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Raíces profundas

Escrito por: Nacho Faerna19 mayo, 2016

"Llegó cabalgando a nuestro valle en el verano del 89". Así comienza Shane, de Jack Schaefer, la mejor novela del oeste de la historia según los miembros de la Western Writers of America, la asociación más importante y prestigiosa del género. Si son de los que piensan que las historias de indios y vaqueros no son literatura digna de tal nombre aprovecho para recomendarles la lectura de cualquiera de los títulos publicados por la editorial Valdemar en su fabulosa colección Frontera. Acabará con sus prejuicios de un solo y certero disparo.

Shane es un misterioso personaje que aparece un día en la granja de los Starrett, una familia de colonos de Wyoming. En el cine le tomó prestada la jeta al más bien inexpresivo Alan Ladd en esa obra maestra dirigida por George Stevens que en España se tituló Raíces profundas. El limitado actor sabía sacarle partido a su lacónico registro en personajes de tipos duros y herméticos, y nadie más duro y hermético que Shane. Quizá Stark Wilson, su antagonista, al que prestó la jeta, y qué jeta, Jack Palance. Wilson es un pistolero contratado por Fletcher, el ganadero que intenta expulsar a los granjeros como Starrett del territorio que él reclama para que pasten libremente sus reses. Tanto el libro como la película terminan, como mandan los cánones, con un duelo memorable entre Shane y Wilson, que, como mandan los cánones también, gana nuestro héroe.

En la película, Wilson lleva negros el sombrero, el pañuelo, el chaleco, los guantes y las botas. Siempre que veo a Simeone en la banda de luto riguroso no puedo evitar pensar en Jack Palance en la puerta del saloon de Grafton. Las facciones del argentino, los ojos pequeños y hundidos y la nariz chata, contribuyen sin duda a provocar la asociación entre ambas figuras. El apodo de El Cholo hace referencia a ese aspecto de indio americano que comparte con Palance, aunque el actor fuera hijo de ucranianos. "Indios" son los atléticos en general, no sé si porque odian a "los blancos" o porque hubo un tiempo en que ficharon a muchos jugadores americanos, como Ratón Ayala y Cacho Heredia, que además llevaban los pelos largos. En cualquier caso, Simeone es para mí, con su traje de enterrador y su desacomplejada chulería macarra, la versión futbolística de Stark Wilson, el enemigo a batir.

Palance Shane

Si el entrenador del Atlético es Wilson, Zidane debería de ser Shane. Los nombres comparten las tres últimas letras, pero la pinta de Alan Ladd no ayuda a confirmar mi hipótesis. Él era más bien bajito. Y rubio. Era famoso por no despeinarse en ninguna circunstancia, ni cuando se liaba a puñetazos. Zinedine tampoco se despeina, eso es verdad. No obstante, se podría llegar a la precipitada conclusión de que, capilarmente hablando, Simeone se parece más a Shane que el entrenador madridista. Después de muchos intentos fallidos de disimular su evidente alopecia, el porteño ha encontrado la forma, ignoro si con ayuda extra de implantes, pero desde luego con la de cantidades ingentes de fijador, de esculpir su cabellera tapando eficazmente el cartón. Personalmente, creo que esa actitud vergonzante con respecto a su calvicie delata una debilidad interna, un complejo mal gestionado que contradice la leyenda del profeta de la liga peligrosamente preparada. La buena prensa de Simeone, al que se cita como modelo de virtudes obviando sus innumerables defectos, es para mí un fenómeno inexplicable. Porque no tiene explicación que un individuo tan soberbio pase por epítome de la humildad, que un marrullero redomado reciba elogios por su espíritu de lucha, que otro millonario más abandere a los descamisados. Comprendo que herede la lógica simpatía que siempre han despertado los perdedores, los antihéroes que se esfuerzan por domar su destino, pero su elevación a los altares resulta en mi opinión totalmente desproporcionada. Tanta gomina en tan escaso pelo despeja cualquier duda al respecto. Compárese con el cráneo perfectamente rasurado de Zidane, esa cabeza que no esconde, no ya el cuero cabelludo, ni siquiera la calavera. Zizou es como una de esas vanitas barrocas que nos recuerdan que somos mortales, que el tiempo pasa inexorable, que toda gloria es efímera. Cómo vas a pringar eso con brillantina.

