Las mejores firmas madridistas del planeta

Os presentamos el cuento ganador de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. 

Enhorabuena, Jon. 

 

 

Para Lucía, mi hija vikinga

 

Es la Navidad del año 2064 y la Semana Grande de las Peñas. Mientras el Bernabéu se ha convertido en un coloso de referencia mundial del deporte, y tras la creación en 2050 del Campus Universitario y Deportivo Real Madrid a las afueras de una capital que no deja de crecer, la Ciudad Real Madrid-Florentino Pérez es una impresionante urbe de hoteles, espectáculos, luces y entretenimiento, donde cada cuatro años se celebra la Semana Grande de las Peñas. Un Babel de pabellones erigidos por madridistas procedentes de todos los lugares, razas y credos del mundo van a mostrar con gastronomía y espectáculos su atractivo, a fin de aumentar el prestigio de sus peñas.

En la vieja Peña Di Stéfano reina el ambiente navideño, y un joven español llamado Carlos, conoce entre tanto aficionado a un chico brasileño que se llama Joao.  Un joven que vino a Europa a trabajar, creció profesionalmente, se casó hace poco y espera un hijo. Es feliz con su vida en España, pero aún conserva en las favelas una casita que perteneció a su familia.

Pasan las navidades y con ella La Semana Grande; pasan los meses mientras surge una amistad entre ambos jóvenes. Comparten largas conversaciones en las que Joao le va contando a Carlos cómo es la vida en aquellas ciudades atestadas: "Al otro lado del océano, junto a las grandes y lujosas ciudades de Brasil, aún existen favelas y pobreza..."

La imaginación de Carlos se ha excitado y quiere ir a conocer aquellos exóticos lugares. Su nuevo amigo brasileño le ofrece la vivienda que conserva allá en las favelas; él acepta, se toma un año sabático, y únicamente con lo básico como equipaje decide irse a vivir un tiempo en aquel lugar, no sin antes tomar buena nota de los consejos y condiciones que le impone su amigo Joao. "No lleves artículos de lujo, muéstrate humilde, busca cualquier trabajo por la zona y vive exclusivamente del dinero que ganes..."

Ha transcurrido el tiempo, y los meses en Brasil no pasaron en vano para Carlos. Encontró trabajo allí mismo, en las favelas, en un taller mecánico de motos (el abuelo de Carlos tuvo uno de esos talleres en un pueblo de Castilla, y todo lo que sabía se lo enseñó a su nieto). Aunque los ingresos sean pequeños, Carlos dispone de vivienda y lo suficiente para cubrir el resto de sus necesidades. Un par de veces a la semana hablan Joao y Carlos y, mientras el español le cuenta cómo transcurre su vida, Joao ríe.

Un día, a principios de diciembre, llega al taller de motos un hombre que dice llamarse Paixao, y al que todos tratan con afecto y respeto. Por el color de su piel se diría que es de ascendencia africana; tendrá entre 60 ó 65 años, nariz chata y ancha, una sonrisa simpática, contagiosa, y una enorme boca poblada de dientes grandes y blancos. Se dice que llegó hace años a las favelas y nadie sabe si tiene familia. Únicamente saben que es otro pobre más, y que lleva una motoreta tan vieja como él, pero más deteriorada.

Paixao entra en el taller y con su franca sonrisa pide que le arreglen la avería, pero el vehículo está muy acabado y le responden que el costo de repararlo será mayor que el precio de comprar una nueva. Carlos le pide al jefe que le permita, en sus ratos libres, trabajar en el taller y ocuparse él mismo de ir arreglando la moto del viejo. Carlos ha demostrado ser buena gente, trabajador de confianza, y su jefe acepta. Y es así como Carlos se pone a trabajar cada día al terminar su jornada, y sigue trabajando el fin de semana, que es cuando acude Paixao para ayudarle. Esto va tejiendo una amistad entre el español y el viejo, y cuando la moto está acabada, casi el día de Navidad, Paixao le pregunta con quién cenará esa noche. Carlos responde que está sólo y Paixao añade: "Como yo. No se hable más: lo celebraremos juntos en mi casa", y Carlos acepta.

El día de Navidad llega, y es extraño; hace calor, los turistas llenan las playas y la transpiración humedece la ropa, aun siendo fresca y ligera. Carlos se viste de blanco para la cena de Navidad en casa del viejo, que transcurre agradable: hablan de sus vidas y hablan de fútbol; hablan del Real Madrid... ¡Paixao sabe todo sobre el Real Madrid...! Conoce jugadores del presente y del pasado, conoce las gestas, los sufridos triunfos a fuerza de remontadas, y la excelencia personal que se requiere para formar parte de esa élite deportiva mundial.

¿Qué fue de este u otro jugador?, le pregunta Carlos a Paixao. ¿Qué fue de Vinicius Jr, quien también provenía de las favelas? Los ojos se le empañan al viejo y responde: "Estuvo muy bien aconsejado e invirtió bien su fortuna. Según se dice, con los beneficios que genera su capital va creando escuelas en todas las favelas de Brasil para educar a los niños en los valores del Real Madrid. De los rumores no sé cuánto pueda haber de cierto, pero en Brasil todos saben que esas escuelas, desde hace décadas, se han convertido en fábricas de hombres capacitados e íntegros".

-¡Que extraordinario!- responde Carlos-. Vaya tipo estupendo... Y además de ser una gran persona, también debe de ser un hombre muy rico...

-¡Lo es!- responde Paixao,- pero se dice que a él le interesa otro tipo de riqueza: la satisfacción de ayudar a los suyos.

-¿Y dónde vive ese tipo tan genial, Paixao?

El viejo responde:

-Según cuentan quiso volver a donde comenzó de niño, pero una vez acabó su carrera deportiva pasó tantos años fuera de los focos mediáticos, que al regresar nadie le reconoció. Y desapareció sin que sepan de él...

Los minutos van pasando rápidamente. Carlos quiere ir al baño, Paixao le indica la puerta pero Carlos se equivoca, y al entrar en otra habitación se encuentra con trofeos, medallas, copas, fotos colgadas de las paredes... Toda una vida de éxitos. Y es entonces cuando, al mirar las fotos, Carlos reconoce a un joven José Paixao de Oliveira, también llamado Vinicius Junior, que en pie, apoyado en el marco de la puerta, le mira sonriente con un gorrito de Papá Noel sobre su cabeza. Un gorrito cuya borla, blanca, deslumbra tanto como los dientes de su sonrisa o el blanco y noble corazón del viejo Vini.

 

Getty Images

 

Benito acababa de dejar al que esperaba que fuera su último cliente del día, un señor de unos setenta años al que había recogido en la estación de Atocha media hora antes. No esperaba que el servicio le llevara tan lejos, hasta un barrio de las afueras, pero, una vez que lo hizo, se relajó tras la que había sido una larga jornada de trabajo y puso rumbo a casa. “A ver si esta vez llego a cenar con los chicos”, pensó para sus adentros.

Con lo que Benito no contaba era con que, apenas avanzado un centenar de metros, se iba a encontrar con un anciano parado en mitad de la calle, aparentemente perdido o despistado. Se encontraba en plena calzada, como si acabara de salir de la tienda con profusa iluminación navideña que estaba a su altura en la misma calle. Pero “eso es imposible”, masculló para sus adentros, porque, pese a la iluminación, llevaba horas cerrada.

- Caballero –preguntó el taxista-, ¿está usted bien?

El anciano lo miró sorprendido, algo confuso, y respondió:

- Yo… estupendamente, solo que mi casa estaba aquí y ya no está.

Benito se ofreció a acercar al anciano a su casa, le pidió la documentación, “vaya, cerca del Bernabéu”, pensó, y junto al carnet de identidad a nombre de Matías Villanueva Llorente vio que tenía el de socio del Real Madrid. Matías, el anciano, se subió al asiento trasero del taxi y miraba con cierto recelo al conductor mientras le veía esforzarse por tratar de sacar algún tema de conversación:

- Hace frío esta noche, ¿verdad?

La mirada de Matías se cruzó con la de Benito a través del retrovisor, pero esa mirada desconfiada no frenó al taxista en su intento de arrancarle unas palabras:

- Bueno, ya se está acabando el año, ¿eh?

Lo cierto es que, aunque Matías pareciera perdido, era plenamente consciente de lo que estaba sucediendo. De hecho, podría decirse que nada hasta la tercera pregunta era fruto de la casualidad. Matías Villanueva Llorente, ochenta y cuatro años, jubilado de una vetusta compañía de seguros, padre de dos hijos y de una hija con la que convivía en la actualidad, había planificado ese encuentro desde hacía tiempo. Concretamente, desde semanas después de que se celebrara el juicio de faltas por lo sucedido un año atrás en el Metropolitano.

Don Matías había procurado a sus hijos la mejor educación posible. Era muy exigente con ciertos asuntos, pero siempre les había dado libertad para que pensaran por sí mismos. Quizás por eso, aunque él era socio del Real Madrid desde mediados de los cincuenta, uno de sus hijos, el menor, “el rebelde me ha salido del Atleti”, como bromeaba siempre, “afortunadamente los otros dos y mis nietos no son así, son de Dios y del Real Madrid”.

