Las mejores firmas madridistas del planeta

Durante siglos perduró la idea de que las golondrinas en lugar de migrar a climas más cálidos, hibernaban. Aristóteles creía que las golondrinas y cigüeñas pasaban el invierno enterradas en el barro, a la manera de sapos y ranas. Olaus Magnus escribía en 1555 que las golondrinas se escondían en el lodo de los lagos y pantanos. Linneo todavía creía en 1758 que dichas aves se escondían durante el invierno, bajo los tejados entre otros lugares. Unos cuantos años más tarde, John Hunter, anatomista escocés, cirujano radical, empírico convencido, de métodos tan expeditivos como para inocularse el pus gonocócico y realizar la primera inseminación artificial de la historia, no tenía claro aquel lugar común; así que capturó parte de una bandada de golondrinas, las sumergió bajo el lodo y esperó la llegada de la primavera.

Santiago Hernán Solari, madridista ilustrado, de pensamiento crítico y convicciones valientes, optó por un método similar. Frente a las dudas reinantes en el ambiente, frente al escepticismo previo de Lopetegui, sometió a Vinícius a un procedimiento agresivo de titularidades. El mozalbete del que la prensa maledicente rumoreaba que carecía del nivel necesario para los rondos del primer equipo, ése que apenas había jugado un par de partidos en 2ªB entre patadas alevosas, mordiscos en la cabeza y críticas de todo tipo, demostró sobradamente su valía.

Vinícius Solari

Vinícius no sólo mostró descaro, arrojo y coraje, sino que fue capaz de echarse el equipo a la espalda; no sólo se dedicó a regatear y a desbordar hasta la línea de fondo, sino que concitó las esperanzas de la afición en un periodo oscuro. Vinícius pedía una y otra vez el balón, encaraba a un adversario tras otro, percutía por su banda sin desmayo, rompía cinturas y sóleos rivales, y cargaba con el peligro ofensivo. Su función fue casi de faro. Sin embargo, la maratón de partidos fue tal que Vinícius se rompió en el partido de vuelta contra el Ajax. Ahí se acabó la temporada del púber brasileño, de Solari, y del equipo.

Santiago Hernán Solari, madridista ilustrado, de pensamiento crítico y convicciones valientes, sometió a Vinícius a un procedimiento agresivo de titularidades. El mozalbete demostró sobradamente su valía

La lesión fue de consideración, rotura de los ligamentos del tobillo derecho. La recuperación, inevitablemente lenta. Antes de que pudiera volver a tener ritmo de competición, las críticas se centraron en Zidane, que había acudido al rescate de la plantilla y de la institución. Primero se dijo que a Zidane no le gustaban los jugadores jóvenes, que sólo confiaba en su bloque de veteranos. Después se insistió en que a Zidane no le gustaba Vinícius; más tarde se porfiaba que le había quitado la confianza. De hecho, todavía lo dicen.

En el verano de 2019 llegó Hazard para colonizar la banda izquierda. Desde luego, no entraba en los planes ni del belga ni del madridismo que nos lesionaran al 7 a las primeras de cambio, ni tampoco recurrentemente. Cada convalecencia de Hazard, suponía una nueva oportunidad para las capacidades de Vinícius. Vini lució compromiso defensivo, eficacia en la presión, llegada generosa y desborde solidario. Sin embargo, a esas alturas el viento ya había girado.

El jugador al que la prensa había recurrido para propinar azotes a todo el mundo: primero a Lopetegui cuando no participaba; luego a Isco, a Bale y a Lucas Vázquez cuando jugaba con Solari; más tarde a Zidane cuando terminaba de recuperarse tras la lesión; se llevaba ahora una linda patada en las nalgas. El vértigo se había convertido en atropello, la audacia en torpeza, el optimismo en atolondramiento, el desequilibrio en constantes pérdidas de balón, el descaro en falta de confianza, la alegría en melancolía, y una estrella emergente en un jugador cómico, en un meme con patas.

Una buena parte de la afición, cada vez mayor, decide transitar esa senda de la desdicha que supone primar los defectos sobre las virtudes, ignorar la proyección y las cualidades, anteponer las carencias sobre las fortalezas

Una buena parte de la afición, cada vez mayor, decide transitar esa senda de la desdicha que supone primar los defectos sobre las virtudes, ignorar la proyección y las cualidades, anteponer las carencias sobre las fortalezas. El desánimo cunde por doquier, el muchacho no vale. El aficionado que se había levantado del asiento cuando el brasileño cogía el balón da paso a un runrún de insatisfacción. Se masculla el pesimismo: no centra bien, se deja el balón atrás, no tiene gol, no elige bien las jugadas, confunde las opciones. La bandera de la esperanza, un jugador con 15 años de carrera por delante, un jugador mucho más completo y maduro, vuelve a ser aquel menino recién llegado, falto de nivel para jugar en el Real Madrid. Las golondrinas vuelven al fondo de las lagunas, se entierran en el barro.

Ésa podría ser la secuencia general, pero si ponemos ahora algo de perspectiva y de autocrítica, es evidente que no se juega igual con el viento a favor que bajo el escrutinio constante. Es evidente que el desempeño no es el mismo bajo la mirada severa y el juicio destructivo que bajo el apoyo incondicional o al menos la comprensión o cierta tolerancia amistosa. Conviene no olvidar que se trata de un jugador aún en pleno proceso de formación, que incluso si no consiguiera evolucionar más allá, ha demostrado poder liderar el ataque en los momentos sombríos, poder ser un suplente más que competente de una estrella mundial como Hazard, y poder funcionar como un revulsivo de calado.

Hazard Vinícius

La parte oscura de la secuencia entraña una muestra más del doble rasero, del fuego amigo, y de las campañas de lavado o de ensuciado de imagen. Sirvan como botón todos los comentarios laudatorios que reciben en las retransmisiones, las crónicas, las tertulias y los artículos de opinión, Pedri, João Félix y Ansu Fati. En tales casos se ignoran los fallos y se ensalzan los aciertos; se magnifica la proyección, se potencia el futuro y se refuerza el presente. Reflexione el lector, por un breve momento, si su hijo preferiría la camiseta del nuevo Zidane, o del siguiente Ronaldo Nazario, o la de un jugador que se tropieza solo y del que se hacen burlas y chistes de manera frecuente. Piense en términos de mercadotecnia cómo se revalorizan unos, aun con un mercado menor, y cómo se deprecia un jugador con millones de admiradores en Brasil y un mercado planetario.

Tengamos presente aquello que dijo Ramón Mendoza hace ya unas cuantas nevadas: no se juega con el patrimonio del club que amamos

La narrativa no sólo afecta a la imagen del jugador, sino también a las cuentas y al patrimonio de la entidad. Hagan la prueba de comparar los precios de mercado de Pedri, João Félix y Ansu Fati con los de Rodrygo y Vinícius. Comparen también los goles y asistencias por minutos de unos y otros. Ciertamente no es lo mismo comprar ilusión que comprar pesimismo; no es lo mismo vender calma y paciencia que vender crisis y derrotismo; no es lo mismo hablar de esperanza que de frustración. No es lo mismo dar estabilidad que desestabilizar. Todo ello tiene consecuencias estéticas, éticas y monetarias para el madridismo. Por consiguiente, no caigamos en ciertas trampas, defendamos a nuestro equipo, apoyemos a los nuestros con paciencia y confianza. Rechacemos aquello que vaya en perjuicio de nuestro Real Madrid. Tengamos presente aquello que dijo Ramón Mendoza hace ya unas cuantas nevadas: no se juega con el patrimonio del club que amamos.

 

Fotografías: Getty Images.

David Alaba podría ser jugador del Real Madrid en 2021. A partir del 1 de enero del próximo año, el jugador, por medio de su nuevo representante, Pini Zahavi, y su padre, puede negociar con cualquier club al entrar en los últimos meses de contrato.

