Las mejores firmas madridistas del planeta

En estos días, como ocurre cada año cuando se acerca la final de la Copa del Rey, el día de partido y las jornadas posteriores, nos ha tocado escuchar todo tipo de argumentos sin demasiado sentido sobre lo que supone pitar o no el himno de España. Y conviene aclararlo desde el principio: cuando hablo de pitar el himno me refiero exclusivamente a eso, a los silbidos, no a cánticos, ni insultos, ni saltos en la grada, ni ningún otro comportamiento añadido. Solo al hecho de pitar. Y, aun así, sorprende comprobar cómo se juzga de manera distinta según cuál sea ese himno. Teniendo en cuenta además de dónde veníamos, hay aspectos que llaman especialmente la atención.

Por suerte o por desgracia, quienes escriben o hablan en medios y redes son, de algún modo, esclavos de sus propias palabras. Por eso sabemos que lo sucedido el otro día por parte de un sector importante de la grada de la Real Sociedad no se ha tratado de la misma forma que cuando, en Cornellà, se pitó el himno de Egipto. El motivo de fondo de aquella pitada me interesa poco; lo relevante es el hecho en sí. Lo ocurrido en aquel España-Egipto disputado en el estadio del Espanyol fue, sencillamente, lamentable. Una selección que llegaba con toda la ilusión del mundo para disputar un partido que, por muy amistoso que fuese, tenía un carácter histórico para ellos; jugadores que se enfrentaban a futbolistas a los que admiran; aficionados egipcios residentes en España que quizás nunca vuelvan a tener la oportunidad de ver a su selección en directo.

Sin embargo, cuando sonó su himno, gran parte de la grada se dedicó a silbar sin contemplaciones. Recuerdo perfectamente la cara de incredulidad de los cuerpos técnicos, el gesto de los futbolistas africanos mientras esperaban escuchar con orgullo su himno y apenas podían hacerlo. Aquella escena fue incómoda, triste e innecesaria. Desde este espacio, centrado únicamente en el fútbol y al margen de cualquier debate político, no hace falta explicar los motivos que hay detrás de esas pitadas. Nadie vive ajeno a la realidad. Todos sabemos qué hay detrás, tanto cuando se pita el himno de Egipto como cuando se pita el de España. Pero lo que me interesa subrayar es otra cosa: la falta de respeto que supone. Y la falta de respeto es exactamente la misma, independientemente del himno que suene.

Recuerdo también cómo, al día siguiente de aquel amistoso, los medios reaccionaron con dureza. Se habló de vergüenza, de imagen lamentable, de un comportamiento impropio de un país como España. Se habló de falta de educación, de intolerancia, incluso de racismo. Repito, hablo de los silbidos, no de los cánticos. Y, sinceramente, me pareció bien. Me pareció justo que se señalara una actitud que no dejaba en buen lugar a nadie. Porque, más allá del fútbol, aquel gesto transmitía una imagen muy pobre de quienes lo protagonizaron y, de rebote, del país que lo acogía.

hay pitadas buenas y pitadas malas, faltas de respeto tolerables y otras inaceptables, dependiendo del símbolo al que se dirijan. Y eso, además de incoherente, es profundamente injusto

Pensé entonces que ojalá esa misma firmeza se hubiera mantenido en otras ocasiones, especialmente cuando el himno silbado era el propio. No por darle más importancia, sino por darle exactamente la misma. Porque ese es el punto central de todo esto: la coherencia. Si algo está mal, lo está siempre. No dependiendo del contexto, ni del momento, ni de quién lo protagonice. Y si pitar un himno extranjero es una falta de respeto, pitar el propio lo es exactamente igual. Ni más ni menos. Por eso, cuando el otro día, frente al televisor, escuché los pitos al himno de España en una final entre dos equipos españoles disputada en territorio español, pensé que al día siguiente se iba a montar un revuelo considerable. Incluso, de manera ingenua, creí que al tratarse del himno nacional la reacción sería todavía más contundente. No porque deba serlo, sino porque veníamos de un precedente muy reciente en el que la indignación había sido unánime. Nada más lejos de la realidad.

Resulta que, en este caso, la libertad de expresión debía situarse por encima del respeto. Que pitar el himno de España sí podía considerarse un acto legítimo. Que la indignación se rebajaba hasta convertirse en algo anecdótico. Es verdad que, en medio de todo ese bochorno, me sorprendió gratamente escuchar a Paco González, el único que señaló la contradicción evidente: en este país nos llevamos las manos a la cabeza cuando se silba cualquier himno… salvo el nuestro. Y es ahí donde aparece el problema de fondo. No tanto el hecho puntual, que también, sino la doble vara de medir. Porque el mensaje que se transmite es que hay pitadas buenas y pitadas malas, faltas de respeto tolerables y otras inaceptables, dependiendo del símbolo al que se dirijan. Y eso, además de incoherente, es profundamente injusto. O defendemos el respeto siempre, o asumimos que no nos importa tanto como decimos.

En otros lugares, como Francia, pitar el himno nacional provoca la suspensión del evento, sea deportivo o de cualquier otra índole. Yo no soy especialmente partidario de la censura ni de las prohibiciones. Creo en la libertad de expresión, pero también creo que el respeto debería situarse siempre por encima. Personalmente, no se me pasaría por la cabeza pitar ningún himno, el de mi país o el de cualquier otro. No me nace, no lo entiendo y, sobre todo, no creo que aporte absolutamente nada. Porque, además, conviene recordar algo evidente: pitar un himno no cambia nada. No soluciona conflictos, no arregla problemas y no mejora la convivencia. Solo genera ruido, incomodidad y una imagen innecesariamente negativa.

Es un gesto vacío que, sin embargo, tiene un impacto enorme porque se produce en escenarios con millones de espectadores. Y el fútbol, precisamente por su enorme alcance, multiplica cualquier gesto, para bien y para mal. Si a todos los medios les pareció patética y ridícula la imagen que dio España al mundo el día del amistoso frente a Egipto, imaginemos la que damos cuando silbamos nuestro propio himno. Porque, más allá de debates ideológicos, lo que se ve desde fuera es simplemente un estadio pitando un símbolo que representa al país anfitrión. Y eso, se mire como se mire, tampoco deja en buen lugar a nadie.

Tenlo claro, si pitas el himno de España, o cualquier otro, tú tampoco te mereces el respeto de nadie

El fútbol tiene algo maravilloso: es el deporte más seguido del planeta. Pero también arrastra su cara menos amable: precisamente por su alcance masivo, siempre habrá un porcentaje considerable de maleducados y de paletos que confunden la libertad de expresión con la falta de respeto, que utilizan la grada como válvula de escape de frustraciones personales y que encuentran en el anonimato colectivo una coartada perfecta. Gente que cree que todo vale, que cualquier gesto es defendible si se ampara en la libertad individual, olvidando que la convivencia también exige ciertos mínimos. Y, probablemente, ese sea el verdadero problema. Que hemos normalizado comportamientos que, en cualquier otro ámbito, nos parecerían inaceptables. Que hemos asumido que en el fútbol todo está permitido. Y que, mientras seguimos discutiendo sobre si pitar un himno concreto está bien o mal, perdemos de vista lo esencial: el respeto debería ser siempre el punto de partida. Sin matices, sin excepciones y sin dobles raseros. Porque, de lo contrario, no estaremos defendiendo principios, sino simplemente justificando aquello que nos conviene en cada momento.

Quizás, si quienes protagonizan estas escenas pudieran verse desde fuera, si contemplaran sus propios gestos con la misma distancia con la que juzgan los de los demás, otro gallo cantaría. Pero mientras eso no ocurra, seguiremos asistiendo, año tras año, a la misma discusión, al mismo ruido y a la misma falta de coherencia. Y, lo que es peor, seguiremos dando por normal algo que, en el fondo, nunca debería haberlo sido. Tenlo claro, si pitas el himno de España, o cualquier otro, tú tampoco te mereces el respeto de nadie.

 

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En la era de los presidentes-espectáculo, décadas atrás, al entrenador lo destituía el sumiller de la noche a la mañana. Si la cena del presidente estaba bien regada, parafraseando a Milei, ¡Afuera! Caían entrenadores en Primera División como si les sacasen tarjeta roja. Y caían con saña. Nadie miraba el momento ni la oportunidad. Ni se agradecían los servicios. Quizá porque tanto los aficionados como los profesionales del fútbol eran de piel más gruesa, y había que cortar las olas de indignación popular antes de que llegaran a la orilla del palco.

