salía siempre victorioso. En el bloque defensivo español destaca. Es más jugador que el resto”.
Santamaría en su posición de defensa fue un innovador y creó un estilo diferente, en una época en la que los defensas eran fuertes, contundentes, rudos y sobre todo expeditivos en las marcas. Se complicaban poco, no intentaban jugar la pelota y su principal objetivo eran el despeje y que si pasaba el balón no lo hiciera el delantero. En varias entrevistas, cuando le preguntaban por su labor y sus características, Santamaría dejaba claro que era un central distinto al resto. En Don Balón afirmó que su principal característica era que “construía desde atrás. Yo empecé a hacer ese juego, creo que gustó, que dio resultado y por eso mantuve la titularidad. Yo jugaba más sobre el delantero centro en punta que hoy en día se mueve mucho, procura llevarse a su marcador; entonces se quedaba ahí y había que marcarlo y estar atento a los cruces de los laterales por si había extremos veloces. Yo procuraba quitarle la pelota al contrario y dársela al compañero mejor colocado o que no tuviera a su par encima. Fui un defensa técnico. Siempre he creído que el fútbol se construye desde la defensa”. Por su parte, en la revista Túnel le pidieron una definición como jugador: “Corría todo el partido. Fui un jugador muy trabajador. Muy esforzado en solucionar problemas dentro de la cancha. Iba bien por arriba y salía jugando por abajo. Fui volante central y back derecho. Mi misión siempre fue robar la pelotita y desde atrás jugarla bien. Y como defensor, jamás dejar que el atacante se acerque a menos de diez metros del área para que no sorprenda desde fuera del área”.
Dos meses después, Peñarol devolvió la visita a los madridistas y se llevó una goleada. Los blancos vencieron por 5-1, e inauguraron el palmarés del nuevo trofeo. Santamaría, en una entrevista años después en el diario Marca, explicó que aquel triunfo fue “uno de sus mejores recuerdos, un momento estelar y es probable que fuera la ocasión de terminar de proclamar al Madrid como el mejor equipo del mundo”.
Fotos: Alberto Cosín
Buenos días, galernautas. Aún nos duele la eliminación ante el Bayern de antes de ayer. Algunos todavía no sabemos cómo afrontar lo que queda de temporada (¿o cabría llamarlo no-temporada?). Restan siete partidos de la MLN, cada jornada más mefítica. Como si estuviéramos cerca del horizonte de sucesos de un agujero negro, serán siete fechas, pero se sentirán como siete años. ¿Qué aliciente tendrá ver el martes próximo el encuentro de nuestro equipo contra el Alavés? ¿Cómo motivarnos para mostrar el mínimo interés en una competición corrompida, en la que por deméritos propios y ajenos no tenemos apenas posibilidades?
Podemos caer en el vicio solitario o colectivo del pajiplantilleo pero, cuando hayamos apurado todas las bases de datos y combinaciones deportivas y financieras posibles, nos daremos cuenta de que solamente han pasado cuatro o cinco días y que queda un páramo por el que debemos transitar hasta el final de temporada. Por si todo esto fuera poco, muchos de nuestros jugadores se enfocarán en el Mundial. Visto cómo ha rendido alguno, casi mejor, la verdad.
La prensa presuntamente deportiva lleva a sus portadas un asunto de capital importancia para ellos, nada menos que la compra de un equipo de Cornellá por parte de Messi. Colosal. Fabuloso. Sensacional. Oh. Ah. Disculpadnos si no nos derretimos con la misma premura que los aspirantes a epígonos del argentino. Qué fatiga.
Marca usa para su cubierta el mismo argumento principal, o sea, lo de Messi, pero no ahorra el hacer sangre con el Madrid con una de sus célebres encuestas. Al parecer, han preguntado a los lectores de su nunca bien ponderada web a qué jugadores del equipo blanco hay que poner en la frontera, y nos presentan los resultados como si esta ocurrencia fuera una medición fiable del sentir del madridismo.
