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Zidane y los falsos culpables

Zidane y los falsos culpables

Escrito por: Jorge Garcia Vela22 marzo, 2016
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Si tienes jugadores de mucha calidad, tendrás un buen equipo, pero un equipo que quiera marcar una época o ser el mejor del mundo lo que tiene que tener es carácter, el ingrediente imprescindible.

En la mediocre película Oxford Blues (Robert Boris, 1984), donde un joven Rob Lowe, entre ligue y ligue, se dedica a las carreras de remo, se hace una interesante reflexión con la que siempre he estado de acuerdo, que me han inculcado mis educadores y que además oigo a muchos madridistas, especialmente cuando ven a sus jugadores holgazanear sin sacar partido a su extraordinaria calidad.

Allí, en la mencionada película, un entrenador le explica al protagonista la diferencia entre los arranques de genio y el verdadero carácter. “Carácter. Él lo tiene y tú no. Tú sólo tienes un poco de mal genio”. Eso le espeta el entrenador al guapo Lowe.

Esto, y no otra cosa, es lo que ocurre en el vestuario del Real Madrid y lo que se han encontrado los distintos entrenadores que por allí han pasado, incluyendo, evidentemente, al actual, Zinedine Zidane.

Un bofetón de realidad, el genio ocasional, la rabia por reacción, chocando con el carácter verdadero de un equipo campeón. El ejemplo paradigmático lo tenemos en un jugador de la primera plantilla: Sergio Ramos. La frase que más se recita en relación a Ramos es que “es el mejor central del mundo… cuando está enchufado”. Esta frase ha sido, es y será el signo inequívoco de la falta de carácter y va como anillo al dedo a numerosos jugadores de los que han pasado por el Madrid. En los últimos cuatro años Sergio Ramos sólo ha estado “enchufado” en el último tercio de la temporada de la Décima.

¿Puede ganar este equipo? Por supuesto que puede ganar, tienen calidad a raudales y cuando fueron dirigidos por un entrenador que creó un microclima ficticio de competitividad y fueron todos a una, en parte por venir de recibir humillaciones del rival directo en los años anteriores, demostraron que podían ser los mejores. Pero eran arranques de genio, y se demostró por qué la constancia procede del carácter. A ellos les duró un año más tras la marcha de Mourinho, enrabietados como estaban(¿cómo olvidar aquel partido de pretemporada contra el Chelsea donde celebraron los goles con la misma intensidad que los de la Décima que lograrían meses después?).

¿Cuál es la excusa este año? Con Mourinho corrieron como leones dos años, pero al tercero, una vez conquistada la Liga de los récords, comenzaron los problemas: un entrenador que pedía exigencia y unos jugadores que se molestaban por ello. Llegó Ancelotti y el consabido año de rebeldía, donde en la parte final de la temporada se dejaron llevar, no se fuera a lesionar alguien y se perdiera la final de Champions, dejando ir una Liga que estaba ganada. Al año siguiente se echó la culpa a las rotaciones, motivo por el que estaban muy cansados… en el mes de enero. Este año estaban cansados desde el principio, a pesar de contar con un entrenador muy exigente en lo físico y de que las rotaciones se han hecho en abundancia… ¿Qué hacemos? ¿Rotamos o no?

¿Y las lesiones? La gran mayoría musculares. De nuevo fue con Mourinho donde estas nos acabaron respetando algo más, pero llevamos años sufriendo una plaga inaudita y asombrosa de lesiones con todo tipo de entrenadores, lo que nos lleva a preguntarnos por la ética individual de los propios futbolistas a la hora de entrenar. Es cómodo hacer rondos, pero cuando la cosa exige algo más, lo que queda es cómo te has esforzado en la ejecución de los ejercicios. Llama más la atención este aspecto cuando vemos a jugadores como Cristiano Ronaldo, un profesional excelso que es un obseso del entrenamiento, que no tiene ni una sola lesión muscular.

Este mismo año avisé, incluso antes de que llegara, de que los primeros partidos con el nuevo entrenador, fuera el que fuera tras la destitución de Benítez, serían de frenesí entusiasta y engañoso, que hasta que no pasaran mínimo diez encuentros, rivales más potentes y salidas a domicilio, las emociones debían atenuarse. Son los arranques de rebeldía, de mal genio, de un equipo sin carácter, que cuando debe mostrar constancia se ve incapaz. Así se gana una de las últimas ocho competiciones ligueras, así nos amenaza el cuarto año en blanco en los últimos siete.

¿Qué decir de la comparativa con el equipo de baloncesto? Resulta desoladora. Los jugadores de baloncesto ganarán o perderán, pero el aficionado reconoce en ellos las esencias clásicas del club, donde se da todo hasta el final y donde cuesta encontrar a alguno que no sea un líder potencial. Lo mismo ocurre con los vecinos culés, que lo han ganado todo pero no se han cansado de ganar, y aunque con todo a favor desde todos los ámbitos, son un equipo tremendamente competitivo.