Hoy se despide en bajito, con frialdad, e incluso con un café con leche presidencial, que ya no hace falta cogorza para armar la revolución. La experiencia de aquellos años frenéticos (¿alguien sabe realmente cuántos entrenadores tuvo el Atlético de Madrid de Gil y Gil y tal y tal?) nos dice algo impopular pero certero: cuando un mismo equipo de futbolistas consume varios entrenadores en poco tiempo, el que funciona finalmente no es el que traía más esperanza, más renombre, o métodos más brillantes, sino simplemente aquel que no es destituido. ¿Perogrullada? No lo creo.

Ancelotti, Xabi Alonso, Arbeloa. Temporada en blanco, con permiso de la Virgen de Lourdes y de Santa Bárbara, patrona de las matemáticas, y miraditas al banquillo. ¿Está haciendo Arbeloa mal las cosas? Si exceptuamos el lisérgico, incomprensible y definitivamente deprimente cambio de un gran Brahim por un tambaleante Camavinga en el minuto 61, no me atrevería a culpar al míster de casi nada de lo que nos ha ocurrido esta temporada.

No pocos en La Galerna están sugiriendo la urgencia de una revolución en la plantilla y dudo que haya muchos madridistas que opinen lo contrario. Considerados individualmente, tenemos enormes jugadores, los mejores del mundo en su puesto en muchos casos, pero sería estúpido cegarse a una realidad que ha estado una y otra vez presente a lo largo de toda la temporada: no acaban de funcionar como un equipo.

El Real Madrid de 2026 pide a gritos: romper el papel con la alineación base y sus posiciones y volver a empezar de cero

A partir de esa consideración se entrecruzan miles de teorías e hipótesis, que a menudo llegan lastradas por la inquina personal del que las emite hacia tal o cual futbolista, algo que también es lícito, pero que no contribuye a aclarar el debate. La segunda temporada entre calamidades es una magnífica oportunidad para hacer algo que el Real Madrid de 2026 pide a gritos: romper el papel con la alineación base y sus posiciones y volver a empezar de cero.

Entre las ideas que he visto en redes hay locuras geniales y locuras a secas. Se plantea, por ejemplo, la pregunta de qué ocurriría si Mbappé jugara en su banda. Se plantea también la importancia de volver a tener un delantero centro que sea eso, delantero centro. En el bando contrario, hay quienes critican que, con el francés, el Madrid parece jugar solo para él. Mi impresión es que eso no ha sucedido, porque sin duda habría marcado muchos más goles en esta segunda mitad de la temporada, aunque no estoy nada seguro de que él haya contribuido decisivamente al juego de equipo. Es una elucubración, por supuesto, porque nunca sabremos lo que Arbeloa le pide que haga en el campo.

Ya dije meses atrás que el síntoma más preocupante de este Real Madrid es que los jugadores discuten en el campo, durante el partido, una y mil veces. Discuten, conversan, debaten, llámalo como quieras. Eso no es normal en un equipo de élite, transmite una imagen de debilidad extraordinaria, y quizá explica la facilidad con la que este equipo se desploma anímicamente en cuanto se enfrenta a partidos coñazo sin el morbo de la Champions.

Hay mil combinaciones posibles en el campo que aún no se han probado, Arbeloa es un entrenador perfecto para experimentar con sentido común

Mención aparte merece la vieja demanda del centrocampista con capacidad de manejar la batuta y crear juego. Arda es un gran jugador y tiene muchas virtudes, pero imagino que estaremos de acuerdo en que no ha asumido todo el peso de esa responsabilidad. Valverde es un monstruo, lo hemos disfrutado en las últimas semanas, pero tampoco tiene ese perfil. Y así podemos repasar uno a uno a todos los del medio, comprobando con tristeza que ninguno reúne todas las características idóneas para esa función, por más que cada uno tiene sus propias e interesantes virtudes. Sería genial traer a un centrocampista creador, pero no dejo de preguntarme algo: ¿existe? Cuanto más veo la falta de ese jugador, más gracias doy a Dios —si cabe— por haberme permitido tantos años de felicidad con Lukita Modric en la plantilla.

En definitiva, me sumo a los que quieren la gran revolución, pero no solo a golpe de fichajes y despedidas —que también—. Hay mil combinaciones posibles en el campo que aún no se han probado, Arbeloa es un entrenador perfecto para experimentar con sentido común, y alguien en el club debería centrarse en analizar detalladamente por qué demonios estos chicos no logran jugar como un equipo.

 

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Lo peor de la temporada de nuestro equipo no ha sido la derrota. Hasta los miembros más desquiciados de una afición tan disparatadamente exigente como la del Real Madrid somos conscientes de que no se puede ganar siempre. En realidad, lo que nos ha llenado de desazón ha sido la forma de perder: esa percepción compartida de falta de filo, la ausencia de esa convicción callada que a menudo convierte los partidos del equipo blanco en una inercia victoriosa. No sólo es que este año todo pareciese aún más frágil que en la 2024-25, lo verdaderamente desgarrador ha derivado de la sensación de descontrol, desidia y de ahorro de esfuerzos sin plan ni propósito.

Los insiders que revolotean como dípteros alrededor de la institución han sugerido faltas de respeto a varios de los entrenadores. Ignoro si dichos rumores son ciertos, pero cualquiera que conozca la historia de los vestuarios del Madrid sabe que lo grave no está en que exista un ambiente de egoísmo per se. El egoísmo puede estimular la competitividad más feroz, recuérdese el caso de Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos y, en general, todo aquel Madrid de los Jerarcas. El problema aparece cuando se trata de un egoísmo frivolón, en el que el acomodo supera las ganas, como si el éxito pasado se hubiese convertido en una coartada blanda para el presente.

En este contexto de desasosegante decepción cada uno rumia el malestar como puede, y a menudo se recurre a la vieja táctica de erigir un tótem que sirva como muñeco del pimpampum. Habrá quien argumente que, objetivamente, resulta injusto focalizar las culpas colectivas en alguien; por otro lado, la respuesta vitriólica sale sola: cuando hay tantos culpables, al menos sabes que no vas a fallar acusando a un inocente.

En el caso de un servidor, la sucesión de esperpentos me hizo escoger a Camavinga, no tanto por una manía razonada, apoyada en estadísticas o en sistemas tácticos, como por una irritación doméstica, puramente emocional. Ni siquiera lo hice por el cliché de sus innecesarias pérdidas de balón o por su confusión entre talento y temeridad —cada vez más contenida, quién sabe si convirtiéndolo en peor jugador—: sinceramente, creo que para mí encarnaba, en sus hechuras y andares, esa actitud displicente, de levedad mal entendida, que tanto nos ha rechinado. El lector puede imaginarse lo que salió de mi boca con el episodio de la segunda amarilla en Múnich, de la misma manera que entenderá que no es reproducible en esta columna. Digamos que, de haber dependido su finiquito de mi mano, a partir de esa noche no hubiera vuelto a vestir la camiseta madridista.

Entre la pena y la nada, elijo la pena”. La pena, de algún modo, restituye un vínculo y hace mínimamente creíble el compromiso. La nada es la indiferencia, el dejar de sentir. Algo tan frecuente en la actualidad como incompatible con lo que siempre fue el Madrid

Sin embargo, unos días después leí cierta noticia que me hizo torcer el gesto. Según el Marca, Camavinga había llorado desconsoladamente en el vestuario, ante la congoja y el asombro del resto de sus compañeros. De repente, mi enfado se tornó amargo, y recordé aquella frase de un personaje de Faulkner en Las palmeras salvajes —posteriormente versionada en una extraordinaria canción por el único antimadridista al que respeto: Nacho Vegas—: “entre la pena y la nada, elijo la pena”. Puede resultar pueril, pero ese dolor de Camavinga me devolvió una forma de empatía que creía extraviada.

Vivimos en una época en la que la mayoría de los protagonistas de la industria del fútbol —el propio término supone, ay, una declaración de intenciones— se cuecen en una performance constante en las redes sociales, encapsulados en una burbuja de sonrisas impostadas, emojis y estupideces huecas. Esta actitud superficial —y, por qué no decirlo, niñata— genera una desconexión con el hincha, puesto que da la impresión de que sus errores y fracasos no les pertenecen del todo, o, peor aún, no les importan. Como si una eliminación de la Copa de Europa fuese apenas un contenido más que subir a Instagram el día siguiente.

