Primer aniversario de La Galerna. Crónica de una celebración

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Uno puede confundir a Rafael Moreno por la calle con un rockero hasta que vuelve a mirarle y le suena de algo que no es la música. Pero al final es por la música. Rafael Moreno iba caminando por la calle Juan Ramón Jiménez como por el Foro de Roma, como contando piedras madridistas e imaginando mocitas de todas las épocas con un ritmo isleño y al mismo tiempo senatorial, un ritmo filosofal de túnica y sandalias. Allí le dejé continuar hasta el undécimo, que era la escena de nuestro cuento, mientras le imaginaba cantando mentalmente: I need to be Heidegger/I can’t be no one else/ I’m feeling supersonic

Luego seguí sus pasos y me encontré con Jesús Bengoechea y Ramón Álvarez de Mon. Hablaban con otras dos personas a las que Jesús me presentó apartándose, como abriendo un telón, con una pregunta alevosa, retórica y malvada: “¿Conoces a Paco Gento?”, tras lo que no recuerdo nada. Es posible que empezase a hacer muecas extrañas. Puede que me desmayara. Quizá entoné una bulería o hice una reverencia de baile decimonónico, o comenzase a emitir extraños sonidos guturales. Cabe la posibilidad de que llegara al restaurante haciendo invariablemente el salto de la rana, pero el caso es que, cuando desperté, me hallé sentado a una mesa cuadrada rodeado de galernautas y sí, allí enfrente estaba Paco Gento.

Jesús Bengoechea lo tiene todo pensado y nos trajo a La Galerna en el primer aniversario de su criatura (en realidad fue Diosa Maracaná la erreerrepepé, la conseguidora) para poder manejarnos a su antojo, porque en aquella mesa, de pronto, ya no había galernautas, esos supuestos hombres mitológicos, sino un puñado de Azarías casi haciéndose pis en las manos, qué guarrería, y diciendo con los ojos: “Milana Bonita”. Sí que es bonito Paco Gento. Qué tío. Don Paco tiene el rostro de dique sardinero que aún contiene las olas como el primer día. Ellas rebotan suaves, ya entregadas, y sus respuestas llevan el susurro de la espuma. Allí el pobre galernauta, el genérico, trataba de sobreponerse, de hacer honor a su fama, pero tan sólo podía musitar: “Milana Bonita…” con una risa babeante, incontinente, una risa con la que Jesús, nuestro señor, maquinaba sustraernos el alma.

Galerna

Manuel Matamoros llegó tarde y nos despertó del ensueño. Si Paco Gento nos pudo contar todo desde dentro, Manuel nos lo contó desde fuera. El madridismo de Manuel es como la afición de mi padre. Manuel dice que de niño hacía alpinismo en las gradas del Bernabéu como mi padre en las de Las Ventas, que acababa viendo los toros sobre el tejado de las puerta de la enfermería. Manuel debe de haber visto el fútbol de todas las formas posibles desde ese graderío, porque habla del Madrid como aquel “Jefe” de Salinger les contaba por capítulos al Club de los Comanches la historia de ‘El Hombre que ríe’. A estos más o menos quedamos reducidos esos galernautas que acudían al aniversario con sus uniformes de gala, unos niños neoyorquinos soñadores, unos comanches, a los que dirigía el Jefe a través de Central Park.

Cuando José María Faerna sacó su pipa (allí, en aquel escenario Undécimo ¡se podía fumar!) yo me creí que ya habíamos saltado a otra época. Nada anormal, por otro lado. Aquello era un cafetín de París en primavera y José María aquel pintor, Pascin, que le ofrecía elegante al joven Hemingway una copa y a una de sus dos jóvenes acompañantes. José María cuando habla tiene esa preciosa cualidad de parecer estar ofreciéndote una bella dama como quien ofrece un objeto que naturalmente cualquier galernauta rechazaría; no así una anécdota de don Paco, sicalípticos, viciosos individuos con la líbido descontrolada por una batalla del más grande campeón del balompié, al que su hijo, Paco, observaba casi con lágrimas en los ojos satisfacer la curiosidad de esos niños. Su padre, su héroe. Cuánta grandeza en aquel rincón de Chamartín. Qué alborozo cuando don Paco contó que el público antiguo era terrible, y que las mujeres sacaban los paraguas para enganchar a los jugadores. O cuando se acordó de los aviones de hélices en los que viajaban a América durante treinta y seis horas y otras treinta y seis escalas.

Luego La Galerna se marchó porque hoy salía pronto para Milán a traernos la Undécima, y nos quedamos con el viento de poniente de Manuel (que acariciaba los apuntes siempre precisos de Jorgeneo y se batía en duelo con Paul Tenorio en una calle adoquinada de Madrid), bajo el que el galernarismo ya tornó su modo contemplativo en aquella reunión de los capos neoyorquinos (de niños a capos) para parar la guerra de famiglias (Sambo y Diosa Maracaná me contaron el origen de los tiempos) durante treinta y seis horas y treinta y seis escalas. O eso pareció. Allí se vio el abrazo de Tattaglia y Corleone (Pablo y Alejandro, dos lectores invitados, osaron vituperar a Benzema mientras Nacho Faerna y un servidor casi desenfundamos la espada). ¡Manuel daba mientras puñetazos en la mesa! hasta que acabamos la noche en la taberna de los marineros, bebiendo ron en forma de cócteles modernos bajo la carcajada ruidosa de Andrés, ¡y la de John Falstaff!, risotadas que hoy ya viajan hacia la Lombardía con el eco.

4 COMENTARIOS

  1. Madre mía, “reunión de pastores, oveja muerta”. Ahí se parió lo del señor Diego Torres y Segurola, ¿verdá, verdá? Ja, ja, ja.

    Fuera de coñas, si no es porque un día me topé con Matamoros en uno de los programas del antimadridista financiado por todos Luis Rivero, todavía seguiría informándome sobre el RM en la prensa amiga a mi pesar.

    Por él supe de Richard Dees y Primavera Blanca y encontré un montón de tuiteros muy bien informados sobre el club. Así que, definitivamente, abandoné los medios tradicionales para informarme, con lo que me ahorré un buen puñado de malestares casi físicos que son los que me impulsaron en realidad a buscar nuevas fuentes de información en su día.

    ¡Viva Gento, coño ya! LOL

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