Hay caso Rodrygo en el Real Madrid. Una vez finalizada la final de la Supercopa, el diario MARCA ponía en portada una foto de Mbappé, Vinícius y Bellingham que cortaba a Rodrygo (salía en la foto original).
El 11 del Madrid ha generado revuelo en los últimos meses. Todo comenzó cuando dijo antes de la final de la Champions que «el Manchester City era el mejor equipo del mundo», declaraciones que no gustaron al madridismo. Además, cuando fue preguntado por su continuidad, respondió que está feliz, pero que ya se verá. Esto y las constantes quejas sobre su rol han incomodado a la afición blanca. Al madridista, o por lo menos a mí, no me gustan las reivindicaciones fuera del campo, como hizo el brasileño en su canal de WhatsApp diciendo que había faltado la «R» en el bautizado tridente BMV.
Si bien Rodrygo ha sido un jugador clave en las últimas dos Champions del Real Madrid (sobre todo en la 14), no ha pasado de los 10 goles en ninguna de las cinco temporadas de liga que ha disputado. Su falta de consistencia se debe quizás a lo aislado que está en el campo cuando juega por derecha
Con la llegada de Mbappé, Ancelotti ha optado por el 4-3-3, sistema que, en los dos primeros partidos de la temporada, no ha favorecido al equipo. En defensa hay un desbalance, ya que el no acabar jugada hace que el repliegue se haga tarde y con pocos jugadores. Esto es porque Bellingham y Valverde se incorporan al ataque y el equipo contrario tiene muchos espacios para acometer tanto por banda como por el centro. Cuando el Madrid ataca, acumula demasiada gente en banda izquierda, a Vinícius, Mbappé y Bellingham se le suma Rodrygo, que también se siente cómodo en ese perfil.
Güler necesita protagonismo y continuidad para ser el complemento perfecto de los intocables de esta plantilla
Y no es su culpa. Esa es su posición natural y es normal que esté más cómodo generando ocasiones en ese sector del campo. Pero así el Madrid no es letal y aunque cuente con futbolistas de talla mundial termina siendo muy previsible. Además, se terminan incomodando entre ellos. Ante el Mallorca vimos una imagen donde Bellingham, Vinícius, Rodrygo y Mbappé estaban en la misma línea de pase.
Si bien van tan solo dos partidos y no hay que volverse locos, creo que el Madrid necesita un zurdo en el equipo. Yo volvería al 4-4-2 en rombo, con Güler de 10, Bellingham y Valverde de 8, Tchouaméni de 5, y arriba Vinícius y Mbappé. La calidad de Arda en ese perfil y su disparo de media distancia son registros fundamentales para un Madrid que peca de ser previsible. Sabiendo que tanto Vinícius como Mbappé aparecerán por la izquierda y por el centro, es necesario un futbolista que caiga por derecha, capaz de perfilarse a su pierna natural. Además, las llegadas de Valverde en ataque darían esa polivalencia, ya que Fede optaría más por el centro o la llegada a línea de fondo, y Arda por el disparo.
La cualidad más importante en esa posición es la personalidad para pedir siempre la pelota. Arda demostró tenerla tanto la temporada pasada como en la Eurocopa con Turquía. Blindado por tres centrocampistas y teniendo a dos delanteros, Arda puede flotar en una zona que le permita mostrar todo su arsenal.
El turco necesita protagonismo y continuidad para ser el complemento perfecto de los intocables de esta plantilla. Espero que Ancelotti se dé cuenta de que Arda es un galáctico que hay que pulir.
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Hace tan solo unos años las Páginas Amarillas hablaban de ellos como de circunspectos empresarios, profesionales liberales o hacendosos agricultores, pero entonces eran, simplemente, mis amigos. Formábamos un grupo tan desaliñado y heterogéneo como una guerrilla. Sin hipotecas, sin hijos, sin números rojos, apurábamos los días como una sociedad limitada y pretendidamente eterna, el paradero de cuyos socios desconozco hoy.
Aquel tiempo se desvanece en la distancia como una tormenta de verano, fresca y fugaz, que se aleja. Sin amago de reencuentro, nuestro propio Peter's friends sería un error, tal vez alteraría un trago largo y dulce, apurado allí y entonces, donde nada puede dañar lo que fuimos. Nuestros lugares ahora son calles sin color porque sin contacto la amistad es como un cuchillo romo. Su recuerdo, no obstante, me regala algo inconmensurable y valioso que ya no somos ni seremos. Más vale así.
Ahora que ya he jugado mis mejores veinte partidos, ese verano me sacude como el viento las hojas de una rama. Precioso tiempo en el que el beso era una unidad de medida, dulce y nueva. Ahora que casi todo es reaccionario, recuerdo aquella vida como realmente libre. Y es que hoy hay quienes defienden ideas que solo se diferencian de las que critican por el color de la gorra de plato de sus propios tiranos.
El altavoz de aquella piscina municipal gritaba en bucle Baby Jane y Year of the cat como un toque de fagina. Luciendo ante aquellas chicas esos extraños pantalones de baloncesto de líneas verticales y horizontales, nos sentíamos distintos y nos congratulábamos por ello. Besas bien, sus labios papel de arroz bajo aquel cimbreante sauce llorón eran todo lo que necesitaba. No había nadie sobre aquel cuadro de césped atestado, tan solo ella y yo. Tocaba aprender a ganar. Me recuerdo aquel día, volviendo a casa, bailar sobre mi moto como Nanni Moretti. Y, desde entonces, tras los entrenamientos, recorrer aquel pasillo en penumbra esperando toparme con sus cartas, que recibía a veces abiertas.
Militantes del nuevo deporte en aquel páramo, hicimos nuestra propia reconversión desde el deporte rey, admirados por la nueva estela de la selección de Díaz Miguel, de Fernando Martín, de Romay, pero también del resto, que consideramos desde el principio nuestros (¿acaso no lo eran?). Por entonces, en aquel 1986, antes de este mundo que nos azora y no comprendo, desconocíamos que Chico Sibilio era negro porque era solo Sibilio, aquel jugador de todos, sin aditivos. Y los demás, también.
El baloncesto era una tregua en tiempos duros y amargos. Aquella maldita pared de casa me contaba que las cosas no iban bien. Cuando el ruido arreciaba, los dientes apretados, me aferraba a aquel póster del Banco Exterior de España, de burda serigrafía y caras felices, rojo y azul.
