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Gaitas borrascosas, el secreto de Luis Enrique

Gaitas borrascosas, el secreto de Luis Enrique

Escrito por: Fred Gwynne29 diciembre, 2022
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La rivalidad entre Luis Enrique y Amanciu Morán empezó en el instituto. Los dos, inseparables amigos desde la infancia, se apuntaron al Grupo de gaitas “Aires d’Asturies” y los dos se enamoraron de la misma mujer, la que tocaba el tambor, una chica preciosa, de Oviedo: Marisa Burgos. Su enfrentamiento era un espectáculo: subían, subían, subían, soplaban, soplaban, soplaban, aquello era insuperable. Venía gente de toda la comarca a verlos tocar, nunca nadie puso tanto empeño en enamorar a alguien con una gaita. La tarima era un ring de boxeo, competían con sus mejores notas, se pavoneaban delante de ella. Lástima que aquello acabase tan mal, empezaron a sabotearse mutuamente, que si te pongo un chicle en la boquilla, que si te lleno la gaita de sidra, que si te coloco unos oricios en el asiento del autobús, lo normal entre guajes enamorados. Un día, en la feria de gaitas de Ribadesella, media hora después de terminar la actuación, Amanciu y Marisa desaparecieron. Cuando Luis Enrique se dio cuenta se volvió loco, daba tumbos bajo la lluvia como si fuese el canónigo Fermín del Pas deambulando por Vetusta.

Un mes más tarde, destrozado, incapaz de soportar el noviazgo de Amanciu y Marisa sin que las entrañas le quemasen, Luis Enrique del Pas colgó la gaita y empezó a jugar al fútbol.  Toda la rabia contenida la empleó en el campo de juego, era lo único que mitigaba su furia. Cada vez que daba una patada a un rival veía a Amanciu Morán, cada vez que rompía una nariz, clavaba los tacos, metía el codo o forcejeaba, veía a Amanciu Morán. Esa lucha, ese espíritu, llamó la atención del Sporting. Al terminar COU su vida dio un vuelco. Su debut se produjo un 24 de septiembre de 1989, en un partido contra el C.D. Málaga disputado en El Molinón.

Luis Enrique Sporting de Gijón

Luis Enrique nunca más supo de aquella pareja, fueron sepultados por el tiempo, el rencor se diluyó, y su gaita, la que le había dado tanta fama como desconsuelo, se quedó sin fuelle.

Hasta que llegó el mundial…

Rubiales estaba en Motril, sentado en el despacho de su casa, ultimando todos los detalles de la próxima reunión con el nuevo seleccionador. Quería empezar de cero, tener todo controlado, ni podía dejar cabos sueltos ni podía volver a permitirse un nuevo fracaso como el del mundial. El ridículo le había salpicado y su puesto —y especialmente el multimillonario sueldo que cobraba gracias a él— necesitaba estabilidad.

Aquella vieja noticia le preocupaba.

Rubiales preocupado

Volvió a leer las declaraciones de Luis Enrique:

“Llevaría a 25, hay uno que no llevaría, haría un cambio, pero no lo voy a decir, sería muy feo, quitaría uno y traería otro”.

Llevaba muchos años en el fútbol y su olfato nunca fallaba. ¿Por qué no quería Luis Enrique volver a convocar a un jugador de la selección? ¿Había un ambiente enrarecido por ese jugador, una lucha de clanes que podría romper la estabilidad del grupo? Si el jugador era del Barcelona, algo muy factible teniendo en cuenta el número de convocados de ese equipo, podía tener problemas. ¿Quién era aquel jugador al que Luis Enrique no volvería a llevar a un mundial? ¿Cuáles eran los motivos? Aquello olía mal, muy mal, no podía empezar un nuevo ciclo sin conocer todos los detalles. Era un luchador, nadie le iba a romper las piernas.

