El Madrid volvía a Mestalla, que es como regresar a un pleito con Hacienda. Arbeloa puso en liza a once —lo normal— y el Valencia hizo lo propio. Lo más destacado de la alineación del Madrid, la presencia de Jiménez en el lateral derecho. David, no Andrés, que jugaba al baloncesto hace décadas en aquel equipo de cuyo nombre no quiero acordarme.
Después de muchas cabezadas, el Madrid ganó un partido tan soporífero como importante. Su táctica: matar al Valencia de aburrimiento (gracias, Falstaff).
El encuentro comenzó en el segundo cero y con mis gafas de repuesto no conseguía ver la imagen con nitidez, mas ponía mucho empeño. Ambos equipos intentaban ganar, pero de lejos. Qué cosas.
La primera ocasión clara fue para Mbappé, pero el guardameta naranja despejó el chut con los pies. Minutos después, Quirante se lamentaba de que a Kylian no le señalaran fuera de juego en otro acercamiento blanco.
Por cierto, con el pito en la boca estaba Alberola Rojas, del equipo médico habitual del Sistema.
A los 27', cerca estuvo de marcar el conjunto blanco. Repelió Dimitrievski.
Los valencianistas aprovechaban cualquier acción para fingir. Dentro de lo que pueden hacer, es lo menos grave, la verdad. Gayá simuló daño cobardemente en una acción con Gonzalo. Quizá esta actitud sea una de las explicaciones de la posición en la tabla del Valencia.
El realizador, en la línea de DAZN. Mostraba imágenes de Espinete cuando el encuentro se encontraba en sus —escasísimos— momentos álgidos.
La primera mitad acabó ofreciéndonos el mismo entretenimiento que asistir a la formación del granito en directo a partir del cuarzo, el feldespato y la mica.
La segunda parte comenzó con la misma tónica, que ni siquiera era Schweppes, sino una de marca gris, no llegaba ni a blanca.
Durante los primeros quince minutos de la segunda mitad cambié de canal y, por consejo de Athos Dumas, comencé a ver un partido de curling, grabado en VHS, de 1994. Mucho más entretenido que el choque.
Como comentaba mi amigo Nanook mientras asistía a la grabación, hasta la propia afición che parecía desconcertada cuando no tenía acciones que protestar al árbitro, pues la ausencia de Vinícius les había privado de un foco para sus improperios y frustraciones.
Sin embargo, sí se acordaban de Mbappé, concretamente de su madre. Pero luego hay que asistir al discurso de antimadridistas y madridistas de que al único que insultan es a Vinícus y que será por algo.
Después del curling, volví al encuentro. Justo para asistir a una jugada individual de Carreras que concluyó con el 0-1. Regateó a diestro, siniestro y a Ernesto, y acabó metiéndola al palo corto del portero con nombre raro.
El Madrid era estimulante como una sobredosis de diazepam, pero al menos iba ganando. Dada la situación, parece coherente crecer a partir de asegurar los resultados. El Valencia, directamente inenarrable.
El partido era tan monótono que los de Getty Images ni siquiera se preocupaban de subir más allá de cuatro o cinco fotos del choque. De las cuales apenas un par contaban con un cierto interés. Andaba escribiendo esta apreciación absurda cuando Beltrán chutó al palo.
Mbappé estaba acertado como Rappel descendiendo un risco con una cuerda y los ojos vendados. Quizá no fuese realmente Kylian y estuviese jugando su liberado sindical. Afortunadamente, acabó desdiciéndome.
Ante tal dechado de virtudes, Arbeloa retiró a los canteranos Jiménez y Gonzalo y puso en liza a Trent y Brahim. El internacional marroquí disparó con intención a los pocos minutos de salir. Mientras tanto, el público valenciano pedía la oreja con los pañuelos blancos. Partidazo.
Mbappé pudo anotar el segundo en el 82, pero ni siquiera invocando a Naranjito pudo marcar en ese momento.
No obstante, dado el desempeño del Valencia cuando se juega la vida contra el Madrid, estaban superando, para mal, el juego del Madrid. Y eso tiene su mérito.
De repente, Mastantuono se encontraba sobre el césped. Por Güler. Para variar. Aunque esta vez abrazó a Arbeloa, no se quejó.
En el 85', Omar Sharif cometió una falta en ataque sobre Asencio. El partido era tan peculiar que aparecían actores de ultratumba.
Poco después, Mastantuono sufrió un bocadillo de choripán. A la par que doloroso, provoca ardor de estómago por el mismo precio.
Antes de llegar al último minuto, varios jugadores desistieron de seguir compitiendo y sacaron sus móviles para consultar la cotización del oro. El Madrid aprovechó la coyuntura para anotar el segundo gol por medio de Mbappé. La jugada nació con un balón espléndido de Huijsen a Brahim, quien sirvió a Kylian para que marcase su golito. Una media brutal la del francés. La jugada más destacada del encuentro. El listón tampoco estaba muy alto. Le viene bien a Dean, quizá demasiado exigido para su juventud.
Por suerte para todos, el partido concluyó. El Madrid cosechó una victoria tan soporífera como importante. Cuando no se atraviesa el mejor momento, lo principal es asegurar los resultados, no arriesgar, hacer lo básico bien y dejar las florituras para ocasiones mejores. Lo demás vendrá con el tiempo, aunque sea en otra temporada. Es probable que a final de campaña valoremos más estos tres puntos.
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El nuevo estratega del Real Madrid, Álvaro Arbeloa, legó en la rueda de prensa posterior al último envite en la Copa de Europa una verdad axiomatica: “Esto es el Real Madrid, un club que va más allá de estilos y conceptos tácticos; va de ambición, carácter y esfuerzo”.
Pudo antojarse como un ataque velado a Xabi Alonso, a quien la fama de esteta conceptual lo ha acompañado desde que tomó las riendas del Leverkusen, pero quiero creer que apunta a algo más telúrico. Arbeloa disecciona una explicación medular de la idiosincrasia del club: este es un equipo de estrellas, de estados de ánimo y sinergias espirituales.