De ahí que conmueva ver a uno de los tuyos quebrarse. No me engaño, soy consciente de que esa representación tiene una carga de ficción y no poco de infantilismo voluntarista por mi parte. Con toda seguridad, Camavinga lloraba antes que nada por él mismo y por su frustración íntima, quién sabe si también temeroso de su futuro contractual. Pero, al mismo tiempo, algunos necesitamos proyectar en ese gesto algo más amplio, casi colectivo.  Yo, al menos, necesito creer que le duele por todos y que carga simbólicamente con una parte de mi decepción.

Insisto en que el fútbol moderno, con toda su parafernalia, tiene un punto de frivolidad insoportable, y los hinchas auténticos se sienten —nos sentimos— expulsados cuando perciben —percibimos— que al otro lado todo es liviano, intercambiable y casi decorativo. “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. La pena, de algún modo, restituye un vínculo y hace mínimamente creíble el compromiso. La nada es la indiferencia, el dejar de sentir, el aceptar que todo da igual. Algo tan frecuente en la actualidad como incompatible con lo que siempre fue el Madrid.

En el Madrid la pena solo es aceptable si constituye el prólogo —breve— de la victoria

Llegados a este punto, conviene realizar una última aclaración. Esta columna no pretende construir un elogio estético del sufrimiento ni una reivindicación romántica de la derrota; al menos, cuando observé por última vez la camiseta de nuestro equipo, aún no le había salido ninguna raya roja. Dios nos libre de instalarnos en ese territorio autocomplaciente en el que perder adquiere una pátina poética que lo justifica todo.

En el Madrid el sufrimiento no tiene valor literario ni de refugio, sólo es un tránsito incómodo. De modo que la pena de Camavinga —y, con ella, la nuestra— solo tiene sentido si arde, si empuja, si se convierte en un motor. Desde luego que prefiero a un jugador que llora desconsolado que a uno que se encoge de hombros. Desde luego que prefiero el dolor de la decepción a la nada tibia. Sin embargo, no basta con sentirlo. No en vano en el Madrid la pena solo es aceptable si constituye el prólogo —breve— de la victoria.

 

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Buenos días, amics. Hoy es 24 de abril de 2026. Hace décadas que el fútbol español es ejemplo de corrupción y mala praxis para el mundo entero. Según la tradición clásica, un 24 de abril, pero de hace muchos siglos, cayó Troya. Los troyanos, convencidos de que los griegos se habían rendido y habían huido dejando un caballo de madera como ofrenda a los dioses, metieron el artilugio en la ciudad y organizaron una fiesta monumental para celebrar el fin de la guerra, lo que propició que los soldados salieran de la panza del caballo, abrieran las puertas al resto y la cosa acabara como acabó.

Virgilio describe cómo los centinelas se atiborraron de comida y bebida hasta perder el conocimiento: Invadunt urbem somno vinoque sepultam (Invaden la ciudad sepultada por el sueño y el vino).

Hoy, más de tres mil años después, los centinelas, la prensa, no son soldados embriagados, sino corderos silenciados. El silencio de los corderos bien cebados con pienso de marca branded content que suministra la Liga presidida por Javier Tebas. Debe de ser un alimento de calidad: tanto por su precio, más de 36 millones de euros solo en la campaña 2022/23, como por sus efectos en los borregos, quienes tras ingerirlo se sumen en el silencio editorial más absoluto para los casos que afectan a la mano que les da de comer.

La mano que les da de comer un día sufrió una inspección de Hacienda. Ante la posibilidad de ver embargado su nada magro —y creciente— sueldo, pidió ayuda al lobo. Este lobo, ataviado con una zamarra azulgrana, a pesar de estar famélico, pues muchas garrapatas —argentinas, españolas, de países del Este, y de otros lugares del mundo— habían succionado su dinero, ejercía de una suerte de banquero del ecosistema: pagó millones durante lustros al pastor Negreira a cargo de los mastines con pito y, ante la llamada de auxilio de su amigo cebador Tebas, actuó como principal prestamista para solventarle su problema personal.

El Español hace tiempo destapó el caso. Estos días, en La Galerna, gracias al espléndido trabajo de Germán Urrutia, hemos publicado nueva información relevante. Sin embargo, los corderos, amodorrados por el pienso, callan ante el escándalo.

Marca, hoja parroquial de Tebas, cree que la connivencia económica entre las altas esferas del fútbol y el club cliente de Negreira no es relevante. Sí lo es la anécdota de ver a Florentino como juez de silla en la exhibición tenística del Bernabéu entre Nadal, Courtois, Sinner y Bellingham.

El diario de Gallardo entiende que no tiene entidad suficiente para hacerse eco de ello el hecho de que el Barça concediera un préstamo de cuatro millones y medio a Audiovisual New Aged AIE, sociedad de la que Javier Tebas era administrador único, para hacer frente a una inspección de Hacienda, y que Joan Laporta, al regresar al palco en 2021, lo ratificara, aunque lo diera por perdido perdido después. Sin embargo, en las cuentas de la temporada 2022/23, el club revirtió de repente algo menos de tres millones de euros de esa provisión por deterioro. Nada, casualidades y minucias.

Es de pura lógica biológica y financiera que nadie quiera morder la mano que le rellena el comedero.

Por eso se traga con todo. Se traga con las palancas fantasma, con el fair play de plastilina y, por supuesto, con el Caso Barça-Negreira. Y aquí es donde se cierra un círculo perfecto del mayor conflicto de intereses de la historia del deporte: el Barça paga durante dos décadas al vicepresidente de los árbitros (el CTA). A su vez, el FC Barcelona financia al entorno de Javier Tebas. ¿Y quién es Javier Tebas además del jefe de LaLiga? Efectivamente, el vicepresidente de la RFEF. ¿Y de qué estamento depende el CTA? Bingo, de la RFEF.

El círculo de influencia y vasallaje es absoluto. Pagador de Negreira, prestamista de Tebas, y todo amparado bajo el paraguas federativo. La obra maestra se corona con el hilarante detalle, que también han mantenido en silencio los corderos, de que las imágenes del VAR que deciden los partidos las sirve una empresa cuyos socios son avalistas o accionistas de firmas vinculadas al propio club azulgrana. Juez, parte, prestamista, realizador y vicepresidente. Todo queda dentro de la familia.

Con este estercolero institucional de fondo, As abre con que «Messi es la bomba del año» porque aterriza como nuevo propietario del Cornellà. Podían haber buscado algo de más enjundia para desviar la atención.

Al otro lado del Ebro, se lamentan de la lesión de Lamine. Pero el colmo absoluto de la desvergüenza lo firma Mundo Deportivo en su faldón: «Mosqueo en el Barça con el VAR y los goles anulados por Del Cerro». Repetimos, por si alguien se ha despistado: pagan al jefe de los árbitros, prestan dinero al jefe de la patronal y vicepresidente de la Federación, sus avalistas controlan las cámaras del VAR, ¡y tienen el cuajo de quejarse de los arbitrajes! Disculpad la repetición de la misma idea, pero ante el silencio de los corderos nos vemos en la obligación de denunciarlo una y otra vez.

A todo esto, el Madrid hoy visita al Betis con las nuevas bajas de Militao y Güler, a quienes les deseamos una pronta recuperación. En La Galerna tendréis las habituales crónicas y notas del encuentro.

El periodismo deportivo español es hoy un abrevadero tranquilo y complaciente, como siempre que no se trata de atizar al Real Madrid. Los corderos pastan, el cebador reparte la generosa ración millonaria y el lobo sigue vistiendo de azulgrana con total impunidad. Al menos, desde esta modesta trinchera, nos negamos a balar, preferimos denunciarlo. Por escrito y en televisión, como hizo en RMTV nuestro editor Jesús Bengoechea.

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— Follow @MadrispaniaTV (@Madriburner) April 23, 2026

Pasad un buen viernes.

Hola a todos. En algunas jornadas, los colegiados se esfuerzan por restar puntos al Madrid. En otras, se lo ponen fácil al FC Barcelona para que logre los suyos. En muy abundantes jornadas, hacen ambas cosas.

