El otro día vi una noticia en no sé qué medio. Hablaba sobre el buen ambiente que se estaba generando en el vestuario del Real Madrid y me puse contento, pero no me duró demasiado. Está muy bien ver imágenes de los jugadores entrenando juntos, de buen rollo, sonriendo y gastándose bromas, porque evidentemente prefiero eso a ver a dos jugadores dándose de puñetazos después de dos años de frustraciones. Pero la realidad es que todo eso me sirve de muy poco si detrás no está lo que realmente importa.
Y lo que realmente importa no es que se lleven bien, sino que sean capaces de funcionar juntos cuando llega el momento de competir. Me gusta recordar una anécdota que cuenta Ruggeri sobre su llegada al Real Madrid porque explica perfectamente lo que quiero decir. Ruggeri venía de un vestuario con un ambiente fantástico, todo era quedar después, abrazarse, mostrarse cariño y llevarse estupendamente, aunque después en el campo aquello funcionaba o no en función de vete tú a saber qué. Hasta que fichó por el Real Madrid y se encontró con lo que él mismo describe como un ¨ambiente de mierda¨.
En aquel vestuario no se hablaba, nadie preguntaba a nadie qué tal estaba y en los entrenamientos no había precisamente caricias. Estaba impresionado por el mal ambiente que se respiraba, pero era el nuevo y tampoco podía hacer demasiado. El caso es que comenzó la temporada y el equipo empezó a ganar partidos cuatro a cero, cinco a uno y así sucesivamente. Ruggeri cuenta que era pitar el árbitro el comienzo del partido y aquellos jugadores sabían dejar todo a un lado para concentrarse en ganar, ni más ni menos. Ya se llamarían hijo de quien tocase una vez acabara el partido, pero durante los noventa minutos eran compañeros y tenían perfectamente claro cuál era su obligación.
Con el paso de los entrenamientos, eso sí, Ruggeri empezó a estar harto de la situación del día a día, porque para él era muy duro no disfrutar de llegar a la Ciudad Deportiva después de venir de un vestuario completamente distinto. Así que se encargó de convencer al capitán para que organizase una cena con todos. Cuenta Ruggeri que jamás ha escuchado más improperios hacia alguien que en aquella cena, en la que los jugadores se iban levantando uno a uno para decir lo que pensaban de los otros. Fue una de las cenas más tensas de su vida y allí no quedó títere con cabeza. Lo más gracioso es que a él, que apenas llevaba un mes y medio en el Real Madrid y prácticamente no había dicho ni mu, también le cayeron palos de todo tipo. Eso sí, el equipo ganaba.
No estoy diciendo que quiera eso en el vestuario del Real Madrid, evidentemente. No quiero que haya jugadores que no se hablen o que se lleven mal, pero sí digo que no me pienso creer ni dar demasiado valor a todas estas noticias que están saliendo sobre el buen ambiente, las risas, los abrazos y demás, porque ya las leí también durante el último año de Ancelotti y no es que valiese de mucho. Cristiano lo explicó de una manera mucho más clara en un Real Madrid absolutamente ganador de Champions League: él no tenía que invitar a su casa a nadie ni ser amiguito de nadie, sino rendir cuando estuviera dentro del campo y hacer lo mismo que sus compañeros, porque ahí es donde tenían que dejarse la vida por el otro. Insisto, claro que es preferible que sean amigos y que exista buen ambiente como lo está habiendo en este inicio de Mou, a mí también me gusta ver imágenes en Valdebebas de buen rollo, pero lo que de verdad importa es que sean adultos y profesionales. En mayo de 2027 no mediremos cuántos abrazos se dieron en el entrenamiento, cuántas veces invitó uno a cenar al otro o cuántas fotografías compartieron juntos. Lo que se va a medir son los títulos.
Mourinho se está encargando de que el ambiente sea bueno y hace bien, porque venimos de un puñetazo dentro del vestuario y de muchas decisiones tomadas durante dos años que, cuando contentaban a uno, molestaban al otro, y todo eso va haciendo mella. Recuperar un vestuario en el que los jugadores puedan convivir y trabajar juntos es importante, pero lo que sobre todo debe hacer es crear adultos responsables que funcionen cuando vengan mal dadas. Porque las cosas malas van a llegar y habrá decisiones que no contenten a todos. Un día tendrá que tragar uno y otro día otro, porque cualquier decisión, por sencilla que sea, suele tener como consecuencia algo negativo para alguien. Así funciona esto. ¿O es que acaso tú, que estás leyendo este artículo, no discutes con tu jefe o con algún compañero y tienes que seguir rindiendo? ¿Te imaginas dejar de trabajar porque te enfadas como un niño pequeño? Pues de ahí venimos.
Lo que quiero es que los componentes de ese vestuario pasen de ser de niños a ser adultos, que entiendan que pueden discutir, enfadarse o incluso no soportarse y, aun así, seguir compitiendo juntos
Hay que llevarse bien. Pero sobre todo hay que dejar atrás los mimos, los malos hábitos y los caprichos para convertir a los 25 en un equipo de adultos que entienden que no todas las decisiones pueden contentarles. Tienen la suerte de dedicarse al oficio con el que sueña el 90% de la población en su infancia y, por tanto, tienen que asumir que habrá momentos en los que les toque ceder por el bien del equipo. Que sí, que yo también quiero que sean amigos y que me gusta ver esas imágenes en Valdebebas de buen rollo. Ellos, que son muy listos y lo saben, se dedican a subirlas a redes para ilusionarnos, y está bien. Pero no confundamos eso con lo verdaderamente importante.
Lo que quiero es que los componentes de ese vestuario pasen de ser de niños a ser adultos, que entiendan que pueden discutir, enfadarse o incluso no soportarse y, aun así, seguir compitiendo juntos. Si dos no se tragan, que no se hablen, pero que se pasen la pelotita. El que esté cabreado, que utilice ese enfado contra el rival. Si una decisión no le gusta, que la soporte y siga trabajando. Porque al final lo único que debería importar es que pongan el club por encima de todo. No necesitamos 25 amigos. Necesitamos 25 profesionales. Y en mayo de 2027 no importará cuántos abrazos se dieron en el entrenamiento, sino lo que fueron capaces de ganar juntos.
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Pasará todo de golpe. El caso Negreira se acelera. El Real Madrid gana y golea. Los jugadores del Barcelona han vuelto a los vendajes. Los sicarios del silbato siguen lamiendo la mano que les entrega los trescientos mil: "Me gusta tu bigote" (a Raphinha), "le metes un pisotón que lo flipas" (a Yamal), pero no te he sacado tarjeta porque "no lo he considerado". El ambiente en España está enrarecido después del incalificable espectáculo de Ceuta. Pongan los adjetivos que quieran, aquí no hay más colores que el blanco. Pero la cosa tiene que reventar. No hay más remedio.