Cuando todos los entrenadores que pasan por este banquillo en los últimos tiempos acaban pidiendo más intensidad, no es raro pensar que quizá no trabajan ni se sacrifican como deberían, porque no creo que entrenadores de la talla de Mourinho, Ancelotti, Benitez y ahora Zidane, sean todos inútiles.

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Desde los 90, los medios de comunicación han atacado a los entrenadores del Real Madrid porque esa presa suponía la perfecta demostración de poder, ambición que se mantiene vigente. La afición pronto compró este discurso como modus operandi, focalizando en la figura del técnico todos los males que acontecen en un equipo, imitándolo con pasión en la actualidad. Antic porque no jugaba bien aunque iba primero, Heynckes porque no se hacía con el vestuario, Capello por aburrido, Floro por falta de prestigio, Del Bosque por falta de carácter, Mourinho por exceso de carácter, Benítez por orondo y defensivo, Ancelotti por pacificador… Hiddink, Arsenio Iglesias, Schuster, Luxemburgo, Camacho, Pellegrini… Ninguno vale, aunque antes de venir fueran excelentes.

¿Es la prensa la que dice esas cosas? Pues sí, pero no sólo ella. La afición, que pide proyectos estables, se lanza al cuello del entrenador que no sacia sus apetencias o gustos, y repite el mismo mantra que leemos y oímos en los medios. Ahora toca Zidane, el novato, como lo eran recientes entrenadores culés, pero es algo sólo a tener en cuenta en el banquillo madridista, por donde han pasado los más experimentados, los más ganadores, los más serios, los más amables, exjugadores poco exitosos o muy exitosos… Da lo mismo, ninguno vale. Los que siempre se salen de rositas son los jugadores. Es la misma mentira de los jugadores año tras año. Una plantilla sin alma que necesita una renovación imperiosa. Dejemos ya de aplaudir este hitchcockiano aquelarre contra los falsos culpables, los entrenadores.

Zinedine Zidane sí tiene carácter. Recuperé mi idolatría futbolera gracias a él, la admiración incondicional por un jugador por el que me pegaba a la pantalla para contemplar sus acciones embelesado, que compensaba un partido aburrido por sus controles, por un gesto, un regate, un toque o un pase, que me hacía buscar los resúmenes para deleitarme nuevamente, para que el entusiasmo me bañara por tenerle en mi Real Madrid dando su máximo rendimiento para traernos la Novena… Por todo ello tengo una réplica de su figura, en buen tamaño, en mi escritorio.

Su figura aglutina a casi todo el madridismo, entregado a él y a su recuerdo, lo que lo ha convertido en una especie de opción de consenso para el banquillo.

No han faltado las dudas y los “peros” por su inexperiencia, esa que no ha pesado a Guardiola, Luis Enrique o el tristemente desaparecido Tito Vilanova en el Barcelona. No pesó porque se encontraron con un equipo competitivo y libertad de acción, con unos capitanes entregados a la causa. Zidane no tiene el mismo panorama y lo que ocurra este verano será determinante para su futuro.

El carácter de Zidane no está en su cabezazo a Materazzi ni en las diversas expulsiones que sufrió a lo largo de su carrera, sino en su decisivo rendimiento en los momentos más importantes y necesarios. El francés aparecía siempre cuando se le necesitaba, siendo pieza esencial en las finales que ganó. No era un jugador que marcara muchos goles, pero si había una final, pocas veces faltaba su aportación. En la Eurocopa de 2000 fue vital durante todo el torneo, marcando en partidos decisivos, como en las semifinales frente a Portugal. En el Mundial de 1998 marcó 2 de los 3 goles de su equipo en la final frente a Brasil. También marcó en la final del Mundial 2006 y tuvo en su cabeza la victoria que impidió Buffon. No hace falta recordar lo que hizo en 2002 en la final que nos dio la Novena… La final de Champions que perdió en 1998 lo hizo contra nosotros, en lo que para mí es un signo inequívoco de su radical e íntimo madridismo ya por aquella época. Zidane se crecía en los momentos necesarios e importantes, siempre daba la cara.

Muchos ven en su timidez, en sus a veces escuetas palabras, en ese tono apocado con el que habla, especialmente en español, un signo de debilidad, de carácter blando que insinúa una confraternización excesiva con los jugadores, pero Zidane no es así. Zidane tiene esas formas suaves, pero les pido que recuerden un momento concreto de la Novena, no es el gol, que seguro han visto miles de veces, sino su celebración, esa rabia auténtica, que se hace más imponente y creíble desde la habitual tranquilidad que transmitía con su juego, esa aparente timidez.

En el terreno de juego, Zidane daba sensación de superioridad, de inmortalidad, que hacía especialmente evidente cualquier pequeño bajón que sufriera. Su carácter salía a relucir de nuevo, con total honestidad, explicando que no había estado bien, que su juego no había sido bueno… Esa honestidad