Operación David Alaba

El fichaje de David Alaba parece que está en marcha en el Real Madrid. El club blanco tendrá que competir con Manchester City, Manchester United, Chelsea y PSG, para hacerse con los servicios del jugador austriaco. En este post te vamos a contar 10 razones por las que David Alaba debe fichar por el Real Madrid en 2021.

  1. La primera razón es que David Alaba conoce perfectamente qué es ser jugador de un equipo grande al formar parte del Bayern Munich desde hace 10 años. Este factor es determinante, tal y como ha quedado demostrado con el fichaje de Toni Kroos. Ser jugador del Bayern ha hecho que Toni pueda adaptarse a una mayor exigencia que en su anterior club, tal y como él ha reiterado en muchas ocasiones.
  2. El segundo factor es consecuencia del anterior. Al ser un jugador con tanta calidad como para estar jugando de titular en un grande de Europa, David Alaba está habituado a la presión y su acoplamiento dentro del esquema de Zidane sería muy rápido. Un jugador con una tremenda personalidad y que ayudado en su adaptación por Kroos entraría a formar perfectamente en el engranaje de ‘Zizou’.
  3. El tercer factor por el que David Alaba debería fichar por el Real Madrid en 2021 es su polivalencia. Podría jugar en la defensa en las posiciones de lateral izquierdo, alternándose con Mendy. También podría jugar de central izquierdo o en la de central derecho. Asimismo, el jugador austríaco puede jugar en el centro del campo de interior izquierda. También podría jugar algunos partidos de mediocentro defensivo en la posición de Casemiro. No obstante, a mi juicio esta no sería una posición que encajaría con sus habilidades futbolísticas. En definitiva, estamos ante un todoterreno que puede jugar en muchas posiciones.David Alaba Madrid 2021
  4. Esta polivalencia de David Alaba permitiría también al Real Madrid ahorrar dinero. Al poder jugar en varias posiciones en el campo de juego, el club podría decidir con más claridad las renovaciones de los jugadores que acaban contrato en 2021. Las renovaciones de Nacho y Lucas Vázquez se podrían consumar al haber cumplido un buen papel este año cuando han tenido que jugar. Sin embargo, la llegada de David Alaba haría que el Real Madrid tuviera que vender o ceder a jugadores como Militao y Odriozola. Además, la marcha de Marcelo estaría más cercana al tener tanta competencia y al descender tanto su rendimiento. En resumen, podría sacar un dinero por algunos traspasos de jugadores que parece que Zidane no cuenta y además, ahorrarse sus fichas. Así destinaría ese dinero para sueldos como los de Ramos o Alaba o incluso Varane, que recordemos acaba contrato en 2022 y no ha renovado.
  5. Otro factor muy importante es que es un jugador que no ha tenido continúas ni importantes lesiones. En 2015 tuvo una lesión de rodilla, pero parece muy recuperado. Lo de más han sido lesiones que le han hecho perderse unos 7 partidos por temporada. Como su ex compañero, Toni Kroos. Son jugadores habituados a la presión y muy físicos, lo que hace que tengan pocas lesiones.
  6. Además de ser un jugador de hierro vendría con 29 años, ya que su natalicio es el 24 Junio de 1995. Una buena edad para un jugador experimentado que podría dar muy buenos años de fútbol en el Real Madrid.
  7. Un punto más a favor del fichaje de David Alaba por  o Real Madrid en 2021 es que es austríaco. Por un lado, es comunitario y no ocupa plaza de extranjero. Por otro, al jugar con Austria lo normal es que juegue bastante con su selección pero quizá se pierda alguna fase final de una Eurocopa o un Mundial. De esta manera, podría centrarse más aún en el Real Madrid.

    Sueldo David Alaba Madrid

    Fuente: Transfermarkt

  8. Un elemento definitivo es que el jugador queda libre. Es decir, viene gratis. No obstante, su representante, Pini Zahavi, y su padre querrán una comisión por su fichaje.
  9. Si David Alaba no estuviera en el último año de contrato, el Real Madrid tendría que abonar unos 65 millones por hacerse con una pieza así. Además, seguramente sería imposible ya que el Bayern Munich no lo vendería.
  10. La única pega del fichaje de David Alaba es el sueldo que parece que pide el jugador del Bayern. En un principio se habló que quería lo que cobraba Lewandoski o más, unos 12 millones después de impuestos. Luego se empezó a filtrar que la demanda del austríaco era de 20 millones netos. No obstante, la última cifra de 10 millones que se ha filtrado, sí encajaría más en la política de sueldos del Real Madrid. Además, si se ahorrara en otros jugadores liberando fichas por medio de traspasos o cesiones, sería más factible.

Estas son las 10 razones por las que el Real Madrid debe fichar a David Alaba en 2021.

¿Qué opinas? ¿Crees que el Real Madrid fichará al jugador?

En el Madrid, de recién fichado, arrancó Luka Modric sin pretemporada, y tardó un rato en ir cogiendo el oxígeno de la mejor forma. Muchos se han quedado en eso, en el gimnasio de coger la mejor forma, hasta que no han tenido sitio en el Madrid, y se han tenido que ir a jugar a su pueblo, o a otro pueblo. Vino Luka a medio gas, como futuro recambio o relevo de Xabi Alonso, pero vino para quedarse. Y ahí le tenemos ahora, de hermano de sabidurías de un tal Tony Kroos, que derrocha menos fantasía que Luka, pero no falla nunca. Tiene Luka un trasluz de violinista con esquina en Praga, y una melena de poeta, antes que de pelotero de póster. Quiero decir que Luka Modric es un jugador de lámina desmadejada, y no un pletórico de tatuajes, que es lo que se lleva, en el fútbol de gran escaparate que nos concierne.

Pero ese perfil desusado, y casi insólito, en el fútbol del momento, nos ha traído a un centrocampista de imaginación, a un lírico del afán, a un creador del balón en largo, o el giro de inventar un espacio, como quien estruja un alejandrino. Modric no sabe jugar mal, venga bien la tarde, mal, o regular, y en la orquesta a veces desorquestada del último Madrid es un tipo que propone criterio de combustión, en el centro del campo, y luego una rebeldía de tío que elige el remate cuando no se lo espera ni él, que son los remates realmente homicidas. Modric pone llama de imaginación en el pase último, o penúltimo, y a veces emociona con un gol de vitrina, por bello, y por histórico, incluso. De arranque, en el Madrid, tuvo una racha difícil, porque no estallaba su genio, más bien quieto en la promesa, con su pinta de violinista del frío, con su deshojada arboladura de zagal de dibujo animado. Pero resulta que la pinta de violinista incluía un violín de verdad, el violín de jugar tocando el violín de la música del fútbol que piensa, o vuela, donde el equipo lleva el corazón. Le he visto triunfar en Old Trafford, como quien ha ido al recreo, y hay días del Bernabéu glorioso que fueron un museo del fútbol, porque jugó Modric con su despeinado violín alegre.

En el Stadium Gal, feudo del, inequívocamente, mejor equipo vasco de la historia, situado a la vera del río Bidasoa, cuna de leyendas, contrabandistas y buen juego, se tenía la costumbre de avisar a la ciudad de Irun del resultado del equipo lanzando cohetes: si sonaba solo uno era que había marcado el rival, si sonaban dos, el gol lo había marcado el Real Unión.

Algunos domingos, caminando por un concurrido Paseo Colón con mi padre y su sempiterno transistor —que como una parte más de su cuerpo se extendía por medio de un cable marrón desde el bolsillo de su chaqueta hasta el pinganillo de la oreja—, al escuchar el primer chupinazo, los paseantes se quedaban inmóviles y esperaban conteniendo la respiración (como si un Dios aficionado al Real Unión pulsase un botón y detuviese el tiempo durante unos segundos) la tranquilidad que daba el segundo gol.

Stadium GAL

Imagino que todos, de una forma u otra, tenemos algún recuerdo del fútbol que nos retrae a nuestra niñez, por eso, cuando he empezado a oír hablar de la Superliga, me he visto al lado del río Bidasoa, en una noche brumosa, esperando, sin éxito, el sonido del segundo cohete.