El detonante puede ser Mourinho, que aparenta mucho más temple y sabiduría que hace trece años, pero que no se va a dejar robar sin decir las cosas que todos diríamos. No espero menos. Puede ser la justicia la que empiece a tirar del hilo de la corrupción del fútbol de una santa vez, ahora que se tiene que decidir si habrá juicio. Sería un buen comienzo. Puede ser Julián Álvarez, confesando que el Barcelona le engañó como Peter Sellers al chino de sus películas. Puede ser peor, puede ser España. Ni un mundial nos ha apaciguado. Estamos a la greña. Todos contra todos, por machistas, por fascistas, por corruptos, por tener un coche blanco. Puede que sea como en la mascletá, una cadena de explosiones que termine con una traca final. Ojalá que lo más grave que pase sea que el Barcelona baje a segunda y sea castigado con cinco años sin Europa.
Y en el fondo, si entrecierran los ojos y ponen la mente en blanco... ¿no ven que hay alguna especie de relación entre todo lo podrido? El Barcelona, el CTA, Tebas y los medios (los formales y los que hacen circo con tontos del "poble"), el CSD, Soler y los siete votos... Núñez, Laporta, Waterloo, Antonio Fresas.
He estado tres semanas sin escribir. De vacaciones. Fuera de España. En Japón. He regresado regenerado por tanta normalidad. Ahora soy capaz de ver más claro que nuestro día a día es anómalo: en Japón los trenes funcionan. No descarrilan. No sólo eso: llegan a su hora. Todos. También el metro. Los autobuses salen sincronizados con el reloj en cada parada. Casi todo es previsible, casi todo está automatizado. La gente no se grita. Nunca ha faltado una botella de agua, té o refrescos en ninguna de las miles de máquinas de vending donde he buscado refugio en el tórrido agosto japonés. La mayoría de las mujeres llevan vestidos (no es ni bueno ni malo, mundo woke, me ha llamado la atención porque España ya no es así). Los locales no se cuelan en las filas. Todo el mundo da las gracias constantemente. Y sonríe.
En medio de la molicie de la vida contemplativa se me ocurrió interrogar a algunos locales sobre temas aleatorios. Conocí a un taxista de Uber de más de sesenta años, exprofesor en la Universidad de Indiana, que conducía un taxi para compensar su pensión de setecientos euros. "Japón no necesita más viejos" asumió con indiferencia. El señor no era aficionado al fútbol, pero informado de los hechos objetivos sobre el club más corrupto de la historia, me confesó que no entendía cómo el Barcelona no había sido condenado a la disolución después de sobornar al sistema durante más de veinte años y sus dirigentes castigados con la cárcel. "La deshonra les acompañará para siempre", sentenció, ojalá proféticamente.
Fue una opinión desapasionada, de sorpresa en el fondo, por la forma de vida occidental y por la extraña escala de valores en la que la corrupción no es inmediatamente condenada, una vez descubierta.
me confesó que no entendía cómo el Barcelona no había sido condenado a la disolución después de sobornar al sistema durante más de veinte años y sus dirigentes castigados con la cárcel. "La deshonra les acompañará para siempre"
No conforme con mi hallazgo, quise poner a prueba por segunda vez mi teoría. Fue en Alpen Tokyo, en Shinjuku, la tienda más grande de deportes que encontré. Fui a comprar la preciosa camiseta Mizuno del jugador de béisbol de los Dodgers de Los Ángeles, Shohei Ohtani, pero la de la selección de Japón con el número 16. El béisbol no me interesa especialmente, pero el deportista sí. Ohtani es el Cristiano Ronaldo de ese deporte. Factura 100 millones al año en contratos publicitarios, entre ellos por ser imagen de Seiko: patriota y con buen gusto. Este muchacho firmó en 2024 una renovación de 10 años con los Dodgers por 700 millones de dólares, pero va a cobrar una ficha de 2 millones al año y el resto después de su retirada en 2034, a razón de 68 millones anuales. Mentalidad japonesa. Todo previsto. Sin rastro de urgencia. Ahora díganme un jugador de LaLiga que crean que aceptaría ese contrato.
En Alpen me atendió una joven con un polo azul marino de una marca irreconocible. Le pedí la camiseta y se disculpó varias veces por no tenerla en stock. Me quedé mirando algunas otras que tenían colgadas mientras ella permanecía a mi lado. Le pregunté sin darme la vuelta del todo si le gustaba el fútbol y si conocía algún equipo de la liga de España. Asintió a las dos. "Real Madrid", dijo. Entonces le hice la misma pregunta que al señor del taxi. "¿Sabes que el Barcelona...?" Esta vez no entendió del todo, por mi inglés, por el suyo o por la extraña pregunta. El resto de la conversación se desarrolló en el traductor de Google del móvil. Mientras ella leía aproveché para mirarla. Su cara al leer era de estupefacción. Creí que se sonrojaba. Se llevó el dorso de una pequeña y blanquísima mano a la boca. Me miró con los ojos muy abiertos y me contestó, simplemente: "Eso no puede haber ocurrido, es un delito". Moví la cabeza en señal de afirmación varias veces mientras observaba su desconcierto. El logo de la camiseta de Ohtani con el 17 de los Dodgers era demasiado grande. Allí se quedó.
España está desnaturalizada, desconocida. Siempre tuvimos un punto salvaje, justiciero al estilo del Antiguo Testamento. Vivimos tiempos difíciles, pero hemos perdido la energía y la determinación para exigir justicia. Incluso dentro del madridismo tenemos que aguantar que nos llamen trasnochados, mamadores... por señalar a los delincuentes. De los de enfrente ni hablamos. "El bulo Negreira". Las "mentiras" de RMTV. José Plaza. El todopoderoso Florentino.
Vayan a Japón. En serio. Es el verdadero primer mundo. El pináculo de la civilización. Un país donde un editor de 82 años y el presidente de una firma de trajes ejecutivos fueron condenados a dos años y medio de cárcel por pagar a directivos olímpicos para conseguir contratos. Medio millón de dólares uno y trescientos mil el otro. Peccata minuta comparado con 8.4 millones y más de veinte años de corrupción. Desde el delito hasta las condenas pasaron tres años. Al que trincó le caerán cinco. Tiene 81, pero irá a la cárcel. Públicamente ya son cadáveres. La sociedad japonesa no perdona. ¿Qué nos ha pasado en España para tragar tanto?
