Es agotador. Es una tarea hercúlea. Es ingrato y requiere una paciencia sobrehumana. Te obliga a soportar el vendaval de estulticia y el negacionismo hipócrita del universo culé de las redes. Odio escribir sobre los golfos, los tramposos, los miserables. Darles protagonismo. Pero es preciso, es necesario. Para que no se olvide, para tener presente el agravio hasta que se haga justicia.
Son personas de carne y hueso. Son la muestra de la degeneración de la moral, de la ética de la sociedad. Fue Núñez, empresario sin escrúpulos, dispuesto a comprar con dinero cualquier cosa que estuviera en venta, legal o ilegal, en su profesión y en su devoción. Fue Gaspart, un esperpento, un personaje grotesco que no parecería verosímil ni en una novela quijotesca. Fue Albert Soler, un directivo culé, mentiroso, manipulador, un político estándar: capaz de cambiar leyes para encubrir un delito.
Es Laporta, un vividor, el golfo español de toda la vida, inseparable de su séquito de pagafantas. Fueron Villar, Sánchez Arminio, Medina Cantalejo, Clos, Rubiales, Rocha, Louzán, Negreira, Roures, Lago, Benet. El inframundo de una película de Torrente. Aquí le dejo la oferta a Santiago Segura para escribirle el guión del blockbuster “El fúrbol español” (Villar fue incapaz de decir “fútbol” en toda su vida). Taquillazo asegurado.
Aún no me he recuperado del shock por el clip de vídeo de la semana pasada: Ahí estaba Al Khelaifi recibiendo a Laporta en el hall del hotel donde se celebraba una reunión de la ECA. Buena percha, traje a medida. Oscuro. Formal. Impecable. Con ese pelo, denso como el plomo, negro como la ruina. Con el aspecto inconfundible de villano de James Bond. Sonrisa de ganador. Malvado como Goldfinger. Del otro lado, Jan. Sonriente, mundano, desenfadado. Esta vez fue capaz de calzarse unos zapatos. Buen traje también, desbotonado por imperativo físico. Afectuoso abrazo que abre un nuevo capítulo en la historia de la relación Madrid-Barça. Después del primer saludo, Al Khelaifi rodea la cara de Laporta con sus manos. No es un gesto de familiaridad o de afecto. Es de victoria, de dominación: “ya eres mío”. Mefistófeles tomando posesión de su alma.
Laporta busca ayuda desesperadamente en el tablero de poder del fútbol europeo. Lo único que puede dar a cambio es lo que representa y su innegable carisma, aunque ya sólo le sirve para hipnotizar a sus parroquianos. Romper el contrato firmado con la Superliga cuesta 300 millones. No lo hará. Laporta carece de fortuna personal y no se le aventura un futuro lejos de los tribunales. Parapetado detrás de los éxitos deportivos que amansan afición y oposición, buscará la reelección a la presidencia de su club en la primavera de 2026. Hacia Semana Santa pueden empezar a caer chuzos de punta, si empieza el juicio dando por terminada la instrucción. El juez dispondrá de una montaña de indicios y de evidencias para probar el delito de corrupción deportiva.
La defensa, en cambio, pretende que todo quede en una condena por administración desleal, sueño húmedo del inefable Miguel Galán, graduado en derecho y electricista, al que pudo dar vida literaria el gran Ibáñez como personaje secundario de sus viñetas, compartiendo páginas con el profesor Bacterio, con el Súper o con Ofelia. Todo el ecosistema mediático del club corrupto se afana cada día en llevar la opinión pública a ese terreno: "Eran prácticas que venían del pasado", la mafia siempre le echaba la culpa al muerto, conocemos la estrategia. Es muy antigua.
La sentencia por corrupción deportiva, multas y condenas de cárcel aparte, es el único camino para que se pueda reabrir el debate sobre la prescripción. Para probar la intencionalidad de Albert Soler en sus actos en el CSD evitando sanciones deportivas al Barcelona. Para anular los efectos de la votación sobre la no prescripción de los delitos de corrupción por parte de la RFEF. ¿Por qué cualquier organismo eliminaría la no prescripción de los delitos de corrupción con los tiempos de plomo en que vivimos? ¿Se les ocurre alguna razón ética para hacerlo? A mí, no.
Hacia Semana Santa pueden empezar a caer chuzos de punta, si empieza el juicio dando por terminada la instrucción. El juez dispondrá de una montaña de indicios y de evidencias para probar el delito de corrupción deportiva
Cerrar el caso con una sentencia por un delito menor sepultaría más de treinta años de corrupción con dos paladas de tierra, una palmadita en la espalda y multas económicas insignificantes para la magnitud del asunto y para las cifras del fútbol. El delito penal (corrupción deportiva) es la única esperanza para encontrar una vía que lleve el caso a un castigo proporcional al daño causado. Los tribunales ordinarios no pueden, pero FIFA, espoleada por lo que digan esos tribunales, sí puede: descenso de categoría y desposesión de títulos.
No será fácil, llevan trabajando en ello desde que Albert Soler cambió el sillón de la junta directiva del Barcelona por el de Director General del CSD. Habiendo sido presidente en 2011, en 2021 Soler regresó al CSD, pero esta vez a un cargo ejecutivo que le permitiera meter mano en la redacción de la Nueva Ley del Deporte.
Recordemos: Los pagos a Negreira cesaron el 5 de junio de 2018. Bajo el art. 22 del código ético de la RFEF, hasta el 8 de junio de 2021 las infracciones éticas muy graves no prescribían. La votación de la RFEF sobre el código ético hizo coincidir los plazos de prescripción con la aún no publicada Nueva Ley del Deporte que dejaba prescribir los delitos muy graves en tres míseros años. Casualidades. ¿Cuánto se tarda en descubrir un caso de corrupción? Virtualmente, se está abriendo la veda para comprar árbitros y títulos. Con suerte o teniendo bien engrasado el sistema, la corrupción es indetectable. Tres años para pillar a un delincuente. ¿Se imaginan que una violación o un asesinato prescribieran a los tres años?
El riesgo de descenso y retirada de títulos para el Barcelona duró exactamente 3 años y 3 días, tiempo en el que estuvo vigente la no prescripción de delitos de corrupción en el código ético de la RFEF con el cadáver enfriándose y con el asesino delante de las narices del policía. La RFEF conocía los pagos a Negreira y aun así (o tal vez por eso) promovió la votación, siendo Laporta miembro de su junta directiva. Laporta pagó a Negreira y Laporta votó a favor de la prescripción de los delitos de corrupción. Casi nada. ¿Necesita algo más, señora juez?