En marzo del año anterior, su hijo menor, Diego, el rebelde, el del Atleti, invitó al mayor a que fuera al campo: “vente con tus hijos. Así nos juntamos con toda la sobrinada, el ambiente es cojonudo”. El problema fue que el mayor, también llamado Matías como mandaban los estrictos cánones de su padre, se empeñó en que tanto él como sus hijos acudirían con la camiseta del Real Madrid para apoyar a los suyos. “No creo que pase nada”, le dijo Diego, “la gente es muy sana, va a disfrutar del partido”. Pero pasó, claro que pasó. Insultos, forcejeos, escupitajos y mucho miedo en los pequeños, un miedo que les duró meses.

Cuando se celebró el juicio, del que apenas salió una condena ridícula, el “abuelo” Matías se quedó con los nombres de varios de ellos, sobre todo de aquellos que, según sus hijos, habían sido los más provocadores, los más faltones. “Son del Frente Atlético, Papá, son gentuza”, le decía el propio Diego, “los aficionados del Atleti no somos así”.

Matías pidió a un compañero de trabajo que seguía en activo que tratara de ayudarle a conseguir información sobre esos tipejos, “a ver si alguno tenía el seguro con nosotros”.

- Mira, no puedo darte mucho, porque además me la juego, pero casualmente hay uno con el mismo nombre y primer apellido del cabecilla de ese grupo. Y un apellido compuesto, así que es muy posible que sea él, pero también podría ser su hijo. Es más, por la edad, yo creo que este es el padre del sujeto que buscas.

Así que todo formaba parte de un plan. El “último cliente” de Benito era un amigo de Matías, cuya obligación era exactamente lo que acababa de hacer: llevarlo a ese punto concreto de la ciudad. Matías no tenía muy claro qué quería hacer, pero sí sabía que quería tener una conversación de padre a padre. Sobre el odio, sobre la violencia, sobre educación… No lo tenía claro, pero sabía que quería hacerlo. Iba a fingir que estaba desorientado para forzar la conversación, pero la primera palabra de Benito lo desmontó: “Caballero”. ¿Había dicho “caballero”? Era una forma “muy de mi época”, en desuso, pero que demostraba educación, cortesía, buenos modales. Numerosos pensamientos pasaron por la cabeza de Matías en esos primeros minutos.

“Pues claro que tengo frío, coño, estamos a dos grados y tenías que haber llegado diez minutos antes”. Pero Benito era educado, muy correcto, no como lo había imaginado, si es que se había imaginado de alguna manera al padre del hooligan.

“Por supuesto que se está acabando el año, lumbreras, estamos a finales de diciembre”. Sin embargo, la rabia inicial que tenía había bajado de manera considerable. Cuanto más lo miraba por el retrovisor, cuanto más se fijaba en las facciones del taxista, en su bonhomía, menos cabreado estaba.

- ¿Vio usted el partido el domingo? –Benito volvió a la carga.

La primera reacción del anciano fue contestar que sí, que “vaya tres goles marcaron” como para darle cuerda y así lograr que se confiara, para luego soltarle todo lo que tenía que decirle sobre la agresividad de los suyos, de la gente como su hijo. “Dos de Griezmann”, pensó, el titular de una placa sobre la cual gentuza como su chaval habían restregado de mierda de perro, “y otro de Morata”, al que de nuevo su hijo y otros líderes del Frente Atlético habían enseñado que tenía que maldecir al Real Madrid y renegar de su paso por el club en el que logró sus mayores éxitos. Pero optó por hacer otra cosa e improvisar. Iba a hablarle de Di Stéfano, “como estos creen que nos quedamos en las Copas de Europa en blanco y negro, simularé una cierta demencia”. Si el taxista era incapaz de decir algo bueno de Don Alfredo, si comenzaba a exudar odio por todos los poros de su piel, entonces tendrían algo más que palabras biensonantes.

- Es que hay que ver cómo juega Di Stéfano. Madre mía, ¿a que es el mejor?

El taxista respiró profundamente. La pregunta no podía ser más directa. Realizó una mueca casi inapreciable, ocultó el banderín del Atleti que siempre llevaba en el retrovisor y contestó:

- Sí –balbuceó-. Di Stéfano es el mejor.

A partir de ahí surgió una conversación fantástica sobre la Saeta Rubia y el fútbol de antaño, sobre rivalidades sanas, sobre aquellos años en los que el Real Madrid cedió a Grosso al Atleti para ayudar al vecino a no descender de categoría. Hablaron durante varios minutos sobre la calidad humana y futbolística de Amancio, de Pirri, de Luiz Pereira, de Gárate, de Santillana…

- El fútbol de ahora no es como el de antes –dijo Matías, y se la dejó botando-. Me da mucha rabia ver en qué se ha convertido ahora, en el odio que genera, en esa gente que parece que solo va al fútbol a insultar, a montar jarana. Y en todos esos medios que lo fomentan.

- Tiene razón, da mucho asco. Mire, acabamos de pasar el puente en el que colgaron un muñeco de Vinícius. Qué gentuza, y lo peor de todo no es solo que sepamos quiénes son, sino que el club los ampara.

- Imbéciles hay en todas partes, señor. Y conviene reeducarlos. O echarlos a patadas si vemos que son casos perdidos.

Benito miraba al frente, hacia la carretera, y asentía con la cabeza. Entraron por Concha Espina, ya se veía el reflejo del Bernabéu a lo lejos. Nunca antes hasta ese instante Benito había percibido lo absurda que resultaba una frase del himno del Centenario del Atleti:

“Mira si soy colchonero

que paso por Concha Espina

como pasa un forastero”.

¿Por qué voy a sentirme como un forastero? Esto está lleno de buena gente, de madridistas, de atléticos y de gente que pasa del fútbol, que no tienen filiación alguna por ningún club. Lo curioso es que los pensamientos de Matías en ese preciso instante eran similares: “Cuánta buena gente hay en el Atleti, cuántos amigos con los que he disfrutado grandes momentos, y sin embargo, cada vez quedan menos, o son los hijos de puta, como todo en esta vida, los que hacen más ruido y llevan la voz cantante”.

Llegaron a casa de Matías, donde le esperaba su hija, que acababa de enterarse por su hermano de la locura en la que estaba inmerso su padre. Se temía lo peor, que aquello hubiera acabado mal, en una pelea para la que su padre no estaba preparado, o que lo hubieran dejado tirado en la otra punta de la ciudad.

- Papá –con lágrimas en los ojos al verle sano y salvo-, ¿dónde te habías metido?

- Todo controlado –le susurró al oído-. Es un buen tipo.

Benito no quiso aceptar el dinero que le ofreció la hija. Se despidieron y, poco después de arrancar, volvió a sacar el banderín de su equipo del alma y lo colocó en el retrovisor. Porque “por encima del Atleti están los valores del Atleti”, pensó.

“No lo podemos entender”, le dijo Matías a sus hijos cuando se juntó con ellos a cenar, “pero en tu equipo, Diego, llevan la voz cantante los nazis del Frente Atlético, y es una pena que no los corráis a gorrazos entre todos los demás, que sois mayoría, carajo”.

 

Getty Images

Buenos días, amigos. ¿Os suena el nombre de Urbano Cairo? Se trata de un señor italiano que es muchas cosas. Es más o menos importante, pero tampoco una cosa loca, o sea, si no sabes quién es tampoco debes culparte en exceso.

Urbano Cairo es presidente del Torino, entrañable club italiano de magnitud muy inferior a su rival local, la Juventus, el equipo grande de Turín. Además es propietario del grupo que edita en Italia medios como Corriere della Sera y Gazzetta dello Sport, además de publicar en España el diario deportivo más leído, o sea, Marca. ¿Es por esta razón que Marca lo trae hoy en su portada?

Ni muchísimo menos. Reúne méritos más que suficientes para ocupar portadas de periódicos, los edite él o no. Urbano Cairo es persona de rigurosa actualidad en nuestro país, y además por múltiples razones. Por ejemplo… pues eso, lo de… y también por lo de…

Dadnos un rato y si queréis os lo miramos. Debe haberlas sin duda. El hecho de que sea el dueño de Marca nada tiene que ver con que Marca publique una exclusiva con él, mal pensados. Resulta además que Cairo es un furibundo antisuperliguero, como lo es Marca.

Perdón, reformulamos la frase: Marca es furibundamente antiSuperliga porque lo es su dueño, Urbano Cairo, a la sazón como hemos dicho presidente del Torino, que se mostró contrario a la idea de la nueva competición desde el momento en que uno de los abajo firmantes del pacto de la SL era su archienemigo la Juventus.

El caso, y aterrizamos ya en la portada de Marca, es que D. Urbano tiene opiniones ligeramente rotundas sobre la Superliga, y no parece muy satisfecho con el hecho de que los clubes hayan recuperado su libertad, ajenos a las amenazas de la UEFA, para poder organizar las competiciones que estimen oportunas. A Urbano Cairo le encantan las cadenas y a Marca, elemento integrante del sistema en su vertiente mediática, le ocurre como a su dueño, como no podría ser menos: no le hace la menor gracia la libertad.