Y permítaseme ahora un par de anglicismos. Ahora que la Inteligencia Artificial se vuelve cada vez más ubicua, entre sus productos bandera surge con fuerza el vibecoding, o programar por sensaciones. Se trata de alumbrar una idea y evolucionar por ensayo y error junto a la herramienta de IA para terminar en un producto final, algunas veces brillante, nacido del puro instinto.
calma y cordura. Comprobemos primero si el Producto Mínimo Viable desarrollado vía vibeplaying por los de Arbeloa tiene continuidad, o si fue solo un fuego de artificio
Con este Madrid acontece algo similar. A los jugadores parece que no les apetece jugar encorsetados por la táctica y el método, sino más con las vibraciones del vestuario. Mientras mejor parecen llevarse, mientras más se les complazca y, en síntesis, mientras más felices estén, mayor es su predisposición al heroísmo. Ahí está la evolución en los tres partidos de Arbeloa: el esperpento en Albacete, la mejora paulatina contra el Levante y la goleada contundente en la Copa de Europa contra el Mónaco.
El saldo, aunque aún muy exiguo, coincide con el perfil de los preceptores más exitosos de las últimas épocas: Zidane y Ancelotti. Ambos se alinearon emocionalmente con sus jugadores, y si prestamos atención a las notas que ha dejado Arbeloa, parece que estamos entregados a la misma corriente: vibeplaying. Y puede que tenga su aquél. Vinicius MVP del partido, Mbappé protagonizando un repliegue agónico aún ganando 5-0, Valverde y Camavinga jugando fuera de posición aunque sonriendo, la defensa mordiendo hacia adelante y, lo que es más, una comunión catártica con la grada.
Pero —porque siempre hay un pero— conviene no descorchar el champán prematuramente. Esta misma temporada, y aún con el tolosarra en el banquillo, ya hemos visto oasis de buen juego. En el ya remoto Mundial de Clubes vimos al equipo presionar y, al empezar la Copa de Europa, yo mismo escuché en el Santiago Bernabéu que nunca habíamos siquiera fantaseado con un juego de tal mordiente. De aquello, ya solo queda el recuerdo.
Es por eso que el partido en La Cerámica se antoja fundamental. Es necesario que la aparente mejora, entregados al vibeplaying, se manifieste de nuevo en un campo hostil y contra un equipo que viene con el colmillo retorcido en La Liga.
Resulta difícil refrenar el optimismo cuando el equipo deja un partido tan redondo, pero visto de dónde venimos, es menester brindar con cautela y esperar a una constatación mayor. Si esta es una tendencia definitiva, quedará la duda si el cambio vino por el soberano rapapolvo del Santiago Bernabéu, por el efecto taumatúrgico de Arbeloa, o por una combinación de ambos. O algún misterio más. Así es el Madrid.
Sea como fuere: calma y cordura. Comprobemos primero si el Producto Mínimo Viable desarrollado vía vibeplaying por los de Arbeloa tiene continuidad, o si fue solo un fuego de artificio.
Noche fresca de Champions en el Santiago Bernabéu. Después del profundo y sonoro desencanto mostrado por parte de la afición contra el Levante, los de Arbeloa recibían al Mónaco con la esperanza de asegurar una posición cómoda en la Copa de Europa y de reconciliarse con los escépticos. No solo se reconciliaron con ellos, sino que les ofrecieron una brutal exhibición goleando al equipo del Principado por seis goles a uno.
Álvaro alineó un once con Camavinga en lugar del no disponible Carreras, Fede de lateral y la pareja Huijsen-Asencio completando la zaga. En la sala de máquinas, Tchouaméni, Güler y Bellingham. Arriba, Mastantuono, Vini y Mbappé.
El conjunto monegasco contaba con la inopinada baja del príncipe Alberto. Problemas coronarios. Y las ausencias en el mediocampo y la delantera, respectivamente, de Rainiero y Grace Kelly. Ambos por causas biológicas. Por su parte, Pocognoli, técnico rival, se presentó en el Bernabéu disfrazado de Simeone —gracias, Nanook—, pero más hirsuto.
El recibimiento de las gradas fue mejor que el del sábado. Antes del comienzo se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas del horrible accidente ferroviario en Adamuz.
Los monegascos comenzaron poseyendo el balón el primer minuto del choque. El Madrid recuperó pronto la pelota y la primera vez que acercó, la coló. Güler inició la jugada, Fede le dio magia, Mastantuono avanzó y Valverde, de nuevo, se la cedió a Mbappé para que golpeara a la bola con su taco de billar y la enviara a la tronera del Mónaco. 1-0 a los cinco minutos.
El Madrid corriendo es feliz, igual que los niños y los recién divorciados, y sin solución de continuidad Franco y Vini armaron un ataque que concluyó con disparo cruzado raso del brasileño que Khön envió a córner. El colegiado señaló saque de puerta.
Huijsen, más que subir, se abalanzaba con el balón sobre el rival en cuanto tenía ocasión. Jude se llevaba para adentro a la defensa. Mastantuono —muy reconocible porque desde arriba parecía un kiwi amarillo— estaba enchufado y gozó de otra ocasión antes de los diez minutos. Combinó con Fede y el disparo del argentino no cogió efecto ni puerta.
Ni la actitud, ni el juego ni las sensaciones ni el público ni el partido en general tenían nada que ver con las condiciones que se dieron frente al Levante.
Antes de llegar al 20', falta no pitada a Vini que concluyó con una oportunidad casi inmejorable para Ansu Fati. El exculé la mandó fuera cuando era más fácil meterla. La respuesta blanca, ocasión aérea de Aurélien, aunque finalmente cabeceó otro individuo azul de los que pululaban por el césped. Pero el balón lo amarró el meta.
En el minuto 25, el Madrid hilvanó una jugada de alta costura. Detalle de clase de Camavinga, pase mágico de Güler, asistencia de Vini y gol de Mbappé. Maravilloso. 2-0. El francés lleva ya 32 dianas y el mismo número de goles.
Vini pudo anotar el tercero, pero un defensor desvió lo justo para enviar el balón a córner. El Mónaco devolvió el golpe. Golpazo, más bien. Teze reventó el balón —por suerte— contra la zona del larguero que linda con la escuadra. El rival, no le quedaba otra, dio un pasito pa'lante. Los madridistas rezábamos porque los nuestros no hicieran el Ricky Martin y dieran un pasito pa'trás.
Courtois se estrenó, guardametamente hablando, en el minuto 35. Despejó de puños, quizá demasiado aparatosamente, un disparo de los rivales, que seguían con la idea de marcar gol, pese a haber recibido ya dos y que al Madrid no le viniera nada bien que anotasen. Esto lo tienen muy hablado los blancos.
Aun así, el Mónaco seguía atacando y Balogun exigió más a Thibaut que en la ocasión anterior.
Con 2-0 y la casa medio barrida, se llegó al descanso. Buena primera parte de los chicos de Arbeloa.
