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El Real Madrid y la música

El Real Madrid y la música

Escrito por: Nanook The Eskimo26 abril, 2019
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Sólo hay dos opciones: mantener la inane voluntad de complacer a todo el mundo o ir con la verdad por delante independientemente de las ampollas que levante lo que escriba. Siendo la música la cosa sobre la que menos cosas desconozco, intentaré establecer un paralelismo entre nuestro Real Madrid y la música. Ello implicará un ejercicio doloroso, pues habrá músicos que caigan en el lado oscuro y sean más asimilables a clubes como el F.C.Barcelona o el Atlético de Madrid, pero nadie dijo que esto fuera a ser fácil.

Empezando por obviedades, el Madrid es gloria, es épica, es Wagner puro. Es una Cabalgata de las Valkirias cuando hay que remontar. También sabe ser lírica, pues la obertura de Tannhäuser podría acompañar el gesto, casi rutinario últimamente, de colocar una Champions League en la sala de trofeos.

Por culpa del listón de excelencia que el club ha establecido, su único rival es él mismo, su propio mito. Por eso es Pink Floyd intentando sacar otro Dark Side of the Moon, es los Beatles volviendo a cambiar todo como lo cambió el Madrid de Di Stéfano mientras los Fab Four se desasnaban en Hamburgo, a donde llegaron el año de la final del 7-3 al Eintracht. El Madrid es Elvis y su manager el Coronel Parker es don Santiago Bernabéu.

El pésimamente entendido señorío del Madrid lo encarnan The Kinks, que con un altavoz roto convirtieron el riff de You Really Got Me en una leyenda. Es una pena que la banda haya quedado encasillada en esa obra, pues tiene gemas tan elegantes como críticas e irónicas; sirvan como ejemplo Sunny Afternoon, Waterloo Sunset, la deliciosa Days o el pelotazo que fue Lola. El señorío son los Kinks, por mucho que algunos quieran que sea Nana Mouskouri.

 

 

El Madrid es Bowie en sus diferentes iteraciones. Bowie fue Bowie aun haciéndose llamar Davy Jones, y era el mismo en Ziggy Stardust, Hunky Dory, Aladdin Sane, Diamond Dogs, Heroes, el Duque Blanco o en Let’s Dance, disco para el que contrataba a un tal Stevie Ray Vaughan para complementar las partes de guitarra grabadas y producidas por Nile Rodgers. Todas esas versiones diferentes de lo mismo son el Madrid de Toshack y la Quinta batiendo el récord de goles, el de los tres centrales de la Octava, el de los contraataques de Mourinho, el que ganó la Novena de manera vergonzante, dicho al croquético modo, y también lo es el que ha sublimado a la categoría de arte el no jugar a nada con Zidane en el banquillo.

 

Con las iniciales del entrenador ya se tituló un artículo en La Galerna jugando con el nombre de la banda que elevó a los altares algo tan sencillo como el boogie: ZZ Top. El Real Madrid tiene algo de eso. Es algo primitivo e indefinible, algo que sale de las tripas, igual que el flamenco, igual que el blues. Es una armonía quizá primitiva, pero expresa muchas cosas, pero una más que ninguna en el caso de la camiseta blanca: ganar.

Hasta en sus épocas más modestas, eras en las que éramos gobernados por un trasunto del abuelo de los Monster y en las que parecíamos bajo el influjo de la Charanga del Tío Honorio, el Madrid ha sabido mantener sus señas de identidad, y el Madrid YeYé, ganador de la última Copa de Europa antes de que Mijatovic cambiara la historia el 20 de mayo de 1998, lo hizo en el mismo año en que salió Pet Sounds. Eso sí, me niego a asimilar a los Beach Boys al Real Madrid. Dicen las malas lenguas que Brian Wilson se había empeñado en hacer algo mejor que nada que los Beatles hubieran lanzado antes. Hizo esa obra maestra que es Pet Sounds, lanzado en mayo de 1966. Tres meses después, los Beatles lanzaron un álbum que salió en gran medida de las mismas sesiones de Rubber Soul. El disco en cuestión se llamaba Revolver. El señor Wilson entró en depresión, porque, pese a sus esfuerzos, quería ser los Beatles y no podía a pesar de lo maravilloso de su obra. Ese complejo de inferioridad lo he visto por algún sitio.

 

El Madrid es la alegría de Marcelo, en cuyos rizos veo influencias funk de Parliament, Funkadelic o James Brown y de la música disco de la mano de Chic, los (insufribles) sintetizadores de Giorgio Moroder o los pantalones apretados gracias a los cuales los Bee Gees alcanzaban esos falsetes imposibles.

El Madrid es el riff con tritono (la quinta bemol, el intervalo prohibido, el Diabolus in Musica) de Tony Iommi en Black Sabbath. Un sonido ominoso que debe parecerse mucho a lo que resuena en las cabezas de los rivales en las noches de remontada antes de salir al campo. Imaginemos la audiencia en un concierto de AC/DC antes de Let There Be Rock, el público del directo de Queen en el Live Aid o la multitud enfervorizada y electrizada por Led Zeppelin al empezar con Immigrant Song. Pues a eso se enfrenta el rival en la plaza de los Sagrados Corazones, y aún no ha empezado el partido, aún no se han bajado del bus. Miedo escénico lo llamó alguno. Alguno de esos encuentros debería verse mientras suena Reign in Blood de Slayer, igual que nos pondríamos Dark Side of the Moon para ver El Mago de Oz.

 

 

El Real Madrid es la autenticidad de los Stones. Hay más madridismo en Keith Richards con Micawber (su fiel Telecaster) en ristre con un Marlboro medio consumido en la comisura de sus labios que en la carrera completa de muchos besaescudos que se revelaron más mentira que Milli Vanilli. Lucas Vázquez, Reguilón o Marcus Slaughter (miss you, Masacre) son puro madridismo, pura esencia Stones.

Allá por finales de los setenta proliferaron las llamadas superbandas: grupos formados por los músicos de mayor renombre cada uno en su instrumento. Aspecto común a la mayoría de ellas es que perdurará más lo llamativo de la combinación de sus miembros que los logros conseguidos. La primera fue Cream, con Eric Clapton a la guitarra, Jack Bruce al bajo y Ginger Baker a los tambores. El Madrid Galáctico fue eso, una superbanda que aún hoy se recuerda con cariño y cuyo bagaje fue escandalosamente escaso en comparación a las expectativas y, visto con el tiempo, lo indeleble de su recuerdo.