Con este tema de la Superliga hay días que me levanto nostálgico e inmovilista, y otros, sobre todo aquellos en los que veo cómo, de una forma mezquina y sistemática, se desprecia al Real Madrid

Soy feliz con lo que tengo, y lo que tengo es la Copa, la Liga y la Champions. Crecí escuchando nombres de estadios que me sonaban tan exóticos como los Cuentos de las mil y una noches: El Molinón era Persia, El Helmántico olía a especias de la India y Atotxa parecía Sherezade moviéndose acompasadamente, como un barco en un puerto pesquero.

Con este tema de la Superliga hay días que me levanto nostálgico e inmovilista, y otros, sobre todo aquellos en los que veo cómo, de una forma mezquina y sistemática, se desprecia al Real Madrid y no se valora que gran parte de la grandeza de la Liga viene dada precisamente gracias a su contribución, con ganas de romper con todo.

EN CONTRA:

¿Si el Real Madrid es el equipo que más Ligas y más Copas de Europa ha ganado, el que fue nombrado mejor equipo del siglo XX y va camino de conseguir el mismo galardón en el XXI, el club con más seguidores y prestigio del mundo, qué necesidad tenemos de cambiar nuestro estatus? ¿No sería más lógico que fuesen los que no gozan de nuestro palmarés y posición los que se arriesguen a explorar nuevas vías para conseguirlo?

Vale, sí, ya os oigo: ¿Y Bernabéu? ¿No fundó Bernabéu la Copa de Europa, la competición que ha hecho del Real Madrid una leyenda?

Bernabéu FUNDÓ la Copa de Europa Y por eso no tenemos ningún motivo para acabar con ese legado

Tenéis razón. Y por eso, exactamente por eso, no tenemos ningún motivo para acabar con ese legado. Nos ha ido bien, muy bien, mejor que a nadie. Esto es como el que tiene el banco más solvente del mundo, con una inmensa caja fuerte llena de lingotes y decide, paradójicamente, por razones económicas, abrir sus puertas a un montón de competidores, algunos de ellos con tantas deudas como telarañas.

Yo soy, he sido y espero seguir siendo, muy feliz así, compitiendo con el Bayern, la Juve, el Liverpool y también con el Athletic, el Cádiz o el Granada. No necesito convertir lo extraordinario en cotidiano, no quiero todas las semanas un duelo Real Madrid—Manchester o un Inter—Real Madrid. Espero la Copa de Europa con ilusión, como los Reyes Magos o la primavera, y los partidos de Liga como el descorche de un buen vino a la hora del aperitivo.

Infantino y Ceferin

Tendremos que empezar de cero, enfrentándonos, por los movimientos que se intuyen, a la UEFA, LaLiga y es posible que (AY) a la RFEF. Nos vamos a meter directamente en un avispero, en la batalla entre Infantino, Presidente de la FIFA, que apoya la Superliga porque ha comprobado cómo la UEFA ha ido acaparando, gracias a la Champions, cada vez más poder, y Čeferin, Presidente de la UEFA, que, aunque está dispuesto a modificar el formato de la Champions a partir del 2024, no quiere saber nada de nuevas competiciones y hará todo lo posible por evitarlas. No hay que olvidar que la Champions, competición de la UEFA, va a seguir con el mismo formato que conocemos hasta el 2024, ya que el siguiente trienio ya está vendido con las condiciones actuales, y que la FIFA, precisamente para contrarrestar esa prevalencia de la UEFA en el fútbol, quería comenzar la temporada viene con una nueva competición: un Mundial de Clubes en el que participarían 24 equipos de los cinco continentes, 12 de ellos europeos.

Tendremos que empezar de cero, enfrentándonos, por los movimientos que se intuyen, a la UEFA, LaLiga y es posible que (AY) a la RFEF

Lo único que pido, vistas las dolorosas experiencias pasadas, es elegir bien, apostar por el caballo ganador, el que garantice equidad y justicia, y no tener que esperar otros quince años a una nueva Operación Soule.

¿Significará la Superliga más ventajas para el Real Madrid? Yo no lo tengo nada claro. Al fin y al cabo se trata de saber gestionar. Y el Real Madrid, de la mano de Florentino Pérez, el mejor gestor del mundo, ha sido capaz de aparecer en el primer puesto de la lista Forbes durante más de una década, acometiendo fichajes inalcanzables para todos sus competidores. Tengo la impresión de que la mayoría de los problemas económicos de los equipos vienen derivados de unos salarios que se comen gran parte del presupuesto. ¿Acabará la Superliga con este problema o lo único que hará será continuar con la misma batalla, en la que ya estamos inmersos, por pagar la mayor ficha?

A FAVOR:

La primera razón para posicionarse a favor de la Superliga es ver quién está en contra. Un pequeño vistazo a varios medios de comunicación, muchos de ellos pagados por corporaciones que se van a quedar sin su parte del pastel, ya es suficiente motivo para abrazar esta nueva competición como un deseado regalo de Reyes.

La primera razón para posicionarse a favor de la Superliga es ver quién está en contra

Los Clubes, los verdaderos actores de todo este deporte, son utilizados por la UEFA, FIFA, LaLiga y RFEF para ver quién saca más beneficio económico a su costa. No es lógico que el Real Madrid, el equipo más seguido en España y en el mundo, siga cobrando de LaLiga lo mismo que en el año 2007, cuando esta ha aumentado su facturación los últimos cuatro años en un 25%. No me extraña que el “madridista” Tebas, oliéndose que con estos movimientos se le puede acabar el chollo, esté dando una desesperada ronda de entrevistas para desprestigiar a Florentino y la Superliga, y tampoco me extraña que Florentino, vista esta injusta situación, que perdura en el tiempo desde que se vio obligado a vender los derechos audiovisuales de LaLiga de forma conjunta con el resto de los equipos, esté deseando dar un portazo en las narices de Tebas.

Está claro que algo hay que hacer. Entre Supercopas, Ligas, Champions, Mundiales, clasificaciones largas e inútiles, torneos de selecciones y amistosos a lo largo de todo el mundo para recaudar más dinero, los equipos están jugando más de 70 partidos al año. Es un ritmo inasumible, con muchos partidos con escaso o nulo interés. Hay que reordenar de nuevo todo el fútbol, hacerlo, si es posible, más humano y entretenido. Dar un golpe de timón.

los equipos están jugando más de 70 partidos al año. Es inasumible. ay que reordenar de nuevo todo el fútbol, hacerlo, si es posible, más humano y entretenido

Confieso que empecé el artículo convencido de que la Superliga no nos favorecía y lo estoy terminando con ganas de que empiece mañana mismo. Los desequilibrios económicos que sufre el Real Madrid, por mucho que el otro equipo de la capital siga sin entenderlo, son, si alguien no lo remedia modificando las condiciones actuales, motivo suficiente para salir corriendo. He intentado documentarme para posicionarme entre todo este galimatías pero lo único que he conseguido es liarme más. He leído desde que la burbuja de la Champions está a punto de estallar, ya que para las televisiones y los operadores no es rentable pagar las cantidades actuales, hasta que, como expresó el Presidente de la Juventus hace cuatro años, “La Champions League vale 1.500 millones de euros en derechos de televisión, frente a los casi 7.000 millones que mueve la Liga de Fútbol Americano (NFL)”.

Espero que Florentino nos saque a todos de dudas.

Confieso que empecé el artículo convencido de que la Superliga no nos favorecía y lo estoy terminando con ganas de que empiece mañana mismo

Y hablando de Floren, no sé para qué me complico la Navidad con esto de la Superliga. Haga lo que haga, todos —excepto cuatro Florenplanistas amargados— sabemos que será lo mejor para el Real Madrid.

Os deseo un FELIZ AÑO NUEVO, salud, dinero y amor.

Que todos nuestros deseos se cumplan.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

—¿Y de qué es el cuento?

—De la Navidad y del Madrid.

—¿Hay premio?

—Sí, pero…

—Qué bien —me interrumpió—. Ojalá ganes. ¿Qué premio es?