El Madrid No solo se reconcilió con los escépticos, sino que les ofreció una exhibición goleando al equipo del Principado por seis goles a uno
La segunda parte comenzó con Ceballos en el campo. Como no se puede jugar con doce, salvo que vistas de azulgrana, hubo de quedarse en el banco Asencio. Esperemos que solo por precaución.
El Madrid reinició de manera fenomenal. A los seis de la segunda mitad, Vini recibió al borde del área, se regateó a sí mismo, y dio su segunda asistencia. Esta vez a Mastantuono, quien, francamente, juega mejor con el pelo de pollito.
Sin tiempo ni para estornudar, nueva jugada de Vini que acabó en gol en propia meta. Marcó sin Kehrer. El brasileño, decisivo en tres de los cuatro goles. Si no es para pitarlo, ya me diréis.
A todo esto, Courtois detenía todo lo que llegaba y el Madrid seguía volcado sobre la portería de los ilustres vecinos de la Costa Azul. Jude no marcó el quinto porque un señor se empeñó en evitarlo cuando la pelota se colaba. El partido era gozoso como una tarde en los recreativos con un kilo de monedas de cinco duros.
Entonces Vini corrió como un poseso contra la meta rival, recortó y la reventó. Golazo por la escuadra. Se lo merece, como Míchel ante los coreanos. Muchos atribuirán el mérito a sus pitos en lugar de a los bemoles del brasileño.
Pero no todo iba a ser perfecto, Ceballos erró gravemente en el área y le regaló un gol al Mónaco. Lo marcó Teze.
Camavinga y Güler dejaron su puesto a dos laterales: Carvajal y Fran García.
Pese a un pequeño periodo de relajación tras el gol monegasco, Fede filtró magistralmente al área, Huijsen asistió sin tocar la pelota, simplemente con la sombra de las suyas, y Bellingham dribló y embocó el sexto. «No cometerás adulterio», pero los blancos no respetaron el mandamiento y fueron tremendamente infieles con lo que habían sido ellos mismos hasta hoy.
Arbeloa retiró a Fede y sacó a Meso, canterano que de haber sido de la Masía habríase llamado Mesi. Entre tanto, Jude no marcó el séptimo de milagro y Kylian el octavo, no, perdón, el séptimo también, por poco. Ídem, Vini.
Así se llegó al final. Los de Arbeloa se exhibieron no solo ante los escépticos, también ante los cínicos, los estoicos, los sofistas y un señor de Matalascañas que estaba muy enfadado.
Hoy el Madrid ganó 6-1, jugó muy bien y le echó un par.
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Otra vez. Otra ventana FIFA. Otro festival de medallas emocionales para las selecciones y otro cementerio de articulaciones, fibras y tendones para los clubes. España está clasificada para el Mundial tras empatar 2-2 contra Turquía en La Cartuja, y por lo visto eso debería bastar para poner a medio país a golpearse el pecho como si hubiéramos completado una hazaña digna de museo.
Mientras jugadores como Militao vuelven lesionados de sus partidos internacionales, desde los púlpitos de poder futbolístico, alguien pronuncia la frase más insultante del diccionario deportivo moderno: “Todo esto entra dentro de la normalidad”. Pues no. No entra. No debería entrar. Lo que entra dentro de la normalidad es que las selecciones jueguen al final de la temporada, no en mitad de ella como si fueran un corte publicitario que nadie pidió.
El fútbol de clubes es una narrativa continua. Una historia que se construye semana a semana con lógica interna, con progresión, con ritmo. Los entrenadores diseñan pretemporadas pensando en picos físicos. La competición exige adaptación, madurez, automatismos. Nada de eso tiene sentido si cada dos meses alguien tira del freno de mano y obliga a todos a bajarse del coche para cantar el himno. Estos parones no funcionan como pausa: funcionan como interrupción quirúrgica. Si el fútbol fuera una sinfonía, las selecciones serían el tipo de invitado desagradable que apaga la música a mitad del concierto para enseñar fotos de sus vacaciones.
Y mientras esto ocurre, el aficionado observa la situación con resignación. Porque nadie está esperando emocionado un España-Turquía en noviembre. Ningún aficionado revisa el calendario pensando: “Qué maravilla, hay parón FIFA”. Al contrario: la reacción es siempre la misma y universal: un suspiro, un “otra vez, no”, un “a ver cuántos vuelven enteros”. Hemos normalizado el miedo físico. Antes del parón se celebran goles. Después se celebran resonancias limpias.
Si el fútbol fuera una sinfonía, las selecciones serían el tipo de invitado desagradable que apaga la música a mitad del concierto para enseñar fotos de sus vacaciones
Pero lo peor no es el daño físico: es la mentira moral que lo acompaña. Los clubes pagan salarios millonarios, pagan instalaciones científicas, pagan nutrición personalizada, pagan vuelos privados, pagan control de cargas, GPS, readaptación, psicología deportiva, crioterapia, datos biométricos y seguimiento constante. Pagan, pagan todo. Y mientras pagan, alguien levanta el dedo desde un despacho en Zúrich y dice: “Ahora me lo llevo diez días”. No importa si hay jornada decisiva de liga. No importa si viene un clásico. No importa si el jugador arrastra molestias. No importa si el cuerpo técnico ha planificado la carga con precisión quirúrgica. Se lo llevan. Lo usan. Y lo devuelven. A veces entero. A veces en ruinas.
Y luego está la hipocresía: cuando un jugador se lesiona con la selección, se habla de orgullo, entrega, compromiso nacional. Cuando se lesiona con el club, se habla de desgaste, exigencia económica y abuso de calendario. ¿Tanto cuesta decir la verdad? Las selecciones viven del cuerpo de los clubes. Se alimentan de él. Lo consumen.
Y aún hay quien se pregunta por qué crece la desafección del aficionado hacia el fútbol internacional. Pues por esto, porque estos partidos no responden a emoción, ni a historia, ni a épica. Responden a facturación, responden a contratos televisivos. Responden a federaciones con más estructura burocrática que el Senado, aunque generan menos impacto que un partido de Copa en diciembre. El aficionado no es idiota: distingue entre lo importante y lo accesorio. Y estos parones son el equivalente futbolístico de un playmobil en misa: molesto, incomprensible e innecesario.
La solución es tan simple que provoca risa amarga: todas las competiciones de selecciones deben jugarse en verano. En bloque. Sin interferencias. Como se juega un Mundial, como se juegan los Juegos Olímpicos, como se juega lo que tiene sentido. Un mes completo de nacionalismo emocional, cervezas, terrazas, televisores en plazas, banderas en balcones y noches eternas. Entonces sí hay recuerdo, hay épica, hay relato. Un España-Turquía en junio puede ser aventura. Un España-Turquía en noviembre es ruido.
