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Cuando los Mundiales eran en verano: USA 94

Cuando los Mundiales eran en verano: USA 94

Escrito por: Antonio Valderrama15 noviembre, 2022
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Una primera idea de la muerte

 

Como nos han robado el fútbol para llevárselo a un enorme cementerio y jugar allí, sobre miles de cadáveres, un mundial aberrante, yo me he propuesto, en lo que dure el hurto, recordar los mundiales que he vivido. Los mundiales del verano, los mundiales que se jugaban antes: buenos y malos, aburrido, notables y mediocres, los que seguí con mucha pasión y los que no me importaron casi nada. En suma, mis mundiales, los mejores mundiales de la historia del mundo, porque fueron los míos.

De la primera Copa del Mundo que guardo recuerdos, recuerdos de verdad y no vagas referencias entre la imagen y el sueño, es de la de 1994: el decimoquinto Mundial de fútbol de selecciones nacionales, disputado en los Estados Unidos de América entre los meses de junio y julio de hace veintiocho años. A la mitad de ese Mundial yo cumplí seis años. Mi padre sacó al patio la tele de la cocina: eran los veranos de la sequía, que empezó más o menos cuando nació mi hermano, un año largo antes. Luego han venido más sequías pero para mí aquella siempre será diferente, el modelo de todas las sequías, porque oía hablar de ella a mis mayores con un tono dramático un poco desasosegante que yo no entendía. Con aquella sequía llegaron a mi casa, para quedarse, además de mi hermano, las botellas de agua mineral, en paquetes de seis, que siguen reponiéndose más o menos cada tres o cuatro días, y un enorme bombo de plástico gris. Mis padres lo pusieron en la azotea para que cada vez que nos cortaran el agua corriente pudiéramos, por lo menos, lavarnos, beber y cocinar.

Como nos han robado el fútbol para llevárselo a un enorme cementerio y jugar allí, sobre miles de cadáveres, un mundial aberrante, yo me he propuesto, en lo que dure el hurto, recordar los mundiales que he vivido

Como digo, durante ese Mundial de Estados Unidos yo cumplí seis años y mis referencias futbolísticas todavía eran vagas, incipientes. Era del Madrid porque mi padre nos decía que teníamos que serlo, pero el Madrid apenas era nada todavía, unos hombres de blanco con tendencia a hacerme llorar en confusas noches europeas. Sin embargo el color blanco ya era la nota predominante, el elemento identificativo, lo que se me quedó en la habitación interior de mi cabeza. Unos hombres de blanco luchando por abrirse paso en la jungla de mi aturullada percepción del mundo. Por supuesto, la idea de España o de selección nacional no tenía todavía ningún sentido para mí: mi padre me ponía a ver los partidos de España y para mí era como seguir viendo al Madrid. Puede que mi recuerdo más intenso relacionado con la selección datara de un año antes, más o menos, del partido que España, con diez jugadores, le ganó en Sevilla a Dinamarca, la campeona de Europa. En aquel partido Hierro marcó el gol de la victoria y debutó un portero que era del Madrid, Cañizares. Para mí, todo aquello pertenecía a un mismo todo, en mi mente era indisociable una cosa de la otra.

Gol Hierro a Dinamarca 1993

Aquel Mundial fue el de los horarios extravagantes. Las veladas se alargaban hasta la noche, que en la provincia de Cádiz, a esas alturas del año, no llega hasta casi las once. En mi patio se montaba un chisgarabís de cuidado: a través de la reja de la ventana que de la cocina daba hasta él, mi padre alteraba los nervios de mi madre moviendo un cableado absurdo, quitando y poniendo cosas hasta que por fin el enorme armatoste negro y abultado de la tele, un tubérculo catódico, quedaba más o menos bien sobre una silla, en perpendicular con la gran puerta falsa, la puerta por donde entraban en casa motos, bicicletas y hasta coches. Una puerta que mi padre dejaba abierta y por la que, cada vez que había un partido, se asomaban los niños de la calle, todos mayores que yo, arremolinándose en lo más parecido que he vivido a las historias que me contaban mis mayores de cuando ellos eran pequeños y el barrio se juntaba en la única casa con televisión para ver las películas de Jon Vaine. En aquel patio yo oía a mi padre vejar a un tal Clemente sin saber muy bien por qué. Del verde yanqui que salía por la tele, un verde oscuro y surcado a rayas extrañas que sólo existe allí, en los campos de football adaptados al soccer me vienen flashes: un tipo de azul intenso marcando un golazo y corriendo desaforado hacia la cámara, gritando, al que mi padre también vejaba y del que oí hablar mucho todo el tiempo, bajo el nombre de Maradona, y un negro calvo que iba de verde y del que se decía que era muy viejo, Roger Milla, y el amarillo dorado de los brasileños.

Olí la muerte por primera vez en el Italia-España del codazo a Luis Enrique

Con seis años difícilmente se puede tener una idea cierta del mundo más allá del estrecho círculo que forman tu padre, tu madre y tus hermanos. Incluso tus abuelos y tus tíos son caras recurrentes con las que a duras penas se establecen afinidades. El amor suele llegar después, con el conocimiento. Al principio, además del verbo, sólo existe la necesidad: de amparo, de nutrición y de seguridad. Ni el Madrid ni España tenían sentido por sí mismo para mí. Eran ideas inseparables de la nebulosa con la que intentaba agarrarme a las cosas, subirme al vehículo de la realidad, que circulaba a mi alrededor a toda pastilla. Lo que sí empezó a cobrar un sentido aún difuso pero ya tangible, reconocible, fue la muerte. La olí por primera vez en el Italia-España del codazo a Luis Enrique.