Ladd Shane

Luego Zidane es Shane, a pesar de Ladd. En los años cincuenta, los héroes no podían ser calvos, salvo que fueran Yul Brynner. Ahora llama la atención que machos alfa como John Wayne o Frank Sinatra optaran en su madurez por llevar evidentes postizos para ocultar sus otoñales testas. Exigencias del guión. Dicen que Sinatra tenía más de setenta bisoñés. No obstante, en el entierro de Gary Cooper, en 1961, tanto La Voz como Duke aparecieron en público tal cual eran como muestra de respeto al amigo fallecido, the strong, silent type al que tanto añoraba el también ilustre pelón Tony Soprano. Creo que el primer astro hollywoodiense que lució orgulloso su despoblada mollera fue Sean Connery en su etapa post Bond. El contrato para interpretar al 007 le obligaba a pegarse un tupé en la frente, pero cuando dijo adiós al servicio secreto de Su Majestad, dijo asimismo que nunca jamás, que ni hablar del peluquín.

Si alguien se planteara hacer un remake hoy día de Raíces profundas no elegiría como protagonista a un gachó repeinado como Alan Ladd. Las melenas, para los anuncios de "Raíces y Puntas", que es cosa bien distinta. Los héroes de acción contemporáneos no tienen ni repajolera idea de lo que vale un peine, véase si no a Bruce Willis o a Jason Statham. Yo me imagino a Shane, por tanto, con la estampa de Zidane, un hombre tranquilo que, llegado el caso, es capaz de embestir con su pulida testuz, como puede atestiguar Materazzi.

De todos modos, que Zidane es Shane no lo digo yo, lo dice Schaefer en su novela. Volvamos a leer la primera frase. El jinete solitario llega al valle en el verano del 89 y en ese año, bien es cierto que un siglo más tarde, debuta Zizou como jugador de fútbol profesional. Lo hace en mayo, o sea, prácticamente en verano, que hoy es día 19 y anuncian máximas de 27 grados. El narrador, el pequeño Bob, hijo de los Starrett, es quien ve acercarse a Shane y lo describe así:

"A medida que se aproximaba, lo primero que me impresionó fueron sus ropas. Llevaba pantalones negros de alguna clase de sarga metidos por dentro de unas botas altas y sujetos por la cintura con un cinturón ancho, ambas prendas eran de un cuero negro suave labrado con intricados dibujos. Un abrigo de la misma tela oscura que los pantalones descansaba pulcramente doblado en el rulo de la silla de montar."[1]

Es curioso que las ropas con las que Schaefer nos describe a Shane sean oscuras, más parecidas a las que luego viste Wilson en la adaptación cinematográfica. Nada que ver con la chaqueta de ante marrón con flecos que le colocan a Alan Ladd. Zidane también va con ropa oscura en los partidos y es tan imposible imaginarlo con flecos como con flequillo. Pero hay un detalle mucho más revelador en la descripción que nos hace el pequeño Bob. Seguro que se han dado cuenta, ¿verdad? El abrigo. El famoso abrigo del que ya nos habló John Falstaff en estas mismas páginas.

No creo que a nadie le pueda caber ya ninguna duda de quién será quién el sábado 28 de mayo en el duelo que se celebrará en la sucursal que el saloon de Grafton abrirá ese día en Milán. El rival es muy peligroso, como corresponde a las circunstancias, y no conviene relajarse. Pero los cánones mandan que quien gane sea el que lleve el abrigo pulcramente doblado en el rulo de la silla de montar. Cualquier otra cosa sería exactamente eso: cualquier cosa.

Número Tres

 

[1] De la traducción de Marta Lila Murillo para la edición de Valdemar.

Nacho Faerna, el tercero de los Faerna, es guionista y novelista. O sea, que le pagan por mentir, pero tuitea gratis en @nachofaerna y @galernafaerna. Se toma muy en serio sus placeres. El Madrid es uno de ellos.

7 comentarios en: Raíces profundas

  1. Meridiano de sangre. Para mí el mejor western que se ha escrito. Cormac mcCarthy.
    Eso sí no es para todos los públicos. Y si las buscas también hay similitudes.

  2. Magnífico libro, Fixo. Yo tengo debilidad por "Butcher's Crossing", de John Williams y "Welcome to Hard Times", la opera prima de Doctorow. Pero la colección Frontera de Valdemar demuestra que el género está lleno de grandes escritores que por especializarse en el western no han recibido el reconocimiento que merecen. Los relatos de Dorothy M. Johnson, por ejemplo, son impresionantes.