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Florentino Pérez ficha a Messi

Florentino Pérez ficha a Messi

Escrito por: Fred Gwynne16 febrero, 2020
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—Creo que ha llegado el momento de dar un golpe en la mesa y fichar a Messi. Es ahora o nunca. Piénselo, Presi, en Madrid, el Bernabéu lleno, chamartinizando a Messi vestido de blanco, y en Barcelona las urgencias a rebosar y suicidios colectivos debajo del monumento a Colón.

—Bueno, bueno…

Estaba dudando, lo sentía, después de quince minutos de negativas, la voz de Florentino ya no sonaba tan tajante. Cruzó las palmas sobre su pecho y empezó a acariciar con su dedo corazón el anillo de oro de su mano izquierda como si fuese el Doctor No. Cerró los ojos y ladeó la cabeza lentamente hacia un costado, como si alguien invisible, con mucha delicadeza, le tirara sutilmente de la sien. Permaneció así, en esa extraña postura, unos segundos, pensativo, y, de repente, se levantó, como si le quemase el sillón, y se acercó al mueble bar.

—¿Quieres algo?

Ahí noté que bajó la guardia. Su mirada brilló el tiempo justo para descubrirme la pequeña brecha que buscaba. Volví a atacar.

—Que fiche a Messi, ya se lo he dicho. Un golpe así acaba con esos zarrapastrosos, los aniquila. Y usted lo sabe, Presi, lo sabe, no me mienta, se lo noto en la mirada.

—Me estás liando.

—Y más que le voy a liar. Sueñe un poco, joder, déjese llevar. ¿Qué ha sido de aquel presidente que les levantó a Figo y les dejó tiritando un lustro? Aquello sería una broma comparado con esto, en lugar de cochinillos nos tirarían bombonas de butano. Veamos, Messi puede irse del Barcelona sin pagar un duro. El fichaje nos saldría barato y ade…

—No te olvides de que exigirá una prima de fichaje.

—Sí, sí, lo sé, pero aun así sería un chollo. El año que viene, Messi, y en un par más, Mbappé. ¿Qué le parece?

Cerré los puños y esperé su contestación. Tenía que decirlo, tenía que decirlo, lo iba a decir…

—Vale, te prometo pensarlo.

Estuve a punto de gritar de alegría, pero me cohibí. Cualquiera que conociese un poco a Florentino Pérez (y yo me jactaba de ser uno de sus mejores amigos) sabía que un “prometo pensarlo” suyo era un “como estos” acompañado del sonido de un fajo de billetes resonando en una mesa de negociación.

—¿Quiere que haga yo las primeras gestiones, que tantee un poco el terreno?

—Hombre, pues no me vendría mal, pero con discreción, ya sabes, sin levantar polvareda. Y que conste que no te prometo nada.

—Necesitaré algún teléfono.

—Sí, claro, acompáñame al despacho, allí tengo la agenda.

Florentino, desde el fracaso de su Twitter (algo por lo que todavía me sentía culpable), usaba un sencillo Nokia, nada de smartphone.

La agenda era de piel, muy pequeña, como una libreta de apuntes. Me sentí como Carlton al ver a su primo Will sacar la "chorbagenda". Cuando Florentino la abrió y empezó a pasar las paginas vi de refilón varios nombres que despertaron en mí un sinfín de posibilidades. Intenté cerrar los ojos y descarté las malas ideas que pasaban por mi cabeza.

—Apunta: Jorge Messi... 555756777. Dile que le llamas de mi parte, te atenderá gustosamente. No es la primera vez que hablamos de estos temas. ¿Necesitas algún teléfono más?

—No, gracias, con este me apaño. Ahora sí, tomemos algo, prometo no fallarle. Le voy a poner a Messi a punto de caramelo. ¿Tiene Martini?

Quince minutos más tarde nos despedimos con un abrazo y mi promesa de llamarle en un par de días. No había caminado ni cincuenta metros, cuando me paré, me di la vuelta y corrí de nuevo hacia la casa de Florentino. Llamé al timbre.

—El móvil, Presi, qué cabeza, me lo he dejado en su despacho… No, no, no se preocupe, ya voy yo mismo a por él…

No me pregunten qué me llevo a soltar aquella mentira. Tenía mi móvil en el bolsillo. Fue un impulso. Fui corriendo al despacho, abrí el cajón en el que había visto a Florentino guardar la agenda, la cogí y la guardé en mi pantalón.

Esa misma noche, mientras cenaba en mi casa, con la agenda a mi lado, ya me había arrepentido. Entre bocado y bocado la miraba y remiraba. Era un imán que me llamaba como las sirenas a los marineros. Me resistía a abrirla ya que sabía que era algo personal del Presi. Mi idea era regresar a su casa y, con cualquier excusa, volverla a dejar en su sitio, ya se me ocurriría algo. Aguanté toda la comida, estaba en el postre, cortando una cuñita de queso, cuando la curiosidad me venció. Vale, la iba a devolver, ya lo había decidido, pero… ¿y si la abría un poquito? Venga, va, solo un poquito, la A, solo los nombres que empezasen por A, ni uno más…

A…

B…

C…

...

...

Z.

¡MADRE DE DIOS! Aquello era un filón. Allí estaba los nombres más importantes de jugadores, presidentes, políticos, financieros, reyes…

No podía desperdiciar la oportunidad de volver a ayudar al Real Madrid.

Y si…

Y si…

Decidido. Iba a fichar a Messi. Eso sí, el fútbol tendría que esperar un poquito. Había cosas mucho más acuciantes y no podía desaprovechar la ocasión.