Desgraciadamente Luis Enrique no le hablaba, la relación estaba rota desde su destitución. Los jugadores a los que había tanteado, por desconocimiento o por los estúpidos códigos del vestuario por los que se regían, tampoco soltaban prenda. Barajó varios colaboradores a los que encargar aquel trabajo. Dos minutos después tuvo la certeza de que ninguno de ellos estaba capacitado para una empresa tan intrincada como aquella. Necesitaba un profesional, un auténtico profesional, honesto, curtido, alejado de las cloacas del fútbol español, capaz de escudriñar, preguntar con pericia, meter el hocico en el barro y llegar a la verdad.

Aquella investigación requería al número uno, el rey de las pesquisas. Cogió su móvil y marcó un número mientras tatareaba “Nunca llueve al sur de California”.

El teniente Colombo se paró delante de la puerta, tocó el timbre, alisó su gabardina y se rascó la cabeza. Unos segundos después se oyeron unos pasos y apareció, bajo el dintel, un sonriente Busquets vestido con botas de fútbol, la equipación completa de la selección y un balón bajo el brazo.

—Pasé, adelante, le estaba esperando, es un honor conocerle.

—Siento llegar tarde, he tenido un pequeño problema con el transporte. ¿No tendrá un café bien cargado?

—Sí, en la cocina, acompáñeme… es allí, al fondo de pasillo…

Colombo y Busquets

El teniente se tapó la boca con la mano y bostezó con disimulo. Perro, su fiel sabueso, y él habían llegado a España hacía pocas horas y todavía arrastraban la diferencia horaria. Perro se había quedado en el hotel, dormido encima de la cama. Aquel viaje trasatlántico y el sueño atrasado le había pasado factura. Colombo, acostumbrado a las excentricidades de los millonarios de Los Ángeles, miró de reojo a Busquets y pensó, mientras los tacos de sus botas de fútbol repiqueteaban contra el suelo de cerámica, que aquel caso le iba a dar más trabajo del que pensaba.

—Entre, ahí tiene café y unas pastas. Bienvenido a Madrid.

Colombo se sirvió un café, le dio un sorbo y sacó un puro del bolsillo de su camisa.

—¿Le molesta?

—No, pero a mi mujer sí, ¿le importa si salimos al jardín?

—No, le entiendo perfectamente, mi mujer siempre me dice lo mismo, no soporta el olor de mi ropa.

Se sentaron cerca de la piscina, en un pequeño porche descubierto. El día, a pesar de ser diciembre, no era muy frío. Los rayos del sol se colaban entre las nubes. Colombo encendió su puro y le dio una larga calada.

—Me avisó Rubiales de su llegada, teniente. Me honra con su visita, mi madre siempre me ha hablado de usted, es su mayor fan. Desgraciadamente creo que no voy a poder serle de gran ayuda.

—Nunca se sabe, señor Busquets, a veces cualquier pequeño detalle es suficiente. Estos son los jugadores convocados —dijo Colombo mientras le tendía la lista—. Luis Enrique dice que no volvería a llamar a uno de ellos, solo a uno, confío en que pueda iluminarme.

Unai Simón, Robert Sánchez, David Raya; Dani Carvajal, César Azpilicueta, Éric García, Hugo Guillamón, Pau Torres, Aymeric Laporte, Jordi Alba, José Gaya; Sergio Busquets, Rodri, Gavi, Carlos Soler, Marcos Llorente, Pedri, Koke; Ferran Torres, Nico Williams, Yeremi Pino, Álvaro Morata, Marco Asensio, Pablo Sarabia, Dani Olmo y Ansu Fati.

Convocatoria España Catar

Sergio miro la lista y no pudo evitar que se le encogiese el estómago. Soltó el balón y apoyó sus manos en la encimera. Se sentía un poco mareado.

—No puedo ayudarle, teniente, entiéndame, esto son cosas del vestuario, ya sabe, lo que pasa en el campo se queda en el campo, y lo que pasa en el vestuario también. No sé si me explico.