El truco es tan viejo y artero que da vergúenza tener que volver a desmontarlo. En encuesta votarán algunos madridistas, qué duda cabe, pero al estar abierta introducirán sus muy honorables sentencias, también, hinchas del club cliente de Negreira, del Atleti, del Sevilla y del Talavera. Nos consta que Cristóbal Soria, Miguélez el ultra atlético del ABC, Joan Gaspart y Albelda depositaron su voto cibernético en diferentes horas del día y de la noche. Querer hacer pasar esta encuesta como la opinión del madridismo, amigos de Marca, es un intento de fraude, ni más ni menos. No es el primero, y de sobra sabemos que no será el último. En los tiempos convulsos que vive el madridismo, sabemos quiénes son amigos y quiénes no.
Cada cual puede tener sus quinielas predilectas respecto a qué jugadores querría ver fuera de la plantilla, aspiraciones que la realidad probablemente repela con la fuerza que traen consigo los contratos, las voluntades, el mercado y la verdad que a veces no es triste pero lo que no tiene es remedio, como canta Serrat.
Solamente As rompe la unanimidad, que no la aclamación, pues esa ha ido toda para Leo. El principal argumento de su portada es lo que han denominado “Caso Arbeloa”, que no es más que el repertorio de escenarios que pueden darse respecto a don Álvaro. Puede continuar al frente del Real Madrid o puede ser reemplazado por otro. (Jesús Bengoechea aboga hoy por lo primero, como podéis leer en La Galerna). Con todo, esa serie de obviedades mezcladas con elucubraciones que parecen más supositorio que suposición, son lo más parecido a una información potable que ofrecen los rotativos deportivos patrios.
Pasad un excelente día.
“Si gana liga o Champions, seguirá”. Esta frase ha sido moneda de uso común desde que Álvaro Arbeloa se ha sentado en el banquillo del Real Madrid. Nunca fue una consigna oficial, pero se manejó de boca en boca con el peso de lo inexorable. A lo mejor, con el equipo ya eliminado en Champions y la liga en etrusco (aunque aún no sentenciada), ha llegado la hora de darle una vuelta. Yo se la doy desde una gran estima personal por Álvaro, lo aclaro ya por si el lector decide, legítimamente, aplicarme ese sesgo.
“Si gana liga o Champions, seguirá”. Otros decían “Solo si gana liga o Champions, seguirá”, y ahí está el matiz. ¿Qué criterios, en términos de “ganar” (o sea, los términos más madridistas posibles), cabe introducir en la ecuación de manera que no estén matizados de manera automática por la tozuda realidad? Al fin y al cabo, ganar la liga se ha demostrado empresa poco menos que imposible por razones exógenas, a saber, la tirria ya indisimulada del CTA, plasmada de manera icónica en la sangre de Mbappé ante el Girona, una fechoría de tantas en realidad.
Es verdad que Álvaro no ha logrado el compromiso total de sus jugadores en todos los partidos ni un juego siempre convincente (registramos encuentros tan lamentables como el del Getafe o el del Mallorca), pero en líneas generales la tónica ha sido de mayor claridad táctica, con una recuperación global, con matices, del rendimiento de hombres como Valverde, Vini, Trent o Huijsen. La liga hay que ganarla, claro, pero si tienes en cuenta el peso brutal del negreirato 2.0 y el de las desoladoras lesiones, hay que valorar el trabajo de un hombre que llegó sin apenas tiempo para trabajar, aplicó toneladas de sentido común, hizo prevalecer la meritocracia, recuperó el orgullo y otorgó a la cantera el papel que merece, sin que los canteranos le defraudaran.
Arbeloa ha demostrado saber sacar lo mejor de una plantilla que, gracias a él, ya no se ve tan deficitaria y descompensada como se intentaba vender desde la prensa y el madridismo de las redes
La liga (aún no oficialmente en la basura, por cierto) ha dado algunos partidos excelentes que nos hicieron retomar una fe extraviada, como Valencia y Villarreal fuera y Atleti o Real Sociedad en casa. Antes de que la segadora arbitral hiciera de las suyas, las señales en la competición doméstica eran promisorias. Con este condicionante, suena injusto que la variable no-ganar-la-liga sea la que señale la puerta de salida. Más bien se antoja que Arbeloa es el hombre adecuado para afrontar con entereza (y dispuestos a dar la necesaria batalla cultural) la gigantesca empresa de sortear la corrupción reinante y ganarle la competición en su sucia cara.
