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Pedrerol vs otros: En honor a la verdad

Pedrerol vs otros: En honor a la verdad

Escrito por: Antonio Valderrama17 abril, 2018
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Es un lugar común entre aficionados y periodistas deportivos de los que gustan que los consideren serios denostar El Chiringuito, el programa de Pedrerol. Es interesante porque por lo común el denuesto se formaliza en una actitud altiva, de desprecio soberano. Un desdén como el de los intelectuales con el fútbol. ¡Cosas de la plebe! Todo esto, en mi opinión, parte de dos premisas falsas: que Pedrerol hace periodismo y que lo que se hace en redacciones como, por ejemplo, la de Deportes de El País, también es periodismo.

Pedrerol lleva ya un lustro distinguiéndose por ser un genio de la televisión. Ha creado un subgénero propio copiando el formato de los programas de la prensa rosa (¡el papel cuché!) adaptándolo tanto a las peculiaridades del fútbol y de sus narrativas, como a Twitter, plataforma digital sin la que no sería posible entender la magia televisiva de Pedrerol.

Su programa y Twitter se retroalimentan. Tanto es así que, de manera que presupongo bien estudiada, Pedrerol planifica una serie de momentos cumbre en cada uno de sus programas: gags, declamaciones histriónicas de alguno de sus contertulios, cosas así, perfectamente retuiteables que circulan durante horas e incluso días enteros por la red, exportables por supuesto a Facebook. Es un mecanismo similar al del parlamentarismo moderno, que no es más que la técnica con que portavoces y diputados estrella ejecutan hits de medio minuto, uno o dos, todo lo más tres (una eternidad en televisión) para colocar el mensaje preciso en lo que dura una pieza del telediario.

Pedrerol es el que mejor ha entendido el potencial de los nuevos canales de la información. ¿Quién se ve su programa entero? Probablemente él cuente con ello. De ahí la segmentación. Sus tertulias, musicalizadas como los late shows, combinan distintos personajes enfrentados cómicamente por posiciones irreconciliables, y hasta deparan personajes con vida propia protagonistas de memorables spin-off como el de Alfredo Duro y su camino a Cardiff.

PEDREROL ES EL QUE MEJOR HA ENTENDIDO EL POTENCIAL DE LOS NUEVOS CANALES DE LA INFORMACIÓN

La diferencia fundamental entre el show de Pedrerol y, por seguir con el ejemplo, la redacción de Deportes de El País, es la honestidad intelectual. A Pedrerol no le interesa la verdad. No obstante, hay más verdad y honor en el espectáculo puramente televisivo del presentador catalán que en artículos como el firmado por José Sámano el 13 de abril. Titulado “Razones y sinrazones de un penalti o lo que fuera”, promete desde el encabezamiento. Hay verdaderas joyas en el cuerpo del texto, que es un homenaje a la escritura ladina. Por ejemplo: “el joven inglés Michael Oliver, quien, probablemente chivado por un asistente, se cegó con el blanco o el negro sin atender a los grises. Como tampoco supo enjugar el cabreo comprensible de Buffon con una simple amarilla. De paso, ya que no pensaba indultar el penalti, que al menos una eliminatoria tan extraordinaria se hubiese cerrado con un reto en OK Corral entre CR y Buffon. Asustado, Oliver, en su primera gran faena con solo 33 años, lo impidió".

Subraya que Oliver es joven como para restarle peso a sus decisiones, como el que hace lo mismo con los ancianos sugiriendo que están gagá y no hay que hacerles mucho caso. Ya se hizo esto con Fabio Capello en su segunda estancia madridista y también, luego, con Luis Aragonés, que en mayo de 2008 chocheaba y en julio era Dios. Luego menciona “los grises”. Esto es maravilloso: no importan los hechos, si Benatia atropella o no a Lucas Vázquez en una palabra, ni tampoco el reglamento, puesto que hay que atender a otras circunstancias atenuantes como, por ejemplo, el mérito de la proeza de la Juve al remontar un 0-3 o que Buffon es un mito del fútbol que no puede retirarse sin ganar la Copa de Europa. Es curioso el contraste: dos párrafos antes dice que el VAR tampoco arreglaría este tipo de cuestiones porque “con o sin vídeo mediante, la sentencia estaría siempre a criterio de un sanedrín de árbitros, no sometida a un apartado concreto y clarificador del articulado de las ordenanzas". Echa uno de menos aquí la escala de grises.

El artículo está escrito nada menos que por el redactor jefe de Deportes de El País. Al principio hace un juicio de intenciones grotesco sobre Lucas Vázquez, pura especulación basada, parece, más en sus ganas de que Oliver no pitara el penalti que en otra cosa: “Sostendrán los pros que hubo un contacto de Benatia sobre Lucas que desequilibró al gallego. La oposición apelará a que el roce no fue suficiente. Ocurre que, por más que estemos en la era del preponderante silicio, los futbolistas aún no llevan en su organismo un intensómetro que, en función de su masa corporal, mida la fuerza del choque. Desde luego, sería mucho más útil que el VAR y otras zarandajas. También cabe subrayar que Lucas estaba ante el gol de su eternidad y, por tanto, no iba a simular una muerte transitoria. Sólo él sabrá si vio más clara la opción del desplome que el exponerse ante Buffon o una pifia de órdago".

El equilibrismo de Sámano es antológico, entre el fastidio que trasciende las líneas y el miedo a sonar demasiado anti. En resumen, se duele de que el árbitro no hubiese prevaricado, que como el significado de las palabras también es relativo para estos periodistas y hay que explicarlas, es tomar una resolución injusta a sabiendas.

Por lo menos refrena las ganas de decir lo que sí comenta otro habitual de El País, no sólo en Deportes. Rubén Amón, el mismo día, en la misma sección, dice que Lucas “se desmayó”, que el Madrid tiene un palmarés “hipertrófico” y que “el partido lo vimos en directo -hablo de la comuna antimadridista- pero sabíamos que al mismo tiempo se jugaba en diferido. Porque conocíamos el desenlace antes de que se produjera. Y no contábamos con una remontada tan elocuente, pero ya teníamos asumido que la expectativa de la ingenua machada iba a malograrse en los términos en que lo hizo: un penalti fantasma, fuera de tiempo y anotado por Cristiano Ronaldo como pretexto de su obscena exhibición abdominal”.

Sin lugar a dudas este párrafo tendría que estar colgado en El Prado de los horrores del periodismo deportivo español. La acusación tradicional de gente como Amón o Sámano -o de quienes aspiran a ser como ellos- a Pedrerol es que “hace periodismo de bufanda”. Al periodismo hipertrófico de Amón habría que buscarle, ciertamente, no una bufanda, sino la carpa de un circo, que curiosamente suelen ser rojiblancas. Sigo en el artículo del redactor de El País y colaborador, también, de programas como el de Alsina en Onda Cero: “Por eso Cristiano es el jugador perfecto. Un futbolista extraordinario, descomunal. Y al mismo tiempo, procaz, maleducado y estomagante.  Su grito de histérica vanidad aportan a la causa una perseverancia inquebrantable. Lo necesitamos como representación del mal”. Acaba aseverando que el árbitro echó a Buffon no por llamarlo bastardo ni por aspaventear a un palmo de su cara con los ojos desencajados, sino “para prevenir una sorpresa que no iba a tolerarse: Ronaldo toma carrera, dispara y su trallazo lo detiene la manopla del portero bianconero”.

Son sólo dos ejemplos. El País es la cabecera por antonomasia de la intelectualidad española. Los niños que estudian periodismo no quieren acabar poniéndole voz en off a vídeos en El Chiringuito, sino escribir sesudas reflexiones en El País porque El País da prestigio, estatus. El País le da a uno el pasaporte a la escala superior de los oficios no manuales de España, al club VIP de los que están por encima del bien y del mal. Podría escoger también a otros. El director del programa nocturno de la COPE, Juanma Castaño, por mentar a uno de los que se mueven entre el proletariado chiringuitero marginado dentro del gremio -proletariado que copa las audiencias, por otra parte- y la crema intelectual de la prensa escrita -que cada vez vende menos periódicos-. Cualquiera diría que el negociado de los periódicos y de las radios es la verdad, no el espectáculo, por mucho que el espectáculo venda más que los hechos desnudos. Un espectáculo sesgado, por supuesto. Antimadridista, naturalmente, porque el antimadridismo compendia las virtudes públicas que es necesario poseer para que a uno le den la pátina de respetabilidad en ese Olimpo del gran periodismo. Pero sospecho que la verdad nunca les interesó demasiado. Al menos con Pedrerol y su chiringuito sabe uno a qué atenerse.