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Resurrecciones a la catalana

Resurrecciones a la catalana

Escrito por: Julia Pagano1 marzo, 2020
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El fútbol ha sido terreno fértil para las expresiones espirituales prácticamente desde sus orígenes.Es cierto que pocos cuadros han alcanzado a revestirse de la mística que convierte a sus escudos en objetos sacramentales, por encima de fronteras geográficas, culturales, religiosas; más allá de buenas o malas rachas, de infaustos o abnegados dirigentes, de sequías prolongadas o fecundas temporadas, incluso de descensos y carpetazos. Los madridistas sabemos de qué se trata.

Todo hecho deportivo implica en cierto modo una búsqueda de la trascendencia. El evento fundacional de un club de por sí remite a la experiencia apostólica. Ese grupo de personas que se congregan en torno a un ideal para crear una nueva entidad, postulan una meta y una misión, y designan a sus enviados para diseminar el mensaje por todos los confines del planeta remite con mucho al relato evangélico. Ningún equipo, por modesto que sea, sale al campo con otro propósito que ganar.

No en balde una de las máximas capitales del balompié dice que “una vez que empieza a rodar la pelota, en esos 90 minutos, todo puede suceder”. El milagro forma parte de la esencia del juego y, para que los milagros ocurran, es imprescindible la fe. Bien dicen los teólogos y las abuelas que “a la fe hay que ayudarla”. Y ahí, por obra y gracia de entenderlo todo mal, entra a tallar el pensamiento mágico.

En lugar (además, en el mejor de los casos) de traducir esa ayuda en esfuerzo, templanza y dedicación; la mayoría de los futboleros apela a una surtida variedad de recursos para congraciarse con algún poder ultraterreno. Desde los tradicionales novenarios y devociones, pasando por filtros y simpatías populares, hasta intrincados rituales, cábalas y fetiches fabricados al paso.

Sería materia de otro artículo detallar la colección de parafernalia, ritos o excentricidades exhibidas. Todo vale con tal de convocar los favores de la Fortuna. Lo mismo se cuelgan rosarios, medallas y escapularios, que amuletos de cualquier filiación religiosa o industrial. Cualquier prenda u objeto puede adquirir facultades prodigiosas si alguna jurisprudencia lo respalda: la virgencita de Bilardo, la tricota gris de Guardiola, la gorra de Klopp o el balde de Bielsa dan prueba de ello.

Ahora bien, la espiritualidad del fútbol no se reduce tan sólo a folclóricas liturgias.  En otros órdenes ha escalado a instancias metafísicas mucho más elevadas donde las demostraciones de fe se confunden con la filosofía, la épica, el arte, la alquimia, la poesía…

¡Y vaya si se confunden! Casi se diría que la confusión es el dogma sobre el que sacerdotes, heraldos y catecúmenos, en su afán de perpetuar sus nombres para la posteridad, han edificado una confesión en la que se entrecruzan la doctrina de los ciclos, la Cábala, el orden de las transmutaciones, el mito eterno retorno o la fuente de la inmortalidad.

Una de las estrofas más cursis acuñada en homenaje a una institución deportiva dice: “Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera”. Seguramente sin proponérselo, el vate aurinegro (que a Peñarol iban dedicados esos versos) sintetizó magistralmente la sinuosa manera en que se manifiesta una de las obsesiones más extendidas entre los adeptos al fútbol: la reencarnación.

La tendencia universal ha determinado que los virtuosos, los ganadores, los carismáticos de todas las épocas, al tocar el ocaso de sus carreras se envuelvan en un manto deífico que los eleva a la estatura de próceres y, en su calidad de artífices de gestas memorables, hagan que su regreso en genio y/o figura sea la aspiración recurrente de todas las generaciones por venir.

Como en una alucinación bernardina, incluso quienes jamás los vieron pisar el césped, sueñan con que Di Stefano, Zarra, Gento, Pelé, Maradona, Ferguson, Schiaffino, Yashin, Bernabéu, Giuseppe Meazza, Obdulio Varela y Renato Cesarini vuelvan algún día llevados en volandas por legiones angélicas para restablecer el orden de un pasado heroico que quizá sólo habita en el inconsciente colectivo de las tribunas.