El párrafo anterior, que nos parece de muy complicada refutación, disecciona una situación que viene sucediendo desde hace lustros, por ser generosos, y a la cual cada aficionado es muy dueño de atribuir el peso que quiera en el resultado final. El hecho es que Luka Modric se fue del Madrid habiendo logrado 6 Champions y tan solo 3 ligas. Semejante aberración estadística no puede únicamente ser fruto de una discriminación del compromiso de los jugadores en favor de la competición europea. Ahí hay algo más. Lo sabemos nosotros y lo saben ellos, confiesen o no que lo saben.

En realidad, no es un solo “algo más”. Son unos cuantos algomases. Por ejemplo, está la combinación de esta evidencia con los pagos del Barcelona a Negreira, o con el préstamo del mismo club a Tebas del cual nos viene hablando en La Galerna Germán Urrutia en los últimos días, siendo Tebas vicepresidente de la RFEF y por tanto persona con la máxima ascendencia en el factor arbitral. Pagos a Negreira, préstamos a Tebas. Bravo.

La última jornada ha vuelto a ser mosqueante. En el partido del Madrid, en este caso, no se registraron jugadas polémicas de calado, pero sí en el del equipo cliente de Negreira, que ganó ayer el Celta (1-0) merced a un gol de penalti que le pareció dudoso incluso a un miembro tan destacado del equipo arbitral de opinión sincronizada como Iturralde González, conspicuo y siniestro creador del relato por parte del sistema.

Lo cierto es que la jugada está abierta a interpretaciones. Está, por ejemplo, la de Ice Landic.

Está esa forma de verlo, o esta también la de quienes legítimamente ven al defensa del Celta sacar el culo y derribar a Lamine con sus posaderas. En lo que tendrán que coincidir unos y otros es que, si fuéramos capaces de sustituir en esas mismas imágenes a Lamine por Vinícius y Mbappé, ni la IA más sofisticada haría creíble la hipótesis del señalamiento del penalti, máxime cuando hemos observado (y suponemos que los árbitros también, aunque hagan como que no) la reciente tendencia de los delanteros culés a lanzarse sobre los defensas rivales pretendiendo que han sido ellos los derribados.

El hecho es que el equipo cliente de Negreira ganó y la liga sigue estando en etrusco para los blancos, si bien los blaugranas registraron la muy sensible baja para los próximos partidos del propio Lamine, lesionado al lanzar el penalti. De eso tratan todas las portadas de hoy. Deseamos una pronta recuperación al buen delantero culé, y nos despedimos hasta mañana.

 

 

En el Día del Libro, miramos desacomplejadamente a casa. Nuestros componentes del Consejo de Redacción tienen varias obras publicadas que os recomendamos sin remisión. Así mismo sucede con nuestros colaboradores más habituales, y también con los más ocasionales.

Empezamos por nuestro editor, Jesús Bengoechea, quien compagina el timón de La Galerna con una sólida carrera literaria. Es Autor de la novela Alada y Riente (Armaenia), un sorprendente rompecabezas literario que conecta a grandes mitos de la historia y de la ficción a través de diarios y confesiones; La forja de la gloria (Espasa), ensayo coescrito junto al añorado Antonio Escohotado, que dota al sentimiento madridista de un profundo rigor intelectual; Madridismo y sintaxis (Córner), recopilación de sus mejores textos en La Galerna prologada por Jorge Valdano; ADN Madrid (Roca Editorial), 21 historias de un equipo de leyenda; y La Decimoquinta (Espasa), crónica de la última gesta europea que, en sus propias palabras, supone la encomienda más alta de su vida profesional.

Continuamos con José Luis Llorente Gento, nuestro querido Joe, quien traslada su mentalidad de élite a las páginas como autor y coautor de: Vitamina X (Alienta), un práctico manual para revitalizarte, potenciar tu energía y alcanzar tus metas; Espíritu de remontada (Empresa Activa), inspiradoras lecciones extraídas del deporte de alta competición para superar las adversidades cotidianas; y Gento Real (GeoPlaneta), el imperdible y emotivo retrato biográfico de don Paco Gento —en cuya memoria se forjó el nombre de esta aventura—, relatado desde la intimidad por su propio sobrino.

Ramón Álvarez de Mon, una de las voces más influyentes del análisis madridista actual, ha trasladado su capacidad comunicativa a dos obras: Que baje Dios y lo explique (Córner Editorial), una vibrante crónica emocional sobre la mística de las remontadas de la Catorce; y Florentino. Viaje hacia el Real Madrid del siglo XXI (Córner Editorial), un análisis biográfico y estratégico sobre la gestión y la modernización del club bajo la presidencia de Florentino Pérez.

Nuestro mosquetero Emilio «Athos» Dumas ha publicado Mi vida en La Galerna (Círculo Rojo), un compendio literario y sentimental de sus mejores piezas en esta casa, donde entrelaza con ingenio su profundo conocimiento de los clásicos del cine con la actualidad madridista.

El libro de Athos Dumas, cronista sentimental de La Galerna

Antonio Escohotado, a quien el propio Jesús Bengoechea definió con justicia como uno de «los autores realmente relevantes para el género humano» y cuya huella y magisterio en La Galerna son imborrables, nos legó obras cumbres del pensamiento: Historia general de las drogas (Espasa), el tratado más exhaustivo, riguroso y reverenciado a nivel mundial sobre la materia; Los enemigos del comercio (Espasa), una monumental historia sobre el origen y desarrollo del comunismo y las ideas anticapitalistas; Caos y orden (Espasa), brillante ensayo que reconcilia la ciencia y las humanidades para entender la realidad; y, por supuesto, la ya mencionada La forja de la gloria (Espasa), donde elevó el madridismo a categoría filosófica junto a nuestro editor.

Florentino y Escohotado

Llegamos al maestro Andrés Amorós, sabio absoluto en general. Catedrático, ensayista y la pluma inconfundible de la alta cultura en La Galerna. Su bibliografía es inmensa y abarca décadas de magisterio, pero entre sus obras más recientes y destacadas encontramos: Álbum de cromos (El Paseo Editorial), donde traza con nostalgia las biografías literarias de grandes mitos de la historia del deporte; Maestros y amigos (Fórcola Ediciones), un libro de brillantes semblanzas y recuerdos íntimos de las figuras clave de la cultura española con las que ha convivido; y Las cosas de la vida (Fórcola Ediciones), una amena «guía para perplejos» que recurre a las grandes obras de la literatura para intentar comprender el mundo.

Álbum de cromos de Andrés Amorós

Alberto Cosín, el hombre cuyo cerebro alberga más información deportiva que se conozca desde tiempos de Pericles, ha confeccionado: Delanteras míticas (LibroFútbol), un recorrido por los quintetos de ataque más legendarios de la historia del fútbol clásico; Fútbol francés: historias, gestas y protagonistas (LibroFútbol), repaso exhaustivo a los hitos, equipos y figuras clave del balompié galo, coescrito junto a Andrés Onrubia; y Grandes equipos de los mundiales. 100 selecciones históricas (LibroFútbol), un análisis detallado e histórico de las cien formaciones nacionales más destacadas en la historia de la Copa del Mundo.

Antonio Valderrama, nuestro Fantantonio, uno de los clásicos de La Galerna, no podía faltar. Ha escrito Hombres armados (Editorial Libros.com), una novela ambientada en 1937 que relata la encarnizada lucha de clases, venganzas y poder en una aldea de la España republicana; y La hora azul (2022) (Editorial Barbarroja/Verkami), donde narra en primera persona las últimas veinticuatro horas de vida del mítico torero Juan Belmonte.

La hora azul

Rafael Gómez de Parada es hombre polifacético, agudo y padre de cinco libros: La universidad me mata (Temas de Hoy), visión humorística e irónica de las peripecias de la vida universitaria; Relatos de un tiempo fugaz y Aguafiestas, autoediciones nacidas con objeto de financiar dos proyectos en Bolivia y Ecuador; Volver al asfalto (Almuzara), ración de reflexiones vitales, deportivas y cerveceras tras correr dieciocho maratones por el mundo; y Anatomía de un Negreirato (Círculo Rojo), recreación novelada y cinematográfica del «juicio que no veremos» por el caso Barça-Negreira. Un libro imprescindible con un prólogo estupendo.