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Buenas días, amigos. Ayer se cerró el mercado de fichajes sin novedades de última hora en el Real Madrid, que es lo que nos concierne. Sabemos que estamos en la cresta de la ola por el promisorio comienzo de temporada de los nuestros, pero la verdad es que nos habríamos quedado mucho más tranquilos con la inclusión de un centrocampista más. Nos parece que haría falta más cerebro en la medular, que ha sido uno de los puntos débiles en las dos temporadas aciagas recién dejadas atrás. Lo cierto, con todo, es que vemos a Mou tan seguro de la idoneidad de la plantilla, tal cual está, que queremos creer que bastará con el fichaje de Bernardo Silva y que Güler se adaptará definitivamente a una posición más retrasada. Mou sugirió hace poco que tal sería la trayectoria ideal en la carrera del turco, tal como ocurrió con la de Modric. No habrá otra línea del centro del campo como Modric-Kroos-Casemiro, pero no es descabellado pensar que Güler-Bernardo-Valverde (o Tchouaméni, o un Camavinga que Mou parece poder resucitar) puede valer. Parafraseemos a los Panchos: si Mou nos dice ven, lo dejamos todo. Y lo creemos todo.
Veremos si la realidad da por buena esta fe, un tanto voluntarista por nuestra parte. En breve nos estrenaremos en Champions muy mermados en esa línea, por las sanciones pendientes del año pasado para Güler, Bernardo y Camavinga (con Tchouaméni renqueante). Será una buena prueba de fuego para medir si, en efecto, el centro del campo es lo suficientemente talentoso y nutrido de efectivos como para mirar a la temporada con optimismo, resguardados de sustos y bajas.
El que sí ha estado moviéndose en el mercado hasta casi el último minuto es el Barça, que ha fichado a Gabriel Jesús, excelente delantero brasileño que arriba en Can Negreira habiendo dejado atrás sus mejores días. Puede ser una buena incorporación y un futbolista que, en ocasiones saliendo desde el banquillo, aporte bastante, pero los culés cierran su mercado en déficit de gol: pierden a Lewandowski y Ferran y ganan solo a Gabriel Jesús (Gordon no es un goleador). Lo de Raphinha de nueve les puede salir bien. Es un delantero primoroso con mucho gol, y además al sistema arbitral le gusta su bigote, como quedó claro gracias a la Ref Cam. No es detalle menor a favor de los blaugranas. Al CTA le gusta el bigote de Raphinha, entre otras muchas cosas del Barça que les encanta. Por ejemplo, el hecho de que pagara durante al menos 17 años a su vicepresidente, que fue quien formó en el barcelonismo a los árbitros que, inconcebiblemente, ahí siguen.
El último ejemplo de negreirismo 2.0 lo tenemos bien reciente y no logramos que se nos vaya de la cabeza. Le dedicamos el portanálisis de ayer.
Es una cosa muy loca, ¿eh? Gracias de nuevo a la Ref Cam (gracieta gracias a la cual pulsamos en formato audiovisual la corrupción de la competición, sin que a Tebas parezca importarle que lo hagamos), sabemos que el árbitro le dice a Lamine que ha dado “un pisotón que lo flipas” a Laporte, y que aun así no lo amonesta (era expulsión); que Lamine le responde que Laporte “es muy pesado”, con lo cual está reconociendo expresamente la voluntariedad del pisotón y que este era la represalia por algo, pese a lo que sigue sin ver tarjeta (el árbitro se ríe ante esa respuesta, de hecho); y que, ante la petición de explicaciones de Unai Simón, el colegiado se limita a aclarar que “no he considerado” la posibilidad de la tarjeta. Es de aurora boreal. Es prevaricación a cara descubierta.
Otra de las certidumbres que deja el cierre de mercado es que, en efecto, Julián Álvarez “se queda” en el Atleti. Florentino Pérez ofreció 150 millones por él, oferta que fue rechazada. Apollo, fondo que es propietario mayoritario del Atleti, no iba a aceptar por tanto que Julián se marchara por cantidad inferior a esa. Jugada maestra de Florentino Pérez que ha impedido que el club cliente de Negreira se refuerce con el nueve top del que antes hablábamos.
Pasad un buen día. Os dejamos con Marca porque con alguien os tendréis que quedar.
Buenos días, amigos. Las portadas del día dan cuenta de la Vuelta Ciclista a España, la retirada de Messi de la selección argentina (otra vez) y la goleada culé al esforzado Rayito, pero por lo que sea se dejan fuera lo mollar. ¿Por qué será que nos estamos acostumbrando a eso?
Como LaLiga de Javier Tebas ya no sabe qué inventar para compensar su manifiesta pérdida de valor, le ha puesto una cámara al árbitro. ¿No se le ocurrió al inefable Javier que semejante fuego de artificio tendría la contrapartida de que alguna de las conversaciones captadas por el audio podrían poner de relieve la prevaricación continuada de los jueces sobre el terreno de juego? ¿O será que, como suele decir Jesús Bengoechea, esta corrupción es ya orgullosamente corrupta y a Javier (que no solo es presidente de LaLiga sino también factotum de la Federación y por tanto con mando en plaza en el asunto arbitral) no le importa ya que esto quede de manifiesto?
Hemos dicho prevaricación y hemos dicho bien. Los colegiados españoles, formados por Negreira y Arminio, e increíblemente refrendados en sus competencias arbitrales tras saberse que el estamento estaba contaminado por el mayor escándalo deportivo de la historia del deporte de élite, toman decisiones injustas a sabiendas de que lo son, que es la definición misma de prevaricación por parte de un juez (juez de campo, en este caso). Si nuestras palabras os parecen exageradas, prestad atención a lo que os contamos a continuación, de lo que quizá ya estéis al tanto.
Como os adelantamos en el portanálisis del día siguiente a ese encuentro, en el partido Club Cliente de Negreira-Athletic de Bilbao se produjo un pisotón alevoso de Lamine Yamal a Laporte, que el árbitro ignoró en el aspecto disciplinario cuando era por lo menos amarilla, cuando no roja directa.
Pues bien. Ahora, gracias a la ocurrencia de la cámara arbitral de Javier, sabemos cómo fue la conversación que tuvo lugar en el campo a resultas del lance, y se pone uno como para querer emular a Michael Douglas en la película Falling Down.
Lo que demuestran las imágenes (y sobre todo el audio) es que el árbitro ve perfectamente la agresión de Lamine. De no haberla visto, no le habría dicho lo que le dice, y lo que le dice es: “Le das un pisotón que flipas”.
Repetimos: “Le das un pisotón que flipas”.
