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Luka Modric, el mentor

Luka Modric, el mentor

Escrito por: Antonio Valderrama6 octubre, 2020
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Hace tiempo leí en alguna parte (quién puede acordarse de dónde lee las cosas en Internet en este tiempo nuestro) una hipótesis muy interesante acerca del papel de las abuelas en la supervivencia de la especie humana, en su etapa más primitiva. Según la hipótesis de la abuela, el hecho extraordinario en el reino animal de que las hembras  humanas que dejaban atrás su fertilidad aún vivan largo tiempo puede explicarse por su función fundamental en las primeras etapas de la evolución del homo sapiens: ayudaban a alimentar a las crías mayores, dándole tiempo a las hembras jóvenes a aumentar la progenie con el mismo compañero, macho cazador, de resultas de lo cual se fortalecieron, a lo largo del tiempo, los vínculos de pareja, clave de bóveda de la socialización humana. Las abuelas se dan a los demás, esto poco ha cambiado varios miles de años después, lo que no sólo aumenta la esperanza de vida de sus familiares, sino la longevidad propia (aunque haya quien pierda, literalmente, la vida por sus nietos, pero esa es otra historia): de lo que redunda un manifiesto beneficio colectivo, como pueden dar fe cientos de familias españolas desde el crack de 2008. Esta anécdota antropológica me vino a la mente al ver a Modric el otro día, en otra brillantísima actuación de este, de momento, su excelente inicio de campeonato. El abuelo del Madrid sigue siendo el mejor centrocampista del equipo, de la Liga y probablemente de Europa, en el año en que acaba contrato y en el que afronta el último gran reto de su carrera, el de apadrinar a la quinta que debe tomar el testigo del Madrid de los Jerarcas.

El abuelo del Madrid sigue siendo el mejor centrocampista del equipo, de la Liga y probablemente de Europa

Acercarse a la figura de Modric, de este Modric crepuscular que se está acabando aunque no lo parezca, puede provocar nostalgia. Es natural. No en vano se trata del mejor centrocampista de la historia del Madrid y yo diría incluso que de la historia del fútbol mundial. Es inevitable además que a uno se le humedezcan los ojos pensando que asiste a los últimos partidos, a las últimas ligas, a los últimos coletazos del nieto del pastor Luka Modric, padre de Stipe y suegro de Jasminka. Todos somos nietos, en último término, decía Carl Joseph Trotta. Resulta que el astro sobre el que giró el Madrid de la Edad de Plata no es más que el nieto que cuidaba del rebaño en una aldea serbocroata llamada Modrici, de la que su familia tuvo que salir por patas cuando él tenía seis años y en la que dejó para siempre al padre de su padre. El niño de la pelotita del Hotel Kolovare de Zadar se convirtió en el rey del mejor equipo del mundo y veces la tentación de hablar de él en pasado, como si se escribiera un obituario, es muy fuerte: ocurre siempre con las cosas que hemos querido tanto y que creímos eternas a despecho del tiempo, que siempre llega puntual a cobrarse sus facturas.

Modric 10

Pero Modric está bastante vivo. Es muy interesante fijarse en el que parece ser su nuevo rol en el Madrid. Hace dos veranos, tras el Mundial, Modric parecía en efecto finito. No más aquel futbolista de despliegue físico exuberante, inteligencia táctica privilegiada, conocimiento del juego superior y personalidad silente pero arrolladora. Ocurrió justo cuando le dieron el Balón de Oro, lo cual no deja de ser otra de esas paradojas que tiene el fútbol, trasunto perfecto de la vida. Los esfuerzos físicos salvajes en aquellas prórrogas agónicas e interminables con Croacia agotaron las energías de un tipo de 33 años en el momento crítico en que el Madrid cerraba un ciclo heroico y comenzaba algo incierto que degeneró rápidamente en una ruina. La debacle se consumó en el escenario más grande: el centro del campo del Ajax (por cuyo símbolo, De Jong, pagó inmediatamente 90 millones el Barcelona, holandés, rubio y del Ajax, el producto ideal) que aplastó al Madrid en el Bernabéu, para sorpresa general, parecía en aquel momento todo lo que Modric fue y ya no era. Juventud, vitalidad, frescura, dinamismo, determinación, fuerza, audacia y en una palabra, futuro. De eso hace año y medio. El De Jong que se reía en Instagram del abuelo desnortado se parece hoy a Modric como el Ecce Homo de Borja al de Tiziano: en el blanco de los ojos.

