Las mejores firmas madridistas del planeta

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

Estaban reunidos en el reino de los cielos las leyendas madridistas, lo que ya era una tradición cada vez que jugaba el Real Madrid abajo en la tierra.

Desde dos horas antes del pitido inicial iban llegando desde todos las constelaciones celestiales. Juanito, siempre entusiasta, iba recibiendo a los que iban llegando. Todos con la última camisa que vistieron en su paso por el Real Madrid.

Aranguren, Zamora, Errasti, Cunningham, De Felipe, Rubio, Lazcano, Peña, Manolo Velázquez, hasta Didí. A todos se les pintaba una sonrisa en la cara al llegar. Abrazos y besos para repartir.

En una esquina estaban Joseíto, Miguel Muñoz y Reyes, enfrascados en una discusión comparando al fútbol moderno con el de otros tiempos.

Unos segundos de silencio interrumpieron la algarabía; estaba llegando Don Santiago Bernabéu, de traje, corbata y sombrero.

—¡Hombre, siempre tan elegante, don Santiago! —dijo Juanito.

—¡Es que hoy juega mi Madrid! —replicó.

Los últimos fueron Gento, Puskas, Di Stéfano y Kopa, llegaron juntos y desternillados de risa, venían de ver el clásico celestial Ángeles FC vs. Club Deportivo Arcángeles en el gran Estadio Santísimo.

Abajo en Madrid ya salían a calentar los once que jugarían más tarde el partido que definiría al campeón de invierno. Más allá de conseguir otro título, el equipo blanco necesitaba ganar, pues viajaba en dos días a jugar el Mundialito de Clubes, quería dejar los deberes hechos.

Cañas, tapas y risas se multiplicaban en el recinto celestial. Recordaban viejas anécdotas y compartían experiencias. Estaban tan metidos en el momento que no se dieron cuenta cuando Benzema dió incio al partido, tocando atrás para Modric.

—¡Oye, que ya comenzó el partido! —dijo Puskas.

Desde arriba veían y comentaban. Sufrían y disfrutaban a la par. Su espíritu blanco seguía intacto a pesar de los años.

El primer tiempo transcurrió muy rápido, tan rápido que los madridistas no daban crédito al marcador, 0-3 al descanso. Errores en defensa, desconcentración en la línea media y total desarticulación en el ataque. Un silencio incómodo se apoderó del momento. En millones de hogares, en los bares, en el estadio y hasta en el cielo. Todos los madridistas del mundo hacían su propio análisis de la situación y creaban soluciones tácticas en sus cabezas para ayudar a Ancelotti en las decisiones del banquillo.

La voz experimentada de Miguel Muñoz fue la primera que se oyó:

—Lo primero es mantener la calma. Realmente han sido unos muy malos cuarenta y cinco minutos, pero confīo plenamente en este equipo y en su cuerpo técnico.

Reyes lo interrumpió:

—Perdone Mister, pero algún cambio habría que hacer. No podemos salir al segundo tiempo igual, nos van a meter seis.

Juanito, siempre intempestivo, gritó desde el fondo:

—¡Sí sí, Carletto debe cambiar de esquema a 3-4-3, sacar a Kroos y dar entrada a Camavinga! ¡Necesitamos frescura en la medular!

—Calma, chavales, calma —interrumpió Muñoz—. Entiendo la premura, pero recordemos nuestro ADN. Además, no hay persona en el mundo que conozca más la situación real de los jugadores que Ancelotti. Él es el primer interesado en remontar y sabrá que hacer.

Solo se oyeron algunos murmullos cuando salieron al campo para el segundo tiempo los mismos once jugadores. A los tres minutos, otra desatención defensiva provocó el 0-4 y desató la locura en todos los rincones blancos del mundo. Los jugadores del Real Madrid se veían entre ellos tratando de entender lo que estaba pasando. Carletto, que había estado al borde del campo, fue a sentarse en el banquillo asumiendo su responsabilidad y sin poder hacer mucho más.

Paco Gento pensó en voz alta:

—Solo Dios podrá ayudarnos.

No había terminado de hablar Paco cuando el mismísimo Señor de las Alturas se apareció con una túnica blanca e impoluta.

—¡Saludos, veteranos y noveles! ¿Me llamaron?

La respuesta fue casi unánime:

—Si, necesitamos tu ayuda, ¡debemos remontar cuatro goles en solo cuarenta minutos!

—Ya saben mi afición por el Real Madrid, el club de mis amores, pero también saben que no puedo intervenir en estas cosas. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Soy un aficionado más. Los infinitos logros deportivos son mérito del club y de sus jugadores.

Siguieron las discusiones, todas las leyendas del club daban alguna opinión táctica, incluso Dios se animó a dar un par de sugerencias. Pero seguían pasando los minutos y no se veía ninguna reacción blanca. En ese momento Dios pidió la palabra:

—Les propongo algo: cada recuerdo, cada anécdota, cada imagen que ustedes tengan sobre nuestra historia la transformaré en un copo de nieve para hacérselo llegar a los jugadores. Ellos son los únicos que pueden remontar, solo hace falta refrescarles nuestra historia, nuestro ADN.

De inmediato todos comenzaron a recordar los momentos emblemáticos de la historia blanca: la volea de Zidane, la llegada al aeropuerto con la primera Copa de Europa, la inauguración del Santiago Bernabeu, el Aguanís de Raúl, el empate de Ramos en el 93, las celebraciones en voltereta de Hugo Sanchez, el gol de Marquitos en la final contra el Reims, la estirada de Casillas ante el Sevilla, la corrida por la banda de Bale, el gol de Rodrygo frente al City, el gol de chilena de Cristiano en Turín….

Todos aportaban algo, todos recordaban entusiasmados la inmensa cantidad de momentos mágicos de la historia merengue. Y como si fuera magia, comenzaron a caer pequeños copos de nieve muy blanca sobre el Bernabéu.

El primero en sentir algo fue Carvajal. Sintió un pequeño golpecito en su oreja y al tocar el copo de nieve le vino a su memoria la imagen de cuando puso junto a Di Stefano la primera piedra de la ciudad deportiva. Sintió una energía renovada e interceptó un pase de profundidad del contrario para salir jugando por la banda.

Al mismo tiempo Vinicius recibía la misma señal y su mente se trasladaba al gol de la decimocuarta, sintiendo de manera inmediata el orgullo tremendo de pertenecer al mejor club del mundo.

Todos y cada uno fueron sintiendo lo que ya era una nevada. Fede Valverde recordó el momento cuando le informaron el interés del Real Madrid por él; Modric sintió la misma emoción de su gol contra Manchester United en su primer año de blanco, a Courtois le invadieron imágenes de todas sus paradas en la última temporada, Militao sintió la confianza de sus compañeros en la zaga y subió a cabecear un tiro de esquina que convirtió de manera espectacular. Hazard recogió la pelota de la red y rápidamente la puso en el medio del campo mientras alentaba al público del estadio, que respondió con un alboroto tremendo.

Quedaban treinta minutos y mucho por hacer, pero el ADN blanco ya se había apoderado del equipo. Vinicius tomó un pase de Tchouaméni y dejó a cuatro adversarios atrás para tocársela suavemente a un costado del portero rival. 2-4 y veinte minutos.

El ruido del Bernabéu era una locura, cada pase, cada toque generaba una emoción desbordada. El equipo rival ya sentía el peso y decidió cerrarse atrás para tratar de mantener la ventaja, pero el vendaval blanco era demasiado grande.

En el cielo no paraban de recordar momentos de magia blanca: la chilena de Bale vs. Liverpool, las corridas de Gordillo con las medias caídas, los elegantes controles de Zidane, las infinitas celebraciones de Di Stéfano, las salvadas de Zamora, los pases largos de Xabi Alonso, los pases filtrados de Guti…, y cuantos más recuerdos surgían más ADN se sentía en el césped.

Los nervios del contrario hicieron mella y Karim aprovechó para anotar el tercero. Ya era inevitable la remontada. Seguía nevando de manera copiosa y el Madrid se sentía cada vez más como el Madrid.

Faltando 8 minutos un contragolpe derivó en un penalty contra el arco de Courtois. Como no podía ser de otra manera, Thibaut no solo evitó el gol sino que en la misma jugada salió jugando rápidamente con un pase largo que Rodrigo convirtió en el empate y en la locura merengue. Hasta Carletto salió corriendo a celebrarlo en la esquina del estadio.

Justo cuando anunciaron los cuatro minutos de descuento Luka Modrïc recibió un pase de Valverde en la medular y su chute dió en el larguero, pero Rodrygo estaba cerca y remató de palomita en el aire.

Todo el universo madridista se fundió en un abrazo eterno. Cielo y tierra se fusionaron en una misma celebración, el Real Madrid volvía a remontar en otra noche mágica y se convertía otra vez en Campeón de Invierno.

Juanito buscó a Dios para celebrar con él, pero ya se estaba yendo y solo le guiñó el ojo de manera pícara, con un puño en alto en señal de victoria.

Para el momento de los pitidos finales, el césped del Bernabéu estaba totalmente cubierto de nieve, tan blanco como el uniforme merengue.

El Real Madrid nos regalaba una muy feliz Navidad, esta vez muy blanca, especialmente blanca.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

Diciembre de 1995. El marido de Laura no entendía por qué ese empeño de su mujer en acudir a media tarde al Palacio de los Deportes de Madrid, a ver un partido entre las selecciones de Australia y de Cuba, cuando a él lo que de verdad le apetecía era ver a su Real Madrid del alma un par de horas más tarde.

—Es por el niño —contestó Laura.

—Pero si solo tiene seis años —replicó airado Javier.

—Le encantará este ambiente, como me gustaba a mí cuando era niña y mi padre me llevaba a los partidos.

