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Más series como la de Beckham contra los parones

Más series como la de Beckham contra los parones

Escrito por: Pablo Rivas13 octubre, 2023
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Los parones de selecciones constituyen un desierto árido que cada uno se ve obligado a atravesar de la manera menos mala posible. Espero que nadie se atreva a rebatir el hecho de que se trata de una prueba de supervivencia nada desdeñable. No, no se rían ni me llamen exagerado. Ahora que Halloween está más o menos próximo, cualquier día temo encontrarme una sombra en el espejo que se identifique como “el chico del parón” y me haga estremecer al señalarme con una mano inerte una hoja del almanaque mientras afirma con voz trémula que “en esa jornada FIFA se mató él”. Bromas aparte, como mínimo convendrán conmigo en que no está el mundo especialmente llevadero para renunciar a los escasos refugios que nos quedan. De modo que comprenderán que, para superar la abstinencia, se recurra a lo que sea. Y cuando digo lo que sea, me refiero a las peores aberraciones que uno es capaz de imaginar. Desde iniciarse en la escalada a, qué sé yo, leer a Murakami. O incluso, horresco referens, bucear por el catálogo de Netflix.  

No estoy orgulloso, pero he de confesar, ustedes me perdonarán, haberme inclinado por la tercera opción en un arrebato de pura desesperación. No sean muy duros, les aseguro que en el pecado llevé la penitencia: como era de esperar, la asombrosa combinación de inanidad y de morbo aumentaron exponencialmente mi desidia antes que aliviar mi alma. En un momento dado mi imagen fue la de la más pura decadencia: medio cuerpo fuera del sofá, la cabeza suspendida en una posición diagonal incompatible a medio plazo con la vida, mientras pasaba ante mis ojos toda una ristra de ficciones “basadas en hechos reales” acerca de los más truculentos criminales que en el mundo han sido. Solo faltaba Jaime Chávarri con una cámara. A estas alturas, hasta el más cínico de los lectores habrá sentido siquiera una pizca de compasión. Sin embargo, los cristianos saben que incluso en Sodoma siempre hay un puñado de justos, y también en semejante acumulación de fruslerías audiovisuales se puede, de vez en cuando, encontrar algún plato apetecible. Así que, cuando ya me hallaba al borde del colapso, de repente surgió un rostro familiar, cálido, amable, que me invitó a pulsar el play. Recordé en aquel instante balsámico que hubo un alcalde en el Madrid de los ochenta que dijo que Dios nunca abandona a un buen madridista, o algo similar. La cara, por cierto, ya habrán adivinado a quién pertenecía. No podía ser otra que la del incontestable protagonista de los últimos días en la plataforma de las letras rojas. Me refiero, cómo no, a David Beckham.

En efecto, el soma que me está permitiendo capear este parón de selecciones es la miniserie documental recién estrenada en Netflix acerca de la carrera del último de nuestro Galácticos. Y reconozco sin ápice de vergüenza que la he disfrutado mucho. No tanto por la calidad del producto, que a mi juicio adolece de varios defectos, los cuales mi condición puntillosa me obliga a comentar. En primer lugar, la duración de los capítulos es algo excesiva, lo que contribuye a una sensación de cierta reiteración cuando el guion da vueltas a un mismo suceso durante demasiados minutos. En segundo lugar, no dudo del sufrimiento de la familia Beckham con el acoso de los tabloides y de la despreciable prensa del corazón, si bien me cuesta algo más empatizar con los lamentos repetidos por tantos cambios de domicilio y hogar; sin pretender caer en la demagogia, conviene ser proporcionado a la hora de valorar determinadas cotidianidades como terribles dramas si uno quiere evitar acabar caricaturizado como una versión noventera de Los ricos también lloran. Por último, todos estos biopics comparten un problema común: una vida humana no tiene sentido narrativo, pero la película o serie lo necesitan, y tratan de buscar ese sentido narrativo en la vida que pretenden recrear, intentando que esta encaje en la estructura planteamiento-nudo-desenlace. Como si todos los hechos sucedidos desde el inicio en la vida de una persona ya hubieran ido perfectamente encaminados hacia la conclusión, como si existiese un destino que se proyecta sobre lo previo.

Pero no sería justo quedarse únicamente con lo mejorable. Los capítulos se gozan incluso cuando aparecen personajes desagradables. Memorable el papel de Simeone, prestándose con cierta gracia a hacer de malo oficial en el affaire de la expulsión de Becks en el Mundial de Francia; termina reconociendo con una media sonrisa irónica que efectivamente exageró la agresión del inglés, pero qué se le va a hacer, Giacobbe, el mundo es así y no lo he inventado yo. El mismo Álex Ferguson, figura insoportable -“al Madrid no le vendería ni un virus”dijo una vez, al borde del cólico miserere; lo que nunca pudo hacer el pobre hombre fue eliminarlo con su Manchester United- que yo temía que fuese edulcorada en virtud de sus “cualidades paternales”, aparece adecuadamente retratado con sus luces y con sus abundantes sombras. Por otro lado, el rostro angelical de David no solo nos saca una sonrisa cuando refulge al enfundarse la zamarra blanca; también cuando se permite juguetear con el sarcasmo en su relación con Victoria y sus hijos, preguntando a la Spice pija por la marca del coche en la que la llevaba su padre, tras haber presumido la Adams de orígenes working class.

Finalizada la serie, entre los posos de buen rollo queda flotando una cuestión muy actual que alude al madridismo. A menudo se ha reflexionado acerca de cómo debe afrontar el Real Madrid el relato que vende al exterior de sí mismo como institución. Esta clase de documentales vuelve a poner el foco en el asunto. Sobre este particular alguna vez me he extendido: personalmente creo que el Madrid no debe imitar a otros equipos que se han construido relatos identitarios cerrados, arquetípicos, prefabricados, que establecen las condiciones para ser correctamente de un equipo –“somos el equipo del pueblo”, “somos el equipo de tal país”, “somos el emblema del estilo tiki-taka”- y que aglutinan al rebaño –“los de fuera no lo pueden entender”- pero al mismo tiempo lo constriñen.

el rostro angelical de David no solo nos saca una sonrisa cuando refulge al enfundarse la zamarra blanca; también cuando se permite juguetear con el sarcasmo en su relación con Victoria y sus hijos, preguntando a la Spice pija por la marca del coche en la que la llevaba su padre, tras haber presumido la Adams de orígenes working class

No, el Madrid debe dejar que cada simpatizante merengue viva su afición y su relación con el club de la manera en que lo estime oportuno, sin un patrón predefinido, la camiseta blanca dispuesta a ser un lienzo donde cada uno vuelca sus motivos más íntimos. Sin embargo, en mi opinión sí debe hacer por extender su propio relato de otra forma: no como una homilía oficialista sino narrando, acaso en forma de miniseries documentales, todo ese crisol de historias, tanto de estrellas galácticas como de personajes secundarios, que han ido conformando la argamasa de la entidad. Sé que Real Madrid Televisión ha trabajado en ello, mas quizá una apuesta más ambiciosa, que involucre a las grandes distribuidoras -un poco lo que se trató de hacer con Apple, pero más pulido y más hacia el mainstream-, sea una buena solución.  Imaginen en el estreno de una miniserie similar sobre un jugador, entrenador o -¿por qué no?-presidente madridista en cada parón de selecciones. Un antídoto simultáneo contra el antimadridismo y contra el desencanto de estas fechas. Soy consciente de que empecé este artículo con un cariz humorístico, pero verdaderamente creo que merece la pena darle una vuelta. Al fin y al cabo estos días, ay, tenemos tiempo para hacerlo.        

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