D. Urbano aparecer allí abajo, en el faldón, sin llegar a restar protagonismo a Endrick, lo cual nos alegra, pero ahí está.

Sí, amigos. El mensaje es fuertecito. “Si la Superliga se hiciera realidad, retrocederíamos más de dos siglos”. Urbano Cairo no sólo es dueño del Marca y presidente del Torino, sino también el fantasma de las Navidades futuras, por utilizar términos dickensianos y por hallarnos en las fechas en las que estamos. El fantasma de las Navidades futuras trae, paradójicamente, una visión del porvenir que remite al pasado, con lo que el Sr. Cairo incrementa el currículum: dueño de Marca, presidente del Torino, fantasma de las Navidades futuras y fantasma de las Navidades pasadas, todo por el mismo precio. Fantasma al cuadrado, eso queda claro.

¿Exagera el amigo al pronosticar un retroceso de más de doscientos años en la historia de la humanidad si se concreta lo de la Superliga? Ni un ápice. Esto es así, aunque duela a los enemigos del fútbol, de la gente y del fútbol para la gente. Cuidado con hacer realidad la Superliga porque nos quedamos de golpe sin internet, sin aviación y sin penicilina. Te propones llamar a tu amigo de Coria para felicítarle las fiestas y de pronto te acuerdas de que, desde que existe la Superliga, ya no hay teléfonos, ni móviles ni de los otros, y te quedas con las ganas. Vas a soltar la típica frase de Churchill y reparas con desagrado en que no puedes, por la sencilla razón de que Churchill no ha nacido aún por culpa de la Superliga.

El panorama es catastrófico, y más le vale a la raza humana sortearlo. Si se concreta la Superliga, volveremos a desplegar mapas de dos por dos en el asiento del copiloto para poder llegar a Alcoy, todo ello en el entendido de que el coche en el cual procedemos a recuperar tan incómoda tradición es por supuesto un coche de caballos. Los caballos, en principio, seguirán existiendo a pesar de la existencia de las divisiones Star, Gold y Blue, pero incluso esto conviene pregúntarselo a D. Urbano para salir de dudas.

¿Y qué más contaros? As insiste en Endrick y nos parece bien, mientras la prensa cataculé sigue a sus cositas, prenavideñas en este caso, pero cositas al fin y a la postre. Por cierto, según las teorías de D. Urbano, la existencia de la Superliga, y consecuente regresión de más de dos siglos  por parte del género humano, nos llevaría a un mundo en el cual aún no existen ni Sport ni Mundo Deportivo, y eso sí que no. Por ahí sí que no pasamos, Florentino. Quítanos internet. Quítanos la penicilina y la viagra. Quítanos el teléfono y el vehículo de combustión interna.

Pero por favor, Florentino, por lo que más quieras: no nos dejes sin Lluís Mascaró.

Feliz Navidad y Hala Madrid, valga la redundancia, amigos.

Os presentamos uno de los cuentos finalistas de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. El ganador se dará a conocer mañana, día 24 de diciembre, a primera hora de la mañana.

 

Era la primera navidad que Rodrigo y su familia pasaban fuera de casa. Al menos que él recordara. Aunque con escasos siete años tampoco es que recordara muchas. A pesar de que se encontraba cansado casi todo el tiempo y que sus padres no estaban del todo felices, a Rodrigo le gustaba el ambiente de aquel sitio: le traían la comida todos los días, la gente era muy simpática con él y su hermano y, lo más importante de todo, en aquel recinto imperaba el color blanco, su color favorito, el color de su alma, de su corazón y de su equipo de fútbol. Era cierto que no era su casa ni un lugar de vacaciones, pero también que uno no podía estar triste cuando había recibido la noticia que había recibido Rodrigo unos días antes.

—¿Cómo que no vamos a tener regalos de navidad el día 25? —Habían exclamado Rodrigo y su hermano Alonso casi a la vez con indignación ante las palabras de su padre.

—¡Pero si me he portado mucho mejor que el año pasado! ¡Mira mis notas! —había gritado más que dicho Alonso mientras las rebuscaba en su mochila con avidez.

Su padre sonrió ante la reacción de sus hijos, que no le habían dejado ni terminar la frase, y levantó una mano para continuar. Cuando su padre levantaba una mano había que guardar silencio. Era eso o irte al dormitorio castigado hasta a saber cuándo. Aunque en ese lugar no había otro sitio al que ir, los dos hermanos se callaron. Y entonces su padre les explicó: ese año iban a recibir sus regalos el 26 porque ese día iban a recibir una visita muy especial. Algunos jugadores del Real Madrid iban a venir a pasar un tiempo con ellos, entre ellos Rodrygo, el ídolo de su casi tocayo. Rodrigo y Alonso habían saltado abrazados juntos, celebrando aquello más que un gol en Champions, olvidándose por completo del resto de regalos que pudieran haber pedido.

Rodrygo

Desde que su padre les había dado esa sorpresa, Rodrigo no hacía otra cosa que pensar en el encuentro con su ídolo. Le hablaba a todo el mundo dispuesto a escucharle de su “regalo” navideño, al chico que le traía la comida, al chico que venían a sacarle sangre, al payaso con bata que le preguntaba todos los días cómo se encontraba… Que todos vistieran de blanco facilitaba la conversación. Era como si estuviera rodeado de madridistas.

Rodrygo era el jugador que había despertado en Rodrigo su madridismo o, más bien, el verdadero significado del madridismo. Era el jugador que le había enseñado realmente lo que significaba el club vikingo. No es que Rodrigo no fuera madridista desde que nació, pues su padre bien se había encargado de ello; pero hasta su epifanía el pequeño no había hecho otra cosa que ponerse la elástica blanca antes de cada encuentro y celebrar los goles del Madrid cuando correspondía. Como si fuera un simple ritual. Pero el madridismo no iba de simples rituales y eso Rodrigo lo aprendió en los choques contra el Chelsea y el City. Habían visto esos partidos el primero en el Bernabéu y el segundo en casa de los abuelos con toda la familia y varios amigos. Ya el ambiente de ambos días hacía intuir a Rodrigo que no estaba viendo unos partidos cualquiera, pero la explosión de felicidad que desataron los goles de Rodrygo no tenía nada que ver con la cotidianidad de los partidos del Madrid. Los abrazos de su padre y su hermano, la alegría desaforada de la gente, el rugido del Bernabéu, la rabia contenida y por fin desatada de la afición…

Siempre animamos al equipo

No, definitivamente aquello era otro rollo. Otro rollo al que se sentía muy afortunado de pertenecer. Si el Madrid podía despertar en la gente sentimientos tan indescriptiblemente inmensos, puros y hermosos, ¿cómo no animar hasta morir a aquel club?

El día de navidad seguramente fue el día más largo de la vida de Rodrigo, que por mucho que intentó seguir el consejo de su padre de entretenerse para quemar rápido el tiempo, no podía parar de mirar la hora con la esperanza de que el reloj le mostrara que el día estaba llegando a su fin. Jugó a videojuegos, vio varios vídeos de highlights de jugadores del Madrid y antiguos partidos de cuando el Madrid tenía 6, 7 u 8 Champions, echó un vistazo a las redes sociales de los jugadores, alzó la vista al reloj y… Nada. La una de la tarde aún. Era como esperar el pitido final de un partido sufrido y aquel tardó en llegar por lo menos 30 horas, según concebía Rodrigo el tiempo aquel día.

Tampoco es que hubiera mucha diferencia cuando por fin se acostó, pues pasó de contar los segundos durante el día a hacer lo propio de noche, sin que los nervios le permitieran conciliar el sueño hasta que, no alcanzó a ver a qué hora de la madrugada, finalmente el cansancio se impuso y le acabó por cerrar los párpados.

Cuando abrió los ojos, comprobó con estupor que eran casi las doce de la mañana. Su padre le sonreía desde el fondo de la habitación.

—No me habré perdido la visita, ¿no? —preguntó Rodrigo aterrado, casi pegando un bote de la cama, pese a lo exhausto que se encontraba.

—Buenos días, hijo —le dijo su padre, recordándole que lo primero era lo primero.

—Buenos días, perdón —respondió levemente avergonzado.

—No te has perdido nada, tranquilo —dijo su padre, con su sonrisa de siempre —. Vienen más tarde. Mientras tanto, ¿por qué no vas abriendo tus regalos?

Rodrigo dirigió la vista hacia los paquetes y enfiló hacia ellos cuando reparó en su hermano mayor. No había ni rastro de la voluminosa mata de pelo rubio que tanto le hacía destacar allá donde fuera.

—¿Y tu pelo? —Le inquirió Rodrigo, casi avergonzado por sentirse la causa del cambio de look de su hermano.

—Es para que nos lo dejemos crecer a la vez cuando… ya sabes. —Dijo mientras Rodrigo sentía de repente una oleada de algo que no sabía si describir exactamente como gratitud, amor fraternal o una mezcla de ambos—. Además, forma parte de tu regalo. Es ese, ábrelo.