—Una camiseta de Gento.

—¿De quién?

—De Francisco Gento, uno de los jugadores más grandes de la historia de nuestr…

—Está bien, amor —me dijo, rodeándome con los brazos para distraer mi atención de la hagiografía de Gento y concentrarla toda en ella—. Pero no te acuestes muy tarde.

Me sonrió, me dio un beso que era de novia pero que bien podía haber sido de madre, y se fue a la cama.

Cuando volví de abrirme la tercera lata de cerveza y me senté de nuevo frente al ordenador, la pantalla seguía igual de blanca que antes de levantarme. Se me ocurrió una mala metáfora con el color del equipo, que por suerte no escribí, y retomé la meditación donde la había dejado.

¿Cómo podría mezclar Navidad y Real Madrid? Sobre todo, ¿cómo podría hacerlo sin caer en tópicos o en clichés? Todas las ideas que se me venían a la cabeza estaban plagadas de lugares comunes, de historias que fluctuaban peligrosamente entre lo lacrimógeno y la vergüenza ajena, fantasías que nunca había vivido y emociones que jamás llegaría a sentir. ¿Qué querrían los miembros del jurado, además? Y en realidad, me decía una y otra vez, ¿por qué me importaba tanto? No, por más que me empeñaba, la conexión entre la Navidad y el Real Madrid me resultaba imposible. ¿Y no sería por mi propia desconexión? La pregunta no estaba mal, pero era del todo inservible para mi objetivo, así que la deseché inmediatamente.

En el dormitorio, Rhona apagó el aire acondicionado. Aquello significaba que estaba a punto de dormirse. De ahora en adelante, debería ser cuidadoso, y si en algún momento de la noche bajaban las musas a verme, teclear con suavidad. Sin embargo, lo único que por el momento me bajaba era una gota de sudor por la espalda y encendí el ventilador. Suspiré. ¿Qué Navidad era esa? A doce mil kilómetros de casa, de Madrid, cuatrocientos grados de día y solo unos pocos menos de noche. ¿Cómo podía hablar de Navidad si ya casi ni recordaba lo que era? Al menos tal y como la gente la recuerda, con frío fuera y mucho calor dentro, aunque luego casi nunca sea realmente así. Más aún cuando tratas de echar la memoria atrás y ni siquiera visualizas con nitidez las caras, tantos años hace que las viste por última vez. Y peor aún si ya jamás las volverás a ver, como es el caso de mis caras.

Una de esas caras y de esas voces es la del dueño de la bufanda que cuelga de la estantería. Me la regaló el primer madridista que conocí: mi padre. Yo me preguntaba si todos los demás concursantes escribirían también de sus padres. También me preguntaba si eso contaría como cliché. Sospechaba que sí, pero, bien mirado, tampoco estaba escribiendo, solo pensando. Y pensaba en que de mi padre solo me quedaba una pluma de oro, una bufanda del Madrid de los años ochenta, como yo mismo, y su voz encapsulada en la primera frase que siempre me decía cuando hablábamos por teléfono: “¿Qué tal, hijo?”. Pues mal, papá, te echo de menos, estamos en diciembre aquí en Manila, cociéndonos de calor, solo tengo a Rhona conmigo, y no se me ocurre nada sobre lo que escribir del Real Madrid y de la Navidad. Solo tópicos, papá. El otro día, que no se me pase, le ganamos 1-3 al Barça en su campo y llevé tu bufanda todo el partido. Solo la uso en ocasiones especiales. Cada vez huele peor, se nota que va para los cuarenta, y por mucho que la laves ya no parece la misma. Yo tampoco, si te digo la verdad.

Solo me di cuenta del tiempo que llevaba embebido, o embobado, por el fundido a negro de mi portátil. Rocé el cursor y la pantalla se iluminó tan inmaculada como la fiesta del 8 de diciembre, que fue ayer, por cierto. Me dije que si en algún momento de la noche empezaba a redactar, ese símil más me valía no incluirlo. “Inmaculada como la fiesta…”, Dios, ¿pero en qué estaba pensando? Ah sí, en ti, papá, y en las Navidades, y en el Real Madrid. Menuda ensalada. Ensalada fría, como la Navidad, o tu cuerpo, o la sensación que me coge cada vez que por estas fechas recuerdo las vacaciones de diciembre allí en tu casa, que no la de mamá. Huy, me sorprendí de nuevo hablando conmigo mismo, ser hijo de padres divorciados en los ochenta no era ni es un cliché. Eso pasaba poco entonces. Por suerte o por desgracia, a nosotros nos pasó. En general, no estaba tan mal, nada de dramas. Pero echaba de menos ver más partidos contigo. En verano no había más que fútbol amistoso, aunque nos veíamos cualquier cosa en la que participara el Madrid, y en Navidad solo compartíamos el baloncesto y el partido de Reyes, día antes, día después. Después, al coche y al punto de encuentro con mamá en algún lugar de la Nacional VI. Quizá por eso recuerdo tanto los pocos partidos que vimos juntos: la final de la Copa de Europa de Sabonis, la primera victoria en Alemania, en el campo del Leverkusen, ¿no?, los Teresa Herrera, conmigo en el hotel María Pita esperando a los jugadores, y algunos más que como no me acuerdo bien creo que me los he inventado. Qué quieres, son muchos años que ya no hablamos ni hablaremos.

No había manera, me lamenté, nada más que tópicos e historias que no podían interesarle a nadie. Miré la hora: las dos y cuarto. Rhona roncaba dulcemente entre la nube de aire caliente y viscoso que se había pegado a las paredes del apartamento y me entró un poco de sueño solo de pensar al ritmo de su respiración. Si cerraba el ordenador y me acostaba, aún dormiría cinco o seis horas antes de salir para el aeropuerto. Pensé un momento en el viaje, dos semanas en la playa, Nochebuena en la playa. Y sí, claro, me apetecía, pero era solo que… Tres, me iba a perder tres partidos del Madrid. Y otras tantas posibles debacles del Barcelona. Dios mío, me dije, venga no, no podía ser así, tenía que crecer, madurar de una vez, y, por encima de todo, ponerme a escribir el cuento. Si no era ahora, no sería nunca. Rhona me había prohibido llevarme el ordenador a la isla.

Durante unos minutos, el ordenador y yo nos miramos. El a mí, fijamente; yo a él, un poco menos, por la cerveza. Finalmente, cuando ya estaba a punto de pulsar mi primera tecla, la letra “Y” mayúscula, dieron las tres y recordé que Zidane ya le habría pasado a la prensa la alineación del partido contra el Gladbag. Me despedí hasta nunca de mi carrera literaria, cerré el archivo de texto intacto y me dispuse a pasar la enésima noche en vela, seguramente perder también algún que otro año de vida, y todo por ser incapaz de reconocer el verdadero orden de prioridades de la vida adulta. Como si me faltara el órgano de la adultez o algo así. En fin, que, pese al bochorno, me puse la bufanda sobre los hombros, encendí la televisión y me olvidé para siempre del cuento. Hacía demasiado calor para ser Navidad y yo, la verdad, no tenía nada más que tópicos y sensiblería barata para hablar de mi amor por el Real Madrid.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

Mientras contemplaba cómo las llamas lamían cada centímetro de su casa y convertían el blanco impoluto de las paredes en el negro tizón de un ardiente desespero, la abuela no cesaba de lamentarse por la pérdida de su fotografía con Di Stéfano que tenía enmarcada en el salón.

La cuestión era que nadie recordaba haber visto nunca aquella instantánea. Pero ¿quién podía tener el corazón tan duro como para decírselo? De manera que allí estábamos, contemplando cómo el fuego arrasaba la casa de la abuela luego, suponíamos, de un petardo maldito caído en mal sitio durante la Nochebuena. Afortunada y oportunamente ella había podido salir por su propio pie y no presentaba daños.