Cuando espera una casa en llamas, un antiguo Mikasa no es tan tosco ni golpea tan duro. El baloncesto nos mostraba el dolor y el placer de un juego honesto y bello, de la oculta estética de la precisión. La cancha se convirtió tres veces por semana en un refugio a resguardo del miedo. Jugábamos a ser Petrovic, Sabonis, Oscar Schmidt, Gallis, Dalipagic, Valters, Corbalán, Volkov o Riva.
Hoy ya no temo a ese miedo que me mordía el estómago, ya nunca cae la noche porque duermo con ella, con aquella chica de labios papel de arroz. Ahora que el temor a ser descubiertos, el sentido de culpa infligido, esa tensa espera que lo pervierte todo, son solo un mal recuerdo. Aprendí hace mucho que hay personas que envilecen lo que tocan, gente que nació para regalarnos su ausencia.
El tiempo pasa. Dentro de poco seré incapaz de recordar lo que he desayunado pero no olvidaré el reloj Orient en la muñeca de aquel viejo profesor y a aquellos malditos bastardos nunca. Tal vez porque este mundo empieza a no ser el mío, echo de menos a aquel destartalado equipo, partidos de baloncesto a sangre y fuego sobre un manto de cemento gris a los que solo la noche podía dar fin. La amistad, aquella bola extra, aquella bala de plata para combatir nuestros demonios.
Siempre antes de dormir, mi mente viaja en un desgarro a aquellos fogones humeantes donde aún mi madre es una joven de pelo oscuro que cocina y me sonríe. Mis hermanos y yo, apenas niños, seguimos porfiando por aquellas tostadas frente a una pequeña televisión, compacta y roja, mientras mis amigos esperan ya en la calle. Al menos una vez al día retumba aquel verso (no te conoce el niño ni la tarde porque has muerto para siempre) y vuelvo a casa, sin miedo, porque sé que él no está.
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El Madrid tiene este año siete frentes en los que competir, uno de ellos ya conquistado, y para afrontar la temporada más exigente de la historia del club se ha confeccionado una plantilla brillante. Con carencias, como absolutamente todas, pero de un nivel sobresaliente, incluso mejor que la que al año pasado ya conquistó la Copa de Europa y dos títulos más. Por supuesto, en el camino, sobre todo en el que llevaría a revalidar el cetro europeo, esperan rivales formidables. Pero aunque algunos equipos reúnan una nómina impresionante de jugadores, creo que el principal enemigo del Real Madrid esta temporada es el propio Real Madrid. Concretamente, el demonio a batir se llama autocomplacencia, un monstruo que se alimenta de loas y que trabaja sin descanso para destruir los valores básicos de un equipo.
El principal enemigo del Real Madrid esta temporada es el propio Real Madrid. Concretamente, el demonio a batir se llama autocomplacencia
De hecho, el indiscutible éxito de la temporada pasada se cimentó en un compromiso extraordinario de toda la plantilla para sobreponerse a una abrumadora serie de catástrofes en forma de lesiones, que golpearon sin piedad especialmente la retaguardia del equipo. El Madrid convirtió en rutina salir con el cuchillo entre los dientes y jugar al límite cada partido, sin negociar un esfuerzo. Y cuando futbolistas fantásticos como los que visten de blanco ponen su talento al servicio del colectivo sin ambages, es muy difícil que salga mal. La exhibición de supervivencia en el Etihad fue un claro ejemplo, con los once jugadores y los cambios manteniendo la intensidad y el rigor táctico a costa de su lucimiento personal. El resultado ya lo conocemos; ese día quizás se ganó un tercio de la decimoquinta.
Mallorca fue un serio toque de atención en este sentido. Más allá de posibles errores del entrenador a la hora de confeccionar el once y la disposición de los jugadores, lo que se vio fue a un buen número de futbolistas sin fuerza y correteando en el campo con una aparente apatía, desconocida en el Madrid desde hacía tiempo. Y esto sin mencionar la querencia por floritura ‘globetrottesca’ de algunos momentos en la primera parte, tan efectista como poco efectiva. La sensación que se captaba al otro lado del televisor era de que muchos no querían jugar ese partido, que reunía varios condicionantes para considerarlo menor. Y ese es el primer error, porque no existe para el Madrid un partido oficial que no sea importante y se deba intentar ganar al máximo.
Necesitamos retener el hambre competitiva que distingue históricamente al 15 veces campeón de Europa. En todo caso, es muy pronto y hay tiempo de sobra para mantenerse en la senda de la temporada pasada
El poder debilitador del halago es innegable. Llevamos todo el verano escuchando y leyendo lo increíblemente superior que es el Madrid con respecto a sus rivales locales. Aquellos que componen el equipo no son inmunes a estos comentarios y, aunque sea a través del subconsciente, el mensaje acaba calando. Necesitamos retener el hambre competitiva que distingue históricamente al 15 veces campeón de Europa. En todo caso, es muy pronto y hay tiempo de sobra para mantenerse en la senda de la temporada pasada. Mallorca hizo que saltaran las alarmas, como dejó claro el mismo Ancelotti en la rueda de prensa posterior. Quizás ni siquiera alcance la categoría de problema, si se toman medidas para que no se repita.
Afortunadamente, en el Madrid no impera la hiperpositividad tóxica que envuelve a algunos de nuestros rivales. Encontrándose en una situación notablemente peor tanto en la índole deportiva como en la económica, siempre ven el futuro brillante, aunque tengan pocas razones para hacerlo. Esta ausencia casi total de crítica, unida a un caldo de cultivo ilusionante, cocinado artificialmente desde la directiva y transmitido a medios y redes, solo consigue que el proceso de degradación que viven se asuma e incluso se celebre por una masa social convenientemente anestesiada. Mientras se hacen cábalas con las maravillas que asoman en el horizonte, se aparta la vista de la basura que se acumula ahora bajo la alfombra.
El Madrid de la crítica instantánea, donde cada empate es una crisis, vive en el extremo contrario. Esto hace que muchos se pasen la vida angustiados por las catástrofes venideras que se nos anuncian a diario, y también que sea muy complicado que errores, males y contratiempos no se detecten y se puedan corregir. Si el equipo no cae en la complacencia de creerse los mejores, es mucho más fácil que lo vuelvan a ser de verdad.