—Sí, sí, Majestad, como lo oye, amigo íntimo de Florentino, de toda la vida de Dios, ¿le llamo Majestad o Felipe a secas? Yo lo que usted prefiera, solo tiene que decirlo, en fin, a lo que iba, ¿no podría usted hacerme conde? O duque, no sé, cualquier título de esos, marqués también me va bien, lo que le venga mejor, no tengo preferencias. Marqués de Gwynne, sí, yo creo que es lo que mejor suena, ¿puede ser marqués?… No, no. No se preocupe, puede usted estar tranquilo, su teléfono me lo ha dado Florentino, es más, él fue el que me animó a llamarle para pedirle el título nobiliario: “Es indio, del Atleti —me dijo—, pero majísimo, majísimo, y muy campechano, como el padre, llámale tranquilamente, eso te lo resuelve en un periquete”... Que no, Felipe, no seas pesado. Te repito que no hace falta que hables con Florentino. Tú fíate de mí. Ya te vuelvo a llamar yo en unos días. Tú vete preparando los papeles del marquesado. ¿Quieres que te llame en el minuto 93 o te da palo?... Joder, Felipe, cómo te pones, era una bromita...

Me colgó. Estos indios tienen muy poco sentido del humor. En fin, al meollo. Tenía mucho trabajo que hacer. Afortunadamente, Florentino era un hombre muy ordenado, meticuloso. Al lado del teléfono del padre de Messi, en la letra M de la agenda, escrito impecablemente con pluma, estaba el del jugador, el de Leo. ¿Para qué iba a hablar con el padre cuando podía hablar directamente con el hijo?

—¿Dígame?

Allí estaba, aquella voz, aquel acento argentino, eran inconfundibles. Tenía que medir muy bien mis palabras, poner un buen cebo, lanzar el anzuelo con delicadeza, con profesionalidad.

—Hola, buenos días, mi nombre es Fred Gwynne. Soy, además de marqués en ciernes, el nuevo D.D.T del Real Madrid. Espero que no le incomode mi llamada.

—¿D.D.T?

—Sí, es un puesto de nueva creación, Director Deportivo y Tesorero. Todo en uno. Ficho y pago a la vez, digamos que soy el Satisfyer del organigrama del Madrid, mis llamadas son recibidas con júbilo, dan gustito. Me ha dado su número personal Florentino Pérez y me ha encargado que le llame para hacerle cierta proposición que, dado el reconocido prestigio y la solvencia del presidente del Real Madrid, estoy convencido de que no podrá rechazar. ¿Podríamos quedar en algún sitio discreto mañana mismo?

—¿De qué tipo de proposición estamos hablando?

—Una proposición económica y deportiva, un nuevo reto, un cambio de colores del que nunca se arrepentirá. Algo que solo el mejor equipo de la historia puede ofrecerle. Imagino que ya se imaginará de lo que estoy hablando.

—No.

¿No? ¿Había dicho no? O no se enteraba o me estaba tomando el pelo.

—Veamos, yo soy el tesorero y director deportivo del Real Madrid, usted se puede ir gratis este verano, le llamo de parte de Florentino Pérez… ¿Se lo tengo que explicar más clarito? Aaalguien quiere fichar a aaaaalguien —dije bordando la voz de Gila.

—¿Quiere ficharme el Real Madrid?

—Sí, Leo, sí. Y yo quiero darte todos los detalles, pero no por teléfono. ¿Te parece bien que quedemos en un Telepizza de Badalona?

—¿En un Telepizza?

—Sí, es el sitio más discreto del mundo, nadie se imagina que Messi pueda estar en una pizzería cerrando su traspaso por el Real Madrid. Lo importante es que venga usted un poco camuflado, para disimular, ya sabe, unas gafas negras, un sombrero, alguna barba postiza de rabino, unas alzas para los zapatos…

—¿Es necesario? ¿No sería mejor quedar en un sitio más discreto?

—Nooooooo, ese es un error de principiante, de tesoreros sin pedigrí. ¿No te has fijado que destapan todas las negociaciones? Los restaurantes de postín y despachos están quemados para negociar. No queremos salir en ninguna portada, queremos ser discretos y anunciar tu fichaje en cuanto termine la temporada. Los nuevos pisos francos son las pizzerías o los McDonald’s. No hay nada más seguro. ¿Quién se va a imaginar a Messi fichando por el Madrid delante de una Bacon Crispy Gourmet? Hazme caso, tú disfrázate un poco y listo. Nadie nos va a pillar. Anda que no he hecho yo fichajes en los Telepizzas. No digas absolutamente a nadie adónde vas, ni a tu familia. Invéntate cualquier excusa para salir. Te espero mañana en el de la Plaça de l’alcalde Xifré, en Badalona, a las nueve de la noche, ¿de acuerdo?

Le costó, le costó decir que sí, pero al final mis sólidos argumentos le convencieron. Al día siguiente, justo después de comer, cogí un AVE para Barcelona. A las ocho y media le esperaba impaciente en el Telepizza badalonés. Para entretener la espera me comí un par de pizzas barbacoa. Acababa de pedir la tercera cuando Messi entró por la puerta. Se había calzado una peluca larga, negra, con rizos, que contrastaba vivamente con su barba pelirroja, y unas gafas de culo de vaso de las que se usan en carnaval. El resultado era una mezcla de Rompetechos y Camarón de la Isla que, a Dios gracias, cumplía perfectamente con el objetivo de pasar desapercibido.

—¿Quieres comer algo? —le pregunté.

—Es que mi nutricionista me tiene prohibida la pizza. Y eso que es italiano. ¿Hay choripán?

—No, lo siento, pero hay una pizza vegana cojonuda, tiene doble ración de tomate. Ahora mismo te la traigo.

En lugar de doble de tomate pedí que le pusieran medio kilo de queso y triple de beicon. Tampoco era