La frase demuestra de manera fehaciente la prevaricación. Lo ve (de otro modo no advertiría a Lamine Yamal que lo ha hecho), pero no lo señala. De hecho, y aquí el video es más esclarecedor aún (está en redes sociales), los jugadores del Athletic se le acercan a reclamar, tanto por lo cantoso de la acción de Lamine como por el propio reconocimiento de la misma por parte del trencilla.
—Pero (si ves que le “mete un pisotón que flipas”) ¿no le vas a amonestar?
La respuesta del negreiro del día (a la sazón Ortiz Arias) os causará una úlcera, una coriorretinitis o una fobia de impulsión. Garantizada una de las tres cosas, cuando no las tres a la vez.
—He considerado que no.
Repetimos: “He considerado que no”.
Era el minuto 46 de partido. El árbitro ya había dejado sin sancionar otro brutal plantillazo en el minuto 10. El Barça podía haberse quedado con 9 con todo el segundo tiempo por delante. “Flipad” vosotros, amigos, si os quedan flipaderas, con la explicación del colegiado a su inacción.
—He considerado que no.
Ah, bueno, con esa explicación nos basta y nos sobra. Si usted ha considerado que no, todo bien. Eso es lo que parece deslizarse de la mansedumbre con la que los bilbaínos acogen la explicación (?), mansedumbre que solo podemos lamentar también.
Flipante. Tan flipante que alguien tan rabiosamente no sospechoso como Iturralde González lo flipa también. En colores. Cómo será el nivel de prevaricación para que el Prevaricador Mayor del Reino, un individuo que hizo de su daño recurrente al Real Madrid el leitmotiv de su carrera en el arbitraje, se escandalice ante la manifiesta prevaricación (insistimos en el uso del término) del sistema.
Resumen de este portanálisis que todavía no tiene portadas: Ortiz Arias supo que tenía que expulsar (o, como mínimo, sacar amarilla) a Lamine Yamal pero “consideró que no” iba a hacerlo.
Insistimos también; competición corrupta y orgullosa de serlo.
Os dejamos con las portadas porque querréis verlas.
Pasad un buen día.
TODAS LAS PORTADAS
Arbitró Francisco José Hernández Maeso del colegio extremeño. En el VAR estuvo Raúl Martín González Francés.
Encuentro sin demasiados problemas para el colegiado que no tuvo excesivo trabajo y solo enseñó cartulina amarilla. Atento y cercano al balón, dejó jugar bastante y permitió los contactos.
En la primera mitad la única jugada polémica fue un posible penalti de Ciss. El senegalés tocó el balón con el brazo pero precedido de un golpeo en su pierna. No hubo repeticiones porque Yamal marcó segundos después y las protestas locales se disiparon.
Antes de finalizar la primera mitad, se anuló un gol a Kounde por fuera de juego del francés por media pierna derecha.
En la segunda mitad, llegó la única tarjeta amarilla del choque al cortar el lateral rayista Pedrosa una contra prometedora derribando a Abdelkarim. Por último, los vallecanos pidieron en el minuto 83 una falta de Cubarsí por detrás a Alemao cuando el delantero encaraba la portería, pero el central culé tocó el cuero tras tirarse a ras de césped.
Hernández Maeso, BIEN.
El Madrid de Mourinho ha empezado la temporada estupendamente, mucho mejor de lo que nos imaginábamos. No tanto por los resultados, que han sido hasta ahora perfectos, sino por la actitud que están mostrando los futbolistas. Este es el aspecto, de momento, más interesante del desempeño del equipo a lo largo de los tres primeros partidos, una enmourinhización especialmente evidente en Bellingham, Huijsen y Camavinga.
Lo de Camavinga parece un milagro. Este futbolista, de enormes "potencialidades", llevaba dos temporadas menguando, a lo Benjamin Button: cada partido sabía menos de fútbol, cada semana parecía entender peor el juego, cada vez parecía más inservible, y eso… ¡viniendo de alguien que ha sido titular en una final de la Copa de Europa, por delante de Modric! Al final de la temporada pasada, Camavinga llegó incluso a ser irritante, su mera presencia en el campo y su trote y su deambular sin sentido por la media causaban desconcierto, desazón y angustia. Si Mourinho lo recupera, estaríamos hablando de una hazaña superior y de una contribución patrimonial de primer orden para el Madrid, en vista de la escasez de centrocampistas.
Lo más destacado de este inicio es la enmourinhización del equipo, especialmente evidente en Bellingham, Huijsen y Camavinga
El partido contra el Málaga en el Bernabéu confirma un cambio radical en Huijsen. Su nonchalantismo también alcanzó un punto irritante la temporada anterior, pues, en el deporte de élite, sólo puedes ir de chulo y pasota si tu rendimiento es excelso. De lo contrario se cae en el ridículo y Huijsen, por suerte, es muy joven todavía. Da la impresión de que este verano ha aprendido la lección, no hay que olvidar el papel tan importante que tuvo el propio Mourinho en su descubrimiento.
Todos los defectos que se le podían achacar a su juego (indolencia, blandura en el cuerpeo y en el juego aéreo, desconexiones mentales, suficiencia) parecen en vías de solventarse, y de qué manera. El gitano rubio de los ojos azules se ha mostrado agresivo, audaz en los cortes y en las anticipaciones, mandón y seguro: digno del número 4 que lleva a la espalda y que antes de él llevaron Fernando Hierro y Sergio Ramos. Se perdió un Mundial al que habría ido seguro y eso es un palo gordo. En esta vida no hay nada como la competencia. No es que haya venido Mourinho a entrenarlo en el Madrid, es que se ha fichado a un central de categoría mundial.
¿Cuántos tackles hizo Huijsen el domingo? ¿Cuántos balones robó al corte? Estaba siempre bien colocado y no se dejó ganar la espalda en ningún momento. Eso es lo que ha cambiado: el modo de estar en el campo. A menudo, el año pasado los centrales del Madrid parecían guardias civiles en la valla de Ceuta el día del asalto: individuos descoordinados y desamparados, dejados al vaivén de los acontecimientos, corriendo hacia atrás y en desventaja con respecto a los adversarios.
Que venga alguien de garantías a sustituirte, a comerte la tostada, es casi siempre mano de santo. A Carreras, por ejemplo, también le ha venido muy bien que se fichara a alguien mejor, carismático y listo para subir el nivel del equipo: ahora parece otro y ya no hay rastro del tipo sobrado que parecía ir flotando por la vida mientras su carril izquierdo era un coladero infame.
No es lo mismo actitud que aptitud. Lo uno mejora lo otro, desde luego, pero sin aptitud casi nunca hay actitud que valga. El Madrid hizo dos grandes inversiones el año pasado en dos laterales de prestigio, sobre todo Trent Alexander-Arnold. Tanto él como Carreras cuajaron un año francamente mejorable, por ser magnánimos. Los fichajes, este verano, de Cucurella y de Dumfries no sólo vienen a subir el listón competitivo de los laterales del equipo, sino a testar la viabilidad futura de Trent y Carreras en el Madrid. De momento, la prueba está saliendo bien.