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Buenos días, queridos amigos. Antes de nada, a ver si se me van centrando ustedes un poco, que, con tanta playa y montaña, con tantas vacaciones, “me los veo descentraos”.
Hagan caso a los que saben, lean y escuchen al periodismo de investigación de este país, al que les habla de “la locura de afición del Atleti”, pero no es capaz de encontrar elementos violentos o racistas en ellos, ese mismo periodismo que da por válido cualquier cuesco de Laporta, pero no tiene el mínimo interés en analizar las trampas financieras perpetradas por el club que preside, unos medios sin los bemoles necesarios para criticar ninguna de las decisiones de los mandamases de LaLiga, ya sea la vista gorda ante las cuentas inverosímiles del “Palancas”, o los ruinosos acuerdos con el fondo CVC que tantas dificultades financieras han traído a los clubes firmantes. Esos medios, esos mismos medios que destacan por su conocida capacidad de análisis son los que se permiten aleccionar, aconsejar, instruir o criticar el juego y la plantilla del campeón de Liga, Champions, Supercopas y demás.
Cuánta osadía exhiben los redactores de Marca. Osadía y algo más, pues a nadie se le escapa que el mapa de calor es la excusa para soltar un nuevo palo al club que les da poco más allá que los buenos días y las notas de prensa oficiales. El lenguaje no es casual y “Tienen que centrarse” no es una frase referida exclusivamente a las estrategias del fútbol, por supuesto que no. No quiere decir solo que Mbappé, Vinícius, Rodrygo y Jude tengan que jugar más por dentro o por el centro del ataque madridista. No, para Marca, tienen que centrarse porque están descentrados: Mbappé porque no encuentra su sitio, Vinícius por la oferta de Arabia o las peleas con el público, Jude por retrasar su posición y Rodrygo por los supuestos celos o la falta de cariño. Aunque esos celos fueran creados por ellos mismos al recortar al brasileño en una portada triunfal para luego regalarle dos completas:
Eh, Real Madrid, que vosotros no os dais cuenta, pero nosotros, grandes periodistas de investigación, sí: aquí hay un enorme futbolista que está cabreado porque le habéis quitado de los focos, a ver si os centráis un poco. Cierto es que si los editores de Marca no hubieran “descentrado” la foto e inventado eso de la BMV no habrían tenido chicha para dos portadas más, pero eso es irrelevante. Lo suyo es el periodismo del “güeno”, del que pasa de puntillas por lo que menciona en el faldón inferior de la portada de hoy:
Laporta prepara dos “palancazos” y lo dejan caer como si fuera una gracieta más de Laporta y no un escándalo aberrante. Lo sueltan con las mismas tragaderas con las que se zampan cualquier burrada de Henry Cherry, que es que es tan gracioso que no se puede uno aguantar. Pero el Madrid tiene que centrarse, claro que sí. Están des-centrados de tanto ganar títulos y no están tan con-centrados como sus principales rivales, que sí saben lo que hacen. Es tan ridículo todo, que solo podemos tomarlo como una coña propia del período estival y la falta de tensión competitiva del mes de agosto.
Una portada dedicada al Fantasy, algo totalmente ignoto para los pollaviejunos que portanalizamos en la intimidad. Pues eso, debe de ser la falta de tensión competitiva, suponemos. Cuesta tanto entenderlo que el propio diario tiene que justificar su elección de portada: “Si más de 2.500.000 usuarios dedican su tiempo a Biwenger nosotros le dedicamos una portada”. Cualquier día veremos a Omar Montes o a cualquier reguetonero de medio pelo porque, si más de dos millones de personas escuchan sus canc… sus “eso”, pues nosotros le dedicamos una portada. Esperemos que no llegue tal día.
Casualmente, no deja de tener su gracia que el diario As recoja en la parte inferior la foto completa, “centrada” y no recortada de los descentrados Kylian, Vini, Bellingham y Rodrygo junto a un mensaje sobre la precocidad de sus éxitos. Habla de un grupo que acumula 240 títulos, pero no sabemos de quiénes hablan porque los jugadores del Real Madrid están descentrados, no lo olvidéis, amigos.
Os dejamos con las portadas de la prensa cataculé. No hace mucho tiempo que celebraban los fichajes, consumados o en grado de tentativa, y hoy llevan a sus portadas como un éxito las salidas de jugadores, las inscripciones o las cesiones. O los “palancazos”, que todo se andará.
“Otra salida”. Nos falta oír el “¡yujuuu!” de Laporta, pero sabemos que se escuchó en la ciudad condal. Más entrañable nos resulta la portada del Mundo Deportivo:
Sí, señores, la apuesta es Cancelo. El mismo del que se despedían hace nada por su rendimiento:
Centrémonos cada uno en lo nuestro y al rival, que siga en lo suyo. No los despistemos del camino que su presidente y los agentes afines le marcan.
Pasad un buen día.
Me dirijo en estas líneas a Carlo Ancelotti, entrenador del Real Madrid y asiduo lector de La Galerna, para solicitarle formalmente que modifique una táctica que no le está dando ningún resultado. No me refiero a la futbolística, ya que la dilatada experiencia del italiano entrenando en la élite europea nada tiene que envidiarle a la mía, consistente en las más absoluta de las nadas. Igualmente, si nuestro Carletto quisiera una lección futbolística, no tendría más que pasearse un rato por el espacio digital anteriormente denominado como “Twitter”, donde encontraría a una verdadera cátedra de expertos en táctica futbolística, preparación física y gestión de grupo que no mostrarían ningún reparo en señalar la miríada de errores que tiende a cometer el veterano entrenador de Reggiolo.
En mi caso, vengo a señalar otro tipo de error o posible error que puede estar cometiendo Carletto, acostumbrado por su metodología a la hora de gestionar grupos, pecando quizás de un exceso de diplomacia que, por otra parte, casa bastante con la imagen que da desde hace tiempo el Real Madrid.
