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La voz de Miguel Ángel

La voz de Miguel Ángel

Escrito por: Jesús Bengoechea6 febrero, 2024
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Un día, mi sobrina apareció con un video grabado en los últimos años de vida de mi padre. Lo vi con nostalgia inevitable. Las imágenes estaban acompañadas por la voz de mi viejo, que en la grabación interactuaba con otros miembros de la familia. Su voz me llamó la atención. La reconocía pero me resultaba extraña.

Después comprendí que se trataba de una reacción lógica. Lo que me extrañaba no era tanto su voz como el hecho de que ya no exista (no él, que tampoco, sino específicamente su voz). Es una obviedad, y sin embargo jamás me había parado a pensarlo. Nunca había reparado en algo tan evidente y a la vez devastador: una de las cosas que se van cuando alguien muere, y en la que no solemos pensar, es su voz. Se ha perdido con el adiós de sus cuerdas vocales. Algunos dicen que con el alma, al partir, pasa lo mismo: deja de existir porque ya no hay cuerdas que la produzcan, como la música cuando se extinguen los instrumentos. Yo quiero creer que el alma funciona de modo diferente a la voz. Pero no lo sé.

Miguel Ángel frente al Atleti

Miguel Ángel no era mi padre, pero sí compartía con él su condición de ídolo de mi infancia. Con Miguel Ángel, esto tan triste y desarmante que cuento sobre la voz amplifica su alcance, porque su voz fue lo único que conocí de él. Joe Llorente y yo nos reunimos en su casa para entrevistarle telefónicamente. Fue la primera y única vez que hablé con él. También la primera y última que estuve en su presencia, por así decirlo, aunque nuestras presencias fueran para el otro meramente acústicas.

Joe me dijo que el héroe declinaba la opción de la entrevista presencial porque los veteranos del club, sobre todo los de cierta edad, andaban algo aprensivos con el tema del COVID. Me pareció normal. Hoy me pregunto si bajo esa reticencia social no se escondería la incomodidad de los primeros síntomas de la enfermedad que lo postraría y consumiría. Es posible, dada su natural discreción, y pensarlo me conmueve indeciblemente.

Miguel Ángel no era mi padre, pero sí compartía con él su condición de ídolo de mi infancia

En realidad, no era la primera vez que Miguel Ángel y yo estábamos frente a frente. Lo he dicho mal. Un día, paseando por la calle Rafael Salgado, junto a su Bernabéu, lo encontré a solas, de pie, frente a la puerta del José Luis donde deduje que tendría lugar algún acto social del cual se habría tomado un descanso. De igual manera que en la entrevista, que tendría lugar años después, nos hablamos sin vernos, en esta ocasión precedente nos vimos sin hablarnos.

Yo le miré con el disimulado nerviosismo del admirador. Él me miró a su vez, tomando sosegada nota de mi presencia. ¿Le acompañaba un aire melancólico, o es sólo la traducción del porvenir que hago ahora? Estaba solo y reflexivo, eso es seguro. Su mirada hacia mí se detuvo durante unos segundos. Quiero creer que era vagamente incitadora a la conversación, como si con aquella levísima sonrisa quisiera despejar mi timidez (pero Miguel Ángel casi nunca despejaba, casi siempre la blocaba). Sí, soy yo, dime algo, no me como a nadie. Pero no le dije nada. O bueno, sí: se lo diría años después, ante el teléfono con el manos libres de Joe, cuando ya no tenía delante a Miguel Ángel. Una cosa es que en la vida no se pueda tener todo, y otra es esta incompletitud aquí y allá.

José Luis

Así que allí, frente al José Luis, le miré, me miró y ambos (estoy seguro) nos hicimos cargo de la situación. Pero no nos dirigimos la palabra. Un momento importante para mí y absolutamente irrelevante para Miguel Ángel. Ese momento se dio, sucedió. Pero hoy no es más que el acto de fe que hacemos respecto a la existencia en este instante de la cima de un monte donde ahora no hay nadie salvo el viento, de un paraje que, ahora mismo, nadie contempla. Sabemos que está, pero ya.

