La Galerna

El 9 se llama Cristianín

 

Yo ahora voy a llamar a Cristiano Cristianín. ¿No les parece hoy un jugador de los cincuenta o de los sesenta? Cuando recuerdo aquellas imágenes de Di Stéfano en sepia, una especie de cine mudo, veo también a Cristiano, a Cristianín, en ellas. Cristianín es nombre antiguo, un nombre de jugador mítico y popular del Madrid del que oiríamos hablar, por ejemplo, por boca de Manolo Gómez Bur o de Conchita Velasco.

Lo de Cristianín lo sentí el miércoles contra el Apoel. Algo familiar al fin, no tan distante. Algo nuestro. Cristianín, el treintañero prodigio. Cristianín va vestido de blanco impoluto, un blanco como para destacar en el NO-DO, con sus botas siempre y simplemente negras y su peinado de barbería de barrio, de golpetazos en la espalda con el cepillo de despedida y botella de Floid en el estante, y de peluquero que te habla con orgullo del último zapatazo glorioso del ídolo Cristianín mientras en el transistor suena lejana una copla.

Así veo yo al siete que parece haber dejado atrás los teñidos y los cortes reggaetoneros. Lo contrario, por ejemplo, de Messi, que se les ha puesto como un Chavo del ocho tres punto cero tatuado y teñido. Y remata incluso mejor que antes. Todo en él, en Cristianín, parece más libre, como desencorsetado. No parece haber ya personaje sino persona: Cristianín, ese futbolista gloria del Madrid. Es como si se nos estuviera desmodernizando en la bodega del Bernabéu con el paso del tiempo, erigiéndose en figurón a lo Manolete llevando mocitas por pares cogidas de los brazos.

A Cristianín le ha abandonado el mohín caprichoso de Cristiano. Como si se le hubiera matizado la soberbia (la soberbia producida no por creerte mejor que nadie sino por saber que te esfuerzas más que nadie) con el costumbrismo de los madriles que ya lo viste definitivamente.

Cristianín abraza y besa y agradece. Cristianín sonríe y mira a las gradas como el torero de un pueblo que le aplaude. Está suelto. Hasta sus músculos parecen haberse relajado. Ya no parecen ivandraguianos sino como de José Legrá, que en el cuadrilátero era tan ágil y letal como Sugar Ray y luego aparecía en los platós riéndose como un hombre feliz.

¿Vieron a Bale cabalgar por la banda izquierda poniéndole balones inimitables como un Gento galés? ¿Será ese el lugar que le corresponde a Gareth más allá de sus deseos? Yo creo que a Bale hay que confinarle en esa banda porque será allí donde acallará los pitos y el runrún que florece porque tantas veces parece como desubicado. Un británico perdido en Chamartín sin su Cristianín.

Cristianín es más importante por esto que por el gol añorado. Nadie puede, de momento, ocupar su sitio, si acaso sustituirlo temporalmente un poco entre todos, con lo que eso conlleva. Con Cristianín todo es más directo, más corto, más sencillo. El lugar de Cristianín es tan inconmensurable (no digo imprescindible) que sin él es otra historia que podría ser incluso mejor pero distinta. Porque nada era igual sin Cristiano (mejor o peor) y menos lo va a ser sin Cristianín, que ahora es "del" y no "el" equipo, aunque todos lo sigan reconociendo, más ahora que nunca, como el número uno.
Salir de la versión móvil