A pesar de que sentía su cuerpo con pocas fuerzas, abrió el paquete con rapidez, arrancando el papel a tirones para encontrarse con unas prendas de tela que en un principio le dejaron descolocado.

—¿Qué es esto…? —preguntó justo un segundo antes de reconocer la ropa. Era el traje de un superhéroe.

—¿Recuerdas la serie que vimos? Ese superhéroe que vencía a todos los bichos malos…

—De un puñetazo —concluyó Rodrigo. La recordaba muy bien y hasta creía entender el regalo que le estaba haciendo su hermano. El superhéroe de esa serie parecía ser un simple chaval calvo y enclenque del que nadie esperaba nada, pero que guardaba un poder invencible en su interior que le hacía el ser más poderoso del universo. Su hermano siempre bromeaba con que Saitama, así se llamaba el superhéroe, era el Real Madrid de los superhéroes cuando comenzaba la Champions y los favoritos siempre eran otros equipos.

Saitama

—Para que cuando te enfrentes a tu bicho también lo revientes de un puñetazo —explicó Alonso justo antes de que su hermano se abalanzara hacia él aprisionándolo en un abrazo.

No solían mencionar a su “bicho” delante de sus padres porque era un tema que enrarecía el ambiente y entristecía a todos, especialmente a su madre. Precisamente su madre le estaba mirando en ese momento, con esa sonrisa triste que solía vestir desde que los hospitales empezaron a formar parte de su vida.

—Ahora abre el nuestro, cariño —dijo señalándole un paquete bastante grande, mientras Rodrygo terminaba de ponerse aquella capa tan fea de superhéroe.

Casi tardó menos en romperlo que el anterior. Dentro había dos cajas: una pequeñita y una de algo más de medio metro de altura. En la primera había una medalla dorada como las que recibían los jugadores que ganaban una Champions y en la segunda había…¡una copa de la Champions League!

—¡WOW! ¿Y esto? —Exclamó, emocionado.

—Bueno, eres un campeón, ¿no? —Se limitó a explicar su padre, como si no hiciera falta más.

—Además, vas a ver a algunos campeones hoy. Así podréis haceros la foto que os merecéis juntos. —Apuntó su madre con su sonrisa de ojos tristes.

La verdad era que aquellos regalos lo habían emocionado tanto que casi se había olvidado de la visita. Y quizás le vino bien porque a saber lo que habría hecho al ver a su ídolo entrar por la puerta si no hubiese estado tan relajado y feliz como había quedado tras abrir sus regalos. En lugar de eso, la recepción fue tranquila. De alguna extraña manera, fue como si se tratara de una visita de unos viejos amigos.

Por la puerta fueron entrando Rüdiger, Tchouaméni, Carvajal, Nacho y… ¡Rodrygo! No podía creer que estuviera saludando como si nada a aquellos jugadores cuando vio que también entraban algunos jugadores del Atlético de Madrid: Koke, Saúl y Llorente. Miró a su padre de soslayo y este le devolvió la mirada con esa sonrisa suya multiusos que en esa ocasión significaba advertencia. “Siempre hay que respetar a los rivales” —le había enseñado desde muy pequeño—. “Dentro del campo dándolo todo y fuera de él dando la mano, haya pasado lo que haya pasado dentro.” Saludó con la mejor educación posible a los tres, aunque finalmente no pudo resistirse y preguntó por lo bajo a Marcos Llorente:

—Sigues siendo madridista, ¿verdad?

Marcos sonrió con ganas, se llevó el dedo índice a los labios y le guiñó el ojo en un gesto de complicidad.

Los tres del Atleti fueron los primeros en irse, pero los jugadores del Madrid se quedaron algo más de tiempo, mostrando una amabilidad y paciencia infinita a la hora de realizarse diferentes fotos con la familia, posando con la Copa de Europa recién adquirida por Rodrigo. Tchouaméni incluso bromeó con llevársela a casa alegando que él todavía no tenía ninguna. A Rodrigo le sorprendía ver lo cercanos que eran todos. Era casi como si estuviera en el campo de fútbol con ellos, como si fueran compañeros de equipo. Incluso Rüdiger, que daba mucho menos miedo en persona que en la tele.

Además, lo que más le gustó a Rodrigo fue que ninguno de ellos le trataba como solían hacerlo el resto de personas, siempre con esa actitud piadosa. Rodrigo estaba acostumbrado a ser una persona animada y que animaba a los demás, a sus amigos o compañeros de clase y equipo, de modo que generar sentimientos negativos en los demás era algo que le ponía enfermo. Por eso le encantó ver que ninguno de sus invitados dejaba de sonreír en toda la visita.

Cuando parecía que ya se iban a ir, Nacho sacó una camiseta del Real Madrid con el 11 de Rodrigo a la espalda y le explicó que la habían firmado todos los jugadores de la plantilla. Mientras sus padres le agradecían el gesto, Rodrigo pudo acercarse un poco a su ídolo y contarle lo mucho que le admiraba y las infinitas veces que había visto sus goles repetidos. Incluso le mostró un vídeo en el que su hermano y él reaccionaban a su doblete ante el Manchester City.

Rodrygo City

—¿Tú también juegas? —le preguntó el delantero brasileño.

—¿Tanto se me nota?

Aquello le sacó una carcajada auténtica a su ídolo, que se repuso enseguida y contestó:

—A los buenos se nos nota siempre, sí —dijo con su acento brasileño—. ¿De qué juegas?

—De delantero, claro, como tú. Llevaba 15 goles la temporada pasada. Hasta que… tuve que parar.

Pensó que Rodrygo se iba incomodar por poner una nota triste en la conversación, pero en lugar de eso, le preguntó:

—¿Y cómo celebras los goles?

—No lo sé. A veces así y a veces asá. Aunque… —continuó tras meditar un instante— cuando marque el próximo lo celebraré así —dijo lanzando un puñetazo al aire como si fuera el superhéroe de aquella serie.

—A ver, ¿cómo?, ¿me enseñas a hacerlo bien? —preguntó Rodrygo, con interés real, intentando repetir el gesto.

—Sí, claro, mira —dijo Rodrigo repitiéndole más lentamente el gesto.

—El próximo gol que marque lo celebraré así… —le aseguró el brasileño

Rodrygo

—¿En serio? —exclamó Rodrigo entusiasmado.

—...pero me tienes que prometer…

—Lo que sea —lo interrumpió sin pensar Rodrigo.

—...que así celebrarás tu primer gol cuando juegues en el Real Madrid.

Rodrigo sonrió de oreja a oreja.

—Eso está hecho —le aseguró.

—Y le tienes que pasar el balón a mis hijos, ¿eh? Hay que dar asistencias también.

La sonrisa de Rodrigo se ensanchó más aún si cabe cuando Rodrygo le ofreció la mano, éste se la estrechó y así quedó certificado el trato. Del subidón de emoción que sentía no se le esfumó ni un ápice a lo largo del día. Se fue a la cama sintiéndose completamente agotado, con su cuerpo más débil que nunca, pero con su mente absolutamente exultante. Recordó lo que le había costado dormirse el día anterior y sonrió al pensar que seguramente esa noche le iba a costar bastante menos quedarse dormido.

Un intenso fulgor cálido lo envolvió con tal vigor que no acertaba a distinguir si tenía los ojos abiertos o cerrados. Probó a abrirlos y la claridad era tal que no conseguía vislumbrar nada. Conforme aquella potente luz se iba disipando, acertaba a ver que estaba en un campo de fútbol y, además, casi en primera línea de la grada. Su hermano le había dicho alguna vez que algunas personas soñaban cosas que luego se hacían realidad y cuando Rodrigo vio salir al campo a los jugadores del Madrid y del Atlético, pensó de inmediato que eso era lo que estaba haciendo: estaba soñando con el partido de semifinales de Supercopa de España. Sí, debía ser eso.

Se relajó y se limitó a disfrutar del partido como nunca. Animó al equipo y celebró como un loco el primer gol del partido, que como no podía ser de otra forma, lo marcó Rodrygo. Rodrigo contuvo la respiración unos instantes y contempló emocionado cómo el brasileño se acercaba a la zona de la grada en la que estaba y saltaba lanzando un puñetazo al aire.

No pudo contener las lágrimas de felicidad al ver la promesa cumplida de su ídolo, y más cuando al segundo siguiente, Rüdiger le pasaba algo al brasileño y este lo alzaba mostrándolo a la grada: era una camiseta blanca con el once, pero no ponía Rodrygo, sino Rodrigo. Luego, la depositó cuidadosamente en el campo, y señaló al cielo con los dos índices. Rodrigo, más pleno de felicidad de lo que se había sentido en toda su vida, lo vio alejarse, algo confundido por ese último gesto. Mientras notaba cómo el fulgor brillante lo envolvía de nuevo, sólo podía pensar en que estaba deseando despertar para contarle a su familia que Rodrygo le había dedicado un gol…

Rodrygo y C. Tangana

Dedicado a todos esos jugadores que invierten una pizca de su tiempo en hacer felices a esos pequeños héroes que están afrontando los momentos más complicados de su vida.

 

Getty Images.

Os presentamos uno de los cuentos finalistas de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. El ganador se dará a conocer mañana, día 24 de diciembre, a primera hora de la mañana.