La solución es tan simple que provoca risa amarga: todas las competiciones de selecciones deben jugarse en verano. En bloque. Sin interferencias
Y mientras ese sistema no cambie, seguiremos viendo lo mismo: clubes ajustando alineaciones con parches, jugadores acumulando kilómetros como camioneros sin convenio y entrenadores inventando formas nuevas de no perder puntos mientras su vestuario regresa con tiritas. El Real Madrid, que debería estar planificando el próximo tramo de temporada, está en cambio preguntándose si podrá alinear a los que han regresado vivos. Y el aficionado, que no debería pensar en resonancias, está mirando calendarios médicos como si fueran quinielas.
Porque hay una verdad final, definitiva, que tumba cualquier discurso institucional: un músculo no entiende de patrias. Un cruzado no distingue himnos. Una rotura fibrilar no sabe si la camiseta era de club o selección. El cuerpo no entiende símbolos: solo entiende esfuerzo y descanso. Y ahora mismo está recibiendo esfuerzo sin descanso porque alguien decidió que un noviembre con selecciones es más rentable que un noviembre con liga.
Así que sí: enhorabuena a España por clasificarse. Pero no me pidan que aplauda el sistema que lo ha hecho posible. No me pidan que aplauda un formato que destroza el ritmo competitivo. No me pidan que aplauda una situación que beneficia siempre a los mismos y perjudica siempre a los de siempre. Y sobre todo no me pidan que crea que esto es inevitable. Porque no lo es.
Lo inevitable es que si seguimos con este calendario, seguiremos contando bajas. Seguiremos viendo a jugadores rotos. Seguiremos teniendo partidos sin alma entre selecciones con aficionados bostezando. Lo inevitable es que este modelo seguirá dañando aquello que sostiene al fútbol moderno: el club. Lo inevitable es que seguiremos repitiendo esta conversación hasta que alguien, por fin, recuerde lo esencial: el fútbol no lo sostiene el patriotismo. Lo sostienen los calendarios coherentes. Lo sostienen los cuerpos sanos. Lo sostienen los clubes. Y cuando se olvida eso, todo lo demás —incluido un empate contra Turquía— es solo ruido envuelto en banderas.
Me despido como siempre, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!
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Es algo habitual, con todos los entrenadores sucede, pero encuentro mucho alboroto en torno al Real Madrid desde que Xabi Alonso aterrizó en el banquillo. Unas veces para bien y otras para mal. Estamos los que puedo considerar madridistas y los que quiero considerar “jugadoristas”. No me entra en la cabeza que haya gente que trate de justificarlo todo por salvar a su futbolista favorito.
Los resultados están acompañando a Xabi en estos primeros meses como entrenador del equipo con la máxima exigencia del mundo. Cierto es que nos quedamos a las puertas de la final del Mundial de Clubes y en los partidos importantes (Atlético y Liverpool) no hemos dado el callo. Del Metropolitano salimos escaldados y de Anfield simplemente superados. La victoria en el Clásico frente al Barça digamos que fue un partido de luces y sombras.
El empate en Vallecas ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos de nosotros, porque vemos que este Real Madrid está apagándose. El lío de Vinícius y su famoso cambio desencadenaron una situación insostenible entre los defensores de Alonso y los del brasileño, pasando por un Mbappé, inconmensurable, al que le han caído palos por todos los lados siendo Bota de Oro la temporada pasada y acumulando una media de un gol por partido en esta.
Dejemos a un lado los egos y las decisiones técnicas. El Real Madrid es el que permanece, los jugadores y los entrenadores van pasando
Llevo pensándolo y diciéndolo desde que empezó la temporada, pero cada vez es el sentir de más gente que busca soluciones a la situación actual del Real Madrid: en este equipo faltan centrocampistas con mejor tacto de balón. Kroos y Modric, respaldados por Casemiro, dejaron el listón demasiado alto porque además de deleitarnos en cada partido fueron capaces de liderar desde el juego a un grupo de futbolistas que ganaron todos los títulos posibles y nos hicieron muy felices.
Pienso en si podemos estar viviendo una etapa de transición, pero también se hablaba sobre ello cuando la mayor leyenda del Club salió del Real Madrid y yo he visto a Marcelo y Nacho levantar dos Copas de Europa pocos años después de la partida de Cristiano Ronaldo.
Dejemos a un lado los egos y las decisiones técnicas. El Real Madrid es el que permanece, los jugadores y los entrenadores van pasando. Que nunca se nos olvide que lo que nos hace grandes es la unión y, tal y como estamos ahora, no vamos a ninguna parte.
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Buenos días, amigos. Hasta hace poco, distinguíamos entre árbitros españoles y árbitros europeos. Los primeros eran (son) los herederos naturales de Negreira, hijos nefandos de un sistema corrupto tras décadas de pagos del FC Barcelona a su cúpula, pagos que quién sabe si no se seguirán produciendo de un modo u otro a pesar de que Negreira ya no anda por ahí.
Los segundos, los árbitros europeos, nos parecían esencialmente libres de sospecha, en cambio. Pocas cosas más corruptas que la UEFA, sin que Ceferin haya permitido al menos que esa putrefacción se filtre al estamento, nos decíamos. Los colegiados UEFA se equivocan, como todos, pero no se observa una tendencia, un patrón sospechoso.
A lo mejor hay que revisar esta percepción de las cosas a la luz de los últimos arbitrajes que viene gozando el club cliente de Negreira, y muy en particular del que ayer le brindó la victoria de la manera más descarada, escamoteándosela a un Brujas cuya afición, indignada, prorrumpió en gritos de “¡Mafia! ¡Mafia! ¡Mafia!” al término del partido. Puesto en el contexto de la nueva relación de amor Laporta-Ceferin, este nuevo escándalo dispara las sospechas hasta lo más alto del apestómetro.
Corría el tiempo de descuento del Brujas-Barcelona, con 3-3 en el marcador, cuando Szczęsny se hizo en un lío en un saque de puerta, posibilitando el que un delantero del equipo belga le robara impiamente el balón y marcara gol. No hay falta al portero polaco del club cliente de Negreira por ninguna parte, y sin embargo el VAR, de manera estupefaciente, llamó al colegiado inglés Taylor para que acudiese al monitor, cosa que hizo con presteza para anular el tanto.
Inconcebible. O quizá demasiado concebible conociendo los precedentes.