Cuando finalizó el partido en el que el equipo blanco pinchó frente al Mallorca, ante la pertinente pregunta de un periodista en rueda de prensa, sorprendió escuchar a un Ancelotti que se mostró excesivamente pacificador con el arbitraje realizado por Soto Grado (colegiado con el que el Real Madrid posee un paupérrimo 55% de victorias), defendiendo incluso la amarilla sacada por el colegiado a Maffeo por su pisotón al gemelo de Vinícius sin intención alguna de disputar el esférico.
En cualquier otra liga, una que gozara de pulcritud y estuviera alejada de la sombra de la corrupción, actitudes como la de Carletto, o la de los propios jugadores del Madrid, que suelen evitar hablar de los errores de los colegiados e incluso disculparlos públicamente, no generarían más que simpatía hacia los nuestros, que evitan constantemente utilizar su mayor altavoz para echarlos al fuego de la opinión pública.
Ancelotti peca quizás de un exceso de diplomacia, lo que, por otra parte, casa bastante con la imagen que da desde hace tiempo el Real Madrid
Desgraciadamente, participamos en la liga española de los Negreira, Cantalejo, Gómez y demás esbirros que aprovechan esta pasividad blanca para seguir cargando sin honor ni pudor contra el club de Concha Espina, tornando en negra cada jugada de esas “grises” de las que tanto gusta hablar a los especialistas arbitrales del relato. El “señorío” de Carletto es la rodela tras la cual se escudan los colegiados para continuar cometiendo “errores” contra el club blanco, sabedores de la ausencia de repercusiones para ellos, tanto laborales como mediáticas.
Estamos en guerra, Carlo, y no una fría precisamente. El domingo no hubo una sola de esas jugadas grises que cayera del lado del Real Madrid y la sensación que se respira en el ambiente es que la anomalía sería que alguna lo hiciera. Ni el penalti o falta a Mbappé (con la correspondiente amarilla a Maffeo), ni la expulsión a este por la agresión a Vinícius, ni el penalti a Militao (del que seguimos esperando repeticiones, Mediapro; o su señalamiento, ya que este año el CTA aseguraba que se iban a pitar todos los agarrones).
Ni tan siquiera una mísera amarilla a Samu por las 7 faltas realizadas, una de ellas particularmente dura contra Vinícius en la que fue con los tacos por delante y que creo que ni siquiera Soto Grado llegó a señalar. Eso sí, no se le escapó ir con el dedito a por el brasileño cuando este lo único que estaba haciendo era un gesto de complicidad con la afición blanca que estaba en la grada de Son Moix.
El arbitraje español, querido Carlo, demuestra cada fin de semana que no siente ningún tipo de respeto por el único club (junto con el Athletic de Bilbao) que dignifica la competición que les da de comer. En su peor momento en cuanto a credibilidad, tras descubrirse que uno de los equipos de la liga española estaba corrompiendo las entrañas de todo el CTA, 8 millones de euros mediante, en lugar de ofrecer si no una explicación, al menos una disculpa, la respuesta de los colegiados fue atenerse a la ley del silencio, renegar de Negreira, mentir públicamente sobre su papel en esta obra y confiar en que funcionara la patada a seguir para continuar disfrutando de sus fastuosos e inmerecidos emolumentos sin tener siquiera que contestar a ninguna pregunta incómoda.
No sólo el actual arbitraje español no merece la más mínima consideración o el beneficio de la duda, sino que además, esta tibieza de Carletto y cualquiera que represente al Real Madrid públicamente desde hace años (la primera etapa de Carletto, prácticamente) no mejora en absoluto los arbitrajes recibidos, más sangrantes cada temporada.
Sorprendentemente, lo único que hasta ahora minó medianamente la escandalosa diferencia de saldo arbitral entre Real Madrid y Barcelona fue la beligerancia mostrada por José Mourinho en su etapa como entrenador de la casa blanca, en plena era Negreira. Quizá las circunstancias mediáticas actuales sean diferentes, pero el caso es que la presión ejercida por el portugués surtió un mayor efecto que la elegancia señorial que ostenta actualmente el club (con Carletto a la cabeza) y de la que en condiciones normales sería lógico ser partidario.
La beligerancia mostrada por Mourinho en plena era Negreira surtió un mayor efecto que la elegancia señorial de Ancelotti, de la que en condiciones normales sería lógico ser partidario
Entrenadores como Carlo o Zidane, que siempre han evitado directamente señalar la labor de los trencillas, han visto cómo ligas como la 2020/21 o la 2022/23, en las que el Real Madrid fue el mejor equipo de la competición, se escapaban de sus respectivos palmareses por acciones u omisiones arbitrales, a estas alturas ya no vamos ni a decir que dudosas, que siempre actuaban en detrimento de los intereses blancos.
De poco sirve que la televisión del club haga esos magníficos vídeos, por desgracia semanales, en los que recopilan la retahíla de errores arbitrales y que los aficionados se desgasten compartiéndolos por las diferentes redes sociales si posteriormente los portavoces “oficiales” del club no actúan en consonancia con ellos. Entiendo que la postura oficial del club se base en un noble silencio sustentado por la grandeza de representar a algo más grande que todos nosotros y que permite que sean tantos otros, los aficionados, como los hechos, los que hablen por sí mismos y defiendan al club, pero la historia reciente demuestra que el factor arbitral se ha convertido en una circunstancia que puede resultar incluso más determinante que la calidad de las plantillas o el juego desempeñado en el verde, como hemos tenido la desgracia de comprobar en las dos últimas ligas que no hemos conseguido.
Es hora de cambiar de táctica, Carlo, porque no sólo está en juego el título liguero, sino todos los que disputamos este año, el más exigente de la historia para el Real Madrid a nivel de títulos y partidos por jugar. La temporada pasada pudimos ganar la liga de manera holgada gracias, además de al magnífico rendimiento del equipo, a la no comparecencia de nuestros principales rivales. Este año apunta diferente y, aunque sigue existiendo una diferencia de nivel amplia con el Barcelona y el Atlético, el factor arbitral puede equilibrar una liga que va a desgastar al equipo más de lo debido, pudiendo repercutir así en el resto de competiciones. Igual sería conveniente hacer todo lo posible por disputar la competición con el menor hándicap posible.
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Buenos días, amigos. Esta mañana, tras libar el esencial café y asearnos, nos precipitamos a la calle en pos de la prensa deportiva y, como es menester, saludamos a quien nos sale al paso.
—Buenos días, Aurelio.
—Buenos días, ente portanalista.