“Si gana liga o Champions, seguirá”. Ya hemos hablado de la liga. Sucede que ganar la Champions es por definición complicadísimo, y no parece que pueda culparse a Arbeloa de que este año tampoco se haya conseguido. Más bien se diría que no se ha logrado a pesar de su buen trabajo.
El partido en Lisboa, el 3-0 al Todopoderoso City y la eliminatoria contra el Bayern (en última instancia fallida, pero modélica en tantos aspectos) son señales que abogan por la continuidad. Arbeloa ha demostrado saber sacar lo mejor de una plantilla que, gracias a él, ya no se ve tan deficitaria y descompensada como se intentaba vender desde la prensa y el madridismo de las redes. Es una plantilla con margen de mejora y que debería estar más balanceada, pero que tal como está ha peleado con todas las de ganar contra los mejores de Europa. Quien ha hecho brillar esta respuesta a las críticas, aunque no haya alzado la Orejona, lo que siempre es muy difícil, ha sido Álvaro.
A expensas del resultado final de la liga, quizá convenga hacer prevalecer las sensaciones sobre la ausencia de metal. Sería casi una excepción en la historia blanca, pero tal vez valga la pena hacerla. Aparte de que ningún técnico, absolutamente ninguno, garantiza resultados, no hay en el mercado alternativas realmente ilusionantes. Lo que más ilusiona en estos momentos, aun con las dudas que toda decisión comporta, es soñar con una continuidad del juego observado en líneas generales, aun con excepciones, aun con flaquezas. ¿Por qué no confiar y encomendar, de cara al año próximo, el equipo al propio Arbeloa?
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Esa frase resume bastante bien lo que ha sido el Real Madrid esta temporada (y la anterior, pero no haré más daño) en términos de actitud, implicación y lectura competitiva de los partidos. Porque si algo ha quedado claro a lo largo del curso es que este equipo no tiene un problema de talento ni de capacidad para competir contra los mejores del mundo. Lo ha demostrado frente al Manchester City y el Bayern de Múnich. Posiblemente, junto al PSG, es de los equipos más dominantes del fútbol europeo, donde el Madrid ha ofrecido una versión reconocible, intensa, solidaria y muy distinta a la que venía mostrando en Liga y Copa del Rey.
La diferencia no ha sido de técnica, ha sido de intención, de orgullo, de querer hacerlo. El debate es inevitable: hasta qué punto es aceptable que un club como el Real Madrid o, mejor dicho, sus jugadores, solo muestren ese nivel de compromiso en partidos contados a lo largo del año. Porque da la sensación de que el equipo se activa cuando el escenario lo exige y se apaga cuando el rival no tiene el cartel de gala. Y eso, en un club como este, no debería ser negociable. No es lógico, ni sostenible, ni mucho menos perdonable a largo plazo.
En los grandes partidos se ha visto otra cosa. Se ha visto un equipo junto, con ayudas constantes, con una presión tras pérdida reconocible, con todos entendiendo el esfuerzo como una obligación compartida. Puedes discutir el planteamiento de Arbeloa en ese último partido, si fue el ideal o no, si te gusta más o menos la idea, pero al menos era una idea clara y los jugadores la ejecutaron con una intensidad que hacía tiempo no se veía de forma tan sostenida. Y eso, en el fútbol de élite, es básico. Puedes ganar o perder, pero si compites desde la unidad, siempre estás más cerca de todo.
Incluso en el análisis individual hay matices que sostienen esa lectura. Puedes criticar el nivel de Mbappé o Vinícius en determinados tramos de la eliminatoria, pero la realidad es que ambos terminan dejando cifras en el marcador, con gol o asistencia, en todos los partidos de máxima exigencia. Y al mismo tiempo aparecen otros como Jude Bellingham, que fue el jugador que más corrió del equipo en ese último encuentro, simbolizando perfectamente lo que debería ser la base de este proyecto: esfuerzo sin balón, compromiso constante y liderazgo desde el ejemplo.
