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Las primeras Navidades blancas

Las primeras Navidades blancas

Escrito por: David-Moisés Antón21 diciembre, 2020
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Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Me quedé embelesado mirando por la ventana. La araña bajaba por la columna de madera del porche, en la esquina que daba al norte. Era grande. De patas interminables. Ella sería mi portero. Lo había decidido.

Desde hacía unos días, desde que llegué al pueblo para pasar las Navidades con mis abuelos, decidí que tenía que encontrar un entretenimiento y comencé a formar un equipo con todos los bichos que veía por la casa y sus alrededores. Mi hermana se entretenía con la abuela haciendo todo tipo de postres en la cocina, pero yo, sin la Play y sin poder chatear con mis amigos, por la escasa cobertura del pueblo… ¿Qué hacer cuando tienes 10 años y la única compañía es un señor de 70 con el que apenas has hablado durante años?

Los abuelos vivían en un pueblo pequeño en las montañas de León. Apenas los veíamos. De hecho, aquellas fueron las primeras Navidades que pasamos junto a ellos, desde que regresamos a España para vivir en Madrid. Mi madre decía que ahora no estábamos tan lejos, pero a mi padre esas 4 horas de viaje no le parecía que fueran tan poca cosa. Además, mi abuelo y mi padre no hablaban mucho. Sólo discutían. Yo creo que el abuelo no le perdonó a mi padre que se fueran a vivir a Miami cuando se casó con mi madre. Quizá por eso no se quedaron con nosotros esos días previos a Navidad. Decían que tenían que trabajar, pero yo estaba seguro de que no era por eso…

—No vas a poder cazarla —dijo el abuelo mientras leía el periódico que acababa de traer de su “viaje” al pueblo de al lado. Allí sí me gustaba estar, porque había más bullicio. Y muchas motos de turistas a los que les encantan las curvas de las carreteras de aquellas montañas.

—¿Qué? —respondí distraído.

—La araña que estás mirando, que no la vas a cazar.

—¿Y por qué no? —dije entre sorprendido e indignado—. Cuando empiece a tejer la “teleraña” la cazo.

—No hay “teleraña” —respondió él entre risas—, ¿y sabes lo que quiere decir eso? Qué mañana va a llover, o peor aún, nevará, y te tendrás que quedar con este viejo tooodo el día dentro de casa.

Me había pillado. Sabía que me aburría y encima parecía disfrutarlo.

—A ver, ¿para qué quieres tú una araña?

—Para mi equipo de fútbol. Estoy montando un equipo con los bichos que me encuentro.

El abuelo soltó una carcajada que retumbó como si tronara un estadio después de un gol.

—¿Tanto te aburres, chaval? Así que te gusta el fútbol, ¿eh? ¿Y de qué equipo te ha hecho tu padre?

—Papá es del Atleti, pero yo soy del “Madrí” como mamá —respondí ufano.

—Menos mal que tu madre te quiere… Yo también soy del Madrid, ¿no lo sabías?

Al día siguiente nevó, como predijo el abuelo, pero no me importó. Me contó por qué se hizo del Madrid y que fue jugador de la “Cultu” (la Cultural Leonesa) durante los años ochenta. Según me dijo él, fueron unos años «donde la música sí era música y se bailaba con la cabeza por encima del culo y no cómo ahora». Me contó que durante dos veranos seguidos el Madrid hizo la pretemporada por allí y que jugó contra Míchel, Valdano, Hugo Sánchez, Butragueño, Chendo o Camacho, que yo no sabía quienes eran, pero que «de no ser por ellos, el Madrid no habría ganado más tarde las Champions que ganó». Me dijo que yo tenía mucha suerte de haber podido disfrutar de las Copas de Europa de estos últimos años, pero que «aquellos jugadores mantuvieron encendido el orgullo de una afición durante una época en la que jugar por Europa era casi como viajar por el espacio». En aquel momento no entendía mucho de lo que me contaba, pero no me importaba. Le empecé a coger cariño a aquel señor de 70 años y aquellas Navidades fueron las mejores que recuerdo. El verano siguiente volvimos en verano, a pesar de las quejas de mi padre.

—Mañana va a llover —sentenció mi abuelo desde la mecedora del porche.

Dejé de jugar y le miré con tanta admiración como sorpresa.

—¿Por qué, abuelo? Hoy hace sol.

—“Aire solano, agua en la mano” —mi abuelo dejó de leer y me sentó en su regazo—. ¿Ves bañarse a aquellos palomos y ves orejear a la mula?

—Sí.

—Pues eso quiere decir que mañana lloverá.

—¿Y tú cómo sabes esas cosas? —preguntó el crío. Su abuelo sonrió afable.

—Por viejo. Cuando seas como yo tú también las sabrás.

Me quedé pensativo.

—… ¿Y de qué hablaremos entonces?

Mi abuelo esbozó una media sonrisa y se le humedecieron los ojos. Se quedó unos instantes pensando hasta que supo qué contestar.

—Del “Madrí”, ¿de qué si no?

Mi infancia quedó marcada por los partidos de chapas que jugaba durante las narraciones y goles interminables de Héctor del Mar. Me redimo de mi nostalgia escribiendo sobre fútbol y baloncesto. Blogger (@davidemossi).

6 comentarios en: Las primeras Navidades blancas

  1. Me ha encantado la historia que has contado. Tal vez porque algo parecido haya podido ocurrir en otro pueblo, a otro niño cuya infancia también "quedó marcada por los partidos de chapas que jugaba durante las narraciones y goles interminables de Héctor del Mar".
    Muchas gracias David-Moisés, por traer esos recuerdos.

  2. Acá, en Cuba, nos pasa algo parecido con el béisbol. Quieres hablar de fútbol con los mayores y te miran de una manera que vaya, para acto seguido decirte: De los goles de Maradona contra Inglaterra no me acuerdo, pero si me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que vi a Anglada y a Germán haciendo un doble play en el Cándido (estadio de mi ciudad, donde juegan los Toros de Camagüey, somos provincia ganadera por tradición desde que ustedes llegaron y nos dejaron sin indios). Que manos, muchacho. Que belleza, chiquitoooo...

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