Según nos acercamos al quiosco, una musiquilla enlatada se hace cada vez más presente en nuestros oídos. La melodía con olor a naftalina nos resulta conocida. ¿Qué era esto…? ¡Ya está! ¡La música del NO-DO!
La cancioncilla parece brotar del establecimiento. Avanzamos, aumenta el volumen. Nos detenemos frente a los montículos de diarios que Alfredo el quiosquero apila con mimo cada madrugada a los pies de su puesto.
—Buenos días, Alfredo. ¿Por qué tienes puesta la música del NO-DO en el Spotify? No te tenía por nostálgico.
—Buenos días, ente portanalista. No es el Spotify, la melodía mana de las portadas de As y Marca. Me las han servido así, yo no he tocado nada, lo prometo.
Asimos despacio el diario de PRISA y nos lo acercamos a la oreja. Es cierto, suena el NO-DO. Repetimos el gesto con el Marca. Lo mismo. Es chocante, pero cosas más insólitas hemos visto, por ejemplo, que un club pague millones de euros a un jefe de los árbitros durante décadas sin consecuencia alguna.
Nos fijamos ahora en la portadas de ambos diarios y entendemos por qué brota el NO-DO de sus extrañas.
Los periódicos madrileños de hoy son una sesión de baño y masaje («baño de masas» lo llama As) al Atlético de Madrid que recuerda a la adulación brindada al dictador en el noticiero propagandístico franquista que se proyectaba antes de las películas en los cines españoles.
Marca titula «Esta afición es una locura», y la verdad es que no podemos estar más de acuerdo. Quizá la intención no era esa, pero el diario de Gallardo ha atinado de pleno. Una afición que no alza la voz contra un sector de la misma de filiación neonazi con dos muertes a sus espaldas no parece la actitud más cuerda del mundo.
No solo no exige la expulsión de los violentos, sino que se une a ellos en cánticos y actitudes racistas hacia jugadores negros, con Vinícius como objetivo principal de su acoso.
También puede calificarse de locura el hecho de que siendo uno de los clubes que más dinero gasta en fichajes su afición no les exija ganar nada y se conforme con vencer una vez al año al Madrid, aunque sea en un torneo de verano.
Asimismo es de locos que sus actuales dueños se apropiaran indebidamente del club y los hinchas no reaccionaran en masa ante el robo con luz y taquígrafos de la entidad de sus amores.
«Estado de ilusión» es el titular elegido por As sobre una fotografía de las nuevas caras de esta temporada: Julián Álvarez, Le Normand, Sorloth y Gallagher, que posan en ese oasis que es el Metropolitano, quizá el único estadio de un club de cierta relevancia que aún permite que los ultras campen a sus anchas por el mismo.
Aunque, debido a la propia naturaleza de la afición atlética, lo que realmente les hace ilusión es entonar cánticos contra quien ellos consideran su rival: el Real Madrid.
⚽️La afición del ATLETI se acuerda del REAL MADRID el día de la MEGAPRESENTACIÓN de sus fichajes
"Madridista el que no bote es"@diarioas pic.twitter.com/e2TUfm0QuM
— AStv (@AS_TV) August 21, 2024
Habrá quien califique de patético ser un gregario de la mediocridad, pero los atléticos son así. Al final, cada uno tiende a relacionarse con aquellos con quienes comparte aficiones y valores, y los miles de seguidores rojiblancos que habitualmente pueblan el Metropolitano se codean con el Frente Atlético sin que ello les suponga ningún conflicto moral.
El Atleti presenta a sus fichajes en su estadio —unos jugadores a quienes no les va a demandar ningún título— y lo primero que hacen sus aficionados es acordarse del Madrid. Sintomático. El Madrid acude a Cibeles a celebrar copas más a menudo que alguien del Barça comisiona por un fichaje y no se oye ni una referencia a ningún rival o equipo mediocre. Diferencias.
Diferencias las existentes entre la prensa madrileña y la catalana. Una habla de Atleti y otra del Barça. Aunque, en el fondo, son iguales. No hay que morder la mano que te da de comer.
Pasad un magnífico día.
Hace unos días, Roberto Gómez Mira lanzó por X un debate sugerente: “¿A quién ficharías de La Quinta para el actual Real Madrid?”. La cuestión, que inmediatamente suscitó un intercambio de candidatos y argumentos históricos, técnicos y emocionales, cobra un especial sentido ante la situación actual del club blanco. Verán por qué.
Con la salida de Nacho —One Club Man Interruptus—, la plantilla 24/25 sólo cuenta con un jugador criado Valdebebas con plaza asegurada en el once, Carvajal, y dos que, a priori, serán complementos de renombre: Lucas Vázquez y Fran García. Aunque vivan la semana con los mayores, es de suponer que Jacobo y Fran González serán soldados de Raúl en el Castilla.
Además, y fruto de la filosofía exportadora de La Fábrica, este verano el club ingresó 19 millones por Rafa Marín (aun sufriendo escasez de centrales), Álex Jiménez y Marvin. Así las cosas, el juego propuesto por la voz autorizada que es Roberto adquiere, si quieren, mayor interés.
Juguemos pues. En orden posicional, el primer nominado es Manolo Sanchís, al que el fútbol le rebosaba en los genes (su padre, como recordarán, fue campeón de Europa Ye-yé). Inicialmente se desempeñó en el centro del campo, como un box to box cuando todavía ningún panenkita había imaginado el término, pero terminó como central implacable, eternamente recordado por formar un tándem de lujo con Fernando Hierro y levantar La Séptima.
El segundo es Martín Vázquez, el verso suelto de aquella generación. Tremendo, de exquisito paladar, al punto de resultar sospechoso para el graderío más exigente. Un inclasificable con el don de una visión y un toque muy cercano al arte.
No muy lejos de su calidad y finura deslumbró un 8 con alma de 10: Míchel. Elegante y vivaz, su guante asesino en la derecha fue disfrutado por todos los moradores de los terrenos del 9 blanco.
El cuarto fue el más fugaz, quizá haciendo honor a su velocidad: Pardeza, un auténtico ratón de área.
Y por último, la bandera: Butragueño. Heredero del 7 eterno, aunó finta y audacia haciéndose dueño de la imaginería de toda una generación.