Para más INRI, Laporta se había incorporado a la junta directiva de la RFEF en abril de 2021, dos meses antes de la votación en la que se consumó la golfada, con el único propósito de asegurarse del resultado que permitiera al Barcelona eludir una sanción deportiva. Lo demás les importa una higa: ¿multas? Será por dinero... ¿Cárcel? Es lo que tiene vivir al límite. Un par de llamadas y asunto arreglado. La participación del bueno de Jan en la Junta Directiva de Federación se fue desvaneciendo a partir del mes de julio y abandonó el cargo a finales de 2021 con la misión cumplida.
El 15 de febrero de 2023 la cadena SER reveló los pagos del Barcelona a Negreira. Un día después la RFEF anunció la apertura de un expediente informativo, que concluyó el 10 de marzo 2023 con un comunicado oficial, menos de un mes después de la bomba mediática. El texto probablemente lo tenían escrito desde 2021: "No procede sanción disciplinaria, por prescripción”, lo que eximió al Barcelona de multas federativas, descensos o suspensiones internas. Los jueces de instrucción llevan dos años y medio recopilando indicios y evidencias para estructurar el caso. La RFEF de Rubiales tenía todo claro en tres semanas. Se entiende, ¿verdad?
Laporta pagó a Negreira y Laporta votó a favor de la prescripción de los delitos de corrupción. Casi nada. ¿Necesita algo más, señor juez?
El incontenible Tebas, fenómeno inexplicable para la ciencia, por poseer una velocidad verbal superior a la neuronal, enterró el asunto menos de veinticuatro horas después de conocerse la noticia, manifestando el 16 de febrero de 2023: “No puede haber sanciones deportivas. El delito ha prescrito”. Todos tenían claro el discurso. Demasiado claro. Todos supieron que hubo delito y todos hicieron lo posible para que no tuviera consecuencias.
Pero sí puede haber sanciones deportivas. Necesitamos que las haya.
El papel del Real Madrid tras una sentencia por corrupción deportiva es crucial: su personación en el caso es precisamente lo que le faculta (otro acierto del que siempre se equivoca) para exigir, llegado el momento, una investigación sobre la inexplicable anulación de la no prescripción de delitos de corrupción en el código ético de la RFEF. Será interesante ver de qué lado se posicionarán cada uno de los medios regados con millones por Tebas, LaLiga, la RFEF, el resto de clubes que votaron la ignominia.
Nos queda un largo camino por delante, pero estoy convencido de que veremos al Barça en segunda y desposeído de títulos. Tal vez sin que sea necesario llevar el caso a instancias internacionales. Tenemos el móvil, el beneficiario, los encubridores, las fechas, los movimientos inexplicables y muy oportunos entre cargos. Corrupción sincronizada.
Que Laporta pida perdón en nombre del club por corromper el fútbol ya es otra cosa. No lo descartemos. Esa imagen, sollozos incluidos, le haría formar parte de la historia y dignificaría de algún modo su inclasificable curriculum. El vídeo del arrepentimiento (incluso fingido): "No lo haré más... era una herencia del pasado, sólo queríamos neutralidad", sería trending topic planetario. Ser recordado como el que regeneró los "valors" del club y pidió perdón hasta podría perpetuarle en la presidencia. Conocemos al culé medio de sobra. El culé es el ser humano que ve natural que Laporta cuadruplicara los pagos a Negreira "por neutralidad". Si pagar 125.000 al año era el precio de la neutralidad, ¿por qué Laporta pagó el cuádruple? ¿Por cuatro veces más neutralidad? ¿Con el plantillón que tenía? Para amarrar los títulos, queridos. Verle pedir perdón entre lágrimas con un pañuelo blanco entre las manos sería un final delirante, pero un buen final. No me lo nieguen.
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Buenos días, amigos. Quizá todos sepáis ya que el principal patrocinador del club cliente de Negreira es la plataforma musical Spotify. A buen seguro la utiliza un alto porcentaje de vosotros. Otros usaréis otras plataformas, ya sea porque funcionen mejor o por la legítima tentación de sucumbir al discreto encanto del boicot. No estamos ni a favor ni en contra, pero nos parece una opción legítima bloquear comercialmente, aunque sea de manera atomizada, a todo aquel que tenga algo que ver con el club deportivo más corrupto de la historia. Hay otros spotifys que no son Spotify.
Al albur de esa esponsorización suelen comprometer a un artista para cada mal llamado Clásico. Nos dolió ver a los Rolling Stones presumiendo de culerío en el palco de Montjuic, aunque más dolería a Jagger y Wood ver resquebrajarse su nueva afición negreiresca a pies de Bellingham y su doblete majestuoso. Pero no fue fácil. Aunque sea por simple estrategia comercial, ver a nuestros ídolos beber los vientos por el Mal es siempre decepcionante.
El artista elegido en esta ocasión, sin embargo, no nos produce decepción alguna. Consideramos de hecho que este artista y el club cliente de Negreira están hechos el uno para el otro, no porque Ed Sheeran pague al jurado de los Grammy para obtener sus galardones, aunque vete a saber, sino porque sus méritos artísticos reales se nos antojan similares a los que adornarían al equipo catalán en caso de que se hiciera justicia y le fueran retirados, uno a uno, los títulos ganados durante el negreirato.
Ahí los tenéis tan contentos, en todo caso. Es un montaje fotográfico bastante cutre, pero eso no es óbice para que Sheeran sea ya un culé más. El cantautor inglés ha alargado hasta el infinito la misma melodía cansina, ha usado la tijera y la ha convertido en cientos de canciones. Por cierto, algunas de ellas demuestran bien a las claras que estamos ante una unión que, al revés de lo que sucedía con los Stones, está plena de sentido y armonía.
En The hills Of Aberfeldy, por ejemplo, canta lo siguiente el bardo de Halifax.
Allá donde voy / siempre encuentro un extraño / con quien compartir / el peso de mis crímenes
Parece claro que, si lo que quiere Sheeran es un extraño con quien compartir crímenes, se encuentra en el sitio adecuado. Si la letra se refiere a la propia entidad blaugrana, todo encaja mejor aún, pues se trata de una institución que se apoya en otras personas y entidades colaboracionistas para compartir (y perpetuar) el peso de sus iniquidades. No queremos mirar a nadie, ni a la Liga, ni a la RFEF, ni a la práctica totalidad de la prensa patria… A nadie en absoluto.
En Shivers, un tema de 2021, declara Sheeran lo siguiente:
Quiero ser ese tipo / Quiero besar tus ojos / Quiero beberme tu sonrisa / Quiero sentir que estoy robando todo el tiempo
Nuevamente, si se trata de robar, concluimos que hay pocos sitios en los que Sheeran encajaría como un guante más ajustado. Si el bueno de Ed quiere “sentir que está robando todo el tiempo”, ha ido a caer en un lugar pintiparado para ello.
