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Sobre la importancia de ver fútbol en adecuada compañía

Sobre la importancia de ver fútbol en adecuada compañía

Escrito por: Gonzalo Gómez Bengoechea30 agosto, 2017
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El 18 de abril de 1993 mi padre me llevó por primera vez al Bernabéu. Jugaba el Madrid contra el Cádiz. De aquel partido recuerdo su vértigo por lo alto que estaban nuestras butacas, que ganamos 3-1 y que marcaron Butragueño (dos) y Zamorano.

Veinticuatro años y 8 días después, mi padre vio su último partido. El Madrid se jugaba la liga en Riazor y él peleaba por su vida en una habitación de hospital. Unas horas antes había recibido la unción de enfermos. Aunque era consciente de la gravedad de la situación, no dejó de sonreír ni un momento, como si aún le quedara algo por hacer. Nada más irse el cura, nos pidió que bajáramos a por la clave del Wifi para poder ver al Madrid en su iPad.

Reconozco que no le hice el menor caso. Pensé que estaba algo ido por la morfina y salí de la habitación a intentar descansar un rato. Bajé a por una Coca-Cola y cuando volví, unos minutos después, estaba con mi madre y mi hermano zapeando como loco, buscando en la tele el canal donde ver el partido. Le recordé que no podría verlo en la tele normal porque “lo ponían en el plus” (no estábamos para entrar en detalles sobre las distintas plataformas donde poder verlo) y me bajé a pedir acceso a internet para la tableta.

Contra todo pronóstico, el ancho de banda del hospital fue capaz de permitir una conexión limpia y sin interrupciones y, antes de que nos diéramos cuenta, el Madrid se estaba jugando la liga en Coruña y mi padre había dejado de morirse. A los 55 segundos celebraba el gol de Morata y, doce minutos después, el de James. Aunque su respiración era cada vez más dificultosa, comentaba cada jugada como si estuviera en el salón de su casa. Como tantas veces habíamos hecho.

Los no futboleros suelen preguntarnos a los forofos de cualquier equipo qué vemos en once tíos corriendo en calzoncillos detrás de una pelota. Aquí va la respuesta definitiva: no vemos absolutamente nada. Es una excusa. Un ardid para abrirnos, conocernos y hablar de las cosas verdaderamente importantes sin cursilerías.

Mi padre jamás me dijo algo como “en la vida hay que trabajar duro para que te vaya bien, el talento solo no vale para nada”. Sin embargo, le vi un millón de veces criticar a los jugadores que no corrían a por un pase largo o que no metían la pierna en un balón dividido. También tuvo la deferencia de ahorrarme cientos de charlas sobre la importancia de encontrar tu hueco en el mundo para poder dar el máximo. El Madrid nos habilitaba atajos, trucos comunicativos para decir lo mismo de una forma más directa: “ya verás cómo Guti va a ser mejor entrenador que jugador”.

Muchos años después de aquel bautismo contra el Cádiz, el Madrid ganó su séptima Copa de Europa. Vi la final en casa con él. Hice lo mismo con la octava, la novena y la décima. Para mí era un acto de fe: si lo veíamos juntos ganábamos seguro. Aunque con los años cada vez tenía más alternativas para ver las finales con amigos yo siempre opté por quedarme a su lado. Después de tantos años, no haberlo hecho habría sido como si Sam, a los pies del Monte del Destino, le hubiera dicho a Frodo que ahí se quedaba y que ya se verían a la vuelta en Hobbiton.

Cuando llegó la final de Milán cambié de plan. Él ya estaba enfermo y yo quería tener la tranquilidad de que, si algún día nos dejaba, el sortilegio no se rompería y el Madrid seguiría saliendo airoso de estos trances. Y así fue. Ganamos la undécima y lo celebramos y comentamos por teléfono, como solíamos hacer después de cada partido de liga.

En todo eso pensaba cuando Lucas Vázquez metió el tercero al Deportivo, casi en el descanso. Mi padre dio por zanjado el partido y la liga: “esto ya está ganado. Me voy a dormir”. No se despertó. Supongo que, a estas alturas, ya sabrá que ganamos 2-6. Guardo una foto de aquel momento. Sus manos sostienen el iPad mientras el Madrid ataca. El live del iPhone a veces me juega una mala pasada y la foto se pone en movimiento. Es entonces cuando recuerdo lo agradecido que le estoy por haberse quitado importancia hasta para morirse; no creo que le hiciera ninguna ilusión, pero una liga es una liga.

La final de Cardiff me pilló en Ronda, su lugar de nacimiento. Habíamos ido, unas semanas después de su muerte, a ver a amigos y familiares. Cuando acabó el partido tuve el impulso (aún hoy lo tengo) de coger el teléfono y de llamarle a comentarlo. Tras unos instantes de duda opté por dejarle un mensaje en el contestador diciéndole que el Madrid seguía ganando Copas de Europa, que estábamos todos bien y que no se preocupara, que había dejado al equipo en buenas manos. También le dije que se había ahorrado un mal trago no viendo la primera parte de la Juve, que menos mal que supimos reaccionar y recuperar el control… Un atajo como cualquier otro para ahorrarnos pedanterías sobre cómo no hay finales felices sin congojas previas.