Buenos días. Es hoy. O tal vez no lo sea. Pero va a serlo. Claro que va a serlo.
Todo el mundo sabe que es imposible. Sin embargo, están los que dan acuse de recibo de que lo es, por un lado, y los que actúan como si no lo fuese, que es la forma correcta (¿la única forma?) de creer. Nada importa lo que en tu fuero interno pienses que puede o no puede suceder. Lo que cuenta es dejarse llevar por la corriente, ser gota en el cauce de la esperanza aunque la corriente solo sea externa. Quizá todo sea una pretensión ciclópea que, de pura belleza, belleza que linda con la perturbación mental y el misterio inquietante de las masas arrebatadas, se concierte en una profecía autocumplida.
La eterna profecía autocumplida.
“No es imposible, es el Madrid”, reza la portada de As. La frase sirve para hoy como sirvió el 11 de diciembre de 1985, cuando dos goles de Valdano y dos de Santillana obraron el milagro de remontar un ¡5-1! al Borussia Mönchengladbach.
—Yo no creo, qué quiere usted que le diga —escuchamos a un lector escéptico—. ¿Ustedes vieron cómo jugó el equipo en Londres?
Seguramente el joven lector piensa que el Madrid lo bordó en aquel partido de ida del 85, cuando sucumbió 5-1 frente a los alemanes. No, amigos, no lo bordó. Jugó para el orto, como se diría en lunfardo. La magia de estas noches consiste precisamente en que nada importa el resultado ni el juego de la ida; nada importa la trayectoria general de la temporada hasta ese momento; nada (como en la legión) importa tu vida anterior.
Si no crees, por lo menos no molestes. No enturbies la corriente de este afán insensato y da un paso a la cuneta con tu racionalidad desgastada. Ya lo cantaba Dylan, madridista como tú y como yo.
Your old road
is rapidly agin’
Please get out of the new one
if you can’t lend your hand
Marca factura una portada minimalista, lo que quizá sea el mejor modo de reflejar lo inefable. “Cabeza, corazón y cojones”, receta Ancelotti, en un eco de Alcaraz. No sabemos si la aplicación del lema ha de ser necesariamente en ese orden. De hecho, es lícito preguntarse lo que la cabeza pinta en la ecuación. No falta quien, como nuestro admirado Antonio Valderrama, aboga por “abrir la puerta del manicomio”. ¿Dónde queda ahí la cabeza? La única cabeza que sería deseable tener esta noche sobre el césped es la de Santillana, nos parece. Mejor que reine la locura, al alimón con los cojones y el corazón.
La prensa cataculé celebra con júbilo la clasificación de su equipo, no sin algún suspense, a las semifinales de Champions, altura donde ya casi se les había olvidado llegar. El equipo cliente de Negreira palmó el partido pero superó la eliminatoria. Un aliciente más para desatar esta noche la fiebre colectiva que necesitamos y rivalizar en grandeza con la vida misma.
Pasad un buen día, coronado por la mejor noche de vuestras existencias.
La locura es parte de las remontadas del Real Madrid en Europa. Los amigos de fcQuiz quieren comprobar cuán locos estáis por el equipo de los milagros con el siguiente cuestionario.
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Esta noche tenemos una de esas citas europeas donde la épica reinará sí o sí. Darle la vuelta a la eliminatoria ante el Arsenal nos obligará a forzar una nueva hazaña. Desde luego, lejos de ser un pronóstico reservado, estamos ante puerta grande o enfermería. No hay más. El Madrid llega a esta noche con la obligación de ganar. No basta un 3-0 para darle la vuelta a la tortilla. Necesitamos algo parecido al milagro europeo nuestro de cada tanto. Se hizo ya tantas veces que lo insólito se hizo cotidiano. Sin embargo, el clima está algo enrarecido. En torno al equipo, son más los interrogantes que las respuestas. En torno a la afición, el pesimismo es palpable. Diría que incluso la apatía.
No obstante, en los últimos días una fuerza imparable ha crecido entre el madridismo joven y faldicorto. Muchos aficionados se suman a la creencia en la victoria desde un posicionamiento humorístico. En redes se habla de que el manicomio se ha abierto y que si abrazas la locura estás dentro. Otros fletan humildes barcos que serán transatlánticos si se gana. Si se pierde, ya se recurrirá a la orquesta del Titanic. Los más viejos del lugar, alérgicos a recurrir a esperpénticas metáforas, hablan desde la autoridad que les da el pasado. Ellos mejor que nadie saben que remontar un 0-3 en Europa es tan madridista como la primavera en Chamartín. Por ello, en plena Semana Santa, muchos llevarán ofrenda a su equipo y las gradas del Santiago Bernabéu se llenará de risueñas mocitas madrileñas, chavales ilusionados porque juega su Madrid y el blanco de las camisetas inundará todo.
Personalmente, y sin que sirva de precedente, llego al partido de esta noche con una mezcla de tranquilidad y distancia sorprendente. Nada me altera, nada me inquieta. Por un lado, confío en la victoria. Y por otro, estoy preparado para la derrota. Mi confianza en la victoria no es ciega, no es un acto de fe. En mi experiencia como madridista he visto hazañas aún más inesperadas que esta. El Madrid me ha demostrado mil veces que es capaz de conseguir cuotas imposibles para otros. Por la vía de los hechos, este equipo se merece mi confianza. Una confianza racional, no ciega. Y si hablamos de derrota, pues si llega, se afrontará. Y no por ello le daré la espalda al equipo. Aún queda temporada por delante. La Liga está a tiro de piedra y el 14 de junio tenemos la Copa Mundial de Clubes de la FIFA.
