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El nacimiento del fútbol

El nacimiento del fútbol

Escrito por: Federico Garcia "Lurker"21 diciembre, 2020
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Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Dios se aburría. Eran las 8 de la tarde de un domingo y el tedio reinaba en el cielo. Miguel, uno de sus ángeles de confianza, se atrevió a decir:

—Perdona la expresión, Señor, pero esto no hay Dios que lo aguante. Ya nos sabemos de memoria todo el teatro, de Eurípides a Lope de Vega, pasando por Shakespeare; ya estamos de cantatas de Bach hasta los órganos esos que no tenemos porque somos ángeles. Que la eternidad se hace muy larga, Señor. Hay un runrún y un disgusto entre los serafines y los querubines que no sé yo si no se estará incubando un motín como el de Lucifer; que aunque lo sofoqué (y bien orgulloso que estoy de ello) no me apetece repetir. ¿No podrías inventar algo, tú que eres omnipotente?

—Ya sabes, Miguel, que una vez que acabé la creación decidí que me jubilaba para siempre, y dejé en manos de los hombres continuar la tarea.

—Pero podrías mandar algún profeta o algo que nos animara las tardes de los domingos, ¿no te parece?

Dios comprende que Miguel tiene razón. A su infinita sabiduría no se le escapa que no hay nada más aburrido que un domingo sin fútbol, así que decide intervenir discretamente en la Historia:

—Que venga Gabriel, que tengo una misión para él.

—Lo siento, Señor, Gabriel se ha cogido unos moscosos y se ha marchado al pueblo de su familia. Como le quedaban unos días…

—Quizá no fuera buena idea la de hacer funcionarios a los más capaces. En fin, que venga su sustituto.

Al suplente de Gabriel, un novato con pocas luces, le entrega un cuadernillo con unas instrucciones y le encarga:

—Lleva esto a España, a la dirección que está indicada y diles que inventen el juego que está ahí descrito, que te lo he dicho yo personalmente.

El pobre interino justificó su bajo estatus errando el destino: las instrucciones del juego acabaron en Inglaterra, y así fue como lo que estaba predestinado a ser un deporte impecable tuvo el peor inicio posible, naciendo en medio de una nación hereje. El invento cuajó entre los británicos y poco más; apenas algunas sucursales en aquellos lugares en que había presencia suya. Los domingos celestiales seguían sin chispa.

La bronca que le cayó al mensajero fue de las de “Padre y muy Señor mío” literalmente. Tras degradarlo, Dios se dijo: está visto que no se puede confiar en subalternos; si quiero que algo funcione tengo que hacerlo yo personalmente o encargárselo a uno de mis generales de confianza.

Así fue como, unos cuantos años después del fiasco inicial (en el cielo, los años se pasan volando), Dios envió a Gabriel a Madrid con instrucciones precisas:

—En primer lugar, no delegues en nadie: tienes que ir tú, Gabriel, per-so-nal-men-te a fundar una sociedad que heredará mi gloria. En segundo lugar, ajústate estrictamente a lo que te ordeno: el club tiene que nacer humildemente, sin que nadie sospeche su alto linaje ni su excelso destino; de hecho, al principio no se llamará “Real Madrid”, sino “Madrid”, para no revelar su estirpe. En tercer lugar, debes quedarte en la Tierra unos años para asegurarte de que se cumplan los planes que he diseñado. Y espabila, que a lo tonto se nos han ido pasando los años y ya ha empezado el siglo XX.

Gabriel, cuya lealtad y capacidad habían sido sobradamente probadas antaño, cumplió perfectamente su misión. Con el siglo recién estrenado, nació el Madrid Fútbol Club. Fiel al deseo de su padre Dios, su inscripción en el registro civil deja dudas acerca de quién fue el tutor legal del neonato (se habla de Palacios y de los hermanos Padrós), pues la discreción con que se desarrolló el alumbramiento fue más que notable. El papel de pastores lo representaron unos cuantos deportistas (quijotes e iluminados) de la vecindad. No consta que hubiera bueyes ni acémilas presentes. Para la llegada del oro, la mirra y el incienso aún faltaban años. El club crecía sano y se iba fortaleciendo en su Chamartín (que es como se dice Nazaret en castellano).

Un tiempo después, Gabriel se puso en acción de nuevo: se dirigió a un antiguo jugador del club y le dijo “Santiago, tengo un mensaje para ti de parte de Dios: presidirás el Real Madrid y lo llevarás al lugar que le corresponde, el más alto, el mejor club del mundo de este siglo (y de los que vengan). Construirás un templo al que darás tu nombre y que será foco de peregrinaje para todos los fieles del planeta”.

Santiago se asustó al oír el mensaje. Pensó “me ha venido a visitar un loco de atar”, pero dijo “¿cómo voy a hacer eso, si soy de Almansa?” Gabriel le contestó “no te preocupes, que esto es cosa del Jefe”, así que Bernabéu pensó “que sea lo que Dios quiera” y dijo “¡vamos allá!” Gabriel le profetizó “se postrarán ante ti todos los clubes de la Tierra”.