La entrevista se prolongó durante más de una hora. Joe y yo estábamos pegados al fijo de su casa. Presa de la excitación, yo interrumpía demasiado al mito, y Joe me daba silenciosas collejas para que le dejara hablar. Nos contó de sus inicios jugando al baloncesto, deporte del que decía haber obtenido la coordinación aérea que le caracterizaba, la elasticidad, la fuerza en las piernas. De los entrenamientos de Miljanic. De sus propios años como entrenador de porteros en el club. También de la actualidad del equipo y de su admiración por Capello y Mourinho. Nos habló de todo eso Miguel Ángel, que para mí es para siempre su voz, la que también se ha ido.

Claro que hay un tercer Miguel Ángel. Tengo doce años y vuela hasta la mismísima frontal del área para atajar un balón que ya casi alcanza la cabeza de Marcos Alonso, dibujando en el aire el escorzo más hermoso de la historia de la televisión, de la historia de la infancia.

De un modo inexplicable, hoy los tres miguelángeles me encajan en el puzzle. Las piezas tienen un raro sentido. Aunque esto probablemente no sirva tampoco para nada, salvo para llorar.

 

Getty Images.

Fundador y editor de La Galerna (@lagalerna_). Autor de Alada y Riente (Ed. Armaenia), La Forja de la Gloria (con Antonio Escohotado, Ed. Espasa) y Madridismo y Sintaxis (Ed. Roca). @jesusbengoechea

8 comentarios en: La voz de Miguel Ángel

  1. Abro La Galerna y me entero de la muerte del gran Miguel Angel.
    ¡Qué disgusto!
    Menos mal que Bengoechea es capaz de escribir, de describir perfectamente mis sentimientos
    Gracias, Jesús

  2. Muy emotivo, Jesús. Brillante. Cuando escribimos desde el corazón se rompen todas las barreras. El paso de los años nos hace reflexivos sobre esos misterios, cuya verdad o inexistencia solo conoceremos el día que bajemos la persiana de nuestra conciencia. No he olvidado la imagen de mis padres, pero la voz... se va difuminando. Tengo algún vídeo suyo y no me atrevo a verlo por no sentir el impacto de volver a escuchar su voz.
    Pocas veces, un apodo fue tan atinado como en el caso de Miguel Ángel. Uno de los mejores porteros de la historia del club, sin discusión. D.E.P, "Gato". Ahora, ahí arriba, te tocará detener los zambombazos de Pancho Puskas, Don Alfredo, Amancio o Paco Gento. Vaya equipazo que estamos forjando en el cielo. El mejor, como no podía ser de otro modo.

  3. Sobrevivir a la muerte de tus ídolos, aún muriendo tú también un poco, es cultivar gradualmente el arte de la frustración.

    Miguel Ángel, rey de los guardametas bajitos de una larguísima posguerra de miseria moral, paraba siempre con sus manos y sus declaraciones la desesperación de los niños que necesitábamos creer en un país que abandonara la represión y la ira.

    En aquella televisión de mi abuela Carmen, en un reducto obrero, Miguel Ángel fue la verdad de los que seguimos entendiendo vivir como un ejercicio de coraje moral.

    Descanse en paz

  4. Magnífico homenaje el de la Galerna a través de
    don Jesús. El escrito mueve a las emociones y recuerdos tanto del sensacional futbolista como de otros seres queridos y más cercanos. Ese apunte sobre la voz ...es una cuestión sobre la que uno ha reflexionado a veces y en relación a la memoria auditiva. Un viejo amigo , también madridista, durante una época tuvo mucho parecido físico con el futbolista madridista. Las relaciones son cambiantes, se rompen, se acaban ...
    Y esas situaciones especiales , que se te quedan grabadas, en las que miras a una persona y no articulas palabra pero te comunicas.
    Me ha hecho recordar con melancolía y cariño a personas de mi entorno social que sufrieron esta terrible enfermedad. Y esa acción felina, con esa estirada, yo también la vi siendo un chaval. Impresionante. En cierta manera, una ironía del destino. Descanse en paz.

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