Por supuesto, aquella Navidad fue distinta por muchos motivos. La abuela acreditó su situación de refugiada en nuestra casa y se instaló con nosotros a la espera de novedades. Al día siguiente acompañé a mi padre a ver el resultado del fuego. No se había salvado casi nada. El resto de la mañana la empleamos en imprimir y enmarcar unas fotos de nosotros sus nietos (bendito escáner) de la forma más similar a como estaban en el salón antes de la pérdida y, aprovechando la ocasión, intentar recrear una fotografía en la que aparecieran la saeta rubia y la abu.

—Esta no es mi foto, no me mintáis —señaló ella cruzada de brazos—. No me hagáis creer cosas que no son.

—Pero mira Antonia, ¡sí que se han salvado las fotos de la comunión de los niños! —insistía mi madre.

—Ojalá se hubiera salvado también mi foto.

—Está bien —mamá se levantó de la silla de la cocina y mientras se marchaba por el pasillo hablaba sola— Intentemos pasar una Navidad tranquila, demasiado tenemos ya encima.

El asunto no volvió a mencionarse hasta la Nochevieja. Mientras me peinaba, me ponía el traje de chaqueta y me echaba desodorante para tumbar a un indio con la vaga (y vana, lo aclaro ya) esperanza de levantar mi Champions particular durante el cotillón, la abuela apareció por la puerta de mi cuarto y se sentó en mi cama.

—¿Tú sabes quién era Di Stéfano, hijo?

—Claro, abu, cómo no. Debió de ser algo así como el Cristiano de su época.

—Más bien al revés, niño —frunció el ceño, calló por unos minutos y finalmente añadió—: tú tienes cierto parecido a él.

—¿A Cristiano?

—¡A “La Saeta”!

—Ah, ya, ya. —Terminé de colocarme el flequillo y dándole un beso en la frente antes de salir le susurré:- Al que siempre me encontraron parecido es al abuelo, que en gloria esté.

Ella agachó la cabeza y la vi más encogida y vulnerable que nunca.

La tarde del 1 de enero, cuando me levanté de la cama, papá me abordó por el pasillo y me comunicó que los bomberos le habían entregado aquella misma mañana una caja llena de cosas salvadas del fuego. Entre ellas numerosas fotografías y otros efectos personales como la réplica conmemorativa de La Séptima con el nombre de mi hermana y mío grabados en la base, regalo que hicimos a los abuelos en sus bodas de plata.

—Toda la mañana examinando esto —dijo mi padre con su camiseta “Era campo atrás” dada de sí que usaba de pijama incluso en invierno-. Esa foto en que aparecen juntos ni existe ni ha existido nunca. La abuela se está haciendo mayor. Me doy por vencido.

—Pues yo no.

Me senté al ordenador y comencé. Durante varios días trabajé denodado, hice decenas de montajes de fotos antiguas en las que aparecía la abuela y las superponía con fotos de don Alfredo. Empero, el resultado era siempre el mismo:

—Esa no es la foto, Di Stéfano salía más guapo. De traje.

En la vida la ilusión y la entrega pueden ser muy grandes, pero la mayoría de cosas tienen un límite. La noche del 5 de enero también yo claudiqué. Tal vez sería mejor dejar aparcado el asunto, en la confianza que la abuela se olvidase. Y en un último intento por levantarle el ánimo la mañana de Reyes, enmarqué una de las fotos que habían sido recuperadas de su casa y la envolví con todo el amor del que fui capaz.

El 6 de enero todos nos despertamos muy pronto, salvo la abuela. El salón amaneció repleto de regalos y volvimos a ser niños por un rato. Mis padres, mi hermana y yo nos entregamos los respectivos regalos procurando guardar silencio para no molestar. El estómago de alguien se quejó y mamá se acercó a la habitación donde la abuela aún dormía:

—Antonia, bonita, arriba. ¡Han venido los Reyes!

Con lentitud y alguna ayuda de mamá, la abuela se levantó y apareció por el salón. Todos aplaudimos y dimos vítores pero ella no pareció darle importancia.

—Abuela, antes de tomarnos el roscón y que te toque el Rey Mago —la tradición marcaba que lo preparásemos así pese a lo cual ella lo pagaría religiosamente—, en mi carta pedí un regalito que seguro que te va a gustar.

Le alcancé la fotografía envuelta. Al abrirla su cara pareció irradiar una luz blanca como no había visto nunca en ella, besándola, tocándola y llorando como si contase con seis años y no con casi noventa:

—¡Esta es! ¡Esta es mi foto con Di Stéfano!

El corazón me dio un vuelco malsano, pues en aquella instantánea no aparecía la Saeta por ningún lado. Era una imagen de la boda de mis abuelos.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Don Alberto se giró desde el portal, a escasos metros del chófer que le esperaba ya con la portezuela del coche abierta. Llamó a Julián y con la mano le hizo un gesto para que se acercase.

Julián, se me olvidaba… Tenga esto, para que le compre algo a su mujer y a los niños.

Julián apretó con fuerza en su puño cerrado el billete que le ofrecían.

—Muchas gracias, Don Alberto. Se lo agradezco mucho. Que tenga usted unas Felices Fiestas.

—Felices Pascuas, Julián. Y no vaya a olvidarse del partido de mañana. Ya que no puedo ir, me lo tendrá que contar todo el lunes, y sobre todo qué le ha parecido el Nuevo Estadio.

¿Olvidarme del partido? No, descuide, que no se me olvida. ¿Cómo se me iba a olvidar, Don Alberto? Si desde que me dio la entrada la llevo en la cartera a todos lados, la saco y la miro todos los días.

—Muchas gracias, Don Alberto. Descuide, que no se me olvida.

Nunca había ido a ver al Madrid. Bueno, nunca había entrado al campo, se entiende. Ni al Nuevo Estadio, ni al “viejo”. En realidad, al campo sí que había ido, claro, muchas veces, pero nunca había entrado. Nunca había tenido el dinero que hacía falta para acercarse a la ventanilla y cambiarlo por una localidad, ni por la más barata de las de pie. Ganas no faltaban, había tenido muchas. Así que, hablando con propiedad, al campo sí que había ido. A los dos. Muchas veces. Desde chaval había ido, con la bicicleta de su padre primero, desde Atocha, donde había nacido, con la bicicleta por la Castellana para arriba y para abajo, casi todos los días que había partido. Y luego, cuando unos años después ya no existía la bicicleta, él seguía yendo. Para ver el ambiente que había, qué ambiente, chico, y la gente, que llenaba los alrededores horas antes del partido, y cuando hacía bueno se sentaban en el suelo a merendar, o a leer el periódico, y le daban buenos tragos a la bota. Y qué felicidad en las caras, chico, porque estaban todos felices, y el que más él, porque al campo al final no entraría, pero fuera se veía, como en la canción, a las mocitas risueñas, y luego se metía en un bar y se pedía un vino, y por la radio escuchaba con los que allí estuvieran el partido, y el rugido de las ocasiones y el bramido de los goles del Madrid le llegaba antes del campo que del transistor.

Y al volver caminando a casa le quedaba esa sensación de haberle ganado unos momentos, de haberle arrebatado unas horas a la vida, a esta mierda de vida. Porque vaya vida de mierda, chico, no sé qué va a ser de nosotros, pero ese gol de Di Stefano, figúrate, chico, como habrá tenido que pegarle, que por un momento creí que se hundía el suelo y el mundo entero.

El domingo, después de comer, se despidió de su mujer, se puso el abrigo y salió de casa. Cuando pasaba junto a la garita del portero, como siempre hacía, empujó el manillar de la puerta para comprobar que estaba bien cerrada. Al abandonar la oscuridad del zaguán, recibió con alegría el tibio calor de una tarde soleada de invierno. Faltaban tres días para Navidad. Subiéndose un poco el cuello del abrigo, enfiló José Antonio abajo y tomó la calle de Fuencarral. Bajo el tendido de cables que jalonaba su camino, con sus pequeñas bombillas aún dormidas, y unido a los viandantes que a esas horas comenzaban ya a llenar las calles, llegó Julián a la glorieta de Alonso Martínez un tanto emocionado. Después de casarse con Teresa no había vuelto al estadio. El partido, eso sí, lo escuchaba todas las semanas, religiosamente, en la taberna más próxima a su casa. A medida que se acercaba al campo sentía cómo su corazón se iba encogiendo más y más. Se puso a pensar en la Nochebuena que tan cerca estaba. Desde que nacieron los niños, y al mirarla a través de sus pequeños ojos, la Navidad había cobrado para él una importancia que nunca tuvo, pero al mismo tiempo sentía una profunda tristeza al no poder celebrarla como a él le hubiera gustado. Y es que con los dos críos y ahora que no podía contar con la faena de los domingos, la cosa no estaba para tirar cohetes. Vamos, que no sé qué va a ser de nosotros.

Pero hoy no era día para preocupaciones. Las inmediaciones del estadio, que ya veía Julián a lo lejos, estaban atestadas. Y en la esquina donde habían quedado andaba ya esperándole su amigo Paco, con una sonrisa tan grande como el imponente edificio que tenía a sus espaldas.

—Pero hombre, Julián. ¿Qué tal te va? No se te ve mal.

—Vamos tirando, ¿y tú? Oye, chico, qué recuerdos me trae volver aquí, la de tardes que hemos echado… pero bueno, tú vienes más a menudo…

Julián sacó la cartera, desdobló cuidadosamente la entrada y se la dio a Paco.

—¿Cuánto le vas a sacar?

—Pues no te pienses que me va a quedar mucho… Las cuarenta pesetas tuyas y tres duros que le endiño yo al pájaro… Que la entrada es maja, pero por poco más se va ya a la taquilla y elige.

Viendo la cara de Julián, que ya está llegando a Cibeles, podría asegurarse que está de un humor espléndido. Las luces de Navidad ya se han encendido y ahora tiene que darse prisa porque quiere llegar a casa y escuchar donde siempre la segunda parte. Mañana, cuando cierre la portería a la una, aún le dará tiempo a ir a la tienda donde vio la pelota que quiere comprarle a los niños para los Reyes. A lo mejor le sale uno futbolista y le consigue un asiento en el palco y se acaban las miserias y las tonterías. Sólo falta un pequeño detalle: que Don Alberto no sospeche que no ha estado dentro del campo. Claro, que siempre podrá contarle esa sensación que tan bien conoce, cuando el Madrid mete un gol y por un momento parece que va a hundirse el suelo y el mundo entero. ¿A que sí, Don Alberto?

—Vale, entonces quédate aquí, Fer, pero no te muevas, por favor, no vayas a hacerme una de tus trastadas, ¿eh?

Aquellas palabras las pronunció mi abuelo con su firmeza habitual, severo, pero no exento de cariño. Que me quedara quieto frente al escaparate de aquella tienda de televisores de la que era imposible separarme mientras él se iba a comprar unas palmeras de chocolate a La Mallorquina con mi hermano pequeño Juan. Juanito para mi Abuelo, como ese futbolista que tanto le gustaba. Aquellas palmeras suponían el mejor final posible al paseo que dábamos todos los años con mi abuelo por el centro de Madrid, un paseo que Juan y yo esperábamos con ilusión y que comenzaba con el viaje en Metro.

—¡Veinte mil leguas de viajes de subterráneo!

Así anunciaba siempre mi abuelo la llegada del Metro, con ese aire aventurero que casi nos trasladaba a una novela de Julio Verne, “y ahora, ¡viaje al centro de la plaza!”. Recuerdo muchas de las frases de mi abuelo con precisión, hasta viendo su cara y sus gestos, con la precisión con la que grabas las cosas en la memoria cuando tienes nueve años. Salíamos del Metro corriendo, cogíamos una de las octavillas que nos ofrecían, hacíamos una pelota y nos íbamos raudos a la papelera más cercana:

—¡Canasta de Fernando Martín!

Mi hermano me imitaba en casi todo y lanzó su bola de papel con alguno de los nombres que le sonaban ahora que empezaba a leer y a ser capaz de identificar esas letras que veía en las espaldas de los jugadores:

—¡Lanza Lituriaga…!

Pero “Lituriaga” falló, así que yo cogí el rebote, me giré sobre mis pies y…

—¡Fernando Martín machaca la canasta rival!

Juanito empezó a protestar cuando mi abuelo, siempre el abuelo presto al rescate para calmar su incipiente rabieta, le dio otra octavilla de papel convertida en improvisada pelota de baloncesto:

—Toma, Juanito, demuéstrale lo que sabes hacer.

Del Metro nos dirigíamos a la Plaza Mayor, veíamos algunos belenes, la iluminación, entregábamos la carta a los Reyes Magos y nos divertíamos con los disfraces de la gente que nos ofrecía globos. El pequeño Juan y yo estábamos fascinados, aquel momento era la Navidad, representaba la Navidad con mayúsculas y con todas las letras. Porque la Navidad solo
comenzaba cuando el abuelo venía a casa a pasar esos días con nosotros.

Le recuerdo con su abrigo negro, ese abrigo al que nos agarrábamos para no caernos en el vagón del Metro, y con un sombrero que le daba un aire de actor de Hollywood de los cincuenta. No sé quién disfrutaba más en aquellas tardes del frío diciembre madrileño, si él o nosotros. “Huy, frío, frío es lo que tenemos en Burgos, ¡o en Siberia!”. Mi abuelo tenía muchas virtudes y entre ellas recuerdo cómo era capaz de contarnos cada año alguna anécdota nueva de los belenes que nos llevaba a visitar, pequeñas historias o chascarrillos que escuchábamos con atención y con los ojos aún más abiertos que los oídos. Nos compraba una figura en alguno de los puestos para llevar al belén de casa, una figura por la que casi siempre discutíamos Juan y yo, prefiero la pastorcita, no, que tú elegiste el año pasado, quiero esa oveja, o mejor un paje… Mi abuelo zanjaba siempre la discusión con un argumento que nos convencía o al menos tranquilizaba a ambos.

Tras el paseo y según empezábamos a quejarnos del frío, volvíamos hacia el Metro para regresar a casa a tiempo para la cena, no sin antes pasar por La Mallorquina para saborear una suculenta palmera o una napolitana de chocolate. Pero aquella tarde yo me quedé delante de un escaparate repleto de televisiones en las que se podía ver el final de un partido de baloncesto del Torneo de Navidad del Real Madrid. El abuelo quiso que le acompañara a por la palmera, pero enseguida entendió que no iba a lograr moverme de allí hasta que acabara el partido, así que optó por las palabras con las que comencé este relato.

Escaparate

A los pocos minutos regresaron ambos con las palmeras, la mía sujeta en una servilleta por donde la agarré sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Cuánto queda? -me preguntó algo nervioso por la hora de llegada a casa.

—Solo tres minutos, no queda nada.

—¡Tres minutos! Eso es un mundo en el baloncesto, pueden quedar tres días todavía —respondió con una media sonrisa.

Mi hermano empezó a leer el marcador con esa manera de leer de principiante y su característica dificultad para pronunciar la erre fuerte:

—Real Madrid, u, ere, ese, ese. ¿Quiénes son esos, Abuelo?

—Los rusos —me adelanté a contestar.

—¿La ere es de “Rusos”, Abuelo?

—Por supuesto que sí —contestó con euforia—. ¡Unión de Rusos… con Súper Salto!

El pequeño Juan se quedó boquiabierto y yo miré al abuelo, que me guiñó un ojo de modo cómplice.

—Abuelo —le pregunté con esa insistencia en desgastar su nombre—, ¿sabes que este año si metes canasta desde esa línea del suelo vale tres puntos?

—Por supuesto que sí, ¿y a que tú no sabes que si la metes desde tu campo vale cuatro?

—¿En serio?

—Claro, por eso al final de los partidos siempre tiran desde muy lejos.

El partido había estado igualado, pero en los últimos minutos los rusos que no eran rusos se habían escapado a catorce puntos.

—Abuelo, ¿sabes que los rusos tienen a un tío de dos metros veinte?

—Qué tío, a saber qué le daban de comer en casa. ¿Cómo se llama, Grandovski, Gigantov o algo así, no?

—¡Tachenko! —dijo Juan, que me había escuchado muchas veces en casa.

—No, Tachenko es otro. Este año tienen a uno joven que se llama Sabonis. ¡Lleva veintidós puntos! Dicen que es buenísimo, que se lo quieren llevar a la NBA.

—¡Los americanos!

Aunque mi abuelo no sabía mucho de baloncesto, se quedaba con lo que yo le contaba y pronunció “los americanos” con ese tono berlanguiano que imprimía a muchas de sus expresiones: “Siberia, Di Stéfano, ¡los americanos!”.

En los monitores vimos una canasta de Wayne Robinson tras una buena circulación entre Corbalán y Martín. Vamos, dije, mientras soñaba con una remontada épica metiendo varias canastas desde nuestro propio campo. En la jugada siguiente, el ruso alto que no era ruso, pero sí muy alto, recibió de espaldas, se giró y la clavó hacia abajo con fuerza, con violencia. De repente el tablero cambió de color, se oscureció. Al principio pensé que era un reflejo de la luz, pero cuando acercaron la cámara desde atrás pudimos ver que lo había destrozado, que estaba hecho añicos.

—¡Se lo ha cargado, Abuelo, se lo ha cargado!


Repitieron la jugada varias veces. Sabonis se daba la vuelta y atacaba con virulencia el aro, mientras del Corral intentaba taponarlo, si bien desistía de la locura de jugarse el brazo en el último instante.

—¿Y ahora qué va a pasar, Abuelo? ¿Cómo termina el partido?

—Ahora se lo llevarán detenido, para que lo pague.

—¿De verdad?

—Claro, ¿qué pasaría si tú rompieras este escaparate? Pues lo mismo.

Quiso la casualidad que en ese momento un coche de policía pasara por la calle Mayor con la sirena puesta.

—¿Ves? Ya van a por él al Palacio de los Deportes.

Aquello me dejó impactado, en un estado de shock que mantuve mientras volvíamos a casa. Juan tenía restos de chocolate en la comisura de los labios y mientras, yo seguía preguntando al Abuelo por lo sucedido, por qué no terminan los dos minutos de partido que quedaban, ¿no hay tableros de repuesto?, en mi cole hay tableros así, por qué no van a cogerlo... No callaba.

—Me da pena lo de Sabonis, Abuelo, ¿no podía ficharlo el Madrid para que no lo detengan?

—Si es de los buenos, como dices, terminará jugando en el Madrid. ¡Y con los americanos también!

—Abuelo, ¿y crees que Fernando Martín también acabará jugando en la NBA?

—Seguro, es tu favorito, ¿no?, ese que dices que es tan bueno. Pues si es tan bueno, Fer, seguro que sí. Además, se llama como tú y como yo, y con ese nombre nada puede frenarte en la vida.

Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes… Ya estábamos cerca de nuestra parada.

—Fer, ¿te gustaría ir el año que viene al Torneo de Navidad? Yo te llevo.

Mis ojos se abrieron como nunca en mi vida lo habían hecho, aquello era un sueño, el mejor regalo que jamás podría recibir. Porque todo lo que decía mi abuelo se cumplía, pero, por desgracia, no ocurrió con todo lo que me dijo aquella tarde.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

—A ver si lo he entendido bien. ¿Pretende usted pagarme para que cometa su propio asesinato en el día de Navidad?

Los copos de nieve caían sin cesar sobre el cobertizo, de manera insultante, formando una capa blanca inapelable. Allí estaban ellos dos, un coleccionista de fracasos y un sicario cobarde que temblaba con la sola visión de un tenedor. Era la historia de todas las navidades.

—La nieve blanca, los villancicos blancos, el vino blanco, los piñones blancos... ¡Hasta el turrón es blanco ahora!

El sicario se quedó mirando al vacío con la boca tan abierta como una rosquilla, contemplando la maravillosa obra de la creación, aunque sin entenderla, como el paleto que llega a la gran ciudad con la gallina debajo del brazo y se tiene que quitar la boina en señal de admiración. Llegados a este punto, debemos aclarar que incluso los sicarios pueden sumergirse, de vez en cuando, en sus propias inquietudes morales, y estas pueden tener un profundo calado filosófico.

—¿Tengo que matarle o esa era la lista de la compra?

—¡Tente, malandrín! No tienen bastante con teñir de blanco toda Europa, no, ahora también me persiguen en mi propia casa, mira...

El avaro Scrooge señalaba el cielo. El sicario miraba el dedo.

—Escucha, presta atención: ese copo de nieve de ahí es Raúl abandonando nuestra cantera; ese otro de ahí es Sergio Ramos saltando como un león en Lisboa; por ahí veo venir a Cristiano Ronaldo con el torso desnudo, y aun así, de un blanco resplandeciente; ahí está Zidane, ese mago malvado, haciendo hechicerías para derrotar al Cholo y malograr su estrategia en el campo de batalla.

—Cada año está usted peor, señor Scrooge.

—Por eso quiero que me mates, necesito ofrecerme como chivo expiatorio y de ese modo revertir la situación. Solo así mi Atleti ganará la Champions. Es muy sencillo: al teñir de rojo la nieve se formarán los colores rojo y blanco, y el cielo entenderá que se está cometiendo una injusticia aquí abajo. El fútbol nos debe tanto...

—¿No ha pensado en el sufrimiento que va a causar a su esposa e hijos?

—Eso es lo mejor de todo... Verás, en la familia de mi mujer, todos son madridistas. Por eso, intenté inculcar a mis hijos mi amor hacia el Atleti, equipándolos con el uniforme prácticamente desde que nacieron. Pero mis malvados cuñados, esos pérfidos merengones, pronto comenzaron a influir con sus malas artes. El mayor retiró de su habitación los pósters de Juanma López y del Mono Burgos, y en su lugar tiene ahora a Modric, incluso se está dejando la melena rubia. El pequeño dice ahora que quiere ser ingeniero de caminos, he perdido el control sobre mis hijos. No me queda otra salida, el dolor es insoportable.

—Es posible que ese dolor sean gases, producidos por un exceso de...

—¡Calla! Mientras estamos aquí de cháchara no han dejado de llegar más enemigos. La afrenta es cada vez mayor, ¿cómo se atreven a venir aquí, a mi casa?

—Son sus cuñados, que vienen a comer a casa, como cada Navidad.

—¡Haga su trabajo de una vez! No podría soportar otra Navidad llena de chistes y cánticos vikingos. Por favor, se lo ruego, apiádese de este pobre colchonero.

Al sicario le temblaba la mano, como cada año. Con extrema dificultad sacó la pistola, una magnum 44 que el propio Scrooge le había hecho llegar, de su época en el Frente Atlético. Un solo disparo bastaría para que sus propios huesos se convirtieran en metralla secundaria esparcida por todas las tripas y rebanasen los órganos que encontrasen a su paso. Y eso era mucha presión, parecida a la que sintió Juanfran al tirar su penalti en Milán. O a la que siente el Cholo cuando ve aparecer la calva mágica de Zidane. Finalmente, como todos los años, Scrooge se arrepintió en el último momento, cuando se sabía encañonado.

—Pue-pue-pue puede que este sea nuestro año. S-s-s-sí, sí señor, este año tenemos bu-bu-buen equipo. El Cholo ha evolucionado... Eso es, el fútbol al final se cobra sus deudas. ¿Cómo voy a morir yo en el año de la Champions? Jamás me lo perdonaría, ni siquiera en el más allá.

—¿Anulamos entonces el encargo?

—Ya veo Neptuno teñido de rojo y blanco. Por Aragonés, por el Niño Torres, por Abel Resino, por Solozábal... Efectivamente, anulamos el encargo. Ya te puedes ir.

—¿Y qué hay de sus cuñados madridistas?

