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Son tus perjúmenes, Setién

Son tus perjúmenes, Setién

Escrito por: John Falstaff4 febrero, 2020
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Yo oigo el nombre de Setién y me vengo arriba. Se me levanta el espíritu y se me pone la moral en posición de firmes. Son tus perjúmenes, Setién, los que me suliveyan. Setién es un regocijo con aroma a leche recién ordeñada, un gaudeamus igitur en las verdes praderas, un alborozo venido del norte a lomos del jogo bonito manque pierda. Setién es la alegría de la huerta y del establo, la del cateto y de la hipotenusa, la de todo el barcelonismo y también la mía. Setién, seráfico heraldo, ha llegado enviado del cielo, y ahí lo tienen guardando celosamente las esencias e impermeable a la dictadura del resultado, que ya se sabe que tiende a ser un impostor cuando pierde el Barcelona.

Pero Setién no ha venido solo, sino que como buen embajador celeste se nos ha aparecido jubilosamente rodeado de un séquito como Dios manda. Y lo que manda en el caso de Setién es que se componga de vacas. Setién y las vacas, que no sólo suena a título de cuento de realismo mágico, sino que es el mismísimo realismo mágico hecho entrenador a partir del cuento que tiene el propio Setién. Y es que Setién tiene algo de fabuloso, de asombroso y desconcertante, uno lo ve en el banquillo barcelonista y le parece estar viendo las vacas montañesas, con sus moscas y sus cencerros, enseñoreadas plácidamente del terreno de juego mientras pacen y rumian su juego de pase y de toque preciosista y onanista, cuya digestión precisa de no menos de cuatro estómagos y dieciséis bostezos.

El Barcelona es últimamente un poco aquello de Qué verde era mi valle, y tengo para mí que Bartomeu, el buen Barto, ha traído a Setién y a sus vacas por ver si el valle vuelve a reverdecer un poco, siquiera sea por no hacerle un feo a vacas y vaquero. Setién es bucólico y pastoril, el nuevo Virgilio del barcelonismo con su níveo cabello, y todo en él es una égloga grácil, etérea, la arcadia feliz del estilo.

Ah, el estilo. Yo le estoy muy agradecido al estilo, que ha traído a Setién a Can Barça como los nubarrones negros traen la lluvia. Setién, que es nombre de obispo cabrón y ahora también de entrenador vacuno, anuncia la Cuaresma culé administrando al barcelonismo la ceniza del estilo. Setién es un miércoles de ceniza que nunca acaba. “Estilo eres y en estilo te convertirás; conviértete y cree en el Evangelio”, proclama Setién después de cada decepción en el terreno de juego. La Liga es un valle de lágrimas cuando el Madrid va por delante, ya se sabe, y por eso es tan necesaria la buena nueva del estilo que Setién anunció en su rueda de prensa de presentación. "Bienaventurados los que creen en mí, porque de ellos será el Reino del Estilo". Muuuuu.

Y es que Setién pertenece a la gloriosa estirpe de los entrenadores que defienden la belleza del juego de sus equipos por encima de los resultados o, para ser más precisos, pese a los resultados. O sea, del linaje de los Guardiola, Cappa, Juan Malillo, Paco Jémez y demás criaturas venidas a este mundo para colmarnos de felicidad a los madridistas. De la casta de los entrenadores charlatanes, de los vendedores de crecepelo, de los sacamuelas a quienes lo que les sobra de desparpajo les falta de vergüenza.

Setién es el nuevo Doctor Dulcamara que lleva toda su carrera subido en el pescante de un carromato y prometiendo el elixir del amor a cuantos incautos le prestan oído: “Udite, udite, o rustici; attenti, non fiatate!” A mí me enternece (¡qué digo me enternece: me arrebata, me embriaga, me arroba, me acalora, me exalta, me apasiona, ¡me excita y me extasía!) ver al Barcelona convertido en Nemorino y libando el brebaje de este vaquero con la esperanza de conquistar la Liga. Y si la Liga, como parece, la acaba ganando el Madrid, será naturalmente otra impostora. “Ch'io sono quel gran medico, dottore enciclopedico, chiamato Dulcamara, la cui virtú preclara e i portenti infiniti son noti all'universo”.

Cómo no me van a suliveyar sus perjúmenes. Mis ojos son de colibrí. Ay, ¡cómo te aleteyan! No te vayas nunca, Setién.

 

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si m