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Paisajes del Real Madrid (III)

Paisajes del Real Madrid (III)

Escrito por: Athos Dumas24 abril, 2019
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El Pabellón de la Ciudad Deportiva

El primer recuerdo que tengo del viejo Pabellón es llegando con mi hermano mayor a una jornada del Torneo de Navidad, en el ya lejano año 1970. Me impactó mucho que, en un recinto plagado de anuncios azules con letras blancas de “Philips”, uno de los equipos que estaban jugando, ya con el partido comenzado, se llamase “Gimnasia y Esgrima”, cuando de un partido de baloncesto se trataba. Era uno de los clubs más prestigiosos de Argentina, y se estaban batiendo el cobre con el Juventud de Badalona (en 1970 no era ni el Joventut ni la Penya), con un equipazo en el que estaban Nino Buscató, Luis Miguel Santillana o los hermanos Margall, Enrique y Narciso. Después de ese partido se disputó el del Real Madrid, con unos nombres irrepetibles como Emiliano, Luyk, Brabender, Cristóbal, Paniagua, un jovencísimo Rafa Rullán, Toncho Nava y los hermanos Ramos, José Ramón y el que hoy en día es -para mi dicha y orgullo- un gran amigo, Vicente, que acabaron por arrasar aquella noche a la selección de Puerto Rico.

Era por entonces el Pabellón un recinto mítico, ya que, habiendo sido inaugurado un día de Reyes de 1966, al año siguiente fue testigo de la tercera Copa de Europa del Madrid de baloncesto en una final a cuatro en la que en semifinales se derrotó al Olimpia de Ljubiana y en la gran final al campeón del año anterior, el Simmenthal de Milán, por 91-83. El gran capitán, Carlos Sevillano, pudo alzar el trofeo ante un recinto abarrotado, con 5000 espectadores, 1000 de los cuales en entradas de pie. Hoy en día ese aforo puede parecernos exiguo, pero lo cierto es que resultaba ser una caldera infernal para todos los rivales en los partidos importantes. Recuerdo bien cómo, a finales de los 70, y sobre todo en partidos europeos, era casi imposible conseguir localidades para cuartos de final o semifinales ante equipos italianos o soviéticos. El acontecimiento más grande para mí era cuando se enfrentaba el Madrid con el Maccabi de Tel-Aviv. Íbamos a verlo muchas veces con mis compañeros del Liceo Francés, que eran simultáneamente madridistas y hebreos, como Jacobo, como Sara y como Meir y que realmente acudían a aquellos duelos con el “corazón partío”. Menudo quinteto titular de los “macabeos” el que ganó la Copa de Europa de 1977: Aroesti, Berkowitz, Silver, Boatwright y Perry. Un equipazo de época que siempre daba espectáculo y quebraderos de cabeza a los nuestros.

Recuerdo que estuve en la célebre exhibición de Walter Szczerbiak cuándo anotó 65 puntos ante el Breogán de Lugo (récord aún imbatido en la liga española) una mañana de febrero de 1976 en la que los locales aplastaron a los gallegos por 140-48, con unos registros de Walter de 25 canastas de 27 intentos (y 15 de 17 tiros libres). De haber existido los triples, posiblemente la anotación de Szczerbiak habría sobrepasado los 80 puntos.

En el fondo sur del Pabellón, lo mismo que hacía en el segundo anfiteatro sur en el Bernabéu, se sentaba siempre el fiel hincha El Tiri, con su inseparable megáfono, con el que animaba sin parar a los nuestros con su interminable “¡Hala Madrid!, ¡Hala Madrid!, ¡Hala Madrid!” que sonaba con un efecto metálico y algo enlatado que permanecía en nuestras cabezas durante horas.

Cientos de recuerdos como aquel en el que salí del Pabellón al mismo tiempo que un joven Fernando Romay, en un partido en el que no actuó. Tuve mi pie pegado al suyo, y, sin exagerar, su pie era el doble de largo que el mío. Me sentí más que nunca un liliputiense.