Ganemos porque somos lucha y belleza. Ganemos porque somos los mejores y estamos del lado bueno de la Historia. Ganemos porque el fútbol merece una vez más que el Real Madrid conquiste su Copa de Europa
Esta es una temporada larga y lo mejor que podemos hacer es tener la cabeza fría y juzgar al final de la misma. Sé que es inevitable dejarse llevar por las emociones y, si se cae, se acabará juzgando todo el año desde el pesimismo. Pero el fútbol no puede ser visto desde la tragedia. Y menos si eres aficionado al Real Madrid. Históricamente hablando, el Madrid es lo menos trágico que hay. Sobre todo si lo comparamos con nuestros rivales. Invito a cualquiera que bucee por Internet y encuentre dinámicas negativas que han sido seguidas de rachas positivas inmediatamente. Salvo excepciones, un mismo equipo es capaz de atravesar diferentes etapas y acabar en final feliz. Sin ir más lejos, acudan a la temporada 2022/2023. Puede ser el ejemplo perfecto.
Y siguiendo en esta deriva, echemos algo de agua al fuego. Nuestro rival de esta noche vive en nuestras antípodas. Históricamente, no existe equipo más perdedor que el Arsenal. Bueno, tal vez el Atlético de Madrid les pueda superar con creces. Por lo tanto, todos podemos coincidir en que no hay equipo más perdedor que el Arsenal y más ganador que el Real Madrid en Champions. Hasta en su época más dorada, esa liderada por Arsène Wenger y con estrellas como Thierry Henry, fue incapaz de ganar nada importante en la Copa de Europa. Sin ir más lejos, la final de la Liga de Campeones 2005-06 es el ejemplo perfecto.
Así pues, mis queridos amigos, las puertas del manicomio de Arkham están abiertas y Gandalf llega en auxilio al Abismo de Helm para ganar la batalla contra las fuerzas oscuras. Ganemos una vez más contra todo pronóstico. Ganemos por Gento y por Amancio. Ganemos bajo el influjo del espíritu de Juanito. Ganemos con la furia de Camacho. Ganemos porque somos lucha y belleza. Ganemos porque somos los mejores y estamos del lado bueno de la Historia. Ganemos porque el fútbol merece una vez más que el Real Madrid conquiste su Copa de Europa.
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Soy un ganador con alma de perdedor. Invariablemente, he sido pesimista cuando el equipo ha llegado a una final. Ya conté aquí que en mi más tierna infancia sufrí como un perro y lloré desconsoladamente cuando Alan Kennedy quebró los sueños de grandes y pequeños, cuando llevaban quince años soñando con ganar la Séptima Copa de Europa, en 1981.
Cuando llegó, ya la pude ver en mi propia casa. No quise estar con nadie. Yo sólo con mi negatividad. Confiesen, cuando llegan momentos que sabes que quedarán impresos de forma indeleble en tu memoria, para bien o para mal, hasta el más racional de los mortales tiene sus manías.
Cuando Mijatovic depositó el balón en la red con la zurda, permanecí inmóvil. Estaba completamente desbordado. Overflow emocional. No recuerdo muy bien qué pasó después, pero pocas veces he sentido una emoción semejante. Comparable a eventos familiares de importancia en la vida. El ser humano es un complejo contenedor de ángeles y de demonios, de sensaciones y de pensamientos incontrolables.
En ocasiones posteriores siempre temí revivir la horrible experiencia de derrota en una final. Todo pasa y todo llega, diría el poeta. Pero el Real Madrid no es poesía, es metafísica. Y llegaron la Octava, con la media verónica de Raúl sobre Cañizares; la Novena, con la imborrable estampa del jugador más elegante que ha nacido en la Tierra colocando el balón en la escuadra de Hampden Park; la Décima... qué decir del minuto 93 y ver a Modric poniendo la música, la letra y a Ramos castigando cien años de mediocridad atlética. Allí estaba Carlo. El bueno y honesto Carlo, con todos sus defectos y con sus inconmensurables virtudes para esto del fútbol, que tanto amamos.
La tiranía del Real Madrid en Europa que comenzó en 2014 coincidió con la suerte de ser amigo de José Francisco y de su familia madridista, que me permitió tener una presencia continua en el Bernabéu durante los años siguientes. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Me proporcionaron días de felicidad infantil, la despreocupación de asistir al Bernabéu para ver ganar cada quince días. Disfruté de ver a Marcelo y a Isco dominar la banda izquierda, la superioridad de Ramos, Pepe, Carvajal. La CMK en todo su esplendor... Benzema en modo gregario y al mejor delantero de todos los tiempos reventar todos los registros goleadores. Ajenos en nuestra inocencia al hecho de que el rival estaba comprándose LaLiga año tras año, nos dedicamos a coleccionar Champions.
La remontada de 2016 contra el Wolfsburgo me mostró por primera vez lo que es el Bernabéu en ignición. En liga no es igual, ni siquiera en un clásico. Estuve en trance siguiendo el partido con atención enfermiza. No recuerdo ni celebrar los dos primeros goles. En el minuto 77 se produjo una falta en la frontal. El rumor del estadio fue como un ser vivo. Todo el mundo sabía lo que iba a suceder. "Ahora", clamó la grada. Ronaldo ejecutó una falta anómala, con un bote alto, sin potencia, sin gran efecto, pero la pelota se coló junto al palo. No hacía falta más. Es difícil explicarlo. Otra vez la emoción, esa emoción que te congestiona los sentidos. El orgullo de ser el Real Madrid. Y Zidane en la banda. Qué más se podía pedir.
La prórroga en cuartos contra el Bayern en 2017 fue dramática. Lewandowski nos había amargado ya la noche. El mejor Bayern de la historia: Lahm, Alonso, Robben, Alaba, Müller, Vidal... Neuer hizo un partido estratosférico, sacando balones imposibles a Cristiano, a Asensio, a Carvajal. Tuve la certeza de que en una eventual tanda de penaltis caeríamos. Ronaldo lo arregló entre el final de la primera parte de la prórroga y el inicio de la segunda, recibiendo y marcando después de dos prodigiosas asistencias de dos defensas: la de Ramos para un control con el pecho y fusilamiento a Neuer dentro del área y la de Marcelo, que le puso un centro para empujar el gol definitivo. Asensio redondeó un 4-2 engañoso. El madridismo empujó como un vendaval.
Los nombres de esas noches permanecen. Las imágenes, imborrables de la retina. Rodrigo y Vini ya están en la historia de las remontadas recientes. Nos falta Kylian en ese álbum. Podría ser hoy cuando nos deje una foto para recordar siempre.
El debate de si el equipo juega a algo... de si tal o cual jugador está apático... otro día analizamos eso. Ahora toca creer. Contra la Juve en 2018 hicimos un extraordinario partido en Turín y una penitencia en el Bernabéu que duró 97 minutos y que terminó con un claro penalti a Lucas en el añadido que la militancia zombificada del antimadridismo interpretó desde la frustración (recuerden aquel pobre niño atlético llorando a la salida de un derbi en el Metropolitano: "es que ellos ganan siempre..."). Sufrimos, jugamos mal, pero ahí estaba el Bernabéu, con un murmullo en cada recuperación: "vaaamos", con estruendo ante cada falta del rival: "eeeehh", con pitos a cualquier sobreactuación del árbitro. Una caldera hirviente que rebosa por todos lados. La presión se siente en el pecho, en las sienes. En este campo de estrellas hay algo sobrenatural. La fuerza de una mente colectiva. Una energía que potencia a los nuestros y que debilita al rival.
Cómo explicar lo sucedido con el Chelsea, PSG, Manchester City. Puede durar cinco, diez, veinte minutos. Lo suficiente. Como en Matrix, los nuestros empiezan de repente a ver el código, a parar las balas con las manos, detienen y aceleran el tiempo y el espacio para desconcierto general. Courtois, cien kilos de portero, saca una mano o un pie con sentido arácnido. Los rivales lo perciben. No lo pueden entender, pero contemplan atónitos el fenómeno. No saldrán vivos para contarlo. La grada empuja, celebra como un gol el alargue, una recuperación. Son las puertas del manicomio abiertas en plena noche. Son los niños que vinieron de todas partes del planeta queriendo vestir esta camiseta, impelidos por los que la vistieron antes, reproduciendo lo que tantas veces hemos visto: la fe en la victoria, el equilibrio en un mundo injusto, la luz en medio de las tinieblas. Es la Historia llamando a la puerta.
Hacedlo una vez más por nosotros, por los que ya no están y por los que vendrán después.
¡Hala Madrid!
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Rezaba aquella canción de John Lennon: "You don't know what you got until you lose it". Y, como todo refrán, sirve como advertencia y guía para aquello que todos deseamos: aprender por las buenas.
Esa misma sensación de no valorar lo que se tiene es lo que parece suceder con Carlo Ancelotti. Al fin y al cabo, estamos hablando de fútbol: un deporte que remueve más sentimientos que razones, que nos retrotrae a infantilismos (ya sea en felicidad cuando nuestro equipo gana o pataletas cuando nos sentimos ultrajados), que nos hace alterar lo que ven nuestros ojos según nos beneficie, o que nos muestra irreconocibles ante los que creen que saben quiénes somos hasta que nos ven delante de un partido de nuestro club.
Es por ello que muchos madridistas, al sentir que no conectan con el juego que muestra la 'squadra' del italiano, desean un cambio. Y se repite una frase que me resulta tan desoladora como (también) madridista: "pase lo que pase". "Carletto no puede continuar como entrenador el año que viene, pase lo que pase". Yo me pregunto qué es lo que tendría que hacer el oriundo de Reggiolo para continuar como técnico blanco, qué tendría que ganar. Y da igual la decimosexta Copa de Europa o el inédito Mundial de Clubes. Los precursores del cambio de entrenador se basan en algo en lo que no puedo estar de acuerdo, pero llego a entender: no disfrutan con el fútbol de este Madrid; no tienen ese 'feeling' por lo que enseñan los jugadores, de cuyos talentos esperan más de lo que dan, y creen que eso cambiaría con la llegada de un nuevo míster. Y, como decía al principio de este texto, el fútbol se basa en sentimientos. Y no cabe la razón en el corazón, aunque coincidan letras.
Y precisamente hablando de sentimientos, no puedo evitar sentir frustración por pensar en lo que podemos llegar a perder. Considero que, en lo relativo a la victoria, el Madrid es el Madrid por múltiples causas, pero mismo resultado: ganar. Sea hasta el final como en la Décima; sea goleando como en la Decimosegunda; sea quedando quinto en liga con una campaña nefasta y ganando la Octava... pero ganar. Siempre ganar. Por ello, me cuesta compartir el deseo de algunos de desprenderse del entrenador que más cerca está siempre de convertir lo intangible en certeza. Lo mágico del fútbol es lo impredecible, cómo lo que parece imposible se vuelve real, cómo el equipo que tiene un 1% de posibilidades de ganar, se acerca y su público jalea que añadan 6 minutos de prolongación. Eso sí son puros sentimientos, puro fútbol. Y nadie está más próximo al éxito cada vez que lo intenta que el bueno de Carletto.
el Madrid es el Madrid por múltiples causas, pero mismo resultado: ganar. Por ello, me cuesta compartir el deseo de algunos de desprenderse del entrenador que más cerca está siempre de convertir lo intangible en certeza
Yo no soy ajeno al sentimentalismo. Jamás sentí un madridismo tan intenso como en la etapa de Mourinho, y, por supuesto, sería feliz si se materializase una segunda etapa del portugués. Sin embargo, no cambiaría a quien más te acerca a la victoria por alguien con quien me sienta más identificado, bien sea por su personalidad o por el juego de su equipo. En otras palabras, mientras Ancelotti siga ganando, no lo cambiaría, "pase lo que pase".
No concibo que alguien en el Madrid pueda morir de éxito, cuando la necesidad del mismo éxito es el motivo por lo que el club y la afición siguen adelante. Florentino debe seguir mientras quiera y pueda, si continúa con su espléndida gestión. Modric debe seguir mientras quiera y pueda, si su salario se adecúa a los magníficos minutos que sigue dando y nadie más en Europa puede dar. Lo mismo con nuestro actual entrenador. Todos ellos están aquí para ganar, si lo siguen haciendo, ¿por qué cambiarlos, "pase lo que pase"? Entiendo que cuando se habla de continuidades, los sustitutos no están conservados en formol esperando al momento en el que se decida contratarlos: también tienen su carrera, y quizá cuando se quiera, no se pueda. Es sabido que eso lo valora el club, y es una decisión que comprendo: dejar ir un poco antes de tiempo, antes de que sea tarde. Lo que no alcanzan mis entendederas es que también lo desee el aficionado, "pase lo que pase".
Por último, en vísperas de otra eliminatoria de Copa de Europa, me gustaría recordar la clasificación de quiénes la han alcanzado más: en primer lugar, está nuestro club. En segundo lugar, está el AC Milan, empatado con nuestro presidente y nuestro entrenador, y ambos pueden pasar al segundo puesto juntos este año. What you got.
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Buenos días, amigos.
Abril de 1970. Un tanque de oxígeno del Apolo 13 explota. La nave resulta gravemente dañada, con los sistemas críticos fallando y los astronautas en peligro mortal. Situación desesperada: a 300.000 Km de la Tierra, con oxígeno limitado, energía escasa, sin capacidad para aterrizar en la Luna y una trayectoria que no garantiza la vuelta al planeta. La probabilidad de que regresen con vida parece nula.
Abril de 2025. La portería de Courtois explota tras estallar contra ella dos golpes francos de Rice y un chupinazo de Merino. La escuadra blanca resulta gravemente dañada, con los sistemas tácticos fallando y la eliminatoria en peligro mortal. Situación desesperada: a 3 goles de igualar el duelo, sin Camavinga, con energía escasa y una trayectoria que no augura un buen partido de vuelta. La probabilidad de que se clasifiquen para semifinales de la Champions parece nula.
Abril de 1970. Coordinación impecable entre los astronautas y el equipo en tierra. Decenas de ingenieros en Houston trabajan en pos del objetivo. Unos recalculan trayectorias, otros diseñan soluciones a los problemas, otros simulan escenarios en tiempo real. Los astronautas ejecutan órdenes con precisión milimétrica a pesar del frío, el cansancio y la incertidumbre. Nadie se rinde. Cada rol, desde el líder Gene Kranz hasta el técnico más joven es crucial.
Abril de 2025. La remontada requiere una coordinación impecable que permita desatar el caos con probabilidades de éxito. Ancelotti debe recalcular tácticas, simular posibles escenarios y diseñar soluciones para doblegar el dominio del Arsenal y sobrevivir a las jugadas a balón parado. Los jugadores deben dar lo mejor de sí mismos.
Courtois, el soporte vital, ha de proveer paradas clave. El sistema defensivo, los escudos de la nave, debe corregir los errores de la ida y evitar fallos que propicien faltas peligrosas al borde del área. El centro del campo, el cerebro, ha de mantener el ritmo e ir recalculando en tiempo real cada escenario. El ataque, la chispa, no puede volver a fallar ocasiones claras.
La afición del Bernabéu, Houston, debe rugir desde la busiana para empujar al equipo como un émbolo hidráulico. El Madrid no depende solo de la genialidad de un jugador o del no desacierto de Ancelotti. Si alguna pieza falla, todo se derrumba. Pero si todos creen, como lo hicieron en la NASA, el 3-0 puede empezar a tambalearse.
Abril de 1970. Los niveles de dióxido de carbono suben peligrosamente y existe una incompatibilidad con los filtros. Los ingenieros en tierra idean soluciones con los materiales que disponen los astronautas a bordo y guían a estos para implementarlas bajo un estrés extremo. Además, deciden apagar sistemas, como el módulo de mando, para ahorrar energía. Decisión arriesgada, pero necesaria.
Abril de 2025. El Madrid necesita su adaptador de dióxido de carbono en el centro del campo con los jugadores disponibles para romper el muro del Arsenal. Ancelotti deberá desconectar sistemas no esenciales, quizá sacrificando posesión por verticalidad. Y, como la NASA, desconectar el módulo de mando para propiciar que el equipo se sumerja en el trance irracional que lo impele en cada remontada imposible.
La NASA encuentra soluciones con recursos limitados en un tiempo crítico. El Madrid debe hallar remedios en las condiciones actuales durante el partido de vuelta.
Abril de 1970. En los peores momentos, cuando los medios dan por perdida la misión, Gene Kranz pronuncia su famosa frase: “El fracaso no es una opción”. Esa mentalidad contagia a todos. Los astronautas, enjaulados en una nave helada, confían en las instrucciones de tierra. Los ingenieros, exhaustos, siguen buscando soluciones. Incluso las familias, viendo todo desde fuera, mantienen la esperanza. Esa fe colectiva convierte el desastre en un milagro.
Abril de 2025. En el momento más desalentador, cuando muchos dan por perdida la eliminatoria, el madridismo pronuncia su famosa frase: «90 minuti en el Bernabéu son molto longo». Hasta el final, vamos, Real.
Abril de 1970. El reingreso a la Tierra es el clímax. La nave, dañada, debe soportar el calor extremo y aterrizar en el punto exacto del Pacífico. Durante minutos, la comunicación se pierde (el famoso blackout), y todos contienen el aliento. Cuando la cápsula emerge, el mundo estalla de júbilo. La ejecución final, tras días de lucha, es impecable.
Abril de 2025. La vuelta en el Bernabéu es ese reingreso. Los minutos finales del partido, el blackout. La ejecución debe ser impecable.
Ellos creen.
Así, así, así remonta el Madrid.
Houston, tenemos un problema. Pero nos hemos empeñado en resolverlo. Espera la 16.
Pasad un buen día.
El Real Madrid jugó por primera vez en su historia contra el Arsenal en el verano del 62. Los blancos disputaron el último choque de la pretemporada contra los gunners justo tres días antes del inicio liguero del curso 1962-63. Un partido que tuvo como principal motivo el económico. No estaba atravesando una etapa boyante el equipo blanco, que aquel verano programó varios duelos para recaudar dinero. En agosto viajaron a Ghana y Roma, y en septiembre, tres días antes de viajar a la capital inglesa, también se habían visto las caras con el Celtic en Glasgow. No era la primera vez que los madridistas se encontraban en Londres, pero sí fue el estreno de los duelos contra el Arsenal. En la gira europea de 1925, el Real Madrid ya se había medido al Tottenham y en el mes de abril del mismo año 1962 se enfrentaron en un amistoso al Crystal Palace en Selhurst Park.
El conjunto madridista concertó el encuentro en el mes de julio. Los ingleses, con Bob Wall, secretario del Arsenal a la cabeza, oficializaron el día 13 de julio la firma de los contratos para la disputa del choque. El equipo dirigido por Miguel Muñoz concluiría allí su larga pretemporada para llegar en el mejor momento de forma posible al debut liguero contra el Real Betis. El objetivo era revalidar los títulos de Liga y Copa conquistados el curso anterior y volver a dominar el viejo continente para sacarse la espina de la derrota en la final de la Copa de Europa contra el Benfica del anterior mes de mayo.
Fue un verano movido en los despachos, con la incorporación de un par de jugadores que dejarían un gran legado en la entidad, como Amancio y Zoco. Además, también llegaron el francés Lucien Müller del Stade de Reims, el brasileño Evaristo desde el Barça y el checoslovaco Yanko Daucik, procedente del Real Betis. En el capítulo de bajas, la más dolorosa fue la de Luis del Sol, que se marchó a la Juventus porque el club necesitaba un alto ingreso económico con urgencia. Otros que abandonaron la entidad en el mercado estival fueron los campeones de Europa Antonio Ruiz, Rogelio Domínguez y Canario. Por último, Zárraga confirmó su retirada.
Por su parte, el Arsenal en aquel momento vivía una etapa de transición. Su último título de la First división había sido una década antes y el siguiente no llegaría hasta 1971, un año en el que también conquistaron la FA Cup. Los gunners estaban dirigidos por el mítico Billy Wright, excepcional central y capitán muchos años de la selección inglesa. Sus futbolistas más reconocidos eran los defensas norirlandeses Neill y McCullough, el extremo derecho escocés MacLeod, el delantero internacional inglés Joe Baker y el futuro campeón del mundo en 1966 Eastham.
El partido tenía como fecha el jueves 13 de septiembre. El día 11, la expedición blanca aterrizó en Londres procedente de Glasgow, donde realizó una exhibición que volvió a encandilar a los escoceses, como en la final de la Copa de Europa en 1960. La venta de entradas (con un precio de 4 a 7 chelines) en Highbury iba viento en popa y se esperaba que unas 45.000 personas asistirían al choque. La recaudación sería de unas 30.000 libras, unos 2,8 millones de pesetas al cambio.
El día anterior, la prensa ofreció un cóctel en honor al Real Madrid con la presencia del técnico del Arsenal Billy Wright. El Real Madrid, y su capitán Gento, aprovecharon la ocasión para imponer la insignia de brillantes del club blanco al entrenador gunner. El preparador del Arsenal quedó muy agradecido y declaró que “para mí, el Real Madrid sigue siendo uno de los mejores clubs del mundo por lo que ha hecho, por lo que significa, por su organización; en fin, por todo. Como entrenador del Arsenal, debo decirles, señores, que mañana obligaré a mis jugadores a que hagan un gran encuentro; si es posible, un encuentro inolvidable. Ganar al Real Madrid, aun hoy, en que empieza a decirse que no es el de hace dos años, sigue constituyendo una gesta y una ambición. Yo siento también esta ambición”.
La plantilla merengue ese mismo día por la tarde realizó un último entrenamiento y después asistieron a un gran encuentro entre el Tottenham y el Wolverhampton. Por la noche, el club madrileño ofreció una cena a los corresponsales españoles en Londres. El último acto institucional tendría lugar la mañana del partido, cuando visitaron al embajador de España, el marqués de Santa Cruz.
La única baja de cara al encuentro fue la de Manolín Bueno, que salió lesionado contra el Celtic y regresó a Madrid. Así, el once que alineó Muñoz fue prácticamente el de gala, con Araquistáin; Casado, Santamaría, Miera; Müller, Pachín, Félix Ruiz, Amancio, Di Stéfano, Puskas y Gento. En la segunda mitad también saltarían al campo Vicente, Felo, Zoco y Daucik por Araquistáin, Casado, Pachín y Félix Ruiz respectivamente. Mientras que el Arsenal pudo contar con el escocés McLeod, que volvía tras una lesión de la temporada anterior. Billy Wright dispuso la siguiente alineación: McKechnie; Magill, McCullough, Neill; Brown, Snedden; McLeod, Court, Baker, Barnwell y Skirton.
A la hora de iniciarse el partido, las 19:30 horas, el tiempo era bueno y despejado. Una cantidad superior a los 30.000 asistentes presenciaron el encuentro en las gradas. En las inmediaciones del estadio se repartieron los típicos programas del duelo que daba la bienvenida al Real Madrid y se les saludaba así: “Seguros estamos de que al dar la bienvenida a los jugadores y directivos del Real Madrid no lo hacemos solo en nombre de los seguidores del Arsenal, sino de todos los entusiastas que en Inglaterra tiene el fútbol. El nombre del Real Madrid lleva un halo mágico por todo el mundo, y su magnífica marca”.
La calidad blanca se impuso en la segunda mitad y el choque acabó en goleada por 0-4. No hubo un rendimiento excelso como en Glasgow, pero los blancos sí realizaron un juego animado. En la primera parte hubo diversas escaramuzas por ambos cuadros que apenas se concretaron en jugadas de peligro, salvo un tanto anulado a Félix Ruiz. La magia del ataque blanco brilló por su ausencia. En los segundos cuarenta y cinco minutos el partido tomó una dirección diferente. Los madridistas se adueñaron del balón y el ritmo del choque fue suyo. En apenas 20 minutos los merengues consiguieron tres goles. Después de otro tanto anulado, esta vez a Gento, el extremo cántabro materializó en el 60’ una bonita jugada en la que intervinieron Puskas y Amancio. El cuadro blanco puso una marcha más y ‘La Galerna del Cantábrico’ marcó el segundo tanto en el 72’ tras un fuerte tiro desde la media distancia. Los ingleses se lanzaron al ataque y gozaron de un par de oportunidades sin éxito. El tercero del Madrid en el 81’ fue obra de Puskas, que sacó el cañón de su zurda para disparar un fuerte tiro que tocó en un defensa gunner. A pocos minutos del final, el nuevo fichaje Daucik, se estrenó con una diana tras un buen pase de Puskas.
Tras el choque, gran número de aficionados españoles saludaron con gritos y vivas a los jugadores blancos a la salida de Highbury. Amancio dijo que “se sentía como en casa” con todas las muestras de cariño recibidas. También habló di Stéfano, que comentó que “el partido no fue fácil en ningún momento, por lo que tiene gran mérito el haber vencido al animoso y buen equipo londinense”. Por la noche, el equipo inglés invitó a la expedición blanca a una cena en el hotel Park Lane, en la que el presidente del Arsenal ponderó “el juego madridista y la clase de sus hombres”. Los futbolistas merengues recibieron una prima de 22.000 pesetas por el partido ante el Arsenal y el club se embolsó cerca de dos millones de pesetas de los 4,2 (25.000 libras) totales que recaudó el cuadro inglés por el encuentro.
Al día siguiente la prensa elogió al Real Madrid, y algunos como el Daily Mirror criticaron al Arsenal. Este medio tituló “¡Vaya farsa de partido!”. En su crónica, Bill Hoden expuso que “Real Madrid llegó a la orgullosa, otrora inexpugnable, ciudadela de Highbury y la utilizó como campo de entrenamiento”. Además, también ensalzó a Santamaría, al que definió como “central estrella”, y realizó una gran loa sobre di Stéfano, que “fue el hombre del partido, y su grandeza se extiende sobre todo el encuentro. Él fue el único que salvó la reputación del Real Madrid”.
La tónica general es que los madridistas continuaban siendo los maestros del fútbol, no tan magníficos como en otros tiempos, pero todavía lo bastante para la mayoría de equipos. Peter Lorenzo, en el ‘Daily Herald’, afirmó que “los españoles ofrecieron su característico coraje en el juego, aunque no mucho más. Puskas es todavía uno de los interiores más peligrosos”. Clive Toye, en el ‘Daily Express’, explicó que los espectadores solo vieron “una sesión de media calidad. Realmente el Madrid es solo una sombra de lo que fue, pero todavía demasiado bueno para la mayor parte de lo que pueden ofrecer los clubs europeos”. Brian James, en el ‘Daily Mail’, elogió a Gento y al portero Araquistáin, del que escribió que “salvó en muchas ocasiones con sus brillantes manos situaciones de verdadero peligro”.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
Fue Milan Kundera el que dejó escrito que «el valor de una casualidad es igual a su tasa de improbabilidad». Pero cuando un hecho extraordinario tiende a repetirse, como las remontadas europeas del Real Madrid, nos obliga a olvidar la casualidad para reparar en su causalidad. Los fenómenos que de manera recurrente suceden con el Bernabéu como manicomio mayor difícilmente encuentran explicación en la lógica, pero sí podemos hallar sus claves, los hechos que los propician. Y son los siguientes:
Resultado adverso. Es la primera condición y el primer acicate hacia la épica victoria final.
Equipo. Desde que el árbitro pita el final del partido de ida, todo el vestuario cree que la remontada no sólo es posible, sino que es obligada.
Milagro. Es lo que el Real Madrid acostumbra a ejecutar cuando todo parece perdido en Europa.
Objetivos. Realizar el primer tiro, la primera falta y anotar el primer gol que asuste al contrario. Esas son las líneas maestras del plan de las remontadas.
Nada. Es lo que temen los jugadores blancos en Europa. Cuanto más difícil es el reto, más emocionante parece que se toman la remontada.
Tradición. Cuando un rival se enfrenta al Real Madrid, lo hace al peso de su historia y a la tradición inquebrantable de su lucha hasta el final.
Ambiente infernal. Es lo que sienten los jugadores rivales desde que saltan al césped del Bernabéu hasta que, inexplicablemente, ven cómo su ventaja se esfuma y caen eliminados.
Reyes de Europa. 15 Copas de Europa demuestran que la casa del Real Madrid es la Champions, por lo que para doblegarle hace falta mucho más que buen fútbol y suerte.
Y si no creen en la magia, al menos háganlo en los recursos literarios: repasen la primera letra de cada una de las claves y verifiquen la palabra que les sale.
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Visto que el juego del equipo esta temporada es, hablando mal y pronto, una soberana mierda, las únicas opciones del Madrid para remontar el 3-0 del Arsenal y alcanzar a semifinales de la Copa de Europa pasan por desatar el caos en el Bernabéu y abrir el miércoles, de par en par, las puertas del manicomio.
Argumentos puramente futbolísticos, la verdad, hay muy pocos. Este Madrid postancelottista ya no tiene mucha más cera que la que arde. Los jugadores están reventados y el entrenador, que no ha dado con la tecla desde que se fue Kroos, da señales claras de agotamiento. Al fin y al cabo, Carletto lleva aquí ya cuatro temporadas seguidas, sin contar los dos que estuvo hace diez años: es el entrenador más longevo en el Madrid desde hace cuarenta años, o sea, una anomalía estadística. Pero en esta vuelta frente al Arsenal se trata, precisamente, de eso: de arder. Recurriendo al espíritu más elemental y primitivo, el entrenador, que es perro viejo y seguro se lo está pensando, debe darle los galones, para este partido, a los líderes del vestuario. Y que sean ellos quienes carguen con la responsabilidad de prender Chamartín como si fuera una antorcha gigantesca.
Hacer, pues, del Nuevo Bernabéu, un pebetero olímpico.
las únicas opciones del Madrid para remontar el 3-0 del Arsenal pasan por desatar el caos en el Bernabéu y abrir el miércoles, de par en par, las puertas del manicomio
La temporada ha degenerado en una situación crítica que sólo parece reversible mediante una catarsis. Llevar a cabo una remontada prodigiosa, en casa, y a la vista del mundo entero, es el mejor electroshock imaginable para resucitar un cuerpo que presenta, a estas alturas de la campaña, evidentes síntomas de putrefacción. En todo caso, enumerar ahora las causas y consecuencias de la pésima concepción de la temporada 2024-2025 parece un esfuerzo absurdo.
Todo lo que haya que cambiar no se materializará, en todo caso, hasta julio. La temporada no acaba en mayo, sino después del Mundial de Clubes. Los que tengan que salir entonces y los que hasta esa fecha deban ganarse la continuidad serán los encargados de hacer de este alargue un prolongado calvario o una divertida aventura. Es mejor no hacerse sangre antes de tiempo ni sufrir de modo innecesario.
El Madrid, que es el vigente campeón de Europa, debe concebir la vuelta contra el Arsenal como un disparate. Buscar el primer gol con ahínco y agresividad, desde el principio, según el canon clásico de las remontadas. Desordenarse, atreverse, incluso desquiciarse. Que el partido sea un vaivén, una montaña rusa, que se caiga por el precipicio de la irracionalidad.
El Arsenal, tras los dos obuses de Rice, nos parece a todos un equipazo. Pero, en realidad, el Madrid, en la primera parte —aun siendo cuarenta y cinco minutos malos— pudo meterle un par de goles después de presionarle tibiamente la salida de balón y forzarle algunos errores de bulto en tres cuartos de campo. La victoria, desde luego, todo lo indulta, y Mikel Arteta parece, hoy, Moltke el Viejo. Pero su equipo es bisoño y demasiado de laboratorio. Tengo mis dudas de que puedan soportar una olla a presión, un Bernabéu con fiebre alta como el de hace 23 años, frente al Bayern de Oliver Khan, Stefan Effenberg y Giovane Élber.
La única posibilidad reside en que el Madrid esté a la altura de su gloria. Que sea esa imagen que el club proyecta de sí mismo todo el tiempo: the miracle club. Remontar es una droga y el madridista se ha aficionado a ella hasta el punto de que prefiere morir de sobredosis a afrontar la insufrible realidad de lo ordinario. El equipo tiene que jugar este partido como si, de perder la eliminatoria, perdiera las quince copas de Europa de golpe. Sólo ese punto de desesperación suicida puede llevarle, como una bocanada de viento, a pasar por encima del Arsenal.
Remontar es una droga y el madridista se ha aficionado a ella hasta el punto de que prefiere morir de sobredosis a afrontar la insufrible realidad de lo ordinario
Crazy things happens here, dijo Peter Drury, que es inglés, justo antes de que Carvajal, hace tres primaveras, armara el centro al corazón del área del Manchester City. De entre todas las naciones de Europa son los ingleses, quizá por inventores del fútbol, quienes mejor han sondado el alma del Real. El Arsenal ni siquiera es el mejor equipo de Inglaterra y hace veinte años de su última hazaña internacional. Puede que sean lo más parecido al Atlético de Madrid que haya fuera de España.
Los jugadores y Ancelotti deben olvidarse hasta de quiénes son y de todo lo que han conseguido. Despojarse del pasado, aunque sea por un par de horas. Nada de lo que sucedido en la campaña hasta ahora importa, ni siquiera el 3-0 de la ida. Si la vida es el momento presente, el equipo debe mentalizarse y jugar con un presentismo absoluto y absolutamente salvaje. Es mucho más que “apelar a la heroica”, ese lugar común tan manido siempre en estos casos. 90 minuti en el Bernabéu se pueden hacer molto longos sobre todo para el Madrid y los madridistas.
El estadio sólo adquiere la condición de infierno si el equipo tira de él. Un gol en los primeros quince minutos del partido puede volcar Madrid y la península ibérica entera sobre la portería de Raya. Lo contrario, está más que probado, sumirá Chamartín en la abulia, el sopor y puede que algo peor. Al fin y al cabo, sólo se trata de meter cuatro goles.
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El eximio novelista (y último ganador del Premio Nobel de Literatura en lengua española, en 2010) Mario Vargas Llosa, fallecido anoche en Lima a los 89 años, era también un apasionado del fútbol y, en particular, un ferviente seguidor del Real Madrid. Su amor por el club de Concha Espina se reflejó en varios escritos y entrevistas.
Durante el Mundial de España en 1982 ejerció como periodista deportivo, cubriendo diversos partidos, lo que muestra su gran interés por el balompié. En su ensayo Hacer el amor, publicado en El País, Vargas Llosa narró cómo, tras asistir a un partido del Real Madrid contra el Bayern de Múnich en el Santiago Bernabéu, quedó fascinado no solo por el juego, sino por la atmósfera del estadio y la pasión de la afición. Comparó la experiencia de ver al Real Madrid con un ritual colectivo, lleno de emoción y teatralidad, algo que resonaba con su exquisita sensibilidad como escritor.
Aunque no escribió extensamente sobre fútbol en su obra literaria, su madridismo era más que conocido entre sus círculos cercanos y en la prensa. En una ocasión, bromeó sobre cómo el fútbol, y en especial el Real Madrid, podía unir a personas de distintas ideologías, algo que él, como defensor del liberalismo y la libertad individual, valoraba profundamente.
El madridismo de Vargas Llosa, tanto en lo futbolístico como en lo cultural, se entrelaza con su identidad como escritor cosmopolita. Madrid representó para él un espacio de libertad creativa y política alejado de las tensiones de América Latina en ciertos momentos de su vida. Su apoyo al Real Madrid, por otro lado, era una forma de conectar con una pasión popular, algo que siempre le interesó como observador de la sociedad.
Comparó la experiencia de ver al Real Madrid con un ritual colectivo, lleno de emoción y teatralidad, algo que resonaba con su exquisita sensibilidad como escritor
Don Mario dirigió durante varios años la Cátedra Real Madrid de la Universidad Europea de Madrid. Dicha cátedra tenía como objetivo unificar proyectos formativos y de investigación para ofrecer una visión global del deporte, fomentando la generación de conocimiento y su difusión tanto a nivel nacional como internacional. De esta manera, esta figura emblemática de la cultura universal pudo aportar una perspectiva cultural y humanística al estudio del deporte, aunando su prestigio al del propio Real Madrid.
Vargas Llosa nunca dejó de ser un apasionado seguidor del Real Madrid, y muchos valores de nuestro amado club, como el honor, el esfuerzo, la resiliencia y la irreductibilidad, tienen paralelismos con los temas recurrentes en sus novelas.
Vamos a tratar de poner unos pocos ejemplos de ferviente madridismo en ciertas de sus novelas más conocidas.
En La ciudad y los perros, por ejemplo, varios de los valores universales del Real Madrid anteriormente descritos también pueden encontrarse reflejados en los personajes y las dinámicas de la novela. Los cadetes del colegio militar, sobre todo “El Poeta”, se enfrentan a un entorno hostil y opresivo (a menudo afrontando situaciones extremas de opresión), mostrando una capacidad de resistencia frente a muchas adversidades. Dichos personajes luchan por sobrevivir y destacar en un sistema rígido y jerárquico, lo que refleja su dedicación y perseverancia. Y también podemos ver que algunos de los cadetes desafían las normas y las injusticias del sistema, mostrando una determinación admirable para mantener su identidad y principios.
En Conversación en la Catedral, la novela favorita de este escribidor, contemplamos cómo varios de los personajes, en especial Santiago Zavala, deben hacer frente a un entorno de corrupción (¿les suena?) y de desilusión política, mostrando capacidad de resistir y teniendo capacidad para buscar respuestas en medio de tanta adversidad. La cultura permanente del esfuerzo se muestra en esta novela por la lucha interior de los personajes para encontrar un lugar, un sentido y un propósito para permanecer en la lucha. Se trata de una obra que significa todo un desafío contra el conformismo, contra el silencio cómplice de buena parte de la sociedad que les rodea (a lo mejor aquí un tal Tebas capta la indirecta). El honor preside esta magnífica novela, una permanente lucha por la propia integridad en un contexto completamente desilusionante donde reina el hedor de la corrupción.
En otra de sus obras maestras, más ligera y accesible para los lectores que las dos anteriores, con un tono humorístico y paródico, La tía Julia y el escribidor, el autor describe al protagonista, Varguitas, ante una serie de retos personales y profesionales mientras no deja de perseguir su sueño de ser escritor. Su relación con la tía Julia y su trabajo en la radio local muestran su capacidad para superar obstáculos y seguir adelante. Todo ello a pesar de las críticas sociales y familiares. Varguitas defiende contra viento y marea su relación con Julia y lucha por su amor, mostrando una determinación admirable. Perseverancia y compromiso durante toda la narración, madridismo a raudales.
Brevemente, podríamos destacar también la cultura del esfuerzo descrita en La guerra del fin del mundo, idealismo a raudales en todas sus páginas, o la irreductibilidad que emana en Pantaleón y las visitadoras, con esa lucha del protagonista, Pantaleón Pantoja, ante una terrorífica burocracia agobiante. Por último, detecto madridismo también en La fiesta del Chivo, con la fortaleza que transmite la protagonista, Urania Cabral, ante las injusticias del dictador Trujillo o en la misión casi suicida y sacrificada de los conspiradores que quieren derrocar al dictador.
En 2014, en tiempos de la consecución de la Décima, quien les narra tuvo la suerte de conocer en persona a don Mario. Fue tras un acto conmemorativo de los 50 años de la editorial Alfaguara, en los Teatros del Canal en Madrid. Tras asistir a una histórica y maravillosa charla con la presencia de Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y el propio Vargas Llosa, moderada por Pilar Reyes, la editora del célebre trío, mi amigo Marías tuvo a bien presentarme al Nobel peruano: “Este es madridista como nosotros, Mario”. Pude charlar no más de 40 segundos con don Mario e incluso aproveché para que me firmara un ejemplar de su Conversación en la Catedral. Y les puedo garantizar que en su sonrisa y en su afabilidad irradiaba madridismo a borbotones. Se nos fue Vargas Llosa, pero, afortunadamente, permanece para siempre en nuestras bibliotecas, y en lugar preferente.
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