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Loor eterno al tamudazo

Loor eterno al tamudazo

Escrito por: Jesús Bengoechea12 septiembre, 2015
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Estimado Sr. Bengoechea: los abajo firmantes le conminamos a presentarse el día 8 de junio a las 12 de la mañana en el aeropuerto de Madrid-Barajas. Vestirá de manera informal, y le está prohibido acompañarse de maleta o mochila alguna, pues será el propio Comité quien le entregará la ropa que lucirá en los fastos. Por todo equipaje, sírvase llevar un neceser transparente en cuyo interior sean perfectamente visibles un cepillo de dientes y ocho condones, tantos como miembros tiene el Comité, e incluso tantos como personas tiene el Comité. Lucirá también una gorra de visera de Bob Esponja.

A su llegada a Barajas (Terminal 4), se dirigirá a Noor, la encargada de atención al pasajero del mostrador VIP de KLM, a quien mostrará el neceser. Ella le dará las oportunas instrucciones sobre cómo proceder en adelante.

Cordialmente.

Muy Ilustre Comité Organizador de la Despedida de Soltero de Jesús Bengoechea”.

Lo primero que debo hacer constar –antes de que se me olvide y a fin de evitar sustos maritales a los miembros del Comité (y aun a las personas que lo componen)- es que ninguno de los ocho condones fue, salvo error u omisión, utilizado en el transcurso de aquel fin de semana en aquel destino misterioso.

Lo segundo es que mi respuesta al correo del Comité fue taxativa: accedía a cumplir punto por punto sus encomiendas. Lo único que pedía a cambio (considerando que la penúltima jornada de la liga 2006/2007 se dirimía aquel sábado) es que me garantizasen, allá donde fuera que nos dirigíamos, que podría ver el partido del Madrid. Me sometía de buen grado a someterme a cuantas humillaciones quisieran siempre que me dejaran ver por la tele ese decisivo encuentro, que tendría lugar de modo simultáneo a aquel otro del Barcelona ante el Espanyol donde el equipo de Rijkaard se jugaba lo mismo que el Madrid (estaba prevista, de hecho, la retransmisión simultánea de ambos partidos, pasando de uno a otro). Considerando que en el seno del Comité vivían y vibraban no menos de tres madridistas más, mi requerimiento fue atendido, tal como se me confirmó vía nuevo correo electrónico.

El día D llegué a la Terminal 4 con mi gorra de Bob Esponja y mi neceser transparente, en el que había introducido los aperos indicados por el Comité, ni más ni menos. Cuando me acerqué a Noor, en el mostrador de pasajeros VIP de KLM, Noor negó llamarse Noor, así como tener la menor idea del asunto del cual le hablaba yo. Ese detalle me escamó lo justo, como tampoco me ofendí al registrar su mirada de disgusto cuando le enseñé el neceser. Ni siquiera el simpático guiño cómplice del que me acompañé sirvió para atemperar su frialdad.

Visto lo visto, me senté en una cafetería del aeropuerto, donde pasé un par de horas realizando infructuosas llamadas telefónicas a todos y cada uno de los integrantes del Comité, quienes invariablemente rehusaban atender el teléfono. Cuando ya nada esperaba de ellos, aparecieron por allí todos juntos, enarbolando sonrisas traviesas y palmotazos en la espalda. Cómo son.

Palma-De-Mallorca

Hasta que no estuvimos delante de la puerta de embarque no supe que el escenario programado para mi despedida de soltero era Palma de Mallorca. Y hasta que no estuvimos en el hotel que habían reservado en Palma no supe el disfraz que me tocaría lucir durante la cena y posteriores copas. De hecho, los componentes del Comité Organizador tampoco conocían el atuendo en su totalidad, sino que cada uno era consciente (e inspirador) de un retazo del mismo. En una especie de juego del cadáver exquisito en plan casposo, cada uno portaba una prenda, y nadie fue consciente del efecto conjunto hasta que no se llevó a cabo la puesta en común de las diferentes piezas de la indumentaria. Cada uno había ultrajado el armario de su madre (o abuela, allá donde fuera posible) para escoger la más denigrante blusa, el más denigrante pantalón o los zapatos femeninos más incalificables, dependiendo de qué prenda les hubiera tocado seleccionar al hacerse el sorteo. De manera que todos se rieron muchísimo mientras me vestían en el hotel, ya preparándonos para salir. Se reían, de hecho, todavía más que yo. Y ya es decir, porque yo me reía muchísimo. Una barbaridad.

Hubiera preferido una de esas despedidas donde ponen al contrayente un delantal con dos enormes tetas y una diadema coronada con un níspero protuberante. Un atuendo de ese tipo no deja lugar a las dudas y la gente con la que te cruzas se hace cargo de que es tu despedida. Pero el disfraz pergeñado por mis amigos, un disfraz heterógeneo y mil-leches, el disfraz que me impusieron, podía perfectamente ser el de alguien que se viste así a propósito, sin coacción y (lo que es peor) creyéndose que va guapísimo. Para ello bastaría con ser un afeminado de vocación setentera y kitsch a más no poder: algo que yo podía pasar por ser, a ojos de un observador desconocido. El hecho de que alguien pudiera pensar que yo era ése, que yo me vestía así en serio, supuso una tortura durante todas y cada una de las horas en que me hicieron llevarlo. Parecía una especie de Paco Clavel de saldo (si eso es posible), un mariconcísimo trasunto de Georgie Dann.

-Perdona, no te quiero molestar. Pero es que he observado que me miras raro. Sólo quiero que sepas que si visto así es sólo porque me obligan. Es mi despedida de soltero.

-No te creo, lo siento. ¿Dónde está el falo de látex en la cabeza?

Toni, mi amigo mallorquín, había organizado la cena en una marisquería con una gran televisión de plasma, en la cual podríamos seguir el partido del Madrid. Los amigos menos futboleros habían cedido a los más futboleros (entre los cuales estaba yo) un lugar preferente en la mesa, con acceso visual inmediato a la pantalla. Era la penúltima jornada de Liga, con el Madrid un punto por delante del Barça: por ello (como antes decía) el canal en cuestión optó por intercalar trozos del partido del Madrid con trozos del partido del Barça, pues el campeonato se dilucidaba en ambos estadios. El restaurante estaba repleto de gente que cenaba viendo el fútbol, la mayoría hinchas del Barça a juzgar por sus cánticos. Viéndome allí, tan pendiente del partido, tan nervioso, tan proclive al exabrupto, muchos de estos comensales se admirarían al ver el forofismo con que determinados representantes de la comunidad gay pueden llegar a imbuirse en algo tan tradicionalmente heterosexual como el fútbol.

El Madrid necesitaba ganar, o al menos hacer lo mismo que hiciera el Barça, para asegurarse el llegar a la última jornada en la mejor disposición para campeonar. El Madrid jugaba contra el Zaragoza en la capital aragonesa. El Barça recibía en su feudo al Espanyol, y ninguno de los dos partidos marchaba conforme a lo deseado. Los percebes se revolvían en mi estómago al comprobar que pasaban los minutos y, mientras el Barça ganaba por la mínima, el Madrid perdía en Zaragoza también por un gol. Ello suponía que el Barça adelantaba al Madrid en dos puntos, al menos temporalmente. De acabar así ambos partidos, la Liga quedaba franca y expedita para los catalanes en el último partido.

Los minutos transcurrían de manera agónica. Los culés de las mesas contiguas festejaban sin parar, conscientes de la dificultad de que las cosas cambiaran en tan breve espacio de tiempo (ambos encuentros ya agonizaban) y sabedores de que si difícil es que las cosas cambien en un partido, cuánto más lo será que cambien en dos. De pronto, Van Nistelrooy cazó el empate en un balón suelto en el área. Los tres madridistas presentes en la mesa lo celebramos moderadamente: el Barça seguía ganando su derbi regional, y llegábamos a los últimos estertores de ese partido. Recortábamos un punto, pero el Barça seguía teniendo todos los pronunciamientos para la última jornada.

Hay un principio cósmico en virtud del cual, mientras las malas noticias pueden venir de quien las llora, las cosas positivas son anunciadas por personas que sienten por ellas la mayor indiferencia. Alvaro, mi mejor y más viejo amigo pese a que nunca ha entendido mi futbolerismo, ni por tanto mi madridismo, fue el único que reparó en un aviso situado en la parte inferior de la pantalla. Los demás estábamos demasiados ocupados en comentar el gol de Van Nistelrooy.  Y lo enunció con una simpleza, con un rictus tan impertérrito, que hacía todavía más inverosímil un mensaje ya de por sí inconcebible.

-Gol del Espanyol en Barcelona.

tamudo tamudazo

Y fue así cómo, en aquella marisquería de Palma de Mallorca, se vivió el minuto más totalizador y espacio-temporal de la Historia del fútbol: el minuto en el que las musas viajaron desde Zaragoza a Barcelona en un pestañeo del destino para guiar los pies de van Nistelrooy y de Tamudo y poner las cosas donde tienen que estar: con el Madrid ganando títulos o en disposición completa de ganarlos. Todo en un minuto. El minuto en el que aquellos culés mallorquines, que llenaban las mesas del restaurante, tuvieron que aceptar aquella visión ante sus ojos: la visión de tres hombres pegando un brinco de impresión, y volviéndose locos entre abrazos y berridos de desatada felicidad vikinga. Junto a ellos, un presunto sodomita de aire retro saltaba todavía más alto, y se desgañitaba en un eterno y gozoso monosílabo de tres letras.

Antes del partido que el Madrid disputa esta tarde contra el Espanyol, ese club amigo va a homenajear al autor de aquel gol en Barcelona. El Espanyol no rinde tributo a Tamudo por ese gol (o no solo por él). Yo sí. Aunque Juanjo no ha sido capaz de recuperar a tiempo las bragas que su tía se dejó bajar la noche del 13 de mayo de 1977, casi logró reunir al completo la indumentaria de aquella noche. No diré que me la pondré porque ya no quepo dentro. Extendidas sobre un sofá, esas prendas sagradas, esas reliquias incunables, mostrarán su eterno respeto al hombre que me hizo feliz el nueve de junio de 2007.

 

(Nota: una versión distinta de esta historia aparece en Madridismo on the road (2ª parte), en un viejo blog personal) 

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea

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