El atacante ni siquiera toca a Szczęsny, que se desparrama sobre el suelo en el más puro estilo Masía pese a ser natural de Varsovia, en el desesperado intento de lograr que el tanto se anule por falta. Le sale bien el ardid para bien de Ceferin, de quien se cuenta que tiene en Eslovenia ambiciones políticas que se ven en riesgo por ciertas informaciones que Laporta tiene sobre él. Los personajes del hampa es lo que tienen: a mucha gente cogida por los cataplines. O quizá es simplemente que hay un Euronegreira en la sombra, maniobrando en favor de los intereses blaugranas.
Para la prensa cataculé, como veis, nada de eso sucedió. Omiten la información al más puro estilo Pravda o televisión norcoreana. Todo es Lamine Yamal, que volvió de su sequía goleadora (que es una sequía eterna, por cuanto entre los indudables méritos técnicos del jugador no se cuenta el aspecto realizador) marcando el gol del empate. De la cosa arbitral, chitón. Por cierto, ya nos han llegado imágenes de estraperlo del geniecillo de los brakets burlándose del público belga, pero como no es brasileño ni viste de blanco se trata de imágenes que no verán la luz en medios de comunicación masivos. Vivimos en una omertà permanente. Ni siquiera en el caso (imposible, por supuesto) de que un club hubiese sobornado a la cúpula arbitral durante varias décadas, hablaría la prensa de este particular.
Marca, cada día más conocida como Marça por el pueblo soberano, que suele tener argumentos de peso para decir las cosas que dice e inventar los sobrenombres que inventa, se rinde también a los pies de Lamine, que para eso el diario dirigido por Gallardo es el máximo representante de la Central Lechera (?) en la piel de toro. “El brujo es Lamine”, titulan, en agudísimo juego de palabras con el nombre de la ciudad donde se obró el atraco. Marca sí menciona el gol anulado a los locales, pero tilda la jugada de “acción al límite” de Szczesny. Suponemos que se refieren al límite entre el teatro amateur y profesional sobre el que tanto escribieron Nicholson, Holdsworrh y Milling.
Y finalizamos con As, que por lo menos tiene la deferencia de indicar, bien es cierto que de manera harto descomprometida, que hubo una “polémica por un gol anulado a Vermant en el descuento”.
En realidad, amigos de As, polémica no hubo ninguna. Para que haya una polémica, ha de haber una discrepancia de pareceres, y todo el mundo sin excepción coincide en que la anulación de ese gol representa un espolio de primera magnitud. La diferencia estriba en cómo enfrentarse a esa verdad incontrovertible de cara a los propios lectores. Así, por ejemplo, Sport y Mundo Deportivo la ignoran, en el entendido de que aquello de lo que no se habla no existe; Marca lo tilda de “jugada al límite”, prodigioso eufemismo; As habla con algún cinismo de “polémica”; y luego está La Galerna, que te cuenta las cosas como son, se sienta en la grada vacía del estadio del Brujas y entona el eco retrospectivo de sus seguidores ayer.
Pasad un buen día.
La Audiencia Provincial de Madrid ha hablado. Y, por una vez, la justicia española no ha pitado en contra del Real Madrid ni ha visto penalti en una sombra del área, no estaba González Fuertes ni Cuadra Fernández al chifle claro. Ha visto lo que todos sabíamos desde el minuto uno: que la UEFA ha ejercido durante décadas un monopolio disfrazado de altruismo, un cortijo suizo con reglamento a medida, en el que Ceferin hace de señor feudal y los clubes son sus vasallos.
El fallo no es un matiz. Es un terremoto jurídico con epicentro en Madrid y réplicas en toda Europa. La sentencia declara que UEFA incurrió en abuso de posición dominante, esto es, que actuó como dueño absoluto del negocio, castigando a quienes se atrevían a cuestionar su autoridad. Traducido del latín judicial al idioma del Bernabéu: Florentino tenía razón, y lo sabíamos todos los que no dependemos de la nómina de Ceferin.
La resolución no convierte automáticamente la Superliga en un torneo oficial ni otorga licencia para empezar mañana, pero sí dinamita la muralla legal que impedía siquiera hablar de ella. Por primera vez, un tribunal ha dicho lo que ningún dirigente se atrevía a pronunciar en público: la UEFA no puede ser juez, parte y verdugo del fútbol europeo.
Abril de 2021. Florentino Pérez fue presentado como el Lucifer del balompié. El hombre que pretendía destruir el fútbol, mercantilizar los sueños y arrebatarle al niño pobre de Moldavia la ilusión de perder 6-0 ante el Bayern.
Los mismos que hoy alaban la sostenibilidad lloraban entonces por la pureza del fútbol, mientras firmaban contratos con casas de apuestas y emisoras cataríes. La prensa, fiel como un perrito de aeropuerto, repitió el argumentario de Nyon: “Florentino quiere el dinero para él”, “quieren acabar con las pequeñas ligas”, “esto es el fin del fútbol que amamos”.
La sentencia declara que UEFA incurrió en abuso de posición dominante. Florentino tenía razón, y lo sabíamos todos los que no dependemos de la nómina de Ceferin
Tres años después, resulta que el fin del fútbol era Ceferin, no Florentino. Que los que decían defender la igualdad han sido condenados por abuso de poder. Que los que pontificaban sobre moralidad eran, en realidad, el oligopolio más rentable de Europa.
La sentencia madrileña no hace sino aplicar el sentido común. La UEFA no puede autorizar o prohibir competiciones según su conveniencia, ni amenazar a clubes y jugadores con expulsiones. No puede ser regulador, juez y beneficiario a la vez.
Hasta ahora lo hacía con naturalidad, como si el fútbol fuera Derecho divino. Ceferin de Papa infalible, rodeado de cardenales federativos y periodistas indulgentes. El que se apartaba del credo era excomulgado. Así cayeron los doce apóstoles de la Superliga: seis ingleses arrepentidos en 24 horas, tres italianos que firmaron y se escondieron, y el Real Madrid, que aguantó el chaparrón con dignidad de mártir. Y mientras todos huían del fuego inquisidor, Florentino se mantuvo en el centro del ring, solo, recibiendo golpes y respondiendo con argumentos.