Un día imborrable, aunque muy triste, fue el del último partido de la liguilla final de Copa de Europa 78-79. Fue contra el Emerson de Varese (el antiguo Mobilgirgi, o el más antiguo aun Ignis), un colosal equipo que llegó a disputar nada menos que 10 finales de Copa de Europa seguidas entre 1970 y 1979, ganando 5 de ellas. La liguilla final la jugaron 6 equipos, a doble vuelta, y el ganador del Madrid-Emerson pasaba a la final contra el Bosna de Sarajevo, liderado por el gran Mirza Delibasic. Fue un partido intenso y vibrante entre dos enormes equipos -el Madrid era el campeón vigente tras ganar en 1978 precisamente al Mobilgirgi Varese en Múnich-. Al Real Madrid le faltaba su gran base Juan Antonio Corbalán, y al Emerson su capitán y líder absoluto Dino Meneghin. Me impresionaron por parte del conjunto italiano sus americanos Bob Morse y el impredecible Charlie Yelverton. Rafa Rullán se cargó de faltas antes de lo previsto y los últimos minutos los jugó de pivot el donostiarra Luis Mari Prada, que con el tiempo cumplido y con un resultado de 82-83 tuvo 3 tiros libres (con la antigua regla de 3x2 en la que se tenían tres opciones para anotar como máximo 2 tiros libres): marcando uno se iba a la prórroga, y marcando dos el Madrid se clasificaba para la gran final de Grenoble ante el Bosna. No pudo ser. Prada marró uno tras uno los tres tiros, y el Emerson venció en el Pabellón. Recuerdo que hubo lanzamientos de objetos, pero también una sonora ovación para los locales y para el gran rival italiano. Prada fue estigmatizado para siempre por sus tres fallos, pero también es de ley recordar que el año anterior, en Buenos Aires, su partido fue decisivo para lograr la Copa Intercontinental por tercera vez, batiendo a los locales del Obras Sanitarias -vaya con los nombrecitos de los equipos argentinos de baloncesto- por 103-104.

Multitud de partidos con cientos de victorias logradas hasta que, en 1987, en pleno boom del baloncesto en España, el Pabellón se había quedado diminuto y se decidió que el Madrid jugase en el Palacio de los Deportes, cuya capacidad de aforo duplicaba a la del Pabellón. En esos 21 años, de 1966 a 1987, el Madrid conquistó 5 Copas de Europa, 17 Ligas, 10 Copas y 4 Intercontinentales, además de 16 Torneos de Navidad. Y los que acudíamos con cierta asiduidad pudimos ver jugar a auténticos fenómenos del baloncesto como Bob McAdoo, con la Universidad de North Caroline en la Navidad de 1971, Dino Meneghin, Kresimir Cosic, Mirza Delibasic, Moka Slavnic con el -ya- Joventut, Marzoratti, al mexicano Manuel Raga, a los israelíes Berkowitz y Aroesti, a Epi y a su gran Barça de los 80, a la fabulosa selección soviética -con un joven Arvydas Sabonis destrozando el tablero en un brutal mate que hizo interrumpir la final del Torneo de Navidad de ante el Madrid durante casi media hora- o al gran Nikos Galis. Inolvidables también aquellos duelos como el de OK Corral entre Fernando Martín y Audie Norris que hacían saltar las chispas hasta la vecina Plaza de Castilla.

 

También fue el recinto del victorioso Real Madrid de voleibol, desaparecido en 1983 y con un gran palmarés de 7 Ligas y 12 Copas (6 dobletes). Solía jugar como local los domingos por la mañana, a veces a horas intempestivas (10:30) cuando coincidía con el equipo de baloncesto. La asistencia a sus partidos sobrepasaba rara vez los 1000 espectadores pese a su enorme dominio en las competiciones nacionales. He de decir que mi afición por el voleibol murió exactamente el mismo día que el presidente Luis de Carlos anunció, con un nudo en la garganta, su desaparición por la ruina económica que suponía la sección al club. Aún así, recuerdo con mucho cariño aquel equipazo que machacaba al Barça y al Atlético de Madrid, y a varios de sus componentes como Miguel Ocón, Feliciano Mayoral, Fernández Barros y mi favorito, Miguel Ángel “Chupi” Pérez.

