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Florentino, urbi et orbi

Florentino, urbi et orbi

Escrito por: Antonio Valderrama24 junio, 2017
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Como se sabe, la felicidad es un estado momentáneo de gracia, brevísimo, entre dos largas noches. No ha pasado ni un mes desde que el Madrid ganara un doblete fabuloso, único en 60 años, y ya está otra vez en crisis. Cristiano Ronaldo puede irse. Es decir, Cristiano Ronaldo, acuciado por sus problemas con Hacienda, le ha dado, según A Bola, un ultimátum no sólo al Madrid, sino a España, en la línea de los mejores arrebatos folclóricos de los genios sanguíneos. Todavía quedan restos en la nevera del champán de Cardiff y ya nos hemos imaginado todos un escenario inquietante: salir a por el triplete sin su mejor jugador; sin el que ha sido su mejor jugador, probablemente, desde Alfredo Di Stéfano, que además parece jugar cada vez mejor conforme se hace más viejo. Pero el affaire Ronaldo también ha dejado claro que Florentino, cinco mandatos después, también tiene la cualidad de calmar, a una palabra suya, la agitación de millones de espíritus en todo el mundo.

Florentino hizo fortuna en el mundo del fútbol, una vez presidente del Madrid en el año 2000, por su condición de mago de los fichajes: Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Owen. Con cada superestrella que cazaba cada verano en sus redes invisibles de prestidigitador, acrecentaba su leyenda internacional de faraón que todo lo podía por la sonrisa de un niño madridista. Aquellos veranos cerrando tratos imposibles en su yate, con los fotógrafos de medio mundo pegándose por acercarse a la embarcación incluso a nado, por oler algo de la grandeza que se cocinaba; o arremangado junto a Valdano en las oficinas del Bernabéu, llegando a acuerdos colosales en el deadline del mercado de fichajes. Su retorno en 2009, con Cristiano Ronaldo, Kaká, Benzema, Xabi y Arbeloa bajo el brazo, de una tacada, confirmaba la imagen, ya imperecedera, de un Florentino hechicero al que ningún Balón de Oro se le resistía, y al que ningún Moratti, Agnelli o Gaspart era capaz de frenar cuando decidía coleccionar en el Madrid a un Olimpo de dioses del balón y la fama.

Pero lo sentí escuchándolo el otro día en la radio: Florentino ya no es ese rockstar independiente que hizo al Madrid darse cuenta de cuánto dinero podía tener si explotaba su nombre y su leyenda. Ahora es otra cosa, incluso más familiar e íntima a medida que pasan los años: un padre de familia. Siempre se le quiso comparar con Bernabéu y seguramente él también acarició siempre la idea, adulado por el eco místico del gran patriarca. Está consiguiendo aproximarse a su altura, y no sólo por los títulos. Hace mucho tiempo que Florentino dejó de ser el acumulador de estrellas. En todo caso, las estrellas llegan porque hay un plan, que es situar al Madrid en la cumbre del fútbol del siglo XXI, más o menos la idea que tenía Santiago Bernabéu cuando se empeñó en que el Real estuviese a la cabeza del siglo XX. Cada uno en su siglo, sus figuras se eternizan girando precisamente sobre el mismo punto, el de las emociones de la hinchada blanca: como resultado de una gestión admirable de sus propios recursos, llegan grandes jugadores, grandes temporadas y grandes conquistas, de lo que se desprende un halo subjetivo que envuelve al artífice de la nueva prosperidad, Florentino, con un manto de padrino.

Las estrellas llegan porque hay un plan, que es situar al Madrid en la cumbre del fútbol del siglo XXI

Cuando salió por la radio hablando de Ronaldo, de su futuro, me pareció que la afición respiraba diciendo: todo está bajo control. Estas percepciones tan generales, por supuesto, están sujetas a los albures del fútbol: nadie sabe lo que pasa entre bambalinas, y nunca nada está a salvo de inesperados volantazos que trastoquen una negociación. Pero de eso se trata. Al aficionado de infantería lo que le llega es la imagen de su presidente en el telediario dejándole claro que la estrella de su equipo no se va a ir. El aficionado desconoce, por imposibilidad manifiesta, qué pasa por la cabeza de Ronaldo, de Mendes, y hasta del propio Florentino. Pero necesita las certezas que sólo una figura que ha alcanzado la trascendencia global de Florentino Pérez puede darle. Con su verbo cansino y sus frases grandilocuentes que parecen sacadas del Viejo Testamento; con su estilo de jefe de Gobierno de los 80, capaz de anunciarte en los mismos términos la caída del Muro de Berlín que la ampliación de contrato de Zinedine Zidane, Florentino ya es lo que sólo fue antes que él Bernabéu: la esperanza segura de que todo va a ir bien, porque lo dice él. Su trabajo le ha costado, a juzgar por el retrato que acostumbran a hacer de él en los medios de comunicación periodistas (deportivos o no) y ciertos políticos. Magnate es lo más bonito que se le ha dicho, y ya se sabe que magnate es una palabra sucia, impregnada de esa viscosidad asquerosa que huele a mafioso ruso, a Promesas del Este. Cuando habla Florentino, pasa como cuando el Papa se dirige a la ciudad y al mundo: sin intermediarios, la verdad, aunque sea una mentira, llega directamente al oído de los fieles.