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Kroos, Modric y Cristiano, las estrellas del Mundial

Kroos, Modric y Cristiano, las estrellas del Mundial

Escrito por: Mario De Las Heras24 junio, 2018
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El sábado, en ese estadio Fabergé, Toni Kroos recordó en el momento preciso que era del Real Madrid. Esa falta en el lateral del área era el destino. Es como si Jor-El se le hubiese aparecido para decirle con voz cavernosa: “Toni, confía en ti, hijo mío”. Toni habitualmente es pausado y saltarín. Su contundencia es tímida. Toni es ese jugador al que nadie nombra porque no hace falta. A Toni no se le presuponen dudas. Toni no falla. Es esa pieza del engranaje con la que siempre se cuenta para que funcione la máquina. Cuando Löw hizo su lista no contó con él porque ya estaba escrito. La lista, el papel, venía con “Toni Kroos” impreso por defecto.

En el minuto noventa y cuatro con cuarenta y dos segundos, Toni recordó en Sochi que era del Madrid. Vio la pelota y la barrera y la trayectoria. Que Toni iba a tirar aquello fue una comprensión instintiva. Como si estuviera también escrito desde siempre. Toni se puso allí delante y se agachó como si estuviese a punto de sacar en tenis. Era el ace o la derrota. Fue como si se encendiera. Toni se arrancó y se aceleró. Salía humo invisible de sus orejas y, al oírse el pitido, ya no le vimos correr. Era Superman contra el tren. Nadie vio el disparo, sólo sus efectos. Fue el efecto del Madrid. Lo sintieron hasta en Sport. Lo sintió hasta Relaño.

Era la leyenda golpeando otra vez por todo el mundo. Fue por unanimidad la rendición inmediata. Esa cosa madridista la reconoce todo el mundo. Los alemanes se subieron a ella como a una tabla tras culminar la cresta de la ola y saludaron ahí subidos y orgullosos a los de la playa. El Madrid es el mejor surfing se juegue con la camiseta con la que se juegue. Que se lo digan a los croatas con Modric irradiando desde el centro del universo su madridismo imperial. Modric juega con un casco dorado con penacho de plumas. Modric va hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Sube un poco, corta, ordena. Quiere lanzar y se atreve. Hay un poco de redondismo ahí. Redondo no tiraba nunca y todo el mundo quería que tirara aunque aceptaba, con estoica contención, que no lo hiciese.

Modric cogió el balón, lo paró y luego se fue a la izquierda y luego a la derecha e hizo lo que no hace casi nunca. Disparó hacia el palo derecho en la frontal como para que se fuera, que es el secreto para que no se vaya. Si Toni marcó un gol salvador, Luka marcó un gol certificador. Ese gol fue como el golpe del sello de un funcionario del imperio ruso del que podrían haber escrito Gogol, o Dostoievski, o Turguenev hace siglos. De hecho, ese gol ha quedado escrito así: como una línea inmortal. Ese gol dice, por lo menos: “Llamadme Ismael”. Y todo lo que viene después, es decir, Moby Dick, es Cristiano Ronaldo.

Cristiano es la ballena blanca a la que persiguen con malsana y enfermiza obsesión cientos de Ahabs con el cerebro de palo. Cristiano tiene toda la fuerza suya y toda la fuerza aprehendida y sintetizada en Chamartín, y todo eso junto se lo ha llevado a Portugal a la que arrastra como un titán, incluso sin su beneplácito. El de Cristiano es un portuguesismo particular. Ese cristianismo que se ha propuesto evangelizar el mundo gracias al impulso de esa química que ya está en las células de su cuerpo de estatua griega y en lo más profundo de su alma sedienta de triunfo. Ese Cristiano heroico y factótum es el Madrid. Ese gen, el del Madrid, es el que sostiene y eleva a Alemania, a Croacia y a Portugal, y el único que, hasta ahora, da verdadera emoción al Mundial.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.