Buenos días, amigos. Damos por hecho que alguna vez os habrá dolido una muela. Potencialmente es uno de los dolores más insufribles que pueden sobrevenirte en este mundo. En la obra maestra de Paul Schrader “Aflicción”, Nick Nolte se pasaba toda la película con un dolor de muelas brutal, y pocos minutos antes del clímax final se arrancaba la pieza dental en cuestión con unas tenazas y una botella de whisky, llorando delante de un espejo. Veías la escena y te dolía a ti.
Bien podía Schrader haber previsto en el guión una visita del protagonista a un odontólogo que le aliviara de sus males vía la realización de una endodoncia, pero convendremos que la cosa habría sido menos cinematográfica. La muela era la muela pero era una cosa simbólica también, como si extrayéndola a lo bestia exorcizara sus terribles traumas.
Otro a quien le han sacado una muela hace poco, asimismo, es Kylian Mbappé. Parece que fue la muela del juicio, y menos mal que no se enteraron los de Marca de que era concretamente esa, porque tal vez entonces se habría recrudecido la malísima leche y el incalificable piperismo que trae consigo esta primera plana. No habría faltado algún ramplón juego de palabras.
Sí, amigos. Aprovechando que el Sena pasa por Paris, o sea, que todo el mundo sabe que a Mbappé le han sacado una muela, los chicos de Gallardo se descuelgan con este titular, que tiene la gracia en el culo y el culo de vacaciones en alta mar. Lo decíamos al principio: una muela duele muchísimo, duele una animalada, y no nos parece que el madridismo esté viviendo como una agonía de ese tipo la presencia de Kylian Mbappé (28 goles hasta el momento) en su equipo, ni muchísimo menos. Es una exageración dramática de caracteres tan hiperbólicos que da la risa.
El madridismo puede estar preocupado, que seguramente lo esté, pero de ahí a decir que sufre a Mbappé como quien sufre un dolor de muelas hay un trecho muy considerable. El madridismo, simplemente, está mosqueado por el horroroso partido del francés en la ida ante el Atleti, partido en el que no le salió nada de nada.
Pero sabe también (el madridismo, se entiende) que hace ¡días! este mismo medio y casi todos los demás estaban rendidos al talento del delantero y cautivados por su triplete al City, que no es precisamente cualquier equipo. La temporada de Mbappé tiene claroscuros, pero el máximo goleador del equipo no puede ser nunca un “dolor de muelas” para los fieles seguidores blancos.
Kylian, no te preocupes. Estas portadas te las hacen estos señores porque son muy amigos de Al Khelaifi, persona que te quiere mal, y juegan con él al pádel todos los domingos y fiestas de guardar. De ahí su inquina, ¿sabes? Y todo lo bien que se llevan con el bueno de Nasser se convierte en animadversión cuando se trata de medir su relación con Florentino, que en cambio te quiere bien.
Lo que es un dolor de muelas, querido Kylian, es Marca, para ti y para todos los madridistas que no estén dispuestos a dar credibilidad a un medio entregado a Tebas cuya mayor ilusión, por tanto, es mantener al madridismo en un estado de permanente insatisfacción. Cabe recordar que el Madrid acaba de obtener un muy buen resultado en su partido de ida de Champions, y sin embargo Marca se concentra en lo negativo con un afán de hacer la puñeta digno sin duda de mejor causa, tal como si el Madrid hubiera palmado y hubiese que buscar en Mbappé un chivo expiatorio.
Pero no. Resulta que el Madrid ganó. Resulta que no hace falta buscar ningún chivo expiatorio, aunque la parroquia esté algo alarmada por el bajo rendimiento del astro en la ida de Champions contra el cholismo. Esperen por lo menos a que (no lo quiera Dios) nos eliminen en el Metropolitano para poder cumplir a rajatabla su sacrosanta vocación de dolor de muelas, ustedes sí que sí, señores de Marca. “Me cago en tuh muelah”, solía exclamar el mítico Chiquito de la Calzada. No sabemos por qué nos ha venido ahora la frase a la cabeza.
As, en cambio, se centra en lo positivo. Habiendo ganado el Madrid, no parece tan difícil, ¿o sí? Comenta el diario prisaico (que no prosaico, aunque muchas veces también) que el equipo demostró carburar mejor con Modric y Brahim, quienes “corren y deciden”. Aboga As por la titularidad de ambos y no nos parece ninguna mala idea, si bien para poder alinearlos en el Metropolitano habría que tomar alguna que otra decisión dolorosa. Solo pueden jugar once.
En todo caso, tanto el malagueño como el croata sonríen en la portada. No vemos sus muelas, pero sí sus dientes frontales. Ya lo decía la Pantoja: “Dientes, dientes, que es lo que les jode”.
