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La españolidad del Madrid

La españolidad del Madrid

Escrito por: Antonio Valderrama10 enero, 2023
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Mister Chip, que es un ínclito comentarista radiofónico español, anunció el sábado pasado, al conocerse la alineación de Ancelotti para el partido que el Madrid iba a jugar a primera hora de la tarde en Villarreal, que por primera vez en 121 años no iban a jugar españoles en su once titular. El trabajo de Mister Chip es dar esta clase de datos. Aunque parezca mentira, no sólo le sirven para ganarse la vida sino que se ha labrado toda una carrera en las ondas y por ende en el periodismo deportivo nacional a fuerza de repetir anécdotas como ésta. En ese sentido Mister Chip es una especie de pre-Big Data, en burlesco. Un factótum del Dumb Data, subgénero que ha hecho fortuna, a la vista está, en nuestro querido país.

El Madrid no alineó ningún español en Villarreal y los patriotas se echaron las manos a la cabeza. Suelen coincidir los adalides de este tipo de patrioterismo con los que se ponen la roja de España en Eurocopas y Mundiales desde que se desterró cualquier idea genérica de madridismo de la selección española de fútbol. Es decir, desde que dejó de ser “la Selección” para convertirse en “la Roja”, un apéndice guardiolizado del Barcelona de Messi. Es curioso.

El Madrid no alineó ningún español en Villarreal y los patriotas se echaron las manos a la cabeza. Suelen coincidir los adalides de este tipo de patrioterismo con los que se ponen la roja de España en Eurocopas y Mundiales desde que se desterró cualquier idea genérica de madridismo de la selección española de fútbol

La cuestión de la españolía del Real Madrid es cosa antigua. Vuelve cada cierto tiempo, como la profecía sobre las sequías o como antaño, en verano, la palabra Gibraltar a los telediarios. Es una especie de azote mediático de la psique patrioterilla del español de a pie, o mejor dicho del español sentado en el sofá, que es quien conforma el corazón de la masa crítica nacional. La cuestión, pensada en frío, que es como se tienen que pensar estas cosas, y llevada, como consecuencia de ello, al extremo, acaba en una delirante contradicción. Por un lado, el Madrid no puede ser España; por otro lado, el Madrid debe serlo.

El Madrid, que va de blanco por el Corinthians de Londres, unos globetrotters que giraban de forma amateur por Europa a principios del siglo XX, no lleva más distintivo local en sus insignias que la M de Madrid en el escudo, a diferencia, por ejemplo, del Atlético, que luce el oso y el madroño. Apenas ha enseñado por ahí la bandera rojigualda más que una vez, un par de temporadas hace más de diez años, cuando Ramón Calderón, presidente de guiñol, dejó como pufo simbólico una banderita en el cuello de la camiseta que el equipo paseó por la Copa de Europa en noches que es mejor olvidar. A pesar de que siempre ha procurado mantenerse a una sana distancia del poder, Alfonso XIII se amohinó con su dirigencia en los años 20 por empeñarse Paragés, que entonces lo presidía, en conservar la independencia del club y evitar la fusión con el Athletic (entonces se llamaba así, herencia de sus tiempos como sucursal madrileña del Bilbao) y el resto de equipos de la capital, fusión planeada en palacio junto con la empresa que construyó el Metro con el objeto de levantar un coloso deportivo madrileño que hiciera frente a los grandes equipos vascos y catalanes.

Ramos y Seedorf

Luego, con la República, el Madrid, como toda testa coronada en España, prescindió de los atributos reales y se puso una banda morada (que aludía al mito de la Castilla comunera y no al republicanismo, por eso continuó en su sitio tras la guerra) cruzando el escudo: esa fue toda su condescendencia con el nuevo régimen. Con el primer franquismo volvió a sortear un nuevo intento de fusión, esta vez pergeñado por El Pardo, donde incluso se llegó a barajar el darle la capitalidad de España a Sevilla como castigo a la resistencia madrileña durante tres años de asedio; más adelante, Bernabéu gobernó las olas, a veces enormes y amenazadoras, que impulsaban los vientos de la apertura del franquismo al mundo con la llegada de los 60 y los éxitos internacionales del Madrid. Si bien entonces el Madrid sí fue España, no fue la España que el amo quería, sino la nación orgullosa e indómita que se imponía a los principales talentos de la Europa libre en la Copa de Europa de clubes (único terreno en donde los españoles podían imponerse en aquel tiempo) llenando de lágrimas de nostalgia los ojos de los españoles exiliados y emigrantes que acudían a respirar el aire de su patria cuando Di Stéfano, Puskas, Gento, Kopa, Santamaría o Miguel Muñoz jugaban en Suiza, en Francia, en Bélgica o en Alemania. Pero mientras el club del Procés condecoraba a Franco en numerosas ocasiones, Bernabéu echaba del palco de Chamartín al fundador de la Legión.

Mientras el club del Procés condecoraba a Franco en numerosas ocasiones, Bernabéu echaba del palco de Chamartín al fundador de la Legión

Desde entonces, España, no ya en fútbol, ni siquiera en lo que tuviera que ver con el deporte, sino como país, fue el Madrid. Por supuesto, la Selección era un apéndice del triunfo madridista: Villalonga, el entrenador de las dos primeras Copas de Europa, entrenó también a la primera España campeona, por supuesto en Chamartín, en 1964; Miguel Muñoz, que ganó las siguientes desde el banquillo, fue el que llevó a la Selección de vuelta a una final, en el Parque de los Príncipes de París (un estadio marcado a fuego en la leyenda madridista), veinte años después; el tipo que hizo ganar de nuevo a España salió de la cantera blanca, y el que trajo por fin la Copa del Mundo es otro icono del Real aunque motu proprio haya decidido venderse al postor antiflorentinista y alimentar la leyenda negra con un doloroso y frío rencor. Hasta Xavi e Iniesta, la España futbolera independiente del Madrid sencillamente no existió. Clemente, que es un nacionalista vasco, pretendió una España italianizada libre de los estertores de la Quinta del Buitre, pero lo único que consiguió fue desperdiciar al mejor Hierro y al primer gran Raúl. La Selección, hasta entonces, no ganaba “por haber llevado siempre a demasiados madridistas”, pero a medida que la aportación blanca al equipo nacional se reducía en cantidad y mejoraba en calidad, con Luis Aragonés y después con Del Bosque, participando del fabuloso éxito colectivo en una pionera solidaridad comunitaria con el resto de equipos españoles, los laureles se los fue llevando el Barcelona, la prensa emancipaba a la Selección de la cultura madridista y, sin embargo, el Madrid no se veía libre del sambenito de modelo de virtud nacional a pesar de que “España ya no necesitaba al Madrid”, como escribió Alfredo Relaño, por otra parte uno de los mejores compiladores de historia madridista de la prensa en España.

Raúl España 1998

Desde Mourinho, el Madrid ya no tiene nada que ver con España, como idea futbolística, según los listos, pero continúa no obstante obligado a conducirse como si se tratara de una extensión de la Casa Real. La situación es kafkiana. Gente que lo ignora todo de la tradición y de la historia fundacional de la institución más limpia, pura y gloriosa que ha dado España desde 1898, reprocha que el club, particularmente su equipo de fútbol, se separe de “lo español” al tiempo que celebra la desmadridización del fútbol nacional. Todo lo que tiene de xenófobo y de palurdo el reproche por no alinear españoles es pasado por alto, obviado, como tantos otros monstruos que el circo futbolero español esconde en su desván, como por ejemplo la tolerancia del equipo del pueblo con un grupo de ultras con asesinatos en su currículum, la complicidad de la patronal con el falseamiento de las cuentas y la ignorancia del reglamento fiscal por parte del segundo equipo del país o el disparate obsceno de la Supercopa feminista saudí que tiene montado el presidente de la Federación para mayor gloria de su cuenta corriente. Es la misma basura de siempre con los mismos protagonistas de siempre. Si el relato y la narrativa de este juego maravilloso (si lo será, el fútbol, que a pesar de concitar a semejante legión de gañanes y de sinvergüenzas a lo largo y ancho de su historia, todavía sigue, a pesar de todo, vivo) no estuviera, en España, en manos de verdaderos zotes con peores intenciones que un Jandilla suelto por Pamplona, el Madrid tendría un Nobel, en el campo de la literatura, y dos Príncipes (o Princesas) de Asturias, en tanto que la Concordia y en tanto que las Artes. Pero hay que recordar, ya que estamos hablando del Real y de la españolidad, que hasta eso le hurtó la malicia nacional, estando el celebrado Samaranch de por medio, cuando el club cumplió los cien años. Qué de cosas hay que aguantar.

 

Getty Images.

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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