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Buster Keaton, el genio madridista del cine mudo

Buster Keaton, el genio madridista del cine mudo

Escrito por: Athos Dumas11 octubre, 2020
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Para mi querido amigo Fred Gwynne

 

No podíamos pasar por alto en La Galerna que el 4 de octubre pasado se cumplieron 125 años de la fecha de nacimiento del, posiblemente, mejor cómico de la historia del celuloide, Joseph Frank Keaton, universalmente conocido como Buster Keaton, aunque en España fueron muy populares sus sobrenombres, “Pamplinas” o “Cara de Palo”.

Un genio tan notable como Orson Welles no dudó en nombrar “El maquinista de la General” como la mejor comedia de toda la historia. Incluso se atrevió a decir que también era probablemente la mejor película de todos los tiempos. Con esta carta de presentación, cómo no incluir al gran Buster como miembro de nuestro equipo favorito de estrellas de Hollywood con pedigrí indiscutiblemente madridista.

Buster Keaton el maquinista

 

Ya desde sus 7 años (allá por 1902, cuando acababa de nacer nuestro Real Madrid), el pequeño Joseph demostró ser todo un niño prodigio, un Raúl González de los escenarios teatrales, un Vinicius Junior del vaudeville, género donde actuaba con sus progenitores, Myra y Joe, este último compañero en varias giras por todos los Estados Unidos del gran mago e ilusionista Harry Houdini, el Karim Benzema de aquella época de principios del siglo XX.

No se han vuelto a ver en el cine las persecuciones que se nos muestran en los filmes de Keaton. Aquella de “Siete ocasiones”, por ejemplo, en la que decenas de mujeres vestidas de novia persiguen a Buster por toda la ciudad para lograr casarse con él: una carrera tan vertiginosa que casi deja la de Gareth Bale en Valencia a la altura de una competición de tortugas-Bartra.

Keaton dirigía, escribía y protagonizaba sus películas, y en los años 20 pasaba por ser el más popular de los actores norteamericanos, al que tan sólo hacía sombra el inglés Charles Chaplin, también un artista completísimo. Varias de las películas más taquilleras de la época, “Las tres edades”, “El rostro pálido”, “El polo norte”, “El colegial”, llevaban su sello, y además, también las producía, con lo que, a sus menos de 30 años, era uno de los más acaudalados galácticos del Hollywood de la época.

Curiosamente, su obra más conocida, “El maquinista de la General”, fue un fracaso en taquilla, tal vez quizás porque el héroe era un soldado confederado durante la Guerra de Secesión, o simplemente, porque el público de 1926 no estaba preparado todavía para una obra maestra de tal calibre, una hora y diez minutos de acción sin respiro para el espectador, con unos efectos especiales inéditos en aquella época, como el derrumbamiento del puente al paso del tren. Estamos hablando de hace casi 100 años…

No fue así con otras obras maestras como “El moderno Sherlock Holmes”, un mediometraje espléndido donde, en 45 minutos, Buster encarna a la perfección al gran detective, ya consagrado como madridista en este texto. Este film sí que vio desfilar a millones de espectadores para contemplarla.

Otra de sus maravillas fue “La ley de la hospitalidad”, una especie de tragedia entre Capuletos y Montescos, que Keaton convierte en una deliciosa comedia, mientras trata de evitar que la familia rival le asesine cuando está cenando en su casa, pese a que le protege la norma de la hospitalidad que se le debe siempre a un invitado. Escenas delirantes, acrobacias, caídas y saltos por doquier, Keaton tiene que sacar todo su mejor repertorio de atleta habilidoso para evitar las continuas entradas criminales de sus rivales, como Cristiano trataba de salvarse de las acometidas de los Mascherano, Alves, Busquets, y demás familia.

Buster Keaton

 

Esta trama la repitió en parte en otra fabulosa comedia, “El héroe del río”, en la que un tímido Keaton, como el Benzema recién llegado al Madrid, acaba por convertirse en el mejor navegante del río Mississippi, ridiculizando a su adversario del barco fluvial rival, y, además, conquistando el corazón de la hija de este último. Todo por medio de la astucia, de la habilidad y de la agilidad, la lucha del cerebro contra el músculo, Zidane contra el Cholo.

Y es que Buster era tan entrañable como nuestro Lukita Modric: parecía tan delgado y tan menudo cuando llegó, que enseguida conquistó a todo el madridismo con su entrega total y con su enorme calidad. Orson Welles – otra vez él -, cuando se reestrenó en los años 60 una copia restaurada de “The General”, dijo de Buster Keaton que era “el mejor cómico de la historia del cine, un artista superior, y creo que una de las más bellas personas que jamás se haya fotografiado”. ¡Como para no quererlo! Aunque la gran diferencia es que Keaton nunca supo sonreír, al menos ante las cámaras…

La llegada del cine sonoro fue el principio del fin de Keaton. Tras su magnífica “El cameraman” , de 1929, entró en declive. Seguía siendo un genio, como lo demuestra su trabajo de guionista – sin acreditar – en varias de las películas de los Hermanos Marx (“Una noche en la ópera” o “En el oeste”, donde más de una escena de las persecuciones de tren recuerda de nuevo las aventuras de la locomotora “la General”), pero ya no volvió a aparecer ni como protagonista ni dirigiendo filmes.

La época dorada de sus triunfos y Champions particulares ya había pasado a mejor vida, e intentó rehacer su desdichada vida privada (además de su ruina económica) casándose en segundas nupcias y apareciendo como atracción circense en el Cirque Médrano de París junto con su esposa Eleanor, en los años 40.

Sus viejos amigos Billy Wilder y Charles Chaplin se acordaron de él para sendas – gloriosas – apariciones  en “El crepúsculo de los dioses”, jugando una partida de bridge con Gloria Swanson, y en Candilejas”, en la que ambos genios del humor protagonizan una hilarante escena tocando piano y violín. También se acordaron de él en 1956 para una pequeña escena, en “La vuelta al mundo en 80 días”, para interpretar un cameo como revisor de un tren (¡de nuevo un tren!), junto con David Niven, Shirley MacLaine y Cantinflas, uno de sus mayores admiradores.

Ya para entonces, los franceses de “Cahiers du Cinéma” de finales de los 50 habían avivado su recuerdo y su excepcional legado, y, por fin en 1960, Keaton recibió su “Balón de Oro” particular al recibir un merecidísimo Oscar honorífico por el conjunto de su magna obra cinematográfica, 12 años antes de que Hollywood también saldara su deuda con su rival y amigo Chaplin y también le concediera su Oscar honorífico en 1972. Ya son conocidos los caprichos y las manías de la Academia, pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Les recomendaría apasionadamente la lectura de las memorias de Buster Keaton, Slapstick (Editorial Plot, 1988), título en homenaje a las películas de “carreras y porrazos” en las que él era uno de los reyes, junto a Chaplin y a Harold Lloyd. Y, si pueden, vean el excelente documental dirigido por Peter Bogdanovich en 2018, y dedicado enteramente a él “El Gran Buster”, que es, para que se hagan una idea, para los amantes de las comedias de cine mudo, casi tan emocionante como el documental “Bernabéu” para todos los aficionados madridistas que quieran recordar y revivir una historia increíble.