La prensa cataculé dedica hoy toda suerte de elogios a sus héroes blaugranas, quienes con cierto mérito se sobrepusieron a la expulsión temprana de Cubarsí y se hicieron con la victoria ante el Benfica. “¡Jabatos!”, exclama Sport. ¿Jabatos? ¿De verdad? ¿Qué horterada es esa? El último “jabato” que conocimos nosotros, y eso que hemos visto de todo, protagonizó un cómic junto al gigante Taurus. Tiene más años que el sol ese tebeo, si bien es muy posible que por entonces el club catalán ya tuviera en nómina a Negreira, o a algún precursor de sus muchos méritos.
Y poco más que deciros, amigos. Solo recordaros que hay especialistas para aliviar cualquier eventual dolor de muelas. No vayáis a tirar por la tremenda como Nick Nolte, cuyo personaje en la película era sin duda lector asiduo de Marca, el drama queen de la prensa deportiva patria.
Pasad un buen día.
Me resisto a redactar un artículo como si me hubiera poseído el espíritu de Roberto Gómez, por mucho que durante mi reciente y demasiado corta estancia en Italia haya disfrutado de la excelencia de los restaurantes locales.
Los italianos son grandes maestros del marketing, siendo especialistas en la elaboración de envoltorios fastuosos para cosas normales o directamente peores que las realizadas por la competencia, y afectando a cosas tan dispares como los coches, el aceite de oliva o el vino. Eso sí, es país de artistas. Italia es estética, arte, desenvoltura, picaresca y fútbol, mucho fútbol.
Nápoles, ciudad con un indudable encanto canalla, directamente respira balompié, si bien canalizado por la veneración unánime que sienten por Maradona, una obsesión enfermiza que da un punto aún más pintoresco a una ciudad en extremo peculiar, en la que la Juventus, sobre la que recae una especial inquina según pude pulsar, es percibida como el equipo favorecido por los árbitros.
En la vieja Parténope, concretamente en su barrio Spaccanapoli, encontré una deliciosa mofa a los triunfos turineses consistente en colgar once camisetas de la Juve en las que los nombres de los jugadores eran reemplazados por los de árbitros italianos, destacando la delantera formada por Rocchi, Orsato y Rizzoli.
No puedo negar que me pareció una idea brillante, perfectamente exportable, esto sí, a España.
Encuentro como principal diferencia que la Juventus fue despojada de los títulos ganados en las temporadas en las que cometió delitos de corrupción, fue descendida a segunda división y penalizada con 30 puntos, mientras que, en España, un equipo paga durante 17 años 8,4 millones de euros al vicepresidente de los árbitros de manera comprobada y no ocurre nada. Déjennos al menos formar un once de eminencias arbitrales favorables al equipo en cuestión.
Su portero, el guardián de las esencias, debería ser Victoriano Sánchez Arminio, el que tomaba el aperitivo en un bar que, casualmente, era sede de la peña barcelonista de Santander. Por la derecha, tenemos incorporándose con alegría al ataque, Mejuto González, el de “Rafa, no me jodas”, mientras que, por la izquierda, el canario Hernández Hernández resulta un valor seguro a pesar de su juventud.
La dupla de centrales la forman Evaristo Puentes Leira, linier que anuló el gol de Milla en Tenerife en 1992 asistiendo a Celino Gracia Redondo, y que posteriormente fue árbitro titular de acreditada solvencia en cuanto al llamado “saldo arbitral” acuñado por Alfonso Godall.
El otro perfil de la zaga sería para el inefable Gil Manzano, central rapidísimo, sobre todo a la hora de decretar el final de los partidos.
El pivote estaría ocupado por Martínez Munuera, el hombre que pitó el penalti de Militão contra el Sevilla por interpretar intencionalidad en la mano del brasileño pese a estar de espaldas, y que acabó dando el campeonato al Atlético de Madrid.
El todocampista Munuera está acompañado en las labores de creación e inventiva por De Burgos Bengoetxea, hombre aseado y aplicado, de abrumadora regularidad que muy bien podría valerle el apodo de “el Metrónomo de Bilbao”. Tocó fondo en la Supercopa en la que expulsó a Cristiano Ronaldo por sufrir un penalti de, sorpresa, Mascherano, y desde entonces sólo ha sufrido recaídas.
El otro interior sería para Rodríguez Santiago, que a las acrisoladas virtudes que le adornan añade la tolerancia a la hora de ver legales los goles con la mano de maravillosos jugadores argentinos bajitos nacidos en Rosario, pero sólo Esos.
En la vanguardia, ríanse de cualquier terna histórica de atacantes. En un extremo estaría Iturralde González, rápido, histriónico, iracundo e infalible. Aunque retirado, el toque y el sesgo nunca se pierden, y continúa aún hoy sentando cátedra desde los micrófonos de la Cadena SER.
La otra banda sería jurisdicción de Medina Cantalejo, creo que sin su jersey de cuello de cisne, por mucho que más que un cisne parezca Lonesome George, y sin ese Rolex que le hace andar inclinado y que pondría en peligro la integridad de los rivales.
Por último, no se sabe si regatea, cobra un cheque o baila una muñeira, con el dorsal 10, Enríquez Negreira. No hay presentación posible que haga justicia a los méritos contraídos para la causa, cualquiera que sea, por don José María.
¿Acaso podría juntarse más talento en una escuadra? La respuesta es afirmativa, porque podríamos completar el banquillo con otros tantos y dejar a alguno más en la grada. Si nos abrimos al plano internacional, brillan con luz propia los De Bleeckere, Aytekin, Bussacca y, por supuesto, el más refulgente de todos, Tom Henning Øvrebø.
No quisiera cerrar este escrito sin mandar un abrazo enorme a mis amigos de Renato e Luisa, uno de los mejores restaurantes de Roma, donde nos trataron de maravilla…
¡Rápido, llamen a un exorcista!
Fografías: Nanook The Eskimo y Getty Images
Hace 123 años se tendió el mayor puente entre Cataluña y Madrid que haya conocido la historia. Dos catalanes, Juan y Carlos Padrós, unidos a antiguos miembros del Foot Ball Club Sky, decidieron fundar un club de fútbol sin llegar a concebir que estaban creando el mñas valioso embajador de la capital y del país.
Y hace apenas dos días, tanto el equipo como su afición demostraron por qué siguen concitando admiración y rencor, amor y odio, pasión y envidia. En su hábitat natural, la Copa de Europa, el destino y las bolitas le reservaron al Madrid una efeméride envenenada: el partido 500 en la competición sería frente al vecino, que además venía de favorito.
Con la frescura de una eliminatoria menos, un fondo de armario más nutrido y la confianza de los últimos resultados ligueros, un sector madridista contenía la respiración antes del partido del Bernabéu. Pero los genios viven de brillar en el rescate, y ahí estuvieron dos exquisitos folloneros del balón, Rodrygo y Brahim, para conseguir una renta —escasa, sí— para el partido de vuelta. Que sirva de toque de atención.
Pero decía que no sólo el equipo honró los valores del Madrid, sino que la afición demostró, una vez más, que la decencia no es una bandera, sino una forma de entender la vida. Así, cuando gran parte de la grada atlética decidió insultar la memoria de un fallecido por cáncer, Javier Dorado, con sus pitos y cánticos de “Madridistas, hijos de puta”, el Bernabéu decidió romper en aplausos. Hay ocasiones en las que la fiera no merece el látigo, sino el desprecio del elegante ejemplo. Como cabía esperar de los cabestros sostenidos por el club colchonero, no quedaron satisfechos y, tras la derrota, también tuvieron tiempo para mancillar la figura de Juanito.
No sólo el equipo honró los valores del Madrid, sino que la afición demostró, una vez más, que la decencia no es una bandera, sino una forma de entender la vida
El malagueño, despreciado en el Manzanares cuando comenzaba su carrera, será siempre una espina clavada para los atléticos, incapaces de soportar con decencia sus estrepitosos errores. Por eso vomitan su rabia cobarde ante quien creen que no puede defenderse. Pero sí lo hace. Porque Juan permanece en la camiseta blanca, en su estadio, en el corazón del madridismo. Y eso es lo que verdaderamente les duele.
Ahora sólo queda rematar en el Metropolitano y que la honra al aniversario del club sea completa, certificando una vez más quién manda en la capital.
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Durante la tarde de aquel martes barrunté la idea de que, si había un día para meterle mano al Madrid, era ese. Si Dios había marcado en su agenda una fecha para que el Atlético diera un puñetazo sobre la mesa en la Copa de Europa, era entonces. Si las venganzas de la Décima y la Undécima pudieran consumarse, si por asomo pudieran tan sólo olvidarse mínimamente, tendría que ser un martes sin Bellingham, sin Ceballos, sin Carvajal y sin Militao al comienzo de un frío y lluvioso mes de marzo.
Pero el Madrid ganó 2-1 y yo respiré tranquilo. Hoy no es ese día, dijo Brahim como también lo dice Aragorn frente a las Puertas Negras, y decidió responder al Cholo con el lenguaje de la verdad: aquel en el que sólo intervienen un jugador estratosférico y un balón. Habla ahora, le dijo también Brahim a Simeone. Se dijeron muchas cosas bonitas, anoche.

Demostró Brahim que el verdadero lujo no está en comprarse un bolso de Hermès desgastado para hacer ver que te importa poco gastar miles de euros en una pieza que cuelga del brazo o, en el mejor de los casos, del hombro. El verdadero lujo es poder elegir y de él goza Carlo Ancelotti: entre Modric y el travieso mediapunta (Jabois dixit), se decidió por el segundo, en contra de lo que pensó, manifestó y creyó intuir Diego Pablo Simeone en la previa.

La demostración de que el lujo reside en contar con un buen abanico de opciones cayó también bajo Fede Valverde, tras un nuevo constatar de que estamos ante un jugador capaz de marcar una época. Su versatilidad desafía las etiquetas. Concebido como mediocampista, el uruguayo aceptó el reto de colmar el vacío dejado por la lesión de Carvajal y la discontinuidad de Lucas Vázquez. Como Michael Corleone, parece decidido a ir más allá de cumplir su cometido; este Valverde audaz y poderoso está empeñado en ser él quien conceda los favores, en ostentar el anillo que debe ser besado.
Gozar de la posibilidad de usar jugadores que se reinventan casi a voluntad es un lujo incomparable que debería hacernos reflexionar sobre la belleza de la adaptabilidad. Esta debe de ser la verdadera resiliencia y no ese concepto ultraliberal con el que los ciudadanos creemos imbuirnos cuando vienen mal dadas o no queremos pasarnos de sindicalistas.

Valverde anda demostrando que el lujo real no radica en lo material, sino en tener la capacidad, quizá económica, de tomar elecciones basadas en el placer y no en la necesidad. Podríamos pensar que si el uruguayo juega de lateral derecho es porque era la mejor opción dadas las circunstancias, pero no olvidemos que prescindir de un centrocampista puede ser, a la larga, más problemático que cojear de un lateral. Así las cosas, recordemos también que Lucas Vázquez estaba disponible.
Carletto, sin embargo, optó por el lujo. Partió más la alineación, casi se descolgó con un 4-2-4. Si total ya, qué más da, si total ya, hay dos que no bajan, si total ya, hay dos que no corren para atrás. El lujo fue prescindir de Valverde en el centro, para esa misión eligió a Tchouameni y a Camavinga, apoyados a veces por los voluntariosos Brahim y Rodrygo. El lujo fue elegir a Valverde para el lateral en vez del centro para usarlo de quitanieves en su carril. Otra vez, un lujo digno de ser celebrado en la grada y en cada crónica y en cada columna. Un lujo verdadero, puro placer enmascarado de necesidad.
En la primera temporada de Yellowstone, John Dutton dice que, si alguien tuviera todo el dinero del mundo, compraría esto. Con esto se refiere a su rancho y con su rancho, a la posibilidad de elegir vivir rodeado de robles, de caballos, de montañas, de nubes esponjosas, de cielos azules que a veces se tornan en naranja, de aire fresco, de silencio, de libertad. Se anticipó el personaje encarnado por Kevin Costner a todo el madridismo y al germinar de un nuevo lateral de época: igual que el lujo no está en vivir en el campo, sino en poder decidirlo, el verdadero lujo no residía en firmar a Mbappé sino en tener a Valverde y no usarlo de mediocentro si no era necesario.
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Hoy, 5 de marzo de 2025, se cumplen doce años de uno de esos momentos que los madridistas guardamos en el mismo lugar de la memoria que las mañanas de Reyes de nuestra infancia: el gol de Luka Modric al Manchester United en Old Trafford. Lo presenciamos el 5 de marzo de 2013, pero en realidad ese gol ya existía, y existirá para siempre, porque es eterno.
El Real Madrid se jugaba la vida en los octavos de final de la Champions League frente al gigante inglés. El partido estaba trabado, el ambiente era hostil y el equipo blanco parecía tambalearse. Hasta que Luka, ese pequeño croata con la voz del mayordomo de Drácula —como dice Mario de las Heras— decidió que el fútbol no entiende de imposibles. Recibió el balón a unos 25 metros, lo acomodó con un toque sutil y, sin pensarlo dos veces, desató un derechazo que astilló el palo izquierdo de David de Gea y se coló hasta el lateral de la red del lado opuesto de la portería. Golazo. Éxtasis. Historia.
⚪️ Luka Modrić #OTD in _______⚽️#UCL | #OnThisDay | @realmadriden pic.twitter.com/Tm2c6VbHGH
— UEFA Champions League (@ChampionsLeague) March 5, 2020
Doce años después, todavía se nos pone la piel de gallina al escuchar el estruendo del poste al recibir el obús de Lukita. Aquel disparo sigue resonando en la memoria colectiva del madridismo como el símbolo de lo que Luka Modric ha sido desde que llegó al Real Madrid en el verano de 2012: una botella de agua en el desierto, un superdotado del fútbol, un hombre que transforma lo complicado en sencillo con una naturalidad insultante.
Ese 5 de marzo de 2013 no solo marcó el pase a cuartos de Champions; también fue el instante en que Modric empezó a ganarse el corazón de una afición que, al principio, lo miraba con cierto recelo. Venía del Tottenham y algunos dudaban de su capacidad para liderar la medular de un equipo como el Madrid. Entre quienes más dudaban, abundaban los expertos —de todo pelaje o ausencia de él— del fútbol, que como todo el mundo sabe son los que menos saben de este deporte tan instintivo.
Lo presenciamos el 5 de marzo de 2013, pero en realidad ese gol ya existía, y existirá para siempre, porque es eterno
Desde entonces, Luka ha tejido una carrera legendaria en el Real Madrid. Seis Champions League, seis Mundiales de Clubes, cinco Supercopas de Europa, cuatro Ligas, dos Copas del Rey… Los números son apabullantes, y aunque se trata del jugador más laureado del club más laureado de la historia, Modric es mucho más que estadísticas. Es elegancia, es inteligencia, es sacrificio. Es el futbolista que corre como un juvenil a los 39 años, que lee el partido como si tuviera Google Maps instalado en el bulbo raquídeo, que convierte pases en obras de arte. Si el fútbol es un lenguaje, Luka es su gramática.
«El gol de Modric en Old Trafford», como se le conoce habitualmente, no fue casualidad. Fue la culminación de todo lo que Modric traía en su maleta cuando aterrizó en Madrid: visión periférica, técnica depurada y una capacidad innata para aparecer cuando más se le necesita. En aquel partido, Mourinho lo sacó del banquillo en el minuto 59, y en apenas un momento ya había cambiado el rumbo del encuentro (hay cosas que nunca cambian, sirva como ejemplo el partido de anoche contra el Atleti). El 1-1 de Luka allanó el camino para que Cristiano sentenciara poco después. Fue una lección de lo que significa ser decisivo sin estridencias. Modric no grita; Modric actúa.
Y así ha sido durante más de una década en el Real Madrid. Cuando Özil se fue, muchos temieron un vacío en la creación. Luka lo llenó con creces. Cuando Xabi Alonso dejó el timón, Modric asumió el mando junto a Kroos y Casemiro, formando un tridente histórico que dominó Europa. Cuando el equipo se ahoga en transiciones rápidas, ahí está él para poner pausa, para bajar pulsaciones, para recordarnos que el fútbol también es cabeza. Cuando el equipo se duerme en la inacción, ahí está él para acelerar el ritmo, para inyectar adrenalina como Travolta en Pulp Fiction, para recordarnos que el fútbol también es corazón.
Hoy, con casi 40 años, sigue siendo un pilar insustituible en un Madrid rejuvenecido con jóvenes estrellas de talento descomunal. Eterno, incansable, inmortal.
Si el fútbol es un lenguaje, Luka es su gramática
Más allá de su talento, a Modric lo define su humildad. Nunca busca titulares ni reclama protagonismo. Hace lo que tiene que hacer porque sí, porque esta convencido de que es lo mejor y lo necesario, porque es su maldita obligación. Su grandeza está en los pequeños detalles, que son lo más importante de la vida: un giro imposible para zafarse de la presión, un pase al hueco con el exterior que nadie más ve, una recuperación en el minuto 90 que evita un contragolpe, un córner perfecto en el 93. Es el antihéroe perfecto en un deporte lleno de egos desmedidos. Y no es un héroe porque es un dios. Un dios que de vez en cuando baja del Olimpo para cosas mundanas como arrebatar un Balón de Oro de los pies a Cristiano y a Messi.
Doce años después de aquel gol en Old Trafford, Luka Modric sigue siendo el alma del Real Madrid. Su contrato termina en junio, y aunque el tiempo no perdona ni a los genios, cuesta imaginar el césped del Bernabéu sin su figura menuda llenándolo por completo. Luka no es solo un futbolista; es un símbolo de lo que este club representa: resiliencia, excelencia, magia. Aquel derechazo en Manchester fue el primer capítulo de una historia interminable. Modric para seguir soñando con que lo imposible, como aquel 5 de marzo de 2013, vuelva a ser posible.
Gracias, Luka.
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Buenos días. El Real Madrid se adjudicó la primera entrega del derbi europeo, derrotando al club que auspicia a los miserables del Frente Atlético. Comenzamos resaltando este hecho porque nos alegra infinito todo aquello que pueda molestar a esos mal nacidos. A ver si conseguimos darles una mala noche (o una mala vida, aunque esa sin duda ya la tienen) sellando en el Metropolitano el pase a la siguiente ronda de Champions.
Hoy escribe sobre esto, en estas mismas páginas, Jesús Bengoechea. Los canallas desalmados del referido grupo nazi enturbiaron el minuto de silencio por la memoria de Javier Dorado cantando “Madridistas, hijos de puta”, y entonaron un repugnante “Illa, Illa, Illa, Juanito hecho papilla” al final, cuando ya la gente abandonaba el estadio. Seguro que se sentirán muy valientes y creerán que han mancillado el Bernabéu desde dentro. Al Bernabéu no lo pueden mancillar una caterva de bastardos de tan poca entidad, por mucho que los auspicie su club. No mancilla quien quiere, sino quien puede.