El club cliente de Negreira ha quedado atrapado en su propio laberinto moral. Después de insinuar que abandonaba la Superliga y de abrazarse con entusiasmo casi litúrgico a Ceferin y Al-Khelaïfi en la ECA —la congregación oficial de los obedientes—, la sentencia lo deja en una posición tan incómoda como incoherente. Mientras el Real Madrid emerge como vencedor jurídico y visionario, ese club del que usted me habla aparece como ese alumno que copió en el examen equivocado. Aplaudió al poder cuando el poder era ilegítimo, y ahora el poder está desnudo. No puede volver del todo a la Superliga sin quedar como oportunista, ni quedarse fuera sin admitir que se equivocó. En resumen: el club investigado por corrupción entre particulares en el ámbito deportivo ha pasado de socio fundador a figurante arrepentido, con la bandera de la independencia colgada del perchero de Nyon.
La Liga de Fútbol Profesional, vulgo La Liga de Tebasqueda como un souvenir de un poder que se creía eterno. Su cruzada personal contra la Superliga —y, por extensión, contra Florentino Pérez y el Real Madrid— se ha convertido en un boomerang jurídico de precisión suiza. El modelo Tebas, basado en el control férreo, la homilía populista, la obediencia de sus propios empleadores y su sumisión al amo europeo, ha quedado desautorizado por los tribunales. El discurso de “salvar el fútbol” se revela como lo que siempre fue: una maniobra para conservar el trono y el micrófono. Ahora, con la sentencia en la mano, la Liga pierde autoridad moral y se asoma a un escenario en el que los clubes podrán mirar más allá de su corral. Tebas, por fin, tendrá que gobernar sin látigo o marcharse, pero los más de cinco millones de euros anuales que trinca, harán difícil la salida.
Aleksander Ceferin, ese abogado esloveno con alma de virrey, se ha comportado como un monarca de opereta. Capaz de presentarse como defensor del pueblo mientras viaja en jet privado para denunciar los excesos del capitalismo futbolístico. Su discurso tiene la coherencia de un comité de ética de la RFEF.
El club cliente de Negreira ha quedado atrapado en su propio laberinto moral. Después de insinuar que abandonaba la Superliga y de abrazarse con entusiasmo casi litúrgico a Ceferin y Al-Khelaïfi en la ECA, la sentencia lo deja en una posición tan incómoda como incoherente
Ceferin encarna el poder que se aferra al sillón. No soporta que nadie cuestione su autoridad, porque sabe que su imperio se basa en un contrato tácito de miedo: “o conmigo o contra mí”. Y lo que ha dicho la Audiencia de Madrid es precisamente eso: que el miedo ya no es ley.
La sentencia no aprueba una Superliga concreta, pero valida su principio fundacional. Y ese principio no es el dinero, sino la libertad, valida el derecho de los clubes a organizar competiciones sin pedir permiso al burócrata de turno.
El Real Madrid no buscaba una revolución de mercado, sino una reforma estructural. La UEFA había convertido el fútbol en un casino donde solo gana la banca. Florentino propuso cambiar las reglas: menos intermediarios, más mérito, más previsión económica y más respeto al espectador ya los clubes, y por eso le declararon la guerra.
Hoy muchos callan. Los mismos que tacharon a Florentino de pirómano del fútbol guardan ahora un silencio reverencial. Los que se reían en tertulias de medianoche ahora ponen cara de “no era para tanto”. Los que llamaban codicia a la Superliga hoy llaman sostenibilidad a los nuevos formatos de la competiciones europeas que se vienen, que curiosamente copiarán las ideas de aquella.
Ceferin ha pasado de villano salvador a funcionario acorralado. Tebas, por su parte, sigue en su eterna cruzada contra el Madrid, declarando cada semana que el club blanco es el mal. Ya lo era cuando defendía la Superliga; ahora lo es por tener razón.
Y la prensa, siempre lista para arrodillarse ante el poder, finge neutralidad mientras busca el próximo argumentario que le dicten desde Zúrich.
Mientras otros insultaban, él litigaba, mientras los opinadores gritaban, él redactaba demandas, mientras los influencers de salón de las redes sociales clamaban por un comunicado diario del club, Florentino trabajaba donde había que hacerlo. Durante tres años, el Real Madrid ha peleado en los tribunales con la paciencia de un ajedrecista, sabiendo que el tiempo y la razón estaban de su lado.
Florentino no es solo un presidente: es una mentalidad. El tipo que ve diez jugadas más. Cuando la UEFA creyó que el escándalo mediático había enterrado la Superliga, él siguió cavando túneles judiciales y ahora, desde un tribunal de la calle Santiago de Compostela, ha hecho temblar los cimientos del fútbol europeo.
El impacto del fallo va más allá del Real Madrid. Cualquier club europeo podrá invocarlo para reclamar independencia. Las ligas nacionales tendrán que replantearse sus relaciones con las federaciones y, sobre todo, se abre la puerta a una reconfiguración de los derechos televisivos y comerciales.
Miles de millones en juego. Contratos, patrocinios, licencias, derechos de imagen. El fútbol europeo, por fin, entra en la era del Derecho y sale del feudo.
Ceferin tratará de vender el desastre como “matiz técnico”. Pero ha perdido su poder absoluto. Y un rey que deja de ser absoluto ya no es rey, es un asesor con ego.
Que haya sido la Audiencia Provincial de Madrid la que haya dado el golpe de martillo es casi poético. En el país donde los árbitros expulsan a Bellingham por respirar, la justicia ha devuelto al fútbol algo de equilibrio.
El fútbol europeo, por fin, entra en la era del Derecho y sale del feudo
Desde Madrid, precisamente desde la ciudad del club que Ceferin quiso humillar en aquella gala del Balón de Oro, llega la jurisprudencia que puede cambiar el mapa del fútbol mundial.
El Real Madrid no solo gana Copas de Europa: también gana causas. Donde otros clubes protestan al árbitro, el Real Madrid va al juez y el juez, esta vez, ha dicho: “Florentino, tenías razón.”
La Superliga no nacerá de la noche a la mañana, habrá negociaciones, formatos nuevos, equilibrios políticos, pero el precedente está ahí, firme. El Real Madrid tiene ahora el aval legal para promover un modelo alternativo y lo más importante, la sartén por el mango para negociar.
Los clubes que antes temían las represalias de Ceferin empezarán a mirar a Florentino como a un faro, no como a un hereje. La historia del fútbol europeo va lenta pero segura, volverá a moverse donde siempre ha estado el futuro: en Chamartín.
No es ironía: es la descripción exacta de los hechos. Florentino Pérez, el presidente que lleva veinte años desafiando dogmas, ha conseguido que la justicia reconozca que el emperador iba desnudo y lo ha hecho sin ruido, sin filtraciones, sin victimismo.