Codazo Luis Enrique Tassotti

Como digo, de la selección española me llamó poderosamente la atención que jugara de blanco. Por eso, el día del Italia-España, yo iba apasionadamente con España. Apasionada e infantilmente, con esa irracionalidad fanática e ingenua del niño. Los españoles eran los nuestros, que además iban de blanco, como el Madrid, que para mí empezaban a ser los míos. En mi corazón, aquella tarde en Boston jugaba el Madrid. Y el Madrid perdió.

No perdió de cualquier manera. Perdió y lo hizo atrapado para siempre en dos situaciones que en mi alma impresionable dejaron una huella definitiva: el codazo a Luis Enrique y el fallo de Julio Salinas. En cierto modo, ambas acciones son dos categorías distintas de injusticia, dos versiones del destino fatal. Luis Enrique jugaba todavía en el Madrid y para mí era una cara que conocía, una cara que identificaba como propia. La había visto más veces, como la de Fernando Hierro. Sabía a qué atenerme con ella. De repente, en medio del partido, tras una pausa, en la tele salió esa misma cara llena de sangre, un borbotón que le manchaba la camiseta blanca. Vi a Luis Enrique agitarse enloquecido ante la cara imperturbable del árbitro, señalándose la nariz, de la que manaba un líquido oscuro, como el que sale de los muslos de los toreros cuando los empitonan en el ruedo. Creo que es la única vez que he visto a mi padre dolerse por Luis Enrique, reclamar justicia para él. Con seis años, la evidencia de lo incorrecto, del mal, era para mí tan clara, estaba tan a la vista de todo el mundo (¡un hombre con la nariz rota, rota por culpa de la alevosía de un contrario!), que el hecho de que el árbitro se negara a castigar al infractor me perturbó muchísimo. El mal campaba a sus anchas por la faz de la Tierra y los encargados de administrar la ley, de ejecutarla y de proteger, con ello, la pureza de la lid, la justicia, eran cómplices de esa impunidad.

Los españoles eran los nuestros, que además iban de blanco, como el Madrid, que para mí empezaban a ser los míos. En mi corazón, aquella tarde en Boston jugaba el Madrid. Y el Madrid perdió

Un poco después, un tipo con coleta al que odié largo tiempo desde entonces, Roberto Baggio, marcaba el 2 a 1 para Italia. Zubizarreta (otro santo de la devoción en la sacristía del odio de mi padre) tenía que haberle hecho penalty, eso se comentaba en el patio de mi casa, todos se mostraban de acuerdo con gravedad y pesadumbre, era la ley de Dios para mí, en definitiva. De inmediato, Julio Salinas, que era una espiga alta doblada por el peso del viento y de la Historia, se encontró, sin que nadie supiera cómo, totalmente solo delante del portero italiano. A partir de ahí aprendí también qué significaba picarla: todo el mundo, en mi patio, estuvo igualmente de acuerdo en que Julio Salinas tuvo que haberla picado por encima del portero, pero en su lugar golpeó el balón con flojedad, cobardemente, sin brío, sin ganas. Más adelante, de mayor, también he visto a futbolistas mucho mejores y más importantes que Julio Salinas golpear el balón de esa manera, con miedo, en la hora de la verdad, del mismo modo que me he visto a mí mismo, en circunstancias de la vida equiparables a ese momento supremo de empatar un partido al final del tiempo reglamentario en unos cuartos de final de la Copa del Mundo, pegarle a la pelota como aquella tarde le pegó Julio Salinas. De lo que deduzco que el miedo a la muerte es una impresión profunda y perdurable que aparece de pronto en la vida de los hombres, casi siempre muy al principio. Llega sin que nos demos cuenta, como una corriente de aire cargada de otoño en mitad de una tarde de agosto, algo que nos deja fríos por dentro, a solas con la lóbrega infinitud del caos de la vida. Aquella tarde España, para mí el Madrid, perdió 2-1 y yo descubrí el fatalismo al que nos aboca la fría indiferencia de los hombres y el inexorable poder del azar, que lo mismo da que quita.

Fallo penalti Roberto Baggio

Unas semanas después, en el mismo patio, me quedé hasta el final viendo la primera final de la Copa del Mundo de mi vida. El Italia-Brasil fue un partido extraño, de una violencia subterránea, agónica, que también quedó indeleble en mi retina. El tipo de la coleta padeció lo mismo que Julio Salinas la tarde anterior en Boston. Fue a tirar el último penalty y los gemelos se le encogieron de miedo. La mandó a las nubles y los brasileños, que yo escuchaba por todas partes que eran los mejores de la historia, como el Madrid, ganaron por fin un Mundial después de tanto tiempo. Yo no lo sabía pero aquella Copa del Mundo de Romario y de Bebeto sería para ellos lo que un poco después, para mí, la Séptima Copa de Europa del Madrid. Nunca más regresaron las tardes de fútbol a mi patio, pero tampoco se me fue de dentro la sensación de soledad a la que estamos abocados por nuestra propia existencia. Ya nunca más la luz de la cocina protegió del todo en mitad de la noche.

 

Getty Images.

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