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David Bowie, madridismo mutante

David Bowie, madridismo mutante

Escrito por: Emil Sorel8 enero, 2020
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(73 aniversario del nacimiento de David Bowie)

Que la vida de David Robert Jones, un muchacho nacido en el barrio londinense de Brixton en 1947, no iba a ser aburrida se supo bien pronto. Una pelea en el colegio le supuso una lesión ocular que cambió uno de sus iris de azul a marrón, dotándole de ese aspecto entre mágico y reptilíneo que tuvo toda la vida. Eso es lo que se cuenta, pero quizá simplemente llegó de otro planeta para cambiar la historia de la música y, de paso, la del siglo XX. Como el Real Madrid, pronto identificó su destino y luchó sin descanso para llegar a él: ser la personalidad artística más importante de su época. Lo consiguió, igual que el club blanco. Estaba predestinado para ser así.

Hay creadores que trazan una línea estética definida, afilan su personalidad y la mantienen durante la mayor parte de su carrera. También hay clubes que son así, que pretenden dotarse a sí mismos de un estilo y mantenerlo contra viento y marea. Lo de Bowie, el nombre artístico que adoptó David Robert Jones, fue otra cosa. Lo suyo era alcanzar la victoria, hollar las cimas más altas. El estilo venía después. Como el Real Madrid. No había miedo en ser líquidos, en adaptarse a las circunstancias, en rodearse de los mejores, en engañar a la gente para llevársela al huerto una y otra vez. David lo hizo con la música. El Madrid, con la Copa de Europa.

Tras un periodo inicial en el que pululó por el Swinging London de mediados y finales de los años 60, Bowie alcanzó por fin la fama en 1969 con una canción titulada Space Oddity, tema que aludía a la reciente conquista de la luna y que presentaba a Major Tom, uno de los personajes fetiche de su colección. Por aquel entonces, el club de Concha Espina ya tenía seis Copas de Europa. Esa canción, memorable en melodía, arreglos y construcción, auguraba algo especial, pero no fue hasta la aparición de su alter ego Ziggy Stardust cuando Bowie se ratificó definitivamente como la estrella que en su interior siempre fue. A la estela de Marc Bolan y otros compañeros de generación, inventó el glam-rock, un cóctel chispeante de rock, androginia y, de nuevo, pasión por el espacio. Imposible resistirse, sobre todo con obras maestras como Hunky Dory (1971), la homónima Ziggy Stardust (1972) o Aladdin Sane (1973).

 

 

Eran los años 70 y Bowie se dedicaba a ingerir increíbles cantidades de cocaína, comer muy poco y seguir entregando álbumes monumentales. Una carrera que tenía que acabar de alguna manera. Su refugio fue Berlín a finales de los 70. Allí se encontró con Iggy Pop y Brian Eno y se embarcó en una desintoxicación mental y física de sus años de exceso. Un periodo obligatorio, igual que el que tuvo que pasar el Real Madrid por aquel entonces. La pasión germana se apoderó de Bowie y del Madrid, con jugadores como Stilikie, Bretiner o Netzer. La cosecha berlinesa fue fantástica y Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979) forman una trilogía increíble que suena absolutamente contemporánea. Una de las cimas del rock.

Los 80 fueron años complicados. Let's Dance (1983) le supuso el mayor éxito comercial de su carrera. Eran tiempos diferentes, alegres. En el Madrid lucía la Quinta y Bowie también intentó ser alegre y desenfadado, con discos mediocres y giras, eso sí, espectaculares. En la década de los 90 comenzó la recuperación, siempre mutante, siempre atento a lo que sucedía en la vanguardia musical. El nuevo siglo de Bowie, como el de nuestro equipo, fue una especie de reencuentro consigo mismo. Había sido el más grande, pero no tenía ganas de vivir de las rentas. Siguió en perpetua búsqueda, misterioso, sin que a veces se entendiera del todo lo que estaba haciendo (¿les suena de algo?). La innovación por bandera, no conformarse nunca con lo ya hecho. Da la sensación de que nunca escuchó sus discos, el que importaba era el que iba a llegar después.

En 2013, tras un tiempo de desaparición, publicó por sorpresa un nuevo elepé, The Next Day. Volvía Bowie porque Bowie siempre vuelve. Blackstar, su última obra maestra, apareció en 2016, nos habíamos vuelto a acostumbrar a la presencia del genio. Pero ¡ay! No era un disco, sino una despedida. El 10 de enero de ese año murió, tenía 69 años. El Madrid sigue, mutante como él, impredecible, siempre fascinante.