La Galerna

Ferenc

Madrid, 1963.

-Don Santiago, por favor, se lo ruego… El día 24 no poder jugar partido. ¡Es una locura!

-Te entiendo, Pancho, pero la decisión no es mía. Es el día que nos toca jugar, y así lo haremos.

-Es una tragedia, no poder obligarme.

-Venga, no seas dramático. Estarás en casa para celebrar la Nochebuena con tu familia, relájate.

Don Santiago no alcanzaba a comprender cómo un tipo ya talludito, hecho y derecho como Ferenc podía montar semejante drama por jugar un partido de Liga en la tarde del 24 de diciembre. Que sí, que era Nochebuena y sabía que era un tipo familiar, pero el numerito aquel en su despacho le pareció excesivo. Además, jugaban en casa; mucho peor lo tenían los chicos del Betis, que tendrían por delante una buena kilometrada antes de volver a Sevilla bien entrada la madrugada.

Ferenc llegó a casa desolado. Era la primera vez que le ocurría algo así. Desde que aceptó aquel encargo de ese misterioso emisario, hace ya no menos de diez años, nunca se había encontrado con un problema como aquel. Lo compartió con su querida Elisabet, la única con la que podía desahogarse.

-Ferenc, tendrás que tomar una decisión… Todo no puede ser.

Nunca había fallado a su club y no tenía pensado hacerlo. Al fin y al cabo, y aunque había conseguido un buen puñado de éxitos con su Honvéd y con su amada selección húngara, era en Madrid donde había alcanzado la cumbre de su carrera. Donde, como él ya bien sabía a estas alturas, se había ganado un lugar en el elenco de jugadores singulares del fútbol mundial. Le debía mucho al Real y, qué narices, que no iba con él lo de fingir una lesión para borrarse del partido.

Durante toda la semana, Ferenc entrenó con más intensidad que de costumbre. A lo largo de esos siete días eliminó de sus rutinas el pitillito de después del entreno, renunció a los fritos, alargó las sesiones de tiros a puerta y hasta se machacó con la comba. Alfredo, Paco y los demás admiraban sorprendidos su nueva rutina.

Fiel a su costumbre, Don Santiago asistió al último entrenamiento antes del partido. Quería darle una última charla a los chicos antes de que volvieran a sus casas para pasar el fin de año. Se trataba básicamente de agradecerles el buen año de fútbol y, no menos importante, recordarles que debían volver a los entrenos con los mismos kilos con los que se marchaban. “Esto es el Madrid, tenedlo siempre presente”. Le gustaba cerrar las arengas con esta frase.

Una vez concluida la sesión, cuando se disponía a entrar en la caseta, Don Santiago se percató de que uno de los jugadores no se retiraba. “¿Ese es Pancho?” pensó. “¿Está haciendo abdominales y sentadillas?”. Incrédulo, se acercó a la portería que daba al fondo sur de la recién inaugurada Ciudad Deportiva y se puso en cuclillas ante el exhausto jugador.

-Pancho, ¿qué haces?

-Quiero estar… en la mejor… forma para mañana- respondió con tono seco y entre resoplidos.

-¿Sigues dándole vueltas a lo de jugar en Nochebuena?

Don Santiago movía la cabeza con resignación mientras el chico volvía a meterse de lleno en su denodada misión por reducir la zona abdominal. Resignado por la falta de respuesta se levantó y enfiló el camino del vestuario cuando Ferenc alzó su potente voz, esta vez entrecortada por los esfuerzos.

-Presi… Ferenc proponer trato.

Don Santiago se volvió y le miró con extrañeza.

-¿Trato?

-Sí. Si yo marcar cuatro goles en primera mitad, ¿prometerme que míster me cambia al descanso y me deja ir antes?

Don Santiago le miró con los ojos muy abiertos y sonrió como quien sonríe a un niño travieso.

-Tú ganas, Pancho. Siempre que esté de acuerdo el míster, claro.

En el túnel de vestuarios, Ferenc resoplaba como un búfalo, impaciente, moviendo el cuello de un lado a otro y haciendo crujir las vértebras. Alfredo le miraba de reojo con curiosidad.

-Estate tranquilo, Panchito, que te veo acelerado…- le dijo guiñándole un ojo cómplice.

Comenzó el partido y Ferenc se situó entre los centrales del Betis, como solía hacer, pero pronto se dio cuenta de que si quería cumplir con su objetivo debería bajar a recibir. De esta forma tendría más facilidad para entrar en contacto con el balón y exhibir su portentoso disparo. En cuanto recibió la primera bola de Alfredo, se giró y disparó desde el borde del área. Golazo.

Un par de centros de Paco desde la banda y un rechazo a disparo de Amancio después, Ferenc ya había completado su misión. El marcador del Bernabéu mostraba un rotundo 4-0 cuando aún restaban un par de minutos de la primera mitad. En ese momento, Miguel Muñoz solicitó el primer cambio ante la sorpresa de la parroquia, que no había vislumbrado problema físico alguno en Cañoncito Pum. A la carrera, Ferenc salió del campo y se metió en el túnel de vestuarios.

Elisabet abrió la puerta del piso y se lo encontró con la equipación blanca puesta, desde las medias hasta la sudada camiseta. Ni siquiera se había echado por encima una chaqueta.

-No hay tiempo que perder. Me doy una ducha y me voy- le dijo Ferenc a modo de saludo en su lengua materna.

Cinco minutos después, Elisabet le estaba ayudando con el grueso traje rojo que descansaba durante todo el año en uno de los cajones de la cómoda del dormitorio. Se alejó un par de metros para mirarle bien mientras Ferenc se ajustaba el gorro y le echó una sonrisa tierna.

-Eres tremendo, amor…

Ferenc levantó la vista y respondió con una sonrisa de medio lado.

-¿Quieres que te lo diga otra vez?

-Sí- respondió pícara Elisabet.

Ferenc resopló resignado.

-Bueeeeno. Sólo hay dos cosas por encima del fútbol: tú y que ningún niño se quede sin regalo.

Satisfecha, Elisabet ayudó a Ferenc con el saco y le dio un sentido beso en los labios.

-Hasta mañana, cariño.

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