El pequeño Javi miraba embobado a la cancha, el calentamiento de los jugadores, el movimiento acelerado, los estiramientos, los chicos recogepelotas. Luego se giraba hacia las gradas superiores y al poco público que había en aquellas horas previas al gran partido del día, el que enfrentaba al Real Madrid contra un equipo brasileño del que nadie sabía gran cosa. El niño fijó su atención en las banderas. Estaba en esa edad en la que su curiosidad lo llevaba a tratar de conocer “todas las banderas de todos los países del mundo”, como solía decir.

—Mis favoritas son las que tienen estrellas, como esas —dijo mientras señalaba las de Cuba y Australia, que colgaban de lo alto del pabellón.

—Bueno, nuestro escudo no tiene estrellas, pero el equipo está repleto de ellas —le contestó socarrón su padre.

Laura había puesto un empeño especial en comprar las localidades en la cuarta fila detrás del banquillo visitante. Su marido no lo sabía, pero el corazón de Laura palpitaba de modo acelerado. Miraba el calentamiento de los jugadores sin pronunciar palabra. Luego observó al equipo técnico del teórico visitante. El entrenador llevaba un traje elegante y junto a él había otros tres miembros ataviados con un chándal azul brillante con unas letras rojas ribeteadas de blanco: CUBA. El más alto de los tres se dio la vuelta con cierto disimulo, pero su vista no recorrió las gradas. Buscó directamente en la cuarta fila.

Era él. Era ella. Leonardo Quiroga clavó su mirada en los ojos de Laura, cuyo corazón casi se le escapa por la boca. Javier y Javi no advirtieron la mirada prolongada que mantuvieron ambos, pues estaban entretenidos con un animador que lanzaba peluches a la grada, pero de haberse girado a su izquierda habrían percibido cómo su mujer y madre había volado metafóricamente del asiento. A 1983.

LAURA: recuerdo aquel día como si fuera ayer. Era la Ciudad Deportiva y nuestros asientos estaban algo más elevados que ahora. No éramos más que unas adolescentes en busca del autógrafo de Fernando Martín.

Leonardo se quedó petrificado, pero trató de disimular mirando hacia el público, al techo, a las banderas, aunque cada pocos segundos volvía la vista a los ojos de Laura.

LEONARDO: recuerdo la primera vez que encontré tu mirada entre el público. Fue en un balón que salió por el lateral y que intenté alcanzar con un salto. Salió hacia tu sitio y trataste de esquivarlo. Sonreíste.

LAURA: yo ya me había fijado en ti durante el juego. Tu elegancia de movimientos, el brillo de tu piel, aquellas patillas de época que me resultaron tan encantadoras. Y un pelo fuerte y oscuro que desde el principio quise estrujar con fuerza entre mis dedos. Me miraste avergonzado tras el rebote del balón en nuestros asientos. Y te disculpaste con el público, pero cuando te girabas para regresar al juego, tus ojos volvieron a mí.

LEONARDO: al acabar el partido, tus amigas fueron al banquillo del Madrid. Me reí con sus gritos de “Fernando, Fernando”, como si fuera un cantante pop. Tú fuiste la única que se acercó a nuestro banquillo, donde no iba nadie, y me pediste una firma en tu carpeta de estudiante.

LAURA: tengo grabado tu mensaje palabra por palabra. “Para Laura, con cariño”. Y en la segunda hoja: “Te espero en Casa Rodri, enfrente del Hotel Continental. Me escaparé a las once y media”.

LEONARDO: arriesgué mucho al huir de la concentración del equipo. En aquellos años estábamos muy vigilados por el delegado del gobierno, que nos acompañaba en cada viaje al extranjero. Me descolgué por el patio interior de la lavandería. Fue una locura.

LAURA: no sé qué hacía en aquel bar a las once y media. Claro que fue una locura, lo sé. No sé qué buscaba, quizás una aventura, quizás me había enamorado.

LEONARDO: nunca te lo dije y jamás lo sabrás, pero al principio solo quería utilizarte. Ganarme tu confianza, que me invitaras a tu casa y cuando no te dieras cuenta, llevarme unas medicinas para mi madre. O dinero, o material escolar para mis sobrinos. Todo aquello que nos faltaba en La Habana.

LAURA: me empeñé en llevarte a un lugar de salsa, en que bailaras conmigo como si todos los cubanos fuerais unos artistas solo por el hecho de ser cubanos. Y tú, con tus dos metros de altura, te movías con una torpeza que acabó de lograr que cayera en tus brazos.

LEONARDO: recuerdo todo lo que hicimos aquella noche como si fuera ayer mismo.

LAURA: “te voy a enseñar el Madrid que no conoces”, te dije.

LEONARDO: jamás se me olvidará la cara de tu amiga cuando le pediste que nos dejara pasar la noche en su casa.

LAURA: y vaya noche, nunca la olvidaré.

LEONARDO: tuve que irme muy temprano, tenía que volver al hotel antes de que en la concentración advirtieran de mi escapada. Todos los integrantes del equipo estábamos avisados del castigo si alguno se fugaba.

LAURA: no quería que te fueras. Me miraste fijamente. Con ternura, con tristeza en la mirada. Nuestros dedos se rozaron por última vez, ¿puedes creer que aún tengo la sensación de tu tacto en la yema de los dedos?

LEONARDO: me costó mucho separarme de ti. Hallé tanta bondad en ti que me olvidé de mis intenciones iniciales. Aún lloro con la despedida.

LAURA: no volví a saber de ti. Te fuiste, tu equipo volvió y no supe nada más de ti. Escribí varias cartas a la Federación Cubana de Baloncesto, pero imagino que no te llegarían.

LEONARDO: ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué no me pediste que me quedara? A la mañana siguiente, al volver al hotel antes de que amaneciera, me sorprendió el delegado del gobierno. Y al regresar a Cuba me retiraron el pasaporte y me prohibieron salir del país durante una década. ¿Por qué no volví a verte?

LAURA: no contestaste nunca a mis cartas, así que dos años después viajé a La Habana con unas amigas. Fue una pesadilla recorrer La Habana e imaginar tu rostro en cada esquina, en cada persona con la que me cruzaba, en cada cancha de baloncesto improvisada en las calles. No sé en qué pensaba, pero quería encontrarte, aunque no supiera muy bien con qué vana ilusión.

LEONARDO: si en aquel momento nuestras vidas se hubieran cruzado de nuevo, todo habría sido distinto. Pedí permiso a la Federación para fichar por un equipo belga que se había interesado por mí, pero me lo denegaron. Albergaba la esperanza de volver a Europa y comenzar una nueva vida. Te habría buscado sin dudarlo.

LAURA: pero mi vida tenía que seguir.

LEONARDO: tendría que permanecer en Cuba, así que traté de olvidarte. Me retiré del baloncesto, me casé, tuve dos niños y ahora entreno a los más jóvenes.

LAURA: lo habría dejado todo por ti. Me casé, tuve un niño maravilloso, pero nunca dejé de pensar en aquella noche.

LEONARDO: cuando me dijeron que volvíamos al Torneo de Navidad del Real Madrid, mi vida entera se trastocó, los recuerdos volvieron a mi mente, aquel ambiente mágico... Sé que era una locura pensar que volvería a verte.

LAURA: no volví a un torneo de Navidad hasta que supe que participaba la selección de Cuba. Fue una locura pensar que volvería a verte, pero…

Y aunque las yemas de sus dedos no volvieron a juntarse, Laura y Leonardo se lo dijeron todo sin cruzar una sola palabra.

Sonó el pitido que anunciaba los tres minutos para el inicio del encuentro.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad

 

El niño entró en el salón y, sin despojarse del todo del mono de escuela, se abalanzó sobre el hombre adormilado bajo el efecto de la felicixina. “¡Abuelo!”, esperó él en vano que le gritara su nieto. Como siempre, sin embargo, escuchó:

—¡Adulto mayor en grado tres a mí coaligado!

—¿Qué quieres, hijo?

El niño aspiró, compuso una mueca de fingida seriedad y adoptó un aire de reconvención.

—Hije, adma, hije. Si te escuchara nuestre formadore…

Con una sonrisa de picardía, tan fingida como la de su nieto, el hombre observó cómo terminaba de desvestirse el niño. Por alguna razón, aquella tarde no terminaba de sentirse feliz. Pero por qué. No me falta de nada, se dijo, con los ojos fijos en aquel tubo que le mantenía eternamente conectado al flujo de felicixina. Cuidan de mí. Por un momento, se preguntó quiénes serían “ellos”. Nadie lo sabía, pero no importaba. Se ocupaban de todo. De todo y de todos.

Mientras miraba a su nieto, decidió que era el mono. No le gustaba. Tan neutro, tan gris, tan ceñido. Tanto como para que se aplanara cualquier rasgo que pudiera llevar a la distorsión del niñe, que pudiera alterarle el juicio, perturbárselo, y hacerle prestar falsos oídos a los aullidos, por lo demás apagados, de lo primitivo. No me acostumbro, se justificó ante su propio e invisible tribunal. Cuando yo era joven…

—¡Adma! —le interrumpió su nieto—. Tienes que ayudarme.

—Claro. ¿Qué te pasa?

—Nada, es que hoy en el Centro de Democracia nuestre formadore nos ha pedido que preguntemos a nuestres mayores por aquellas cosas que os hacían felices en la época predemocrática y las comparemos con aquellas que nos hacen felices a nosotres ahora.

—¡Ah! —exclamó el anciano.

Por un momento, dudó. ¿Había sido su época verdaderamente predemocrática? Sin duda debía de haber sido así, pues así lo afirmaba su nieto y su nieto era un estudiante modelo. Todos lo eran, en realidad. En sus tiempos, había algunos buenos alumnos, por supuesto, pero la mayoría sufría para aprobar y algunos, incluso, suspendían. Por suerte, el Consejo se había ocupado de eso al poco de asumir la pesada carga del poder ciudadano y aquellos recuerdos eran ya tan solo el vestigio de un tiempo pasado y cruel, tan inmisericorde como por fin superado.