Ahora no hay que ir a la guerra, no desde luego como en 2010, sino construir mientras no se para de ganar
Esta mourinhización alcanza su grado máximo en Bellingham. En estos tres primeros partidos ha vuelto a ser el box-to-box que deslumbró en su primer semestre como madridista. Su juego es otra vez el del medio llegador que aspira a galvanizar el partido, el del derviche con cuerpo de maratoniano que desempolva goles imposibles de los álbumes antiguos del fútbol. Y eso que, físicamente, aún no está a tope.
Esta energía, que de los individuos se traslada al colectivo, es imprescindible para competir a lo largo del curso como Mourinho quiere que el Madrid compita. En estos tres partidos hemos visto una presión alta y continuada de todo el conjunto que hacía años que no veíamos. Hemos visto más cosas: los interiores y los extremos ofensivos replegándose con intensidad y persiguiendo a sus marcas hasta casi la portería de Courtois. Ha sido emocionante ver a Vinícius, Brahim, Güler y Bellingham empeñados en duelos defensivos por zonas del campo muy alejadas de sus ecosistemas naturales. Es el compromiso total necesario para derrotar al gran equipo de este tiempo, que es el PSG de Luis Enrique, un organismo incansable en donde quien más presiona es el delantero centro.
A este nuevo fútbol, que no es tanto el famoso gegenpressing sino otra cosa, una ocupación racional de los espacios, no estábamos acostumbrados. Mourinho está probando cosas para resolver el enigma del mediocentro, a la espera tanto de Tchouaméni como de Pitarch: Valverde de pivote pero rodeado de zurdos peloteros y sobre todo en un Madrid que domina y corre, con los extremos e incluso los centrales muy arriba, constantemente empujando al contrario contra su propia área.
Mourinho, que ha vuelto más tranquilo y sabio, parece disfrutar con este nuevo papel de estratega sereno, como si fuera consciente de que tiene delante una buena oportunidad. Ahora no hay que ir a la guerra, no desde luego como en 2010, sino construir mientras no se para de ganar. Hace poco vi un vídeo, algo antiguo, de Luis Enrique. Era cuando entrenaba a la selección y venía a decir, más o menos, que los futbolistas ahora son tan zopencos que la labor de los entrenadores consiste, básicamente, en darles mensajes cortos y simples que puedan entender. Quizá Mourinho haya entendido, además, que el truco, con los del Madrid, es que crean que pueden ganar.
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Terminadas las vacaciones, los conservadores del Museo Imaginario del Real Madrid regresan a su tarea. Acompáñenlos a través de las salas infinitas de este templo del arte merengue. La entrada es gratis, de modo que no ha lugar a reclamaciones en caso de que, al contemplar cualquiera de estas descarnadas visiones del ethos madridista, sea su propio rostro el que le devuelva la mirada.

Bouguereau fue un prolífico pintor academicista francés (pintó más de 800 lienzos) que ya en el siglo XIX tenía fama de carca; es por ello que a su muerte en 1905 aún no se había enterado de que ahora Twitter se llama X. En cualquier caso, el sentido de esta pintura sigue siendo claro.
El lienzo representa un pasaje de la “Orestíada” de Esquilo. Es el momento en que Orestes, madridista, entra en Twitter para ponerse al día sobre el equipo de Chamartín y los tuiteros merengues lo arrastran a la locura. A su derecha puede verse a un “insider”, distinguible por la antorcha que, a modo de emoticono de bombilla roja, porta sobre su cabeza para indicar que está a punto de transmitir una exclusiva gordísima. Esta es: A. el fichaje de un jugador de nombre creado por una IA manejada por percebes. B. el fichaje de un jugador que lleva fichado dos temporadas. C. el fichaje inminente de Erling Haaland. A la izquierda vemos una imagen del último fichaje del Real Madrid (el de verdad, no el anunciado por el “insider”) apuñalado por el sector “Críticos y Autoexigentes” de Twitter RM, después de que en su primer partido amistoso fallara un pase a la banda. Dicho sector se representa por la mujer a la izquierda de Orestes, la cual grita que menudo fichaje de porquería, que viene a desestabilizar el vestuario y que hay que venderlo “con un lazo”. Nótese la obsesión de Twitter Real Madrid por ponerle lazos a las cosas. Aprovecha de paso para reclamar mejores bocadillos en el Bernabéu. Estas soflamas son coreadas por la figura en último término, detrás de Orestes, que añade que “con esta plantilla no nos da” y que el fichaje era Rodri. Las serpientes que sujeta en la mano simbolizan los pitos a Vinícius en el minuto 73 con el marcador 3-1 a favor del Madrid.

La pintura representa al delantero brasileño como Sardanápalo, rey de Nínive, quien también se hizo novio de una famosa “influencer” brasileña, cofundadora de su propia marca de cosméticos. El lienzo representa a Sardanápalo tratando de echarse la siesta tras un largo día batallando en los campos de Asiria. Necesitado el monarca de paz y sosiego, lo que encuentra en casa es un circo de tres pistas. Nada más entrar, se topa con dieciocho youtubers en la cocina grabando vídeos sobre calistenia para mascotas, haciendo un “unboxing” con las bolsas del pedido del Mercadona o colgando en TikTok el reto de las 10.000 volteretas laterales recitando el alfabeto cuneiforme. A continuación, atraviesa el gimnasio donde veintiséis instagramers brasileños editan sus vídeos de zumba inclusiva, mientras en una esquina se graba el XI Torneo Mundial de Farmeo de Aura. Tras sortear el salón, donde se celebran diversos “baby showers” para mamis tonificadas, quince fiestas de revelación de sexo del bebé, ocho prebodas y un “photo call” por la inauguración de una nueva línea de lubricantes vaginales que no dan positivo en dopaje; finalmente, tal y como se refleja en el lienzo, Sardanápalo llega al dormitorio que comparte con su hacendosa y emprendedora novia. Tiene que meterse en la cama haciendo tirolina porque el suelo está cubierto de muestras gratuitas de cremas de Rituals. Antes de acostarse, debe apartar a una señora de la limpieza exhausta tras pasarle la fregona a los setenta y dos castillos hinchables del parque infantil que hay montado en el patio trasero. Cuando Sardanápalo está a punto de coger el sueño, irrumpen dos “influencers” famosos en Youtube por sus coreografías K-pop con música de Siempre Así, ensayando para su próximo vídeo. Al final el rey no pega ojo, pero su novia ha ganado varios cientos de seguidores más.