 

—Al final, lo que te digo, va a perder el vuelo.

El hombre de pelo blanco miró al otro y luego a su propio vaso vacío de Heineken. Se encogió de hombros.

—Menos mal que en el aeropuerto de Estambul todavía venden cerveza. Aunque sea Heineken. ¿Quieres otra?

—¿Pero no me oyes? ¿A qué hora tenía este su vuelo?

—Cómo se nota que tú llegas a Delhi y si quieres te abres una latita y, si no quieres, no —guiñó el ojo derecho y se levantó del asiento—. Voy a por otra.

—El vuelo.

—A las cinco, creo. Una hora antes del tuyo y tres antes del mío.

Se mesó la barba mientras observaba a su amigo dirigirse al mostrador arrastrando los pies. Y no era para menos. Qué cansancio. Venían de pasarse toda la noche sin dormir. Desenfreno en Madrid, avión a primera hora en Barajas, escala en Frankfurt, siguiente en Estambul y, finalmente, tropecientas horas después, cada uno a su destino. No es que le molestara; era tan estupendo como siempre lo había sido reencontrarse con los amigos en España por Navidad y, además, después de tanto tiempo, ya costaba encontrar otro momento en el año para verse que no fuera aquel. Pero se hacía pesado con la edad, eso era innegable. Y las mujeres se quejaban. Que si no te aburres, que si adónde vas, que si por qué no vienen ellos a casa alguna vez y celebráis la Navidad aquí los tres, invítalos la próxima; que si, en realidad, no habría ningún ellos, sino alguna ella… Su amigo posó la cerveza con demasiada fuerza sobre la mesa y le salpicó la barba. Fue un dulce despertar del ensueño, sin embargo.

Cerveza en el aeropuerto

—Te he pedido otra a ti también.

—Gracias, hombre, pero no hacía falta. Yo no vivo en Teherán. No tengo esa ansia.

—Calla, no me lo recuerdes…

—¿No ibas a hablar con la empresa? A mí el CEO me ha parecido siempre un tipo razonable.

—Imposible. Fuera de Irán no hay más que lo de los chavales con los que estuvimos anoche en Madrid. Y yo ya no estoy para esos trotes —vio su rostro reflejado en el vaso y dejó que se le saliera un suspiro—. Ya ni me acuerdo de cuando era rubio.

—A mi mujer le encantan las canas.

—Porque no las tienes.

—Pero ella sí.

La megafonía del aeropuerto anunciando el embarque inminente del vuelo a Jeddah. “All the passengers please blablablá…”, le interrumpió la sonrisa y le blanqueó los nudillos al apretar el vaso de cerveza con las manos. Se irguió sobre el asiento, mirando a su alrededor.

Aeropuerto Estambul

—¿Pero dónde se ha metido?

—Si ya lo sabes, buscando el regalo de su hijo.

—Madre mía —dijo el hombre de cabello castaño mientras bebía de su segunda Heineken—. ¿Y no podía haberlo cogido en Madrid esta mañana o en Frankfurt antes?

—No había lo que él quería.

—¿El qué?

—Pues lo mismo que todo el mundo, qué va a ser.

Se giraron ambos al escuchar las voces de su amigo, que se acercaba a toda prisa entre las luces y las gentes del aeropuerto. Llevaba una bolsa en la mano derecha y todo su cuerpo irradiaba la felicidad del deber paterno cumplido.

—¡La encontré! ¡Y en blanco!

Con mimo, dejó la bolsa en el suelo y de ella extrajo una camiseta del Real Madrid de talla infantil con el número 5 y su correspondiente “Bellingham” serigrafiado. La sostuvo extático frente a las miradas divertidas de sus compañeros.

Camiseta infantil de Bellingham

—¿Pero tú no eras del Barcelona?

—¿Y tú no eras zoroastrista o mazdeísta o no sé qué mierda? ¿Y tú igual? Y mira ahora. No te jode…

De nuevo, la megafonía del aeropuerto se impuso sobre sus voces y su atención:

This is the last call for Mr. Balthassar King. Please, proceed to Gate number 8.

— Bueno, ahora sí, chavales. Me voy —notó cómo los ojos, al igual que en los últimos dos mil y pico años, se le volvían a empañar—. Si el gordo de Coca-Cola no lo impide, el año que viene, a la misma hora, en el mismo sitio. Os quiero.

Se abrazaron los tres. Un rato más tarde salió Gaspar hacia la India. Se quedó solo Melchor, apurando la última cerveza del año antes de poner rumbo a Irán, donde le esperaba un mundo que ya le costaba reconocer como suyo.

Reyes magos aeropuerto

Getty Images.

Os presentamos uno de los cuentos finalistas de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. El ganador se dará a conocer mañana, día 24 de diciembre, a primera hora de la mañana.

 

La Navidad había llegado, por fin. El último día de clase era el inicio del periodo más feliz del año. Andrés era un chico muy familiar. Le encantaba pasar esos días con sus hermanos y primos. No era el mayor de ellos en edad, pero sí en tamaño. Su corazón era tan grande como su cuerpo. A sus once años media más que muchos adultos y superaba ya el 1,80.

La tradición mandaba empezar las vacaciones visitando el Corte Inglés de la Castellana, al que su abuela, en 1981, aún seguía llamando el de Generalísimo. Siempre por esa época, el centro comercial solía poner una atracción en la que los niños podían montar en camello y saludar a los Reyes Magos.

Era una típica mañana de invierno del Madrid de los 80. El cielo estaba gris, el olor a azufre de las calefacciones se mezclaba con el de las castañas asadas que esos días funcionaban a pleno rendimiento. Ese ambiente plomizo era quizá presagio de lo que Andrés iba a vivir en apenas unas horas.

Navidad Madrid años 80

Todo sucedió cuando le llegó el turno de subir a aquel camello y saludar a los Reyes Magos. Le acompañaba uno de sus primos pequeños. El animal no se encontraba en plenas facultades. O tal vez el gran tamaño de Andrés, en comparación al de su primo menor, hizo que el rumiante jorobado se desestabilizara. Poco a poco empezó a ladearse y doblar las patas, lo cual hacía que Andrés tocase con sus pies el suelo. Parecía por momentos que el chico estuviese tratando de andar y tirar del propio animal. Era una escena tan cómica como ridícula que provocó las carcajadas de todo el público que aquella mañana se apostaba en torno a aquella imagen tan navideña. Al llegar a su destino, el propietario de la manada quiso quitarle culpa a su animal y lanzó un comentario ofensivo a Andrés sobre su tamaño.  Con desprecio insinuó que esas actividades no estaban hechas para chicos como él.

Fue una situación aparentemente inofensiva, pero a Andrés se le rompió algo por dentro. Solo pensaba en salir de allí, escapar de cualquier manera. Nadie lo apreció, pero el niño estaba sumiéndose en una tristeza de la que le iba a costar salir.

Aquellas no fueron unas navidades felices para él. Su tamaño, algo de lo que nunca se había preocupado, de repente era una condición física que le avergonzaba. Hasta el punto de no querer pisar la calle. Aquel año no quiso bajar a la plaza de Felipe II, justo debajo de su casa, a jugar como otros años. Su ocio se limitó a lectura de una novela recién descubierta. Era la de la Princesa Prometida, que años más tarde se convertiría en una exitosa película. En ella, el personaje del gigante Fezzik le permitía evadirse por momentos de sus pensamientos, haciéndole ver que un grandullón como él podía ser protagonista de una bonita historia. Y así pasó una navidad. Y otra. Y otra...

La Princesa Prometida

La mañana en que Andrés se topó con aquel maldito camello provocó que se sumiera en una época oscura. Su gente más cercana se preocupó mucho por su estado de ánimo. Ni siquiera la llegada de la Navidad, que cada vez cobraba más protagonismo en su vecina plaza, hacía que el chico saliese del letargo. Andrés seguía creciendo, superba ya los dos metros con tan solo 16 años. Pero la sensación de bicho raro hacía que sus salidas de casa fueran solo las obligatorias para ir al colegio o a alguna cita familiar. Con ese panorama llegó la Navidad de 1984.

Una noche, casi por casualidad, mientras veía un telediario con su padre, vio como un joven baloncestista lituano, llamado Arvydas Sabonis, reventaba literalmente un tablero con un mate en el pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Aquella tarde se jugaba el tradicional Torneo de Navidad en el que el Real Madrid invitaba a las escuadras más punteras del universo del baloncesto. Ese 26 de diciembre era la final y el rival era la selección de la Unión Soviética, que contaba con grandes talentos mundiales. Entre ellos aquel joven de 2,21 que acabaría siendo una leyenda del propio Real Madrid y de toda la esfera del baloncesto. La imagen del cristal reventado en mil pedazos hizo ver a Andrés que alguien con ese tamaño podía imponer respeto con un simple gesto. Algo de lo que él se llevaba avergonzado tanto tiempo.