—Déjame pensar…

—Piensa, piensa, adma. Yo voy haciendo hueco aquí —dijo, y se frotó la sien para eliminar datos inútiles en la corteza prefrontal.

 

Menos mal que el Consejo nos controla el almacenaje de información, se alegró en silencio el niño. Luego enseguida, al tratar de imaginar lo difícil que debía de haber sido en la época de su adma manejar todo aquel caudal de conocimiento inservible, se sintió profundamente conmovido.

—Adma, si no tienes ganas ahora…

—No, no, es que no puedo recordar bien cómo se llamaba… —cerró los ojos mientras se masajeaba el hipocampo en sentido inverso al que había descrito su nieto y, a los pocos segundos, gritó de contento—. ¡Eso es! ¡El Real Madrid! ¡El Real Madrid y la Navidad!

—¿El qué?

—El Real Madrid era un equipo de fútbol de antes de que el Consejo asumiera la pesada carga del poder ciudadano. El mejor de todos.

—¿Fútbol? —repitió su nieto con un mohín de asco—. Ay, Adma, en qué mundo viviste… ¿Y la Navidad?

—Para nosotros, el mejor momento del año, hije. Se celebraba el nacimiento de un niño al que algunos consideraban el hijo de dios y eran semanas de alegría, luces y fraternidad. No me mires así. Daba igual creer en aquello o no, de verdad. Ni tu abuela ni yo creíamos, y aun así aquellos días nos inundaban de una felicidad incomparable.

—Pero ahora tienes felicixina todos los días, a todas horas, adma, y no necesitas supersticiones antiguas para ser feliz —y con la posible pena de herir a su abuelo ahogada por la orgullosa seguridad del tiempo nuevo y mejor que le había tocado vivir, le preguntó—: ¿no es esto mucho mejor?

El abuelo tardó un instante en responder. Sabía que era mucho mejor. Sabía también que un compañere del Consejo monitoreaba las conversaciones del bloque y ajustaba la felicixina en función de lo que escuchaba. Te lo agradecemos tanto, compe. Por eso, por todo lo que sabía, inmediatamente se rehízo y respondió:

—Muchísimo.

—Vale, adma. ¡Muchas gracias! Voy a ducharme antes de que lleguen les proges a cenar.

Un beso. Pero no. Cómo se le ocurría ni siquiera desearlo. Los besos llevaban tipificados como microagresión desde los principios del Consejo y había rumores de que pronto pasarían a formar parte del Plan Integral de Reeducación Ciudadana. Pertenecer a la propia familia, agravante. Y cómo no, se dijo. A veces se me va la cabeza. Adónde, adónde se le iba, adónde se te va. Atrás, muy atrás.

Tan atrás como para recordar los días en los que el fútbol —o más bien el Real Madrid— y la Navidad eran los ejes en torno a los que orbitaba lo mejor de su vida. Recordó también cómo, ya en sus primeras horas de asunción de la pesada carga del poder ciudadano, el Consejo, en su desvelo por construir una sociedad mejor y más justa, había establecido los tres criterios en los que cualquier actividad de la vida, pública o privada, se fundamentaría a partir de ahora: diversidad, equidad e inclusión. La triada laica, bromeaba el Consejo. Reíamos: jajajá. Homologuémonos, cantábamos también. ¿Cantábamos? ¿Reíamos?

Palabra del Consejo: “El fútbol, y muy especialmente el Real Madrid, representan los caducos valores de un tiempo masculino, brutal y competitivo, donde la DEI y todos aquellos cuidados que nuestra ciudadanía anhela y requiere se encuentran de todo punto ausentes”. Lo mismo sucedía con la Navidad, afirmaban, promotora y protectora de un tipo único de familia que, con su radical univocidad, ofendía y agraviaba a todas las demás realidades socio-afectivas existentes. Y así era, indudablemente, aunque al principio nadie, tampoco yo, estuviera muy seguro de lo que significaba nada de todo aquello.

Sin embargo, continuó recordando el hombre, pese a las sabias mejoras del Consejo, me acuerdo, por ejemplo, de aquella de retirar el zafio “Real” y sustituirlo por “de la Gente” —¿por qué no le habría gustado eso a él entonces? —, cambiar los rancios himnos de los equipos por inspiradoras batucadas, o ampliar los miembros de la familia divina hasta comprender los treinta y siete géneros sexuales de los que se tenía noticia en el momento —¡que ignorantes éramos! —, la ciudadanía, nosotres, aún lastrada o lastrades por el peso de una tradición incapacitante, perdió, perdimos, el interés. Y en unos pocos años, claro, el recuerdo de aquello, antes incluso de la acertadísima regulación de la memoria impulsada por el Consejo, oh Consejo, se diluyó.

¿Pero por qué lloraba? No me falta de nada. Me cuidan. Se ocupan de mí. No te falta de nada. Te cuidamos. Nos ocupamos de ti. Lo sabía, lo sabía perfectamente. No podía no ser feliz. Y si podía, para eso estaba la felicixina. Sin embargo, por algún motivo oscuro y viejo, en ese momento no notaba los efectos de la droga y, lo que era mucho peor, no quería notarlos. Solo quería llorar, solo quiero llorar. Recordar los tiempos predemocráticos de fútbol, de Navidad, de Real Madrid. Gemía en silencio, temeroso del compañere que escuchaba desde algún lugar, desde todos los lugares. En silencio no, porque el aire se llenó de pronto de un susurro que no era suyo.

—¿Qué te aflige, ciudadane?

—Nada, compañere. Son lágrimas de felicidad —mintió—. No me falta de nada. Me cuidan. Se ocupan de mí.

—Por supuesto, ciudadane. Somos muy afortunades.

—Lo somos —y asustado ante la posibilidad de no poder seguir recordando y llorando, añadió—: por eso no necesito más felicixina. Mi vida es plena, compañere.

—Por supuesto, ciudadane.

Pero el hombre sintió un fogonazo de calor en el brazo. El compañere, por su Bien, había decidido aumentarle la dosis de felicixina. Casi al instante cesaron las lágrimas, cesó el dolor. En el cráneo, hacia donde quedaba el hipocampo, le recorrió un cosquilleo agradable. Alguien, ¿quién?, borraba aquellos tristes recuerdos en la mente del anciano. Pronto no quedaría nada del Real Madrid, del fútbol, ni de la Navidad que pudiera volver a hacerle caer de nuevo en aquel lamentable estado de melancolía. Ellos se ocupaban de todo, le cuidaban, no le faltaba de nada. Lo repetía una y otra vez, a lomos de la felicixina. Era, ciertamente, un tiempo mejor.

Buenos días, amigos. Ayer celebramos Navidad en La Galerna dándonos el lujo de entrevistar ni más ni menos que a George Karl, cuyo reencuentro virtual con su expupilo Joe Llorente, acompañado por Jesús Bengoechea, tiene que entrar por derecho propio en la galería de momentos imprescindibles en los siete años de historia de esta vuestra casa. En las palabras del Hall of Fame inductee, uno de los entrenadores más exitosos en la historia de la NBA, late una devoción por el Real Madrid de tal calibre que avanzamos un estadio más, si ello era posible, en el entendimiento de la enormidad que representa el club blanco. Karl otorga a su año y medio en la institución un papel esencial en su formación como técnico, y equipara la grandeza de la entidad española a la de los Lakers o los Celtics.

Karl ganó dos veces el Torneo de Navidad del Madrid, que tanto añoramos. La primera como jugador en la añeja edición de 1971, cuando era el base rubicundo de la Universidad de Carolina del Norte; la segunda exactamente veinte años después, ya como técnico vikingo. Esta entrevista fue para nosotros como retomar el viejo torneo, como volver a jugarlo de la mano del hombre de las 1.175 victorias en la mejor competición de baloncesto del planeta. Esperamos que el regalo de Navidad que os hicimos esté a la altura del que nos hicimos a nosotros mismos.

Ayer fue también un gran día porque revelamos al ganador de la III Edición del Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad, que es Pedro Lancha con esta absoluta maravilla de relato que te encoge el corazón. Pedro ya fue el ganador del año pasado, y aunque no queríamos repetir lo cierto es que no nos ha dado opciones. Parte de los finalistas fueron revelados el sábado, y el resto serán publicados hoy. Agradecemos a los participantes tanto la cantidad como la calidad de los textos presentados.

La prensa deportiva tradicional viene con sus brindis navideños. Honestamente, y con todos los respetos, nosotros nos quedamos con nuestro brindis con Karl. Dice As que Koke hizo historia en 2022, aunque luego no razona su respuesta, como nos pedían que hiciéramos en el cole. Da igual, hombre, es Navidad, y si hay que abrazar la idea de que Koke hizo historia en 2022, se la abraza y que salga el sol por Antioquía, como diría nuestro querido Rafa Moreno.

El que no brinda desde la portada de Marca es Mbappé, que irá o no irá algún día al Madrid. Recomendamos a Kylian que lea nuestra entrevista con George Karl y que aprenda, así, en general.

Pasad un gran día.

Portada Marca Portada As Portada Mundo Deportivo Portada Sport

Relato ganador del III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad de La Galerna.