Anatomía de una presentación

Luis Montero Manglano, novelista, editor, profesor de Historia del Arte y devoto de Gareth Bale y doña Debbie, cuenta con una prolífica obra: El lamento de Caín (AJEC), intriga arqueológica en la Europa de entreguerras; La aventura de los príncipes de Jade (Debolsillo), suspense alrededor de una codiciada colección de antigüedades; la exitosa trilogía de Los Buscadores (Plaza & Janés) —compuesta por La mesa del rey Salomón, La cadena del profeta y La ciudad de los hombres santos—, un viaje espectacular lleno de enigmas y reliquias históricas; El Museo de los espejos (Plaza & Janés), sangrientos asesinatos que replican obras maestras en las salas del Prado; Pasión y muerte (Plaza & Janés), un riguroso ensayo sobre la historia de la Semana Santa; y El yacimiento (Plaza & Janés), acción a contrarreloj en un letal complejo arqueológico afgano. Su cabeza y dedos no descansan, y en los próximos meses su familia numerosa de libros tendrá nuevos miembros.

Luis Alberto de Cuenca, Premio Nacional de Poesía, ex secretario de Estado de Cultura y un madridista de pluma exquisita. Su inmensa obra abarca la poesía, el ensayo, la traducción y el articulismo. Dada su apabullante bibliografía, entre sus títulos más representativos e imprescindibles destacan: Los mundos y los días (Visor), la ciclópea antología que reúne la mayor parte de su brillante e inconfundible producción poética; Cuaderno de vacaciones (Visor), galardonado con el Premio Nacional de Poesía, donde despliega su sabiduría, su ironía y su amor por la vida; El reino blanco (Visor), una de sus grandes entregas recientes, fiel a su característica «línea clara» y a sus referencias pop; y el magnífico ensayo Los caminos de la literatura (Fórcola), un recorrido deslumbrante por sus filias literarias, donde entrelaza con erudición y naturalidad desde los clásicos grecolatinos hasta la cultura de masas.

Salva Martín, periodista y especialista en comunicación deportiva, aporta su prosa, rigor y pasión a nuestra estantería madridista. Es autor de Historia de las míticas remontadas del Real Madrid (Almuzara), un recorrido vibrante por aquellas eliminatorias y encuentros donde el equipo blanco forjó su mística al darle la vuelta a lo que parecía irremisiblemente perdido; La pelota sí se mancha (Última Línea), un ensayo que demuestra, a través de diez hitos, cómo el poder y el fútbol se entrecruzan a menudo lejos del césped; y su más reciente entrega, Juanito. El 7 infinito (GeoPlaneta), coescrita junto a Roberto Gómez (hijo de Juan), que supone la primera biografía autorizada del mítico delantero a través de testimonios íntimos y material inédito.

Julián Carpintero, cronista de la fe madridista, es autor de: La cofradía del Clavo Ardiendo (MC Sports y La Galerna), un viaje nostálgico y trepidante que revive paso a paso la milagrosa y sufrida Liga de las remontadas de la temporada 2006-2007 bajo el mando de Fabio Capello; y su publicación más reciente, Rey: Gloria del Real Madrid en la Champions League, donde desgrana el idilio del conjunto blanco con su competición fetiche continental.

Carlos Mayoral posee una trayectoria bibliográfica tan brillante como su sintaxis. Es autor de: Etílico (Libros del K.O.), un recorrido por la tormentosa relación entre el alcohol y los genios de las letras; Yo no maté a Federico (Espasa), una historia apasionante; Un episodio nacional (Espasa), su celebrada novela sobre el romance secreto entre Galdós y Pardo Bazán en un Madrid turbulento; Lorca. Entre la luna y el deseo (Oberon), un viaje ilustrado por la biografía y los versos del granadino; Empiezo a creer que eres mentira (Círculo de Tiza), un libro de misterio y obsesión que arranca con una inquietante carta encontrada en un ejemplar de Rayuela.

Juan Carlos Guerrero es el responsable de: Fondo blanco (autoedición), una inmersión introspectiva en la esencia del Real Madrid que indaga en los valores, los mitos y la herencia cultural que sostienen al club

Fondo Blanco

Ángel Antonio Herrera, cronista de una elegancia nocturna y poseedor de un verbo que concatena el ingenio periodístico con la profundidad lírica, es una de las firmas más carismáticas que han pasado por La Galerna. Su trayectoria literaria es un despliegue de hallazgos que transitan entre el verso y la narrativa de actualidad, destacando obras como: Salvaje España (Plaza & Janés), un retrato afilado sobre la idiosincrasia de nuestro país; Los espejos nocturnos (Calambur), el volumen que compendia tres décadas de su producción poética; y Oler a loco (Renacimiento), donde su voz se vuelve más visceral. Cabe destacar su referencial biografía sobre Francisco Umbral.

Javier Vázquez, conocido como Javidatos, es, además de jurista, uno de los mayores especialistas en la historia y estadística del Real Madrid. Es autor de dos obras con registros muy distintos: Veteranos y noveles (geoPlaneta), una enciclopedia que recoge a los jugadores que han vestido la camiseta blanca; y Jacinto el Gilipollas (autoedición), una novela ácida y descarnada que utiliza el humor negro para retratar las flaquezas y contradicciones de la sociedad contemporánea.

Veteranos y noveles

Estrella Fernández-Martos Machado, pintora y escritora, es la autora de: De la belleza (Cajón Desastre), un libro que cuestiona la sociedad actual y el cambio cultural del que estamos siendo objeto.

Álex Ramírez-Arballo, escritor, profesor y madridista en el desierto. En su bibliografía destacan obras como: Manzanas amargas (Valparaíso Ediciones), un poemario que explora los territorios de la infancia; Como si fuera verdad (ISC), una personal incursión en el género de la crónica; y Buenos salvajes (ISC), un riguroso volumen de ensayos.

María Carbajo, una mujer con mucho desparpajo, elabora junto a Andrés Vallejo Beatles para palmípedos (RiL editores), una crónica con alma punki y lenguaje directo que repasa la trayectoria de los de Liverpool disco a disco.

Roberto Santiago, escritor, guionista y director de cine. Es el creador de la saga Los Futbolísimos (Editorial SM), una serie que ha marcado a toda una generación combinando el deporte con el misterio; y de la colección Los Forasteros del Tiempo (Editorial SM), donde explora la aventura fantástica. En su faceta para el público adulto, sobresale como un maestro del thriller con títulos como Ana (Editorial Planeta), una trama judicial adaptada a la televisión; y la premiada La rebelión de los buenos (Editorial Planeta), obra con la que obtuvo el Premio Fernando Lara en 2023 y en la que disecciona los oscuros intereses de las corporaciones farmacéuticas.

Santiago Castellanos, Profesor Titular de Historia Antigua en la Universidad de León, traslada su conocimiento experto a una sólida producción de novela histórica dentro del sello Ediciones B (Penguin Random House). Destacan títulos como Gothia, Barbarus o Martyrium.

 

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El préstamo de 4.485.000 € que el Fútbol Club Barcelona concedió a Audiovisual New Aged AIE para hacer frente a una inspección de Hacienda, cuando Javier Tebas era administrador único de dicha entidad, pone en entredicho la imparcialidad de La Liga, sin que todavía se hayan aclarado el “caso Negreira”. Fiel a su estilo zafio, Javier Tebas rompió su silencio en X para calificar como “portacoz” a Tomás Guasch. El periodista catalán expresó en El Debate con su característica ironía sus suspicacias sobre la ayuda económica del Barcelona a Tebas: “Debe ser casualidad. Interesante también que estando tan mal de dinero el Barça, el préstamo no ha tenido amortización alguna”. Tomás Guasch osó romper la ley del silencio que impera en los medios de comunicación, a los que La Liga engrasa a su favor a través del “branded content”, partida que alcanzó los 36,2 millones de euros en la temporada de 2022/2023.