Sabonis rompe tablero Torneo Navidad

Aquel año pidió a los Reyes Magos un balón de baloncesto. Y comenzó a practicar. Él solo. Todas las tardes. Lo hacía en una cancha de un parque vecino. Primero trabajó el bote, luego las entradas a canasta, después el tiro. Se aficionó a la NBA, donde veía por televisión calentar a los jugadores haciendo ejercicios de coordinación con dos balones. Aquel malabarismo lo incorporó a su rutina de entrenamiento. Su nivel iba creciendo día a día. Una mañana, mientras trataba de hacer un mate, vio como un hombre se sentaba en un banco a mirarle. No era la primera vez que lo veía. Otras veces solía ver cómo le observaba de forma más discreta. Pero aquel día su actitud era más descarada. Andrés siguió a lo suyo y completó dos horas de práctica de mucho nivel. Al terminar, aquel caballero le dio una tarjeta con un número de teléfono. Era también muy alto, mayor para ser jugador, pero en aparente buena forma. Al mismo tiempo, le dijo:

—Si quieres algún día dejar de jugar solo en este parque y probar en la élite, llama a este número. Di que llamas de parte de Emiliano. Aquel teléfono resultó ser el de un ojeador del Real Madrid. Nada más y nada menos.

Andrés llamó al número de la tarjeta y consiguió que le hicieran una prueba. Como no podía ser de otra manera, fue seleccionado para entrar a formar parte de la cantera blanca. En tan sólo un año y medio, había pasado de estar encerrado en casa a pertenecer a uno de los mejores equipos de baloncesto del mundo. Su gran envergadura, pero también la movilidad que había adquirido, le habían convertido en uno de los jóvenes más prometedores de la sección. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

A la vuelta del verano, un entrenador de la cantera merengue comentó a los muchachos que ese año el tradicional Torneo de Navidad contaría con la presencia de uno de ellos en el primer equipo blanco, el cual tendría la posibilidad de disputar algunos minutos. Andrés se ilusionó. Además, el hecho de que hubiera pasado a jugarse en el Palacio de Deportes de Goya, muy cerca de su casa, la que hasta hace poco para él era una especie de prisión, le motivó aún más.  De nuevo, la llegada del mes de diciembre y las fechas navideñas volvieron a ser un estímulo para él. Quería estar ese día en el banquillo del Palacio. Si llegaban a la final, podría tener la oportunidad de jugar contra la todopoderosa Yugoslavia de Petroviç. Además, compartiría cancha con los Martín, Corbalán, Robinson… Quería demostrar a todos de lo que era capaz. Así que entreno aún más duro.

Petrovic Torneo de Navidad

El día de Navidad por fin llegó. El nombre del seleccionado iba a aparecer escrito en la pizarra del entrenador. Todos los jóvenes se desplazaron al Palacio. Andrés entró a la sala y miro la pizarra. Su nombre no estaba escrito en aquel tablero. Al parecer, el juego del equipo aquellos días precisaba más el aporte de un base y eso condicionó la selección de otro compañero que también había hecho méritos para ello. Andrés le abrazó y salió del vestuario junto con el resto de juniors.

Sorprendentemente, no estaba triste. Quizá porque a la salida de los vestuarios, ya en las galerías del pabellón, se cruzó con un grupo de niños que le miraron con absoluta admiración. Aquella altura imponente y el chándal del Real Madrid que vestía le convertía en un sueño casi inalcanzable para muchos otros jóvenes que amaban ese deporte.  De repente, algo que hasta hacía pocos meses le avergonzaba, era un motivo de orgullo y felicidad absoluta. Y por eso no podía permitirse estar triste. Él, realmente, ya había ganado su propio torneo. Estaba feliz, tenía ganas de vivir otra vez las navidades en familia. De pasear por las calles iluminadas de aquel Madrid. De llamar a sus compañeros de clase para ver qué planes tenían esas vacaciones. Aunque también tenía otra sensación algo contradictoria. Había ganado, sí, pero algo dentro de él le decía que no debía detenerse ahí. Debía seguir peleando por mejorar aún más, por llegar a jugar en ese equipo lleno de figuras y, por qué no, reventar algún tablero. Quizá era la euforia de ese momento... o quizá simplemente era el efecto de aquel escudo que llevaba en el pecho.

 

Getty Images.

Os presentamos uno de los cuentos finalistas de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. El ganador se dará a conocer mañana, día 24 de diciembre, a primera hora de la mañana.

 

La Viena de fin de siglo en este año de 1899 es una ciudad herida y frenética. La hermosa capital del Imperio es Roma reinventada bajo un manto blanco. Barroca y señorial, un hormiguero humano late bajo la nieve y el frío. Cuna del arte y la modernidad, la ciudad no conoce aún la decadencia.

Es navidad para todos menos para ellas: en un punto de la Ringstrasse, dos prostitutas ateridas esperan junto a una acera helada a que algún soldado las rescate. El vaho trepa los escaparates de las tiendas de Spittelberg como una enredadera. Una madre evita que su hijo pise un charco ignorando que, pocos años después,ese mismo niño, apenas adolescente, morirá sobre el barro de Verdún. Las familias, bajo fumarolas que se elevan, hacen cola en la Rathausplatz frente a los puestos de salchichas y vino caliente.

Pero algo inaudito late en el corazón de la ciudad. Unas puertas de madera maciza y pasador dorado aíslan al mundo del Café Demel en el Kohlmarkt, un albergue de dulces y cacao humeante, refugio de burgueses, intelectuales y curiosos, donde se entrecruzan todos los idiomas de un reino fugaz y mágico. Un aire denso pero pacífico lo envuelve todo ahí adentro, como un vórtice que augura que esa noche, precisamente en ese lugar, se redibujará el mundo.

Todo comienza como un destello. En su pasillo central, un joven Stefan Zweig remueve con una cucharilla plateada la nueva sensación de la Corte, la tarta Sachertorte, al tiempo que, tras un impulso casi eléctrico, comienza a tomar notas de lo que será su primera novela, Sueños Olvidados.

tendencias Freud

A través de la ventana del salón principal la nevada arrecia cuando un conocido psiquiatra local, Sigmund Freud, porfía con su colega Carl Gustav Jung, sin saber aún que, en ese preciso instante, acaban de inventar el psicoanálisis.

Aparentemente ajeno a todo, entre vasos vacíos, a varias mesas de distancia pero al mismo tiempo, un desaliñado Gustav Klimt comienza a esbozar en un papel lo que, unos años después, colgará en una pared de la casa de los Bloch-Bauer como el Retrato de Adele.

Súbitamente, las miradas, como imantadas, se giran al reservado del fondo del local, donde dos comerciantes españoles de barba tosca trabajan entre muestras de tela y guarnicionería. Por un instante, el ruido del café se hace silencio cuando Carlos Padrós, a pesar de su cojera indisimulada, se yergue arrastrando abruptamente su silla como una detonación. Una visión le paraliza y fascina. En ella, su amigo Julián Palacios firma lo que parece un documento timbrado, imagen sucedida por otras desconcertantes, tal vez por desconocidas, que pasan febriles ante él. Un hombre de pelo claro y zamarra con el número nueve a su espalda, controla un esférico de cuero sobre un pasto verde. Sin solución de continuidad, otro hombre grueso de traje gris y sombrero, cigarro habano en mano, mira en silencio desde un vomitorio lo que parece un coliseo vacío. La imagen final le intriga y excita a partes iguales: una muchedumbre abarrota un recinto de aspecto metálico, portando banderas blancas con escudos circulares, rematados por una imponente Corona Real. Frente a ellos, una hilera infinita de trofeos plateados se muestra en perfecta formación.

Todo acaba en segundos. Aún su frente fría, el bullicio se reanuda. Carlos interpela a su hermano Juan, que, los ojos abiertos todavía por la sorpresa, sigue señalando las muestras sobre la mesa: "Olvida eso ahora. Quiero contarte el sueño del que te hablé".

 

Getty Images

Buenos días, amigos. Esta mañana nos hemos sorprendido al comprobar que el diario Sport ilustra su portada con la lista de (casi) todos delitos y faltas cometidos por el FC Barcelona en su longeva historia. Aparece a la izquierda el código del delito y a la derecha bien el montante económico al que asciende, bien el tiempo de condena (en días) que les habría supuesto en caso de que el sistema no estuviese corrupto y se hubiera producido la misma.

Una vez ingerido un segundo café, nos damos cuenta de nuestro error, la primera plana de Sport no muestra una relación de delitos y faltas del FC Barcelona, se trata del listado de los cargos por infringir normas del fair play financiero de la Premier League por parte del Manchester City. Lo sabemos porque hay otra portada a partir de la cual lo deducimos. Esta:

El diario que acoge a Iván San Antonio encumbra a Pep Guardiola como rey del mundo tras ganar su City el Mundial de Clubes frente al Fluminense. El de Santpedor es un magnífico entrenador, está fuera de toda duda, al igual que es el mayor exponente de la hipocresía en el mundo del fútbol. Pep desprende aroma fariseo allá por donde se desplaza. No es extraño, pues, que sea el técnico del City, uno de los clubes más hipócritas del planeta.

Recordemos que el Manchester City fue uno de los miembros fundadores de la Superliga. Luego dijo que no y, tras la sentencia histórica del pasado 21 de diciembre, se posicionó nuevamente contra la Superliga y a favor de las competiciones organizadas por la UEFA, quien, según el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, abusó de posición dominante.