 

Para Pablo, a sus diecisiete, aquellas no iban a ser unas fiestas navideñas fáciles. Su época favorita del año era la Navidad. En ella solía dedicarse a pasear y jugar al fútbol con los amigos del barrio. Algunas noches trasnochaba jugando a la Play. Pero, sobre todo, era el momento de pasar ratos con su abuelo Vicente. El abuelo Vicente era un hombre de mundo. Fue empresario, culto, aficionado al cine y la lectura, y además un gran madridista. Cuando nació Pablo, asumió la labor de inculcar el madridismo como uno de los valores vitales de su nieto. Consiguió su objetivo. De hecho, cada 25 de diciembre nunca faltaba en casa de Pablo un paquete con la camiseta del jugador del Real Madrid que, a criterio de su abuelo, había sido el más destacado de la temporada.

Este año, en su época favorita del año tendría que enfrentarse por primera vez a la ausencia de su abuelo Vicente.  Desgraciadamente les había dejado para siempre hacía tan solo tres meses. Aquel día, el último día, Pablo lo recuerda con especial intensidad. Aún es capaz de sentir el último abrazo que le dio a su abuelo cuando fue a visitarlo a su casa por última vez. Recuerda cómo aquel día, cuando él pensaba que el rutinario abrazo de despedida había llegado a su fin, notó como el abuelo le volvía a apretar con fuerza. Como si quisiera alargar el momento mucho más de lo normal. Como si supera que ese iba a ser el último abrazo que le daría a su querido nieto. Algo que le resultó extraño. Cuando unos días más tarde recibió la fatal noticia por parte de su padre, aquel abrazo se le vino de inmediato a la mente, y entonces lo comprendió todo.

Aquel año iba a ser muy diferente. Para evitar una cena de Nochebuena sumida en recuerdos, sus padres optaron por pasar unos días en un resort de República Dominicana. A Pablo no le pareció mal, siempre que le dejasen llevar en su maleta su Play. Temía que tendría que pasar muchos ratos a solas con sus padres.  Por el huso horario, no podría ni siquiera chatear con sus amigos de Madrid y, por tanto, la consola sería su tabla de salvación

Su vida, más allá de echarlo de menos prácticamente a cada instante, no había cambiado mucho. Seguía con sus rutinas cotidianas. Asistía al colegio. Practicaba deporte con sus amigos. Veía a su Real Madrid y jugaba a la Play. Esta última era una actividad a la que dedicaba más tiempo del que les gustaría a sus padres. Aunque resignados, lo veían como algo inevitable al ser hijo único. Sin embargo, su abuelo disfrutaba mucho viéndolo jugar. En muchas ocasiones Vicente animaba a su nieto mientras jugaba a la Play. En alguna ocasión con más pasión que en un partido de Champions. A Pablo se le daba especialmente bien. Cómo no, su juego favorito era el FIFA. Su dedicación le había permitido tener cierto nivel. Además, gracias a ello, había conocido a algunos amigos gamers con los que incluso mantenía algunas conversaciones por chat de cosas más allá del fútbol. A pesar del anonimato que permiten las redes, de entre todas sus amistades destacaba “Junioor20”. Era bastante parecido a él en su forma de entender el futbol y la vida. Incluso le habló de la reciente marcha de su abuelo Vicente.

Aquel año iba a ser muy diferente. Para evitar una cena de Nochebuena sumida en recuerdos, sus padres optaron por pasar unos días en un resort de República Dominicana. A Pablo no le pareció mal, siempre que le dejasen llevar en su maleta su Play. Temía que tendría que pasar muchos ratos a solas con sus padres.  Por el huso horario, no podría ni siquiera chatear con sus amigos de Madrid y, por tanto, la consola sería su tabla de salvación.

Navidades blancas y diferentes

La llegada al hotel le sorprendió. Sus padres no habían escatimado en gastos. Nunca lo hacían cuando se traba de contentarle. El hospedaje consistía en un pequeño bungaló con vistas al mar, porche y pequeño jardín con hamaca atada al tronco de un cocotero. Y, sobre todo, una enorme televisión en el salón que era además el lugar donde él dormiría. Las partidas nocturnas estaban más que aseguradas. El primer día, lo dedicó a disfrutar de todo el ocio que ofrecía el resort. Cuando llegó la noche, decidió que era el momento de conectarse a su Play Station.

Suponía que, por el cambio horario, sus habituales rivales ahora estarían durmiendo. Pero le sorprendió ver que “Junioor20” estaba “online”. Pensó que estaría también de vacaciones. No tardó en retarle. Sin más, el partido empezó. A pesar de que no había goles fue uno de los más entretenidos que recordaban, con muchas ocasiones.

En el descuento, una jugada en el área de “Junioor20” hizo que el árbitro virtual señalara pena máxima. A Pablo se le escapó un “¡Siiiuuu¡” al más puro estilo Cristiano Ronaldo, que rápidamente atenuó para no despertar a sus padres. Le pareció curioso que justo al mismo tiempo un grito de rabia se escuchara en el bungaló vecino. No le dio más importancia. Atribuyó el hecho a la casualidad o alguien viendo futbol por la ESPN. Procedió a tirar el penalti, pero falló. “Junioor20” acertó la trayectoria. Una vez más su grito de rabia coincidió con el de alegría de su vecino. No podría ser tanta casualidad.

Dejó el mando sobre el sofá y salió al porche. Al mismo tiempo, vio que en el bungaló vecino alguien hacía lo mismo. No había mucha luz, no podía distinguir con nitidez aquel rostro de tez oscura de su vecino, que al momento preguntó, con un marcado acento brasileño:

—¿PabloGol?

—¿Junioor20? —Pablo respondió.

No podía ser. ¡Era demasiada casualidad! En ese momento, Junioor20 dio un salto con una agilidad sorprendente por encima de la barandilla de su porche. Se acercó al alojamiento de Pablo. Nuestro protagonista se quedó helado, no sólo porque estaba conociendo a su rival gamer con el que había compartido tantas horas, sino que además su oponente, su amigo en definitiva, era Vinicius Jr., jugador del Real Madrid.

Vinicius baile

Vinicius abrazó sin vacilar a Pablo, que seguía inmóvil ante la sorpresa. Le contó que estaba allí pasando unas vacaciones después del Mundial junto con su familia. Sus obligaciones deportivas le forzaban a volver a Madrid antes del día 24. Le quedaba por tanto un solo día para disfrutar del sol caribeño. Estuvieron algo más de una hora hablando, como a veces lo hacían a través de la consola, y después se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, último día de Vinicius en el resort, Pablo se despertó pronto y contó a sus padres lo acontecido la noche anterior. Al principio no le creyeron. Al terminar, vio sobre la hamaca del jardín un balón de playa con una nota. Salió raudo a ver de qué se trataba.  Cogió el balón y leyó: “A ver si con los pies eres tan bueno como con el mando. Te espero a las 9:00 en la playa. Fdo: Vini Jr”. No lo dudó, se vistió rápido y salió directo hacia la playa. Allí estaba Vinicius junto con unos amigos dando toques al balón de forma magistral. Al verle, el jugador del Real Madrid se apresuró a abrazarle. Insistió en ser compañero de equipo suyo, y después de las presentaciones empezó el juego. Fueron cuarenta minutos de un juego divertido. Pablo participó mucho, corrió y disfrutó como nunca lo había hecho jugando al futbol. En la última jugada, Vinicius regateó con un sombrero a uno de sus amigos y directamente centró el balón hacia la posición de Pablo. Este se giró sobre sí mismo y realizó una chilena de enorme plasticidad.  El balón entró después de dar en el larguero. En ese momento Vini corrió hacia él. Se unió al gesto que instintivamente le salió a Pablo. Era el de mirar hacia arriba con los índices apuntando al cielo. Vinicius sabía que aquel gol estaba dedicado a su abuelo Vicente.

Una vez terminado el partido, Vinicius, junto con su familia y amigos, se marcharon. Un nuevo abrazo bastó para sellar una amistad que hasta ahora era sólo virtual. Al día siguiente, Pablo celebró la Nochebuena con sus padres. Fue una cena algo anodina.

El 25 tampoco empezó como la típica mañana feliz de Navidad. El habitual amanecer con los regalos bajo el árbol debía esperar a estar en Madrid. De repente, alguien del servicio de habitaciones llamó a la puerta. Traía una pequeña caja para Pablo. Él la abrió, y sonrió. Era una camiseta de Vinicius con una nota escrita con letra que él ya conocía: “Amigo, tienes que enseñarme a hacer esas chilenas. Fdo: Vini Jr”. En aquel momento, todas las emociones de estos días brotaron de golpe. No sabía si estaba triste o alegre.  Sentía que le faltaba el aire. Tenía ganas de llorar. Cogió la camiseta y les dijo a sus padres que se iba a dar un paseo. Finalmente, sentado en la arena de playa, se dio cuenta de que, un año más, había recibido la camiseta del jugador que más le había gustado a su abuelo. Ahora sí, rompió a llorar, pero la sensación era claramente de felicidad. Porque tenía la certeza de que alguien cuidaba de él desde el más allá y de que, además, lo haría durante el resto de su vida.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

25 de diciembre de 2057

 

Santiago contemplaba embelesado a su padre mientras este dormitaba en la que siempre había sido su butaca favorita. Esa que le gustaba colocar frente al fuego, a la misma distancia aproximada de la chimenea que del televisor, desde el que no se perdía un partido de su equipo. Miguel abrió los ojos y se desperezó ligeramente. Miró con su acostumbrada cara de incomprensión y sus ojos, casi vacíos de vida, primero hacia la persona que le observaba y después a su alrededor, como si no entendiera dónde se encontraba.

—Feliz navidad, papá —dijo Santiago con una sonrisa amable.

—¿Ya es hoy? —preguntó confuso Miguel—. ¿Has dicho “papá”?

—Soy tu hijo, ¿recuerdas? —Repuso Santiago, cuya absurda esperanza de que su padre le recordara sólo porque era el día de navidad se acababa de esfumar como un grano de arena en un simún.