 

No olvidaré mencionar que en el Pabellón tuvieron lugar varios conciertos míticos en los años 70 y en los 80, como Dr. Feelgood, Genesis, The Clash, Iron Maiden o Lou Reed. O de grupos españoles como Ñú, Nacha Pop o Leño. Sin duda, el más recordado y glorioso fue el del 22 de febrero de 1979 en el que actuó Queen al completo, con Freddy Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor, para promocionar su reciente álbum, “Jazz”, y en el que los asistentes vibraron toda la noche, pero en especial cuando sonaron los acordes de “Don’t stop me now”, su single más exitoso de aquel álbum.

Cuando el Madrid volvió al Pabellón, ya en 1999, con su nueva -y última- denominación como Pabellón Raimundo Saporta, nada era lo mismo. El equipo de voleibol ya no existía y el de baloncesto pasaba por una época oscura en la que no llenaba el Palacio -de ahí la nueva mudanza- y muy a duras penas el Saporta. Esa última época duró hasta 2004, y, deportivamente, lo único destacable fue la meritoria victoria en la liga 1999-2000, con el asalto épico al Palau Blaugrana liderado por Sasa Djordjevic y por los hermanos Angulo, Lucio y Alberto, éste último elegido MVP de la final.

En agosto de 2004 se demolió el Pabellón, un lugar rebosante de glorias deportivas cuyo final no estuvo a la altura de sus principios, y comenzó para nuestro equipo de baloncesto una peregrinación similar a la de Moisés y su pueblo saliendo de Egipto, pasando por los purgatorios de Vista Alegre, Madrid Arena, Caja Mágica y Torrejón, y que, afortunadamente, ya encontró un adecuado refugio en su nueva casa del reformado Wizink Center de la calle Felipe II.

 

CAPÍTULOS PAISAJES DEL REAL MADRID:

Capítulo 1: El Palacio de los Deportes de Madrid

Capítulo 2: La antigua Ciudad Deportiva

Capítulo 3: El pabellón Raimundo Saporta

 

6 comentarios en: Paisajes del Real Madrid (III)

  1. Estupenda serie de artículos. Hace que, aún sin haber estado en algunos de los sitios, sintamos como somos parte de ese público que aplaude a su Madrid en las distintas secciones del club.
    Esperando ya la cuarta entrega.
    Un saludo y gracias

    1. Muchísimas gracias, Raúl. Próximamente será el estadio Santiago Bernabéu, que va a merecer al menos dos o tres artículos. Un cordial saludo.

  2. Gracias señor Dumas por traer a la Galerna esta serie sobre los paisajes madridistas, que no son sólo pisajes, sino remembranza de toda una época, que también es la mía.
    Qué grandes recuerdos del "Pabellón" de la Ciudad Deportiva, en el que asistí a bastantes partidos de pie.
    Un pabellón en el que se fumaba, y que lleno de gente, tenía una atmósfera irrespirable, en la que no me explico como podían sobrevivir los jugadores.
    La primera vez que fui al pabellón, me sorprendió que la pista estaba por debajo del nivel de la calle, y por tanto a algunas localidades había que acceder bajando, en vez de subiendo.
    También recuerdo al joven Sabonis, poco conocido entonces, destrozando el tablero con un mate, y las lecciones de baloncesto que impartía el gran Mirza Delibasic, del que sólo disfrutamos dos temporadas.
    Un cordial saludo.

    1. ¡¡Es cierto!! Entonces se fumaba en las gradas, ¡parecía aquello a veces el Londres de Sherlock Holmes y de Moriarty! Muchísimas gracias, amigo Cillios.

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