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Arbeloa, el detector de cuñaos

Arbeloa, el detector de cuñaos

Escrito por: Paul Tenorio9 mayo, 2016
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"Lo mejor que le puede pasar a un futbolista es entrenar, jugar y ganar con la camiseta del Real Madrid" (Álvaro Arbeloa)

“Al Madrid vienen los mejores del mundo, y es complicado meterse”, dijo Álvaro Arbeloa tras cerrarse su fichaje por el Deportivo, hace casi exactamente diez años, en julio de 2006. Una manifestación de madridismo incondicional en el día en que abandonaba el Madrid, probablemente uno de los más difíciles de su vida. Sin dramas, aceptó la exigencia del mejor club del mundo, salió a buscar fortuna y, quién sabe, quizá a ganarse el derecho a regresar. Y Arbeloa terminó convirtiéndose en uno de los mejores. Y, por tanto, regresó al Madrid, donde ganó todo lo que se puede ganar en las siete temporadas en las que militó en un club del que nunca se irá, como el Madrid nunca se irá de él.

Es necesario hablar más del Arbeloa futbolista. Su magnífica labor representando los valores del Real Madrid en cada entrevista que ha concedido o en cada comparecencia pública ante los medios, le han reportado (merecidamente) ser catalogado como una especie de portavoz oficioso para la mayoría del madridismo, empañando quizá sus privilegiadas cualidades para jugar al fútbol. Porque el fútbol no sólo son lambrettas, rabonas o colas de vaca. El fútbol es también apretar los dientes cuando todo parece perdido, levantar a un compañero desanimado, hacerle la vida imposible a un atacante, estar siempre donde hay que estar, tomar las decisiones en el campo que, en décimas de segundo, hay que tomar. Sí, eso también es fútbol aunque no cuente con el aprecio de los poetas del balón. A ver si se piensan que uno se mantiene diez años en la superélite por responder a Piqué en Twitter. Siempre vigilante contra cualquier ataque gratuito al Real Madrid, siempre crítico con la prensa, aunque también respetuoso, siempre atento con los aficionados, su entrega al escudo también ha sumado para que el domingo le dijera “hasta pronto” a un estadio que le aclamaba mientras era manteado por sus compañeros. El karma, igual que quiso que otros se marcharan entre sombras, permitió a Arbeloa despedirse a lo grande. Pero no me quiero desviar, porque ese rol de portavoz, community manager, capitán en segundo plano y demás es tan merecido y valioso como conocido por todos. Se habla menos de su fútbol, y estos años, si se ha hecho, ha sido muchas veces desde el desprecio más ignorante y vengativo.

Arbeloa tiene menos cualidades técnicas que otros futbolistas de élite, sin duda. Él es el primero que lo admite. Y ése probablemente ha sido su pasaporte hacia el éxito y le otorga aún más valor a su carrera y a su impresionante palmarés. Sin esas virtudes preciosistas que tienen otros jugadores, ha llegado tan o más lejos que ellos gracias a su tenacidad, competitividad, inteligencia táctica y emocional, físico, espíritu inquebrantable e insistencia a la hora de poner al grupo por delante de cualquier individuo, incluido él mismo. Todo eso le ha llevado a ser uno de los defensores más difíciles de superar en los últimos años, a triunfar en el Madrid y en la Selección, a levantar cada trofeo que un futbolista puede levantar. Es un ejemplo en el deporte y en la vida. Puedes lamentarte por los dones que te han sido concedidos o puedes luchar y dar el máximo con los dones que te han sido concedidos. Arbeloa eligió la segunda opción, y ganó.