El debate es inevitable: hasta qué punto es aceptable que un club como el Real Madrid o, mejor dicho, sus jugadores, solo muestren Alto nivel de compromiso en partidos contados a lo largo del año
El problema llega cuando se mira el resto del calendario. Porque la pregunta es evidente: qué pasa contra equipos como el Celta, el Getafe, el Rayo, el Osasuna, el Mallorca o el Elche. ¿Se juega con otra camiseta? ¿Se cobran distintos los partidos? Evidentemente no. Todo vale lo mismo, todo representa lo mismo y, sin embargo, la actitud no siempre ha estado a la altura. Y ahí es donde este Real Madrid ha perdido continuidad, puntos y sobre todo credibilidad en su regularidad competitiva.
Aquí hay un matiz importante, porque no se trata solo de intensidad puntual, sino de hábitos. Los equipos que dominan Europa durante años no lo hacen porque jueguen al máximo solo en las grandes noches, sino porque han convertido la exigencia en rutina. El problema del Madrid actual es que esa rutina aparece de forma intermitente. Y cuando dependes de la motivación del rival o del contexto, acabas siendo vulnerable incluso en partidos que en teoría deberías controlar sin sufrir.
La derrota en Champions duele, por supuesto, como duele cualquier eliminación en un torneo así, y más cuando se escapa en un tramo final, con ocasiones claras para haber cambiado la eliminatoria y con decisiones arbitrales discutibles. Pero lo que más pesa no es eso. Lo que realmente deja tocado al equipo es la sensación de que el “telón” que tapaba muchas carencias durante la temporada ha dejado de funcionar. La Champions actuaba como una especie de anestesia que maquillaba tropiezos en Copa o en Liga, pero cuando desaparece ese escudo emocional, lo que queda es la realidad completa del curso.
Esa realidad es incómoda. Porque el Madrid ha demostrado que puede competir contra los mejores, incluso ganarles con autoridad, pero al mismo tiempo ha evidenciado una desconexión preocupante en demasiados partidos del calendario doméstico. Como si la motivación fuese selectiva, como si la exigencia dependiera del rival. Y en un club de este nivel eso no puede sostenerse.
Los equipos que dominan Europa durante años no lo hacen porque jueguen al máximo solo en las grandes noches, sino porque han convertido la exigencia en rutina. El problema del Madrid actual es que esa rutina aparece de forma intermitente
Puedes aceptar perder contra un Bayern de Múnich en su casa, porque esto es fútbol y perder forma parte del juego incluso en los grandes equipos, pero lo que no puede pasar es quedarte sin objetivos a mediados de abril porque no has sido capaz de sostener la concentración durante toda la temporada. Esa es la parte más dura de todo esto. Porque cuando el equipo se enfrenta a rivales de máximo nivel, responde. Pero cuando baja el nivel del escenario, baja también el del compromiso. Y eso, a largo plazo, te condena más que cualquier eliminación puntual.
Se habla mucho de sistemas, de fichajes, de nombres propios, pero la raíz del problema parece otra: identidad competitiva. Saber quién eres en cada partido, no solo en los grandes. El próximo proyecto del Real Madrid debería girar en torno a eso. No solo en lo futbolístico, sino en lo mental. En la obligación de competir cada fin de semana como si fuera una final. En la idea de que no hay partidos opcionales. En entender que el escudo exige la misma entrega en febrero contra el Rayo que en semifinales de Champions.
Porque si eso no se corrige, dará igual el nivel de los jugadores o el sistema que se utilice. Y es ahí donde el mensaje se vuelve incómodo pero necesario. Porque al final no se trata de cuestionar el talento ni de negar lo que este equipo ha dado en momentos importantes. Se trata de exigir coherencia. De no aceptar que la excelencia aparezca solo cuando apetece. Y de recordar algo básico: en el Real Madrid, el nivel no puede ser una elección.
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Les comparto unos breves comentarios tras lo que sentí ayer por la eliminación en cuartos de final en el Allianz Arena:
-Anoche Álvaro Arbeloa se colocó él solo la soga al cuello al cambiar a Brahim por Camavinga, así como por otras decisiones.