Si atendemos a la lógica —y más considerando los antecedentes de las lesiones de Militão y Alaba— Manolo Sanchís sería la guinda de lujo para la actual plantilla de Ancelotti. Con el austriaco en fuera de juego hasta dentro de unos meses y teniendo que recurrir a Tchouaméni como central de guardia, el madrileño cubriría un hueco en el que previsiblemente se sufra.
¿A quién ficharían ustedes? ¿Recuperarían a Sanchís? ¿Se dejarían embelesar de nuevo por las ocurrencias de Martín Vázquez? ¿Apostarían por la polivalencia y el rendimiento asegurado de Míchel? ¿Le darían una segunda oportunidad a Pardeza? ¿O quizás configurarían una delantera total con la incorporación de un jugador de época como El Buitre? Aprovechen la ocasión y pronúnciense, pues no les pasará como al propietario del término de La Quinta, Julio César Iglesias, que tras su artículo recibió una llamada de Di Stéfano, por entonces técnico blanco, para citarlo en una cafetería y, mirándole a los ojos, espetarle: “Si los subo y la cagan, ¿qué?”.
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Hastiado de la desproporción del ruido que acompaña a cada mínimo traspiés del Madrid, uno ha aprendido que lo mejor es armarse de paciencia y evitar las páginas deportivas como si de la peste se tratase. De manera que, tras el desagradable incidente balear, mi semana está consistiendo en evitar fijar la vista en los televisores de mi alrededor —propósito relativamente sencillo—, en esquivar los whatsapps sin gracia de algún pesado amigote —aspiración incluso reconfortante— y en desconectarme de las redes sociales; desafío que, con no poca vergüenza, he de reconocer como el más difícil. En mi búsqueda afanosa de un refugio a pruebas de bombas, finalmente se me encendió la bombilla y el otro día recurrí a la inmersión en varios suplementos culturales. Aquí estoy a salvo, me dije de inmediato. Al fin y al cabo, por más que algunos quieran llenarse la boca, la realidad es que, si exceptuamos a La Galerna y a cuatro locos más, lo de mezclar cultura y fútbol no se estila demasiado en España. Como si el destino quisiera darme la razón, la contemplación del primer artículo de literatura, una semblanza de Franz Kafka aprovechando el centenario de su fallecimiento, dibujó una tranquilizadora sonrisa en mi rostro.
Sin embargo, a medida que engullía la sarta de tópicos predecibles, mi alivio inicial se vio terriblemente menoscabado. No solo debido a que leer un listado de clichés estúpidos enfurece a cualquiera, sino porque la puerilidad de las reflexiones me empujaba a mezclarlas con mis inquietudes previas, acaso para tratar de convertir en mínimamente interesante aquel pastiche. Pensaba, por ejemplo, en el adjetivo kafkiano, manoseado hasta la extenuación, al punto de perder a menudo su significado auténtico. Puestos a emplearlo a capricho, ¿por qué no atribuirlo a la atmósfera insoportable tras un empate del Madrid, que combina la angustia con el absurdo? Convencido del acierto de mi soberbio hallazgo, en ese instante abandoné mis intenciones originales y me ocupé en pasar a Kafka por el tamiz del Real Madrid, o al Real Madrid por el tamiz de Kafka.
El Madrid y Kafka llevan un siglo “sin jugar a nada”
Antes de que los lectores me lancen sus reproches y comiencen las acusaciones de obsesión, les advierto que no estoy dispuesto a claudicar. Al contrario, aun a riesgo de ser considerado un valentón, he de afirmar que, cuantos más rasgos analizaba de lo que conozco de la obra del escritor centroeuropeo, más genuinamente persuadido me hallaba de lo apropiado de mi descubrimiento. Con qué equipo iban si no a identificar a Kafka, pregunto. El individualismo que caracteriza a sus creaciones las convierten en incompatibles con instituciones intrínsecamente tendentes al gregarismo, como el Atlético. ¿Con el Barcelona, quizá? No me hagan reír. Si Joseph K. hubiera sido culé, el Proceso habría acabado en el primer capítulo. Los vigilantes, los jueces y los funcionarios sin rostro que llevan al protagonista a las más profundas cotas de desesperanza y a la muerte —mantengo el spoiler porque, si no habían leído la novela a estas alturas, los juzgados deberían ser ustedes— no se hubieran atrevido a acusarle de nada injusto: al revés, se habría tratado de un Proceso inverso, con el sistema empeñado en salvarlo a cualquier precio.
Por el contrario, el Madrid de Ancelotti se encuentra en mitad de su particular metamorfosis; la cual, por cierto, también incluye la llegada e integración de un bicho nuevo. En todo caso, las similitudes entre Kafka y el club blanco no se quedan en estas literalidades más o menos cómicamente forzadas. Si hablamos del carácter literario del bohemio —gentilicio, no apelativo—, el vínculo con el Madrid resulta aún más evidente. No solo porque su gusto por el cuento breve pueda identificarse con el nuevo estilo directo al que los merengues parecen condenados en el tiempo d. K. —después de Kroos—. Hay más: la obra póstuma de Kafka tuvo que enfrentar las venenosas acusaciones de algunos críticos que atacaban la sobriedad de su prosa, recriminándole una cierta pobreza léxica. Hombre, hombre. ¿No nos suena esto al sempiterno latiguillo que acompaña al Madrid desde tiempos inmemoriales, sentencia celebérrima ante la que no cabe absolución posible? No faltará quien se atreva con que, después de todo, el Madrid y Kafka llevan un siglo “sin jugar a nada”.
El individualismo que caracteriza las creaciones de Kafka las convierten en incompatibles con instituciones intrínsecamente tendentes al gregarismo, como el Atlético. ¿Con el Barcelona, quizá? No me hagan reír. Si Joseph K. hubiera sido culé, el Proceso habría acabado en el primer capítulo
Confío en que, a estas alturas, los lectores se encuentran ya totalmente entregados a mi causa. Les cuento que, en mi estado de efervescencia, ayer terminé de subrayar el suplemento cultural, tan mediocre como a la postre sugerente, plenamente consciente de que habría tantas semejanzas como para llenar un ensayo entero. Ahí va una más: el desprecio por su uso del alemán por encima de la lengua de su patria chica, ¿no lo hermana con las pesadeces que muchos hemos de soportar por parte de aquellos inquisidores que levantan el dedito alegando que si naces en Sabiñánigo o en Andújar estás inevitablemente condenado a alentar de forma exclusiva al equipo local? En fin, para qué seguir. La semana del ruido casi ha finalizado, y servidor, henchido de satisfacción, se halla convencido de que, si bien el Madrid perdió dos puntos en Mallorca, ha ganado para siempre un adjetivo y un escritor. El Valladolid espera el domingo, casualmente el día del cumpleaños de Martin Amis. Espero que los muchachos no lo conviertan en necesario, pero yo ya he ido desempolvando mi ejemplar de Koba el temible. Por si acaso.