Poco después de esta escena (magistralmente plasmada por Fra Angélico), empezaron a llegar los magos de oriente y de occidente, del norte y del sur, de cerca y de lejos, cargados con sus tesoros. De América recibimos oro (Di Stéfano), de Hungría arribó el incienso (Puskas), y de Francia, la mirra (Kopa); el Cantábrico aportó su galerna, que llegó de Guarnizo para arrasar todo a su paso. Así fue la epifanía del Real Madrid, que se manifestó a todos los países del orbe con una fuerza irresistible, dominando Europa, ganando con autoridad y estableciendo récords insuperables; arrasando a sus rivales como nadie antes lo hiciera. Durante años, la hegemonía del Real Madrid fue indiscutible, y parecía que estaba a punto de instaurarse su reino, per… Herodes estaba moscatel. Temía perder su poltrona y decidió intervenir con audacia y sin piedad. No tenía soldados, pero disponía de árbitros y federaciones; ellos serían la herramienta que acabaría con ese insolente club que ni siquiera era inglés. En noviembre de 1960, Ellis y Leafe escenificaron la matanza de los inocentes ante la mirada satisfecha de sus amos. El joven equipo tuvo que huir a Egipto, y sufrir una penosa travesía del desierto; los enemigos eran poderosos y las federaciones nacionales e internacionales estaban al acecho. El club, indómito, siempre dio la cara, volviendo a alzarse con fuerzas o sin ellas: para volver a ganar en el 66, para caer in extremis en el 81, para llorar en Eindhoven en el 88 y para reír en Amsterdam diez años después.

A lo largo de los años, nunca faltaron figuras de aquí o de allá que incorporar al belén: pastores, lavanderas o artesanos. Pirri, Amancio, Santillana, Butragueño, Raúl; Stielike, Figo, Beckham, Ronaldo, Zidane. Tampoco escasearon los soldados de Roma y de Herodes: Villar, Arminio, Iturralde; Platini, Stark. La reacción madridista ha sido siempre la misma: resistir, apretar los dientes y afrontar los desafíos.

Los acontecimientos de los últimos años son arduos de interpretar, por cuanto aún se está construyendo la historia y sería prematuro aventurar su sentido. Entre los escribas y doctores se sigue debatiendo si Gabriel intervino una última vez para exhortar a Florentino como antes hiciera con Bernabéu o no ha habido nuevos “Deus ex machina” que referir. Hay discusiones enconadas no exentas de insultos entre uno y otro bando, que se acusan mutuamente de heresiarcas. Los hechos, sin analizar (toda exégesis eludo), parecen dejar claro que se produjo un resurgimiento del club y que Sevilla aportó a Ramos, Croacia nos dio a Modric, de Gales llegó Bale, y de Madeira vino Cristiano para restaurar el imperio de nuestro equipo, que volvió a dominar Europa como nadie lo había hecho desde que el propio Real Madrid la sojuzgara medio siglo atrás. En pocas palabras, se reinstauró el orden natural de las cosas.

Celebramos la Navidad, que es blanca, como cantó Bing Crosby. Cada año festejamos el nacimiento de un rey (de los cielos) al que también cada año se entierra a finales de marzo o principios de abril, como sucede con el Real Madrid, temporada tras temporada, para asombro de incrédulos. Algo indefinible nos provoca, y nos encontramos tarareando una musiquilla que igual puede ser “noche de paz” que “we are the champions”.

Porque el Real Madrid siempre está naciendo y renaciendo. Porque no es que sea un club “real”, sino que es el rey de los clubes.

Y su reino no tendrá fin.

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Yo en el siglo me llamaba Dionisio, como todo el mundo. Fue al abrazar la fe madridista y profesar en la orden de los hermanos galernautas, cuando adopté el nombre de Federico García Lurker. Me gusta ver el fútbol en el bar. Sobre todo, los días de partido.

13 comentarios en: El nacimiento del fútbol

  1. Proféticas palabras sin duda.

    Y dijo Dios: «No selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo está cerca. Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga santificándose"

    Y en esas estamos, desde hace 117 años y unos meses.

    1. Sr. Yebrita, le veo batirse el cobre constantemente por el “Milcopas ". Tiene usted todos mis respetos y admiración.
      Que tenga unas Felices Fiestas.

  2. Por mí, como si no publican más cuentos. Ya tengo mi ganador. Y solo he leído 4. Quiero escribir bonito, fino, con sintaxis. Pero al final me sale lo desmelenao: Cojone, que bien tú escribes, mi hermano!!!
    Pd: Disculpen ustedes. Un laxus. Jajjaaaa

  3. Aahh se me había olvidado...
    Bienvenido de vuelta a casa, Don Lurker. Se le extrañaba en demasía. A usted y a su buen escribir. Mire que aquí hay cadas plumas, pero Usted, Fred, Valderrama y De las Heras son mi NRMC. De corazón.
    Un abrazo, bien cubano, del tamaño del mar.

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