La Galerna

Clint Eastwood: Cazador blanco

Nuestro editor quería que desde estas páginas demostráramos que Harry Callahan, William Munny, Bronco Billy y Josey Wales, es decir, Clint Eastwood, tienen el corazón tan blanco como cualquier mocita madrileña. Vamos a intentar alegrarle el día.

La decisión más importante que tiene que tomar un director de cine es dónde colocar la cámara. La puede poner a la altura de los ojos, como recomendaba Howard Hawks, o liarse a hachazos con el suelo para contrapicar lo más posible y ver los techos, como le gustaba a Orson Welles. Montarla sobre un travelling supone una cuestión moral, si hacemos caso a Jean-Luc Godard, razón por la que tal vez su muy puritano compatriota Robert Bresson la anclaba en un plano fijo y nunca cambiaba de objetivo. También cabe la posibilidad de fusilar la escena desde múltiples, ubicuas y espídicas cámaras con todas las lentes posibles, como hacía Tony, el menor de los hermanos Scott. Nadie puede negarles a estos cineastas tener un estilo, cada uno el suyo, pero innegociable.

Los partidarios del tiquitaca cinematográfico prefieren el plano secuencia, los angulares y la profundidad de campo. Nada de palomitas. Iñárritu sería su máximo exponente. Mucha intensidad, mucho contraluz, banda sonora con instrumentos étnicos, mezcla de actores famosos y gente de la calle. Personajes levitando y cosas así. ¡Qué maravilla! ¿Cómo lo habrán hecho?, se pregunta el aficionado gafapasta. Aburrirse un poco no sólo no está mal visto, se diría que es imprescindible. O sea, el Barça.

Luego está Clint Eastwood, que te rueda tres peliculones uno detrás de otro ("Sin Perdón", "Un Mundo Perfecto" y "Los Puentes de Madison") con la misma solvencia con la que despacha tres mediocridades también consecutivas ("Invictus", "Más Allá de la Vida" y "J. Edgar"). Para que lo entiendan, es capaz de encadenar dos finales de Champions y ganarlas pero luego se pasa años sin conquistar una Liga. A Eastwood no le pidas virtuosismos ni planos para enmarcar, su estilo no enamora. Desde que descubrió la steadicam filma el noventa por ciento de sus películas siguiendo a sus personajes con aparente indolencia, dando lugar a una puesta en escena funcional, sin estridencias. Que no sabe a lo que juega, vamos. Estoy seguro de que es de los que cuando el director de fotografía le pregunta qué tipo de luz quiere para la escena se limita a contestar "una que se vea". Sus actores pertenecen a la escuela de Spencer Tracy y Robert Mitchum, cuyo método consiste en no tropezar con los muebles, pararse en la marca y recitar el diálogo; escuela de la que él mismo es un insigne representante. No son actores, son atletas. Hasta que protagonizó "Los Puentes de Madison", el ex alcalde de Carmel hacía todos sus papeles combinando dos únicos gestos: la mirada acerada con guiño leve de uno de los ojos, o la mirada acerada con leve crispación de la comisura del labio. Al lado de Meryl Streep, sin embargo, descubrimos que también podía sonreír. Desde que la Garbo rió en "Ninotchka" no se había visto nada parecido. Yo pienso siempre en la sonrisa de Clint cuando veo a Zidane prodigar la suya en las ruedas de prensa. No me cuesta trabajo imaginarme al francés dando órdenes desde la banda con un poncho en lugar de con abrigo. El sábado pasado contra el Sporting de Gijón no le habría venido mal el sombrero de ala ancha para protegerse del diluvio.

"Cahiers du cinema", la revista que reparte carnets de excelencia cinematográfica, dictaminó hace años que Eastwood es un auteur en toda regla, y desde entonces nadie se atreve a dudarlo aunque hace tiempo que no nos ofrece una de sus obras maestras. A él no parece importarle; con ochenta y muchos sigue estrenando una media de una película cada dos años, steady para arriba, steady para abajo. Dicen que cuando un guión le gusta no cambia ni una coma. Que es tan rápido rodando que los miembros del equipo llegan a sus casas a tiempo de ir a recoger a los niños al colegio. Raramente hace más de dos tomas y muchas veces la que va a positivar es la de los ensayos. Ya me dirán qué filosofía de juego es esa, dónde queda el arte. Por otro lado, le acusan de excesivamente conservador en lo político, así que no se extrañen si cualquier día de estos alguien afirma que sus Óscars en realidad los ganó Franco.

Creo que ha quedado suficientemente demostrado que la palidez del jinete sólo se puede deber a su incontestable madridismo.

 

 

 

 

Número Tres

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