—Perfectamente. ¿Y si yo digo un nombre y usted simplemente asiente o niega con la cabeza?

—No insista, Colombo, soy una tumba, no va a sacar nada de mí, pero pruebe, pruebe, no pierde nada.

—Pedri.

Busquets miró fijamente a Colombo. Deseaba hablar, desahogarse. Aquello le quemaba por dentro, su psicólogo no era suficiente.

—No quiero que mis palabras salgan de aquí. La selección me ha estresado y ya quiero pasar página, ser el capitán me ha llevado al límite, no se imagina la responsabilidad que he soportado. Llevo varias noches sin dormir.

—Puede confiar en mí.

Busquets suspiró y tomó aire como si fuese a sumergirse. A continuación comenzó a hablar atropelladamente.

—Está muy bien tirada, teniente, creo que Pedri es el que más boletos tiene. Lo de Pedri fue insoportable, es un friolero. El aire acondicionado lo mata. ¿No vio cómo desaparecía de los partidos? El aire, Colombo, el puñetero aire. Y todo el día con la tabarra: “Míster, qué frío”, “Míster, así no hay quién entrene”, Míster p’aquí, Míster p’allá. El día que pidió que encendiésemos la calefacción casi lo matamos, en Catar, por el amor de Dios, que íbamos todo el día sudados y oliendo a tigre. Yo a Pedri lo quiero mucho, pero hay días en los que lo estrangularía.

Pedri: “Aún me dura la pulmonía”

Colombo sacó su libreta y empezó a tomar notas. No necesitaba hacer preguntas, Busquets había cogido carrerilla…

—Y lo de Gavi, ¡ay, Señor! lo de Gavi, su noviazgo con la infanta también fue un disparate. Llamadita va, llamadita viene. “Gavi, churri, te llaman de la Casa Real”, no vea usted el cachondeíto que nos traíamos, hasta escolta le pusieron, un armario empotrado de casi dos metros, un bigardo de las fuerzas especiales que le seguía a todos lados. Un día, después de un entrenamiento, a Luis Enrique se le hincharon las pelotas y lo mandó a tomar por culo.

—¿A Gavi?

—No, al bigardo, tuvieron una buena, casi llegan a las manos. Al final creo que hubo alguna llamada a Zarzuela y se calmaron los ánimos.

—¿Alguien más?

—Ferran, teniente, Ferran, que es un cielo y no levanta nunca la voz, también nos volvió locos, bueno, más que Ferran, la hija de Luis Enrique, su novia, que tiene un carácter de mil pares de demonios, parece vasca, joder. Tenía a su padre de los nervios.

Papá, ya sabes, ni psicólogo ni descanso ni leches, entreno y entreno, y a las diez en el hotel, a ver si se me va a liar con una golfa catarí.

—Había días en los que Luis Enrique desayunaba con ojeras, derrotado. Yo creo que le llamaba todas las noches media docena de veces para preguntarle por su novio:

—Papa, ¿está ya Ferran en la habitación? No me mientas, ¿a qué hora ha llegado?

—Pero cariño, que son las cuatro de la mañana, estamos todos en la cama, nadie sale de noche, está prohibido.

—Papá, que no me mientas, que tú no conoces a Ferran, muy majo, sí, pero gooooolfo como él solo, que los goles que no mete en el campo los mete en las discotecas. ¿No puedes mirar en su habitación?

Colombo se subió el cuello de la gabardina. Las nubes se habían apoderado del cielo y el frío, con el sol ya desaparecido, empezaba a molestarle. A Busquets no parecía incomodarle.

