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Eres el mejor que conozco

Eres el mejor que conozco

Escrito por: Mario De Las Heras4 junio, 2018
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Quizá uno de los pocos calificativos que le quedaban a Zidane era el de rompecorazones. Conozco un buen puñado de bellas damas, entre las que me incluyo, que sufren mal de amor. Algunas, incluso, parecen decididas a ingresar en un convento. Pero yo me niego. Yo, por suerte, ya estaba repuesta del efecto turbador de esos ojos rasgados antes de que ese hombre libre dijera lo que tenía que decir.

Y fue porque él mismo me lo enseñó durante estos tres últimos años sin que lo supiera. Lo supe en el momento. Es como alguien querido que se va, alguien que muere, y no desearía nunca que el que se queda estuviese triste. Comprendí que si Zidane sonreía yo debía sonreír, como siempre. Eso se lo ha ganado. No merece que le lloremos como madames de Tourvel al vizconde de Valmont.

Zidane se fue sonriendo, así que así debiéramos llorarle mientras brindamos y empezamos ya a recordar con alegría lo que nos dio, con la misma alegría con la que hablaban de Cool Hand Lukesus compañeros de la cárcel. Las tres Copas de Europa de Zidane son los cincuenta huevos en el estómago del indomable. Zidane es ese padre enfermo de La carretera de McCarthy que consigue llevar a su hijo hasta la playa en un mundo apocalíptico.

Decían así, el padre moribundo y el hijo, tendidos en la playa en la hora final, las más hermosas líneas que yo he leído: “-Dijiste que no me abandonarías nunca/ -Lo sé. Perdona. Te llevo en mi corazón. Como te he llevado siempre. Eres el mejor que conozco. Siempre lo has sido. Aunque yo no esté tú puedes seguir hablándome. Puedes hablarme y yo te hablaré a ti. Ya verás /-¿Te oiré?/ -Sí. Claro que sí...”.

A Zidane ya le oiremos siempre mientras miramos a otro, lo cual es como abrir ventanas de madera en mañanas de primavera. Mis damas y yo ya empezamos a cuchichear de algunos entrenadores justo antes de dejar de ser princesas desconsoladas. Hemos vuelto a la vida de parroquianos ruidosos y (falsamente) varoniles, y en ella se nos ha aparecido Pochettino sin demasiadas querencias porque de por medio está Levy, que siempre pide a cambio media libra de carne.

Después hablamos de Guti, y, tras las correspondientes reticencias gutierrezescas (Guti en sí mismo es una reticencia llena de talento y personalidad), algunos (sobre todo mi caro Fredo y yo) inclinamos la cabeza mientras asentíamos al imaginarle llegar a Valdebebas levantando polvo en un coche destartalado con latas vacías de cerveza por el suelo y prendas íntimas femeninas olvidadas en el asiento trasero. Al estilo Johnny Utah llegando a pedir gambas a un bar de Malibú.

Fue como seguir soñando al verle con ese pedigrí en rueda de prensa mirando con los ojos entrecerrados y respondiendo con su acento madrileño y su timbre de Jácara a las impertinencias habituales. Fue vivir un nuevo amor al imaginarle practicando con sus jugadores tacones de Dios, hasta que también empezamos a mirar a Allegri y Kollins empezó a enseñarnos extractos de su filosofía de vida.

Allegri es un truhán con esas cosas que dice. Allegri parece haber salido de un castillo romano de La dolce vita mientras cuenta que las buenas ideas se le ocurren cuando no hace nada. Que le gusta no hacer nada y que le gusta ir a Livorno, donde nació, a jugar a la gabbionata. Busquen, si quieren, lo que es la gabbionata, pero tampoco importa mucho. El simple sonido de gabbionata es de un madridismo natural.

Con Allegri en el banquillo pueden venir la Loren y la Lollobrigida y la Viti y la Cardinale como si nos fueran a traer los tiempos gloriosos de Via Veneto al Bernabéu y así seguir, sin parar, hacia la playa. Yo ya no puedo llorar más ni nada parecido con todos estos sueños posibles, y más. Y con Marcelo, y con Ramos, y con Modric en este equipo; pero sobre todo porque me mira, y me oye, Zinedine, ese padre de La carretera al que siempre podemos volver una última vez, como el niño, y sentarnos a su lado un momento y susurrarle que le hablaremos todos los días. Y que no lo olvidaremos. Pase lo que pase.