La última estupidez simpática ocurrencia del sumidero depósito de ingenio de las redes sociales se trata de la expresión —a estas horas al borde de la quema por exceso de uso— farmear aura. Se ha construido a partir de la acepción que la jerga de los videojuegos atribuye al verbo inglés farm, que en dicho contexto alude a la acumulación paciente de puntos, recursos o experiencia mediante determinadas acciones repetidas. Internet, que tiene la sorprendente capacidad de vehicular cualquier novedad en una mecánica de recompensa, ha decidido aplicar el procedimiento al carisma. El concepto es tan gaseoso que para farmear aura vale cualquier método: un baile, un atuendo, una pose, una forma de moverse, unas gafas de sol…
De forma que en las últimas fechas tenemos a multitud de chavales «haciendo el cabra» de los modos más pintorescos y además grabándolo, menos para la posteridad que para el ranking de turno. Los adultos más exigentes quizá mentarán a Spengler y la decadencia de Occidente, mientras que los más indulgentes se encogerán de hombros concluyendo que mejor eso que delinquir. Los más agudos acaso se permitirán matizar que el aura auténtica siempre será ajena a las competiciones de recolección de la misma: uno solo puede alcanzarla cuando no se afana en tratar de demostrarla.
Pensaba el otro día en estas nimiedades tratando de evitar la tentación del infame hábito del scroll, de cuyas garras nos es cada vez más difícil escapar en esta era de la crisis de la atención. Sobre todo cuando el Madrid, en un ejercicio de encomiable solvencia, ha dinamitado el partido en la primera media hora, como en los viejos tiempos. Y llegué a la conclusión de que, en cierta manera, es posible que este nuevo Real Madrid de José Mourinho también tenga que resolver una cierta cuestión de aura.
Desde luego, no porque al Madrid le falte: eso sería como afirmar que el mar carece de agua. El asunto no está tanto en la institución en sí, sino en qué clase de aura quiere que proyecten sus jugadores y, sobre todo, de dónde quiere que proceda. Erving Goffman explicó hace más de medio siglo que buena parte de la vida social consiste en una representación ante los demás. Elegimos una fachada, administramos los gestos, disponemos el escenario y tratamos de controlar la impresión que producimos en nuestro —discreto— público. Por su parte, el futbolista moderno ha llevado esta dramaturgia, común a todos, a una dimensión industrial: en su caso no dispone únicamente de un campo y un vestuario, sino de Instagram, TikTok, documentales, campañas publicitarias, entrevistas… Fabrica contenido hasta en la manera de ponerse las botas.
La clase de aura que siempre gustó en la casa blanca es Aquella que no se farmea: aquella que se gana
Resulta innegable que, en mayor o menor medida, la mayoría de los jugadores del Madrid han decepcionado en los dos últimos años. Como si todos los líos que han salpicado la rutina del equipo hubieran tirado por tierra su esmerado empeño en cuidar su estética. Podría decirse que se han visto reflejados en espejos cóncavos del estilo del callejón del Gato, desprovistos de la solemnidad con la que habían llegado hasta el Bernabéu, sin ningún atisbo de esa aura tan anhelada. De ahí que posea una especial importancia la actitud de nuestros muchachos en tardes como las de la Real Sociedad o el Málaga, en la medida en que permite construir una consistencia más provechosa que la mera colección de buenos resultados. Bellingham, por ejemplo, ha vuelto a parecer el crack que no necesita explicar su importancia porque la manifiesta en casi cada intervención. Mbappé se ha mostrado más fino que nunca desde su llegada, y Güler transmite una circunspecta seriedad de niño bueno concentrado en ser futbolista. Incluso Diomande, que pertenece a esa estirpe de extravagantes —estilo Adebayor— cuya apariencia los señala antes de que uno los conozca futbolísticamente y que hace pensar que el personaje está ahí antes que el jugador, ha tenido ocasión de aportar detalles de calidad que prometen confirmar con hechos las expectativas de su fichaje.
En realidad, la cuestión del aura no debería plantearse en el Madrid como una guerra contra la modernidad. Principalmente, porque los tiempos son los que son y los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. No hay nada malo per se en que los jugadores sean personajes públicos y vivan en las redes sociales. El equipo no necesita fabricar futbolistas aburridos para volver a ser serio: necesita que sus integrantes entiendan que la seriedad no es una pose estética, sino un hábito.
Y ahí aparece Mourinho, quien, por cierto, forma parte de una generación en la que el entrenador también era un personaje, incluso de mayor entidad que sus pupilos. Sin embargo, The Special One construyó su aura a partir de acontecimientos: sus ruedas de prensa tenían importancia porque jugaban el pre o el pospartido. Primero los hechos, luego la narración. Hoy se corre con frecuencia el riesgo de hacerlo al revés, y me da la impresión de que entre las principales razones de la vuelta del portugués está la de evitar que eso suceda. El Madrid no ha de adoptar una estética de la disciplina o una estética del sacrificio, sino disciplina y sacrificio. La estrella no ha de decirnos que tiene aura, tenemos que descubrirlo nosotros cuando el partido se rompe y él permanece entero, o cuando es suplente y entrena como titular. Evitando, por encima de todo, empezar a vivir dentro de la versión futura de uno mismo: el reconocimiento nunca puede llegar antes que la obra.
La verdadera aura de este Madrid no residirá en que sus jugadores parezcan especiales cuando lleguen al túnel de vestuarios del Bernabéu. Lo hará en que, tras el encuentro, nadie tenga ninguna duda de que lo son. La clase de aura que siempre gustó en la casa blanca. Aquella que no se farmea: aquella que se gana.
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