Estaba claro que no lo recordaba, pero aún así, Miguel preguntó:

—¿Mi hijo Alfredo? —Otro puñal a su corazón. Que su padre siguiera recordando a su hermano y no a él sólo empeoraba la situación. Era un pensamiento tan repugnantemente egoísta (al fin y al cabo ni su padre ni su hermano tenían la culpa) como inevitable. Se removió incómodo en su asiento, sintiéndose la peor persona del mundo, y trató de alejar aquella cavilación de su mente mientras componía de nuevo una máscara de amabilidad en su rostro.

—No, papá. Soy tu hijo Santiago. El mayor —dijo Santiago tratando de sonreír, no sabía si con éxito.

—Santiago, el mayor —repitió su padre. Y de repente se rio levemente, como si fuera un chiste. Miró a su hijo y, aunque Santiago creyó que seguía sin reconocerlo, dijo tímidamente—: pues claro, mi hijo Santiago.

Así era Miguel. O así había sido siempre. Una persona que siempre intentaba hacer que la otra se sintiera mejor aunque no supiera bien cómo.

—Tengo un regalo de navidad para ti, papá —anunció Santiago.

—Yo no tengo nada para ti —se apresuró a decir Miguel, avergonzado. Y luego se excusó—: la de los regalos es Estela.

Santiago sonrió con nostalgia ante aquella ocurrencia. Era cierto que en su familia, su madre siempre había sido siempre la encargada oficial de comprar todos los regalos. Si había que ir a un cumpleaños, Estela ya había pensado y comprado el regalo antes de que a Santiago, Lidia o Alfredo (o al propio Miguel) se les ocurriera siquiera que tenían que llevar uno. Cada vez que visitaban a alguien, su madre siempre llevaba como mínimo un detalle para los anfitriones. Le alegraba que su padre aún tuviera presente aquello.

—No te preocupes, papá. Es algo que vamos a disfrutar los dos juntos —aclaró Santiago. Y al ver que su padre ya empezaba a abrir la boca confuso, continuó—: vamos a ver al Madrid en el Bernabéu.

La sorpresa de su padre se acentuó más todavía.

—¡Pero si hoy es el día del boxeo ese de los ingleses! ¡Hoy sólo juegan ellos! —protestó airado, como si le indignara que le intentaran tomar por idiota.

A Santiago se le escapó una carcajada al comprobar que la memoria selectiva de su padre, agujereada por esa puñetera enfermedad que era el Alzheimer (en realidad era una nueva variante de esta enfermedad que había surgido hacía ya dos décadas y que actuaba de una forma un tanto diferente y más aleatoria que el primer Alzheimer), aún era capaz de recordar datos tan específicos como el Boxing Day.

—Tienes toda la razón, papá —y vio cómo se calmaba un poco—. Pero aun así, hoy vamos a ver al Madrid en el Bernabéu juntos. Si no me crees, puedes quedarte…

—No, no —se apresuró Miguel levantándose con un repentinamente revitalizado vigor. Aún desconfiaba un poco, pero en ese momento entró Lidia, la hermana de Santiago y Miguel la miró inquisitivamente, como si le estuviera pidiendo permiso. Lidia le asintió con una sonrisa y Miguel dijo—: me pongo algo apropiado y vamos.

—¿Te refieres a esto? —preguntó Santiago sonriente mientras sostenía una camiseta del Madrid con el nombre de su padre y el número 5 que acababa de sacar de una bolsa.

Miguel lanzó una rápida mirada evaluadora a la elástica blanca.

—Sí, eso está mejor que bien —dijo mientras se apremiaba a cambiarse.

Minutos más tarde, Santiago iba conduciendo con su padre de copiloto mientras en su cabeza resonaba la conversación que había tenido esa pasada Nochebuena con sus hermanos sobre el regalo navideño de su padre.

—¿De verdad te has gastado todo ese dinero en algo que no va a recordar de aquí a dos días?, es más ¿cuánto te has gastado? —había preguntado Alfredo indignado.

—Lo que me haya gastado —había zanjado a su vez Santiago.

Su hermana, Lidia, había sido más comprensiva, como siempre. Se limitó a mirarle con su habitual ternura y preocupación y preguntarle en voz baja:

 

—¿Te has planteado que a lo mejor no sale cómo crees que va a salir?

Santiago había mirado a su hermana pequeña con gravedad y le había asentido, aunque en su fuero interno era una posibilidad que ni siquiera contemplaba. Iba a salir bien. Tenía que salir bien.

—¿Cuánto dices que te han costado las entradas? —Preguntó su padre sacándole de su ensimismamiento.

—Lo que me hayan costado —contestó automáticamente Santiago.

—Te pago la mía —dijo Miguel sacando su cartera.

—Guarda eso, anda. No vas a pagarme un regalo —dijo Santiago con un aspaviento de mano.

—Me gusta pagar cuando voy al Bernabéu —protestó su padre, obstinado como él solo —por cierto, por aquí no es.

“—De eso si se acuerda el cabrón” —pensó Santiago con un deje medio de amargura y medio divertido.

—Hoy vamos por otra ruta. Ya verás —comentó despreocupadamente Santiago.

—Puede que no vaya al Bernabéu desde la liga de las remontadas con aquel gol del Pipita contra el Español, pero sé perfectamente que no estamos yendo a nuestro estadio —dijo su padre cada vez más alterado.

Una llama se encendió dentro de lo más profundo de su ser, pero se obligó a armarse de paciencia y, con toda la tranquilidad que pudo, le preguntó:

—Papá, ¿cómo puedes recordar la liga de las remontadas y no la Champions de las remontadas?, ¿Cómo puedes acordarte de Higuaín y no de Benzema?

Se arrepintió de haber dicho aquellas palabras nada más salir de su boca, pues sólo consiguieron confundir más a su padre.

—¿Quién?, ¿de qué Champions estás hablando? —y entonces empezó a balbucear–. Me acuerdo de lo que me acuerdo —y sentenció con amargura—: uno no elige de lo que se acuerda, igual que uno no elige con lo que sueña, supongo.

Santiago se le quedó mirando por un momento. Le agradó ese raciocinio. Era preferible pensar que el hecho de que su padre recordara a su hermano y no a él era algo puramente aleatorio en lugar de causal. Tranquilizó a su padre poniéndole el vídeo de aquel 4-3 contra el Español mientras llegaban a su destino. Sin embargo, cuando su padre vio aquella obra arquitectónica, volvió a alterarse.

—¡No me vais a meter en un hospital! —gritó, poniéndose el cinturón de nuevo y echando el pestillo de su lado del coche.

—Papá, no es un hospital —intentó tranquilizarlo Santiago con una sonrisa amable–, y el pestillo es automático: lo puedo abrir desde aquí —dijo mientras lo volvía a accionar.

Su padre no estaba nada convencido y ya estaba comenzando a hiperventilar y hacer esos aspavientos tan suyos con las manos que indicaban cuando se ponía nervioso, cuando Santiago le puso una mano en el hombro y lo miró a los ojos. Los dos tenían los mismos ojos, de un azul oscuro que bajo una luz tenue podían parecer más grises que azules.

—No te estoy llevando a un hospital, papá —le musitó suavemente—. ¿Confías en mí?

—No —le soltó su padre, con ojos asustados.

Santiago, que ya casi se esperaba esa respuesta, no perdió el aplomo. Su padre siempre había tenido dos debilidades en su vida. Una de ellas era su familia. Si una no funcionaba, habría que tirar por la otra.

—¿Y confías en esto? —inquirió Santiago señalándole el escudo de la camiseta que llevaba puesta su padre. Su padre tragó saliva antes de volver a responder.

Minutos más tarde estaban entrando por la puerta principal de aquel futurista recinto de sinuosas e imposibles formas en su plateada fachada.

“—Sí que parece una nave espacial esto” —pensó Santiago sonriendo.

Nada más entrar, un hombre con bata blanca y gafas de pasta les dio la bienvenida con una amplia sonrisa.

—Los señores Castillo, si no me equivoco —dijo abriendo uno de sus brazos como si quisiera mostrarles todo el edificio de una vez—. Mi nombre es Javier Bando.  Bienvenidos a D.R.E.A.L. Es un honor que el joven señor Castillo nos haya honrado para proporcionarle a su padre su regalo de Navidad. Tengo entendido que tienen su cita concertada para las 11, si no me equivoco.

—Así es —confirmó Santiago, haciendo caso omiso del nervioso tirón de manga que le estaba dando su padre.

—Pues pasen por aquí, por favor —dijo Javier, en tono animado, mientras les mostraba el camino hacia un ascensor. Cuando entraron, él se quedó fuera con esa sonrisa de teleanuncio—. Van a la planta 56, allí les atenderá mi compañera Vera. Que disfruten mucho de su experiencia, señores Castillo.

—Planta 56 –dijo Santiago cuando la puerta del ascensor se cerró. Y mientras empezaba a ascender, su padre seguía tirándole nerviosamente de la manga.

—¿Dónde me has metido?, ¿qué es este sitio? —preguntó mientras comenzaba a temblar ligeramente—. Quiero irme a casa con mi Estela. Por favor —añadió, suplicante, mientras una lágrima empezaba a deslizarse por su mejilla.

“A mí también me gustaría, papá” —pensó Santiago, mientras elegía omitirle por enésima vez que Estela ya no estaba con ellos y que a quién estaba confundiendo con ella era o a su hija Lidia o a la propia mujer de Santiago. No pudo evitar sentir cierto remordimiento ante la idea de que, mientras él se sentía dolido por no ver el reconocimiento real en los ojos de su padre, Lidia debía de sentirse infinitamente peor al recordar a su madre cada vez que su padre la llamaba o la miraba, aunque al menos a ella sí que la reconocía como su hija a menudo y podía hablar de verdad con él.