Ribery Arbeloa

Podemos preguntarle a Messi y los dos marcajes que sufrió de Arbeloa cuando era lateral izquierdo en Liverpool. O a Ribéry, que nunca le desbordó ni con Francia ni con el Bayern. O a Cristiano, anulado en su emparejamiento directo en semifinales de la Eurocopa 2012. O a tantos otros. Podemos preguntarles si lo que tuvieron delante fue un cono o fue el mayor coñazo de los defensas a los que se han enfrentado. Un tipo rocoso, fuerte, incansable, siempre atento y listo como una ardilla. Hasta el mismo del Bosque se rendía a él en una entrevista que le hice para la difunta La Gaceta en Sudáfrica: “Aporta mucho al vestuario y también en el campo. Es un defensa inteligentísimo, que siempre hace lo que debe. Y además tiene picardía, como en esas acciones en las que está en un lío y siempre termina sacando la falta del atacante”. El seleccionador terminaría cediendo a las presiones de la prensa antimourinhista y catalana (que no fueron necesariamente las mismas), así como al propio lobby culé dentro del equipo, un grupo exclusivo de internacionales barcelonistas que siempre hacían los rondos preliminares juntos y se sentaban a comer en las mismas mesas. Algunos de ellos empezaron a apretar fuertemente tras la Euro’12 para que Arbeloa saliera de la Selección alegando que era una rara avis en esa orgía tikitakera que lo nublaba todo entonces. De telón de fondo estaba su apoyo a Mourinho, claro. La factura se pasó dos años más tarde, cuando se quedó fuera del Mundial de Brasil, afortunadamente para él. El detonante, un bronco derbi ante el Atleti que sirvió a Del Bosque para tirar de la anilla y contentar al lobby (es el único futbolista que, con el actual seleccionador, ha pagado una supuesta mala actitud jugando para su club). Recuerdo haberme fijado con atención en aquella Euro de Ucrania y Polonia y ver cómo jugadores como Xavi o Busquets, cuando miraban hacia la derecha y le veían a él, se volvían a dar la vuelta para buscar a otro compañero, y sólo se la pasaban cuando era inevitable hacerlo. Fue bochornoso. Con todo, España terminó ganando aquella Euro. Y, por supuesto, también Álvaro Arbeloa, aunque ya se sentía fuera del grupo. Como diría Maradona, “que la sigan…”. Bueno, da igual.

Terminaré por el principio. La primera vez en mi vida que supe de Arbeloa fue en una buena y soleada mañana en la que me acerqué a Valdebebas para ver al Castilla, en 2005. Para ser sincero, no recuerdo el rival ni el resultado. Sólo he retenido dos detalles de aquel partido. Aunque jugaban Negredo, Soldado o Borja Valero, me enamoré de un lateral rubito brasileño que la rompía por la izquierda, un tal Filipe Luis, y de un espigado central moreno y flacucho que no paró de dar órdenes todo el partido. Con mucho silencio en el campo, porque había poco público, prácticamente sólo se le escuchaba a él, alto y claro, durante los 90 minutos. “Fuera”, “aprieta ahí”, “bien, Rubén, bien”, “arriba”, “toca, toca”, “gírate”, “dale vuelta”, “va, equipo, va”, “seguimos”. Además, no cometió ni un solo error y siempre aparecía en el sitio y momento indicados para desbaratar los planes del rival. Era Álvaro Arbeloa, e iba a llegar muy lejos. Por cierto, siendo un joven casi imberbe, Arbeloa tenía ya pinta de entrenador. La sigue teniendo. Ojalá quiera.

Le llamaban cono. A mí me parece un mote fantástico para detectar quién sabe de fútbol y quién no tiene ni la más remota idea. Siendo Arbeloa un futbolista que ha convencido a entrenadores tan heterogéneos como Caparrós, Benítez, Pellegrini, Mourinho, Ancelotti, Luis Aragonés y Vicente del Bosque, eso del “cono” es un magnífico detector de cuñaos. Si quieres saber si alguien no ha competido a nada en su vida, ni siquiera en una carrera de sacos en un campamento de verano, no tienes más que preguntarle su opinión sobre Álvaro Arbeloa.