—Un infierno, se lo juro, teniente, la selección era un infierno.  Y yo, como capitán, lo sufría más que nadie. No era persona, la tensión me sobrepasaba. Es un grupo de tarados, lo extraño es que Del Bosque haya dicho que no volvería a llevar solo a uno, yo no llevaba a nadie, están todos como cabras. Ferran, si yo le contara, ay, Ferran, o Koke, a Koke no hay quien lo soporte. Siempre andaba a su aire, hablando solo. Era como una aparición, se abría el ascensor y allí estaba él, girabas el recodo del pasillo y te lo encontrabas, mirabas debajo de la mesa del comedor y lo veías allí, bajo el mantel, en la posición del loto, recitando algo. Yo temía que terminase como Jack Torrance en “El resplandor”. Y los catarís, pobres catarís, esos se llevaban el premio gordo, catarí con el que se cruzaba, catarí al que le soltaba una parrafada de tres pares de cojones: “Orgulloso de no ser como vosotros”, “Enamorado del Atleti, no lo puedes entender”… Ya sabe cómo son de pesados. Los camareros del hotel cuando lo veían salían por patas o se escondían detrás de los cortinajes.

—¿Ves? No nos pueden entender.

—Coño, Koke, que son catarís, normal que no te entiendan.

Koke y Luis Enrique

Colombo empezó a tiritar. La temperatura había bajado muchos grados, el cielo estaba negro y no tardaría en llover. El frío se le había metido en los huesos y él estaba acostumbrado al calor de Los Ángeles. Apagó su puro en el cenicero, lo metió en el bolsillo de la gabardina y se incorporó.

—¿Entramos dentro?

—Y Alba, joder con Alba, teniente, ese era el peor, tiene celos de mi capitanía, un día mien…

—¿Te importa que entremos dentro? Tengo un poco de frío.

—Ramos, no se olvide de Ramos, todo el día cantando flamenco. O Llorente con su comida prehistórica o como se llame. Y ese, el portero ese al que no lo conocía nadie, Raya, uno que vino de un equipo inglés de chichinabo. Y Arbeloa, Arbeloa era el peor, Colombo, el peor, yo creo que después de aquello Luis Enri…

Colombo se levantó y entró al salón. Dejó a Busquets en el porche, hablando solo. Cogió un butacón, lo acercó a la cristalera y tomó unas cuantas notas. Le escuchaba perfectamente, con tanta nitidez que cuando contó, entre gemidos, lo de la paternidad de Luis Enrique no le hizo falta apuntar nada más.

De vez en cuando levantaba la cabeza y le veía gesticular. Empezó a llover. Busquets seguía impertérrito, calándose bajo la lluvia, hablando como si Colombo siguiese allí, frente a él. Cuando vio que se desnudaba y empezaba a dar vueltas corriendo alrededor de la piscina, se levantó del butacón y se marchó. Allí no había mucho más que hacer. Lo último que escuchó al abrir la puerta de salida fue un grito y el ruido de un chapuzón.

Busquets piscina cuento

El libro conmemorativo “50 años del nacimiento del grupo de gaitas Aires d’Asturies. Historia de una pasión. Han pasado en un soplido” le llegó a Luis Enrique, vía correo certificado, dos días antes de partir para Catar. Estaba envuelto en papel de regalo, sin remitente. Cada capítulo del libro correspondía a un año de la exitosa carrera del grupo. Luis Enrique fue al índice y buscó 1987. Al abrir la página correspondiente un sobre con su nombre escrito cayó al suelo. Al ir a recogerlo, las manos se le quedaron inmóviles a medio camino, en el aire, suspendidas como el tiempo que llevaba esquivando aquel recuerdo. Conocía aquella letra, era su letra. Cogió el sobre, se sentó en el sofá frente a la chimenea y sacó, temblando, la carta que contenía:

 

