La Galerna

83-75: Llull se aparece dos veces

Ustedes pueden pintar el partido que quieran, el que sea, que dará igual, porque siempre aparecerá Sergio Llull para resolverlo. Puede ser una noche plácida, que él allanará más el camino; puede ser un día más en la oficina, que él fichará y resolverá con nota la jornada laboral; puede ser una velada donde se exija un paso adelante, que él lo habrá dado ya antes de que todo comience. O puede ser un día entrampado, lleno de imprecisiones, que él acudirá al rescate no una, sino dos veces.

El Madrid triunfó en su primera asalto de los cuartos de final de la Euroliga ante el Darussafaka Dogus (83-75), un plantel que lo único que trajo consigo como peor equipo de los ocho clasificados para los playoffs fue precisamente eso, su octava posición.

A estas alturas es imposible sorprenderse porque una escuadra de Euroliga, de esta Euroliga, te ponga en apuros. Y más si lo hace cuando está en juego el acceso a una Final Four. El Darussafaka Dogus, comandado por un Brad Wanamaker estelar, como era igualmente esperado, le complicó muchísimo la existencia al Real Madrid, que durante los primeros compases del encuentro dio la sensación de no estar preparado para sufrir tanto. Hundido en sus imprecisiones, con errores más propios de partidos de menos postín que de unos cuartos de final de la Euroliga, los hombres de Laso sucumbieron al arranque turco, comandando por el talento de Wanamaker y por los puntos de Luke Harangody. Entre los dos sumaron 15 tantos en los primeros 10 minutos. David Blatt, veterano general en estas lides, había ganado el primer pulso al Madrid. El Palacio echaba de menos a Llull.

El 16-24 con el que se dio inicio al segundo parcial habría sido poco alentador de no ser porque el que iba por debajo era el Real Madrid, con todo el peso que eso supone. Una plantilla así, tan bien engrasada y estructurada, puede resolver un mal trago con algunos minutos continuados de finura. Sin embargo, conforme se acercaba el descanso, no había noticias de un Madrid dinámico, solvente en la pista. Nada de eso.

Llull, primera vez

Hasta que se apareció Sergio Llull, con ese halo divino que ostentan sólo los elegidos. Él lo es. Dos triples seguidos suyos al filo del descanso pusieron las cosas en orden (36-37). Vaivén superado, la ventaja rival prácticamente engujada y el partido en un nuevo escenario. Es muy diferente irse con 30-37 que con 36-37, mucho más de lo que pueda decir el marcador. Es como si el Madrid, antes de reaccionar del todo después del intermedio, hubiera avanzado un poquito antes. Como el alumno bueno que un día no estudia lo que debe y, antes de irse a la cama para el atracón final del día siguiente, coloca los apuntes, despeja la mesa de estudio y toma algunas notas. En ese momento sabe, el Madrid lo sabía, que para aprobar había que echarle brega, pero que el fantasma del suspenso se había disipado.

Vuelven los terceros cuartos de Draper

Hace un tiempo, en su primera etapa en el Real Madrid, Dontaye Draper era el hombre de los terceros cuartos. Un especialista total en este periodo, capaz de jugar sólo esos diez minutos y de ser de lo más solvente del equipo. Ante el Darussafaka, con un triple nada más comenzar el tercer round y una intensidad defensiva que nubló las ideas de los de Blatt, Draper recuperó el papel de antaño. Y todos, los que le vimos en aquellos días y los que le extrañamos en la final de Milán, rejuvenecimos un poquito.

El trabajo atrás del de Baltimore fue secundado arriba por Gustavo Ayón, más Titán que nunca con una producción ofensiva que no fue extrañada por el Madrid hasta ese momento merced a la primera mitad de Othello Hunter. Seguramente, y no sólo me refiero a los números, con Hunter nos hallemos ante una de las piezas más rentables por minuto que ha tenido el Madrid en el último lustro. Digamos que es una versión mejorada y más completa de Marcus Slaughter, esta noche en el otro bando.

Llull se aparece por segunda vez

A todo esto, Llull había seguido a lo suyo en el tercer cuarto. Seis puntitos más y el Madrid 61-53. ¿Fin? Para nada. Nunca en baloncesto 8 puntos son renta suficiente con diez minutos por jugar. A pesar del 25-16 del tercer cuarto de los merengues, el Darussafaka fue la peor de las garrapatas, siempre a rueda del Madrid, sin irse del todo. ¿A Wanamaker le dejaban un centímetro, una décima de segundo para armar el tiro? Canasta. Hubo un instante del partido en que el estadounidense se comió a Carroll y a Ayón, de manera consecutiva. Antes, Draper (+14 con él en pista para el Madrid) sí logró frenarlo.

Sudaba el Madrid, que precisamente había encontrado Jaycee su vía de aire. Dos triples del dorsal 20, su estreno anotador en el partido, fueron la vía de aire que encontró el Madrid. La clave de tener una plantilla tan compensada es que siempre alguien, en algún instante, te va a permitir acelerar. Y antes de que Llull pisara el embrague para cambiar la marcha, Carroll estuvo allí.

Entonces sí, Llull se apareció, si es que alguna vez se había ido, por segunda vez. Como ese salvador que llega para decir que aquí está él, que tranquilos, que si las cosas han ido bien, no van a terminar mal. Redujo dos acercamientos dramáticos del Darussafaka con el aplomo de los jugadores destinados a mandar. Pidió la bola y sólo jugó él. Sacó falta y metió un triple. Y allí murió el Darussafaka, boqueando, seguramente capaz de entender que unas buenas prestaciones en la capital no son suficientes, ni de cerca, para doblegar al Real Madrid. Y anidará en ellos esa sensación de que, por mucho que lo intenten, en algún momento Llull hará de las suyas. Y no lo podrán parar. Bendita rutina de un jugador que quiere seguir dominando Europa. El viernes, más.

 

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