Cada cierto tiempo regresan los mismos portaCOCES paniaguados con la misma cantinela, manipulando una historia que la hemeroteca, los juzgados y los propios clubes llevan años desmintiendo, ahora @Guaschcope parece que te unes a este coro de portaCOCES.
El origen de todo estuvo…

— Javier Tebas Medrano (@Tebasjavier) April 22, 2026

En su post en X, Javier Tebas desvió la atención para no aclarar las extrañas condiciones del préstamo. El presidente de La Liga mantuvo su papel de víctima del exministro Cristóbal Montoro, aunque el juzgado de instrucción nº2 de Tarragona denegó la personación de Tebas como acusación. “Hay una conspiración mundial, todo el mundo está en contra del Madrid", dijo Tebas en octubre de 2025, burlándose del Real Madrid, a quien sí admitieron como perjudicado en el “caso Negreira” y ha ganado varios pleitos a La Liga. Sin embargo, en su perorata tuitera, Javier Tebas sí recurrió a una confabulación que repite desde hace tiempo, al señalar que “un ser supremo” (en clara referencia a Florentino Pérez) tendrá que dar explicaciones por las actuaciones de Cristóbal Montoro, sin aportar prueba alguna. Una acusación que se cae por sí sola, ya que siendo ministro Montoro, Hacienda realizó varias inspecciones al Real Madrid. La Justicia dio la razón al equipo blanco en 2023, y Hacienda tuvo que devolver al Real Madrid un montante de 9,5 millones de euros, correspondiente al período en que Cristóbal Montoro era ministro de Hacienda.

En el centro de las discrepancias surgidas entre el Real Madrid y Javier Tebas aparece Miguel Cardenal, presidente del Consejo Superior de Deportes durante la presidencia de Mariano Rajoy. La aprobación del Real Decreto-Ley 5/2015 sobre la venta de derechos audiovisuales, que centralizó la comercialización televisiva en perjuicio del Real Madrid, supuso el sueño cumplido del presidente de La Liga, que agradeció hasta la saciedad el impulso político de Cardenal. Un Real Decreto hecho a medida de Mediapro, empresa por la que fichó Miguel Cardenal en 2018. Como presidente del Consejo Superior de Deportes, Cardenal publicó en El País en 2014 un laudatorio artículo titulado “Orgullosos del Barça”, justo cuando se conocieron las irregularidades tributarias en el fichaje de Neymar. El sucesor de Albert Soler en el Consejo Superior de Deportes se mantuvo vinculado con el mundo del fútbol en su estancia en Mediapro, desde donde intervino en la actual concesión del VAR por parte de la Real Federación Española de Fútbol.

Javier Tebas llegó a la presidencia de La Liga en 2013 como líder del G-35, sucesor del G-30, en el que el abogado oscense representó al Alavés de Dimitri Piterman. Para canalizar sus movimientos, el 23 de septiembre de 2011 se constituyó Audiovisual New Aged AIE, agrupación que tuvo a Javier Tebas como administrador único hasta el 18 de junio de 2013. Hacienda cargó sobre Javier Tebas por su cargo de socio único las irregularidades detectadas en la sociedad bajo su mandato. Todos los clubs del G-35, a excepción del Real Madrid, aceptaron cubrir una sanción cuyo cálculo se realizó de la siguiente manera: cada equipo debía aportar 32.000 € por temporada jugada en Primera División durante este período, y 16.000 € si lo había hecho en Segunda. El Real Madrid consideró que los préstamos incumplían los estatutos de La Liga, y que Javier Tebas se encontraba en una situación de incompatibilidad como presidente de la patronal. En paralelo, denunció el reparto de los derechos audiovisuales de la temporada 2015/2016, que fueron anulados parcialmente por el Tribunal Supremo el pasado año, y por los que el Real Madrid reclama 8,8 millones de euros a La Liga.

La transparencia de la que hacía bandera Miguel Cardenal no es tenida en cuenta por Tebas y sus secuaces, que mantienen silencio absoluto, más allá de burdas rectificaciones, sobre por qué los clubes asumen las sanciones de una entidad de la que nunca han sido socios, como sí lo son de otras del entramado empresarial de La Liga

Mes y medio después de ser investido presidente de La Liga, Melcior Soler fue nombrado administrador único de Audiovisual New Aged AIE. Soler también trabaja para La Liga, y la sociedad continúa vinculada a Tebas, como demuestra el reciente cambio de domicilio social al chalet donde está ubicado el despacho familiar Tebas Coiduras. Según su depósito de cuentas, Audiovisual New Aged AIE no tiene contratado a ningún trabajador, pero tiene un patrimonio que roza los nueve millones de euros, de los cuales 8.865.817,12 € se corresponden con “deudas a largo plazo”. Una cantidad que podría corresponderse con el dinero recaudado por parte de 34 clubes para sufragar la inspección de Hacienda.

Es más fácil que el Barça fiche (más) que el Madrid reciba el Princesa de Asturia

Las sombras se ciernen, cómo no, con la aparición en escena del Fútbol Club Barcelona. En el cálculo del conjunto catalán también se contabilizó a su filial, que militó en Segunda División en aquel momento. Según El Español, el Barcelona transfirió inicialmente 230.000 €, que se podían elevar hasta 2,39 millones para que Javier Tebas pudiese hacer frente a las sanciones. Las aportaciones se realizaron en el verano de 2017, cuando los clubes suscribieron un contrato con Audiovisual New Aged AIE. El expediente disciplinario abierto al Fútbol Club Barcelona por posibles infracciones financieras en el traspaso de Neymar no solo quedó sin sanción, sino que Tebas protagonizó un mes después una escena para el recuerdo cuando se negó a aceptar el depósito de la cláusula, precisamente del jugador brasileño, por parte del Paris Saint-Germain.

El préstamo del Fútbol Club Barcelona a Audiovisual New Aged AIE no figuró en las cuentas del equipo azulgrana hasta que Joan Laporta volvió al palco culé. Desde 2021, el préstamo no ha sufrido amortización alguna. En su ataque a Tomás Guasch, el presidente de La Liga confirmó que las actas de la inspección están recurridas judicialmente en la actualidad. Los contratos de los 34 clubes establecían que el importe a aportar podía aumentar si se disparaba la sanción. La transparencia de la que hacía bandera Miguel Cardenal no es tenida en cuenta por Tebas y sus secuaces, que mantienen silencio absoluto, más allá de burdas rectificaciones, sobre por qué los clubes asumen las sanciones de una entidad de la que nunca han sido socios, como sí lo son de otras del entramado empresarial de La Liga. En su última memoria económica, la correspondiente a la temporada 2024/2025, el Fútbol Club Barcelona establece que el objeto del préstamo es la ejecución de los acuerdos del G-35, sin especificar que se trata de la sanción de Hacienda que afectó directamente al bolsillo de Javier Tebas.

Las cuentas anuales firmadas con Joan Laporta no han variado el importe, pero sí la explicación de la misma. En 2021, el Fútbol Club Barcelona consideraba que “poco probable” la recuperación del préstamo, porque este se encontraba “totalmente deteriorado”. Una afirmación que contempla que ese dinero no es recuperable, conforme a los contratos con Audiovisual New Aged AIE. Sin que haya trascendido más información de la supuesta persecución que señala Javier Tebas, “el deterioro” del mismo refleja que el Barcelona no estimaba que el abogado oscense fuese a ganar a Hacienda. Tras regresar Joan Laporta a la presidencia azulgrana, las relaciones del Barcelona con La Liga sufrieron altibajos por la asociación con Florentino Pérez para impulsar la Superliga.

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— MadridismoSiempre (@HALA__MADRID33) April 21, 2026

Desde La Liga se aplicó el fair play que restringió los deseos de fichar sin respetar las normas económicas de Laporta. El Fútbol Club Barcelona retiró la demanda contra La Liga por el acuerdo CVC, después de que Tebas comiese en la casa de Laporta, y las palancas ficticias hicieron el resto para que el equipo catalán compitiera y gane títulos con jugadores inscritos de forma cuestionable. En otra de las casualidades que caracterizan el proceder del Fútbol Club Barcelona, en las cuentas de 2022/2023, la entidad azulgrana dejó constancia de un hecho aún más sorprendente: “A 30 de junio de 2022, la Junta Directiva y la dirección del Club revaluó esta estimación en base a la información disponible más reciente y se revertieron 2.755 miles de euros de la provisión por deterioro constituida en el ejercicio anterior”. Sin mayor explicación a los “socis”, el Fútbol Club Barcelona revirtió 2.755.000 € del préstamo a la sociedad vinculada a Javier Tebas. Un epígrafe que se simplificó en la última memoria, donde se volvió a cifrar, sin más contexto, el importe en 4.485.000 €.