El De Jong que se reía en Instagram del abuelo desnortado se parece hoy a Modric como el Ecce Homo de Borja al de Tiziano: en el blanco de los ojos

El año de purificación le ha venido bien a Modric. Zidane está consiguiendo con él lo que ya pudo con Cristiano, una especie de reeducación. Es una divinización a la inversa: el entrenador, que fue un dios del fútbol que renunció cuando la edad le cayó encima como un martillazo, convence a los dioses contemporáneos de la necesidad de que se hagan mortales, de que abdiquen. Es como republicanizar a un emperador, hacer que vea la necesidad de ceder el gobierno absoluto y de que firme la constitución de una monarquía parlamentaria. A Ronaldo lo convenció de que se haría eterno acaparando menos, siendo la bala de un cañón bien engrasado que sólo lo necesitaba como finalizador monstruoso y no como Alfa y Omega. De Modric, Zidane empezó a hacer la temporada pasada un accesorio de lujo, desplazándolo desde el centro del sistema solar, hasta los márgenes de la utilidad colectiva del equipo.

Modric entrenamiento dedo

Como pasa en anatomía, el órgano crea la función. El Madrid, que no tenía recambio para Casemiro ni tampoco para Valverde, que tenía, por así decirlo, un centro del campo cojo, encontró en Modric un tercer pulmón y la mejor variante posible para hallar la pausa, el control y el hombre de más, los días en que el Madrid se enfrentaba a sistemas superiores: una vuelta de tuerca al centrocampismo, no ya el exuberante control dinámico del juego de 2017 sino un centrocampismo más de andar por casa. Un centrocampismo austero, de guerra y cartilla de racionamiento.

Pasando de rey a primer ciudadano, Modric se ha convertido en algo más esta temporada. El contexto internacional, pandémico, ha acentuado cruelmente una inercia económica que había alejado al Madrid de los grandes fichajes. Ahora no sólo es imposible fichar a los Mbappés sino también a los Camavingas. Con este panorama y el recurso a los jóvenes talentos como baza de supervivencia en la alta nobleza del fútbol que se viene (que ya está aquí), Modric no es sólo recurso o emergencia, complemento de privilegio en una plantilla escasa de gran talento y con un presente al que cada vez le queda menos mientras se espera que el futuro despegue: es un mentor.

Modrid abrazo Valverde

En la Odisea, el protagonista se lleva veinte años zascandileando por el Mediterráneo mientras su mujer teje. A su hijo lo cuida Méntor, un personaje fascinante que hace de padre y de maestro. Méntor es para Telémaco algo mucho más grande que un pedagogo o que un educador. Desempeñó una función tan esencial que en la lengua su nombre se quedó como sinónimo de consejero, padrino, guía, profesor y protector. Es decir, fue un abuelo, como ha descubierto la antropología milenios después de que lo hiciera la sabiduría popular. Modric está en el Madrid para ser el abuelo de Odegaard y de Valverde, pero también de Rodrygo, Vinicius o Jovic. Enseñarles a competir, enseñarles a ganar y también, claro, a perder: pocos equipos hay que pierdan tanto como los que luego logran ser supercampeones. Jovic reconoció que es su gran amigo en el vestuario, por la afinidad balcánica. Ahí está el mentor, el apéndice de Zidane en el campo. Tal y como está formulado el proyecto, el Madrid necesitará varios años para volver a disputar la Copa de Europa, o sea, para estar de nuevo en la crema de la élite del fútbol mundial. Por lo tanto, precisará exprimir a fondo todo lo que quede dentro de los jugadores-nación que lo llevaron a jugar ocho semifinales seguidas en los últimos diez años. Ese último servicio será como el que ya está demostrando este Modric de vuelo corto: un padrinazgo, un darse a las nuevas promesas, amparándolos en su aprendizaje con sus últimos destellos de grandeza y con la experiencia competitiva que no tiene nadie más en el mundo. Veteranos y noveles, canta el himno. Si la generación que Mourinho llevó tres veces seguidas a las puertas de la gloria hubiera contado con un Modric, un Ramos o un Benzema de 35 años y la sabiduría que da haber conquistado varias veces el mundo, quizá la historia de ese equipo habría sido distinta.

 

Fotografías Getty Images.