-Eduardo Camavinga, que hace cuatro años prometía ser una leyenda de nuestro club, entró hace dos temporadas en barrena, no ha evolucionado, no es un jugador que se concentre en el juego y lo único que hace cada vez que sale (con muy contadas excepciones) es perjudicar al equipo. Esto lo ve cualquiera y Álvaro también lo tenía que haber previsto. Anoche Arbeloa —y me duele decirlo— no fue Arbeloa, y puso a un Camavinga desconcentrado, una vez más, en lugar de colocar a un Pitarch que le había sacado las castañas del fuego muchas veces en los dos últimos meses.
-A cuatro minutos del final, el Madrid estaba vivo y preparado para afrontar una prórroga y una posible tanda de penaltis, pero Camavinga lo tiró todo por la borda con un gesto infantil e insolidario hacia sus propios compañeros.
-Eduardo Camavinga tiene que salir del club este mismo verano. Cinco temporadas ya son suficientes para evaluarle y, desgraciadamente, no tiene categoría para ser jugador de nuestro Real Madrid.
-Arbeloa también se dejó guiar ayer por complacer a las estrellas antes que por las verdaderas necesidades del partido. La temporada al completo del Real Madrid estaba ayer en juego y mantuvo sobre el campo a dos jugadores, Mbappé y Vinícius, que no trabajaban en defensa por el equipo. En un partido de tanta exigencia, no es admisible que solo corran ocho de los diez jugadores de campo. Tenía, sin lugar a duda, que haber relevado a uno de ellos. En concreto a Vinícius, quien, como en la ida en el Bernabéu, no estuvo a la altura de las circunstancias ni de una eliminatoria de tanta importancia. Pero no se atrevió.
Ojalá alguna vez podamos batir al Bayern en una final de Copa de Europa. Y es que la primera parte de anoche en el Allianz Arena fue digna realmente de una finalísima de primer nivel
-En un tipo de fútbol como el actual, y hablamos de la superélite, no se puede competir contra un Bayern de Múnich con solo ocho jugadores de campo defendiendo. El aspecto físico es cada vez más decisivo. Lo mismo ocurre cuando, en estas alturas de la competición más exigente del mundo, un equipo se queda con un jugador menos por expulsión. Lo hemos visto estos últimos años con el FC Barcelona, también en su reciente eliminatoria contra el Atlético de Madrid. Jugar diez contra once en élite es muerte anunciada. Cuando Camavinga fue expulsado en el minuto 86, todos sabíamos que la eliminatoria se iba a ir por el desagüe. Luis Díaz tardó dos minutos en marcar, pero si no hubiese sido en ese momento, en la prórroga habría doblado las rodillas el Real Madrid igualmente. Por eso es tan importante tener jugadores que mantengan la concentración durante cada uno de los minutos que están sobre el terreno de juego (independientemente de que el árbitro no debería haber sacado esa segunda tarjeta amarilla, en la que Camavinga pecó gravemente de inmaduro). Los casos recientes de los Araújo, Cubarsí y Eric García, igual que el de Eduardo, demuestran una bisoñez inadmisible hoy en día en el fútbol de élite. Este tipo de errores cuestan perder un partido y, como ayer, también cuestan una eliminación.
-No quiero ser como los culés, por eso me niego a lanzar cañonazos ni llantos sobre el arbitraje. Aun siendo notablemente casero, como muchas veces en Europa, me apuntaré siempre antes a este tipo de arbitrajes que a cualquier atraco premeditado de los que contemplamos cada semana en nuestra mugrienta liga española.
-Por último, de los cuatro candidatos de este año para ganar la Champions League, todos mis fervientes deseos van para que sea el Bayern de Múnich quien levante el que sería su 7º entorchado. De los equipos que quedan, con diferencia es el equipo bávaro el único que puede salvar la dignidad de esta competición. Es un adversario noble, con valores y con una trayectoria histórica casi impecable. Ojalá alguna vez podamos batirles, como tantas veces hemos hecho, en una final de Copa de Europa. Y es que la primera parte de anoche en el Allianz Arena fue digna realmente de una finalísima de primer nivel.
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