Continuando un somero repaso de su discografía, hallamos el gran éxito Bad Habits, donde el pelirrojo, habitualmente más empalagoso que un higo en almíbar, se descuelga esta vez con una confesión descarnada:
Mis malos hábitos me conducen a noches de soledad / Jurando que esta será la última, pero sé que no / (…) / Cada intención pura muere cuando empiezan los buenos tiempos
Al club cliente de Negreira le sucede algo muy parecido, con la salvedad de que se desconoce, por el momento, la existencia de “intenciones puras” por esos lares. Tal vez las tuvieran en su momento, en algún punto del siglo pasado, pero enseguida cayeron en la tentación de la deshonestidad en el modo que la canción describe, y se despeñaron por el precipicio de los “malos hábitos” (ya sabéis: comprarse el sistema arbitral, inscribir jugadores fraudulentamente con la protección del gobierno, comprar hígados en el mercado negro, contratar a tipos con largos historiales de pederastia para trabajar en La Masía y, en definitiva, atentar contra la práctica totalidad del Código Penal de manera sistemática).
Pensándolo bien, y aunque no seamos acérrimos seguidores de Sheeran, su música no es tan mala como para merecer que se la relacione con ese club del que usted me habla. A ese club del que usted me habla le pega más bien un fondo electrónico ominoso y sórdido, una música de esas que huelen a meaos de baños negros iluminados por bombillas chisporroteantes, una música de rave oscura, como la que se escucha en la película Sirat, por ejemplo.
Ahí dejamos la idea, y ahí dejamos también el resto de portadas del día.
Ciao.
Hace muy poco, en un vídeo muy interesante, Ramón Álvarez de Mon trata el delicado asunto del futuro societario del Real Madrid. Él lo llama, con razón, el tema más importante de la actualidad madridista. El cambio del modelo de propiedad se entiende como imprescindible para afrontar con garantías un escenario global de hipercompetitividad feroz, donde los rivales no son otros clubes ni sociedades anónimas al uso sino parte de grandes corporaciones, clubes-Estado que disponen del dinero ilimitado de las petromonarquías o que están sostenidos por poderosísimos fondos financieros internacionales.
Aquí se puede hacer la salvedad de que con el actual modelo el Madrid ha triunfado en la última década sobre todos sus rivales, deportivos y económicos, viejos clubes, SADs y holdings político-financieros mundiales, y que además ha sobrevivido a una pandemia financieramente devastadora. El mismo Florentino decía, en una entrevista en el AS del año 95 que ha rescatado en X Alberto Cosín, que la sociedad anónima haría del Madrid «una mercancía, algo vulgar que se compra y se vende». Está claro que el futuro es siempre algo tan incierto como complejo.
Dice Ramón que según lo que él sabe, el Madrid «se encamina hacia un modelo Bayern». Es decir, la parte mayoritaria del patrimonio del club permanecería gestionada por los socios a través de una fundación a la vez que el resto se capitalizaría por empresas o fondos privados. Dice Ramón que la idea de Florentino es que alrededor del 50% del club siga siendo de sus actuales dueños. Un consejo de administración al uso sería quien dirigiera el cotarro, ya una sociedad anónima pero, en teoría, con un peso decisivo de la masa social en la toma de decisiones.
Ramón presume que Florentino Pérez se explicará en detalle en la próxima asamblea de socios del mes que viene. Lo que se sabe, de momento, es lo que les dijo hace un año, el día en que especuló con que el Madrid vale entre 7 y 10 mil millones de euros: «les confirmo que traeremos a esta asamblea una propuesta de reorganización societaria del club que, con claridad, asegure nuestro futuro, nos proteja de las amenazas que sufrimos y, ante todo, garantice que los socios seamos propietarios de verdad de nuestro club, propietarios reales de nuestro patrimonio económico y de pleno derecho”.
Una cosa es inapelable: esta misma masa social lleva mucho tiempo aprobando con abrumadora unanimidad lo que el presidente les pone por delante. Es posible que sea cual sea la fórmula de la que se informe a los socios, éstos la validarán por mayoría, así que nadie podrá decir que no eligen su propio destino.
Es verdad que Florentino Pérez ha sido una bendición para el Real Madrid desde que accedió a la presidencia en el año 2000 pero, también, que más allá de él lo que hay es un páramo. Eso ha favorecido sin duda que sus determinaciones hayan gozado del consenso general entre los socios, a lo que ayuda también el carácter presidencialista que ha tenido el Madrid como club desde su fundación. De la unanimidad a la aceptación acrítica hay sólo un paso y el hecho de que la oposición a Pérez la constituyan frikis, los intereses bastardos del grupo PRISA y demás periodistas a sueldo del antimadridismo universal no contribuye, qué duda cabe, a que exista una sana disidencia en la opinión pública madridista.
A colación de este tema trascendental, desde hace tiempo viene sonando un nombre exótico y misterioso, el de Anas Laghrari: un businesman de cuarenta años, nacido en Casablanca y licenciado en Matemáticas Financieras en París, que al parecer ejerce de facto como mano derecha de Pérez en asuntos de negocios y capitales. Este hombre es la eminencia gris detrás del proyecto económico de la Superliga, a través de Key Capital Partners, firma de inversión que él mismo fundó en 2013. La prensa lo vende como el posible sucesor de Pérez en un hipotético consejo de administración del Madrid o, en todo caso, como su más claro heredero tecnócrata. De hecho, Laghrari fue el secretario general de la Superliga en su lanzamiento y estuvo al mando en 2021 cuando se creó la European Super League Company, S.L., la sociedad rectora del proyecto. Laghrari trabajó con Florentino en dos grandes operaciones de ACS que según los indicios le valieron la confianza total del presidente, confirmada cuando medió para asegurar los quinientos millones de euros con que el Madrid arrancó las obras del nuevo Bernabéu. Además, fue quien diseñó algunas de las famosas palancas financieras que en el verano de 2022, aquellos truquitos contables que, en medio de la impunidad general, salvaron del colapso al Barcelona de Laporta.
En el último año he podido escuchar y ver algunas cosas que me dan la impresión de estar ante un cambio profundo en la idea de lo que es el Madrid
Lo de las palancas, desde luego, fue un pelotazo, a tenor de los resultados para los interesados. Pero el asunto de la Superliga ha devenido en gran fiasco, sobre todo, como me recuerda un tuitero, por la evaluación tan superficial del posible comportamiento de los clubes ingleses, para los que la Premier ya es un chollazo y, honestamente, eran los socios más rentables del proyecto en vista de la situación en que se encuentra el fútbol español e italiano. Si Laghrari va a ser el nuevo visir del Madrid estaría bien escuchar a Florentino alguna cosa sobre él, en todo caso que al menos nos lo presente.
Es como si el Madrid, como estrategia de supervivencia ante la tercermundización agravada del país, haya decidido emanciparse y adaptarse evolutivamente a un panorama global en que el fútbol ya no es un negocio sentimental pensado para las clases medias y populares
En el último año he podido escuchar y ver algunas cosas que me dan la impresión de estar ante un cambio profundo en la idea de lo que es el Madrid. En una cena pude charlar con un socio veteranísimo que se quejaba amargamente del modo en que cada vez más eran apartados por el club en la gestión y atención de sus necesidades y demandas. También pude ir a un partido en el Bernabéu, contra el Milan, que perdimos 1-3. Aparte que las entradas eran de reventa, de otra forma es imposible ir (y ese, per sé, es un tema: la almoneda semanal a la que muchos abonados someten sus asientos y que como efecto inmediato sobre la atmósfera del estadio lo convierte en un parque temático para turistas) por toda la fila, y estaba bien alto, en el último anfiteatro, había guiris que apenas atendían a lo que ocurría si no era para subirlo a Instagram. La sensación que tengo es que Florentino Pérez, en línea con las élites peperas del MadridyLibertad, han concebido una ciudad y un club para extranjeros con dinero que pasen, gasten, vean y se vayan. Un modelo no apto para los españoles que en general están en vías de subdesarrollo ni para el tipo tradicional de socio, que tiene raíces en la ciudad, que involucra a su familia en la vida del club y que por ello puede criticar su administración. Será, probablemente, un modelo que por obsoleto se esté cayendo solo pero, hasta el momento, es el modelo que ha hecho del Madrid el mejor club de la historia del fútbol.
Es como si el Madrid, como estrategia de supervivencia ante la tercermundización agravada del país, haya decidido emanciparse y adaptarse evolutivamente a un panorama global en que el fútbol ya no es un negocio sentimental pensado para las clases medias y populares de las naciones sino un espectáculo más y dirigido gradualmente hacia un público transnacional, rico y de adhesiones ligeras o indiferentes. Se trata de cambiar al hincha por el consumidor.
Los cambios, no obstante, afectan al fútbol como tal y de un modo u otro incidirán en todas las aficiones y en todos los clubes. El Bayern, con su modelo «híbrido», sigue siendo puntero en Europa. Por contra, el Manchester United ha sucumbido al marasmo y lleva más de diez años camino de la perdición por más que su gerencia haya gastado ingentes cantidades de libras esterlinas en fichajes y entrenadores. Por hablar de dos clubes que hace veinte años eran los que estaban arriba del todo. De Italia, mejor ni hablar. El futuro dictará sentencia y sin embargo el futuro se parece más al cortijo chapucero tebano, con partidos en Miami no aptos para el bolsillo del españolito medio, que a la promesa florentiniana de la democratización del gran espectáculo universal. Son tiempos muy distintos a los que había a finales de los años 50, cuando Bernabéu y Saporta concibieron una competición que se subiera a la onda del europeísmo y que abrió las ventanas de los Pirineos para que en España entrara algo de aire. Como madridista sin más, español de provincias y no socio sino mero hincha, tengo al menos la ocasión de expresar aquí mi punto de vista, en esta bendita tribuna galernauta nacida sobre todo para amar al Madrid desde todos los ángulos, también desde la melancolía.
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Buenos días. Seguimos en aguas procelosas de parón de selecciones o, como lo llama Jesús Alcaide, de bajón de selecciones. Los países juegan unos contra otros sin que se sepa muy bien por qué. Todo está envuelto en un nihilismo feroz. Menos mal que de vez en cuando surgen incidentes que nos intrigan y/o irritan lo suficiente como para sacarnos de la modorra y la melancolía.
Resulta que se ha sabido que Limak, la constructora turca que está acometiendo la inacabable obra del Camp Nou, presentó la oferta peor valorada de cuantas hubo, y que sin embargo ganó vaya usted a saber por qué. Hace no tanto, en una asamblea telemática culé, un soci preguntó a Laporta de qué vivía. No hubo respuesta. No estamos diciendo que esta anécdota tenga algo que ver con el hecho de que el proyecto de remodelación del Camp Nou acabara en manos de la empresa menos capacitada. O sí lo estamos diciendo, vaya usted a saber.
El diario As, por medio de su “corresponsal” en Barcelona Santi Giménez, nos da algunos detalles sobre el asunto.
Lo más curioso del asunto es el tratamiento que el propio diario As, o mejor dicho, su responsable de redes sociales, dio al caso. Así anunció la noticia el CM de la publicación prisaica a cierta hora de la mañana.
“Escándalo”, posteaba con toda la razón el responsable de redes de As, a cuenta del BarçaLimakGate. De manera intrigante, al cabo de pocos minutos, el post desparecía para ser sustituido por este otro.
Ya veis, amigos. De la categoría de “escándalo” a la de “misterio” en apenas diez minutos. Nos ponía sobre la pista el tuitero conocido como @_floper (que, salvo error u omisión, no es Florentino).
Qué cosas, ¿verdad, amigos? De llevarnos la manos a la cabeza por el tufo que desprende la situación pasamos en un pispás a sentirnos tan solo vagamente intrigados. ¿Quién aguó de manera tan ridícula la presentación de la noticia para los lectores? ¿Hubo llamada de las altas instancias del club cliente de Negreira para reprender al atribulado CM?
—Vicente, soy Jan. ¿Se puede saber qué cojones postea tu community manager? ¿Cómo que “escándalo”? ¿Cómo va a ser un escándalo que yo coma? Tengo que estar bien alimentado para enfrentarme a las acechanzas de Madrit y defender al sojuzgado pueblo catalán.
—Y a fe que lo consigues, Jan. No te preocupes más. Ahora mismo hablo con ese berzotas.
O tal vez fuese más bien una corrección interna, una cosa de autocensura. Tal vez el autor de la información, Santi Giménez, llamó al CM para que rebajase el perfil de la noticia, degradándola de “escándalo” a simple “misterio”. En cualquiera de los dos casos, vuelve a quedar claro cómo Florentino Pérez domina los medios madrileños a su antojo y somete a los redactores de los medios de la capital para que denigren la imagen del club cliente de Negreira, siempre tan injustamente denostado. La Central Lechera, más Central Lechera que nunca.
Y llegamos por fin a las portadas, objeto principal de esta sección. ¿Cuál de las dos versiones del escándalo (porque es un escándalo) pensáis que habrá llegado a la portada de As? ¿La de “escándalo” o la edulcorada de “enigma”?
Pero ¡qué listos sois! ¿Cómo lo habéis averiguado?
Ponemos un círculo rojo para que podáis identificarlo en los bajos prisaicos, donde ocupa un lugar terciario y, claro, bajo el formato de “enigma”.
¿Y Marca? ¿Cómo habrá reflejado Marca el escándalo (porque lo decimos de nuevo: ES un escándalo)? ¿A cinco columnas o en un faldoncillo insignificante? ¿Como escándalo o como simple "lío"?
¡BINGO! ¿Qué habéis desayunado? ¡Estáis muy astutos en esta mañana de parón!
Y ahora el colofón del juego. A ver si adivináis cuánto espacio dedica al tema la prensa cataculé.
¡Exacto! ¡Ninguno en absoluto! Tenemos los lectores más avispados del mundo.
Pasad un buen día.
Buenos días. Ayer fue el Día de la Hispanidad y el club cliente de Negreira no tuvo mejor idea que intentar provocar al personal. Se creen que estamos en los años ochenta y pueden ejercer de Almodóvar con las conciencias pacatas, o algo así. Se pueden decir muchas cosas de ellos (muchísimas, de hecho, y la mayoría ciertamente denigrantes), pero la primera y principal de todas es que, institucionalmente hablando, son unos paletos y unos horteras de manual. Hay que tener muy poca, poquísima clase para descolgarse con este trino presuntamente reivindicativo en el día en que España celebra su fiesta nacional.
De la politización del club cliente de Negreira ya está casi todo dicho y no deberían quedar dudas al respecto. Es (este post en ese día preciso vuelve a probarlo) el principal elemento propagandístico de la causa independentista catalana. Son buenos en términos de marketing, lo que produce como efecto que ¿millones? de tipos en Argentina, Zimbabue o Tailandia creen ser seguidores de un club que representa a un país sojuzgado por otro, o algo así. La contrapropaganda que nadie hará nunca, pero que si a alguien le importara la verdad alguien debería hacer, debería empezar por lo más cercano: la estupefacción que produce la existencia a octubre de 2025 de señores respetables de Palencia o Cáceres que apasionadamente beben los vientos por un club antiespañol y corrupto hasta el tuétano produce estupefacción, pasmo, incredulidad. Aunque, puestos a poner ejemplos de señores quintaesencialmente españoles, ¿quién mejor que el propio Laporta?
No jodamos: Laporta es el epítome del españolazo. Bromista. Fanfarrón. Tocón. Amante del vino y las mujeres. Acérrimo del buen yantar, sin miedo a las consecuencias de peso y cardiovasculares que esa afición puede acarrear si se ejerce sin medida. Vividor, fatuo, exhibicionista, desacomplejado (“Me gusta ser presidente”, nos suelta desde la portada de Sport, abrazado a una hermosa joven que luce un modelo plateado, como si ambos estuvieran en Broadway o el West End aunque las casi seguras flatulencias del sujeto más bien sugieran topónimos donde la butifarra es componente esencial de la dieta local).
Laporta es un españolazo de pro, no podéis negarlo, no puede negarlo. Cínico, hipócrita hasta el tuétano, como los más conspicuos sepulcros blanqueados carpetovetónicos: es un experto en hacerse el ofendido cuando todo apunta a que el mundo debería ofenderse con él, un maestro en el arte de la picaresca, de la viveza tan puramente española. Es un personaje del Buscón o del Lazarillo de Tormes, paradigmas de clásicos de la literatura de la piel de toro. La honradez del hombre que cuadriplicó el sueldo de Negreira brilla por su ausencia, constituyendo un auténtico personaje del hampa, pero si se lo dices se rasga las vestiduras y se autoproclama depositario de la herencia de unos héroes inexistentes que por lo visto libraron una guerra desigual contra una potencia colonial, o similar. En definitiva, encarna uno a uno todos los defectos del ciudadano español medio, sin contar en cambio con ninguna de sus virtudes.
Os dejamos con el resto de portadas que, como corresponde al parón, son poco inspiradoras.
Pasad un buen día.
Un molesto tranzaco familiar me recluyó en casa casi todo este domingo. Una delicia pasar las horas leyendo, conversando, Verdi, siesta y tal. Lo que mejor hago es no hacer nada y disfruté mucho de eso en este día de España y las Pilares. Bien.
Bueno, se me ocurrió tuitear que había echado de menos a la Flotilla en el desfile de por la Castellana -un día deberá entrar alguna tropa en el Bernabéu, dar la vuelta y salir- y hubo división de opiniones: unos se acordaron de mis padres y otros, de mis hijos.
Hubo incluso quien lo hizo de todos a un tiempo, ¡qué arte!. Sí, sí. También apareció quien recibió bien mi lamento por tal ausencia en día tan señalado. Fue una pena no rendir homenaje a quienes entregaron tiempo, dinero y esfuerzos a aquella noble tarea. A mí me emocionó. Había que decirlo. En fin, que hay gente 'pá tó'.
Y están la tele y la radio, claro. Y en estas, ¡pataplam!, se nos fue Morante, así sin avisar: desde el adiós de Kroos no se ha visto nada igual en Madrid, en el mundo. No se por qué debemos vivir estas cosas, la verdad.
Tele y radio son grandes compañeras y hubo momentos futboleros magníficos como enterarme de que las Islas Feroe, las Islas de las Ovejas, 18 islas son, le ganaron a la República Checa quizá con consecuencias tremendas: tras esta experiencia pueden querer convertirse en Monarquía ídem, y me parecería poco.
Carolina Weir podría jugar un domingo con el equipo femenino y al siguiente con el masculino. ¡Qué tía!
La de Gibraltar fue la única selección ibérica que perdió esta jornada de la insuperable ronda europea de clasificación para el Mundial donde se produce algo extraordinario: si España acabara cuarta de su grupo de cuatro, tendría repesca. A Dios gracias no sucederá. Vamos, recibir a Turquía en noviembre y adiós. Pues eso, que Gibraltar palmó ante la Croacia de Luka pero sólo por 3-0, el último en el minuto 96. España y Portugal ganamos y Andorra empató. De los 12 puntos en liza, Iberia sumó 7. Magnífico.
Vi también un rato del debut del amigo Borja Jiménez en el Sporting con un final que a algunos les recordó aquel Valencia-Real Madrid (2-2) cuando el árbitro Gil Manzano pitó el final justo en el momento en que el cabezazo de Bellingham se estrellaba en la red. Lo recordó, pero no fue lo mismo. El árbitro de ayer estaba de espaldas a la portería sportinguista, ya había pitado cuando entró el posterior remate cántabro.
¿Pudo esperar? O alargar la cosa media hora. La cosa fue que el Racing sacó una falta, despejó un zaguero fuera del área y, al punto, el árbitro se dio la vuelta y pitó. Unos segundos después, segundos, se produjo el tiro-gol visitante. La diferencia con Mestalla es obvia: allí se pitó cuando Gil vio la pelota entrando, no antes. Parecido, sí; igual, no. Aquello es irrepetible e insuperable.
Me di también mi ración madridista. Un rato de las chicas, otro del Castilla y otro más del baloncesto. Esto último fue flipante. Tras meter 34 puntos en el primer cuarto (18-34), el Madrid perdió los tres siguientes y el partido. En el último hizo 19, pero no piquen: los ocho últimos los anotó con todo decidido y el Baskonia cachondeándose. 105-100.
Y así, igual que existe la hipoteca inversa, comprobamos que existe la remontada ídem, pues al Madrid le remontaron 20 puntos. No caigamos en el error de cargar la culpa entera al remontado, los tres cuartos vitorianos fueron excelsos y la mar de buenos para la Liga. Fíjense que horas antes el Lleida tomó el Palau. Los play off dirán y normalmente dirán lo que viene sucediendo, pero es bueno que la Liga Regular regale estos momentos. Y sí, OK: 'Scariolix' hace algunas cosas raras. Y varios de los muchachos, también.
Total, que el baloncesto blanco no quiere ser menos que el fútbol y en este su cambio de guardia hace cosas extrañas. En ambos casos procede darles cuerda, pero ciertas desapariciones pues la verdad... Me pasé por las chicas y vi su triunfo en San Mamés que les sitúa en la segunda posición, o sea líder de los equipos normales. Carolina Weir podría jugar un domingo con el equipo femenino y al siguiente con el masculino. ¡Qué tía!
Y el Castilla le ganó al Pontevedra. Yo le vi tomar el Camp Nou, 0-1 gol del gran Neme y me da no se qué verle ahora. La vida... Acostumbro a ver al filial y la vista se me va en Joan Martínez, el niño central que deslumbró a Ancelotti. Vista su proyección, y las lesiones de la pasada temporada, si no se llega a romper la rodilla -fue el primero- aquel fatídico verano de 2024 habría debutado en el primer equipo hace rato.
Va para jugadorazo y estas cosas las huelo. Ayer se cumplieron 70 años del primer partido de la Copa de Europa en el Bernabéu, 5-0 al Servette de Ginebra, 12 de octubre de 1955. Tenía servidor dos años y medio pero no se me escapó que el 9 de los blancos era tremendo. 'Afedo' le llamaba. Con Vinicius me pasó lo mismo y se me cachondearon incluso más que a él. Fódanse.
Ahora digo que en Joan hay central, la suerte le acompañe. Vamos, que el Martínez-Huijsen se adivina. Eso sí: desde ya les haría dormir entre fotos de Chendo, Pirri, Zoco, Camacho, Hierro, Ramos y el mismo Stielike a ver si se les pega algo. En el baño, justo en la mitad del espejo, una gigante de don Goyo Benito. He dicho.
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El Real Madrid femenino derrotó al Athletic Club (1-4) en su visita al estadio de San Mamés para prolongar su buena dinámica enlazando victorias en Champions y Liga F. Un nuevo doblete de Carolina Weir y sendos tantos de Bella Andersson e Iris Ashley marcaron la diferencia ante unas locales que llegaron a rozar el empate tras un gol de Nerea Nevado.
Después de la borrachera de goles del último enfrentamiento de Liga de Campeones, y con el viaje a la capital de Francia para jugar ante el PSG en el horizonte, el duelo liguero del Real Madrid femenino ante el Athletic Club podría haberse convertido en el clásico partido trampa en el que pinchar. El escenario, San Mamés, era propicio a ello y el desenfado con el que ambos equipos desean actuar en el campo abría la puerta al entretenimiento. Sin embargo, aunque celebraciones hubo de sobra, las sensaciones encontradas de uno y otro equipo sólo pudieron fluir hacia una salida: la goleada del Real Madrid.
El Athletic ha empezado la liga sin conseguir romper la barrera de los empates y, aunque su valentía hace entretenida cada fase del juego, esa misma virtud se convierte en condena ante un equipo superior que puede presentar un once inicial con Sandie Toletti, Caroline Weir, Filippa Angeldahl y Sara Däbritz. Pronto, por medio de las dos primeras, la teoría se hizo práctica. Toletti tuvo tiempo para pensar en el centro del campo con un balón en los pies hasta encontrar el espacio y el momento preciso en el que pasarlo en profundidad a Eva Navarro, de nuevo lateral en funciones. La jugadora de banda, asistente de lujo, mandó el balón bien medido al área y allí apareció Weir para repetir la jugada magistral del otro día ante frente la Roma, pero esta vez con la pierna ‘mala’: control de primeras con la derecha para romper a la defensora y disparo cruzado a la red con la misma pierna.
Sin tiempo para recomponerse, cinco minutos después llegó el 0-2, que durante largo tiempo pareció sentenciar el reparto de los puntos. Sandie Toletti sirvió un córner a media altura al primer palo, donde Bella Andersson acudió decidida a cabecear, y entre los centímetros de la sueca y el cuerpo de Ane Campos el balón acabó en gol sin que Adriana Nanclares tuviese margen de reacción ya dentro de la portería. Desde entonces el Madrid, contento con el guante blanco del partido, apenas tuvo que lidiar con minisustos en forma de disparos a la madera.
Únicamente tras el descanso, y ya bien entrada la segunda parte, dio la sensación de que podían avivarse las llamas de la competitividad. Daniela Agote forzó a Sara Holmgaard en el lateral a empujarla cometiendo falta, hecho que aprovechó Nerea Nevado para ejecutar el clásico golpeo cargado de veneno, a medias entre centro y disparo al palo largo, que fue a parar directo a la meta de Merle Frohms. A un gol de distancia, el equipo bilbaíno encontró el optimismo perdido y se creció gracias a un par de errores en la posesión blanca… hasta que la clase dictó sentencia definitiva tras diez minutos de interés.
weir, La genial futbolista escocesa, después de un comienzo de curso en papel secundario para su estatus y clase, ha recuperado el gol y el liderazgo callado de los genios
Por entonces los cambios poblaban el césped y una fresca Athenea del Castillo aprovechó un buen pase filtrado de Caroline Weir para intentar regatear a Nanclares. No lo consiguió, pero descolocar a la portera fue suficiente para que Weir, esperando en segunda línea, volviese a recibir el balón para chutar muy ajustado hasta encontrar el hueco necesario. La genial futbolista escocesa, después de un comienzo de curso en papel secundario para su estatus y clase, ha recuperado el gol y el liderazgo callado de los genios, hasta el punto de que vuelven a caérsele los goles de los bolsillos como ocurriera en su primera temporada en Madrid, aquella en la que bien mereció cualquier título a mejor futbolista del año.
Sin fuelle, opciones ni esperanza, el Athletic aceptó la rendición y solo quedó tiempo para que la canterana madridista Iris Ashley viera recompensado su tesón con el gol del 1-4, que pudo firmar tras llegar antes que nadie a un balón sin dueño en la mitad de campo local. Una vez superado sin magulladuras el trámite liguero, el Real Madrid deberá recuperar la tensión competitiva que requiere Europa: en Francia espera Olga Carmona y su PSG en estado de caos.
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Es mi deber confesaros antes de iniciar estas líneas que nunca me ha gustado demasiado el fútbol. O, para ser más precisos, nunca lo he entendido del todo. Simplemente veía a once o veintidós tíos corriendo detrás de una pelota, que es más o menos lo que hacía yo cuando lo practicaba. Mucho más divertido de jugar que de ver.
Por eso cuando mi mejor amigo me dijo que íbamos a ver un partido del Madrid aquella noche, alcé las cejas de pura incomprensión y no me quedó más remedio que dejarme convencer por las pizzas que iban a acompañar nuestra velada. Noté que debía de tratarse de un partido importante al percibir la tensión que acompañaba a mi mejor amigo desde el calentamiento de los jugadores. Cada gesto, uña mordida o tembleque de sus pies me indicaban que aquella noche se jugaba algo más que un mero partido de fútbol, aunque yo no lo entendiera muy bien y estuviera más pendiente de la pizza que de la televisión.
Una de las cosas más divertidas de ver un partido junto a él es la inventiva y el fondo de armario léxico del que es capaz de tirar para proferir variados improperios hacia los colegiados, cuidándose mucho de no caer en la repetición de los mismos. Resultaba desconcertante ver a una persona de carácter generalmente tan tranquilo y discreto perder las formas de semejante manera en cuanto se sentaba a ver un mero encuentro deportivo. En esas andaba mi mejor amigo cuando un golazo de Di María lo sacó de su ensañamiento particular, para celebrar conmigo el gol como correspondía. Me gustaba verle así de feliz porque, sin darse cuenta, me iba dejando más pizza de la que me correspondía. Yo, que cuando se trata de ese manjar italiano tiendo a contar rigurosamente los trozos, agradecía en silencio el gesto al equipo vikingo.
El partido avanzaba y el nerviosismo de mi compañero no hacía sino ir en aumento, pues el dominio y las ocasiones del equipo blanco no terminaban de materializarse en el segundo gol. De hecho, a mediados de la segunda parte, el Barcelona conseguía igualar el partido mediante un cabezazo aislado en un córner. Por el afecto que profeso a mi querido amigo, no reproduciré aquí los denuestos que clamó contra el Barcelona, contra Bartra, contra la diosa Fortuna y contra unos cuantos dioses más cuya existencia yo desconocía hasta ese momento.
El partido parecía abocado a la prórroga cuando, de repente, Coentrao sacó bajo presión y de manera magnífica el balón hacia delante, para encontrar a un Bale que tenía ganas de demostrar que aún tenía piernas a esas alturas de partido. El jugador galés se echó el balón largo y comenzó una cabalgada que se antojaba imparable. Algo similar debió pensar Bartra, que, impotente, empujó al jugador blanco fuera del campo. Mi amigo me empujó a mí, absolutamente fuera de sí, y empezó a insultar a Bartra como yo jamás había escuchado insultar a nadie. Sin embargo, a pesar del envite, Bale no se dejó amedrentar y no sólo continuó su carrera por fuera de la banda, sino que además le sacó una buena renta en forma de metros a un Bartra que apenas sí podía con sus piernas.
La ira de mi acompañante transmutó en ese silencio contenido que suele preceder a lo imposible, materializado en un joven galés empeñado en que no bastaba con sacarle del terreno de juego para impedirle hacer el gol que necesitara su equipo en un determinado momento. Encaró con resolución a Pinto y disparó sutilmente con la puntera para colarle el balón por debajo de sus piernas.
Y entonces el mundo se vino abajo por completo. Toda la habitación pareció estallar en un terremoto de júbilo cuando mi mejor amigo, al parecer a coro con el resto del vecindario, se desgañitó cantando aquel gol improbable del galés. Mi amigo casi me retuerce el cuello abrazándome, loco de alegría, mientras yo agitaba mi cola con furia desmedida y ladraba varias veces para demostrarle que yo también estaba tan contenta como él. Nunca he entendido muy bien el fútbol, ya lo saben, pero siempre he sido del Real Madrid. Si un equipo es capaz de despertar en una persona tan calmada y seria como mi mejor amigo tal grado de éxtasis y felicidad como lo hace este club, imaginen entonces no seguir a ese equipo hasta la muerte. Bendito sea ese Real Madrid.
PD: Dedicado a la memoria de mi fiel amiga Luna, compañera de infinitos partidos blancos y víctima de otros tantos abrazos en materia de celebraciones de gol. Gracias por tanto, querida, y hasta siempre.
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Buenos días. La genial, la sublime Diane Keaton se ha muerto en medio de un parón de selecciones. Es como morir en agosto. Un velatorio desangelado y quinientos WhatsApps desde Denia. Honras fúnebres donde el sudor expropia a las lágrimas el monopolio de lo líquido y los desmayos nada tienen que ver con la consternación. Se nos ha ido Diane Keaton y España ganó a Georgia.
El parón es un paréntesis, pero ¿no lo es también la vida? Nos quejamos de ambos paréntesis, cuando lo único que los distingue es que en uno de los dos casos conocemos exactamente la duración del hiato. Que se nos muera Diane Keaton en medio del parón es, pues, como que se nos muera en medio de la vida, que es la única manera de morirse que se conoce. Todo y todos se nos muere en medio de la vida, y más nos vale tener constancia de ello, porque lo contrario supone que el parón finalizó también para nosotros y ya estamos en el Madrid, que es la gloria eterna. El Cielo, el Madrid, pueden esperar. Dejemos de rezongar y agarremos lo que nos viene.
Se nos ha muerto Diane Keaton en medio del parón, con la inevitable carga moral de la fugacidad de todo. Hay que vivir el parón al máximo, aprovechando cada minuto y apurando con avidez cada bocanada de aire. “No quiero ser inmortal a través de mi obra, quiero ser inmortal a través de no morirme”. Lo dijo Woody Allen, de quien Diane fue pareja y musa y a quien nunca dejó de adorar desde el terreno sagrado de la amistad, que es lo que con suerte viene después del parón del amor. Trataron de linchar a Woody y su inspiración luminosa salió públicamente a defenderle, es mi amigo y le creo. El parón son dos días, y hay que hacer brillar mientras dure el honor y la lealtad, no porque después venga el premio del Madrid (que con suerte también), sino precisamente porque son eso, dos días, aunque un engañoso hastío nos comunique a veces un nihilismo pesaroso. El parón es lo que te sucede cuando estás ocupado haciendo otros planes.
Se nos ha muerto Diane Keaton en medio del parón, con la inevitable carga moral de la fugacidad de todo. Hay que vivir el parón al máximo, aprovechando cada minuto y apurando con avidez cada bocanada de aire
A Diane Keaton le ha llegado el final de su parón, y solo nos queda ver Annie Hall una vez más, que si ya era remedio infalible para cualquier fecha FIFA cuánto más lo será para esta, o El Padrino, o Interiores, o Rojos. Diane nos comunicó la extraña posibilidad de que enamorarse fuera una cuestión edificante y alegre, que quizá debería ser el modo en que nos enamoráramos de nuestro equipo, el cual no por ser el mejor de todos los tiempos debería tenernos siempre de mala leche. Se ha muerto Diane Keaton en medio del parón, que es como decir que en medio de un terreno yermo han brotado para siempre la gracia, la clase y otras flores inusuales. La vida, el parón, nos quedan hoy especialmente holgadas, como sus trajes setenteros, corbata inmensa, chaleco andrógino, sonrisa despistada. Se ha muerto Diane Keaton y somos el joven de la fila veintidós, como cantaba Elton John a Marilyn, esperando que acabe este NoDo aciago y empiece el Madrid, por lo menos.
Pero el Madrid, sin Diane Keaton, no va a volver a empezar nunca del todo. El Madrid nunca empieza del todo porque nunca empieza con todos, siempre ha quedado alguien por el camino. Haríamos falta todos para que lo que vuelva fuese de verdad el Madrid. Envejecer (morir) es tal vez ver al Madrid con uno menos, ver al Madrid sin Julio, sin el Rubio, sin Antonio y sin Diane, que era por supuesto una di noi tuviera o no tuviera la menor idea de ello.
Se nos ha muerto Diane Keaton. Nos recogemos con una humildad imponente en nuestros cuarteles de otoño y rezamos a ese sombrero con una devoción desangelada, pronunciando a tal efecto nuestra alabanza más propia, la fórmula mágica en toda plegaria, el dialecto de los ángeles.
Hala Madrid, Diane Hall Keaton. Que Dios te bendiga.
¡Qué tiempos vivimos! Tiempos de igualdad, de paridad, de una simetría casi poética que define el pulso del fútbol español. Los medios, ¡ay los medios!, en su afán por mantenernos al borde del asiento (sobre todo durante los insoportables parones de selecciones), insisten con fervor en la escasísima diferencia, esa "décima" apenas perceptible, que separa a los dos colosos del deporte rey en España: el Real Madrid C.F. y el F.C. Barcelona.
Seamos honestos, no podemos negarlo, desde la más sincera humildad y con el señorío que nos caracteriza, que la afirmación tiene algún fundamento lógico. Si nos detenemos a observar el panorama general, la igualdad es innegable. Las audiencias televisivas, un tira y afloja constante por el liderazgo del share. Las asistencias medias a nuestros templos, el Santiago Bernabéu y el Camp Nou (cuando esté listo en el 2029), serán cifras que se miren de reojo. Los ingresos por marketing y patrocinios, una batalla comercial donde cada euro cuenta. ¡Hasta en la historia fundacional se parecen! Sus fechas de nacimiento, separadas por apenas unos años a finales del siglo XIX, nos recuerdan que, al fin y al cabo, somos dos clubes centenarios, dos hermanos siameses unidos por la misma pasión, por la gloria. Esta maravillosa y democrática paridad invita a la reflexión, a un tributo a la grandeza compartida.
¿O no?
En el Universo Real Madrid siempre hemos sido amantes de la precisión, de la rigurosidad en el detalle. Es parte de nuestra grandeza. Y es precisamente al acercar la lupa donde la dichosa "décima" de diferencia comienza a revelarse no como una unidad de medida, sino como un gran abismo.
Mientras nuestro club, liderado con la visión de un estratega de talla mundial como es Florentino Pérez (y en su momento Santiago Bernabéu) exhibe una estabilidad económica blindada, récord de ingresos y un nuevo estadio que es una joya de la ingeniería, referencia mundial; la otra orilla parece vivir en una montaña rusa de palancas, hipotecas, atrasos y una deuda que asusta al más pintado.
es precisamente al acercar la lupa donde la dichosa "décima" de diferencia comienza a revelarse no como una unidad de medida, sino como un gran abismo
Pero el contraste más hiriente es el que se centra en el liderazgo y el señorío, eso que forma parte de los “valors” y principios. De un lado, la figura de Florentino, el exitoso hombre de negocios, serio, elegante en su porte y comedido en sus declaraciones. Cuando habla Florentino —cada vez menos, eso sí—, todos callan. Su elocuencia es magistral.
Del otro lado, la imagen desdibujada de Jan Laporta, cuyo estilo ha sido calificado por muchos como vulgar, chaborro, con un pasado de peso y legal que lo persigue, y una gestión que lo ha inmiscuido hasta el cuello en asuntos tan graves como el infame caso Barça-Negreira, el mayor escándalo de corrupción deportiva en la historia, que apenas se está comenzando a calentar. Grandes diferencias pues.
En el palmarés meramente deportivo y directo, el único rincón donde el F.C. Barcelona logra una ligera (y dudosa, por demás) superioridad es en la Copa del Rey. Un torneo respetable, histórico, pero que resulta totalmente irónico que el equipo con mayor número de Copas intente opacar la grandeza de esa competición pitando el himno de España en presencia de S.M. el Rey en cada final que juega. Un acto recurrente de descortesía y falta de respeto que nos recuerda que el señorío no se gana solo en el campo, sino en la tribuna. Otra categoría que lidera el club del rinconcito es en el futbol femenino, pero esa historia es tan corta que todavía no entra en los análisis.
A partir de ahí, esa ínfima décima de la que nos quieren convencer se convierte en un verdadero océano de diferencia. En Ligas, el Real Madrid ostenta una ventaja sólida; que sería mucho más sólida si descontamos todas las ligas conseguidas por el Barçita en casi 30 años de corrupción deportiva. En la Copa de Europa/Champions League, el argumento ya pasa de la ironía a la crueldad. ¡Pobres criaturas!
Resulta que estos "condenados a muerte" (Barça dixit) están desde hace más de una década buscando desesperadamente apenas igualar a nuestro queridísimo canterano Nacho en Copas de Europa
Y es aquí donde la paridad se desploma y es cuando todo madridista debe comenzar a sentir el corazón henchido de orgullo y grandeza, es cuando la humildad inicial se hace añicos ante la magnitud de la diferencia. Resulta que esa "décima" de distancia que los medios nos quieren vender, esa paridad que nos obliga a reconocer la igualdad de fuerzas, se desvanece por completo cuando nos percatamos de la verdadera e inconmensurable diferencia que existe entre los dos clubes.
Resulta que estos "condenados a muerte" (Barça dixit) están desde hace más de una década buscando desesperadamente apenas igualar a nuestro queridísimo canterano Nacho en Copas de Europa (Nacho, ¡que sepas que te quiero!).
Concluyo entonces que sí, definitivamente la diferencia sí es una décima, pero no en el sentido que ellos creen. Porque mientras el F.C. Barcelona persigue con una obsesión enfermiza y frustrada conseguir su ansiada sexta Copa de Europa, el Real Madrid ya está compitiendo por alcanzar su “Décimo-sexta”.
Una diferencia de diez, y contando. Y eso, querido lector, es una décima que solo puede explicar la grandeza de la Casa Blanca.
Por eso, en estos tiempos de relatos y campañas de paridad, el madridismo debe estar tranquilo, sentirse siempre en el lado correcto de la historia, y repetir como un mantra que “ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!”.
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