Delacroix pintó este lienzo como respuesta a los rumores de que Vinícius Jr., en realidad, no se ha hecho ninguna cirugía facial, sino que el jugador que ahora luce su camiseta es un doble fichado por el Real Madrid después de que el auténtico Vini fuera sepultado por un alud de cestas regalo de Sephora, que su pareja guardaba en un armario para grabarse un vídeo haciendo “unboxing”.
El polaco Jan Matejko supo captar como nadie la honda responsabilidad a la que se enfrenta a diario el responsable de analizar para los medios las decisiones de los árbitros en los partidos de Liga. Matejko esboza en su lienzo los rasgos del arquetípico Panenkita Arbitral Vagamente Experto en Lances Futbolísticos, o PAVELF, en el momento en que prepara su próxima intervención televisiva. La función del PAVELF es hacer creer que todas las faltas y penaltis pitados a favor del Real Madrid son injustos y están mal arbitrados, mientras que todas las sancionadas en su contra cumplen la más estricta aplicación del “Fair Play”.
En este cuadro, el experto arbitral o PAVELF reflexiona sobre un lance en el que Mbappé recibió una patada de un jugador del Barça que precisó de posterior cirugía para desincrustarle la bota de la nuca. El PAVELF trata de encontrar la manera de presentar dicho lance como jugada gris e interpretable no merecedora de penalty, o, en todo caso, digna de sancionarse con expulsión directa a Mbappé por entorpecer con su cráneo el espacio donde el jugador del Barça ensayaba inocentemente sus pasos de mazurca. Finalmente, el PAVELF opta por editar el vídeo de la repetición de la jugada eliminando el momento del impacto e intercalando algunas escenas de los Pitufos.
En el lienzo, al estar el PAVELF ataviado con su uniforme de diario, no podemos apreciar su evidente calvicie, rasgo físico que parece común a todos los de su gremio, a modo de demostración de que hay cabezas en donde no crece ni el pelo.

El retratista e ilustrador alemán Berthold Woltze capturó sobre este lienzo uno de los dramas de nuestro tiempo. Imagine que disfruta usted pacíficamente de un trayecto en Rodalies que lleva tan solo dos horas y media de retraso. De pronto, su vecino de asiento, miembro de la junta directiva de Laporta y que hasta la altura de Granollers ha permanecido en silencio leyendo algo de Guillem Balagué, levanta la mirada y comienza a hablarle sobre el histórico compromiso del Fútbol Club Barcelona con la causa de los Països Catalans, la libertad, la democracia y el libre comercio de órganos.
—Pues verá usted, en el Barça, siempre a la vanguardia de lo políticamente importante, hemos inventado un nuevo concepto futbolístico, inspirado en Guardiola, que mezcla panenkismo con nacionalismo catalán.
—No me diga.
—Lo llamamos Pa amb enquismet.
—Ah, qué bien.
—Porque nosotros somos un club comprometido y con “valors”, no como el Madrid. Tres veces condecoramos a Franco, pero no para homenajearlo, sino con la intención de pincharle la carótida con el alfiler de la insignia del club; pero no acertábamos, oiga: como era bajito, siempre le arañábamos la calva. ¿Y el Madrid? Ni lo intentó. Fachas perdidos.
Acto seguido, pasa a describirle con pelos y señales las irregularidades de la recalificación de Valdebebas. Se hace unos líos tremendos con la legislación catastral, debido en gran medida a que, hasta hace dos días, el turras culé pensaba que las recalificaciones son las pastillas que toma su suegra para la osteoporosis; pero eso no le importa demasiado. A continuación, se enorgullece un poco de Rodri y finalmente le muestra un informe hecho por Negreira en el que todas las figuras están correctamente coloreadas sin apenas salirse del borde.
—Dígame usted si esto no vale siete millones de euros, oiga —asevera, justo en el momento en que el tren llega a su parada.
Berthold Woltze, autor del lienzo, recomienda que antes de que el directivo culé se apee, aproveche para cerciorarse de que tanto su cartera, sus efectos personales y sus delanteros argentinos del Atleti siguen en su sitio. Por si las moscas.
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Primera Parte: Museo Imaginario del Real Madrid
Segunda Parte: Museo Imaginario del Real Madrid (II)
Tercera parte: Museo Imaginario del Real Madrid (III)
Buenos días. Último día de agosto. Y lunes. El Madrid contrarresta la tristeza del final del verano a base de victorias y fútbol. Ayer, nueva dosis de gozo pautada por el doctor Mou, galeno al que Florentino encomendó la tarea de reactivar un Real Madrid pleno de estrellas, pero apático. Victoria por 4-0 contra el Málaga de esas que dejan regusto de ilusión por el futuro. Podéis leer aquí la crónica de Paco Sánchez Palomares.
Hace 60 años fueron los Beatles, sin que nadie les pusiese un revolver en la cabeza, quienes se pusieron en manos de otro doctor, en este caso llamado Robert. Lennon se encargaba de pregonar sus virtudes:
Doctor Robert
You're a new and better man
He helps you to understand
He does everything he can
Doctor Robert
If you're down, he'll pick you up
Doctor Robert
Take a drink from his special cup
Doctor Robert
Aquí no hay special cup, sino Special One. No es la única diferencia, como veremos más adelante. Pero ahora, pasemos a las portadas.
«Bellingham es el jefe», titula As. Algo parecido a lo escrito por Atenea Johansson en las notas del partido.
Llevábamos más de un año preguntándonos si Jude era ocho, diez, seis, delantero encubierto, segundo lateral izquierdo o tercer trompeta de la Filarmónica de Villaconejos.
El doctor Mou parece haber adoptado una solución revolucionaria: poner a Bellingham a hacer de Bellingham, sea lo que diantres sea eso.
Y, oh, sorpresa, a Bellingham le está sentando bien que le encarguen hacer de Bellingham. Misterios de la vida.
Marca se centra en la afición —“El Bernabéu se divierte”— y en Mbappé, fotografiado de tal manera que parece querer averiguar, hueco entre pierna y pernera mediante, qué esconde Kylian bajo el calzón.
A nosotros no nos interesan las dotes ocultas de Kylian. Las futbolísticas son suficientemente escandalosas. Su arranque de campaña está siendo deliciosamente obsceno. Mbappé en modo Mbappé.
Lo de que el Bernabéu se divierta suena raro, los que saben de fútbol habían dicho que Mourinho era una momia que deambulaba de fracaso en fracaso. Del mismo modo que lo acusaban de defensivo cuando logró aquella liga con récord de puntos y goles.
Los chicos de Gallardo dicen que el «Madrid va a más». Es evidente que el equipo está fraguando. El portugués introdujo cinco cambios con respecto al último encuentro y el Madrid mantuvo una imagen reconocible. Quizá esto último sea más interesante que el resultado. El equipo empieza a parecer un equipo juegue quien juegue.
Quien no se divirtió fue Funes. No Luis de, sino Juanfran, como aclara Guasch en su magnífica columna de hoy. El técnico del Málaga siguió el guion y cargó sobre el árbitro las culpas del repaso blanco.
Mundo Deportivo y Sport a buen seguro que tampoco disfrutaron con el partidazo del Madrid. Mencionan el triunfo de soslayo y a su manera.
Al parecer han fichado a otro: Gabriel —que no Carlos— Jesús. Presumen de lo barato que les ha salido, apenas 10 milloncejos más variables. Con los vales de descuento del Carrefour no deben quedarse en más de 500 o 600 pesetas.
Sobre la fascinante capacidad del Barça para seguir comprando cuando no tiene dinero e inscribiendo cuando no puede hacerlo no vamos a ahondar hoy. Todos sabéis por qué ocurre.
Esta noche reciben en casa al Rayo Vallecano. Si no ganan, el Madrid cobraría ventaja. ¿Por qué apostáis, por expulsión perdonada o por penalti inventado?
No queremos acabar sin hacer mención a la victoria del Real Madrid femenino por 3-2 frente al Atleti. Si no habéis visto los goles, corred a buscarlos, os deleitaréis con una ruleta y un tanto olímpico. Pero no os vayáis muy lejos, porque aquí está la excelente crónica de Fernando Alcalá-Zamora.
El Madrid acaba agosto con buen color. Aunque no nos engañemos, acabamos de echar a andar. Mourinho es el primero que advierte de que llegarán problemas, derrotas y días peores, pero la senda es la correcta.
Doctor Robert
You're a new and better man
He helps you to understand
He does everything he can
Doctor Robert
El doctor Robert convertía al paciente en alguien «nuevo y mejor». El doctor Mou está haciendo algo que parece más sencillo pero en realidad es tremendamente complicado: que cada uno sea quien es, incluido el propio Real Madrid.
Pasad un buen día.
La última estupidez simpática ocurrencia del sumidero depósito de ingenio de las redes sociales se trata de la expresión —a estas horas al borde de la quema por exceso de uso— farmear aura. Se ha construido a partir de la acepción que la jerga de los videojuegos atribuye al verbo inglés farm, que en dicho contexto alude a la acumulación paciente de puntos, recursos o experiencia mediante determinadas acciones repetidas. Internet, que tiene la sorprendente capacidad de vehicular cualquier novedad en una mecánica de recompensa, ha decidido aplicar el procedimiento al carisma. El concepto es tan gaseoso que para farmear aura vale cualquier método: un baile, un atuendo, una pose, una forma de moverse, unas gafas de sol…
De forma que en las últimas fechas tenemos a multitud de chavales «haciendo el cabra» de los modos más pintorescos y además grabándolo, menos para la posteridad que para el ranking de turno. Los adultos más exigentes quizá mentarán a Spengler y la decadencia de Occidente, mientras que los más indulgentes se encogerán de hombros concluyendo que mejor eso que delinquir. Los más agudos acaso se permitirán matizar que el aura auténtica siempre será ajena a las competiciones de recolección de la misma: uno solo puede alcanzarla cuando no se afana en tratar de demostrarla.
Pensaba el otro día en estas nimiedades tratando de evitar la tentación del infame hábito del scroll, de cuyas garras nos es cada vez más difícil escapar en esta era de la crisis de la atención. Sobre todo cuando el Madrid, en un ejercicio de encomiable solvencia, ha dinamitado el partido en la primera media hora, como en los viejos tiempos. Y llegué a la conclusión de que, en cierta manera, es posible que este nuevo Real Madrid de José Mourinho también tenga que resolver una cierta cuestión de aura.
Desde luego, no porque al Madrid le falte: eso sería como afirmar que el mar carece de agua. El asunto no está tanto en la institución en sí, sino en qué clase de aura quiere que proyecten sus jugadores y, sobre todo, de dónde quiere que proceda. Erving Goffman explicó hace más de medio siglo que buena parte de la vida social consiste en una representación ante los demás. Elegimos una fachada, administramos los gestos, disponemos el escenario y tratamos de controlar la impresión que producimos en nuestro —discreto— público. Por su parte, el futbolista moderno ha llevado esta dramaturgia, común a todos, a una dimensión industrial: en su caso no dispone únicamente de un campo y un vestuario, sino de Instagram, TikTok, documentales, campañas publicitarias, entrevistas… Fabrica contenido hasta en la manera de ponerse las botas.
La clase de aura que siempre gustó en la casa blanca es Aquella que no se farmea: aquella que se gana
Resulta innegable que, en mayor o menor medida, la mayoría de los jugadores del Madrid han decepcionado en los dos últimos años. Como si todos los líos que han salpicado la rutina del equipo hubieran tirado por tierra su esmerado empeño en cuidar su estética. Podría decirse que se han visto reflejados en espejos cóncavos del estilo del callejón del Gato, desprovistos de la solemnidad con la que habían llegado hasta el Bernabéu, sin ningún atisbo de esa aura tan anhelada. De ahí que posea una especial importancia la actitud de nuestros muchachos en tardes como las de la Real Sociedad o el Málaga, en la medida en que permite construir una consistencia más provechosa que la mera colección de buenos resultados. Bellingham, por ejemplo, ha vuelto a parecer el crack que no necesita explicar su importancia porque la manifiesta en casi cada intervención. Mbappé se ha mostrado más fino que nunca desde su llegada, y Güler transmite una circunspecta seriedad de niño bueno concentrado en ser futbolista. Incluso Diomande, que pertenece a esa estirpe de extravagantes —estilo Adebayor— cuya apariencia los señala antes de que uno los conozca futbolísticamente y que hace pensar que el personaje está ahí antes que el jugador, ha tenido ocasión de aportar detalles de calidad que prometen confirmar con hechos las expectativas de su fichaje.
En realidad, la cuestión del aura no debería plantearse en el Madrid como una guerra contra la modernidad. Principalmente, porque los tiempos son los que son y los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. No hay nada malo per se en que los jugadores sean personajes públicos y vivan en las redes sociales. El equipo no necesita fabricar futbolistas aburridos para volver a ser serio: necesita que sus integrantes entiendan que la seriedad no es una pose estética, sino un hábito.
