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La Undécima a subasta

La Undécima a subasta

Escrito por: Fred Gwynne28 mayo, 2016
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Como todos los días que había subasta se vistió con sus mejores prendas. Abrió el armario de su vestidor, cogió su traje más preciado (el que había usado para su boda y que gracias a sus maratones seguía sentándole como un guante), una corbata a juego y sus eternas zapatillas blancas. Se situó frente a un espejo de cuerpo entero y se engalanó lentamente, sonriéndose pillín, picaruelo, sabiendo que con ese look 90’s style no tenía rival. Con él se sentía un VIP noche, un depredador, un Favila listo para pujar al ritmo del mazo.

Llegó, como siempre era su costumbre, un par de horas antes del comienzo. Le gustaba ser el primero y si para ello tenía que madrugar (a pesar del incómodo duermevela en el que se pasaba aquellas horribles noches) lo hacía con gusto. Solo pensar en el placer que le iba a deparar ganar aquella puja hacía que saltase de la cama como un resorte.

Cuando se iba acercando a la sala por aquel largo pasillo que tantas veces había recorrido, empezó a oír murmullos y voces y se temió lo peor. Abrió la puerta lentamente y muy a su pesar se encontró con que ya estaba llena. Maldijo su suerte, buscó un hueco libre y se sentó casi al fondo de la estancia entre un italiano y un alemán que le hicieron sitio a regañadientes. Se lo tenía que haber imaginado, debía haber supuesto que a pocos días del partido que iba a marcar toda la temporada no faltaría nadie a la cita, y efectivamente, allí estaban todos, los de siempre, los de toda la vida y los nuevos, los que se habían sumado al grupo en los últimos años y los que llevaban allí prácticamente desde su nacimiento. Allí estaban todos. Con sus caras de ansiedad, con su dolor a cuestas, con ese peso que les obligaba a consolarse mutuamente, a maldecir en familia, a blasfemar... Cualquier cosa con tal de no pasar una eterna noche en vela en la soledad de sus casas.

Desgraciadamente era un grupo que no paraba de crecer y crecer. Cada vez costaba más llevarse el lote y aunque tenía tiempo de sobra para repasar su puja siempre prefería hacerlo en silencio, sin interferencias y sin tener que ver las agónicas caras de sus compañeros. Había pensado empezar pujando a la baja, con cuatro o cinco Gamper. Si la cosa se complicaba...

El tiempo pasó perezoso, indolente, con esa calma que precede la batalla y que no es más que un preludio del desenfreno que se iba a desatar en pocos minutos. Paseó la vista por la sala y reconoció una vez más el sufrimiento de tantos y tantos días. A muchos, después de perder varias subastas a lo largo de toda la Champions, y con la tensión acumulada por su desenlace, les resbalaban gruesas gotas de sudor que nerviosamente, con una especie de tic aprendido a lo largo de los años, se secaban dando pequeños golpecitos con sus pañuelos en la frente. Otros se habían levantado y caminaban como felinos enjaulados, como si un ángel exterminador estuviese a punto de acabar con su esperanza y fuesen incapaces de escapar de aquel recinto. Caminaban arriba y abajo, abajo y arriba, zapateando ora rabiosos, ora esperanzados. A veces se paraban, miraban fijamente la tarima donde iban a colocar la copa, murmuraban algún insulto entre dientes y continuaban su peregrinación hacia ninguna parte.

Había un grupo de conocidos periodistas en una esquina que vociferaban como si estuviesen en una tertulia. Sus cabezas eran grandes y vestían bufandas y pijamas de colores. Cerca de la puerta un arzobispo y una monja estaban apoyados contra la pared, mirando al techo, concentrados, ajenos al bullicio. Movían los labios casi al unísono, siguiendo el compás de una invisible oración que obrase el milagro que tanto anhelaban. Había políticos de diferentes signos, jugadores, jueces, presidentes, árbitros, banqueros, actores, parejas de novios, príncipes, deportistas de todo tipo, curiosos...

A las nueve en punto de la mañana una pesada y chirriante puerta de madera se abrió en el fondo de la sala y un par de elegante ujieres aparecieron con la brillante copa en sus manos. Después de caminar unos sincronizados pasos agarrando cada uno de ellos el trofeo por su asa correspondiente llegaron hasta una tarima y colocaron con cierta dificultad la copa en ella. A continuación le hicieron una pequeña reverencia, otra al público, y se marcharon por donde habían venido. Cinco minutos más tarde, y ya con la sala en completo silencio, se volvió a abrir la puerta. Un hombre de unos 65 años, delgado, con el pelo canoso y un poco desaliñado entró con paso firme y se colocó directamente al lado de la copa.

- Ahora lote número uno, cero, nueve del catálogo: la Undécima. Obra maestra del siglo XXI. Obra capaz de prestigiar cualquier museo. Inicien sus ofertas. ¿Cuánto para empezar?

- Ofrezco cuatro Gamper –dijo levantándose el hombre de las zapatillas blancas.

- El Barcelona ofrece cuatro Gamper. ¿Alguien da más para que el Madrid no gane la Champions?

- Yo ofrezco un puesto en mi tertulia, un autógrafo de Cappa y una camiseta firmada por Se...

- ¡Cuatro Gamper y dos Recopas!

- El Barcelona sube a cuatro Gamper y dos Recopas. ¿Alguna puja más?

- ¡Cinco Europa Leagues! ¡Cinco!

- Señores, el Sevilla ofrece cinco Europa Leagues. Gracias. ¿Suben a seis? ¿Nadie dice seis?

- ...

