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No vuelvas, Real Madrid

No vuelvas, Real Madrid

Escrito por: Jesús Bengoechea30 abril, 2020
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Antonio, el suegro de mi hermano, era un aviador militar de los de patilla en hacha, facciones afiladas y risa contagiosa. Irradiaba carisma y una irreverencia jocunda. Cómo olvidar el día en que nos vimos atrapados en medio de un pique de grada entre madridistas y bilbaínos que se saldó con uno de los nuestros (?) sacándose el rabo en ademán retador hacia los vascos y a una distancia excesivamente cercana a la calva de Antonio. Cómo olvidar la Liga que nos precipitamos en celebrar tras aquel gol de Maqueda ante el Atleti y que luego perderíamos en Tenerife. Pero que nos quiten lo bailado y lo bebido en los alrededores del Bernabéu a Antonio, a mi hermano y a mí.

Julio, mi cuñado, profesaba un madridismo orgulloso y absolutista, teñido de sorna y lógica. Cada verano se preguntaba en voz alta qué Maradona (el de los Cárpatos, el del Danubio, cualquiera menos el de Argentina) nos encasquetaría el mercado de fichajes. Cuando el Pelopincho y Robinson dejaban (a su juicio) demasiado clara su desafección por el Madrid, llamaba a la tele para pedir que se callaran. Estoy seguro de que Julio ya habrá tenido ocasión de aclarar al pobre Robin que no era nada personal. Como su hijo contó en este admirable artículo, pidió la tablet para ver la goleada al Deportivo que desembocaría en el doblete de Zidane. No despertó tras el descanso.

Luis, el Rubio, mi primo, siempre falsamente arrogante, siempre fiel a su papel de chulo de salón para las risas, presumía de tener el mejor abono del Bernabéu. El más centrado. La raya del centro del campo le pasaba precisa y exactamente entre huevo y huevo, decía. Era piloto de aviones comerciales. Él mismo contaba que, en cierta ocasión, llevó al equipo a jugar a Santander o Coruña y el pobre Helguera, que se moría de miedo al volar, se presentó en la cabina para ver si el capitán le calmaba. “No tienes nada que temer. Todo saldrá bien. Pero una cosa te digo: eres el auténtico cáncer del equipo”. Esto contaba la leyenda que Luis le dijo a Helguera en aquel vuelo, y la leyenda era el propio Luis. Helguera, cuando hace unas semanas el puto Covid se llevó a Luis, me escribió por Twitter para manifestar su desolación por el fallecimiento de mi primo, con quien más tarde seguiría en contacto. Lo del cáncer nunca se lo dijo, o se lo dijo con tanto desparpajo que Helguera se descojonaría. Nunca lo sabremos. Luis contaba la vida para dar espectáculo, sin perjuicio de que la vida a veces sea espectacular.

No vuelvas, Real Madrid. No tengo prisa por recuperarte sin ellos alrededor. Sin Antonio. Sin Julio. Sin Luis. No es que celebremos las victorias con quienes queremos, es que el Madrid gana para que las celebremos con ellos, única y exclusivamente. Quedan otros (y muy importantes) con los que celebrar, pero ya hemos sido lo suficientemente amputados para que el cielo, que es el Madrid, pueda esperar. Es triste lo que digo, y probablemente sea temporal. Pero no aliento ahora mismo la menor urgencia en recuperar mi faceta de seguidor del Madrid, no al menos la de seguidor prospectivo que se emociona con la esperanza del siguiente partido y se pone nervioso cuando éste comienza. No quiero eso ya. No ahora, al menos. Me contento con recordar las glorias pretéritas, la historia que tú hiciste. Estoy conforme con este barbecho en que se encuentra coyunturalmente la historia por hacer. Soy presa de la melancolía, de la nostalgia por los que perdí, como esos viejos que miran álbumes de fotos roídos por el tiempo y no tienen ganas de renovar su colección de imágenes porque les da pereza lo digital.

Envejecer era esto, tal vez. Perder la ilusión por ver al Madrid a cuenta de los madridistas que se quedaron por el camino. Este Madrid congelado en el tiempo, con su césped convertido en almacén sanitario y sus estrellas dando en sus casas pataditas a rollos de papel higiénico, armoniza con el estado de mi corazón de una manera tan precisa que el cuerpo me pide quedarme así. Este stand-by que a muchos saca de quicio a mí empieza casi a seducirme, con la seducción que ejerce el vacío sobre los suicidas más tristes y sonrientes. Te amo, Real Madrid, pero puede ser que ya me hayas dado lo suficiente. No solo no tengo autoridad moral para pedirte nada más, por cuanto ya me colmaste de gratis tantas veces; es que tampoco sé si quiero que me lo des cuando ya no habrá algarabía con Antonio, abrazos serenos con Julio, cachondadas jubilosas con Luis.

Se me pasará, probablemente. Se renovará la expectativa. Defenderé a Zidane cuando desembuche el próximo once, que será el más esperado de la historia del Madrid. Vibraré en mi butaca otra vez, en mi localidad del lateral de Castellana algún día incluso. Ahora, sin embargo, no tengo fuerzas más que para abrazar una resignación casi dulce. Las cosas, de momento, están bien así, y lo estarán hasta que Antonio y Julio y Luis me den permiso para renacer.