Y ahí aparece Mourinho, quien, por cierto, forma parte de una generación en la que el entrenador también era un personaje, incluso de mayor entidad que sus pupilos. Sin embargo, The Special One construyó su aura a partir de acontecimientos: sus ruedas de prensa tenían importancia porque jugaban el pre o el pospartido. Primero los hechos, luego la narración. Hoy se corre con frecuencia el riesgo de hacerlo al revés, y me da la impresión de que entre las principales razones de la vuelta del portugués está la de evitar que eso suceda. El Madrid no ha de adoptar una estética de la disciplina o una estética del sacrificio, sino disciplina y sacrificio. La estrella no ha de decirnos que tiene aura, tenemos que descubrirlo nosotros cuando el partido se rompe y él permanece entero, o cuando es suplente y entrena como titular. Evitando, por encima de todo, empezar a vivir dentro de la versión futura de uno mismo: el reconocimiento nunca puede llegar antes que la obra.
La verdadera aura de este Madrid no residirá en que sus jugadores parezcan especiales cuando lleguen al túnel de vestuarios del Bernabéu. Lo hará en que, tras el encuentro, nadie tenga ninguna duda de que lo son. La clase de aura que siempre gustó en la casa blanca. Aquella que no se farmea: aquella que se gana.
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El Real Madrid femenino venció (3-2) al Atlético de Madrid en el derbi de la primera jornada de Liga F. Una espectacular Felicia Schröder —doblete y expulsión— y un gol olímpico de Sandie Toletti dieron los tres puntos a un Real que, no obstante, se dejó atrapar por una molesta emboscada colchonera.
Un primer partido de liga de la temporada, disputado entre la eliminatoria de acceso a Liga de Campeones que determina gran parte del curso, debería ser el trámite más anodino posible: cumplir expediente, ahorrar esfuerzos y a pensar en lo importante. Sin embargo, en el minuto 97 del descuento en el Estadio Alfredo di Stéfano, la portera del Atlético de Madrid remató de cabeza y a la desesperada un córner. Algo había fallado y pocas pistas habría encontrado quien dejase de ver el partido tras la primera media hora de juego.
Aunque el derbi de la capital llegó en la Jornada 1, ese primer tramo recordó a lo visto en los últimos tiempos: el Real Madrid femenino ha arrollado al Atlético de Madrid a todos los niveles y, sencillamente, el escalón entre el teórico segundo equipo de la Liga F con respecto al tercero sigue ampliándose. Las madridistas, recién llegadas de Ámsterdam, desarbolaron la presión alta de sus rivales a base de juego combinativo, superaron en intensidad a un equipo más descansado y, de cara a gol, se mostraron voraces.
Una espectacular Schröder y un gol olímpico de Toletti dieron los tres puntos a un Madrid que, no obstante, se dejó atrapar por una molesta emboscada colchonera
Pau Quesada sumó a su once inicial una centrocampista adicional y el plan parecía llamado a regalar una goleada sencilla, gracias en parte a las buenas sensaciones de las atacantes Felicia Schröder y Lotte Keukelaar. La primera gran diablura llegó en el 8, fruto de una fantástica recuperación alta —método que una y otra vez provocaría innumerables regalos de la zaga colchonera—. Andreia Jacinto cedió el balón a Keukelaar, que se lanzó hacia Lucía Rodríguez y la embrujó con un perfecto homenaje a la inolvidable ruleta de Zinedine Zidane. Tras el regate, asistió con rapidez a su compinche Schröder y la sueca, piraña del área, consiguió que el balón acabase en la red.
Poco después, y a balón parado, Sandie Toletti levantó al público de la grada para celebrar otra obra de arte efímero: gol olímpico con su pierna derecha desde el banderín de córner. En un cuarto de hora el Madrid había hecho el trabajo y, en los siguientes quince minutos, el ritmo madridista llegó a desmoralizar al Atleti. El balón fluía desde la portería, Jacinto y Elisa Senß lo ganaban todo y, arriba, desbocada, Schröder empezaba a demostrar que es un demonio del fútbol sobre el que debe descansar la felicidad futura de la afición. Todo iba bien, decíamos, pero bastaron treinta segundos de poca contundencia defensiva, apenas dos buenos despejes de balones sin dueño, para que las visitantes enlazaran una buena combinación dentro del área que acabó con gol de Synne Jensen. Ahí sigue estando el gran debe de este Real: mejorar la solidez, física y mental, del equipo en los momentos críticos.
No importó que Felicia Schröder diera otro zarpazo de superestrella antes del descanso: el virus que a menudo descalabra al Real Madrid femenino había hecho acto de presencia. La delantera aprovechó otro gran robo de Filippa Angeldahl —quien se desfondó con mérito en el trabajo sucio durante todo el choque—, un pase de Toletti a Senß y un balón muerto para lanzar un trallazo imparable con la izquierda. Era el minuto 44, el Real recuperaba la distancia de dos goles y el Atleti era un juguete en manos de la sueca. Pero no, poco después fallaría Merle Frohms ante un disparo lejano y centrado de Jensen, y un pelín antes Xènia Pérez había provocado un pequeño empujón de Schröder penalizado severamente con tarjeta amarilla.
Así que el Atlético, incapaz de jugar al balompié desde hace mucho, se limitó a aprovechar el par de fallas detectadas en el sistema operativo blanco para convertir en un auténtico dolor de cabeza lo que debía ser una demostración de tranquila superioridad. A la vuelta del descanso, Rosa Otermín consiguió calentar lo suficiente a Felicia Schröder para que la joven delantera cometiese el único error que es capital ante rivales de esa calaña: mini patada sin balón a su par, teatro del bueno de la defensora convertida en actriz y tarjeta roja —lógica en el fútbol moderno— de las que dejan cara de tonto.
Aunque Schröder tiene la inteligencia de los jugadores bendecidos y, por tanto, esta noche sin dormir será suficiente para aprender la lección, su expulsión metió de lleno al Real en la única emboscada que debía evitar a toda costa. El Atleti tuvo diez minutos para empatar frente a un Madrid replegado y en shock, pero su incapacidad ofensiva fue extraordinaria. Pasado ese tiempo, la atacante Gio Queiroz rompió el medidor de IQ negativo al calcar ante Eva Navarro el tipo de acción que había dejado en inferioridad al Real, por lo que volvió la igualdad de piezas sobre el verde. Y, a pesar de que el reloj seguiría corriendo durante otra media hora de despropósito futbolístico a todos los niveles, el resultado ya no se movió y el 3-2 permitió al Real Madrid iniciar el campeonato con victoria.
En otro contexto, el disgusto extra provocado al Atleti sería un postre dulce, pero este Real debe estar, y está, a cosas mucho más importantes: esta semana ha de cerrar ante el Ajax su clasificación europea.
Imágenes: realmadrid.com