Después del partido se dedicaron a dar palizas a madridistas. Son una panda de redomados hijos de mala madre.
Dicho esto, que teníamos que sacudirnos de encima como uno se sacude la alimaña que ellos son, vamos con las portadas del día, que se circunscriben a lo deportivo. Podéis, por cierto, leer la excelente crónica de Andrés Torres y las calificaciones de Gutiérrez de Panga.
Marca dice que “Brahim marcó la diferencia” y tiene razón. El malagueño desequilibró el choque con una maniobra memorable y un astuto remate en área colchonera. Antes, sendos golazos de Rodrygo y Julián Álvarez habían establecido las tablas. Brahim fue el mejor del partido, aunque tampoco se puede decir que fuese injusto el MVP que la UEFA otorgó a Rodrygo. El brasileño, aparte de su tanto estratosférico, protagonizó las mejores acciones ofensivas del Madrid, le hicieron un penalti en el que Turpin se inhibió y se puso el mono de trabajo para esmerarse como el que más en el aspecto defensivo.
Brahim y Rodrygo fueron los mejores de mediocampo hacia adelante, pero ¿cómo olvidar el encuentro homérico que facturó Valverde? Como bromeó el propio Rodrygo, menos mal que está renqueante. Si ayer jugó así estando tocado, ¿cómo jugará cuando esté bien del todo? Hay que hacer una estatua para Fede, paradigma del sacrificio por el club y por la empresa que le paga (ambas cosas son lo mismo pero hay un matiz que las distingue), epítome de calidad combinada con garra. Viva el otrora Pajarito, hoy Halcón.
La victoria del Madrid, que de momento le da ventaja, tiene mucho mérito. Con medio equipo lesionado, uno (vital) sancionado y dos jugadores tocados, tuvo que superar además el mal partido de sus dos grandes estrellas. Vinícius mejoró al final, pero estuvo obtuso. Mbappé no dio una a derechas. Casi puede decirse que los blancos ganaron con 9 al rival capitalino. En la vuelta estará Bellingham, y (cuidado) es muy difícil que sus dos delanteros vuelvan a tener un día tan negado.
As viene a decir lo mismo que Marca, destacando a Brahim. Hermosa la foto del delantero fundiéndose en un abrazo con la grada, aunque no debería haberlo hecho porque le costó una amarilla. Dice As que “el Atleti dominó hasta la entrada de Modric”. Se ve que esos primeros 20 minutos arrolladores del Madrid los soñamos. Lo cierto es que la entrada de Modric ayudó al Madrid, dando más sentido a su juego y permitiéndole mandar en el tramo final del choque. El propio Luka tuvo la oportunidad de marcar un 3-1 que habría sido oro.
En el mundo cataculé, se destacan los “golazos” del derbi, aunque Sport los ventila añadiendo “y poco más”. Sí, es posible que fuera un partido soso desde la mentalidad blaugrana. Todos los jugadores sobre el campo habían sido debidamente inscritos y no consta que ninguno de los dos contendientes pagara a la cúpula arbitral durante mínimo 17 años. Todo muy aburrido.
Los del flickitaka (¿llegaron a parir esta ridícula expresión o lo hemos soñado?) juegan hoy contra el Benfica. Boa sorte para quem merece.
Pasad un buen día.
Tras el 2-1 del Bernabéu, el Real Madrid y el Atleti se jugarán el pase a cuartos de la máxima competición continental la próxima semana en el Metropolitano.
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Cómo me gustaría escribir sobre el partido de ayer, pero todos tenemos un deber cívico que cumplir. Ya lo sabrán. Durante el minuto de silencio por la muerte de Javier Dorado, que antecedió al partido, los cafres del Frente Atlético presentes en el Bernabéu se pusieron a gritar sus consignas de mierda. Yo estaba en el estadio. Eran aproximadamente una quinta parte de la afición atlética allí congregada. Quizá algo menos. El resto de la afición colchonera respetó el homenaje silencioso. Al término del encuentro, esos mismos hijos de la grandísima puta, los del Frente, se pusieron a cantar “Illa, Illa, Illa, Juanito hecho papilla”. Se les distingue bien porque van de negro, como sus almas emponzoñadas de todo a cien, propias de quien no ha leído un libro en su puñetera vida. Mientras entraban al estadio, las cámaras recogían sus saludos nazis y sus insultos racistas a Vinícius. En el propio Bernabéu, sí, lo cual sin duda les pondrá tan cachondos como la visión de una esvástica. Después, sembraron el pánico por las calles. A un amigo tuitero lo fostiaron camino a casa, solo porque llevaba la camiseta blanca y andaba solo. Era una presa fácil. Lo ha denunciado en comisaría. No servirá de nada.
Parte de la afición del Atlético ha cantado “madridistas hijos de puta” durante el inicio del minuto de silencio a Javier Dorado, fallecido hace unos días.@elmundoes pic.twitter.com/geZZqFqoX0
— Abraham P. Romero (@AbrahamPRomero) March 4, 2025
Dani Garrido comentó en la SER lo de los cánticos, pero no mencionó en ningún momento las palabras Frente Atlético, sobre las que pesa un tabú inexorable, y dijo que esta gentuza no representa a ningún club.
Juanma Castaño, en la COPE, condenó también lo sucedido, añadiendo “me da igual la camiseta que lleven”.
Sucede que sí que importa la camiseta que lleven, Juanma Castaño, porque en este caso es la camiseta con los colores del club que los auspicia y financia, más aún: del club que les permite mandar ahí dentro, como las barras bravas argentinas en el siglo pasado. Si llevaran la camiseta de un club que les expulsa del estadio, que podría ser, sus colores estarían ahí, pero no serían representativos de esa entidad, por cuanto esa entidad no les serviría de sustento.
Claro que el Frente Atlético representa al Atleti. Representa al Atleti porque el Atleti es el club que los mantiene, los alienta y (esto es lo peor) les obedece
Sucede, Daniel Garrido, que por esto mismo esta gentuza sí representa al Atleti. Claro que representa al Atleti. Representa al Atleti porque el Atleti es el club que los mantiene, los alienta y (esto es lo peor) les obedece. Representan al Atleti porque el Atleti, por todo lo antedicho, quiere que ellos le representen, o porque no tiene los cojones de decirles que dejen de hacerlo, como los tuvo Florentino con los Ultras Sur o Laporta con los Boixos Nois, hace ya muchísimos años.
No representan (esto es otra cosa) a la masa social atlética, o no a la mayoría de ellos, o eso quiero pensar. Pero representan a la institución porque la institución les ha elegido para hacerlo, a ellos, con sus dos muertes a sus espaldas y su ideología nazi y su fascismo y su racismo de mierda.
Claro que representan al Atleti, y por culpa del Atleti (o, como mínimo, por culpa de los dirigentes que se apropiaron indebidamente de la institución aunque el delito haya prescrito) la ciudad tiene un problema de orden público de primera categoría.
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Victoria justa frente al Atlético de Madrid. A falta de disputarse aún la vuelta, este 2-1 en casa pone estos octavos de Champions a nuestro favor. El Madrid salió con Asencio y Antonio Rüdiger en el eje de la defensa y Ferland Mendy en el lateral izquierdo. Carlo Ancelotti recuperaba a Fede Valverde para el lateral derecho. Tras dos partidos ausentes, el uruguayo se desempeñó con su habitual efectividad. Con Valverde en el campo ganamos energía y asociación. Sorprendentemente, en el lateral sigue siendo tan efectista como en el centro del campo a la ahora de tejer el juego del Madrid. La medular fue para Aurélien Tchouaméni y Eduardo Camavinga. Brahim actuaba de enganche y Rodrygo de jugador de banda. Vinícius y Mbappé arriba.
El partido comenzaba de cara. En el minuto 4 Rodrygo hacía el primer gol de forma magistral. Los primeros minutos del Madrid fueron arrolladores. El Atlético trataba de achicar agua como podía. Es decir, ambos equipos estaban en su salsa futbolística. El planteamiento de Ancelotti era acertado, pues si tienes el primer partido en casa debes ir por el mejor resultado posible. Algo que tal vez contradiga el postulado de José Mourinho, pues el preparador portugués siempre sostiene que en el partido de ida de una eliminatoria lo mejor que puede pasar es que no pase nada, y hasta nuestro editor Jesús Bengoechea parecía abonarse a esa tesis en La Galerna.
Rodrygo atraviesa un buen momento. En lo que llevamos de 2025 es posiblemente el jugador más determinante del ataque. Además, el brasileño tiene una relación de amor real con la Champions. Sin lugar a dudas aparece en los momentos más cruciales y marca la diferencia cuando la competición verdaderamente se pone interesante. Es tan importante tener jugadores así que a veces no somos conscientes. Tan importante como la labor de Brahim de jugador número 12, capaz de suplir a cualquier del tridente de ataque o actuar de enganche en lugar de Jude Bellingham.
Como decía, el Real Madrid fue un ciclón los primeros 20 minutos y luego el partido cayó en un toma y daca. Es lógico que la energía no viva un pico de forma y más cuando estás disputando una eliminatoria de Copa de Europa. El Atlético de Madrid soportó las embestidas del Madrid y salió a la contra con criterio. A pesar de las claras ocasiones del equipo de Concha Espina, el Atlético encajaba cada golpe como buen boxeador fajador que es. En una contra, Julián Álvarez se sacó de la chistera un disparo de la nada e hizo un golazo por toda la escuadra. Ante algo así no puedes hacer nada. Ni aún siendo Thibaut Courtois, el Superman de la portería.
La primera parte acababa con la sensación de que el Madrid merecía más. Entre otros merecimientos, un penalti a favor sobre Rodrygo que el colegiado decidió no pitar y mandar al limbo de los penaltis claros que son escamoteados en los momentos propicios. La segunda parte arrancó con un Atlético más acertado hasta que el Madrid volvió a recuperar terreno hasta volcar la balanza a su favor.
En el 55 Brahim tejió una jugada con Vinícius y Ferland Mendy que el propio Brahim finalizó en gol tras sortear una espiral de dificultades. Una vez más el mago malagueño regateó en una baldosa a todos los rivales que le encimaba y definió magistralmente con un disparo imposible. Un gol así merece un Óscar.
El partido acabó con el 2-1 y todo por decidir en el Metropolitano. Justa victoria pero marcador corto. En el cómputo global en Madrid fue superior y el sabor de boca que dejan estos primeros 90 minutos es amargo. A buen seguro que muchos de nosotros estaremos aún hoy colgados de la última jugada entre Mbappé y Vinícius que desbarató Llorente. Habría sido gol. El próximo miércoles tenemos que rematar la faena. Tenemos tiempo suficiente para llegar con los máximos efectivos posibles.
Aunque hoy no estuviera especialmente brillante, no quisiera olvidarme de algo importante. El pasado fin de semana añadimos una fecha especial a nuestra efeméride. Frente al Real Betis Balompié Vinícius Júnior cumplía sus primeros 300 partidos como madridista. Cifra redonda. Justo venía de ser capitán del equipo por primera vez frente a la Real Sociedad en Copa del Rey. Sin lugar a dudas, junto a Kylian Mbappé, el brasileño es nuestro jugador franquicia.
Para llegar hasta aquí, y parafraseando a Paul McCartney, ha recorrido un largo y sinuoso camino. Ciertamente el astro brasileño ha tenido que luchar contra viento y marea. Siete temporadas más tarde nos encontramos con un jugador que tiene en su mano hacer historia. En la rueda de prensa previa al partido de Champions, Vinícius comentaba al respecto que quiere continuar “para seguir la historia, seguir todo lo que este club me ha dado, el presidente me ha dado. Ojalá pueda seguir marcando más goles, cumpliendo más partidos con esta camiseta”. Así sea, ídolo. Sigue bailando, Vini.
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Courtois: notable. Sacó un gol a Griezmann con la suela de la mano como aquel que sacó a Grealish con la suela del pie.
Valverde: sobresaliente. Omnipresente en defensa, salvando goles; en ataque, asistiendo; y también omnipresente en eso que hace el Madrid cuando ni defiende ni ataca. Todo ello jugando entre algodones. Pundonor. Uno y trino.
Asencio: bien alto. Partido sobrio del bravo central. Luce un empaque como si hubiese jugado eliminatorias de Champions toda la vida.
Rüdiger: bien. No atraviesa su mejor momento físico, hecho que no le impidió incluso aventurarse en ataque.
Mendy: bien alto. Mejor que otros partidos. En ataque, lanzó un derechazo atalantino y participó en el gol de Brahim.
Tchouaméni: sobresaliente. Gran labor de sostén y apoyo. Bien en los duelos, en las recuperaciones, en las intercepciones. No pudieron superarlo. Quizá su mejor encuentro esta campaña.
Camavinga: aprobado. Sigue lejos de su mejor forma. Pero la recobrará.
Brahim: notable alto. Otro encuentro magnífico en juego y brega culminado con un gol antológico hecho a mano con los pies y arrullado con la cintura.
Rodrygo: notable. Hace lo difícil más fácil que nadie. Como bien describe Valdano, actúa con la precisión de un cirujano (de un cirujano brillante). Firmó un golazo sirviéndose de un pase descomunal de Valverde.
Mbappé: aprobado. Durante bastantes fases del partido, como a Wally, hubo que buscarlo para ver si estaba en el partido. Incluso los más grandes echan un borrón.
Vinícius: aprobado. No fue su mejor encuentro.
Modric: bien alto. Su incorporación al choque significó una mejora del juego general del equipo. Ahí sigue, casi once años después de poner el balón en la cabeza de Ramos.
Lucas Vázquez: sin tiempo.
Endrick: sin tiempo.
Ancelotti: aprobado. El equipo careció de lo que carece toda la temporada. Acertó sustituyendo a Camavinga por Modric, un cambio que muchos pedían a gritos.
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