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El rendimiento de un equipo, entendido como el conjunto de títulos y victorias, pero también como el desempeño colectivo e individual dentro del campo, es una característica compleja que, si bien depende en gran medida del talento y la preparación de los jugadores, así como de la estrategia del entrenador, no puede ser completamente comprendido sin considerar los factores externos que influyen en él. Estos factores, que en ocasiones pueden parecer minúsculos o secundarios, tienen la capacidad de moldear, para bien o para mal, el desempeño de un equipo a lo largo de una temporada o de un ciclo de temporadas. Es fácil caer en la tentación de juzgar el rendimiento sólo en función de los factores internos, obviando los externos.
El rendimiento del Real Madrid es un fenómeno objeto de innumerables análisis y debates. Pero más allá de las tácticas de Ancelotti, las galopadas de Vinícius y los milagros de Courtois, hay factores externos que parecen jugar en contra del equipo blanco con una constancia digna de la burocracia opresiva de una novela de Kafka. Hablamos de los errores arbitrales y del tratamiento que el Real Madrid recibe por parte de la prensa, esos dos grandes villanos en esta tragicomedia futbolística que parece desarrollarse cada semana en los estadios de España. Estos factores destacan como fuerzas sutiles, pero poderosas, que pueden inclinar la balanza en momentos cruciales.
Para abordar este tema, nos vendría bien desempolvar algunas ideas filosóficas que, sorprendentemente, parecen haberse escrito con el fútbol español en mente. El determinismo, asociado a la idea de que todo evento, incluidas las acciones humanas, está condicionado por factores previos, podría sugerir que los errores arbitrales y el trato mediático están predestinados a ocurrir, con causas profundas y antecedentes que los hacen inevitables. Frente a Demócrito, la noción de azar, defendida por pensadores como Epicuro, introduce el "clinamen" o la incertidumbre en el panorama, ya que estos elementos externos pueden ser simplemente eventos fortuitos que escapan a cualquier forma de control racional. Pero, si uno de los rivales más poderosos del Madrid en España decide que es buena idea pagar al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros durante al menos 17 años (aunque dicen que desde mucho antes), aumenta radicalmente la probabilidad de que la causa de ciertos comportamientos arbitrales no sea precisamente azarosa. Y, si en las facturas del club aparecen pagos a medios y periodistas, podemos afirmar, sin temor a ser tratados como locos, que, quizás, el tratamiento mediático no es ecuánime ni casual.
Si uno de los rivales más poderosos del Madrid en España decide que es buena idea pagar al vicepresidente del CTA durante al menos 17 años (aunque dicen que desde mucho antes), aumenta radicalmente la probabilidad de que la causa de ciertos comportamientos arbitrales no sea precisamente azarosa
Tomemos el caso de los errores arbitrales, esos momentos en los que una decisión, por mínima que parezca, puede alterar el curso de un partido y, por ende, el destino de un equipo en una competición. La filosofía existencialista, esa que Sartre y compañía popularizaron para explicarnos cómo enfrentarnos al absurdo de la existencia, también encuentra su lugar aquí. Según esta perspectiva, la vida está llena de situaciones ridículas, sin sentido, que debemos aceptar y enfrentar con dignidad. Apliquemos esto al Real Madrid: un penalti que no se pita, un fuera de juego milimétrico que se sanciona sólo a ellos, o un pisotón alevoso en el gemelo de Vinícius que pasa casi desapercibido para el árbitro. Cada uno de estos momentos parece extraído del manual del absurdo futbolístico. Y ahí es donde el Madrid ha aprendido a resistir, enfrentándose al absurdo con la cabeza bien alta y el ceño fruncido, como quien se enfrenta a la eternidad sabiendo que, al final, el árbitro seguramente la determine. El Madrid intenta sobreponerse con el estoicismo como respuesta emocional, a lo Casemiro, a lo Raúl, a lo Cristiano, predicando la serenidad y el control de las emociones frente a los eventos externos, aunque no siempre lo consigue.
En la práctica, el dominio completamente estoico es difícil de alcanzar, y el impacto de un error arbitral puede desmoronar la concentración y el espíritu de lucha de un equipo, mostrando cómo los factores externos pueden desestabilizar incluso al grupo más preparado. Y es que la influencia de un error arbitral no solo se manifiesta en el marcador final de un partido, sino que también puede impactar en la moral y la psicología del equipo. Cuando un grupo se siente víctima de una injusticia, puede caer en un estado de frustración y desmotivación que afecta su rendimiento. Que se lo digan a los chicos del baloncesto en la final de la Euroliga.
El impacto de un error arbitral puede desmoronar la concentración y el espíritu de lucha de un equipo, mostrando cómo los factores externos pueden desestabilizar incluso al grupo más preparado
Por otro lado, el papel de la prensa en la dinámica del fútbol es otro factor externo que merece una reflexión. La prensa deportiva no solo informa, sino que también construye narrativas que influyen en la percepción pública de los equipos y, por ende, en la autopercepción de los jugadores y entrenadores. Wittgenstein sostenía que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que también la configura. La forma en que los medios de comunicación presentan las actuaciones de un equipo puede influir en cómo ese equipo es percibido y, eventualmente, en cómo se comporta. Una narrativa mediática que enfatice las debilidades de un equipo puede generar un ambiente de duda y presión interna, mientras que una cobertura positiva puede reforzar la confianza y el espíritu colectivo. Además, un equipo favorecido mediáticamente puede disfrutar de una ventaja psicológica sobre sus rivales, no por su mérito deportivo, sino por la construcción discursiva que lo rodea. Esta situación revela una dimensión ética en la influencia mediática: los medios no solo reflejan la realidad deportiva, sino que también pueden distorsionarla, favoreciendo a ciertos equipos sobre otros, lo cual, a su vez, puede alterar la dinámica competitiva.