La respuesta a lo ocurrido con esos 2.755.000 € forma parte de los misterios del circuito contable azulgrana, que empiezan desde que el préstamo se ejecuta en 2017, sin que el club deje constancia en las cuentas. ¿Se apuntó el Barça temporalmente un ingreso de 2.755.000 € de un crédito vinculado a Tebas para poder inscribir en La Liga? La desesperada situación económica del Fútbol Club Barcelona hizo que la entidad buscase la forma de ganar margen para mejorar su tope salarial a nivel deportivo y aumentar su capacidad de maniobrar para obtener financiación. La tormenta se llevó por delante a Grant Thornton, consultora con la que Joan Laporta dejó de trabajar a inicios de 2025 por diferencias en las tasaciones de los activos del club.

Carta abierta al votante de Laporta

Los enigmas no acaban ahí: la cuantía a favor de la sociedad ligada a Tebas por parte del Fútbol Club Barcelona supone un porcentaje muy superior al baremado y transferido por otros clubes como el C. D. Lugo, quien contempló en sus cuentas de 2019 “un depósito” a Audiovisual New Aged AIE por importe de 64.000 € motivado por “una inspección de la AEAT (Agencia Estatal de Administración Tributaria) que ha derivado en unas actas que suponen unas cuotas, intereses y sanciones”. El embrollo diseñado por Javier Tebas incumple la normativa ética que rige el deporte español, y genera un posible conflicto de intereses que perjudica al Real Madrid, que compite en desigualdad de condiciones contra equipos que son prestamistas de una sociedad vinculada al presidente de La Liga. Una anomalía que tampoco importa a la Real Federación Española de Fútbol, presidida por Rafael Louzán, quien también es miembro del Partido Popular como Cristóbal Montoro, a quien Tebas acusa de instigar las sanciones fiscales. Dado que los préstamos seguían en vigor en el momento de su nombramiento como vicepresidente federativo, Javier Tebas estaba obligado a informar de la incompatibilidad de sus relaciones con el Fútbol Club Barcelona.

 

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Desde ahora hasta agosto, momento en el que comenzará la próxima temporada, de lo que se publique sobre llegadas y salidas del Real Madrid conviene creerse la mitad, aunque el equipo necesite el doble. No será la primera vez. Sucedió hace 30 años, después de la infame campaña 95/96. ¿La recuerdan?

El éxito recobrado con Valdano a los mandos y un once que todavía es pura sinfonía (Buyo, Lasa, Sanchís, Hierro, Quique; Raúl, Redondo, Laudrup, Míchel; Amavisca y Zamorano) resultó fugaz. Como si la reconquista y la eliminación de un imperio (Liga 94/95 y el Barça de Cruyff) hubiera agotado las ideas, el fútbol y el buen ambiente de Chamartín.

Zamorano Amavisca

Durante el verano del 95, al madridista no se le escamoteó nada para que se esperara lo peor. A pesar de que el técnico argentino solicitó fichajes de renombre y renovación, llegó lo que permitió la maltrecha tesorería blanca: el veterano Miquel Soler para el lateral izquierdo, un prometedor Esnáider (que ya conocía la casa y venía de dos buenos años en el Zaragoza, con 13 y 16 goles) y la incógnita de Freddy Rincón. Pidió un coche y le trajeron una bicicleta que ni siquiera fue pintona. Y, para rematar, todavía se busca a quien tuvo la ocurrencia de regresar a Tenerife en la pretemporada, una osadía que degeneró en desastre y aviso: derrota por 4-0.

Todo lo que pudo torcerse ese año se fue por el sumidero directamente. Derrota en la Supercopa contra el Deportivo, eliminación sin paliativos en Copa frente al Espanyol, caída (aunque digna) en cuartos de la Copa de Europa frente a la Juve (a la que se le apuntó la matrícula) y, sobre todo, estrépito en Liga, donde el Madrid (que cambió a Valdano por Arsenio Iglesias tras perder contra el Rayo) terminó sexto, a 17 puntos del campeón, el Atlético de Madrid. Por encima de empatar 10 partidos y perder hasta 12, lo peor fue la imagen y las sensaciones, de equipo pobre al que no sabes por dónde empezar a zurcir pues todos son descosidos.

Desde ahora hasta que comience la próxima temporada, de lo que se publique sobre llegadas y salidas del Real Madrid conviene creerse la mitad, aunque el equipo necesite el doble. No será la primera vez. Sucedió hace 30 años, después de la infame campaña 95/96. ¿La recuerdan?

Así que tocó ponerse firme y Lorenzo Sanz estuvo a la altura. Plan Renove, tituló Marca por entonces. Y lo fue de verdad, con salidas dolorosas y llegadas con aires de revolución. Abandonaron el barco Laudrup, Quique, Luis Enrique, Zamorano, Míchel y, oh, casualidad, los tres fichajes del año anterior. Y llegaron, agárrense porque comienza una época, Suker, Mijatovic, Seedorf, Roberto Carlos, Illgner, Zé Roberto y Panucci. Y Fabio Capello a los mandos. Lo que vino después, Liga en el 97 y la Séptima un año después, no necesita de recordatorio. Vive en la memoria de cualquier madridista.

La clave es que no se trató sólo de talonario y estrellas. Nada de lo que llegó sobró. Todos cubrieron una flagrante necesidad y lo hicieron con calidad, entrega y hambre, tres marcas registradas que, en cuanto se traicionan por Concha Espina y aledaños, no llevan a otro sitio que al desastre de temporadas en blanco. Y van dos.

Los avisos están claros y han sido duros. Sólo faltan señales de humo o un sacrificio público en la extinta esquina del Bernabéu. Esperemos que no sea necesario. Pero eso no quiere decir que la solución sea sencilla, gratis o exenta de dolor en algún caso. El que piense que ha ganado lo suficiente, debe abandonar; quien considere que el sacrificio y el equilibrio no son asuntos de su incumbencia sobre el verde, tiene que tener las puertas abiertas de par en par. Y sería de recibo la contratación de alguno que sepa qué hacer cuando le llega la pelota en el centro del campo. Para encontrarse, nada mejor que una brújula. El Madrid gana porque se lo exige a sí mismo. Y así debe seguir siendo. Cueste lo que cueste, Plan Renove sí o sí.

 

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En Linares, en una tierra donde el día empieza antes de que salga el sol y el trabajo no entiende de excusas, un agricultor educó a su hijo bajo una lógica sencilla: primero la obligación, después todo lo demás.

La tierra no espera. El esfuerzo no se negocia. Y lo que se hace, se hace bien. Ese era su legado.

Ese mismo principio lo aplicaba cuando hablaba del Real Madrid. Di Stéfano, Gento y Santamaría no eran solo nombres, eran ejemplos de carácter, constancia, talento y liderazgo.

Para él, el Madrid no era un club. Era una manera de comportarse. Una forma de entender la vida.

Una mañana de abril de 1989 decidió que su hijo tenía que vivir aquello de otra manera. A lo grande. En la casa de todos los madridistas.

A la salida del colegio, el padre apareció para recogerlo. Algo que nunca hacía.

—Vámonos.

No era una propuesta. Era una decisión. Más de 300 kilómetros hasta Madrid. Sin entradas. Sin certezas. Solo ilusión. Carretera, esfuerzo y silencio. Despeñaperros, en aquella época, no era un trámite. Pero lo cruzaron sin quejas. El niño empezaba a entender que lo importante exige sacrificio.

Al llegar, todo era imponente. La ciudad. El estadio. La multitud. No había entradas. Pero no se rindieron. Un contacto consiguió dos localidades de pie, en el fondo sur.

Y entonces, al entrar, el tiempo se detuvo. Todo fue luz. Ilusión. Magia. La Quinta del Buitre. Hugo Sánchez.

Hugo Sánchez Parmalat

Aquella noche, el Madrid empató con gol de Hugo. El resultado no fue el esperado. La vuelta sería difícil.

Pero salieron del estadio convencidos de algo: que se podía ganar. Que se iba a ganar. Siempre esperanza. Siempre fe. Siempre hasta el final.

La vuelta fue dura. El niño dormía mientras el padre conducía, feliz. La semilla ya estaba plantada. No eran cuentos. No era televisión. Era real.

