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Manos arriba, esto es un atraco

Manos arriba, esto es un atraco

Escrito por: Antonio Valderrama17 noviembre, 2020
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El antifútbol de selecciones

El coronavirus se irá, pues ya se sabe, no hay mal que cien años dure, pero al que se inventó ese refrán no le hablaron del fútbol de selecciones. En concreto, me refiero al fútbol absurdo de selecciones, el de las ligas de naciones, amistosos y fases interminables de clasificación para eurocopas y mundiales. Con ese antifútbol no puede ni la pandemia. Al revés, el efecto rebote está siendo devastador, antes se han anulado ligas, como la francesa 19-20, por ejemplo, que partidos de la basura que sólo sirven para hacer ricas a las federaciones: los que no pudieron jugarse entre marzo y junio se están jugando todos ahora, uno detrás de otro. Este fútbol de selecciones, que además se juega sin público, en enormes recintos con aspecto de abandono, desamparados, es un auténtico decorado del Show de Truman. Lo peor es la sensación de maldición bíblica que tiene. Es un castigo de Yahvé del que es imposible sustraerse. En esta vida, todo tiene fin, todo se acaba, todo pasa, como dicen los estoicos, menos este teatro de marionetas como lo definió Toni Kroos el otro día. No es el único peso pesado que ha levantado la voz. Mourinho publicó en su cuenta de Instagram, en su estilo sarcástico, una nota en la que anunciaba que es tiempo “de cuidarse a sí mismo” después del desbarajuste covidiano que supone este circo de FIFA y UEFA en medio de una pandemia.

Con el antifútbol de selecciones no puede ni la pandemia

Que esa es otra. El coronavirus ha obligado a las grandes competiciones a adaptarse a un entorno cambiante y extremadamente frágil. El normal desarrollo de las ligas y de los partidos, con todo lo que comportan en cuanto a la logística (que es donde se ganan y pierden las guerras), se ha visto trastocado por completo: la NBA se terminó en una burbuja, en Orlando, como la Copa de Europa en Lisboa. En la vuelta de las ligas domésticas, se ha primado la idea de la seguridad y del control escrupuloso, limitando el contacto de los miembros de las plantillas con el mundo exterior, siendo rigurosos en quiénes y cómo se accede a los estadios, los días de partido. O estableciendo protocolos de cosmonauta para el trabajo de la prensa en las zonas mixtas. En general, el fútbol profesional, de alta competición, ha sabido conducirse mejor que casi todo lo demás en las sociedades occidentales desde marzo. Quizá sea el ejemplo ideal que siempre pregonan los neoliberales, de la eficacia de la gestión privada. O quizá sólo sea casualidad. Pero el asunto de fondo es que una vez al mes, desde septiembre, las confederaciones continentales toman el control, suspenden arbitrariamente los calendarios de los clubes y ejercen su derecho de pernada sobre la gallina de los huevos de oro, que son los futbolistas. Si esto, per sé, es grave, sobre todo por esa imposibilidad aparente de hacer algo contra un statu quo que parece de designio divino, como el absolutismo, la cosa se pone graciosa cuando, fuera de sus circuitos controlados, los futbolistas van a parar a una marmita, todos mezclados en concentraciones y partidos que no respetan, salta a la vista, el rigor sanitario con el que se ha organizado el fútbol de clubes.

Toni Kroos

“Una semana increíble de fútbol. Grandes emociones en los partidos internacionales. Fantásticos amistosos. Total seguridad. Los resultados de los tests, después de que se hayan jugado los partidos, gente corriendo por el campo mientras los equipos entrenan y mucho más”, escribía Mourinho en Instagram. Cómo quitarle la razón. Si el fútbol de selecciones, más allá de verano, siempre ha parecido un diezmo o un impuesto revolucionario, una extorsión y un chantaje, en medio de esta pandemia se asemeja demasiado a aquello que hacían las autoridades de Moscú cuando el Holodomor ucraniano, exigirle sin misericordia el grano a los campesinos famélicos. Los siervos de la gleba tenían más libertad en la Europa feudal que los clubes ante el destino inevitable del fútbol de selecciones.

En este parón ha hablado Kroos al respecto de esta y otras cuestiones. Kroos es un tío que suele decir las cosas claras. Suele hablar poco, pero con una naturalidad desacomplejada que parece churchilliana cuando la comparamos con el modo de expresarse del futbolista español medio. Sus palabras, en un podcast alemán (el mero hecho de que participe en uno ya lo diferencia de lo habitual aquí: en España, los futbolistas o le susurran etéreamente a sus periodistas de cámara para que estos intriguen en sus cenáculos o son jarrones de porcelana inaccesibles y vigilados por los clubes en una especie de Guantánamo feliz) permiten trazar una curiosa analogía entre el papel del futbolista en la industria del fútbol y el del escritor, por ejemplo, en la industria editorial. O, siguiendo con lo feudal, con el del agricultor en la industria agroalimenticia. “Por desgracia, no lo decidimos como jugadores. Somos sólo títeres de la FIFA y la UEFA. Si hubiera un sindicato de jugadores, no jugaríamos una Liga de Naciones o una Supercopa de España en Arabia Saudí”.

El fútbol de selecciones, más allá de verano, siempre ha parecido un diezmo o un impuesto revolucionario, una extorsión y un chantaje

Esto evoca eso que se nos enseñaba como abecé del marxismo, la plusvalía y el control de los medios de producción y todas esas entrañables cosas que a priori nada tienen que ver con la pelotita. Si los clubes están desprotegidos contra el Leviatán fifero y uefero, los nuevos megaproyectos (megaconstrucciones del reality en que se va a convertir todo, parece) que se anuncian en el horizonte, el nuevo Mundial de Clubes, la Superliga europea, trasladan esa desprotección a la partícula elemental del negocio, el futbolista. Por supuesto, sin preguntarle. Hay algo que vincula directamente a Toni Kroos conmigo, y es que sin ninguno de los dos el negocio saldría adelante, él como genuino productor, yo como consumidor. También nos une el hecho de que a ninguno de los dos se nos va a preguntar nuestra opinión cuando se decida finiquitar la mayor creación de la cultura europea contemporánea, la Copa de Europa, o convertir la liga en un recreo de colegiales. "Estas competiciones”, dice Kroos, “tratan de absorberlo todo económicamente, también exprimir a los jugadores físicamente. Pero soy un gran fan de dejar las cosas así cuando van bien. Las Ligas ya son top junto con la Champions League, el Mundial…"

Sergio Ramos

 

El “dejar las cosas como están” es la original expresión del conservadurismo, sobre todo cuando las cosas funcionan. El respeto a la tradición y a la jerarquía forma parte de ese mundo a conservar. Conservar también implica mejorar, pero nunca revolucionar, que es lo que pretenden los grandes clubes asociados en esos nuevos lobbys de poder junto con la FIFA para desplazar al que manda contando lo mismo con jugadores y aficionados, o sea, nada. El fútbol de selecciones es disruptivo hasta en esto de la tradición. Los periódicos deportivos deben estar de enhorabuena, no en vano la “narrativa” en torno al equipo nacional es uno de los subgéneros más felices del periodismo deportivo. Un parón de selecciones es una fábrica de estupideces a-informativas. Y como digo, de disrupciones. Ahora resulta que Ramos falla dos penaltis en un partido y surge de la cloaca cierto estado de opinión vizcaíno y guipuzcoano que lo aprovecha para cuestionar su estatus como capitán y como central de tronío. No sólo es un deber del buen ciudadano combatir la opresión feudal del fútbol