Si el lenguaje configura la realidad, entonces las crónicas deportivas y los editoriales en la prensa española han hecho más magia negra que el mismísimo Merlín. Se podría pensar que, tras una década completa de éxitos merengues en Europa, la prensa sería más benevolente. Pero no. La narrativa que se construye alrededor del Madrid a menudo tiene más curvas que la Trollstigen, y más trampas que una película de Indiana Jones. ¿Será que algunos periodistas, además de opinar, han recibido un empujoncito para que sus opiniones suenen más convincentes? Si un club, llamémosle Barcelona, decide que la mejor estrategia para ganar títulos es, además de pagar a un jefe de los árbitros, invertir en periodistas para que su narrativa domine las portadas, el resultado es un desequilibrio en la competición que haría sonreír al mismísimo Maquiavelo. En este caso, la prensa no está simplemente informando sobre fútbol; está escribiendo una novela por entregas donde los villanos y los héroes ya están decididos antes de que empiece la temporada.
Si un club, llamémosle Barcelona, decide que la mejor estrategia para ganar títulos es, además de pagar a un jefe de los árbitros, invertir en periodistas para que su narrativa domine las portadas, el resultado es un desequilibrio en la competición que haría sonreír al mismísimo Maquiavelo
Es imposible explicar sólo a través de motivos internos que el Real Madrid, en los últimos 35 años, sólo haya revalidado el título de Liga en una ocasión (y gracias al Tamudazo, ya que uno de esos errores arbitrales estuvo a punto de hacer desaparecer la "Liga de Capello"). Sus principales rivales en España lo han conseguido en nada menos que nueve ocasiones. Y mientras, en Europa, el primero casi gana hasta sin querer y el segundo ni por casualidad. Es evidente que hay algo más que la calidad, la táctica y la suerte.
La primera jornada de la Liga es un buen ejemplo de esto. Sólo con ligerísimas (e imperceptibles a efectos mediáticos) modificaciones en el comportamiento arbitral, e incluso con pequeños cambios en la retransmisión del partido que ven en la sala VOR, es altamente probable que los resultados de los dos grandes clubes aquí retratados hubieran sido opuestos. Y, con ello, los análisis. Claro, los factores internos son cruciales. De hecho, son los que se pueden controlar. Pero emitir un juicio sin considerar todas las aristas es una forma de simplificación que puede llevar a conclusiones erróneas e injustas. Así llevamos 35 años y una jornada.
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Muy buenos días, amigos galernautas. Ilkay Gündogan, el excelente centrocampista alemán del FC Barcelona, abandona las filas del club cliente de Negreira precipitadamente, y esta vez no es por la escasez de rinocerontes, como sucedía en el legendario número de Les Luthiers, sino porque dicho club, el Barcelona, al cual en La Galerna preferimos llamar el club cliente de Negreira, no puede inscribir a su flamante fichaje Dani Olmo si no le vende.
Esta última y verdadera razón de la operación aparece contada como si tal cosa, con completa naturalidad, en la portada de Sport, que es de los cuatro diarios deportivos el único que otorga la condición de noticia principal del día a este nuevo cataclismo del club a quien el karma (ya que no la justicia deportiva, veremos la ordinaria) está haciendo pagar sus fechorías.
Aparte de la ausencia de coma del vocativo en el adiós (se ve que no se la merece quien tal vez fue el mejor jugador blaugrana el año pasado), Sport da cuenta casi rutinaria del abracadabrante meollo del asunto, es decir, que la por lo visto magnífica gestión de Laporta les obliga a vender al mejor para poder inscribir a Olmo, que es un buen jugador pero no mejor que el propio Gündogan y posiblemente no mucho mejor que el mismísimo Fermín, volante ofensivo de gran calidad y poder goleador que ya estaba en plantilla.
Vamos a reformularlo: el Barça vende a (tal vez) su mejor futbolista para hacer hueco a otro futbolista que muy posiblemente no hacía falta. ¿Cabe un síntoma más cruel de la comatosa situación en la que se encuentra el club cliente de Negreira? Ni ética, ni decencia, ni futuro. Ayer corría por la Ciudad Condal el rumor de que Gündogan, que al parecer volverá pasmosamente al City de Guardiola, se va a ir rajando por todo lo alto del més que un club, y conociendo el carácter del futbolista no nos extrañaría lo más mínimo.
En paralelo, se decía ayer en los mentideros barceloneses que Flick está flipando lo más grande, como se diría en el slang que nos rodea, ante lo que le está tocando vivir en Can Barça. ¿Y qué esperabas, alma de cántaro? Al pobre le han quitado hasta el traductor porque no hay guita para pagarlo, y aunque ha acelerado sus cursos de catalán a duras penas sabe decir "valors", en parte por su marcado acento alemán, en parte porque le da la risa al intentar pronunciar palabra tan ajena a la real realidad culé en la actualidad.
Pero esto, con serlo, no es lo más divertido. Lo más divertido es que, en la misma primera plana donde te cuentan que el Barça tiene que vender a su mejor jugador para poder inscribir un fichaje innecesario, te dicen que dicho club... ¡va a fichar a Chiesa! Y ¿a quién venderán para poder inscribirlo? ¿A Ter Stegen? (Por cierto, muy a tener en cuenta son las conexiones personales entre Laporta y la agencia que lleva las cosas de Chiesa).
Al tiempo que Sport habla estupefacientemente de fichar a Chiesa cuando no pueden inscribir sin vender a sus estrellas, Mundo Deportivo dice que van a fichar a Leao, reservando un espacio mínimo a la venta de Gündogan.
Sí, sí, sí, sí. Chiesa, Leao, el batería manco de Def Lepard y dos huevos duros. No se descarta que a cambio tengan que vender a Lamine Yamal, cosa que con suerte ocupará un faldoncillo en la prensa deportiva cataculé, siempre tan insobornable y proclive a la crítica con la directiva azulgrana.
Como dice ese célebre sticker de Florentino que circula por WhatsApp, "es una cosa acojonante".
Os dejamos con las insustanciales portadas de la prensa deportiva madrileña.
Pasad un día inmejorable.