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Siente un pobre en su mesa

Siente un pobre en su mesa

Escrito por: John Falstaff18 diciembre, 2017
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El sábado el Real Madrid volvió a ganar el Mundial de Clubes y la redacción de La Galerna bullía con la trepidación de las grandes ocasiones. Hoy, ya lo ven, esta página es una celebración de la alegría desde el portanálisis a los artículos de opinión pasando por las crónicas de nuestro enviado especial, ese Marco Polo madridista llamado Athos Dumas. El sábado todo era agitación y todo es hoy alborozo y yo, qué quieren que les diga, lo observo todo con un cierto desapego, con una satisfacción amortiguada y consuetudinaria, con la complacencia distraída con la que uno advierte en su extracto bancario el ingreso del último recibo de nómina. Y es que, aun a riesgo de ser tachado de aguafiestas, me van a disculpar si les confieso que a mí esto del Mundialito me deja más frío que la opinión de Piqué sobre... cualquier cosa.

Desde la perspectiva europea y salvo cuando lo gana el Barcelona, tanto el Mundialito como su antecesora, la Copa Intercontinental, nunca han dejado de ser un partido extravagante disputado en tierras exóticas y en horario inoportuno entre un equipo europeo y otro sudamericano. Uno de esos títulos estrafalarios insertados a capón en el calendario sin más propósito que engordar las arcas de la FIFA al abrigo de un nombre tan huero y falaz como rimbombante, y cuya única contribución destacable a la historia del fútbol ha sido el famoso gol del aguanís de Raúl al Vasco de Gama, allá por el año del Señor de 1998.

A mí esto del mundialito me deja más frío que la opinión de piqué sobre... cualquier cosa

Pero la perspectiva americana es bien distinta. Uno, que vivió algunos años en São Paulo, tuvo ocasión de presenciar lo que el Mundialito representa al otro lado del Atlántico. Allí, durante la semana previa al partido, las emisoras de radio o televisión y la prensa escrita dedican gran parte de su programación o de sus páginas al extraordinario acontecimiento que supone que un equipo local dispute la corona mundial ante el todopoderoso campeón de la Copa de Europa. Así ocurrió allá por el año 2011 con el Santos de Neymar. La expectación en los aficionados al fútbol (o sea, en todos los ciudadanos), era máxima, y el ambiente de las grandes ocasiones casi se podía palpar en la calle, y ello a pesar de que el finalista no era un equipo paulistano sino de la pequeña población que constituye la ventana por la que la monstruosa metrópoli se asoma al mar (al año siguiente la final la disputaría el Corinthians y los paulistanos lo celebrarían también jubilosos, unos porque eran aficionados del equipo y otros -los más- por el alivio de saber que la pacífica afición del entrañable Timão estaría animando a su equipo en Tokio durante unos días en lugar de asaltando viandantes a punta de pistola. Pero ésa es otra historia).

Esa, y no otra, es la verdadera naturaleza del Mundialito, una competición artificiosa que no tiene otra virtud que la de proporcionar a equipos y aficiones cuya área de influencia es sólo local (es decir, todos los equipos no europeos) la promesa de un efímero y casi siempre frustrado minuto de gloria. Porque, digámoslo sin ambages y con todos los respetos para los Al Jaziras, Pachucas y Grêmios de Portoalegre de este mundo: el Mundial de Clubes es la versión futbolística del siente un pobre a su mesa. Es la cena de Navidad que la burguesía de la FIFA organiza cada año para que tres pobres diablos cenen caliente y se sientan tratados como iguales por una noche antes de volver a la fría calle. Una cosa berlanguiana, con ese humor triste de Azcona. El Mundialito es Plácido, con familias viviendo en urinarios públicos. Una tragicomedia sórdida y diametralmente opuesta a lo que representa el Real Madrid, y yo creo que por eso a punto estuvo el equipo de que en semifinales le protestasen la letra del motocarro. El Real Madrid no ha nacido para complacer a las aburridas señoronas de la FIFA y cuando se ve obligado a hacerlo y a enfrentarse al indefenso, la cosa resulta contra natura, de forma que al equipo el colmillo afilado se le transmuta en la mirada bondadosa y suplicante de Cassen, y los postes representan el papel de concejal huidizo y esquivo en el pago.

Así que yo me alegro del triunfo de los nuestros, por supuesto, porque el madridismo o es salir a ganarlo todo o no es. Pero no esperen que lo celebre. El Mundial de Clubes es un título para que lo festejen aficiones como la del Corinthians, que pocas cosas más tienen para celebrar, o la del Barcelona, club al que no le supone embarazo alguno inflar con la mentira que entraña el nombre de Mundial de Clubes un palmarés con el que trata lastimosamente de competir en grandeza con el Real Madrid. Acaso sea esto lo mejor de nuevo título: que el Real Madrid ya iguala en Mundialitos al Barcelona y que, por tanto, ni ese mugriento resquicio le queda para la demagogia al farsante club de la esquinita. Por lo demás, alegrémonos de la victoria, coloquemos la copa en la sala de trofeos, y volvamos a lo que importa. O sea, al sábado que viene.

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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