Amáu Luis, pasaron más de trenta años y la to gaita sigue resonando nel mio corazón. Llevo décades pensando n'escribite, n'abrir la mio alma y cuntate lo qu'asocedió aquella nueche na qu'escapé con Amanciu. Yo taba lloca por ti, Luis, tan lloca que fixi lo que fixi contigo naquel prau al salir del chigre, pero queríavos a los dos, taba confusa y escoyí mal, equivoquéme, nunca naide amóme como tu. Si agora llees estes palabres ye porque nun puedo cargar más tiempu con esti secretu, ye un pesu que nun puedo llevar sola, que preciso cuntate d'una vegada por toes. Tengo un fíu to, Luis, un fíu que te despinté. Nunca quixi entemeteme na to carrera nin na suya, nunca-y falé de ti y a ti nunca-y falé d'él, sois dos desconocíos que compartieron munches vivencies, trabayando a comuña. Sí, amáu Luis, el mio fíu salió futbolista igual que tu, xuega al to llau, al llau del so padre. Yo véovos xuntos y l'arguyu enche'l mio corazón. Él como capitán y tu como entrenador. Intenté dícitelo mil vegaes y siempres, a la de la verdá, el mieu paralizóme. Dios y tu perdonéis la mio cobardía. Sí, amáu mio, pue que Amunike nun sía'l to padre, pero Sergio Busquets sí ye'l to fíu.

Al poco de la to marcha, emigré a Sabadell, a casa d'unos tíos, sola, embarazada, ensin más futuru que l'amor pol nuesu fíu. Ellí, unos años más tarde, casé con un bon home y col tiempu, desgraciadamente, enviudé. Sergio creció ensin saber nada del so padre biolóxicu. Güei yá lo sabe tou, igual que tu. Él ganó un padre y tu ganasti un fíu.

Llámame, Luis, retomemos lo que dexamos, formemos una familia.

To siempres.

Marisa.

 

Luis Enrique cogió la carta, la dobló con mimo y la metió de nuevo en el sobre. Al hacerlo, el olor dulce de Marisa y de la hierba en aquella noche de verano volvieron a aparecer nítidamente en su vida. Rememoró, igual que lo había hecho mil veces, su pelo castaño alborotado, el tambor vibrando, la cintura entallada en la saya, los pololos, el mandil y el corpiño esparcidos por el prado.

Unas semanas más tarde, con el mundial terminado, Luis Enrique encendió la chimenea, cogió el libro del cincuentenario y se sentó frente a ella. Necesitaba ordenar sus ideas. Había ido a casa de Sergio y había puesto las cartas sobre la mesa, le había contado su amor por Marisa, sus ganas de retomar la relación y empezar una nueva vida. Sergio se lo había tomado regular, el desmayo, y el posterior golpe contra el suelo de su cocina al recibir la noticia, no auguraban nada bueno. Necesitaba un tiempo para recapacitar sobre todo lo que le estaba pasando. Por primera vez se habían abrazado como padre e hijo y no como capitán y entrenador. Dentro de unos meses darían una rueda de prensa, no querían fomentar especulaciones.

El fuego crepitaba, las llamas, aliadas inesperadas para calcinar recuerdos, se reflejaban en la tapa del libro que sujetaba en sus manos. Año nuevo, vida nueva. Empezó una a una a romper las páginas. Les echaba un último vistazo, hacía una bola con ellas y las lanzaba a la chimenea. El fuego ya se había tragado conciertos, instrumentos, premios, viajes, ensayos, amores…

Libro quemado

Luis Enrique escuchó los ruidos y se sobresaltó, venían del piso de abajo, de la puerta de entrada. Era como si la estuviesen rascando. Notó que se le erizaba el vello. ¿Había llamado alguien? ¿Y el timbre? ¿Y los perros? Agudizó el oído, esperó unos segundos, se acercó a la ventana y la abrió con suavidad, sin hacer ruido. Al mirar hacia abajo vio, con asombro, a un hombre al lado de la puerta de su casa, arrodillado, con las dos palmas de las manos pegadas a la gravilla y la nariz a pocos centímetros del suelo. Movía la cabeza, buscaba algo. Aquello no tenía ningún sentido.

—Hola, ¿desea alguna cosa? —gritó Luis Enrique desde la ventana de su salón.