Es decir, el humilde City entona el falaz gánatelo en el campo, o earn it on the pitch. Gánatelo en el campo de gas natural o de petróleo, entendemos. Ya nos contarán qué meritocracia deportiva se halla tras la compra de un club por parte un estado podrido de dinero que inyecta fondos sin cesar en el equipo sin preocuparse por ningún tipo de norma financiera. Y no se preocupa porque sabe que no va a pasar nada, el juicio por estos cargos se prevé que se celebre más o menos cuando concluya la Sagrada Familia, quedará en sanción menor y no implicará la retirada de ninguno de los trofeos ganados gracias al dopaje financiero.

Los clubes que no tienen detrás una teocracia con dinero infinito y que en su inmensa mayoría se encuentran en quiebra o al borde de la misma, sin posibilidad ya no de fichar, sino de mantener a sus propios jugadores, tienen en la Superliga la solución, empero, se siguen aferrando a quienes los están arruinando y acabando con la viabilidad del fútbol. Sufren un síndrome de Estocolmo de manual. Justifican y defienden a sus captores mientras lanzan piedras en forma de eslóganes y comunicados ridículos contra quienes vienen a liberarlos.

Sus captores es lógico que estén en contra de la Superliga porque les afecta a su bolsillo personal, por eso despierta tanta ternura ver cómo los clubes medios españoles se apuntan al gánatelo en el campo. Y resulta ridículo observar cómo proclaman el eslogan entidades como el Andorra, que compró literalmente su plaza, o el Girona, aupado a la élite del fútbol gracias al dinero invertido en él por el grupo matriz del Manchester City.

Deben de pensar que somos imbéciles y no nos damos cuenta de la patraña que nos intentan hacer tragar, aunque, visto lo visto y después de décadas de relato vendido con éxito, habrán pensado que para qué cambiar de estrategia.

Repasamos ahora el resto de portadas.

Mundo Deportivo titula: «Baby boom» sobre una alineación del Barça plagada de jóvenes en el amistoso disputado en Dallas. Al parecer, la cosa no fue precisamente un éxito:

El partido de Dallas ha sido otro fiasco.
Están consiguiendo que la marca Barça vaya perdiendo fuerza. pic.twitter.com/iR3zwOL4te

— Marçal Lorente (@Marsallorente) December 22, 2023


El Barça está en caída libre y sabe que el penúltimo saliente al que agarrarse es la Superliga.

El As viene con un posible central para el Madrid. Se trata de Renan, el brasileño del Zenit. Os recomendamos que veáis este vídeo con sus habilidades. Juntarlo con Mendy y que ambos se pongan a sacar el balón regateando sobre la línea de gol es el sueño de todos los cardiólogos privados que atienden a hinchas del Real Madrid.

Nos despedimos con Marca, que en el penúltimo día de su calendario de adviento dedica su portada a Oblak, quien dice que «no están aquí para sufrir (el Atleti)». No parece el mejor lugar entonces.

Mañana es el ultimo día del calendario de adviento y, por tanto, Nochebuena. Además, daremos a conocer el cuento ganador de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad a primera hora. A lo largo del día de hoy iremos publicando las piezas finalistas del concurso.

Pasad un día estupendo.

Os presentamos uno de los cuentos finalistas de nuestro IV Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. El ganador se dará a conocer mañana, día 24 de diciembre, a primera hora de la mañana.

 

Tap, tap, tap, ¡TAP!, sonaba el cuchillo sobre el tajo.

Tap, tap, ¡TAP!

Las manos expertas de Domingo iban acumulando las costillas en un lado mientras cortaba el resto. De un golpe seco cortaba las costillas como si fueran mantequilla.

-¿Qué más le pongo, doña Carmen?

-Mira, me vas a poner un solomillo. Pero cortado en rodajas como de un dedo y medio, ya sabes, para la comida de Navidad, para hacer así en la plancha, vuelta y vuelta.

-Como más rico está, señora. Además, le voy a poner éste que me ha llegado hoy, que es de ternera del Valle de Esla.

Domingo guiñó un ojo a doña Carmen, que sonrió complacida.

-¿Qué más cositas?- repitió Domingo como un autómata pero sin dejar de sonreír.

-Nada más, hijo, creo que ya tengo todo. De todas maneras abrís mañana, ¿verdad?

-Mañana abrimos hasta las ocho, por ser Nochebuena. No se preocupe que nosotros siempre estamos aquí, al pie del cañón- dijo mientras le entregaba los paquetes de carne.

-Muy bien, Domingo, cariño. Pero por si no vengo mañana, te deseo una feliz Navidad. ¿La pasas con la familia?- le interpeló doña Carmen.

-Sí, señora, con la familia, aunque mis hijos andan por ahí de Erasmus y este año no les veo. Ya sabe, la juventud.

Intercambiaron otro feliz Navidad y Domingo se quedó en el mostrador, limpiando los restos de lo que había cortado. Tenía tantas cosas que hacer que no sabía por qué tarea empezar, todo eran pedidos y prisas.

La familia, pensó. Le había dicho a doña Carmen una verdad a medias, casi una mentira completa. Desde el divorcio, hace dos años, sus hijos prácticamente no le hablaban. No creía que su ex mujer hubiera malmetido contra él pero, la verdad, casi no tenían contacto. Y cuando lo tenían no era un momento agradable, solían pedirle dinero. Sí, estaban estudiando fuera, pero volvían a casa por Navidad y no pensaba verlos.

Su mujer se fue, según ella harta de “hacer todas las cosas sola”. Él no entendía cómo había podido pasar. Trabajaba mucho, sí, pero para la familia. Todo lo había hecho para la familia.

¡Ah!, pero este trabajo.

Ya no se acordaba de los días divertidos en la carnicería. Ahora todo eran jornadas extenuantes. Y festivos, sobre todo los festivos. Quizá empezó a distanciarse de Elo cuando le ofrecieron ser jefe de sección: más trabajo, ningún domingo ni festivo libre, pero más dinero. A lo mejor no habría hecho falta más dinero, pero sin saber cómo se había metido en esa dinámica, y cada vez que ella le hacía reproches él se enfadaba. Después de la bronca no se arreglaba nada, sólo había más rencor. Y cada vez se hablaban menos. Y dejaron de mirarse. Sin más.

-¿Está mi pedido? – interrumpió un cliente.

-Sí, don Paco, aquí está. Una entraña y dos kilos de entrecot recién cortado- dijo Domingo mientras le alargaba la bolsa-. Que disfruten mañana y ¡felices fiestas!

-Igualmente, Domingo, hasta luego.

Volvió a hilar su pensamiento mientras deshuesaba una canal de vaca. Sí, desde que se separó se había acercado más a su hermano. Sin embargo después murió su padre y simplemente se vieron menos, no sabía por qué, como si un hilo invisible que los unía se hubiera roto. Ahora no le salía llamarle y él tampoco le llamaba. Tampoco tenía tiempo.

Tenía la sensación de que nunca tenía tiempo.

Siguió dando vueltas a su suerte hasta la hora del cierre mientras recogía y limpiaba la sección de carnicería.

Al acabar la jornada, como de costumbre, aprovechó su descuento del 15% para empleados para comprarse un pack de seis latas de cerveza. Era su cena desde hacía unos meses. Tirarse en el sofá y beberse todas, quedarse dormido allí mismo vencido por el cansancio. Así eran casi todos los días.

Sabía que no estaba bien, sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué hacer, como si estuviera atrapado en una rueda de esas de hámster. Decidió dejar el auto-psicoanálisis para mañana, estaba cansado.

Se sentó en el sofá una vez llegó a casa, ahora siempre silenciosa. Lo odiaba. Hasta le hubiera gustado que Manuel y Elena se pelearan a gritos por cualquier chorrada. Ya no había gritos en esa casa, ya no había nada, sólo Domingo sentado en el sofá.

Encendió la tele, se puso a hacer zapping, a veces sólo daba vueltas sin fin al dial hasta que se cansaba de no ver nada concreto. Si al menos hubiera fútbol. Que hubiera fútbol era que jugara el Madrid, claro, así lo veía él.

Fue a la nevera a por otra cerveza, la tele estaba alta. Dudaba si poner una película o alguna serie.

El Manchester City en siete puntos

Había parado en Real Madrid Televisión antes de levantarse y escuchó aquello que ocurrió en la remontada al City: ese grito de ¡6 minutos de descuento! tras el gol de Rodrygo. A veces caía en uno de esos resúmenes de grandes momentos madridistas y no podía dejar de verlo hasta que acababa: se le llenaban los ojos de lágrimas otra vez.

Recordó cuando quedó con su hermano Rafa y con su hijo mayor en El Escudo, el mejor bar del barrio, para ver las semifinales de Champions. Allí vieron aquella remontada histórica. Recordó la adrenalina del empate en el minuto 89, cómo se abrazaron con el primer gol de Rodry y cómo no les dio tiempo ni a dejar de celebrarlo cuando marcó el segundo. Ahí ya sabían que el Madrid pasaba a la final, qué alegría más grande fue. El Madrid es lo más grande, pensó. Siempre le hacía sonreír.