- Cinco Europa Leagues a la una, cinco Europa Leagues a las dos, última vez, cinco Europa Leagues a las...

- ¡Mi báculo! Ofrezco báculo, mitra y una misa por el eterno descanso de no verles ganar la Undécima.

- ¡Eso no vale, boludo! –gritó desesperada la monja. Ahí no puedo competir. Ofrezco nacionalizarme catalana, olvidarme del tango y aprender a bailar la sardana.

- Ofrecen un báculo, una mitra y una misa, ¿alguien da más?

- Una Liga, cuatro Gamper y dos Recopas.

- Tenemos una Liga, cuatro Gamper y dos Recopas. Antes de continuar con la subasta les rogaría que mirasen detenidamente este precioso trofeo que se encuentra a mi lado y piensen una vez más en el lacerante dolor que va a acarrearles que el Real Madrid lo levante. Les recuerdo que es la Undécima. Repito, la Undécima. Piénsenlo y obren en consecuencia. Continuemos con la subasta. ¿Alguna nueva puja?

- ¡El Mundial de Sudáfrica!

- Señoras y señores, tenemos un excelente Mundial. ¿No hay mejor postor? Un Mundial a la una... un Mundial a las dos... un Mundial a las...

- ¡Un puesto en la Federación!

- ¡Ohhhhhhhhhh!

Un murmullo de admiración se extendió por la sala. Varios se levantaron, agacharon la cabeza y salieron en fila india rumiando su derrota.

- Cuatro Ligas, dos Copas del Rey, diez del Generalísimo y el nuevo San Mamés –gritó un señor de la primera fila ataviado con una enorme txapela.

- ¡Veinticinco penaltis a favor, catorce expulsados y un silbato de plata y oro! –dijo un jovenzuelo vestido de negro.

- ¡Árbitro, cabrón!

- ¡Tu p... madre!

- ¡La tuya!

- Señores, haya paz. Les ruego guarden la compostura. Sigan pujando, por favor.

- ¡Porca puttana! Abbiamo sette ¡Un yate! ¡Offro una bella barca sul Lago di Como!

- ¡Una moto GP!

- ¡Unas pajillas!

- ¡Mi escaño! ¡Juntos podemos! ¡La Copa pal pueblo!

- ¡Señores! tranquilos, por favor, de uno en uno. Respeten su turno. Continúen. Teníamos un escaño en el Parlamento. ¿Quién da más?

- Una Champions. Ofrezco una Champions.

- Perdone. señor, pero siendo del Atlético de Madrid lamento comunicarle que no puede ofrecer ninguna Champions.

- Es que ofrezco la de este año. Es a crédito. Nos deben una.

- Lo siento, de verdad que lo siento. Solo aceptamos Champions contantes y sonantes.

- ¡Mierda!

- ¿Puedo pedir respetuosamente al caballero que se atenga a las normas establecidas, por favor? Gracias. Sigamos con la subasta.

- ¡Las Fallas del año que viene! –dijo uno intentando prender con un mechero y un bote de colonia el asiento que ocupaba.

- Las Fallas. Bien. Una gran oferta. Tenemos unas preciosas y entrañables fiestas populares. ¿Alguna puja más?

- ¡La Masía!

- La Masía. Excelentes instalaciones, sí señor. ¿Alguien da más? ¿Alguna puja superior?

- ...

- La Masía a la una, la Masía a las dos...

- ¡Un carnet de entrenador español! ¡Homologado!

- Total para lo que te va a servir en segunda... –dijo uno riéndose a sus espaldas.

- A ver, ¿quién ha dicho eso?

- El de la COPE. Ha sido el de la COPE...

- Repite eso, venga, repite eso si eres hombre...

- Señores, haya paz. ¡Señoreeeeeeeeees!. ¡SEÑORES! ¡POR FAVOR!

¡POW! ¡BAMM! ¡CRASH! ¡PLAFFFF!

- Una Liga, cuatro Co...

¡BOOM! ¡RATATATATA!

- Un tráiler de sidra y caCHOPOS.

- ¡La mesa de RAC1!

- ¡SEÑOOOOOOORES! ¡PAREN YA! ¡SEÑOOOOORES!

- ¡IMBÉCIL!

- Mis comisiones, la cuenta en negro de SUIZAAAAA...

-¡La Masía, el estilo y LOS VALOOOORES!

- ¡MÉTETELOS POR EL CULO!

- ¡PAYASO!

- ¡UNA LIGA PELIGRO...

¡CRASH! ¡BOOM! ¡AIEEEE!

En aquel momento, y en plena pelea multitudinaria, una figura alta y estilizada vestida con un elegante abrigo abrió la puerta de la sala y se acercó lentamente a la tarima. Según iba aproximándose los destellos de la Copa empezaron a reflejarse en su calva limpia y reluciente. Cuando la tuvo al alcance de sus manos la abrazó con amor y empezó a caminar hacia la puerta de salida silbando quedamente un precioso himno. Nadie se había dado cuenta y, si todo salía según lo previsto, en pocos días la Undécima estaría a buen recaudo acompañada de sus otras diez hermanas.

Estaba intentando abrir la puerta cuando oyó un fuerte grito a sus espaldas. Entonces, instintivamente, se tocó el pequeño escudo que llevaba en su abrigo, lanzó la copa al aire, hizo un par de ruletas como si fuese un bailarín del Bolshoi y, justo antes de que el trofeo tocase el suelo, la remató con una increíble volea y salió corriendo detrás de ella hacia la luz del sol.

- ¡ES ZIDAAAAAAAAAAAAAANE! ¡SE LLEVA LA UNDÉCIMA! ¡COGEEEEEEDLE!

zinedine champions