—No te preocupes por nada, papá. Yo estoy contigo. Este lugar no es un hospital —. Empezó a explicarle Santiago—. Es una empresa de alta tecnología que ha conseguido desarrollar un sistema que permite revivir un recuerdo del pasado de una persona. ¿Ves como al final sí que vas a ver al Madrid el día de Navidad en el Bernabéu? —le dijo tratando de sonreírle.

Pero su padre no estaba del todo convencido.

—Pero yo no recuerdo partidos del Madrid. Y mucho menos completos. Sé lo que me pasa, aunque Estela se crea que no la escucho cuando habla de mí a mis espaldas— dijo Miguel, apesadumbrado y asustado a la vez.

—No tienes de qué preocuparte, papá.  Ya estuvimos aquí hace un mes y los especialistas nos aclararon que tu situación no suponía ningún problema. Vas a ver un partidazo, confía en mí—. Dijo Santiago sonriéndole mientras el ascensor indicaba que ya habían llegado a la planta 56.

Allí estaba Vera, una mujer de unos cuarenta y tantos, con el pelo castaño recogido en una coleta y unas gafas estrechas, también ataviada con una bata blanca.

—Por aquí, señores Castillo, por favor –les dijo, dirigiéndoles a una habitación muy luminosa que tenía una camilla con un elegante casco dorado (dotado de unos extraños salientes) colocado en el reposacabezas. La luz blanca del techo era innecesaria, pues la habitación finalizaba en un ventanal que permitía ver el paisaje de la ciudad madrileña, preciosa y blanca por las nevadas de las noches anteriores.

—Antes de comenzar, ¿tienen alguna duda que pueda ayudar a resolverles? —les preguntó Vera.

—El envío de… —comenzó Santiago

—Tanto el recuerdo vivenciado como el experimentado aquí le serán enviados de manera telemática automáticamente en cuanto finalice su sesión en esta habitación, tanto a su correo como número de teléfono —se adelantó Vera—. También los puede obtener por este link— dijo pasándole una pequeña tarjeta.

Miguel parecía no entender nada de todo aquello, pero, para sorpresa de Santiago, accedió tranquilamente a ocupar su lugar en la camilla e incluso se dejó colocar el casco sin ni siquiera una protesta.

—¿Preparado? —preguntó Vera.

—Supongo.

—Vamos a hacer una pequeña prueba antes de comenzar la experiencia. ¿Recuerda cuantos años tenía en 2022? —preguntó Vera mientras manejaba con la mano una especie de mando de control remoto.

—No, pero puedo hacer la resta —repuso Miguel, provocando una sonrisa en Vera.

Santiago se removió incómodo en la silla en la que se había sentado junto a la camilla.

—Creía que estaban al tanto de la situación de mi padre. No puede rec…

—Estamos al tanto, señor Castillo— le cortó Vera, educadamente—. Como he dicho antes, es una prueba inicial antes de la vivencia. Si el casco funciona correctamente, será capaz de contestar a mis preguntas. Sólo serán un par de ellas, no se angustie— se volvió hacia Miguel de nuevo—. ¿Recuerda entonces cuántos años tenía en 2022?

—37 o 38, según a qué altura del año—. Respondió casi de inmediato Miguel. Santiago lo miró sorprendido. Casi tanto como estaba el propio Miguel.

—Muy bien, ¿y recuerda cuántos años tenía su hijo mayor?

—6 ó 7 —contestó de nuevo al instante y en ese instante se quedó pensativo, como si estuviera recordando algo importante.

—Perfecto. Estamos listos.

—¿Qué voy a ver? —preguntó de pronto Miguel.

Vera lanzó una mirada de cortesía a Santiago, que contestó:

—Vamos a viajar a la primera vez que me llevaste al Bernabéu contigo, papá. A esa Champions de las remontadas de la que te he hablado antes. Feliz Navidad, papá.

—¿Tú vienes conmigo? —preguntó Miguel, algo confundido de nuevo.

—Yo voy a estar contigo —Le corrigió su hijo cogiéndole la mano, mientras su padre cerraba los ojos.

 

Miércoles, 4 de mayo de 2022

Miguel se sentía completo. Estaba en el Santiago Bernabéu con su pequeño Santi, con el que acababa de presenciar lo que él consideraba que había sido una “busiana” histórica, de esas que hacen madridismo. Si además hoy el Madrid remataba la faena en el campo, era imposible que su Santi no acabara siendo tan madridista como él.

Conforme pasaban los minutos el ambiente iba ganando en tensión. El resultado no se movía y el Madrid (y su hijo) necesitaban goles. Miguel intentaba mitigar la impaciencia de su hijo enseñándole los cánticos que entonaba a ratos el Bernabéu a coro, desde el “alé, Real Madrid…” hasta el “cómo no te voy a querer”… Pero el partido no se prestaba especialmente al aprendizaje de Santi, que veía con tristeza y nerviosismo como cada vez quedaba menos tiempo para el final y su equipo necesitaba dos goles.

Miguel se preguntaba si sería que la nueva generación de jóvenes y niños no estaban hechos de la misma pasta que la suya, si algún día serían capaces de apoyar al equipo en las grandes noches de la misma forma que ellos, de la misma forma incondicional. Y entonces, cuando apretaba de nuevo el público, llegó el jarro de agua fría: gol de Mahrez. Miguel se lo tomó con relativa tranquilidad. Todavía había tiempo para remontar, pero vio como su hijo se volvía hacia él con lágrimas en los ojos y le auguraba:  

¡Vamos a perder!

Puede, pero yo creo que no —le contestó abrazándole su padre, mientras le secaba las lágrimas de esos preciosos ojos azules que había heredado de él..

¿Y tú qué sabes? —le gritó enfadado Santi.

Miguel se quedó mirando a su hijo y le sonrió:

¿Sabes eso que cantamos los madridistas de “Hasta el final, vamos Real”? — le preguntó. Su hijo asintió, sorbiéndose la nariz pues cuando lo decimos, lo decimos en serio. Hasta el final, hijo mío.

Pero pasaban los minutos y ese final se veía cada vez más cerca. De hecho, se intuía más probable el gol del City. Esto se hizo patente cuando Grealish se quedó sólo ante Courtois y le dribló.

Nos van a marcar se lamentó Santi. Y tenía razón.

No dijo su padre mientras el pie de Mendy se la quitaba.

Observó como su hijo miraba al campo ojiplático sin entender cómo aquel balón no había acabado en el fondo de la red. Lo mismo sucedió un minuto después cuando esta vez fue el pie de Courtois el que salvaba un gol ya cantado.

Vámonos, papá —dijo Santi tirándole de la manga.

No —dijo inflexible su padre— nos quedamos hasta el final.

Miraba cómo su hijo se sentaba de nuevo sin querer mirar ni al campo ni a su padre, pero el murmullo creciente del estadio hizo que volviera sus ojos al campo justo en el momento en el que Camavinga mandaba un balón largo para Benzema, este se estiraba lo indecible para llegar a él y dejársela a Rodrygo y al Bernabéu para que la empujaran. Santi se levantó como loco a abrazar a su padre mientras se desgarraba la garganta gritando aquel gol. Cuando el City sacó de centro, vio como su hijo se había vuelto hacía el verde, totalmente concentrado como lo estaría si estuviera unos metros abajo, disputándolo en el mismo. En ese momento comprobó Miguel que quizás la nueva generación si estuviera preparada para dar el salto. Contempló con auténtico orgullo paternal cómo, mientras anunciaba la megafonía del estadio: “TIEMPO AÑADIDO, 6 MINUTOS”, su Santi iniciaba un rugido de furia que continuó el resto del público hasta convertirse en una explosión de júbilo ensordecedora que acabó de desalentar a los citizens. Su destino estaba escrito y terminó de plasmarse cuando, en esa misma jugada, Carvajal lanzaba un centro que acabó de manera inexplicable en la cabeza de Rodrygo y de ahí a la portería de Ederson. Y entonces el estadio estalló. Miguel supo en ese momento que ya habían pasado a la final, pero sólo había espacio en su ser para la felicidad que sentía por ver a su hijo viviendo aquella noche tan increíble. Abrazó a Santi y le llenó de besos en su pelo, mientras otros madridistas del público los abrazaban a su vez. Gente a la que ni conocían, pero que en ese momento eran más que hermanos. Eran uno.

¿Y ahora qué, papá? —preguntó Santi, confuso por la nueva normativa de los goles fuera de casa. 

Ahora hasta el final, hijo mío Le sonrió Miguel con una mirada cómplice.

Para Miguel, la prórroga transcurrió en un estado de inusitada calma. Mientras su hijo se mordía las uñas o lo que quedaban ya de ellas, él asistía ensimismado en sus pensamientos a lo que ya sabía que iba a suceder. Celebró como un gol el penalty y elevó a su hijo sobre sus hombros para que pudiera tener una buena panorámica de la consecución del mismo. Pero mientras celebraba con su hijo y el resto del público tanto el penalty, como el gol y posteriormente el final del partido, mientras gritaba y cantaba abrazado con su Santi “¡SÍ, SÍ, SÍ, NOS VAMOS A PARÍS!”, sólo podía sentir en cada folículo piloso de su ser el éxtasis por haber compartido aquella noche con su hijo y por saber que la primera vez de su hijo en aquel estadio había sido seguramente la noche más mágica de todos los tiempos. Se sentía verdaderamente flotando en una nube de felicidad. En aquel estado de obnubilada euforia en el que se encontraba, un pensamiento reinaba sobre todos los demás en lo más profundo de su mente: “nunca, jamás, olvidaré esta noche”.

 

Miguel abrió los ojos. Santiago observó cómo miraba con esos ojos vacíos suyos a su alrededor, confuso y perdido. Miguel miraba a un lado y a otro. De repente intentó quitarse aquel extraño casco que tenía en la cabeza y en ese momento pareció darse cuenta de que aún tenía su mano en la mano de Santiago. Santiago le ayudó a quitarse el casco con mucho cuidado, mientras su padre le miraba como si fuera un fantasma. Cuando colocó el casco en una mesilla que había junto a la camilla, vio que le seguía mirando y le devolvió la mirada. Hacía mucho tiempo que no veía una mirada como aquella en los ojos de su padre, una mirada tan… llena de vida. Creyó ver reconocimiento en ellos por un momento. ¿Sería posible? Miguel siguió mirándole a los ojos durante otro par de segundos y entonces sus ojos se abrieron más.

—¿Santiago? —preguntó dubitativo, mientras una lágrima partía de su párpado—. ¡Santi, hijo mío!

Y entonces se levantó a abrazarle. No con sus brazos sino con su alma. Empezó a llenarle el pelo de besos como antaño. Se detuvo de pronto para contemplarle de cuerpo entero, con el rostro anegado en tantas lágrimas que apenas le dejaban ver.

Santiago no se lo podía creer. Por primera vez en largo tiempo (ni siquiera recordaba bien cuánto) estaba viendo a su padre (¡A SU PADRE!), su padre en todo su ser, en todo su alma, en toda su mente. No pudo contener sus lágrimas y se abrazó a él con todas su fuerzas, abrazando también ese momento que tanto llevaba anhelando.

—No te imaginas lo que acabo de ver, hijo —sollozaba Miguel limpiándose la cara con la mano. —¿De verdad vivimos aquella noche?, ¿de verdad fue real?, ¿de verdad no fue un sueño?

Santiago se separó un poco de su padre y contempló de nuevo esos ojos llenos de vida que acababan de devolverle la suya. No sabía cuánto iba a durar aquello, pero en ese momento poco le importaba. Se limitó a mirarle, pleno de felicidad por primera vez en muchísimo tiempo y le contestó:

—Fueron ambas cosas, papá.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

En algún lugar muy, muy lejano, más allá de las altas montañas, más allá de los anchos mares, más allá de los bosques verdes, hay un hermoso país. Aquí viven los mismos niños que en España: ruidosos, alegres y ruidosos. Pero hay una diferencia: están tratando de robar la Navidad.

Y no, esta no es una historia de Grinch. Un anciano malvado de un país grande y frío quiere hacer esto. Pero la historia no es sobre él. Una historia sobre los niños de este país y sobre el Real Madrid, jugadores que, aunque viven muy lejos de este país, aquí son muy queridos.

Aquí está el chico Sasha. Le encanta mucho jugar al fútbol. Hace tiempo que quería comprarse una camiseta nueva con su club favorito y espera que el sueño se haga realidad esta Navidad.

Aquí está Zakhar. Por supuesto, le gustaría pasar la próxima Navidad con sus padres, a quienes no ha visto en mucho, mucho tiempo. Él entiende perfectamente que se trata de una fantasía imposible, pero ¿quién puede prohibir que un niño sueñe?

Y este es Artem. Está orgulloso de su padre, quien, junto con sus amigos, lucha contra los malos tíos enviados por el malvado gobernante del país del norte. Artem cree que papá definitivamente ganará y regresará, pero realmente quiero que esto suceda lo antes posible.

Niños Ucrania Real Madrid

Ellos y muchos otros niños a veces también tienen que esconderse en los sótanos cuando una sirena de repente comienza a aullar en las calles. Se dice que son los ladrones de Navidad del país del norte los que lanzan cohetes a las ciudades. Sucede que las sirenas no suenan; debido a estos cohetes, a menudo no hay electricidad. Por lo tanto, es probable que estos niños celebren la fiesta en apartamentos fríos y oscuros. Después de todo, están tratando de robar la Navidad.

Es una especie de triste historia de Navidad, ¿no? Un lector informado dirá que la Navidad es una fiesta brillante y aquí me gustaría leer algo bueno. No se preocupe querido lector, ¡ni siquiera hemos hablado del Real Madrid todavía!

En este lejano país hay gente que se hace llamar la “Sociedad de Madridistas Ucranianos”. Es decir, son los mismos madridistas que tú, querido lector. Pero de momento no pueden acudir a los partidos de su equipo favorito, corean en el estadio abarrotado “¡Hala Madrid!”. Después de todo, están tratando de robar la Navidad.

Niños Ucrania Real Madrid

Pero no se desaniman, porque sea como sea, los jugadores del Madrid saben por experiencia propia que tienen que luchar hasta el final. Lo vieron en las grandes pantallas de televisión hace poco: cuando un francés con la mano vendada logró darle la vuelta al partido varias veces, cuando un croata a una edad en la que hace mucho tiempo que no se juega al fútbol da pases brillantes una y otra vez , cuando un joven brasileño hizo un remontado increíble y el 14 no es solo un número.

Mientras las explosiones retumbaban en este lejano país, Madrid regaló a sus habitantes unas vacaciones que les permitieron olvidarse de lo que ocurre a su alrededor.

Pero ahora los madridistas ucranianos se están ocupando de regalar la Navidad a los demás. La "Sociedad de Madridistas Ucranianos" visitó a los niños, en especial a los que ya se ha escrito, para regalarles la Navidad. ¿Qué más se le puede dar a un joven jugador del Madrid? Por supuesto, la nueva forma de su club favorito. Y también la calidez y el amor que todo niño necesita.

Aquellos que intentan quitarles la Navidad pueden destruir este país, pueden apoderarse de él, prohibir que la gente hable, o incluso posiblemente matarlos... y a los niños también... Pero no se puede matar el Sueño, y en ¡Madridista no puedes matar el madridismo! Incluso si intentan robarles la Navidad.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

En Madrid, a 16 de diciembre de 1947

 

A Sus Majestades de Oriente:

 

No puedo sentirme más satisfecho y, por ende, agradecido. Todo cuanto he deseado y me he propuesto en estos 4 años, se va cumpliendo, incluso mejor de lo que esperaba. Acabamos de inaugurar el nuevo estadio y hemos alcanzado los 70.000 espectadores. ¡70.000! En unos días llegará el primer partido oficial y si seguimos con la misma asistencia podremos lograr el sueño que me acompaña desde que fui nombrado: traer aquí a los mejores jugadores y convertir a este club en el mejor de todos.

Pero siempre hay que rendir cuentas antes de pedir. En mi favor, puedo decir que he servido al club con honradez y dedicación, pero los hay que me suelen hacer un reproche: el fichaje de Luis Molowny. Pero, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre anunciar a los cuatro vientos que piensa intentar un fichaje y tomar un barco para lograrlo? Pues si el futbolista es uno de los mejores, yo mando a alguien en avión, que estamos ya en el siglo XX, y para el día siguiente lo tenemos fichado. Así que pienso que mal no me comporté, solamente fui el más rápido.

Y qué os pido, entonces. Pues simple y llanamente, que todo siga igual. Que cada domingo nos vengan los 75.000 espectadores que caben, un partido tras otro. Porque así podremos fichar a los mejores, y puede que demos con alguno tan bueno que no se haya visto otro igual. Y podremos ganar el campeonato y ser el mejor equipo de España. Y podremos enfrentarnos a los campeones de otros países de Europa, igual que van a hacer en Sudamérica, donde han organizado un torneo entre campeones nacionales. Y nos enfrentaríamos, si lográsemos ser campeones de Europa, al campeón americano…

Y no sigo, porque esto empieza a parecerse al cuento de la lechera. Pero creo que, si nuestros aficionados viniesen siempre al campo como hace dos días, en 50 años dirán del Real Madrid, que ha sido el mejor club del siglo.

 

Afectuosamente,

XXXXXXX

Real Madrid Os Belenenses

16 de diciembre de 1997

 

Queridos Reyes Magos,

 

Como cada año, aquí tenéis mi carta. Igual que un niño, mantengo mi confianza en vosotros, pero este año no os voy a pedir sólo para mí, porque yo ya lo tengo casi todo.

Sabéis que lo que más amo en esta vida es a mi familia y al Real Madrid y en ambos ámbitos he sido agraciado al máximo. Desde que soy presidente, y solo llevo dos años, el equipo de fútbol ha ganado la Liga y la Supercopa y el de baloncesto la Eurocopa, así que no debería quejarme. Pero hay una espina que tengo clavada, la de todo el madridismo, la Copa de Europa. En baloncesto las seguimos ganado, aunque haya épocas que se nos atasca, pero con el fútbol es distinto. Tal vez en el año 80 no estábamos a la altura del Liverpool, pero ¿y el equipo de la Quinta? ¿Acaso se ha visto algo igual? ¡Aquel equipo estaba destinado a ganarla! Había heredado la fortaleza y el coraje de los García, a la que añadía la alegría, la juventud y el desparpajo de unos chavales que cambiaron la sociedad española y el fútbol mundial. ¿Qué más faltaba?

Por eso os escribo hoy, para pedir “eso” que les faltaba. He fichado a los mejores que he encontrado y hemos formado un buen equipo. Quizás soy un poco padrazo y les consiento demasiado, pero es que me doy cuenta de que el trabajo y el talento no resultan suficientes. ¿Es actitud, lo que falta? ¿Es el deseo de ganar? ¿Es el espíritu de Di Stefano o de Pirri? Debemos volver la vista atrás y recuperar esas ganar de pelear, de ir a por todo y de pensar sólo en ganar el siguiente, nada más terminar cada partido.

Sé que sólo depende de nosotros. Nadie nos puede regalar un trofeo, pero necesito vuestra ayuda para recuperar el espíritu de lucha, de sacrificio y la convicción de que podemos ganar a cualquiera. Si llegásemos a jugar la final de la Copa de Europa, seguramente no seremos favoritos, pero este grupo se tiene que sentir capaz de ganar, esté quien esté en frente.