Mientras Ceferin pronunciaba sermones sobre la “unidad del fútbol europeo”, Florentino esperaba la sentencia, mientras sus enemigos soñaban con verlo caer, él estaba ganando otra batalla.
Y lo mejor: lo hace sin celebrar. Porque sabe que el partido aún no ha terminado, pero va ganando, y por goleada moral.
La sentencia no aprueba una Superliga concreta, pero valida su principio fundacional. Y ese principio no es el dinero, sino la libertad, valida el derecho de los clubes a organizar competiciones sin pedir permiso al burócrata de turno
Habrá quien repita que la Superliga era codicia, que Florentino quería el fútbol para él, pero la realidad ha demostrado lo contrario: el único que ha defendido el fútbol de todos ha sido el Real Madrid.
Cuando el poder se vuelve absoluto, solo alguien lo bastante libre se atreve a decir “basta”. El Real Madrid lo ha hecho, ha ganado en el único campo donde no se puede comprar al árbitro: un juzgado.
Y desde ese día, Ceferin duerme peor, porque la Superliga, al final, no era un proyecto, era una advertencia. Y ahora, con la ley en la mano, también es una promesa.
Me despido como siempre. Ser del real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!
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Arbitró Adrián Cordero del comité cántabro. En el VAR estuvo Jesús Trujillo.
En lo disciplinario anduvo fallón y también tuvo algún error en la señalización de las faltas.
Las tarjetas llegaron al final del encuentro. Una para Mbappé por agarrar a Víctor en el 89' y la roja a Bretones por un golpe en la cara a Gonzalo en el descuento. La expulsión por las imágenes repetidas pareció muy rigurosa. Se fueron sin amarilla Boyomo por una clara falta a Vinicius en el 46' en un ataque prometedor, y Moncayola por sujetar a Carreras al principio del choque sin posibilidad de disputar el balón.
En las áreas se reclamaron tres penaltis y señaló uno. Mbappé se marchó de Cruz y el zaguero barrió al ir al suelo al francés. Pena máxima cristalina. Los blancos también lo pidieron en una pugna de Boyomo con Vini al filo del descanso. El central empuja al brasileño, pero no es suficiente para penalti. Tampoco lo era la disputa entre Torró y Militao en el 67'. El centrocampista rojillo se dejó caer.
Cordero, DISCRETO.
El cliente de Negreira es ese personaje que cuando pierde a las cartas tira la mesa, culpa al crupier y exige repetir la mano con las cartas marcadas. Es un club que, desde hace años, transita por el fútbol europeo como quien intenta llegar a casa borracho sin GPS: dando tumbos, sin memoria y convencido de que el que se equivoca es el camino.
La última muesca de esta tragicomedia tiene nombre propio: Mundial de Clubes. Ese torneo que la FIFA ha remodelado y que reúne este año a 32 equipos. Un escaparate internacional, competitivo, lucrativo, exigente. Y ahí, claro, el cliente de Negreira. No por un capricho. No por una mano negra. No por una conspiración judeo-merengue desde las oficinas de Chamartín. No.
El club ese del que usted me habla no jugará el Mundial de Clubes porque no se clasificó. Punto.
Durante el ciclo evaluado por la FIFA —temporadas 2020/21 a 2023/24—, el equipo azulgrana ha tenido un rendimiento europeo propio del Bayer Uerdingen. Dos salidas consecutivas de la fase de grupos de Copa de Europa. Ridículos continentales contra Benfica, PSG, Inter, Bayern, Eintracht, Roma y un Manchester United en chándal, entre otros. Derrotas, excusas y una relación con la Copa de Europa y con la Europa League digna de película de sobremesa: la empiezan con ilusión y la abandonan con una carta de ruptura.
Y claro, sin méritos en el campo, ¿qué se les ocurre? Exacto: pedir por escrito a la FIFA entrar como suplente del León mexicano, que se cayó del cartel. A ver si cuela. A ver si nos invitan. A ver si nos dan mesa sin reserva.
El club ese del que usted me habla no jugará el Mundial de Clubes porque no se clasificó. Punto
El club que presume de ser més que un club pidió entrar por la puerta de atrás. Como quien no ha sido invitado a una boda, pero se presenta con chaqueta prestada y una sonrisa ensayada. Y cuando la FIFA, en un extraño pero reconfortante momento de sensatez, les dijo que no, que ese lugar correspondía al Los Angeles FC, comenzó la operación “restemos valor al torneo”.
De repente, la prensa afín (ese club de fans con sueldo que aplaude sin cesar todo lo que suena a culé y aúpa a los olimpos del balompié a cualquier chaval de La Masía que medio despunta) se subió a la ola del desprecio. Portadas llenas de sarcasmo, tertulianos con la ceja arqueada y frases recicladas como “es un engendro sin sentido”, “está hecho para que gane el Madrid”, “No lo juego los campeones de las mejores ligas” o la joya conceptual: “es un torneo que carga demasiado a los jugadores”.
Claro, claro. Lo carga... pero solo si no está el cliente de Negreira. Porque si la FIFA les hubiera dicho que sí, estaríamos viendo reportajes de Piqué narrando la historia del club desde el Big Bang, vídeos de Laporta con banda sonora de Hans Zimmer y titulares como:
“El Barça vuelve al mundo para reinar”
“Nuestro ADN ya está en Nueva York”
“Lamine, el emperador adolescente”
Pero no. La FIFA dijo “no” y entonces, el relato se volvió esquivo, resentido, patético. Lo que antes querías jugar con entusiasmo ahora lo llamas “torneo sin sentido”. El mismo torneo que pediste, ahora lo desprecias. Y todo el mundo lo ha visto. Hasta los del Escalerilla (qué habrán hecho los pobres…).
Lo que antes querías jugar con entusiasmo ahora lo llamas “torneo sin sentido”. El mismo torneo que pediste, ahora lo desprecias. Y todo el mundo lo ha visto
Pero claro, cuando un club pasa décadas pidiendo respeto y transparencia mientras pagaba más de 8 millones de euros al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros para comprarse literalmente el sistema arbitral completo Y AÚN NO HA PASADO NADA, que no se olvide, cuando no les han desposeído de los títulos fraudulentamente obtenidos, cuando no les han expulsado del fútbol profesional y cuando no han perdido perdón por lo que hicieron, uno entiende que el sentido del ridículo se lo dejaron olvidado en una caja fuerte de la calle Arístides Maillol.