—Déjalos que rían... Además, mi cuñado Paco trae todos los años jamón ibérico de calidad. Y Manolo viene de Huelva cargado de gambas blancas. En el fondo siempre lo pasamos bien.

—Pensé que usted los odiaba, que eran sus enemigos.

—Tú no lo puedes entender...

 

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

…ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos…

-¡Pst!

caminito de Belén…

 -¡Eh!

…olé, olé, Holanda, olé…

-¡Despierta!

…Holanda ya se ve….

 -¡Eh, Antonio! ¿Te vienes?

La bola enorme color plata con la efigie de Zidane haciendo una ruleta le estaba hablando. Regalo de su abuelo, no podía dejar de mirarla. ¿Qué era aquello? El ruido de fondo en la habitación lo arrullaba como una nana: la tele, los villancicos, sus padres bebiendo y charlando, las risotadas de su tío, el frufrú de su abuela desliando polvorones. Y delante, las lucecitas, guirnaldas de colores que parpadeaban guiñándole el ojo, seguían atrayéndolo. Una voz lo reclamaba desde el centro del árbol de Navidad.

-Estamos a punto de empezar la prórroga. Nos falta uno. ¿Te vienes, o no?

En pijama sobre la vieja manta de cuadros que llevaba en su casa desde que desprecintaron el mundo, se balanceaba cada vez más cerca de las ramas de plástico verde que lo abrazaban con la calidez de su madre. Cerró los ojos un momento. Lo envolvió la vaharada que forma el agua caliente en el cuarto de baño después de la ducha, en invierno. Sólo era un momento, luego se iría a la cama, era demasiado tarde, no podía más.

Lo despertó bruscamente un fragor surgido del centro de la tierra. Abrió mucho los ojos, no se lo creía. ¿Era de verdad? Se pellizcó, miró a su izquierda, luego a su derecha, después levantó los ojos hacia el cielo, y el cielo no se acababa: una muralla de flashes y diminutas cartulinas blancas, que tremolaban como banderas al viento, se elevaba hasta un cordón de focos blancos que iluminaban con fulgor de mármol el inmenso tapete verde del estadio Santiago Bernabéu. La Luna, una uña plateada, colgaba del techo del cielo como la estrella del árbol de Navidad. Bajó la mirada, deslumbrado y aturdido. Se vio a sí mismo vestido de blanco, un blanco sin mancha. Sus pies, calzados con unas ligeras botas negras, lo hicieron caer en la cuenta de lo que estaba pasando. Se tocó la ropa, los brazos, sintió un escalofrío con el tacto del algodón suave de la camiseta blanca. Sus dedos nerviosos pasaron por encima del escudo en el pecho, de hilo bordado, exactamente sobre donde le latía el corazón, a mil por hora. Oyó un silbido muy fuerte y sus ojos miraron al frente. Diez tipos de blanco le hacían señas para que se acercara. Un tío todo de negro movía irritado el silbato en el centro del campo mientras aplacaba a voces a otros diez gigantes vestidos de rojo sangre que agitaban los brazos enfadados y le señalaban el círculo central, con ansia viva.

Era el Madrid. Es decir: él jugaba en el Madrid.

En el Madrid.

—¡Hombre, por fin!

—¡Venga, que me dejas solo defendiendo! ¡Vente aquí!

—¡Señores, que sepan que todo este tiempo perdido lo añadiré en el descuento!

A su lado, Fernando Hierro lo miró de arriba abajo con el ceño de un emperador contrariado.

—¿Listo? No pasa ni Dios, ¿EH?

Antonio tragó saliva, escuchó el silbatazo y luego, nada: la realidad se disolvió en un rugido tan intenso como el bramido furioso de una criatura mitológica, que ocupó todo el espacio físico entre los hombres y las cosas hasta dejarlo completamente sordo. Un momento después, la burbuja explotó con el crepitar de cientos de miles de lenguas de fuego. El Bernabéu estalló en pedazos de ruido y luz justo cuando sin que supiera de dónde, la pelota cayó del cielo a un metro de donde él estaba y un alemán rubio de cara colorada y deformada por el odio se le echaba encima con sus tres metros de plomo.

—¡FUERA!

¡Nunca había imaginado que pudiera ser tan veloz y ágil como los futbolistas que veía por la tele! Un resorte se accionó dentro de él; saltó como un gamo y chocó con toda su fuerza con el titán, que echaba espuma por la boca. Para su asombro, el rubiasco salió despedido, rodando por el suelo como un barril rojo, y él se quedó con el balón. Lo pisó, se irguió en toda su increíble estatura, hinchó el pecho con el aire misterioso de la noche, que olía a yerba mojada y a leña, como la calle después de la lluvia, y de un rápido vistazo vio a Figo moverse como un rayo allá lejos, por la banda derecha. Qué sensación tan extraordinaria, su pie izquierdo lo obedeció como si lo manejara con el mando de la Play, la pelota salió zumbando y describió una parábola maravillosa hacia el punto exacto en el que había fijado su mirada.

—¡Buen pase!

Hierro pasó por su lado felicitándole con un palmetazo en la espalda que le cortó el aliento y le hizo toser. ¡Qué tío! En seguida vio a Roberto Carlos subir la banda como una flecha color café y a Zidane caracoleando junto a él: desde su posición podía distinguir su tonsura franciscana bailando entre una red tupida de camisetas rojas que no paraban de entrelazarse persiguiéndolo, en vano. Antonio miraba embobado el discurrir de la pelota por entre las piernas de los contrarios, movida como si los pies de Zidane y de Roberto fuesen los hilos de un titiritero monstruoso. Le parecía que el balón era un gato escapando grácilmente de una jauría de perros rabiosos. En un parpadeo, sin embargo,  dejó de verlo. El Bernabéu resopló y una corriente de aire acompañó a Figo hasta el banderín de córner.

—¡Sube a rematar, que eres alto!

Como empujado por una ola invisible se encontró de pronto atravesando la inmensa pradera verde. Los pies lo llevaban volando como alas ligeras y la vista, empañada por la fina capa de lluvia que empezó a caer de improviso, sin anunciarse, como un efecto de las películas, sólo le permitió ver una melé blanquirroja fluctuando ante la portería rival. Se hizo carne dentro de la masa justo a tiempo para ver salir el balón golpeado por Figo desde la esquina. Intentó saltar…y unos brazos rojos fuertes como garfios lo atenazaron clavándolo al suelo. La bola blanca surcó el cielo sobre su cabeza, impotentemente mansa. Logró soltarse de las cadenas que lo amarraban con un zamarreón violento, en el momento en el que un filamento blanco se escurrió por entre los huecos de una mole roja: la coronilla de Raúl impactó con la pelota, que fue bajando como una lágrima hasta el palo más alejado del arco. Se maravilló de la estirada del portero adversario, un simio rubicundo y bajito capaz de levitar sobre la línea de gol. Empujado por alguien que lo arrollaba desde atrás, Antonio sólo intuyó que el balón no había entrado por el estadio, que le gritó al oído.

—¡¡¡UY!!!

Trastabillando, el codo de uno de rojo le golpeó en la ceja, enderezándolo con brusquedad mientras el hálito del Bernabéu se le condensaba en la cabeza. El portero contrario seguía racheando por la hierba mojada y sólo entrevió la pelota rotando sobre sí misma, directa hacia su cara. Abrió los brazos lo justo para impulsarse en el aire con una brazada de escualo que huele la sangre. Remató el balón con la ceja ensangrentada. Sintió un pinchazo de fuego en la frente y cayó de pecho dentro del área chica. Un instante después la tierra tembló.

—¡GOL!

Lo despertaron las risotadas en el salón. Tenía la boca pegada al suelo frío de mármol.

la Virgen se está peinando….

Paralizado todavía por el sueño, sólo pudo comprender que el balanceo lo había arrojado contra el árbol en el momento en que perdió del todo la consciencia.

 ….sus cabellos son de oro…

A su lado, dentro de la bola de plata, descolgada por su cabezazo, Zidane le guiñaba el ojo. Sonreía.

y el peine de plata fina…

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