El Madrid declara la independencia

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Era la sensación onírica. La convicción subconsciente de que el Madrid se iba. Volando. Era Florentino Pérez  a punto de hacer una declaración unilateral de independencia desde el palco del Bernabéu con todos los hilos, esos hilos míticos, ya colgando, bien visibles y moviéndose con el viento como adornos navideños, como flecos.

La hilaridad y la independencia. Y por detrás de Florentino Zidane y JAS, y Butragueño y Raúl y Guti muy serios y de pronto también muy sonrientes. Plácido Domingo resonando a todo volumen en los altavoces. Las mocitas enloquecidas agitando banderas blancas. Besos y abrazos en el público. Los jugadores sobre el terreno de juego haciendo ronditos pacifistas. Cristiano lanzándole a Keylor el balón muy suavecito. Sin fuerza. Sin violencia. Nadie entra a nadie. Nadie pretende robar el balón a nadie. La pelota ni siquiera se pide, se pasa igual que el porro. Se comparte.

Hay un árbitro allí abajo que siempre pita a favor de los blancos con una sonrisa en un eterno partido victorioso. Y no es un pitido típico. Es una melodía. Dulce y hermosa. Una familia de topos independentistas sale de debajo de la yerba y se une a la celebración. Mueven sus patitas y agitan sus hocicos. También hay conejos blancos como el de Alicia. De hecho el árbol con su oquedad está engalanado en el círculo central. No es el hueco por el que uno pueda acceder a un lugar de maravillas sino el hueco por el que uno sale a un lugar de maravillas.

La magia está en el ambiente y del ambiente, del aire (no de competir, de luchar, ni de ganar con honor y respetando las reglas) van a vivir los madridistas. Así se lo han anunciado sus dirigentes, así lo enseñan en la cantera, así lo cuentan en todos los mentideros. De él, del ambiente, se van a alimentar. De él van a sacar todo lo necesario para una feliz y próspera subsistencia alejada de todos los males del mundo. Cuánto sentimiento. ¡Hala Madrid! corea el estadio, el país, la república independiente del Madrid.

Pero al rostro de Florentino le sucede algo. Horribles muecas alteran su expresión como mi ánimo. Se le inflan los mofletes. El pelo lacio se transforma en duros cabellos puntiagudos. Oh. Dios mío. Es un centauro con el rostro y el torso de Bartomeu y el cuerpo y las piernas de Florentino. Me agito en mi pesadilla. Yo no quiero la independencia. Observo el abismo de desorden y de ruina. Soy Jonathan Harker subido en la carroza de Drácula de camino a su castillo al borde de los precipicios de Transilvania. Veo acercarse las almenas tras las que se esconden dos extraños seres: Puigdemont y Junqueras, también conocidos como el president y el vicepresident.

Pero Drácula es Mas. Artur Mas. Y tiene gitanos a su servicio (no aquellos héroes modernos que desmentían a Lorca), feos (y feas) zíngaros de la CUP que cuidan de sus cajas de tierra pura catalana para que viaje por el mundo sin corromperse. El Drácula que bebe la sangre (ya se la ha bebido casi toda) de los separatistas. Y yo voy hacia él. Hacia su morada. ¿Qué es toda esta locura? ¿El Madrid viajando hacia la independencia en la carroza de Mas?

He visto a Anna Gabriel entre el público independentista madridista con una camiseta de Luka Modric. Sonreía como Gargamel (en realidad es Gargamel con una peluca estilo abertzale) relamiéndose ante la visión de un pitufo mientras jaleaba a la muchedumbre enfervorizada sin mover un músculo. Simplemente toda esa gente la seguía como las ratas a un flautista sin flauta. Me asomo por la ventana de la carroza y veo a Eulalia Reguant guiando a los caballos.

Grito de espanto y un escalofrío recorre mi cuerpo y alguien me susurra: “esto es Cataluña”. ¿Cataluña? ¿No es el Bernabéu?, pienso. Quiero despertar. He oído a Zidane hablar con la voz de Guardiola. Butragueño comenta algo sobre el “céspet”, de cuyo árbol central no paran de salir seres fantásticos: el lacayo Rana, el lacayo Pez, Piqué, la Oruga o la Reina de Corazones.

Al fin la Reina ordena decapitar a la Sota mientras todo se tiñe de azul y grana. “Catalonia is not Spain” pone en letras gigantes en la grada que no es la del Bernabéu. Abro los ojos, asustado. Me he quedado dormido bajo el árbol. Sé que esto nunca pasaría en el Bernabéu, sé que he estado soñando, pero también sé que esto está pasando en Cataluña. En España. Van a declarar la independencia a las seis de la tarde, a las seis en punto de la tarde que en realidad son las siete menos cuarto a través del espejo, el enésimo escenario.

Al otro lado del espejo hay un Parlament donde el president es quien finalmente declara la independencia de Cataluña. Esto ya no es un sueño. Tampoco es un sueño el que esa Cataluña independiente (siempre a través del espejo) durara ocho segundos antes de ser suspendida por el mismo declarante provocando un efecto de gol anulado entre el independentismo. Un efecto futbolero inocultable (forofo más que patriótico), que es el verdadero sentido, la verdadera importancia de esta confusa y complicada historia inacabada del Galimatazo, con Puigdemont en el papel de Jabberwocky, donde, por cierto, a pesar de todo (siempre es igual en todos los relatos), el Madrid sigue siendo el campeón.

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