El teniente Colombo se incorporó, se sacudió las manos y miró hacia la ventana.

—Perdóneme, estaba buscando mi mechero. Se me ha caído aquí mismo, es azul y des…

—¿Quién es usted?

—Colombo, teniente Colombo, ¿no tendrá usted fuego?

—No, no fumo, ¿qué hace en mi casa?

—Vengo a hablar con usted, es importante. ¿Le importa abrir? Perro, ven, ven, perro.

Luis Enrique vio caminar hacia Colombo a su perro, el sabueso, un basset hound negro, miel y blanco, seguido mansamente por sus dos pastores alemanes, los dos pastores alemanes entrenados para defender su casa de intrusos…

—Majísimos, son majísimos, señor, y muy obedientes. Espérame aquí, Perro, salgo enseguida —dijo Colombo agachándose para acariciar a su perro. ¡Hombre, aquí está el mechero!

Luis Enrique abrió la puerta. Había escuchado hablar de aquel extravagante detective.

—¿Qué se le ofrece?

—Me gustaría, si no es molestia, hablar de su futuro. Y de su pasado. ¿Le importa que pase?

Luis Enrique dudó.

—Adelante.

El salón era amplio, rectangular, con una decoración minimalista: un pequeño andamio en el centro, una gaita pegada a la pared, un sofá frente a la chimenea y una mesa de cristal a su lado. Colombo vio pequeños trozos de papel que se habían quedado a medio consumir al lado de la base de la chimenea. Junto al sofá, en la mesa, un libro abierto, con varias páginas arrancadas. Le echó un vistazo con disimulo. Era un libro conmemorativo, de un grupo de gaitas.

—¿Quemando recuerdos?

—¿Cómo?

—Que si está quemando recuerdos —dijo Colombo señalando el libro—. A mí me gusta hacer lo mismo, pero mi mujer no me deja, ella lo guarda todo, imagínese que tiene hasta las cartas que le escribía de novio, un día, cuando yo estaba en la academia de policía…

—¿Qué desea? —zanjó Luis Enrique acercándose a la mesa y cerrando el libro de golpe.

—No hace falta que lo cierre, lo sé todo.

—¿De qué habla?

—De usted, de Marisa y de su hijo, Sergio Busquets. Ese es el jugador al que nunca volvería a llevar a la selección. Nunca lo haría, usted tiene experiencia, sabe cómo son los periodistas,  le quiere mucho como para exponerlo públicamente a una noticia como esta. Afortunadamente ya no es el seleccionador.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Él me lo contó, bueno, para ser más exactos, se lo contó a una silla vacía, pero yo lo escuché. Había hablado con usted el día anterior, estaba un poco estresado, necesitaba desahogarse. Cuídelo, está atravesando una temporada complicada.

—¿Qué es lo que quiere?

—Nada, vengo a decirle que su secreto está a salvo. Nunca lo revelaré, usted ni es un asesino ni ha cometido ningún crimen, es simplemente un hombre enamorado. Mañana vuelvo a Los Ángeles, ¿le importaría hacer algo por mí?

Por primera vez, después de más de 30 años, Luis Enrique descolgó la gaita, limpió la boquilla, la afinó y con ella bajo el brazo y acompañado de Colombo, subió al último piso de su villa, a la terraza más alta. Allí, encaramado a la barandilla, mirando al Cantábrico, arrancó a su gaita las notas más bellas jamás tocadas.

Colombo sacó un puro del bolsillo de su gabardina y lo encendió. Pensó en su mujer, en la bendición que suponía haberla conocido y en la fortuna de vivir una vida anodina, sin sobresaltos, a su lado.

Pronto se jubilarían. Igual era el momento de viajar y conocer España.

 

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¿Por qué no hemos fichado ya a Rayan Cherki? Pedazo artículo (una vez más) de @lagalerna_ 👌🏻🙌🏻 https://twitter.com/lagalerna_/status/1622566074741936129

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