Entonces, presa de un arrebato de alegría, cogió el iphone y preguntó:

“Siri, ¿cuándo juega el Real Madrid?”

Siri le contestó con su tonito habitual: El Real Madrid se enfrenta al Mallorca el 3 de enero de 2024 en el estadio Santiago Bernabéu, a las 19:15 PM.

Sin soltar el móvil buscó a su hermano entre los contactos y llamó:

- Oye Rafa, qué tal, ¿cómo estás? ¿Quedamos el día 3 para ver al Madrid?

 

Getty Images

 

 

 

 

 

 

La victoria en los tribunales de los impulsores de la Superliga ha generado que, curiosamente, nadie hable de lo verdaderamente trascendental. La UEFA y la FIFA, que no tienen derecho a monopolizar el fútbol, llevan tiempo llevando a cabo un abuso de poder ilegal. Seguramente en otro contexto esto habría supuesto un escándalo que habría soliviantado a las masas, ya saben, la historia de los grandes oprimiendo injustamente a los pequeños que tanto gusta narrar. Sin embargo, la sociedad ha encontrado rápidamente otro saco de boxeo al que golpear y de esa manera satisfacer sus falsos ideales de justicia social. La Superliga es el gigante que viene a oprimir a los clubes pequeños, y “Gánatelo en el campo” el lema elegido para llevar a cabo un ejercicio de hipocresía sin precedentes en la historia.

El nuevo Football is for the fans tiene tan poco sentido como lo tuvo en su día dicho eslogan. Si la cosa va de ganar en el campo, el club con más autoridad en la materia es precisamente el principal impulsor de la Superliga, así que, por favor o por vergüenza, no traten de enseñarle a su padre cómo se hacen los hijos. Precisamente el modelo de la Superliga impulsa de una manera óptima el ganárselo en el campo. Tanto en el de juego como en el de las oficinas de los clubes. Como explicó ayer el CEO de A22, Bernd Reichart, el actual modelo permite a los clubes modestos que realizan una buena temporada cumplir el sueño de jugar competición europea, pero no asentarse en la élite. Un equipo modesto que alcance la liguilla de grupos de Champions o Europa League seguramente jugará seis partidos y se volverá a casa con el único consuelo de haber jugado dos partidos contra un gigante o histórico europeo. Dos, si lo quiere así el sorteo.

A pesar de que el nuevo formato ha sido explicado por activa y por pasiva, la (enorme) oposición que ha encontrado la Superliga sigue empeñada en mentir impúdicamente y considerar a esta competición como cerrada y elitista, aferrando ese patético eslogan de “Ganátelo en el campo” como estandarte de la moralidad

El modelo de la Superliga, en cambio, favorece que un club que realiza una buena temporada tenga un mayor recorrido en la nueva competición europea, reciba una mayor inyección económica y, si la gestiona bien, pueda seguir asentándose en un escalón europeo más alto pese a que su rendimiento en la liga doméstica pueda decaer un poco. Precisamente en España hay clubes como la Real Sociedad, el Villarreal o el Sevilla que han demostrado ser capaces de operar muy bien (con menos recursos que otros) y realizar proyectos muy interesantes que acaban siendo a corto plazo porque los grandes se acaban llevando a sus jugadores. Este tipo de clubes se han apresurado a posicionarse en contra sin darse cuenta de lo mucho que les conviene este modelo. No dudo que lo hayan hecho por esos intereses o cadenas de favores que ya conocemos todos en la liga española, pero espero que al menos se presten a escuchar la llamada de Reichart y actúen con la responsabilidad que esta nueva situación requiere.

A pesar de que el nuevo formato ha sido explicado por activa y por pasiva, la (enorme) oposición que ha encontrado la Superliga sigue empeñada en mentir impúdicamente y considerar a esta competición como cerrada y elitista, aferrando ese patético eslogan de “Ganátelo en el campo” como estandarte de la moralidad. La mayoría de los equipos que lo esgrimen precisamente en el campo han ganado entre poco y nada, pero dado el arrebato de "ética" que les ha entrado a todos, especialmente en España, entiendo que los clubes ahora solicitarán que se realice un estudio de cuántos espectadores atrae cada equipo y, de ahora en adelante, el reparto televisivo se haga con arreglo a dichos porcentajes. Ganemos lo que ganamos en el campo.

Precisamente vamos a ver algunos de los ejemplos que se han agarrado al “Ganátelo en el campo” para comprobar el nivel de hipocresía y desvergüenza que visten los clubes.

Cádiz: el mismo equipo que, con la inestimable ayuda de la prensa “madridista”, pasó de ronda en Copa, precisamente ante el Real Madrid, en los despachos denunciando alineación indebida. Aquel día no quiso ganarlo en el campo.

Cádiz Copa 2015

Andorra: equipo cuyo propietario, Gerard Piqué compró una plaza en Segunda B, saltándose una categoría. El chiste se cuenta solo.

Valencia: equipo que se salvó el año pasado de descender a segunda división en circunstancias anómalas, esas que sólo se dan en la liga española y que acabaron relegando al Espanyol a la categoría de plata. Equipo el valenciano, por cierto, propiedad de un inversor multimillonario que hace tiempo se aburrió de ellos, pero que cuando les compró, entusiasmó al valencianismo con la posibilidad de nuevos ingresos que, no hace falta decirlo, no se habían ganado en el campo.

Brahim

Alavés: nuestro rival de esta jornada es también otro de los clubes con mayor hipocresía ya que, al igual que el Bayern de Munich, se opone frontalmente a la Superliga, pero no ve incompatibilidad en que su equipo de baloncesto dispute la Euroliga, competición con un formato mucho más cerrado y elitista que la Superliga.

Fuera de España también ha habido ataques desmesurados contra la Superliga y unas muestras de hipocresía que no se han quedados demasiado atrás. Desde un Ceferin, que debería estar algo más preocupado, burlándose de una competición que dice que dispondrá de únicamente dos equipos a un Nasser al Khelaifi que recrimina a Florentino que aparezca en un vídeo institucional con todas sus Champions detrás. A Nasser hay que recordarle, primero quién es el Real Madrid, y segundo que él también apareció en su declaración con todas las Champions de su equipo detrás. Quizás cuando gane alguna pueda ir dando lecciones de lo que se puede o no hacer con ellas.

En cuanto a la Premier League, la ironía también hace acto de presencia al mostrarse tan airados ante la falta de meritocracia los clubes de una liga cada vez más plagada de inversores ajenos cuyo dinero procede de países de dudosa moralidad. El gobierno inglés incluso pretende crear una ley específica contra competiciones ilegales. No le preocupa, en cambio, que uno de sus clubes haya incumplido más de 115 reglas de control financiero en su liga. Para eso no crean leyes.

Nasser al Khelaifi que recrimina a Florentino que aparezca en un vídeo institucional con todas sus Champions detrás. A Nasser hay que recordarle, primero quién es el Real Madrid, y segundo que él también apareció en su declaración con todas las Champions de su equipo detrás

Aunque, bueno, desde España tampoco se está para hablar muy alto, pues esta jornada hemos presenciado la oleada de pancartas con el absurdo y manido lema bajo la premisa de que esta nueva competición va a destruir las ligas nacionales después de guardar un mutismo absoluto ante la verdadera destrucción de la liga española al saberse corrompida durante más de 20 años. No hubo campañas de “Ganátelo en el campo” cuando se supo que el vicepresidente del CTA estuvo a sueldo de uno de los equipos de la liga, con todas las implicaciones y repercusiones deportivas y económicas que aquello tuvo sobre el resto de equipos. Se ve que la corrupción arbitral y el tráfico de influencias no son motivos de preocupación para las competiciones nacionales, pero sí una nueva competición que revitalice el formato y genere una mayor inyección de capital económico para el fútbol europeo.

Enríquez Negreira

Seguramente la Superliga no sea perfecta. Seguramente sea necesario darle una vuelta al formato o al acceso a la misma, en función de lo que vaya dictando la experiencia que dan los años. Pero resulta absurda la reacción tan furibunda plasmada por los clubes, estamentos como las ligas o UEFA e incluso periodistas como un Axel Torres que ayer perdió los nervios y la educación ante Bernd Reichart. Da miedo pensar en la que se ha montado porque se asemeja en demasía al clásico partido liguero del Real Madrid como el que se vio ayer, con un equipo realizando faltas a destajo, muchas veces sobrepasando la legalidad, con la aprobación de un juez que no se pone del lado del reglamento ni de la integridad de los jugadores, sino del que le digan desde arriba. La Superliga tiene un duro camino por delante, lleno de obstáculos, hipocresías e intereses. Cada uno puede opinar mejor o peor del formato, de la competición o del negocio, faltaría más. Pero pronúnciense con rigor, coherencia y sin faltar a la verdad. Hagan el esfuerzo de no prejuzgar sin saber. Hagan honor a su lema y dejen que la Superliga se gane en el campo lo que ya se ha ganado en los tribunales.

 

Getty Images

spotify linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram