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Alberto del Campo: "Hay antimadridismo porque el éxito provoca rechazo" (2)

Alberto del Campo: "Hay antimadridismo porque el éxito provoca rechazo" (2)

Escrito por: Carlos Agrasar11 agosto, 2022
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Nuestro antropólogo de cabecera, Alberto del Campo, es un bético de pro; conoce muy bien las rivalidades ancestrales entre equipos de fútbol y sus aficiones vecinas, porque las vive muy en carne propia y a diario. Como científico riguroso, trata de filtrar cada observación por el tamiz de su mente analítica, pero dejando siempre el necesario protagonismo a la explicación emocional de los porqués. El fútbol le parece fascinante porque, en muchas ocasiones, resulta imprevisible y nos hace vivir momentos sublimes (algo que sus colegas académicos no llegan a comprender y por eso lo critican). No elude analizar el fenómeno del Real Madrid (por su ‘realeza’), ni evita mojarse sobre el creciente antimadridismo que nos invade. Y lo hace, desde una perspectiva antropológica, más allá de lo que puedan emanar sus ‘vísceras’ blanquiverdes. En ‘El Gran teatro del Fútbol’, su última obra, preconiza que el fútbol sobrevivirá a todos aquellos intentos de control por parte de los poderes fácticos, que no dejan de intentarlo pero que fracasan sistemáticamente porque no entienden las esencias puramente pasionales de este juego/negocio. “En el mundo del balón, siempre ha habido traiciones, decepciones y desengaños”, dice en su libro. Y asegura en esta entrevista que los seguirá habiendo…

 

A usted, que ha sido futbolista (en la foto, de pie, tercero por la derecha) le interesa mucho analizar los difíciles momentos finales de la carrera de un jugador, así como qué es lo que hace después del adiós. ¿Por qué muchos futbolistas no saben llevar a buen término sus carreras? ¿O por qué se arruinan cuando han sido ídolos y millonarios? ¿Cómo experimenta el fútbol, con casi cuarenta años, una antigua estrella que en su ocaso se pasea —o se arrastra— por la tercera división? Y, sobre todo, ¿por qué esta industria no cuida estos asuntos?

Eso es cierto, y puede haber múltiples motivos. Aunque ahora —y así me lo han confirmado algunos exjugadores de primera— LaLiga está impartiendo cursos de formación sobre cómo pueden reciclarse. Se han dado cuenta las instituciones deportivas de todo el mundo de que los batacazos son tremendos, en todos los deportes, porque a menudo no hay apenas formación en los deportistas. Los futbolistas viven su profesión con tanta dedicación e intensidad que están en una especie de burbuja. Con el final de las carreras sucede como con la muerte: sabemos que llegará, que es cierta… pero no pensamos en ella. Y como se creen ídolos, piensan que cuando todo se acabe alguien les acabará llamando, sin darse cuenta de que cada año cientos de colegas entran en la misma situación que ellos. Luego, sucede que la mayoría de los futbolistas que se retiran dicen que quieren ser entrenadores, sin pensar que los equipos son los mismos y que estos tienen unos 25 futbolistas cada uno, pero solo un entrenador. Lo que significa que esa posibilidad es muy exigente, por reducida. Y eso hay que decírselo con claridad, para que sea consciente; pero no lo hacen desde su ‘entorno de parásitos’ que tanto se aprovechan de ellos. Debemos tener en cuenta que un futbolista tiene muchos gastos; vivir de esa forma, nutriendo a esos entornos, cuesta mucho dinero. Y por eso al final, cuando todo se acaba, no es raro comprobar que muchos se ven en la ruina.

En su libro usted analiza la figura del futbolista, la del director deportivo, la del presidente demasiado ‘ejecutivo’, la del representante, la del entorno del jugador, la del fan o aficionado… ¿Cree que hoy sobrevuelan sobre el jugador demasiadas figuras innecesarias, por no decir demasiados ‘buitres’?

No siempre es así. Yo me he encontrado con muy diferentes estereotipos. Por ejemplo, con el deportista millonario, con el ligón, con el gozoso, con el que está motivado, con el enamorado de su profesión… y también con los perfiles contrarios. Conozco a muchos futbolistas que, sometidos a tanta presión, necesitan asistencia psicológica; sufren una presión que se repite los domingos, los miércoles siguientes, y así todas las semanas. Una presión difícil de sobrellevar y manejar, donde el entorno da sus medidas. En ese sentido, también me he encontrado representantes sin escrúpulos y otros que, por el contrario, no abandonan a sus clientes cuando las cosas van mal; representantes que no actúan así y que siguen con sus jugadores y que estos tampoco les dejan, a pesar de que no puedan competir con las grandes agencias de representación. Hay casos de entrenadores que siguen con el mismo representante que tenían como futbolistas, y eso también se ve en el fútbol de hoy.

¿A los jugadores les importan hoy los colores que han soñado defender cuando eran pequeños o se están convirtiendo, cada día más, en meros mercenarios? Lo formulo de otra forma: ¿El mejor contrato es el que reporta más dinero o ese al que aspira el jugador? ¿Qué piensa usted de esta moda de ciertos representantes —como Mendes o Raiola [que en paz descanse]— de subastar públicamente a sus jugadores y venderlos al mejor postor? Cualquier día veremos a Sotheby's subastando en directo por TV a la perla de turno ante los cincuenta directores deportivos más importantes del mundo, ¿no?

Es probable. En la jerga de la industria se trata al futbolista como una mercancía, como un bien que se compra, que se vende, que se publicita; se juega con los medios para que generen expectativas sobre determinados jugadores y se infle la demanda. Eso lo hacen todos los días los representantes, con el fin de promocionar a sus jugadores. Paralelamente, sin embargo, cuanto más se mercantiliza a un jugador, las aficiones conceden más valor a aquellos futbolistas que destacan por ser jugadores de un solo club, o a los que renuncian a ganar cuatro millones en Qatar y prefieren quedarse en España como auténticos ídolos, ganando la cuarta parte. Eso ‘humaniza’ al jugador y crea afición entre la masa social. Un ejemplo de lo que digo sería Neymar, que se vendió al mejor postor cuando era un ídolo de la afición culé; y, además, está el club comprador, que sabe que se lleva al jugador porque ha puesto más dinero que ningún otro… pero ahora la afición del PSG se ve que ya no le quiere tanto.

Usted asegura que “allá donde se mueve dinero hay corrupción”. Que el fútbol mueve mucho dinero está a la vista. ¿Hay mucha corrupción en el fútbol, incluso “corrupción por doquier”, como usted llega a asegurar en su libro?

El fútbol tiene múltiples dimensiones. Por un lado, la dimensión de industria, de negocio fabuloso, donde prolifera la corrupción. Pero, por otro lado, es el ámbito donde se albergan los sueños. Vivimos en una sociedad donde podemos cambiar de casi todo: de pareja, de partido político, de lugar de residencia, de país o de trabajo… pero no cambiamos de equipo de fútbol. La gente lo experimenta así. Sin embargo, los futbolistas son los únicos que sí cambian de equipo y, cuando llegan a un nuevo club, se produce un vínculo comunicativo y emocional entre el jugador y el aficionado local, pues este acaba pensado que su ídolo es como él. Muchos futbolistas no entienden ese vínculo y se pierden la posibilidad de entrar en el corazón y en la memoria de la gente. Por eso actualmente hay tan pocos ídolos que se convierten en referentes auténticos, y por eso se les ve a menudo como puros mercenarios. Hay no pocos equipos donde la hinchada no se identifica hoy especialmente con ninguno de sus jugadores. Y eso es dramático.

el madrid gana, es poderoso, y hace gala de esa posición. Florentino Pérez encarna mejor que nadie esa capacidad del Real Madrid de oponerse a las instituciones y al destino que le espera al fútbol. Esa capacidad entronca muy bien con el madridismo y eso gusta a sus seguidores. Pero, en la misma medida, genera una reacción contraria en quienes no tienen acceso a esos resortes del poder o no han tenido tanto éxito

Me gusta mucho una cita del gran antropólogo Marcel Mauss, en el sentido de que “el fútbol es un hecho social total”. ¿Acaso es que sin fútbol no puede haber una vida plena?

Bueno, para los que somos futboleros, desde luego no. Para quienes el fútbol supone un contexto de expresividad emocional, de relación entre seres humanos, de trascender a la cotidianeidad monótona y la posibilidad de soñar la utopía…, si nos quitan el fútbol, lo pasamos mal. Cada sociedad tiene su válvula de escape y crea contextos donde poder experimentar aquello que no experimentamos cotidianamente. El fútbol, además de su dimensión social o económica, también la tiene racional o tecnológica. Sin embargo, por encima de las demás, sigue destacando una dimensión emocional y romántica en la que están implicados multitud de actores y complejos intereses. Creo que tendríamos que hacer un esfuerzo por ‘destrivializar’ la imagen que se da del fútbol como si fuera una cosa simplona. No deberíamos tener miedo a decir que en el fútbol la gente experimenta también cosas sublimes; porque, de no hacerlo, equivaldría a aceptar que el pueblo —o sea, la gran mayoría— está alienado y es tonto por gustarle disfrutar de simplonerías; pero no olvidemos que ese aficionado de a pie, que se emociona, sabe perfectamente cómo está montado este chiringuito. A mí me han preguntado en ocasiones por qué siendo un intelectual me gusta tanto el fútbol, con tanta basura como hay en él, y siempre respondo que me gusta sentirlo en su complejidad, en todas sus dimensiones; a lo mejor esas personas que lo critican solo conocen su parte oscura.

¿En qué medida cree usted que el fútbol representa hoy los valores de nuestra sociedad?

Representa los valores y los antivalores, más o menos por igual, porque saca lo mejor y lo peor del ser humano. El hecho de que haya un contexto que preserve de tal manera la parte emocional del individuo habla de una sociedad que no es tan individualista como nos la pintan o se nos dice que es. Si fuera así, el fútbol habría desaparecido. La ciencia, la razón o la ilustración no han podido ni con el fútbol ni con otros ámbitos. El hecho de que no se haya extirpado a lo largo del tiempo la dimensión lúdica de la sociedad, con sus carnavales y fiestas populares, o la religiosa, con sus creencias y ritos, nos habla de una sociedad a la que no le interesa solo lo instrumental, lo individual o el puro dinero, sino de que el ser humano necesita experimentar cosas de forma colectiva, junto a otros congéneres, hasta llegar al éxtasis, sin ninguna otra finalidad. Piensa que el fútbol le cuesta y no le da nada, salvo esa experiencia un tanto mística. Cuando el Real Madrid gana la Champions, no reparte después el dinero conseguido entre sus aficionados y socios. Ellos buscan la mera satisfacción. Es, sin duda, una experiencia romántica que viene a demostrar que el ser humano no es solamente razón.

el madrid tiene una cultura del éxito que empieza a sedimentarse, yo creo, con Di Stéfano. Esa forma de luchar hasta el final, de no rendirse nunca, o esa presión de Benzemá a Donnaruma contra toda lógica, te muestran bien a las claras cómo es el Real Madrid. Ahí hay mucho más que dinero y poder; hay una mentalidad —que es un intangible— que tiene mucho que ver con la cultura que tú mamas en el Real Madrid. Eso, por un lado, genera admiración… y por otro también envidia. esos intangibles propician que se siga operando el milagro del éxito. Y que el Real haya ganado en muchas ocasiones aun no siendo el mejor. compara esto con lo de mi equipo: “Viva el Betis, manque pierda”. Es que el Madrid no contempla, ni se permite, perder. Eso no está en su ADN

Me gustaría poner ahora el foco en la dimensión axiológica del fútbol, en lo que el autor llama ‘antropología del engaño’. Vemos a menudo cómo los jugadores veteranos y los entrenadores permiten (si es que no fomentan) la pillería en sus pupilos más jóvenes, enseñándoles a simular faltas, a tirarse en el área para provocar penalty o a perder tiempo. Y vemos algo curioso tratándose el fútbol de un deporte donde deberían prevalecer el fair play y los valores: el aficionado se hace cómplice de toda esa pillería con tal de que su equipo gane un partido. ¿Por qué cree usted que los aficionados prefieren que su equipo gane, por encima de todo, aunque no juegue bien al fútbol y merezca perder? O dicho de otro modo: desde una perspectiva ética, ¿cree que esa pillería es justificable?

No hay que olvidar que el fútbol es un deporte que se crea para que gane uno que, necesariamente, debe derrotar al otro. En nuestra sociedad necesitamos ganadores y perdedores, pues somos hipercompetitivos. Si hablamos de ética, deberíamos referirnos a ‘varias éticas’, vinculadas a diferentes clases sociales, regiones, países o culturas. No es lo mismo la cultura calvinista luterana que la católica, como no lo son las del norte respecto de las del sur. En las sociedades tradicionalmente muy jerárquicas y verticales, sabemos que se originaron enormes desigualdades sociales que perduran desde hace siglos y que en ellas aún hoy es muy difícil escalar posiciones solo a través del trabajo, del esfuerzo y del mérito. Y, por eso, en esas sociedades se plantean como algo más lógico encontrar subterfugios (incluso subvertir las normas) para poder cumplir objetivos… e, incluso, se verá como más ‘inteligente’. Por eso a Maradona, que era bajito, que representaba a un país herido en la guerra de las Malvinas, se le perdonaba todo cuando jugaba con su selección. Y con tal de resarcir emocionalmente a los suyos se le perdonó incluso ‘la mano de Dios´. No es el fútbol el único ámbito donde se admite el engaño; en el amor, a veces, también se admite… y en el toreo, en la caza o en la venta ambulante, donde somos conscientes de que nos venden la burra. Como se ve, los de abajo generan su propia ideología donde la ética adquiere una dimensión de instrumento de poder para conseguir un fin que solo se puede lograr ilegalmente. Si hablamos de España, y de política, eso explicaría que aquí la corrupción es donde menos votos resta y donde no dimite ni el tato. Tenemos una larga tradición de lo que decía Calderón: “Nada es verdad ni es mentira”. Aquí, sobre todo en el sur, tenemos asumido que hay que saber jugar —y aprovechar al máximo— las oportunidades que te ofrezca el juego.

Pero que sean los entrenadores los que animen a sus jugadores a esa clase de prácticas parece un poco fuerte, ¿no?

Sí, he conocido a algunos… aunque, afortunadamente, cada vez son menos. Sin embargo, son los jugadores los que tienen comportamientos criticables, cuando van a lesionar a otros de forma consciente, casi alevosa. Todos los futboleros entendemos que se dan calentones en el juego, pero no se deberían poner paños calientes ante esa clase de acciones, como lamentablemente se hace con ciertos jugadores y los relatos que se crean a su alrededor. Todos sabemos, por ejemplo, que Sergio Ramos es el jugador que ostenta el récord de tarjetas rojas en nuestro país y, sin embargo, la imagen que al final se ha proyectado de él es la de un capitán irrepetible, valiente, rematador y jugador clave en los grandes partidos. Todo lo contrario de lo que ha pasado con Pablo Alfaro, del Sevilla, que se ha quedado con la imagen de un defensa duro, casi la de un ‘carnicero’ del área. Por eso, en el fútbol es muy necesario disponer de una maquinaria que maquille (o manipule) la realidad en función de los intereses o conveniencias del relato de cada club. Y eso, claramente, beneficia más a los clubes grandes, en detrimento de los periféricos.

¿Por qué cree usted que hay tanto antimadridismo, y cada día más creciente? ¿Cuáles serían en su opinión las raíces y causas de ese sentimiento tan radical? Se lo pregunto como aficionado de un ‘equipo periférico’, como dice usted que es su Betis, y desde su conocimiento de antropólogo futbolero.

En general, los equipos grandes despiertan envidias y animadversión. Y en el caso del Real Madrid, como es el más grande, también sucede. Pero es que los sentimientos van cambiando a lo largo de los tiempos; no es lo mismo, pongo como ejemplo, lo que significaba el Athletic de Bilbao que lo que representa ahora. Los relatos, los simbolismos y los significados de los clubes van cambiando y también van cambiando los odios y las animadversiones hacia ellos. Pero partiendo de que el más grande, el más exitoso, es siempre odiado. En el caso de España, puedo decirte que allá por los siglos XVI y XVII, los viajeros franceses que venían a nuestro país ya identificaban a los españoles -según nos cuenta Bartolomé Jolie- como muy dados a las disputas entre ‘naciones’, y describían cómo las periferias criticaban a la Castilla dominante. Las conversaciones —entonces no había fútbol— giraban en torno a las animadversiones de murcianos, aragoneses o catalanes contra los castellanos y leoneses, porque eran quienes detentaban el poder; como hoy ya no lo tienen, pues nadie siente animadversión contra ellos. O sea, que la cosa viene de antaño. ¿Pero qué es lo que pasa hoy con el Real Madrid? Pues que gana, que es poderoso, y que hace gala de esa posición. Florentino Pérez encarna mejor que nadie esa capacidad del Real Madrid de oponerse a las instituciones y al destino que le espera al fútbol. Esa capacidad entronca muy bien con el madridismo y eso gusta a sus seguidores. Pero, en la misma medida, genera una reacción contraria en quienes no tienen acceso a esos resortes del poder o no han tenido tanto éxito; el éxito, repito, provoca rechazo.

O sea, que usted está bastante de acuerdo con Santiago Bernabéu cuando decía aquello de “el antimadridismo es el precio que hay que pagar por ser los mejores”.

Las dos etapas en las que el Madrid ha despertado mayores odios están ligadas precisamente las dos de mayor éxito: en tiempos de Bernabéu, donde resultaba fácil crear el relato de que era el equipo del régimen franquista; y en esta segunda etapa victoriosa, porque los que no ganan tienen fácil apelar a que el Real gana sin ser el mejor, porque tiene más dinero, o porque tiene mucha suerte. Pero está claro, viendo cómo ha jugado este año, que hay algo más.

¿Y dónde podríamos encontrar ese “algo más”?

En primer lugar, hay toda una cultura del éxito que empieza a sedimentarse, yo creo, con Di Stéfano. Esa forma de luchar hasta el final, de no rendirse nunca, o esa presión de Benzema a Donnarumma contra toda lógica te muestran bien a las claras cómo es el Real Madrid. Ahí hay mucho más que dinero y poder; hay una mentalidad —que es un intangible— que tiene mucho que ver con la cultura que tú mamas en el Real Madrid. Eso, por un lado, genera admiración… y, por otro, también envidia. Siempre se dice que el Real Madrid no tiene la mejor plantilla del mercado, porque la comparativa se mide en términos monetarios, pero no se toman en consideración esos intangibles que, año tras año, propician que se siga operando el milagro del éxito. Y que el Real haya ganado en muchas ocasiones aun no siendo el mejor. Recordemos la final de la Champions de Lisboa, contra el Atlético, y el gol de cabeza de Sergio Ramos en el descuento. Eso es una filosofía de equipo… y compárala con la de mi equipo: “Viva el Betis, manque pierda”. Es que el Madrid no contempla, ni se permite, perder. Eso no está en su ADN.

Nadie se lee a fondo los programas electorales y se limita a votar en base a las emociones. Votamos básicamente con el corazón, un territorio en el que las filias y las fobias son irracionales; y ahí es cuando entra en escena el voto anti. Lo mismo pasa con el Real Madrid, cuando sus detractores se sienten reconfortados al pensar que habrán ganado Liga y Champions, sí, pero que ahora sufren y se jo… por no haber podido fichar a Mbappé

¿Cómo analiza usted lo que sucedió a principios de este verano en el Real Madrid con el fallido fichaje de Mbappé? ¿Por qué la gente se alegra tanto de que al final el PSG se llevara al jugador cuando es un club estado que no actúa de forma ética y se salta las normas del fair play? Supongo que es porque, aunque el fútbol de todos salga perjudicado, lo que más gusta es que el Madrid salga derrotado, aunque sea el único equipo capaz de plantar cara a los petroestados y a sus comportamientos mafiosos, ¿no?

Tú haces un análisis muy acertado sobre cómo deberíamos interpretar esa ‘pugna de titanes’, pero se nos olvida que se trata de una ‘pugna visceral’, basada en las emociones antes que en las razones. Pasa como en política, donde mucha gente vota ‘en contra de…’. Nadie se lee a fondo los programas electorales y se limita a votar en base a las emociones. Votamos básicamente con el corazón, un territorio en el que las filias y las fobias son irracionales; y ahí es cuando entra en escena el voto anti. Lo mismo pasa con el Real Madrid, cuando sus detractores se sienten reconfortados al pensar que habrán ganado Liga y Champions, sí, pero que ahora sufren y se jo… por no haber podido fichar a Mbappé.

Usted es seguidor del Betis y supongo que se considera parte de ese sentimiento social que conocemos por ‘beticismo’. ¿Cómo definiría el antropólogo, en este caso, al ‘madridismo’? ¿Cree usted que hay un sentimiento madridista único que pudiera englobar a varias otras corrientes de sentimiento?

Hasta hace relativamente poco, la sociedad estaba más segmentada, había muchas más diferencias entre las clases sociales de las que existen hoy. También creo que se dan menos diferencias entre los diferentes clubes, cuyos patrones de comportamiento son más parecidos, más uniformes. Son las aficiones las que sienten y captan las diferencias. Para los seguidores del Betis, por seguir con el ejemplo, nuestra esencia es ‘fatalista’. Sin embargo, yo creo que la del Madrid equipara a su equipo, ontológicamente hablando, con la majestuosidad, con la realeza; lo ve un poco por encima de los demás equipos. Ese sentimiento creo que también ‘cala’ en los jugadores y les permite hacer cosas extraordinarias. Y eso retroalimenta a los aficionados, quienes se consideran en cierto modo con el derecho a esperar de su equipo cosas extraordinarias, y a sentir que su Real Madrid es otra cosa. Podríamos decir que eso pasa en cualquier club, al menos para sus fans, pero en el Real Madrid es muy evidente. Y, volviendo a una pregunta anterior, creo que cuando se percibe desde fuera esa forma de sentirse por encima de los demás, se hace visible otra de las raíces del antimadridismo imperante. Porque en el caso del Madrid los resultados demuestran su superioridad y eso provoca que los demás se sientan inferiores. Recuerdo el miedo escénico del que nos hablaba Valdano, y de cómo los equipos que juegan contra el Madrid van al Bernabéu completamente acojonados. Porque no solo tienen enfrente en el campo a otros once ‘miuras’, sino que en la grada hay casi noventa mil espectadores que comparten el mismo sentimiento de superioridad casi sanguínea y un poco ‘mitológica’. Eso, como antropólogo y futbolero, me parece fascinante. Y veo, además, que esa realeza también la interpreta muy bien Florentino Pérez en sus cruzadas por Europa; por eso su presidente gusta tanto a los madridistas.

Dice usted en el libro que coincide con Valdano y con Juanma Lillo en que los entrenadores modernos quieren —cada día más— lo que llaman ‘jugadores-soldado’: fuertes, disciplinados y robotizados…, frente a los jugadores creativos. Desde esta perspectiva, ¿cree que esos entrenadores están matando la magia del fútbol —que usted tanto admira— y cómo definiría en ese contexto a Carlo Ancelotti?

Desde ese punto de vista considero una magnífica noticia que los dos últimos entrenadores del Real Madrid, que han conseguido tantos títulos, sean Zidane y Ancelotti. Los dos han sido grandes jugadores y ninguno responde a ese perfil que Juanma Lillo define como ‘entrenadores con mando a distancia’. Cuando hay tanta tecnología aplicada al deporte y cuando a los niños se les repite desde pequeños: “recibir, tocar; recibir, tocar…”, parece que el futbolista juega más para no cometer un error que para hacer una genialidad, como hacían Maradona o Mágico González. No está mal desarrollar la técnica y fomentar la disciplina, dentro y fuera del campo, pero no debemos olvidar que la gente va al campo esperando ver cosas imprevisibles, como los tres goles de Benzema contra el PSG. Estoy en contra de la disciplina castrense que aplican algunos entrenadores, como la de Simeone, porque mata esa genialidad latente. En ese sentido, creo que el Real Madrid ha conseguido tan buenos éxitos, sin tener en absoluto la mejor proporción de genios, porque Ancelotti les ha concedido a sus jugadores ese margen para la libertad creativa, que por cierto ha dado sus frutos. Porque ha ganado. Y, siendo así, aplaudámoslo en bien del fútbol.

En ese sentido, ¿ve usted a Ancelotti más como un sabio ‘inspirador’ de futbolistas que como el autor de un guion rígido a interpretar por sus guerreros?

Recordemos que se ficha a Ancelotti, que viene del Everton, ya en la cuesta abajo de su carrera. Se dice que Florentino asume un año de transición, porque se trata de un entrenador sin mucho perfil, pero que le sirve en ese momento para suplir la indeseada marcha de Zidane. Lo conoce bien y sabe que no se considera por encima de los jugadores, lo mismo que su antecesor francés. Pero, sobre todo y aunque luego tenga sus equipos definidos y haga pocos cambios, se trata de un técnico que deja jugar, que permite a sus chicos hacer cosas que no estén en el guion. Y creo que algunos de esos memorables partidos de este año se han ganado por factores o razones que no estaban en el guion, ni el de Ancelotti ni el de nadie. Lo que Ancelotti le dice a sus jugadores es lo que Menotti le decía a Valdano: “Atrévase usted, atrévase”. Por eso nadie dice que la 14ª la ha ganado el técnico, sino que es de los jugadores. Por eso, no siendo yo madridista, me alegro de que el Real, jugando así, haya vuelto a ganar. Y esa es la magia del fútbol.

En este mundo cada día más globalizado, ¿qué importancia tiene hoy el aficionado? Me refiero a la masa social, los fans, los asistentes a los partidos… y en especial a los socios de las sociedades anónimas deportivas, donde ni pinchan ni cortan… en este gran teatro del fútbol? ¿Los aficionados deberían limitarse a ser solo espectadores gozosos?

Quizá estemos cerca de un punto de inflexión en este sentido. Hay hastío, desafección y cansancio en una buena parte de aficionados. Eso parece evidente. Hay grupos que se empiezan a quejar porque cada día se ven menos importantes en sus clubes; protestan porque se les sube la cuota de socio, porque se les ponen partidos a hora inadecuadas, porque… Y, sin embargo, aparecen también nuevos grupos que libran en las redes partidos paralelos a los que juega su equipo en el campo. Los viven intensamente durante toda la semana y luego van al campo y lo experimentan también en el estadio, porque saben que el gran teatro del fútbol es un espectáculo que se representa en directo: es aquí y ahora. La gente necesita conectar y eso lo saben bien los músicos, que viven de vender sus discos pero que también necesitan hacer giras de conciertos para mantener viva la llama de la relación directa con sus fans. Yo diría que no es razonable maltratar a los aficionados, porque son ellos —al fin y a la postre— quienes sostienen este tinglado.

Lo que Ancelotti le dice a sus jugadores es lo que Menotti le decía a Valdano: “Atrévase usted, atrévase”. Por eso nadie dice que la catorce la ha ganado el técnico, sino que es de los jugadores. Por eso, no siendo yo madridista, me alegro de que el Real, jugando así, haya vuelto a ganar. Y esa es la magia del fútbol.

¿Podríamos decir que, desde una visión antropológica, el fútbol representa una verdadera cultura? En su libro, nos cuenta usted que cada cultura suele ser etnocéntrica respecto de las otras culturas ¿Dónde radica el etnocentrismo del fútbol?

En realidad, todos somos etnocéntricos. El fútbol se mueve por pasiones porque suele suscitar animadversión hacia nuestros grandes rivales: el Betis contra el Sevilla o el Atlético contra el Madrid. Es algo visceral; tiene que ver con la dimensión tribal del fútbol, que nos impulsa a verlo todo (y solamente) desde nuestra propia perspectiva. Y el fútbol genera un montón de relatos. Cuando vas al estadio y experimentas las emociones por primera vez, ya no puede haber marcha atrás. Y si eres del Madrid tampoco ya nadie puede cambiar eso; no puedes hacerte de otro equipo. Ver el fútbol desde una óptica que los demás no comprenden creo que es también otra forma de etnocentrismo.

La última. Dice usted en el libro que “donde hay engaño, antes o después habrá desengaño”. ¿Cuáles son los grandes desengaños que, en su opinión, nos depara todavía este fútbol nuestro?

En todas las actividades humanas que mueven grandes pasiones, necesariamente tiene que haber desengaño. En los relatos sobre grandes amantes, siempre hay melodrama. Por eso los grandes apasionados del fútbol estamos siempre abocados a grandes desengaños. Por ejemplo, eso sucede cuando el futbolista que ha sido el ídolo de nuestros hijos ficha por el equipo rival… o cuando se nos promete que Mbappé será fichado y luego no viene; hay futbolistas que son odiados por cada afición, como lo fue Figo para la afición culé tras su fichaje por el Real Madrid, algo que se consideró como ‘alta traición’. Desde un punto de vista antropológico, episodios como esos resultan maravillosos. Lo mismo que en el amor, en el fútbol también existen los cuernos, porque el ser humano es débil y sucumbe a todo tipo de tentaciones. ¿Por qué Maradona es un mito? En mi opinión, porque además de ser un genio tuvo la capacidad de decepcionar a muchos… Solamente los grandes amores son capaces de grandes traiciones. Y una de las cosas que le falta a Messi para ser un gran mito como Maradona es que no tiene un lado oscuro, al menos que sepamos, ni es capaz de suscitar emociones tan contradictorias. En el mundo del balón, siempre ha habido traiciones, decepciones y desengaños… y los seguirá habiendo. De eso estoy seguro.

 

Entrevista: Carlos Agrasar.

 

Primera parte de la entrevista: "El fútbol es un melodrama con héroes y villanos"

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