Pero, para eso, la ilusión cuenta con estrategias de las que valerse para contrarrestar la dura realidad. Y, a sabiendas que las comparaciones son odiosas, echa mano de aquello que mi profesora de literatura llamaba “una comparación abreviada”: la metáfora. Herramienta infalible que opera periódicas resurrecciones a expensas de cada nuevo ídolo en ciernes que salta a la pista.

Nada más improcedente que caer en las tablas de equivalencias ¿Para qué tomarse el trabajo de señalar que un jugador se parece por características técnicas, fisonomía o carácter a algún otro antecesor, cuando se puede decir con total liviandad que ES aquel a quien evoca?

Valga el ejemplo para describir un patrón común a cualquier estamento de la competencia; sean seleccionados nacionales como clubes de barrio, todos incurren tarde o temprano en el ejercicio de las mutaciones. Todos, excepto uno que se da sus propias reglas, aplica sus fórmulas exclusivas y hasta tiene criterios especiales para dirimir estos asuntos de la vida y de la muerte, de la riqueza y la pobreza, de la salud y la enfermedad. Abidal, Vilanova, Luis Enrique supieron algo de eso, pero sus tragedias, no menores, se alejan del tema de estos párrafos.

Aunque en cierta medida dan cuenta de hasta qué extremos llega la falta de tacto que manejan los culés. Y de coherencia. Pues, así como con absoluto desparpajo erigen a Setién en reencarnación de Cruyff (no sabemos quién sale menos favorecido en el emparejamiento), lo mismo arrojan nombres de postulantes a encarnar jugadores que aún militan en la plantilla mientras, en cambio, jamás insinuaron al menos sucesores redivivos de figuras emblemáticas como Iniesta, Pujol, Ibrahimovic o Mascherano. Tan pronto completan los trámites de las despedidas, se diluyen en el limbo a donde van a parar las almas irredentas, que en el fútbol vienen a ser las ligas de Oriente o de EEUU.

Obviando genuflexas gratitudes, postulan que Trincao es el nuevo Busquets o el émulo de Jordi Alba sin tomarse el tiempo de que éstos hayan anunciado siquiera la baja, pero no se inmutan en procurar alguno que venga a corporizar ni a Piqué ni a Suárez, a pesar de que la lesión del inseparable escudero de Messi se haya hecho sentir en la merma goleadora del ingenioso hidalgo de Rosario. Osaron por un instante en atribuirle al emergente Ansu Fati las virtudes del argentino, pero acaso una proverbial intervención de su representante, a la sazón hermano de Lio, haya obrado en la abrupta suspensión de los entusiasmos de la opinión pública.

Algunas de las múltiples teorías sobre la reencarnación pregonan que se trata de una ruta con ascensos y descensos (¡oh, casualidad!). Los sujetos que han pasado por la vida sin mérito alguno, en la siguiente adoptan naturalezas inferiores, su espíritu vuelve a la tierra en forma de vampiro, culebra o comadreja. Opuestamente, aquellos que llevaron vidas irreprochables ya no reencarnan más y, no queda muy claro cómo, acceden a un nivel superior que tampoco sabemos bien en qué consiste.

Sin lugar a duda, Messi debe pertenecer a esta última especie de seres de luz. Ante semejante verdad revelada, vaya que ha de enturbiársele más el panorama a Bartomeu & Co. Como si no bastase el escándalo de 13 Ventures y la consiguiente borrasca que desencadenaron las primeras reacciones de “el-mejor-jugador-del-mundo” sugiriendo una tibia intención de tomar las de villadiego. Justo cuando a Guardiola (otro que alcanzó su última reencarnación) se le vence el contrato con el City y, sin visos de renovación, la grey azulgrana sueña con la segunda venida de Pep y la instauración definitiva del Rein