Otros 300 kilómetros de regreso. De noche. Sin dormir. Con la radio como única compañía. Y al día siguiente, colegio. Porque las obligaciones van primero.

Tiempo después repetirían el viaje. Y de vuelta, en Despeñaperros, la radio anunció el accidente de Juan Gómez. No volvieron a hablar en todo el camino.

Solo silencio. Respeto. Y pena.

el Madrid es un club. es una manera de comportarse. Una forma de entender la vida

Al día siguiente, cansado pero orgulloso, el niño contó su experiencia en el colegio. Era felicidad en estado puro. No llevaba solo un partido. Llevaba una forma de entender la vida. Una herencia invisible.

El niño creció. Se fue a vivir a Madrid. Se hizo socio. Cumplió el sueño. Y se sentaba en el fondo sur, a pocos metros de donde pisó por primera vez aquel estadio.

Después de cada partido, hablaba con su padre. Dos formas de ver el Madrid. El entusiasmo del hijo. La exigencia del padre. Lo normal.

El padre siempre le llevaba seis Champions de ventaja. Tras las semifinales de la Décima, hablaron como siempre. 0-4 al Bayern. Pero quedaba la final. Confianza, sí. Pero con respeto. Sabían que no sería fácil.

Esa misma noche, el padre no se despertó. Se quedó dormido en el sillón. Y se fue, en silencio, donde ya estaban sus ídolos de infancia.

En Lisboa, unos días después, el hijo vivió el partido con ilusión… pero incompleto. Faltaba algo. Faltaba él.

El tiempo pasaba. La esperanza se escapaba. Y, traicionando todo lo aprendido, decidió levantarse para irse. Porque esta vez parecía imposible.

Y entonces ocurrió: Luka centró. Sergio saltó. Y todos ellos —los que estaban y los que ya no— empujaron ese balón a la red.

A partir de ahí, la alegría. Pero sobre todo, la lección. La de aquellos que ya no están, pero siguen enseñándonos quiénes somos.

Hasta el final.

Hoy, cada vez que suena el himno, ese hijo mira al cielo y lanza un beso. Porque entendió algo que va mucho más allá del fútbol: que lo importante nunca fue el viaje… sino quién te enseñó a hacerlo.

Y que hay viajes que, en realidad, nunca terminan.

 

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Buenos días, amigos. Parafraseando una vez más la manida canción de Sergio Dalma, jugar al fútbol un martes no es jugar, es como estar jugando solo. Quizá por ello, entre otros motivos, a ratos flotaba la sensación de estar viendo en directo por televisión un partido que no se estaba emitiendo. Además, los martes son de color ocre, como todo el mundo sabe, y huelen a cerrado.

Sin embargo, el encuentro se disputó de verdad, podéis leer aquí la crónica y las notas de Genaro Desailly. También la radiografía arbitral de Alberto Cosín.

Genaro tituló acertadamente su crónica «2-1: Ganó el Madrid, condolencias a DAZN». Resumen perfecto de un partido que fue como el agua, pero no la de Camarón, sino como el agua pura: incolora, «inolora» e «insabora», que vencieron funcionarialmente los blancos mientras los de DAZN lanzaban aún más pullas —puyas no, porque podrían acabar detenidos— de las habituales contra todo lo que huele a Real Madrid mientras danzaban grotescamente alrededor de los micros.

Desde el aliporoso silbómetro mientras acontecían hechos relevantes —como el homenaje a los campeones de la Youth League y el minuto de silencio en honor a Santamaría—, hasta la tristeza final por la victoria. Pasando por la infructuosa búsqueda microscópica de algún desencuentro entre Arbeloa y Bellingham en la sustitución del inglés. Repitieron y comentaron más ese momento que el golazo de Vinícius.

Nótese que cuando Lamine —ejemplo para la juventud donde los haya— se marcha del campo hecho un basilisco al sustituirlo Flick, es normal, es un chaval, le gusta jugar siempre. Como entre Jude y Álvaro no ocurrió nada, es intolerable.

¿Por qué? Porque no les importa el fútbol. Ponderan más el interés personal: saben dónde trabajan.

Como el Madrid no perdió, la liga no ha acabado. Lo dice Marca.

Pero no os hagáis ilusiones, Marca no subtitula «El Madrid gana y mantiene vivas sus opciones al título» nada más que porque Tebas desea mantener el interés por esta competición cadáver suya que le sirve, entre otras cosas, para embolsarse un sueldazo creciente y que los clubes le ayuden en sus problemas con el fisco.

Porque Marca sabe que en el hipotético caso de que el Madrid ganara todos los partidos que restan y el Barça comenzase a tropezar, el sistema mantendría a flote al equipo de Laporta, aunque para ello tengan que retorcer —una vez más— cualquier normativa, reglamento o ley.

Es decir, quieren mantener que el aficionado desinformado medio siga viendo los partidos por la tele y pagando un pastizal por enfrentamientos de pressing catch. Porque están convencidos de que el Barça ya tiene en sus vitrinas el campeonato que aún no ha terminado. Lo saben porque se lo ha dicho su amo.

El resto de medios actúan de modo similar. ¿Cómo iban a actuar si no? Ya sabéis que Tebas destina millones de euros cada año a regar el jardín periodístico para que luzca esplendoroso. Decimos que actúan de modo similar porque, por un lado, sostiene que aún hay liga y, por el otro, la dan por concluida.

Queda claro en la pregunta que Miguelito —pero no el de La Roda, sino el que se los come— le formuló al técnico madridista tras el choque. Emitió una serie de ruidos que venían a decir que ya que el Madrid no iba a ganar la liga, por qué no le daba minutos a Carvajal para ayudar a Dani a ir al Mundial. Sí habéis leído bien, hemos llegado a un punto en el que se ha normalizado esto.

-Periodista: "Carvajal se está jugando ir al Mundial. ¿Va a ayudarle?"

-Arbeloa: "Yo voy a pensar en lo que es mejor para el Real Madrid". pic.twitter.com/48vjvZUsJM

— Albert Ortega (@AlbertOrtegaES1) April 21, 2026

Arbeloa cometió la barbaridad —¡cómo se le ocurre!— de responder que él piensa en lo mejor para el Real Madrid.

Quienes se lucran de este negocio, no tardaron en tildar estas declaraciones de falta de respeto de Arbeloa a Carvajal, a la par que daban por lógico que debe jugar porque es más importante que un futbolista vaya al mundial a que el Madrid luche por un título. Guti, Paco González y Cañizares, entre otros, dejaron clara su postura: Dani debe jugar porque es una leyenda del Madrid con seis Copas de Europa, sea cual sea su estado de forma.

Pocos quieren más a Carvajal y le están más agradecidos que nosotros. Pero el Real Madrid está por encima de todo, incluso por encima del propio Real Madrid de cada momento. Si Dani merece jugar porque su desempeño va a mejorar al equipo, que juegue. Si no, que juegue otro. Aplíquese al resto de jugadores de la plantilla, se llame como se llame. Esa es nuestra postura.

¿Si merece o no jugar? Cada cual que extraiga sus conclusiones. Ayer pudimos verle unos minutos para valorar.

As se decanta por titular “Perdón” sobre el gesto de Vini tras anotar su gran gol. Mientras los danzantes dazoneros balbuceaban que el siete había madurado, en La Galerna nos inclinamos más por que el brasileño pidió perdón por la temporada que nos ha «regalado» el equipo. Una campaña calamitosa con ráfagas, pocas, espléndidas que demuestran que podrían haber dado más en caso de habérselo propuesto.

Porque mostrar las vergüenzas del sistema corrupto no es incompatible con la crítica al desempeño propio de todos los estamentos del club: pocos han estado a la altura de lo que significa defender el escudo del Real Madrid, ya sea sobre el pecho o enmarcado en un despacho.

Nosotros somos tan ingenuos de creer firmemente que ambas cosas no son solo compatibles, sino necesarias. Sean cuales sean las circunstancias o la salubridad de la competición que se esté disputando, queremos que gane el Madrid.

Estamos tan locos como lo estaban Di Stéfano o Santamaría, quienes nos dejaron, respectivamente, las dos frases con las que despedimos este portanálisis y os deseamos un buen día:

«Ningún jugador es tan bueno como todos juntos».

«El Madrid es lo más grande. Es más grande que el mundo».

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