Nos dicen que nuestra Copas de Europa son en blanco y negro. Pues yo creo que, si recuperásemos el espíritu ganador, aquellas y las que vendrán, serán simplemente en blanco, el color de nuestra camiseta.

 

Con cariño,

XXXXXXX

Celebración gol Séptima

Madrid, 16 de diciembre de 2022

 

Queridos Reyes Magos:

 

Deseo en primer lugar que os encontréis bien, allá en oriente, en estos días previos a vuestra particular Copa de Europa de cada inicio de año. No es fácil hacer felices a tantas personas, lo sé bien.

Siempre he intentado llevar adelante mis ideas, tanto en la empresa como en el Club. Para ello me he rodeado de profesionales competentes que me han ayudado a afrontar los desafíos. En la empresa, siempre ha bastado con cumplir las previsiones y presupuestos, y tener contentos a accionistas, clientes, proveedores y empleados. Pero con el Real Madrid todo está sobredimensionado. Empezando por los “accionistas” y “clientes”, tenemos más de 90.000 socios, casi un millón y medio de madridistas de carné, y muchos millones más de aficionados por todo el mundo. Y en cuanto a empleados, casi 900, de los que al menos el 10% (las plantillas de las tres secciones, JAS o Juni Calafat), son la élite de su profesión a nivel mundial. Y por si esto no fuese suficiente tenemos una legión enorme de “antis” en todos los ámbitos, algunos muy influyentes, atacando a diario. Pocas empresas habrá que manejen cosas parecidas.

Y a pesar de ello, las cosas van bien. La última década está a la altura del Madrid de la Edad de Oro. Incluso, y sin querer pecar de falta de modestia, podríamos ganar 6 Copas de Europa en menos tiempo que aquellos, si lográsemos la próxima Champions. En unos meses finalizaremos la reforma del estadio, que a sus 75 años será el mejor del mundo. Y en baloncesto, acabamos de culminar una década comparable al equipo de Ferrándiz, quien, desgraciadamente, nos dejó hace unos meses.

Pero tenemos por delante retos apasionantes. Por un lado, la estabilidad económica de la institución, que espero podamos lograr con la explotación del estadio y los triunfos deportivos. Por otro, recuperar el interés y la pasión de los aficionados, en estos tiempos en los que los jóvenes parecen perder interés por el deporte rey. Y, por último, conseguir que la sección de fútbol femenino encuentre la senda del triunfo, como sus hermanas mayores.

Y os escribo por eso. He querido lograr todo en la vida con mi propio esfuerzo y el de mis colaboradores, pero hay cosas que no he conseguido alcanzar. Necesitamos mantener nuestro nivel de excelencia, a través del inconformismo y la exigencia que nos caracteriza, pero también el apoyo, el cariño y la confianza de nuestros seguidores. Jamás he conseguido que uno de mis colaboradores trabaje mejor, diciéndole que es un mal profesional. Tampoco lo conseguí comparándole con nadie, porque su único rival a batir siempre era él mismo. Y tampoco he conocido a una empresa que triunfe con recursos ajenos; los suyos son los que dispone y, sin mirar lo que tienen otros, debe saber utilizarlos para alcanzar sus objetivos.

Así que solo os pido eso, la confianza y el apoyo incondicional de los madridistas con el Club. Cuando ganemos y cuando no lo hagamos. Cuando triunfemos y algunos digan que jugamos mal. Cuando fichemos promesas y no sean superestrellas desde el primer día. Cuando busquemos mejorar el fútbol y muchos digan que queremos acabar con él. Cuando nos comparen con los clubes estado siendo unos de los pocos que todavía es de sus socios.

Yo creo que, con esa confianza y apoyo, cuando el Bernabéu cumpla 100 años, seguiremos siendo el mejor club deportivo del mundo.

 

Un fuerte abrazo,

XXXXXXX

Bernabéu de noche

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

Emiliano se cansó de dar vueltas sobre su abrigo y su macuto con los ojos cerrados. Notaba el frío en los huesos.

La noche era clara, como son a veces las noches de diciembre en la sierra de Madrid, brillaba la luna, se veían las estrellas, comenzaba a helar.

Ni sabía cuántas horas de la noche llevaba dando vueltas sin conseguir dormirse, esa sensación que tienes cuando los pensamientos sin control cruzan tu mente sin que puedas fijarte en uno y agarrarlo como si fuera la almohada.

La almohada. Ja. El recuerdo de cómo era agarrarse a una almohada le hizo sonreír. No reía desde hace mucho, hacía varios meses que todo había cambiado tanto que no se creía lo que había pasado, de maestro en un pueblo de Toledo al frente de Madrid, pasando por la muerte de su padre en aquel accidente de autobús, qué hacía yo en Algete, si ya no había nada que hacer.

El caso es que aquí estoy —se dijo— un maestro de pueblo con un uniforme y un arma en la mano, pero si no sé ni dormir al raso, nunca he sabido hacer todas esas cosas que hacían los demás, qué hago yo aquí. Pues aquí estoy sin poder dormir, muerto de frío, los otros enfrente, y mañana Nochebuena.

La visión de la pronta Navidad le llevó a su madre, no supo por qué, sería por lo que recordaba de ella, esa amorosa y dulce mujer que se quedaba ciega la última vez que se vieron, qué sería de ella, cómo estaría, ¿habrá puesto el Nacimiento? ¿Tendrá para comer?

Ese pensamiento sí se quedó, y se puso tan triste que se decidió a pensar en algo que le gustara mucho para intentar dormirse;  a ver, Emiliano, qué fue lo último que me alegró mucho, a ver, empezó a dar vueltas, ¿qué había antes de estos días de mierda, de toda esta confusión y cansancio, del hambre, de la muerte?

Empezó a intentar imaginárselo, llegó un recuerdo alegre: aunque él nunca estuvo en el campo, creó la escena en su mente gracias al transistor, y cuando lo leyó en el suplemento deportivo del ABC creó la jugada en su cabeza, el Madrid ganaba 2-1, minuto 88, final de Copa, Escolá chuta desde fuera del área ante el grandísimo Zamora, según el locutor era imposible que viera el balón, porque el tiro había sido muy esquinado, pero el tío se marcó una estirada inmensa. Vamos, que ganó el Madrid.  Qué paradón, qué será de Zamora, había leído en algún sitio que estaba detenido, en la Modelo.

Así llegó a la alineación, qué alineación tenía el Madrid, que yo no soy del Madrid, pero qué alineación tenía eh, a ver si me acuerdo, que esta noche no se acaba nunca. A ver: Zamora, Ciriaco, Quincoces, Pedro Regueiro y su hermano ¿cómo era? Si, Luis, Bonet, Sauto, Eugenio, Sañudo, Lecue y Emilín. Se lo repitió a sí mismo bajito, como si estuviera rezando el padrenuestro.

Es que tenían un equipazo.

Ahora ni fútbol ni radio ni nada. Ahora sólo tenemos zanjas, tiros y muy mala leche. Y sólo he ido una vez al Bernabéu, vamos, ¡que ni siquiera he tenido novia! Y nos han quitado todo lo que nos gustaba, a todos, porque ese día que fui de casualidad a ver el Madrid-Arenas de Getxo invitado por el veterinario de Torrijos ¿cuándo fue? ¿En mayo? Ese día el campo estaba lleno, la gente estaba alegre, preocupada pero alegre, con ganas de olvidar la situación, pero no me creo que todos fueran de unos, o de otros, o de los de más allá. Que ahí estábamos sólo muchos a los que nos gusta el futbol, que a mí no me gusta la política, sobre todo la que consiste en dividir a las personas, vamos, que se podrá hacer de otra manera, soy republicano, pero esto se ha desmadrado.

En estas cavilaciones estaba cuando se dio cuenta de que empezaba a clarear el día. Era el 24 de diciembre de 1936, frente de Madrid, en algún punto kilométrico junto a la carretera de La Coruña.

Emiliano se incorpora, mira al horizonte por dónde ha empezado a salir el sol y ve al otro lado de los sacos de tierra, en el lado nacional, un balón chutado por alguien en la trinchera,  el balón vuela hacia el sol que está enfrente, entonces, sin pensarlo ni un segundo, grita:

- ¡¡Camaradas!! ¿Hacen unos tiros?

 

(Inspirado en la tregua del 24 de diciembre de 1914 entre ingleses y alemanes, en territorio belga, Primera Guerra Mundial, como si eso pudiera haberle ocurrido a mi abuelo Emiliano en el frente de Madrid. Inspirado en todos los amantes del fútbol).

Buenos días, amigos. Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad, saca la copa, María, que la voy a abrillantar.

Si el fútbol se hubiese inventado dos mil años antes, seguramente este habría sido uno de los villancicos de la temporada navideña porque el Madrid habría ganado una nueva copa, probablemente al Belén F. C., y San José estaría celebrándolo. En la actualidad también podemos cantarlo y bruñir la copa, la Catorce, hasta que refulja y con suerte emane de ella un genio, quizá Luka Modric, acaso Benzema, tal vez Vini, o el mismísimo Florentino y de ese modo pedirle que se cumpla el deseo de otra temporada como la pasada.

Desde la Galerna deseamos que paséis un gran día y una feliz Nochebuena, que disfrutéis con la familia o con los seres queridos, incluso si ambos coinciden. Que llevéis lo mejor posible la compañía de ese cuñado del Atleti con aire de Proyecto Hombre, o del primo del Barça de gafas de colores, americana disoluta y discurso huero. Ellos las copas solo se las pueden beber, nosotros, los madridistas, las gozamos.

¡Feliz Navidad y hala Madrid!

Portada Marca Portada As Portada Sport Portada Mundo Deportivo

spotify linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram