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Carroña para un líder reforzado

Carroña para un líder reforzado

Escrito por: Mario De Las Heras9 abril, 2017
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El pitido madridista es una de esas cosas feas de la vida porque el pitido, como el bajo en una banda, como el contrabajo y los segundos violines en una orquesta, es lo que sustenta un concierto que aquí no se distingue por una voz y una guitarra, o por unos primeros violines y unas flautas, sino por el solo de una afición dantesca.

El Bernabéu a las cuatro de la tarde tiene una sombra que hace un efecto de tener bajado el toldo ondeante, como si no fuera el Bernabéu sino el Coliseo en día de fieras. Las fieras no están sobre la arena que es de yerba. Están en las gradas y sólo quieren sangre. Si no hay sangre no están contentas. Y cuando no están contentas pitan como si destaparan todos los males de su caja de Pandoros.

Luego viene el tuiterío donde el pitido madridista se hace carne, carroña, para que los buitres puedan picotear y picotearse entre ellos. Les encantan esos festines y no perdonan ni un pellejo, nada mínimamente masticable. A mí esto me produce arcadas. Así que yo no pito. Ni mucho menos. Tampoco me inmolo en medio de una tragedia gitana porque un uno a uno entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, por mucho que lo pretenda el Cholo (ese Teobaldo colchonero vestido de enterrador), no es un uno a uno entre los Tarantos y los Zorongos.

El partido fue al principio un anuncio de tónica. El ruido del gas efervescente y cada burbuja un jugador. Sólo burbujas flotantes, ascendentes como el balón en el aire de aquí para allá hasta que se asentó el Madrid y puso los pies (el balón) en la tierra. El balón entonces comenzó a rodar y el Madrid comenzó a tener, entre ataque y ataque, algunas imprecisiones notables que hicieron comprimirse a Zidane como un coche prensado en el desguace mientras Keylor se encargaba de arreglar la casa.

En el travesaño de Keylor se pueden ver apostados cada tarde los buitres que él espanta con humildad cristiana, pero estas aves son pacientes, no se cansan nunca de esperar. Yo si fuera Keylor, en realidad cualquier jugador madridista, me sentiría tan expuesto como en Los Pájaros de Hitchcock. ¿Quién puede ser sublime sobre un terreno de juego amenazado por toda clase de pájaros enloquecidos? Pues estos futbolistas lo son, muchas veces, líderes y campeones de Europa.

Claro que si Raúl al micrófono, Raúl de los Raúles de toda la vida, dice que Carrasco recupera limpiamente tras contemplarse a cámara lenta como el belga arrolla a Carvajal sin contemplaciones mientras el árbitro silba mirando hacia otro lado como los legionarios romanos de Astérix en la frontera con La Galia, nadie debería extrañarse de que ocurran sucesos no deseados como dejar con vida a un equipo tan triste como la celebración final de su entrenador de vuelta a la funeraria.

En el travesaño de Keylor se pueden ver apostados cada tarde los buitres que él espanta con humildad cristiana.

A pesar de todo, alrededor de la media hora de juego, el Madrid podría haber descoyuntado a ese Aleti (de ala) con cuatro o cinco acciones de la BBC. Sí, de la BBC, esas siglas que tantos, por puro capricho y fijación, ven caídas como yo vi caídas tantos años las letras del cine Renoir de la calle Narváez (en cartel estuvo casi un lustro acartonándose Homeboy, con Mickey Rourke), que hoy luce blanco y precioso. He oído decir por ahí a alguno de esos pájaros (estos pájaros hablan, son pájaros parlanchines) que Cristiano jugó maravillosamente bien durante setenta y cinco minutos, pero por los quince restantes habría que haberlo sacrificarlo.

¡Ay, si Bale hubiera convertido ese cabezazo a pase marcelero, o Benzema hubiese rematado sólo unos centimetros más a la izquierda de Oblak (Oblak ayer no paró ninguna sino que todos los balones le dieron en el cuerpo) tras la dejada cabecera de Cristiano! No habría comida hoy para nuestras aves favoritas, no al menos aquí, pero sí estarían contentas por el olor a sangre, por la victoria que no pudo ser y que de haberse dado hubiera sido una obra firmada por esas siglas.

Las amarillas del Aleti son como las rojas de Mascherano: un mito. Y la realidad fue la amarilla a Casemiro que condicionó a partir del minuto treinta y seis la línea Maginot del Madrid. Savic (que lanzó unas bolachas a los pies de Cristiano, luego le metió el codo en el hígado y terminó rematándolo con un piolet en el coleto) y Saúl convertidos en hadas cuyo resplandor repele las sanciones arbitrales. Así hasta yo, que suelo ser comedido, me hincho a patadones. Barra libre de patadón y Casemiro con amarilla.

Las amarillas del Aleti son como las rojas de Mascherano: un mito.

Fíjense si son o no importantes estas cosas fantásticas que la primera vez que se rompió el hechizo en Saúl y el árbitro vio su mano significó el gol del Madrid, el gol de Pepe, quien según Raúl, el Raúl de los Raúles de toda la vida, estaba "demasiado solo" cuando sólo faltaba defendiendo en ese Aleti el Mono Burgos (que cada vez parece más un vendedor ambulante de merchandising colchonero con todo el género encima), Gil Marín y el doctor Villalón.

Después Keylor volvió a aparecer ante Torres. Keylor el que tiene la portería como el hilo del telégrafo al paso de las caravanas por el desierto de sal en mil ochocientos ochenta. Aquí daba la sensación de que el Aleti ya tenía que estar barrido, recogido y en la papelera y sin embargo todo ese polvo andaba aún haciendo remolinos con el rampante uno a cero que le decía a esos envidiosos que vinieran como las sirenas a Ulises.

A mí aún me duele la cornada de Kroos a Pepe, que tiene dos costillas rotas. Salió Nacho por el portugués. Y luego Isco por el alemán y Lucas por Bale. Al parecer lo segundo fue una blasfemia de Zizú. Zizú dijo Jehová y ya saben. Por decir Jehová es porque Correa, sublimado por la locución (Valdano, de los Valdanos de toda la vida, Raúl, de los Raúles de toda la vida y un no identificado por mí señor con acento catalán empeñado en llamarle Casimiro a Casemiro) le dio un buen pase a Griezmann que marcó porque el francés es un delantero de primera categoría.

Lo mejor a veces es llamar a las cosas por su nombre. En el deporte, si vamos a suponer que el fúrgol es un deporte, viene bien de vez en cuando. Si un contendiente no aprovecha sus ocasiones, cabe la posiblidad de que el rival se aproveche precisamente de ese no aprovechamiento. Entra dentro de lo razonable y no de lo deshuesable. Hablamos de la práctica de una disciplina de primer nivel. Ponerse a despotricar el aficionado, a liberarse como asalvajado, en cambio, es lo anormal rizosamente normalizado. Como si todas esas figuras, no las contrarias sino las propias que es lo mejor del asunto, lo fueran de caseta de feria para dispararlas con un vaso de calimocho en la mano izquierda.

El partido terminó con ese uno a uno ignominioso, aberrante, delictivo, pero miren por donde ese resultado por el que algunos asaltarían las oficinas del Bernabéu como la Bastilla (sin soltar, naturalmente, el vaso de calimocho) ha terminado por ser un triunfo porque el Madrid seguía jugando hasta las once de la noche en Málaga, donde se obró el milagro, que no es que el Barcelona perdiera (perdió porque el local, de Míchel, Míchel, Míchel campeoón, campeooón, campe-o-o-ón fue mejor) sino que un jugador del Barcelona, el arlequín Neymar, fuera expulsado. Un punto más de ventaja (con todo lo que eso significa: veo a un Zidane con la sonrisa radiante y parando las balas como Keanu Reeves al final de Matrix) y un partido menos. Hoy a algunos su propio pitido les habrá estado sonando por dentro, inclemente, durante toda la noche.