Porque eso también hay que decirlo: cuando el club más investigado de Europa por corrupción arbitral exige entrar en un torneo que no ha merecido, uno ya no sabe si reír o hacer crowdfunding para regalarles vergüenza ajena.
¿Cómo puede un club que ha estado pagando sistemáticamente al número dos de los árbitros durante 17 años pedir un comodín deportivo?
¿Cómo puede un club investigado por corrupción continuada en el deporte, que ha sido incapaz de rendir en Europa durante diez temporadas consecutivas, exigir un hueco entre los mejores clubes del planeta?
La respuesta es simple: porque están acostumbrados a la impunidad más impune y porque el relato les ha hecho creer que todo se puede justificar. Que lo suyo nunca es derrota, sino conspiración. Que no se equivocan, sino que se les ataca. Que los goles en contra no son errores, sino montaje.
Un club que ha convertido el victimismo en táctica, el “y tú más” en argumento, y el bochorno en línea editorial.
Y lo peor es que no lo esconden. Esta semana, mientras el Real Madrid se prepara para debutar en el Mundial de Clubes como quien saca traje nuevo, ellos publican tuits riéndose del torneo, como el niño al que no le han elegido para el equipo de clase y decide patear el balón al río.
Todo esto no sería grave si no fuera tan repetido. Porque el barcelonismo no sólo no aprende, sino que insiste en disfrazar su mediocridad reciente de injusticia universal. Han pasado de la élite europea a la autocompasión digital. De Xavi a X, la red social. De Wembley 92 a “me bloquearon por decir la verdad”.
Mientras el Real Madrid se prepara para debutar en el Mundial de Clubes como quien saca traje nuevo, ellos publican tuits riéndose del torneo, como el niño al que no le han elegido para el equipo de clase y decide patear el balón al río
Y en medio, Negreira. Ese elefante en la habitación que ya no cabe ni en el estadio. Ese agujero moral que han intentado tapar con storytelling, con ofendidismo institucional, con artículos sobre dictaduras imaginarias. Pero ahí sigue. Como una llamada perdida de la UEFA. Como una mancha de grasa que no sale del escudo.
Y ahora, fuera del Mundial de Clubes, quieren que lo demás tampoco brille. Porque si yo no estoy, no vale. Porque si yo no gano, no importa. Porque si yo no juego, que se cancele.
Pero el fútbol, señores, no es TikTok. No se borra lo que no te gusta. No se inventa un filtro para los fracasos.
Y aunque pongáis cara de dignidad ofendida, la realidad es esta: no estáis en el Mundial de Clubes porque no habéis hecho nada para estar. Punto.
Y pedirlo por carta, para luego despreciarlo en redes, no es estrategia.
Es el comportamiento de quien no sabe perder... ni callar.
Les dejo deseando que nuestro equipo comience con éxito su andadura por esta nueva competición y recordándoles que ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!
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Dejar de formar parte de algo grandioso no debe ser fácil. De hecho, no lo es. Algo así me pasó cuando dejé de vivir en Roma. Pasé allí el tiempo suficiente como para sentirme parte de la ciudad, incluso llegué a ser ciudadano romano. Algo que hace siglos era sinónimo de alcanzar el éxito y la prosperidad. Amo Madrid, pero Roma… es Roma.
Un buen día todo terminó, tocó hacer las maletas y volver a casa. Uno no suele darse cuenta de lo que va a echar de menos las cosas hasta que las pierde. Mi regreso a España coincidió con el éxito de la película La Grande Bellezza. Independientemente de que te guste Sorrentino y el argumento del film, es innegable que la película ofrece un constante disfrute de la enorme belleza de la ciudad. Al final, cuando el director nos hace volar por encima del Tíber, una angustiosa sensación de pérdida se apoderó de mí. De repente, caí en la cuenta de que aquellos atardeceres (y algún amanecer), el omnipresente rumor del agua, la mezcla de olor a helado, queso fundido y al mejor café, los altares improvisados a la Virgen, sus omnipresentes ruinas milenarias, las estatuas parlantes que aún siguen teniendo voz, el imponente barroco, sus leyendas, su caos organizado, el poder del Vaticano, las terrazas del Tíber en verano… todo seguiría sucediendo, aunque yo ya no estuviera allí. Reconozco que era un pensamiento algo arrogante por mi parte. Como si la ciudad me debiera un gesto de despedida. Lo sé, no tenía sentido. Pero me dolió pensar que todo lo vivido, para la ciudad, no significó nada. Y en verdad era así.
Estos pensamientos me vinieron a la mente recientemente al acordarme de Carlo Ancelotti. En estos días de extraña pretemporada adelantada, con nuevo entrenador y carrusel de fichajes pre Mundial de Clubes, se me hacía raro ver que todos los focos apuntaban a Xabi Alonso, a Trent, a Huijsen y, ahora, a Mastantuono. La gente sólo hablaba ya del “nuevo Madrid”. Para rematar, vi a Ancelotti dando órdenes a Vinícius, pero vistiendo la canarinha. Entonces me pregunté: ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha podido suceder todo esto tan rápido? ¿Qué estará pasando por la cabeza del míster?
Al igual que el Imperio romano, el Real Madrid paga a sus héroes con gloria. Carlo Ancelotti la alcanzó y por eso siempre será recordado. Espero que nunca le quepa la menor duda. Ci mancherai, míster
Carlo también dejó Roma hace muchos años, donde fue leyenda como futbolista. Supongo que la experiencia le serviría para aprender cómo son las despedidas de los lugares y entidades emblemáticas. Para mí, Roma es a las ciudades lo que el Real Madrid es al fútbol. Es la capital de todo. El “caput mundi”. Al igual que pasó conmigo, Carlo se fue y toda la ciudad seguiría funcionando, sin detenerse para mandar un “arrivederci” siquiera. Como sucede ahora mismo con el Madrid. Por eso, por si a Ancelotti le estuviera asaltando la sensación de que el Real Madrid ha pasado su página demasiado rápido, yo quisiera decirle que le echaremos de menos. Porque aparte de un gran tipo es el entrenador con más títulos de la historia del club. Que todos los éxitos que seguro llegarán en los próximos meses también serán en parte gracias a él por enseñar a ganar a unos chicos tan jóvenes. Y que cuando lleguen momentos difíciles, en partidos o eliminatorias, pensaremos que todo puede ser posible gracias a esa genial locura que era su Real Madrid.
Al igual que el Imperio romano, el Real Madrid paga a sus héroes con gloria. Carlo Ancelotti la alcanzó y por eso siempre será recordado. Espero que nunca le quepa la menor duda. Ci mancherai, míster.
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