Para Arbeloa, Mesetas y John Deere

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Discúlpame, Álvaro, por compararte con un tractor. Ocurrió en Radio Marca. Creo que todavía en tiempos de Pellegrini, aunque podría ser el primer año de Mourinho. Contra el resto de la tertulia, defendía tu competencia para ocupar el lateral derecho del Madrid  ¡Menudo argumento se me vino a la boca!: «Arbeloa es un John Deere».

Un hombre de campo sabe que un John Deere no es cualquier tractor. Es el tractor; como un Ferrari es el coche. Aún así, ¿cuánta gente del campo seguía esa tertulia? ¿Cuántos de los que escucharon la inaudita comparación tendrán una sola vez en la vida la oportunidad de disfrutar la sublime sensación de seguridad de estar a los mandos de un John Deere mientras el arado parte la tierra en dos, excavando una trinchera entre el cielo y el infierno?

Por fortuna, los compañeros me dieron la oportunidad de desarrollar la imagen. Eran, todavía, tiempos de tolerancia con el infiel. El año siguiente concluyó la veda y te convirtieron en pieza de caza mayor. Los doctores de la doctrina habían decretado que el Madrid «no juega a nada» y menos que nadie Arbeloa. Lo decían de aquel Madrid de más de ciento veinte goles, edificado sobre una defensa de diamante y ejecutor de los contraataques más plásticos de la historia del fútbol. Del Madrid de las transiciones eléctricas que, de haberlas podido ver, Albert Einstein habría utilizado para explicarnos el fenómeno de la dilatación de lo temporal, sus postulados sobre el tiempo y el espacio relativos, mucho mejor que con las imágenes de pasajeros y espectadores de trenes que construyó cuando ni siquiera existía la alta velocidad.

Deere

Mientras tanto, tu solidez, tu disciplina táctica, tu inteligencia de los espacios, tu dominio del tempo, tu capacidad de sacrificio y tu solidaridad con los compañeros serían durante la temporada la mejor plataforma de lanzamiento de aquellos viajes espaciales que uno no puede imaginar que exista madridista que no añore, comenzando por Cristiano Ronaldo.

Tiempo después, Ángel del Riego, Mesetas, explicaría lo que yo quise decir escogiendo con más sabiduría las palabras: «No permite la tomadura de pelo del rondo en sus dominios, y acogota al rival hasta dejarlo sin espacio e imponerle su gravedad. Su ley. Y ahí es donde empieza el eterno contraataque del Madrid. En la presión del mejor soldado de la Guardia Real.»

La ventaja de haber visto el futuro no disminuye el mérito de Ángel. También habían visto el futuro los sumos sacerdotes de la prensa patriótica y se obstinaban en negar la evidencia para imponer su relato a futbolistas y audiencias sin criterio. No era tu caso, Álvaro, ni el nuestro. Ángel los desnudó: «Y lo dicen unos señores emboscados tras los micros que no buscan respuesta, sino imponer su relato al jugador. Unos señores obsesionados con quitarle la palabra al futbolista español, ellos, que tanto dicen quererle. Pero no hacen mella; otros han caído, Arbeloa no»

Perdóname, Álvaro Arbeloa, por recordar aquello del John Deere, precisamente hoy, el día de tu despedida del Bernabéu. Quería significar tu fútbol una jornada en la que, llevados por la emoción, corremos el riesgo de que tu honestidad y tu valentía ante los micrófonos nos hagan olvidar que donde más y mejor has derrochado esas virtudes, donde con más bravura y compromiso has defendido esa idea decidida del Madrid que compartimos, ha sido sobre el césped. El del Santiago Bernabéu y el de todos los campos del mundo. En los teatros más ásperos, frente a los públicos más hostiles y los enemigos más fieros, enarbolando, que no vistiendo, la camiseta blanca del Madrid.

Dominado por la contradicción, hoy será un día extraño. Ansío, y a la vez no quiero que llegue, ese momento en que la Grada del Madrid alzará tu camiseta blanca. La bandera izada en lo alto de la torre, en palabras de Antonio Valderrama. Por llevar tu nombre impreso, por ser la tuya, nuestra bandera de hoy enlazará con la de la estirpe antigua a la que perteneces; la estirpe de los Ciriaco y Quincoces, la de los futbolistas de raza que nunca vieron su nombre escrito sobre esa camiseta blanca que tantas veces mancharon con su propia sangre y con la del enemigo. Te deseo que, lejos de nuestro estadio, disfrutes del fútbol durante mucho tiempo; pero quiero, al mismo tiempo, que no te vayas de aquí. ¡Vuelve pronto, espartano! Tu Madrid, que es el nuestro, será un poco menos sin la voz que mejor ha encarnado su voluntad de hegemonía.

5 COMENTARIOS

  1. Hago mío el último párrafo especialmente en un día como hoy, en el que iré al Santiago Bernabéu a despedir a mi capitán como se merece: de pie y con una sonrisa llena de orgullo y de agradecimiento eterno.
    Y desde donde esté, también aplaudiré a la Grada de Animación y me uniré en una sola voz para cantar y animar a nuestro equipo, apoyándolos en un día tan importante como el de hoy, en el que seguimos luchando por la Liga.
    ¡Hala Madrid y nada más!
    Hechi

  2. Claro que el John Deere no es cualquier tractor, como tampoco lo es nuestro espartano. Y por cierto, no sé quién es Ángel del Riego pero me quedo con su sabiduría:

    “Ángel del Riego, Mesetas, explicaría lo que yo quise decir escogiendo con más sabiduría las palabras: «No permite la tomadura de pelo del rondo en sus dominios, y acogota al rival hasta dejarlo sin espacio e imponerle su gravedad. Su ley. Y ahí es donde empieza el eterno contraataque del Madrid. En la presión del mejor soldado de la Guardia Real.»

    La ventaja de haber visto el futuro no disminuye el mérito de Ángel. También habían visto el futuro los sumos sacerdotes de la prensa patriótica y se obstinaban en negar la evidencia para imponer su relato a futbolistas y audiencias sin criterio. No era tu caso, Álvaro, ni el nuestro. Ángel los desnudó: «Y lo dicen unos señores emboscados tras los micros que no buscan respuesta, sino imponer su relato al jugador. Unos señores obsesionados con quitarle la palabra al futbolista español, ellos, que tanto dicen quererle. Pero no hacen mella; otros han caído, Arbeloa no»”

    Amén. Saludos y Hala Madrid !!

  3. Impecable. PLAS, PLAS, PLAS.

    Cada vez que el capi marcaba a algún contrario virtuoso del fútbol yo estaba tranquilo, sabía que por ahí no pasaba ni dios, lo mismo que me ocurría con Chendo.

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